Etiqueta: Amor

  • Se ama como se quiere

    Se ama como se quiere

    Amor dolido, amor cansado, amor destructor, amor violento, amor descontrolado, amor enredado, amor podrido, amor confuso, amor frustrado, amor amarrado, amor desamparado, amor grotesco.

    Acostada en el césped de su jardín, mientras miraba el cielo azul, de una manera instintiva cerró los ojos, puso su mano en su pecho y comenzó a respirar profundamente. El aire que entraba, poco a poco, disipaba el dolor que sentía en su interior.

    Escuchó el cantar de los pájaros, el murmullo del viento, las risas lejanas y el ladrar de su perro.

    Ahí, acostada, con su mano en su pecho, sintió que se conectaba con ella misma, y al encontrarse, sonrió.

    Amor desinteresado, amor libre, amor bondadoso, amor compañero, amor caricia, amor susurro, amor desapego, amor silencioso, amor sutil, amor atrevido, amor desbordante, amor entendimiento, amor cobija, amor propio.

    Tenía la sensación que el amor que habitaba en ella salía por cada poro de su cuerpo y  se entrelazaba en todo lo que estaba a su alrededor, en el césped, en lo árboles, en los pájaros, en el cielo, en las risas lejanas y en el ladrar de su perro.

    Amor hermoso, amor que sana, amor que crea.

    El dolor de su pecho se esfumó por completo…

    Una de tantas historias incompletas sobre feminismo.

    Autor: Melanie Cheradame

  • Los juegos del amor

    Los juegos del amor

    Me considero una persona a la que le gusta resolver problemas. Una persona curiosa que quiere aprender más acerca de la vida. Y ahora, a mis treinta y tres años, siento que las piezas del rompecabezas del amor empiezan a tener sentido.

    Los rompecabezas, el Tetris, los juegos de estrategia siempre me han gustado. Mario Bros, Tomb Raider, El señor de los anillos, Candy crush, Catan, entre otros. No importa si son videojuegos, juegos de mesa, o están en mi teléfono. El punto es que cuando empieza el juego, lo vas descifrando, te enojas, te emocionas, y tienes que escoger ese “último” movimiento que decidirá la partida. A veces pierdes, a veces ganas, pero lo que es seguro es que cada acción, cada pieza, si es usada en el momento correcto, crea una cadena y los siguientes movimientos fluyen sin mayor obstáculo.

    Y así mismo funciona el amor. Las relaciones. Amistades, familiares y románticas. A lo largo de nuestras vidas conocemos a alguien, y si fuimos a tal concierto o si teníamos algo/alguien en común, la relación se termina desarrollando más o no. Cada “juego”, cada relación, es distinto y aporta a tu vida nuevas estrategias y conocimiento. Conocimiento propio. Aprendes qué te gusta y por qué te gusta. Qué no te gusta y por qué no. Aprendes también a honrar esas cosas, como también a respetar las cosas que no te gustan. Por ende, cuando alguien llega a tu vida, eres más receptivo, más respetuoso y cuidadoso, porque ya sabes que esa otra persona trae algo nuevo que enseñar, algo nuevo que vivir.

    Ahora, si eso dura o no, es donde entra la fe con la que entras a jugar cualquiera de estos juegos. Quieres ganar y quieres una relación duradera, en la que puedas crecer y pasar a las diferentes fases a las que no has podido llegar aún porque no tenías esa “pieza”. Y, a veces, sientes que esa persona es “LA PIEZA”, pero pasan los días, los meses y hasta los años y te das cuenta que, aunque lo intentaste todo, en ese tiempo la pieza no entra, no cabe, no vas a pasar al siguiente nivel.

    No es que no haya sido amor, lo fue. Sin embargo, no era la pieza correcta en ese momento concreto. Por ende, te mudas, viajas, conoces a otras personas, te conoces más. Te pasa algo similar, pero cada vez consigues más rápido honrar tu verdad y sabes si la pieza es o no es la correcta. Hasta que, de repente, y sin buscarlo, te lanzas a jugar, aunque dolido, más experimentado, y encuentras a esa persona que cumple con los “requisitos de mi lista”…  A esa persona que cada momento te demuestra ser todo lo que tú quieres que sea y viceversa. Tú no complementas su mundo, mas bien aportas al mismo. Y su relación aporta algo a tu mundo. Es ahí que, sin forzar, la pieza toma su sitio y pasas al siguiente nivel.

    Una de tantas historias incompletas de amor y desamor.

    Autor: Michelle Smith

  • Siempre quise ir a L.A.

    Siempre quise ir a L.A.

    «Siempre quise ir a L.A. Dejar un día esta ciudad. Cruzar el mar en tu compañía». Y hasta aquí llegarían todas las similitudes entre la que probablemente fuera nuestra canción favorita, como pareja, y nuestra propia historia de amor. Bueno, corrijo: «Pero ya hace tiempo que me has dejado», ahí también seguirían las coincidencias, aunque ya no, claro está, en lo de «Y probablemente me habrás olvidado». Difícilmente podríamos olvidarnos el uno del otro cuando tenemos dos hijas en común en custodia compartida, una hipoteca conjunta que nos trae por la calle de la amargura, y muchos más conflictos de los que ambos querríamos tener, y aún así somos incapaces de evitar. En verdad, ni siquiera tengo claro que fuera nuestra canción favorita, pero sí una muy especial que a los dos siempre nos recordó a la noche en que nos conocimos. Que ni siquiera nos conocimos entonces, porque al menos yo te había visto antes por el barrio y ya te había echado el ojo. Eras la prima de Alvarito, pero nunca habíamos hablado hasta aquella noche. O a lo mejor no llegamos ni a hablar, porque menuda melopea me agarré. Fue en las Fiestas del PCE del 94, en la Casa de Campo. Javi y yo llegamos el primer día, el viernes, más pronto que el resto para ir calentando motores, antes de que empezaran los conciertos. Nos dedicamos a ir de caseta en caseta recopilando chapas y pegatinas, que nos íbamos poniendo en nuestras camisetas, y minis de kalimotxo y cerveza. Para cuando tú llegaste con Alvarito y los demás, ya no nos quedaba apenas un centímetro libre en nuestras camisetas y llevábamos un pedo demencial. Fíjate que antes de Loquillo tocaba Pablo Milanés, y a Javi y a mí se nos metió en la cabeza que en realidad era Paco Pil, así que nos pasamos todo el concierto pidiéndole a gritos que tocara “Johnny Techno Ska”, para fastidio, imagino, de todos los presentes. Ese podía llegar a ser nuestro nivel de imbecilidad, en aquella época. Luego salió Loquillo, pero tampoco creas que recuerdo gran cosa… salvo que ya en el tramo final, no sé cómo ni por qué, tú y yo acabamos abrazados cantando a voz en grito “Cadillac solitario”. Sí me acuerdo perfectamente de que sentí entonces un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. No sé si fueron los efectos del alcohol, que ya iban remitiendo, nuestro repentino abrazo o la pasión que le puso Loquillo aullando «Nenaaaaaaaaa» al final de la canción. Pero cómo olvidarlo. A la mañana siguiente, o mejor dicho, al mediodía siguiente, me desperté con el temor de haber dicho o hecho algo más inapropiado de la cuenta, la convicción de no volver a beber en mi vida (o el menos ese fin de semana) y la esperanza de que tú también, como yo, hubieras pillado el abono para los tres días y volviéramos a vernos ese sábado en la Casa de Campo. Lo primero, nunca lo supe, lo segundo, nunca lo cumplí, y lo tercero, por suerte para mí, sí sucedió. Y el resto, como se suele decir, es historia. Una historia que nunca nos llevó a L.A. (lo más lejos que llegamos a viajar, cuando la pequeña cumplió 5 años, fue a Cascais, y no hubo que cruzar mar alguno), pero tampoco estuvo tan mal. Tuvimos nuestras cosas bonitas y otras cosas bien chungas, vamos, una historia como cualquier otra. Pero es la nuestra, aunque no dé para escribir ninguna canción, más allá de algunas estrofas. Las cosas como son. Al menos yo ahora mismo no podría subirme en un viejo Cadillac segunda mano a la ladera del Tibidabo, para mirar fumando nostálgicamente a tu barrio, después de haberme cepillado a una rubia en el asiento de atrás. Tengo mi viejo Opel Astra desde hace meses parado averiado en el garaje, sin haber pasado siquiera la última ITV. Ya me he acostumbrado a ir al trabajo, o a buscar o a llevar a las chicas a tu casa, en metro. Y desde que murieron mis padres, ya no me ha dado por volver al pueblo. Yo, además, vivo en Moratalaz, y tú en Usera. Dejé de fumar hace cinco o seis años, y bueno, lo de la rubia ahora mismo sería lo más complicado de todo. La última cita que tuve fue hace… hará ya más de año y medio, igual va para dos años, y ella era pelirroja, aunque seguramente no lo fuera. La cita fue un absoluto desastre. Nada, tampoco suelo ponerme en plan nostálgico a pensar en lo nuestro. Hay días en los que sigue pesando más todo lo bueno que tuvimos y otros en los que, por los motivos que sean, uno se agarra más a los momentos más amargos. Nos quisimos y luego nos dejamos de querer, o nos seguimos queriendo, a nuestra manera, pero de una forma totalmente distinta. Y ya está. Estoy bien. Estamos bien. Los dos lo tenemos más que superado. Creo. Y sin embargo…

    Esta tarde, antes de que Sonia volviera de su clase de inglés, Marina me ha preguntado si podía poner música en el salón mientras preparaba el examen de ciencias, o de física, no me he enterado muy bien. Me ha pedido que le diera las claves de mi cuenta de Spotify y se las he dado. Al rato, no sé si ha sido algo aleatorio o si deliberadamente ha pinchado en una de mis playlists, ha empezado a sonar “Cadillac solitario”. Y por un momento…  

    A los 30 segundos o así ha quitado la canción y ha puesto a todo volumen a uno de esos reguetoneros insufribles. Y me ha preguntado, a gritos, qué pensaba hacer de cenar. En fin…

    Una de tantas historias incompletas sobre amor y desamor.

    Autor: Rodrigo Martin


  • El todopoderoso destino

    El todopoderoso destino

    Por fin, él se despertaba. Tras cientos de noches en vela, miles de horas de reflexión y millones de desvaríos internos que no paraban de inmiscuirse en mi mente con el único propósito de no permitirme razonar, pensar, soñar, ni tan siquiera dormir, allí estaban sus párpados, abriéndose de un modo desesperantemente lento. Los segundos más importantes de mi vida llegarían cuando el paulatino devenir del tic-tac cumpliera con su función. Cuando llegara el momento en el que, al fin, él pudiera reconocerme. O, peor aún, cuando no lo hiciera.

    Había requerido de todas esas noches a falta de sueño para tomar una decisión. En realidad, era la vida la que me estaba obligando a dictaminar en este preciso instante mi futuro, no es que yo lo deseara así. El destino era el que me había traído hasta esta disyuntiva, a este momento de angustia, y yo debía ser consecuente con él. Al fin y al cabo, no había sido la casualidad la que había intervenido en la noche del veintitrés de marzo. Definitivamente, todo esto no podía ser obra del azar, sino del todopoderoso destino.

    Después de un maravilloso noviazgo y de un año de matrimonio no menos especial, mis esperanzas estaban depositadas en un futuro de lo más halagüeño. El amor de mi vida, Fernando, compartiría el resto de su vida conmigo, pues así lo habíamos prometido ante un altar. Y he de decir que la felicidad embriagaba cada rincón de nuestro hogar.

    Pero la noche del veintitrés de marzo trajo consigo un inesperado giro de los acontecimientos, poniendo todo mi universo patas arriba. Sin más motivo, una amarga sonrisa decidió arrancarme el corazón del pecho tras pronunciar las palabras que toda mujer, como yo, felizmente casada, teme escuchar: “quiero el divorcio”.

    Las palabras brotaron de sus labios y llegaron directas hasta mi pecho, que no pudo más que conmocionarse ante la aterradora idea de separarme del hombre de mi vida. ¿Qué había hecho yo mal? No encontraba entre mis recuerdos ni una sola explicación razonable a su petición de separación. Yo había sido la esposa perfecta, ¿y así me lo pagaba?

    Por eso el destino intervino a mi favor cuando aquel perro se cruzó en nuestro camino. El destino quería que estuviéramos juntos, y esa era la única explicación. Cierto es que aquella discusión con las manos al volante de la que yo era totalmente responsable también obró a mi favor, pero eso jamás podría reconocerlo si quería mantenerlo a mi lado.

    El caso es que la fortuna disfrazada de accidente había hecho el resto. Fernando perdió el control del coche y ahora su doctor me decía, con una expresión trágica en su rostro, que probablemente él no recordaría nada de lo que había sucedido durante el último año. ¿Y era yo mala persona por tener la intención de continuar mi matrimonio como si el término “divorcio” jamás hubiera salido de sus labios? ¿Actuaba de forma completamente inmoral por pretender hacerle feliz, por evitarle todo el dolor que supondría una ruptura después de tal dramático accidente?  Ocultarle la verdad, una pequeña parte de la realidad, al final merecería la pena. A fin de cuentas, el destino había tomado la decisión por mí, y era mi deber seguir los pasos que este me había marcado. Por el bien de los dos.

    Una de tantas historias incompletas de amor/desamor y todo lo del medio!

    Autor: Eva Olivares Villafranca

  • Un diente menos

    Un diente menos

    Esta mañana mi hijo saltó de la cama feliz porque desde ayer uno de sus dientes se estaba sosteniendo en un hilo y, finalmente, se cayó. “Mamá, soy un niño grande”, me dijo, y sonreí. Vinieron entonces a mi mente los recuerdos de todas las horas que pasé con él desde su nacimiento hasta este momento y no pude evitar sentir un amasijo de nostalgia y alegría.

    Anoche llegué a casa, él lloraba porque le dolía y no había comido nada. Yo había tenido un larguísimo día y simplemente lo abracé y me acosté a su lado para leerle su lección sobre la Rosa de los Vientos. Se acurrucó y sentí nuevamente su cabecita junto a mi corazón. ¿Por qué cuando crecemos dejamos de escuchar el corazón de nuestras madres?, me pregunté. Finalmente se durmió y recordé el día en que vi su carita por primera vez, cuando mis brazos se volvieron su cuna y mi pecho su refugio y alimento. Esa primera mirada de sus ojitos negros cuando me lo pasaron después de nacer marcó el resto de mi vida. Entendí al instante que no sabía nada del amor hasta ese momento. En mi ignorancia había perdido el tiempo buscando algo incierto, pero maravillarse en el rostro de un hijo es una sensación sublime e indescriptible. A partir de entonces supe que nunca más volvería a ser la misma mujer pues me había enamorado de verdad por primera vez.

    Se durmió sollozando y lloré, no sé si de felicidad por verlo irse convirtiendo en un hombrecito maravilloso o de melancolía porque sé que cada día necesita menos de mi calor. Es posible que fuese una mezcla de ambas cosas. Creo que sentí ese deseo incontenible de ahorrarle cualquier dolor sin importar su índole para solo descubrir que no podré evitarle que un día sufra por un amor, por una decepción o por una pérdida. ¿Qué haré cuando se enamore y lo dejen por primera vez? ¿Y cuando muera uno de sus seres más cercanos? ¿Cómo podré abrazarlo cuando sienta que ya no puede más? Daría mi vida para que él no sintiera dolor. Sin embargo, sé que ese mismo dolor es uno de los maestros más severos que nos tiempla y depura con rigidez. No habría diamantes sin presión y ese pequeño es una gema en potencia.

    Recordé su primera caída y cómo corrí a consolarlo, su primera mala calificación y cuánto se decepcionó de sí mismo, el divorcio y cómo se siente tan cercano a mí y tan responsable de que yo esté a salvo. Chiquito mío, mi corazón, no tienes que cuidarme, soy yo quien debe protegerte y, a la vez, soltarte para que aprendas a vivir y a convertirte en un maravilloso ser humano. Mi dicha será verte volar con tus propias alas un día y saber que lo hicimos bien tú y yo. Quiero ser cada día la madre que necesitas, aunque a veces las fuerzas me falten.

    El tiempo pasa demasiado rápido. Hoy mi hijo tiene un diente menos, y yo una cana más. Mañana se irá y hará su vida lejos de mí y yo seré feliz por haberle enseñado a abrazar el mundo y sus alrededores. Pero en mi corazón siempre será ese bebé de ojitos negros que me miraba con ternura mientras lo amamantaba y yo sentía que nada en la vida podía importar más.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 9/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade

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    Web: anavandrade.com

  • La cocina es un arte

    La cocina es un arte

    ¡Niña pon atención y escoge bien los frijoles!, que aún tienen piedrillas y basura. Tienes que aprender que los frijoles para que queden suaves y deliciosos, tienen que ser cuidados y cosechados con amor y dedicación a la tierra. Así, cuando los cosechemos, serán los frijoles más exquisitos que nadie haya probado.

    Eso ocurría una y otra vez cuando mi abuela me ponía a «escoger » los frijoles para el guiso del día. Es que para mi familia, el cocinar era toda una fiesta y celebración.

    Malena era la encargada de la cocina y todos los días le preguntaba a mi mamá María, ¿Doña Mary, hoy qué se cocinará?, ella con voz firme y segura respondía…»antes de que eso suceda, por favor asegúrate de que la cocina esté limpia y ordenada, sabes que para mi el cocinar no solo es una obligación, es un arte, y ese arte se hace con amor»…sí Doña Mary, no se preocupe,  usted ya sabe, respondía Malena.

    Entonces empezaba el ritual de escoger el menú. Si se iba a cocinar pollo, eso constaba desde seleccionarlo, para lo cual siempre se debía asegurar que fuese fresco, del mismo día; luego, determinar la forma en que se lo cocinaría y para terminar, definir el acompañante.

    Todo era una fiesta al momento de cocinar… había música, risas, regaños y hasta llantos, y no por hacer las cosas por obligación, ¡sino por cortar la cebolla! Nunca faltaba el traguito de ron o aguardiente y hasta una bailadita de vez en cuando nos dábamos…mi mamá María decía, «sin trago y música, la comida queda insípida»…y sí, ese era su toque mágico.

    A mi me tocaba limpiar todo lo que se ensuciaba… pero era parte del ritual. Cuando todo quedaba listo, venía la puesta de mesa para celebrar lo que se había cocinado. Todos en la casa nos sentábamos a la misma hora a deleitarnos de los platillos que día a día se hacían, pero no solo era eso, también teníamos que estar presentables para la ocasión y conversar sobre temas familiares y problemas, si es que los había. Pero lo más importante era compartir con todos. Ese olor a comida no solo te satisfacía el apetito, sino que también te llenaba el alma. Ojalá y esos tiempos de «antes » se pudieran repetir,  donde el cocinar sea un arte y no una manera de supervivencia.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 7/12.

    Autora: Leda Roth

  • La fricción

    La fricción

    No volví a ser el mismo. Dejé de mirarme al espejo, de asearme. Ya no prestaba atención a mi alrededor, tan solo me inspiraba escribir sobre ella. Recordarla. Estar presente en momentos que compartimos, que sentimos propios, que dejamos que nos cautivaran. No podía evitar entrar en casa y oler su perfume, tampoco el gritar su nombre para que mi mente asumiera que Sarah seguía allí, en nuestra casa, cerca del lago, aquel lugar elegido para envejecer juntos, dejando nuestro pasado atrás, cuidando el uno del otro.

    Tan solo quedo yo. Su cáncer fue avanzando tan rápido que, cuando quise hacer algo, ya era tarde. Un último beso en su suave frente fue la única respuesta a la noticia del doctor en cuanto falleció en el hospital, un sitio que aborreció y al que no quería pertenecer, el lugar que más la había paralizado. Empecé a oírla mientras cocinaba, a reír mientras estaba en la ducha, a verla detrás de mí mientras me miraba al espejo tras vestirme o peinarme, a escuchar sus canciones cuando llegaba a casa sin yo haber encendido el tocadiscos antiguo que compramos en París como regalo de aniversario. Era víctima de su voz y su risa, de sus susurros y su música, estaba confuso, algo aterrado, pero era mi zona de confort y no pensaba alejarme.

    Me sentía más cansado, agotado. Mi jefe me permitió unos meses más de excedencia por la pérdida de un ser querido, así que, mis días no eran muy activos o enérgicos. Sollozaba más de lo que comía, había perdido el apetito y no podía dejar de ver nuestros vídeos de boda, de picnics en el botánico, nuestras comidas cerca del lago y ese día en el que decidí instalar las placas solares, cuando me caí y casi me rompí una pierna mientras reíamos y contábamos historias de la extraña forma en la que nos conocimos, en aquel supermercado comprando tomates, una casualidad estúpida pero cercana y preciosa, jamás había visto una mirada tan compasiva y dulce como la suya.

    Sí, me compadecía de mí mismo, de mi deseo de estar junto a ella otra vez. Supongo que esto me llevó a todo lo demás, a la espiral de circunstancias que empezaron a cautivarme, a hacerme preso de otra realidad. Mientras escribía, me solía quedar dormido encima del ordenador y todos los borradores que tenía sobre la mesa, pero lo inusual esta vez fue el encontrarme con Sarah en una visión tan real de acontecimientos. No era un recuerdo, tampoco algo que quisiera que sucediera, tan solo estábamos sentados uno al lado del otro en un banco, vislumbrando unas vistas preciosas de una ciudad que desconocía. Ella sonreía mientras la miraba anonadado, podía tocarla…

    “Estás sorprendido” afirmó, como si leyera mis pensamientos, “No te preocupes, es normal.”

    ¿Normal? ¿Es que ha pasado antes? le pregunté, más sorprendido todavía.

    “Fui a ver a mi hermana y no se lo podía creer, fue un momento agradable”, su voz tan dulce me relajaba, como solía pasar cuando estábamos juntos, “Quería verte, es todo.”

    Estoy soñando, ¿verdad?

    “Ni siquiera estás cerca de lo que realmente ocurre”, esta vez, sí me miró con una sonrisa amplia y de absoluta satisfacción.  “Hay una fricción entre la realidad y el otro lado, he aprovechado esa brecha para meterme justo aquí y saludarte”, tocó mi frente con su dedo índice, mientras seguía sonriendo.

    Entonces… ¿realmente estás aquí? Su asentimiento con la cabeza, me llevó a abrazarla en ese mismo momento sin pensarlo dos veces.

    Estuvimos hablando durante largo rato, parecieron días, pero en cuanto me desperté, me di cuenta de que habían pasado tan solo un par de horas. Los sueños empezaron a ser cada vez más recurrentes durante semanas y era lo único que me hacía levantarme por la mañana, me sentía feliz al poder verla, aunque fuera en esa situación tan extraña. Reíamos, bromeábamos, recordábamos viejos tiempos y no dejábamos de abrazarnos, besarnos tan apasionadamente como antes y no podía olvidarlo.

    Aquella noche, me acosté más pronto de lo habitual porque estaba ansioso, quería volver a verla, no podía resistirme a esa tentación, no podía dejar de pensar en ello, pero no soñé. Dejó de aparecer de repente. No me dijo nada la noche anterior sobre esto… Estaba confuso. Traté de revisar todo lo que nos dijimos y encontré esa precisa y dulce voz que repetía en mi cabeza “siempre estaré contigo, me llevarás a todas partes, aunque no me veas”, seguido de un beso y una mirada intensa.

    Fue una despedida, aunque no me diese cuenta. Fue nuestra despedida. Una luz que se había apagado dejando una noche oscura atrás…

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 5/12.

    Autora: Laura Perelló.

    www.trackontimeblogspot.com 

  • Infancia a la huancaína

    Infancia a la huancaína

    “¡Viernes, por fin!”, pienso emocionada mientras cruzo presurosa la pista para subir al coche de mi padre.

    Como cada viernes, un sentimiento de inenarrable felicidad me invade al comprobar que el fin de semana comienza y que mañana no tendré que venir al colegio. Dos días por delante en los que no tendré que despertarme temprano, ni tendré que ponerme el uniforme o sufrir con las clases de matemáticas. Si bien, mi inminente felicidad se transformará en angustia el domingo por la tarde, con el lunes asomándose a la vuelta de la esquina. Los domingos y su inevitable nostalgia gris por la tarde… ¿Por qué los domingos por la tarde serán siempre así?

    Bueno, de la nostalgia del domingo me ocuparé el domingo. Hoy es viernes y hay que disfrutarlo.

    Camino a casa, mi padre nos cuenta anécdotas y conversa mucho con nosotros. Nos hace reír con sus ocurrencias y siempre nos pide que le contemos cómo nos va en el cole. Y vaya que tenemos siempre algo que contar del cole…

    Cada viernes viene acompañado de un ritual involuntario: salida del cole, papá esperándonos a mis hermanos mayores y a mí, las risas de camino a casa, el olor del parquet recién encerado al abrir la puerta, el aroma dulce del agua de manzana con canela que invade todos los espacios, los cristales ligeramente húmedos del calor de las ollas. Nadie me lo ha dicho, pero presiento que este pequeño ritual se convertirá en un recuerdo importante con el paso de los años.

    Sin embargo, hay un detalle que es el summum de mi viernes, su punto de arranque, previa lavada de manos y rostro y amenaza fulminante de María de que, si no le damos los uniformes del cole antes de sentarnos a almorzar, los uniformes no estarán limpios y planchados para el domingo por la noche. Y es que, no sé si mamá ha decidido que todos los viernes sean tallarines rojos con papa a la huancaína, o es una feliz casualidad, pero a mí su involuntaria decisión del menú de los viernes me hace inmensamente feliz. Sospecho que la alegría de mis viernes se debe en gran parte al almuerzo.

    Mmm, la felicidad viene servida en plato pequeño, con varias rodajas de patata, bañadas en una deliciosa y abundante crema amarilla y decorada con un trocito de huevo duro (o su aceituna, si es que te invitan a una reunión). María ya sabe que es uno de mis platos favoritos y que no hay lugar para frugalidades. “María, ¿por qué me sirves tan poquito? Ah, no, María, sírveme en plato hondo toda la papa a la huancaína que preparaste para el almuerzo”… María estalla de la risa.

    La comida nos hace felices, comer nos hace felices, porque es rico, sí, (¿a quién no le gusta comer?) pero más porque nos reúne con la familia o amigos alrededor de una mesa, con una buena bebida, buena charla, acompañados de risa, cariño y buenos momentos. En Perú, la cocina es un libro, una ceremonia aparte. Obsérvense los comerciales de “conocida marca de gaseosa de sabor nacional”: la burbujeante y amarilla bebida acompaña con un fondo alegre, festivo, de celebración, familiar o entre amigos a diversos platos de comida. La comida es felicidad, a veces calóricamente culposa, cierto, pero sarna con gusto no pica.

    ¿Y qué peruano no ha sido feliz con un plato de papa a la huancaína?

    La papa a la huancaína, es la sencillez y la felicidad en un plato. Es la infancia hecha recuerdos en crema amarilla de todos los peruanos. Nos remite inexorablemente a nuestra infancia, a almuerzos en familia alrededor de una mesa, a recuerdos cremosos impregnados en olor de ají amarillo, tarro de leche Gloria, galletas de soda (“compra Field, no traigas San Jorge”), queso fresco y su chorrito de aceite.

    Nos trae recuerdos felices y de tiempos lejanos, más tranquilos y libres, sin pandemias, impuestos que pagar, correos urgentes o preocupaciones y tristezas de la vida adulta… ¡Sin WhatsApp!

    Yo proclamo mi amor universal e incondicional a la papa a la huancaína y a mis recuerdos amarillos y cremosos, sin lugar a dudas, los de todo el Perú: “Cúmplase, regístrese, comuníquese y publíquese”.  

    Algún día tendré mi casa propia y el día que lo haga, lo primero que haré, será correr a comprarme en Saga Falabella una licuadora y prepararme dos litros de crema de papa a la huancaína.

    Y a nadie le pienso invitar.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 12/12

    Autora: Silvia A. Lucho Molina.

  • Amor cibernético en tiempos de la pandemia

    Amor cibernético en tiempos de la pandemia

    Cual película de terror al estilo de Hollywood llegó el primer caso de coronavirus a Guatemala. Entre incredulidad por el futuro, o por un fin lo tenemos aquí, como algo exótico, se movieron las reacciones de los más informados sobre el virus aquel viernes 13 de marzo.

    A los mayores sin duda les trajo mal augurio aquella fecha. Sabido era para los de cuatro décadas o más, así como replicado para los jóvenes en filmes terroríficos el riesgo de actuar en viernes 13.

    A algunos tal vez les hizo eco mental el viejo adagio chapín, el que habrían preferido: martes 13, no te cases ni te embarques, por aquello de los amores fallidos, no alcanzados o cortados que trajo la estela de esta pandemia. Pero no, fue viernes y punto.

    El caso fue anunciado en acto público por el presidente de la República, Alejandro Giammattei. Se trataba de un joven proveniente del norte de Italia, con traza contagiosa por Madrid, Colombia y El Salvador.

    Un día después llegó el segundo caso positivo, un hombre de 80 que disfrutó tal vez su único y mortífero clásico entre Real Madrid y Barcelona. Fue el primer fallecido.

    Para ese entonces aumentaban las escenas a través de los medios sobre la tragedia vivida por italianos y españoles, en particular por las redes sociales, las mismas que se habrían de convertir en protagonistas de esta novela negra, cuyo fin aún se vislumbra lejano.

    Con el cierre del país, cuyas imágenes conocíamos desde China y naciones europeas a través de la televisión, Tuiter o Facebook trajo el qué vamos a hacer. De pronto todo se cerraba a partir de las 16 horas hasta las 5 horas del día siguiente.

    La eterna práctica del chapín de “dominguear”, para salir a pasear a los parques del pueblo desde el tiempo más allá de la memoria, primero fue limitado de 5 de la mañana a 4 de la tarde. Al aumentar los casos, se ha vuelto normal el encierro total de domingo.

    El encierro comenzó a cobrar víctimas entre las parejas incipientes, a las de convivencia casual, parejas de infieles o noviazgos o amigos con derechos que no alcanzaron a celebrar el 19 de julio.

    De pronto la disposición del distanciamiento social se volvió tan cercana a todos. Si yo me cuido, también te cuido adquirió una nueva dimensión a partir del #QuédateEnCasa.

    El amor también había sido alcanzado. El WhatsApp sirvió para acortar distancias con video llamadas, y éstas por cualquier otra de las tantas opciones que manejan al dedo los jóvenes.

    Los días de las escapadas habían llegado a su fin acorralados por la pandemia, temida por miles de millones de personas en el mundo ante el riesgo de ser víctima de una enfermedad incierta e impredecible.

    El amor ahora sigue la danza de las redes sociales, haciéndose público más de un desenlace dejando al descubierto que aquel “te amo” jurado en algún encuentro furtivo o repetido en cama de motel, jamás tendría las raíces que dieron vida a “El amor en los tiempos del cólera”.

    Los “memes” en Twitter con una pareja besuqueándose y la frase “Así estuviéramos, pero te freseas”, acaso solo reflejaba el yo interno, lamiendo las heridas por un frustrado Romeo y Julieta.

    También el coqueteo y flirteo de las aulas universitarias, los conectes y citas casuales resultado de noches de fiestas o farras; de viajes a la playa en plan “conquiste”; del cruce de miradas en los centros comerciales se ha pasado a las insinuaciones, al “me gusta”, o “like”, presionando el corazoncito de Tuiter en buscar de tener algún “ligue”, o quien sabe, el amor eterno cuando se venza a la enfermedad que hoy nos acosa.

    Pero la pandemia también trae esperanza, fe en el futuro y el sueño compartido con juramentos de amor eterno a través del ciberespacio para cumplir al final del encierro, ya sea, luego de concretarse la inhumana inmunidad comunitaria, o porque después de salvar al poderoso primer mundo, algunas vacunas han llegado a estas tierras.

    La nueva normalidad trae consigo el sueño por construir un hogar rescatando la memoria desde el encierro, de la lección de padres enemistados por estar tanto tiempo encerrados, algo que seguro no compartían desde la luna de miel, desoyendo los consejos de psicólogos de reaprender a quererse, a consentirse, a dejar junto a los zapatos en la entrada las malas vibras.

    Mientras el cierre sigue casi a la mitad de jornada diaria, robándose la noche a nuevos amores que podrían surgir de los encuentros furtivos, enardecidos por el zumo del alcohol que corre por las venas entre hilos de nicotina, o humos de otras hierbas, muchos han logrado el reencuentro.

    Posiblemente los más sabios han vuelto a sentar cabeza. Estar en casa les hizo recordar que ahí estaba la esposa, el esposo; la pareja, los hijos y todo aquel conjunto de elementos por los que un día dieron el “Sí”, y por lo que se han fajado trabajando a lomo partido.

    La casa ha vuelto a tener sentido. Se han reencontrado con un balde de pintura, brochas, rodillos, martillos, clavos, serruchos, armando y desarmando. Nuevas plantas reverdecen los jardines y otras tantas flores saludan al sol con reflejos multicolores.

    Se han dado cuenta que gracias a la pandemia tenían olvidado todo aquello por lo que un día soñaron, pero perdieron en calles agobiadas por el tráfico y la rutina del trabajo, absortos, ellos o ellas, en cuentas bancarias creciendo para un futuro, o con ajustes para aliviar los números rojos.

    Hoy cumplen su distanciamiento social unidos contra el coronavirus.

    La pandemia que arrastra decenas de vidas afuera de la puerta, en la vecindad, que se lleva amigos, conocidos, médicos, personal sanitario, también, irónicamente les ha servido a ellos para recordarse a sí mismos, y darle vida al amor.

    Tal vez sea así y algún día se verán reflejados en una historia de Hollywood a través de una plataforma futurista, o, en un simple auto cinema, para seguir en el pasado, antes de la pandemia.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 11/12

    Autor: Edin Hernández.

  • El sueño que se convirtió en milagro

    El sueño que se convirtió en milagro

    Cuando estuve embarazada de mi primer hijo, Mathías, había muchas mamás alrededor de mí que me contaban como habían soñado con sus hijos antes de nacer, y algunas hasta me aseguraban que así se enteraron del sexo de sus hijos, antes de que el médico les dijera. En mi caso no fue así con mí primer hijo, pero con mi segundo fue diferente.

    Una noche, embarazada de mis mellizos Amaia y Noah, soñé con un adolescente con ojos claros y cabello rubio, vestido con una camisa a cuadros, esperándome a la puerta de mi cuarto, como diciéndome, “te estoy esperando mamá”. Me desperté y sentí que era él, el varón de mis mellizos. Aún no le habíamos puesto nombre mi esposo y yo, pocos días después decidimos llamarle Noah.

    No entendería porque de mis hijos con el único que soñé estando embarazada fue con él, hasta que Noah tendría siete meses de nacido.

    Para ese momento su salud se complicó con un virus respiratorio muy fuerte, que nos obligó a hospitalizarle. Al segundo día no mejoraba y cada vez respiraba con mayor dificultad. A la madrugada, muchas enfermeras y la pediatra que estaban de guardia entraron a la habitación, trataban de encontrarle vena a mi bebé para colocarle una vía, él lloraba desconsoladamente, y tuvieron que pincharle varias veces. Recuerdo que a esa hora llamé a su pediatra, para contarle angustiada, que no podía creer lo que estaba pasando y me dijo con voz calmada: “Mary, tienes que dejarles trabajar, confía en que va a estar bien”. Fue trasladado a terapia intensiva esa misma madrugada.

    Han pasado casi cuatro años de esa experiencia y aún hoy escribiéndola se me aguan los ojos. No recuerdo con exactitud cuántos días estuvimos allí, creo fueron entre cinco y siete, los más difíciles de mi vida, en los que no me separé de él ni un minuto. No pude bañarme y comí muy poco en esos días, recuerdo la sensación de salir con los pantalones flojos después de una semana en la clínica.

    Al principio, allí en terapia intensiva, me preguntaba recurrentemente ¿qué había hecho mal?, ¿qué no vi?, ¿qué hubiese podido hacer para que evitar que mi hijo pasará por eso?, revisaba una y otra vez en mi mente, todo lo que había hecho días atrás, todos los cuidados que le di, las veces que lo llevé al pediatra incluso durante esa semana, las desveladas, todo. No entendía qué había salido mal.

    Allí estaba mi bebé de sólo siete meses, en una sala de terapia intensiva. Tenía tanto miedo de que algo le pasara, de que no se recuperara...

    En medio de aquella situación, con mi pequeño en mis brazos y conectado a tantos equipos, recordé un pasaje de un libro que leí, de un autor que me ha acompañado toda mi vida, el Dr. Wayne Dyer, titulado “La fuerza del Espíritu”, donde él cuenta que una vez un chico que iba a una de sus conferencias tuvo un accidente muy grave y había caído en coma. Su familia se comunicó con Dyer y le pidieron que fuera a visitarlo.

    Así lo hizo y al llegar sintió como la tristeza, la preocupación y la angustia de la familia no estaban ayudando a la recuperación del muchacho. Estas emociones, explicaba, están en una vibración mucho más baja que la salud. Wayne entró a la habitación del muchacho y se mantuvo orando y meditando en paz por un largo rato, y después se retiró. A los pocos días le avisaron que el chico había salido del coma y se encontraba bien.

    Recordar esto en ese momento tan duro, me hizo entender que era momento de orar y de que mi estado emocional era clave para lograr que mi hijo sanara. Así lo hice, empecé a orar y a entregar ese momento tan duro a Dios, era momento de conectarme con la fe y no con el miedo.

    Sin explicación alguna, allí sola con mi bebé en brazos, recordé que yo había soñado con Noah de adolescente cuando estuve embarazada de él. Para mí fue una revelación y sentí con mucha fuerza que esa era la prueba de que Noah iba a salir de allí con bien, y que superaría esa gran crisis. Entendí en ese momento, casi un año después, que haber soñado con él durante el embarazo no fue casualidad, tuvo un propósito mayor, darme la certeza en ese momento de gran dolor y preocupación, de que iba a vivir con él, de que todo iba a estar bien.

    Para mí fue un mensaje claro de Dios, que todo lo sabe, el pasado, el presente y el futuro. Entendí que no tenía sentido sentir culpa, no había ninguna, yo no hubiese podido hacer nada diferente, yo no había hecho nada mal, mi bebé me había escogido a mí como madre, porque sabía que yo tendría la fuerza para atravesar ese mal momento junto a él y acompañarlo en esa etapa que le tocaba vivir.

    A él le tocaba pasar por ese duro momento, y tenerme a su lado luchando, manteniéndome fuerte y con fe, consolándole y amándole, era mi papel en ese momento y sería mi papel durante toda mi vida. Entendí que, aunque quisiéramos con toda el alma, no podremos evitar los dolores, experiencias difíciles y problemas a nuestros hijos, pero somos quienes han escogido como madres para acompañarlos, darles fuerza y hacerles sentir amados en cada momento, los felices y los no tanto.

    Ese día, admire más que nunca la labor sagrada que tenemos las madres, la capacidad increíble de sacar fuerzas de donde no tenemos, la capacidad de pasar días sin descanso, sin dormir, sin casi probar alimento, solo por nuestros hijos. Pero sobre todo entendí, que estamos en la vida de ellos con una misión más grande que nosotras mismas, que es la de acompañarlos en su propio camino, en su propia misión en esta tierra. Pero no estamos solas, Dios está con nosotras.

    Este artículo va dedicado a todas las madres y padres que están pasando por momentos difíciles, tengan la absoluta certeza de que no están solos.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 10/12

    Autor: Marysol Materán.

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