Categoría: Viajes

Cada viaje es una historia

  • Múnich 10:45

    Múnich 10:45

    Martes 2 de noviembre. Después de una larga estadía en África había olvidado lo fría que podía ponerse París en esta época del año. Tantas cosas han cambiado para mí en este tiempo que con dificultad recuerdo la vida antes del voluntariado en Malawi. Reemplacé mis comodidades, un bonito apartamento en el tercer distrito, el trabajo en un reconocido hospital de la ciudad, amistades influyentes y una novia guapa por ir a capacitar a los médicos locales quienes no tienen a veces los insumos ni las instalaciones indispensables para tratar dolencias básicas. Qué pobreza vi, cuánta necesidad de la gente muriendo a veces por no tener acceso a una simple vacuna.  Lo que más recuerdo son las caritas radiantes de los niños cuando les hacía malabares y payasadas en la pequeña clínica donde yo prácticamente vivía mientras ellos reían, incluso con el estómago vacío. Sin embargo, a pesar de tanta desolación, aquellas personas me dieron una cátedra de amor y fe: nunca dejan de sonreír, viven sin esperar nada y son más felices, es la mayor lección que aprendí. Esa y agradecer cada día por todo lo que tengo. Las llevo grabadas en lo más profundo del cerebro y del corazón.

    Mi abrigo negro, una mochila con ropa y mi billete de autobús. No tengo idea de por qué esta vez no compré uno de tren o de avión, simplemente se me ocurrió que podría ser mejor viajar así. Para variar tendré algo más de tiempo para pensar. Mi música cargada en el celular, audífonos que siempre llevo en algún bolsillo de la chaqueta, un sándwich y un café del italiano de la esquina.  “Paris Gallieni 22:00 – Munich Gare Routière Centrale 10:45” ¡vaya viajecito el que me espera! Son las 9pm, iré a comprar un libro, aunque lo más seguro es que duerma una buena parte del trayecto.

    Me ubico en la línea, al parecer no seremos tantos esta noche. Un par de monjas, un chico punk, como siete u ocho alemanes, a todos los reconozco por sus cabezas. Una pareja de chicas de la mano, un papá con sus hijos adolescentes, un grupo de estudiantes y ella. No puedo dejar de seguirla con la mirada mientras recoge su larga melena rizada de color castaño en una cola de caballo. Estamos a varios pasajeros de distancia y la puedo observar disimuladamente mientras finjo leer. Aborda y un par de minutos después lo hago yo también. Está sola, en el puesto número 33, la cabeza apoyada sobre el vidrio de la ventanilla. Yo quería tener vista hacia el exterior, finalmente son muchas horas, pero algo me impulsa a sentarme junto a ella y hacia el pasillo.

    – Bonsoir! ¿Está disponible?
    Afirma con un leve movimiento al tiempo que esboza una ligera sonrisa y se desliza hacia la derecha para dejarme más espacio. Acabo de notar que es extranjera, pero no puedo adivinar de dónde.
    – ¿Habla francés?
    – Sí, hablo francés. ¿Por qué lo pregunta?
    – Puedo intuir que usted no es de por aquí.
    – Soy ecuatoriana, vine a estudiar mi maestría. ¿Usted sí es de por aquí, cierto?
    – Sí, aunque no soy de París sino de Toulouse, ¿ha ido?
    – Aún no, pero tengo muchas ganas.
    Empiezo a buscar mis audífonos y recuerdo al instante que los saqué antes de llevar este preciso abrigo a la tintorería el otro día. Me mira con curiosidad y noto sus ojos verdes, su piel blanca y sus labios delgados y rojos.
    – No encuentro mis audífonos y es un viaje largo.
    – Podemos compartir los míos y turnamos la música, si gusta.
    – Acepto, gracias. Pero ya que vamos a compartir algo tan íntimo como nuestra música, ¿podríamos tutearnos?
    Nuevamente esos ojos llenos de brillo me regalan unos segundos de alegría.

    La charla es un verdadero recorrido por épocas y estilos de la chanson française. Hablamos durante horas de películas, gastronomía y libros que ambos amamos.  No consigo creer que una chica de fuera sepa tanto sobre mi cultura y eso me atrae aún más. Luego me cuenta sobre su país con tanta pasión que me entran súbitamente unas enormes ganas de visitarlo algún día. Podríamos charlar por toda la eternidad, estoy seguro de que nunca me aburriría.

    – Son las 5am, ¿quieres dormir?
    – La verdad es que no tengo sueño, ¿y tú?
    – Tampoco. ¿Tienes frío? Traje una manta. Creo que cabemos ambos.

    – ¿Puedo abrazarte, bonita?
    Nos miramos a los ojos y de repente mi boca está sobre la suya. El sabor de sus labios es tal como lo imaginé y no puedo separarme de ella durante algunas horas, o mejor dicho, no quiero. Aturdidos por el cansancio, por el viaje y por los besos nos reclinamos, la rodeo con mis brazos y caemos juntos en un sueño profundo, los latidos y la respiración en perfecta sincronía.

    El transporte se detiene y despertamos algo desorientados. Nos volvemos a mirar y sonreímos. Le tomo las manos, las acerco a mi rostro. Me da un beso en la mejilla. Cada quien toma sus pertenencias y se coloca en silencio su abrigo para descender. Me dirijo hacia la izquierda y ella hacia la derecha de la estación. Mientras la veo alejarse y me arrepiento de no haberle preguntado su nombre, veo que la espera una chica muy rubia, una amiga para llevarla a conocer la ciudad, quizás.  A mí me recibe mi hermana con un abrazo para asistir al funeral de nuestra madre, aunque quizás mi compañera de asiento suponga que me recoge mi novia o mi esposa. Me quedo con ese sabor dulce, esa voz y esos ojos fugaces que jamás voy a olvidar. Los dos siempre seremos el francés y la ecuatoriana anónimos que se enamoraron en una viaje de algo más de doce horas por tierra, viviendo un día a la vez.

    Última parada, Múnich. Son las 10:45 en punto.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 12/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade.

  • Track1, track 2

    Track1, track 2

    Track 1

    “…yo, yo no hago más que pensar
    y a veces quiero llorar
    porque me acuerdo de todo
    lo que hemos vivido y ahora no estás…”

    Track 2

    “…te has llevado solo lo que yo quería
    me has dejado bailando bajo la luz del día
    solo ha sido
    la historia que se acaba cuando sale el sol
    y así es mejor…”

    Track 1. Track 2. Track 1. Track 2. Track 1. Track 2…

    Ahí estaba yo. Un roquero/metalero de corazón, alma y pinta con mi guitarra eléctrica como equipaje de mano, a 15,000 metros de altura en un Airbus 747 rumbo a Miami, viendo por la ventanilla hacia el horizonte mientras “me iba de mocos” escuchando pop noventero, específicamente “No puedo olvidarte” de MDO y “Amores de Barra” de Ella baila Sola…que si pudiera volver en el tiempo iría en ese vuelo solo para darme a mí mismo una buena cachetada para que espabile.

    Y es que hace solo un par de horas me había despedido de mis mejores amigos, amigas, familia y mi novia en aquél entonces, porque me iba a vivir a otro país. Y siendo todos ecuatorianos (excepto el Geooooorge), como no podía ser de otra manera, en lugar de celebrar una nueva etapa y tal vez darme algún regalito divertido para mi viaje, decidieron regalarme dos discos de un género musical odioso lleno de música romántica que habla sobre rupturas, peleas y despedidas y tres fotos: una con mis amigos/hermanos de toda la vida, otra con mis amigas en una calle que coincidentemente tenía mi nombre y otra solo mi novia y yo; receta infalible para pasar las siguientes 30 horas de vuelo que venían por delante llorando y añorando lo que dejaba atrás en mi vida.

    Obviamente no es una queja. Sus regalos fueron tiernos y llenos de sentimientos. En nuestra cultura latina suele llegarnos mucho más el drama, sobre todo en los aeropuertos, y con esos regalos claramente yo también participé de ese ritual viajero. Desde antes de subirme al avión ya estaba en un solo llanto de lágrimas, tratando hasta el último momento de convencer a mi padre de que me deje quedar en casa de un amigo y prometiendo ir a la universidad como buen niño (ni había preguntado a mi amigo si podía quedarme en su casa ni tampoco tenía muchas ganas de ir a la universidad en esa época), pero le decía cualquier cosa que él quisiera oír con tal de tener ese final de película de Hollywood y regresar corriendo a decirle a todos que me quedaba con ellos.

    Pero nunca sucedió. Solo una tajante respuesta de “ya hijo no molestes tanto que tengo muchas cosas que hacer” fue lo que obtuve de mi intento.

    Y así, las siguientes treinta horas, que parecieron cien, pasé en el avión haciendo escala en Miami, otro avión, otra escala en Los Angeles, otro avión, otra escala En Nueva Zelanda, otro avión y, por fin, la llegada a mi destino, Australia, en donde desembarqué de día con un sol asombroso, gente espectacularmente amable por todos lados con un acento incomprensible y con una extraña sensación de que algo muy genial estaba a punto de suceder…

    Por cierto, hasta el dia de hoy, dos canciones infaltables cuando voy a un Karaoke son la de MDO y la de Ella baila Sola.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 10/12

    Autor: Diego Méndez

  • Fotografías que roban el alma

    Fotografías que roban el alma

    Tomaron el camino más corto, sin rumbo y sin ser advertidos de que las fotografías estaban prohibidas.  

    El plan era aprovechar al cien por cien el automóvil que habían rentado, sin que ello implicara alejarse de la ciudad mexicana, ubicada en la cola del país, predominantemente indígena y con altos índices de pobreza.

    Habían llegado vía aérea tres días atrás por razones laborales, limitados hasta entonces a recorrer a pie las calles que llevaban de la oficina hacia el hotel, del hotel hacia un restaurante y del restaurante hacia la plaza central.

    Y era en la explanada de la plaza mayor donde Lucía y Francisco, cada noche aprovechaban a husmear y comprar en los locales que ofrecían textiles de lana con figuras geométricas.

    Pero también con vendedores ambulantes que ofrecían un variopinto de souvenirs, entre ellos, diminutas figuras del subcomandante Marcos, ancladas a una argolla y que descansaban en sendos canastos de plástico, listos para acompañar ramilletes de llaves.

    “No quiero irme sin conocer a una de las tejedoras o artesanas, en su día a día y en su taller”, sentenció Francisco, lo que apoyó Lucía con un “no perdamos más el tiempo y enrutémonos”.

    Fue así como iniciaron el recorrido de 10 kilómetros hacia ningún sitio específico de San Juan Chamula, San Cristóbal de las Casas.

    Las vistas de los sembradíos en relieve inundaban todo el trayecto. Ella más que él, al no ir al volante, apreciaba mejor el fondo verde degradado.

    Lucía presionaba una y otra vez el botón de su cámara fotográfica y a la vez el del celular, en su intento por no dejar escapar ningún detalle.

    Pero un breve descanso, equivalente a cuatro parpadeos de ojos, una imagen la cautivó.

    Se trataba de una mujer indígena tzotzil que permanecía hincada, en pleno cepillado del pelaje negro de lo que fue una oveja, material que se confundía con su falda o nagua, como le llaman a esa prenda los pobladores.

    La tarea que realizaba la mujer es toda una tradición en el poblado sureño de México, que implica la crianza de ovejas para después, convertir el pelaje en prendas típicas. 

    Pero ella no estaba sola. La acompañaba su pequeña, que apenas despegaba el metro del suelo, envuelta también en el traje tradicional, con los cachetes rosáceos y agrietados del frío, acariciando a una cría de borrego sobre su regazo. El sol de la mañana les atravesaba el rostro a ambas. La escena era digna de ondear en la cumbre de los Altos de Chiapas.

    Lucía creyó haber sido la única en apreciar el momento, pero el abrupto frenazo, seguido del retroceso que emprendió Francisco, supo que era lo que ambos buscaban.

    Desde el automóvil y frente a la mujer e hija, ambos amigos levantaron de inmediato sus cámaras y para cuando lograron enfocar, la mujer desbarató la escena cuando al percatarse de la presencia de extraños, jaló a su hija para ocultarse.

    “No quiero fotografías. Tú la venderás y ganarás mucho dinero y yo ¿qué gano?”, cuestionaba la mujer, viendo al mismo tiempo hacia uno de sus costados, con una angustia inusual, por el arribo de su esposo en cualquier momento.

    Eso supondría, dijo, un problema mayor para ella, que para Lucía y Francisco.

    La pareja de amigos rogó una y otra vez, no solo poder presionar el botón de la cámara, sino que además la mujer debía aceptar ubicarse en el mismo sitio y en similar posición, complicando aún más la situación. Lo que parecía facilísimo en cualquier otra parte del mundo, terminó en ruegos sin fruto.

    Los jóvenes no tuvieron más opción que largarse de allí al ver que unos hombres, entre ellos, el padre de familia de ese hogar, se acercaba a la vivienda de madera, con otros tzotziles con el ceño arrugado.

    ¿Por qué nadie los había advertido de que los chamulas consideran tal acción una ofensa, porque una fotografía les roba el alma, excepto si es con una autorización?

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 8/12.

    Autora: Vivi Mutz

  • Viaje a lo más profundo

    Viaje a lo más profundo

    Miré hacia arriba y allí, a lo lejos, pude distinguir entre los escasos rayos de luz que se colaban por el tragaluz, cómo la silueta de un ser etéreo me miraba. Era sutil, vaporoso, casi celestial. Le rodeaba un aura de energía que se podía distinguir con inquietante facilidad. ¡¿Estaré en el cielo?! ¡¿Qué me está pasando?! En ese instante, de manera incomprensible, sentí paz… una paz que te envuelve y recorre cada célula de tu cuerpo, elevándote a un nivel de felicidad y relajación que nunca antes había sentido…

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    Este viaje comenzó de una manera totalmente inesperada para su protagonista. Era una tarde normal de un día entre semana después del colegio. Hacía un sol espectacular propio de esta ciudad donde el sol sale por obligación todos los días del año, así llueva, diluvie o caiga granizo. La ilusión que tenía por encontrarse con sus amigos hizo que no anticipara lo que se le venía.

    Sin previo aviso, como si el mundo se fuera a terminar, todo se oscureció a su alrededor. El ambiente se sintió repentinamente frío, casi congelador. La piel se le erizó por completo en tan solo una décima de segundo, y el aire en sus pulmones se desvaneció por completo. Se sentía agotado, algo nada propio en él, ya que todos los que le conocen saben que siempre le acompañaba un plus de energía, el cual canalizaba a través de su pasión por el deporte. Pero no… por más que intentaba tomar aire a pleno pulmón, no lo lograba.

    De repente sintió que algo le arañaba la espalda y trató de ver qué era. No lograba enfocar bien sus pupilas debido a la falta de luz que envolvía la ciudad. Era una extraña sensación que no llegaba a comprender muy bien, ya que donde se encontraba, era prácticamente imposible que algo le estuviera haciendo sentir tan desagradable dolor. Pequeños chispazos de corriente le recorrieron el cuerpo, sintiendo un intenso calor agonizante. ¡¿Cómo podía estar pasándome esto?!

    Los arañazos, por suerte, cesaron; o, al menos, eso parecía. No entendía bien qué estaba sucediendo, ni cómo podía estar pasando todo esto. Pero estaba ocurriendo y se sentía muy muy real. Inesperadamente, como si una jauría de lobos le estuviera zarandeando de un lado a otro, su torso y extremidades comenzaron a estremecerse. Poco a poco el dolor fue desapareciendo… ya casi no lo sentía. ¡Pero qué me está pasando! ¿Me habré vuelto loco por completo?

    Acto seguido le recorrió una sensación de angustia y vacío que se le extendió hasta el estómago.  Recordó como algunas personas le habían contado lo maravilloso que se sentía esa sensación de libertad, como cuando vas a un parque de atracciones y te dejas caer desde el aparato más alto de todos sin pensarlo. ¡Estarán chiflados! Era, sin duda alguna, la peor de las sensaciones que este viaje le estaba brindando. Y no es que las demás fueran muy de su agrado, pero al menos las estaba afrontando con una mezcla de incredulidad, valentía e incertidumbre por intentar comprender algo que difícilmente podía procesar.

    Y de pronto… ¡PLAF!… Una gran nube de polvo se elevó a su alrededor.

    Como si de levantar una pesa de cien kilos se tratara, comenzó un arduo esfuerzo por tratar de abrir los ojos para vislumbrar donde se encontraba. Estaba totalmente desorientado y apenas podía moverse. Todo a su alrededor era tétrico e incierto. Parecía el escenario de una película de miedo donde las sombras te abrazan y aterrorizan a la vez. Tan solo un fino rayo de luz consiguió llegar hasta sus pupilas. Parpadeó compulsivamente para tratar de desvanecer esa mezcla de destellos y colores que veía a lo lejos, al final de ese túnel de luz.

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    Y entonces enfoqué mejor mi mirada y allí arriba estaba… Una silueta rodeada de luz que me hizo sentir paz…

    -Mijo, ¿ESTÁS BIEN?

    ¿¿¿Maaaaaaaaaaaaaaaaamá???

    -Tranquilo mijito, ya está llegando la ambulancia. No te muevas.

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    Poco a poco empezó a sentir como sus pulmones se expandían para dejar paso a esa mezcla de aire empolvado que le rodeaba. En tan solo un segundo y medio, su cuerpo había descendido 13 metros de altura, por un tragaluz de un aparcamiento a medio construir, golpeándose violentamente contra un suelo lleno de escombros. La negligencia de la constructora, unido a la emoción de encontrarse con sus amigos para disfrutar de una tarde de risas, fútbol y empanadas de morocho, le precipitaron a vivir tan repentino viaje que culminó en un hombro destrozado, un pie roto, múltiples rasguños y una anécdota para toda la vida.

    Su viaje, por supuesto, no llegó a su fin, ya que este fue solo un bache más de los que la vida le tendría guardados. El protagonista de este trepidante viaje, hoy es mi marido, y quienes le conocen saben que es como imán para este tipo de “aventuras”.

    ¿Será cierto que todos los gatos tienen 7 vidas? Hoy por hoy no está seguro de ello, pero por si acaso, eligió pasar el resto de su vida con una gata* para multiplicar sus opciones.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 8/12.

    Autora: Mayte Murillo

    * Gata: nombre coloquial por el que se conoce a los madrileños de nacimiento.

  • La cama de agua

    La cama de agua

    Diciembre del 2011, suena mi despertador, 4 AM, debo alistarme pronto para llegar a tiempo al aeropuerto. Menos mal viajo con mi amiga para realizar este estudio de mercado. Los investigadores dirán ¿en diciembre? Pues sí, temas ajenos a nuestra voluntad hicieron que fijemos esa fecha. Un viaje que realmente no nos entusiasmaba por la realidad política del país. Sin embargo, allá íbamos, con actitud positiva y dispuestas a realizar nuestro mejor trabajo.

    El dueño de la empresa en la que trabajábamos era gran amigo de un cantante ex integrante de la banda hispana más famosa de los 80, que, por razones que no conocíamos, sin ser oriundo de Caracas, tenía un apartamento en uno de los lugares más exclusivos, Altamira…

    Con la llave en la mano nos dirigimos al lugar luego de un viaje tranquilo y sin contratiempos…

    Al llegar, las cosas no pintaban bien, parecía abandonado por fuera, y nuestra sensación de seguridad y tranquilidad de hospedarnos allí se desvaneció por completo cuando abrimos la puerta… Telarañas, polvo y un olor indescriptible a olvido, abandono y soledad invadían todo el ambiente. Al revisar cada habitación se veían cosas sin arreglar, daba la sensación de que los últimos inquilinos salieron por una emergencia y nunca más volvieron.

    Ante tremenda sorpresa no podíamos instalarnos, de hecho, mientras pensábamos qué hacer, nos sentamos en la sala y tuvimos que levantarnos inmediatamente pues el polvo nos dio la bienvenida con una ola blanca y alta, que, en lugar de alegrarnos, nos hizo salir en estampida… Ya en el taxi, con las llaves de la fortuna, prendimos nuestros celulares y pudimos llamar al dueño de la empresa para contarle que no nos íbamos a hospedar en el apartamento que muy amablemente le ofreció su amigo… Todo apenado y sin poder explicar lo ocurrido terminó la conversación.

    Lo que teníamos que hacer de inmediato era buscar un buen hotel para poder desayunar (a la 1 PM) y así continuar nuestra agenda de trabajo. Fuimos buscando hoteles a lo largo del trayecto. Luego de 10, sin habitaciones disponibles, nos dimos cuenta de que la fecha no solo era mala para hacer estudio de mercado sino para viajar a Caracas, una cumbre de la CELAC tendría lugar al día siguiente, delegaciones de todos los países invadían la ciudad. Sin aguantar más el dolor de cabeza, fruto de no haber probado un buen bocado desde muy temprano, realizamos una parada… Maletas y dólares en mano, menos mal el taxista y muchos lugares aceptaban es moneda, fuimos a desayunar junto a nuestro ‘mejor amigo’ en ese momento: “Google”. Mientras comíamos se aliviaba nuestro dolor de cabeza y nuestra lucidez para planear salidas… Tras llamar a un sin número de hoteles no encontramos habitaciones, ni tan siquiera en los resorts ubicados a 1 hora de la ciudad…. Nuestra búsqueda desesperada no daba resultados.

    Nuevamente en el taxi emprendimos una búsqueda de lugares con menos estrellas, que tampoco fructificaba, sin darnos cuenta que estaba ya oscureciendo. Llevábamos 6 horas dando vueltas sin rumbo, hasta que la taxista (una bella mujer) nos sugirió quedarnos en un Motel… Cansadas, desesperadas y con ansias de darnos un baño, nos miramos y dijimos: “Por favor, que sea el mejor que conoce”.

    Llegamos al lugar jalando las maletas, solo el ruido de las ruedas hablaba mientras nos guiaban hacia la mejor habitación. En realidad, luego de lo que habíamos visto por la mañana, era deslumbrante: una cama inmensa de agua color rojo nos esperaba; espejos en todos lados nos recibían; y tenía un jacuzzi. Algunas sillas raras nos servían para colocar las maletas. Necesitábamos una ducha urgente… ¡Dios mío! ¿Cómo me baño si no hay puerta? Fue lo primero que pensé.

    Amanecimos ambas en la cama de agua, con ojeras y meditabundas, sin saber si en este nuevo día que empezábamos nuestra búsqueda interminable daría sus frutos. Apresuradas en salir, nuevamente el sonido de las ruedas de nuestras maletas era lo único que se escuchaba. El taxi nos esperaba para llevarnos a desayunar al mejor lugar de arepas, que sin duda nos aliviaría las penas, y, además, al fin podríamos encontrarnos con el dueño de la empresa que organizaba la logística del estudio de mercado. No esperamos ni que se presentara para darle un abrazo y contarle nuestra indescriptible odisea… Se convirtió en nuestro guía y ocupó el puesto de ‘mejor amigo’ a partir de ese momento…

    La cumbre estaba en su apogeo; siendo el primer día no teníamos esperanza de encontrar habitación y psicológicamente nos estábamos preparando para regresar y dormir en nuestra inmensa cama roja de agua. Al terminar la jornada de trabajo, luego de un delicioso almuerzo con nuestro mejor amigo, nos dice que fue muy difícil conseguir habitaciones, pero luego de la participación de un delegado, un par de asistentes dejaron 2 libres en un hotel de la ciudad. ¡Lo logró! Teníamos reservas, pero debíamos llegar de inmediato.

    Llegamos al hotel llamado ‘Presidente’. Mientras nos guiaban a las habitaciones, nuevamente se escuchaba el sonido de las ruedas de las maletas, pero esta vez, con seguridad, mi habitación no tendría la inmensa cama roja de agua, ni espejos en el techo.

    Una de tantas historias sobre viajes. Historia 7/12

    Autora: Katya Oña

  • En aquel momento

    En aquel momento

    En aquel momento de mi vida me sentía bien, completa, sabia. Compartía la cotidianidad de mis días con los mejores amigos que uno puede desear. Sentía que entendía el mundo en su totalidad, siendo parte de él y de sus fuerzas sutiles.

    Estaba en Sagitario, de viaje, explorando el mundo y explorándome, segura de mi trabajo y del poder del mismo como un regalo para el Universo… lo mínimo que podía aportar frente a las bondades que este nos ofrece.

    Poco a poco empecé a sentir que esta calma precedía a una gran tormenta. Una tormenta devastadora que tocaría lo más profundo de mi ser y el corazón de mi hogar, el de la familia en donde uno se siente seguro, quizás tan seguro que debemos salir corriendo de ahí para conocernos. Irnos al lado opuesto del continente, dejar el núcleo y cerrarnos, en gran medida a sus problemas para encontrar los nuestros propios.

    Cuando te di la noticia de que había conseguido la beca y que finalmente me iría a vivir junto al mar me preguntaste: “¿Segura Vale? No es obligación irse”. Y lanzaste una carcajada mediante la cual tu alma, previendo su destino me decía “quédate, acompáñame, me siento sola, te necesito”. Pero fuiste tú misma quien, paradójica y generosamente, me dejaste a la puerta de esa gran aventura.

    Y ahora me vuelve al pecho aquella sensación que, viendo al mar, me alertaba de una crudeza aún no experimentada.

    Inicios de septiembre del 2017, suena el teléfono: “Tu gatita murió (me acompañó desde niña). Aparentemente aquellas bolitas que tenía en sus mamas eran cáncer que llegó hasta sus pulmones. La encontramos tosiendo sangre con mucha dificultad para respirar”.

    Finales de septiembre del 2017, otra llamada: “Tu abuelo murió… estaba ya delicado en el hospital, sufrió un paro respiratorio”.

    En la playa dibujé un espiral de partículas mediante las cuales incorporaba y entendía que ahora él estaba en todas partes. La semana anterior a su muerte me contaba que había visto alguna cuestión sobre Fortaleza en la TV. Nos sentimos más cerca el uno del otro y me entraron unas ganas enormes de tenerlo conmigo y llevarlo de un lado para el otro de la playa y la ciudad, disfrutando de horas de conversación. Una semana después lo sentía ahí, a mi lado, en cada partícula de mi cuerpo y de mi entorno.

    Sin embargo, aún después de sentir esta muerte más o menos integrada, aquella angustia en mi pecho decía que lo más duro estaba por ocurrir.

    Inicios de noviembre del 2017, escuché tu voz: “Me entregaron unos exámenes que me hice hace un tiempo, dicen que tengo cáncer y que ya está en estado de metástasis en el pulmón”.

    Cáncer de tipo basal de mama triple negativo, adenomioepitelioma, con diseminación a ganglios linfáticos y probablemente en pulmones fue el diagnóstico exacto.

    Dos semanas después estuve de vuelta en Ecuador, mi único deseo era estar junto a ti.

    Lo que sucedió entre noviembre del 2017 y febrero del 2019 fue el proceso de degeneración de una persona que pasa de su total movilidad y lucidez a una mirada perdida ya presente en otro plano de la realidad. Un cuerpo transformado en palabras no expresadas debido a una incapacidad cerebral y en balbuceos desesperados por querer comunicar algo importante antes de morir. Cuerpo en deterioro exponencial acompañado de unas ganas de vivir y de una fuerza nunca antes vistas. Y, lo mejor que yo pude hacer en aquel momento fue perderme en el amor de un hombre que me nublaba la vista frente a esa crudeza que no quería, no soportaba ver.

    Sin mi Madre presente físicamente siento que algunas bases importantes en mí se han derrumbado. Me hacen falta su voz y su temperatura, aunque mi piel la guarde perfectamente en su memoria. Recuerdo aquel momento en que decidí grabarla para siempre en mí, consciente de que no habría vuelta atrás. Extraño aquel abrazo indispensable, su enorme entendimiento y consejos precisos.

    Todavía no recupero la confianza en mí, me siento insegura y poco creativa. Me cuesta entender mi trabajo anterior, aquel que con tanto amor hice y entregué al universo. Lo siento inútil, banal y superficial ya que de alguna forma no entiende la crudeza de la vida, aquella realidad dual, hermosa y siempre amenazada por el dolor y la muerte.

    Nancy Susana Vásconez Miño, te amo con todo mi ser.

    Una de tantas historias de viajes. Historia 6/12.

    Autora: Valeria León Vásconez

  • Magia Colombiana

    Magia Colombiana

    Las fronteras, además de delimitar territorios, atesoran  magias seductoras que conquistan almas. Entrelazan raíces y sentimientos ejerciendo un arraigo con sabor a orgullo y fascinación.

    Sin embargo, conocer y disfrutar lo inexplorado trae consigo sorpresas y grandes satisfacciones que quedarán impresas por siempre en la mente y en el corazón de quienes tenemos el privilegio de aventurarnos y saborearlas.

    Hay un lugar ubicado en el extremo norte de Sudamérica que alberga un espacio en la memoria del mundo por sucesos nefastos que intentaron eclipsar su encanto. Sólo quienes llevamos encapsulado el tricolor entre las venas sabemos que Colombia pinta en sus paisajes el verde de las esmeraldas, esparce en su aire cálido el aroma de las orquídeas y que su cocina cautiva paladares que sucumben, ante el mar de sus delicias.

    Sus paisajes y gastronomía hacen de ella un destino anhelado por miles de turistas alrededor del mundo, al igual que la cordialidad y el carisma de su gente, que irradia alegría y afecto porque lo traen adherido a la piel.

    Quién puede resistirse a degustar la capital colombiana a través de un suculento ajiaco bogotano: una sopa hecha con varias clases de papa, maíz, guascas, y complementada con crema de leche y alcaparras.

    Quién ha visitado el caribe colombiano, ha quedado prendado de lo maravilloso del mar y de sus playas. Esa mezcla de cultura española y africana que contagian alegría y sabor.  El caribe sabe a arroz con coco, a múltiples pescados y mariscos, patacones y frutas afrodisíacas que embrujan y seducen.

    El eje cafetero: imperdible destino y patrimonio de la humanidad. La Palma de Cera, El Parque del Café, Salento, el Santuario de Fauna y Flora, entre muchos otros atractivos que nos enorgullecen. El café es nuestro producto insignia catalogado como el mejor del mundo. El olor y el sabor de un buen café colombiano es un poema que se disfruta caliente.

    Pero Antioquia es magistral. Medellín: La Ciudad de la Eterna Primavera. La de las más hermosas mujeres, vivencias hechas trovas, el carriel y las arepas.  Allí donde la bandeja paisa es una locura que genera adicción: esa mezcla irresistible de arroz blanco, frijoles, chicharrón, carne molida, chorizo, huevo, arepa, plátano maduro y aguacate.

    No alardear del Sancocho sería imperdonable y más aún no decirles que se hace en leña, en escenarios callejeros o campestres, pero con un sabor que bien podría competir con el más suculento platillo gourmet europeo. Al igual que la sopa de mondongo, un himno al placer y al gusto.

    Aquí todos son vecinos, parceros, compadres, amigos. Donde hay un «paisa» hay alegría, berraquera y putería. Trovan al amor, a las mujeres, al aguardiente y a la crisis.

    Por eso Antioquia tiene huellas marcadas en el mundo y en los corazones de quienes han pisado esta tierra montañosa y feliz.

    Y cómo no darles una muestra de nuestro folclor, componiendo una trova de esas que salen de las entrañas:

    Los invito a mi terruño,

        sean todos bienvenidos,

        Ecuador, Perú, y Europa

        y hasta los del Reino Unido.

       Argentina y Paraguay,

        México lindo y querido,

        Uruguay y Panamá,

         y los de Estados Unidos.

       A toditos los espero,

        con cariño y mucho afecto,

        hay arepas para todos,

        y puro guaro antioqueño.

       Y si no tienen pareja,

        aquí están las más hermosas

        en el valle de las flores,

        las mujeres son las rosas.

       Los turistas que han venido,

        saben que somos berracos,

        que vendemos hasta sueños,

        y empeñamos hasta un fiado

       Amarillo es el maíz,

        Y el azul un cielo abierto,

        pero el rojo es la pasión,

       que conquista al extranjero.                       

    Una de tantas historias incompletas de viajes. Historia 5/12.

    Autora: Cristina Gaviria.

  • Vergüenza

    Vergüenza

    Vergüenza. Vergüenza es la palabra que define mi niñez y adolescencia… 

    Claro que hubo muchos momentos interesantes, felices, divertidos. MUY divertidos. Pero la verdad es que desde pequeño siempre fui un niño tímido y me daba vergüenza hacer cosas delante de la gente.  

    “A ver mijito cante, cante para la abuelita”. 

    “A ver Carlitos sáquese la camiseta que le vea la doctora”. 

    “A ver Carlitos sáquele a bailar a la Carlita” (en el quinceaños al frente de 100 personas). 

    Recuerdo una vez que “gané” el honor de recitar una historia al frente de todo el colegio por el aniversario del 12 de octubre. Tenía tanto miedo a la vergüenza que iba a pasar que me aprendí las páginas equivocadas del libro y lo que ya de por sí iba a ser una experiencia horrible para mí, terminó siendo una auténtica pesadilla social… casi tanto como la primera vez que tuve que declararme a la chica que me gustaba en el colegio. De los pocos momentos que recuerdo, porque tenía tanto miedo de hacerlo que solo me quedan en la cabeza frases sueltas de lo que dije: “y qué más… pues eso… si ya sabes que me gustas para que tengo decirlo de nuevo… ¿entonces ya?… bueno como quieras, ya te llamo de noche… o no… ya ahí veo”. Cómo esa chica aceptó salir conmigo, jamás lo sabré. 

    Adelantemos 15 años. Cumplí los 33. Soltero. Trabajo estable. Tengo varios amigos y la verdad es que no me quejo de la vida que tengo, aunque debo confesar que siempre me ha quedado esa espinita de querer ser más extrovertido y hacer locuras sin pensar en consecuencias. 

    Y es exactamente eso lo que decidí hacer. Compré un boleto de avión y me fui a pasear por Europa en verano. Sin lista de países, sin organizar hoteles, ni agendas ni tours ni nada. Solo quise ir y ver qué pasa. Había escuchado que allá la gente es muy abierta y que hasta las playas son “topless” en todos lados y muchas, incluso, nudistas. Así que dije ¡vamos! Nadie me conoce allá y nadie sabrá nada.  

    Así fue como llegué a playa Paklina, en Croacia. Una pequeña y hermosa playa ubicada entre rocas y que es famosa por fomentar el “naturismo”. La verdad es que la primera vez que fui empezaron esos antiguos miedos y nervios, pero entonces los vi. Decenas de personas totalmente desnudas, unas acostadas, otras de pie conversando, otras caminando, otras nadando y otras hasta jugando frisbee. Básicamente, igual a una playa en cualquier lugar del mundo, pero sin ropa.  

    Llegué a una parte entre rocas en la que no se podía ver hacia adentro si alguien no se acercaba bastante, así que decidí que ahí me iba a instalar y probar mi primera experiencia nudista. Me saqué la ropa, me acosté en la toalla y empecé a broncearme. Empecé a sudar rápidamente, aunque no sé si era por el calor o por los nervios. Después de un par de horas, ¿adivinen qué pasó? Pues, nada. Absolutamente nada. Fue cuando me dije a mí mismo que tal vez todos esos miedos antiguos y sensaciones de vergüenza eran infundados y que lo único que tenía que hacer era hacer las cosas sin pensar tanto, y ya. Así que decidí poner mi nueva valentía en uso y salí de entre las piedras a dar una vuelta por la playa hasta el final de la montaña.  

    Había caminado unos 200 metros. Todo iba genial. Me sentía VIVO por primera vez. No hay mejor sentimiento que el viento de la playa, el sol, la arena en los pies y todo al aire libre.  

    “¿Disculpe, podría ayudarnos por favor?” Dijo una voz femenina. 

    Me di la vuelta y en efecto la voz era de una mujer. Parecía que tenía unos 40 años. Guapísima. Estaba acompañada de dos chicas jóvenes de unos 16 años que asumo eran sus hijas. Guapísimas también. Todas obviamente desnudas. 

    “¿Podrías decirnos qué bus tomar de regreso al hotel? No somos de aquí y no conocemos bien el transporte”. 

    “Uhm…” 

    “Ehh…” 

    “mmm…” 

    Eran tan guapas las 3 que no solo me seguía sintiendo vivo… sino que mientras trataba de balbucear algo para contestarles que yo también era turista, se me empezaron a avivar partes del cuerpo que cuando quieren te quitan el control absoluto y hacen lo que quieren. 

    Las chicas empezaron a murmullar entre ellas, lo cual me hizo concentrarme aún más en el tema y, como todo hombre sabe, mientras más te concentras, menos puedes controlar esas situaciones. 

    “Chicas, no se rían. Es algo normal. Deberían tomarlo como un halago. Significa que nos encuentra muy atractivas. Por favor señor, no tiene nada de qué avergonzarse”. 

    ¿Vergüenza? Después de esa experiencia nada me volvió a avergonzar jamás.  

    Una de tantas historias incompletas de Viajes. Historia 4/12

    Autor: Diego Méndez

  • It´s just a ride

    It´s just a ride

    La recompensa merece el esfuerzo. Me repito ese mantra una y otra vez mientras asciendo entre el fuerte olor a azufre. Horas después compruebo extasiado que aquel lugareño no exageraba. Aridez y fumarolas humeantes. La vista desde el cráter del volcán me deja extasiado.

    Creo que jamás he estado tan apretado como en este traje de neopreno. Incluso forrado como estoy el agua se siente especialmente fría. La falla que surco, admirado por su vegetación submarina, separa las placas euroasiática y norteamericana. Geológicamente hablando, buceo entre dos continentes. Me siento especial e insignificante al mismo tiempo.

    Amanecer en este lugar idílico me hace feliz. Todo es verde desde mi ventana. El sonido de la respiración de las belugas, que remontan el fiordo para buscar comida, me conmueve. Ayer me salpicaban a bordo de la lancha de un experto rastreador de ballenas, que supo acercarme donde nadie llega.

    Estoy encaramado a la barandilla del puente a cientos de metros de altura. Las cataratas más grandes del mundo a mi espalda. El ruido del agua es ensordecedor. Salto. No puedo creer que lo haya hecho. La descarga de adrenalina me paraliza durante varios minutos con una sonrisa estúpida en la cara.

    A medida que la barcaza se interna mar adentro, crece mi sensación de arrepentimiento. Por alguna razón cuando piden voluntarios salto como un resorte. Apesta a podrido. En popa dos marineros bromean en alguna lengua que no entiendo mientras tiran tripas de pescado al mar. La jaula oxidada me sumerge en el agua. Tres enormes tiburones blancos nadan a mi alrededor atraídos por el inesperado festín.

    Pienso a menudo en esos momentos. ¡Me sorprende tanto que en mis ensoñaciones ya siempre me vea sin pelo! Aquí sentado, mientras el veneno que me administran pelea contra esta jodida enfermedad sin entender de aliados, los recuerdos me hacen sentir más vivo que nunca. Gané alguna batalla, pero perderé la guerra. Entre nauseas, retumban en mi cabeza como una revelación las líneas de Bill Hicks: It´s just a ride.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 3/12.

    Autor: Jorge Sánchez