Categoría: Infancia

Cuando eres niño quieres ser grande… pero cuando eres grande quieres ser niño

  • Don Gordito y Don Flaquito

    Don Gordito y Don Flaquito

    Una vez Don Gordito y Don Flaquito se peleaban durante años. No querían parar, ni siquiera por un café. Hasta que un día ¡por fin! terminaron la pelea y se disculparon. Se compraron una casa y todos vivieron felices por siempre.

    Autor: José Miguel Viniegra Mora (6 años)

  • Burbujas de jabón

    Burbujas de jabón

    Peinaba mis cabellos rizados, mientras yo me dormía agotada por el cansancio de un día de rayuela. Cubría mi pequeño cuerpo con la manta, besaba mi frente y, con cuidado, apagaba la lámpara de Blancanieves que reposaba sobre mi mesita de noche. Salía del cuarto caminando lento y cerraba la puerta. Yo entraba en un plácido descanso, que solo era interrumpido por un cálido beso en mi mejilla, cuando la luz del sol atravesaba mi cortina de Cenicienta. Ahí estaba ella, con una sonrisa de cristal y unas manos de eternidad que me abrazaban para darme los buenos días.  

    Me levantaba en sus brazos mientras yo me restregaba los ojos y me quitaba los rizos que en la noche se habían revelado y poblaban mi frente. La mesa estaba limpia, el cereal de colores y la leche me esperaban, y ella llevaba la cuchara a mi boca mientras entonaba mi rondalla favorita.

    El baño era una gran fiesta de espuma y burbujas de jabón, aunque tardaba menos de lo que me hubiera gustado, pues mi uniforme de la escuela y mi lonchera, eran el recordatorio de mis tempranas obligaciones.

    Al salir del colegio ahí estaba ella, siempre ella. Ofreciéndome el abrazo y la sonrisa, tomando mi mano y mi lonchera y queriendo saber los pormenores de mis clases. Cuando hacía calor, me compraba un helado de fresa en el carrito de la plaza, que reproducía la canción de la sirenita una y otra vez.

    De nuevo en casa, en ese paraíso que, aunque pequeño, era mi lugar en el mundo. Ella lo hacía mágico. Me contaba historias de las verduras para convencerme de que si las comía con gusto sería muy grande y fuerte. Me hablaba de la sopa como el elixir del poder y la sabiduría. Al final siempre conseguía que el plato de mi almuerzo quedara vacío y mi pancita llena.

    —¡Woooo!, que bonita infancia tuviste Juanita, ¿no entiendo entonces por qué estás en el orfanato?  

    — No estoy hablando de mi infancia, es el sueño que tengo cada noche, imaginando lo hermoso que hubiera sido tener una mamá.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia 12/12.

    Autora: Cristina Gaviria.

  • Alegría, deporte y limón con Sal

    Alegría, deporte y limón con Sal

    Muchas personas me dicen, ¿cómo es que te acuerdas tantas cosas de cuando eras niño?… La verdad es que tuve una infancia muy feliz y estoy agradecido por ello. Mi niñez transcurrió entre una familia numerosa y cariñosa a su manera, el colegio entre las clases y los amigos, las tonterías sin sentido y la aventura en todo lo que se hacía, realmente que fui afortunado.

    Mi padre siempre nos inculcó la afición por los deportes, no importaba cual fuera. Aparte de practicarlos, disfrutaba además viéndolos si es que no se podía participar en ellos. Y cómo olvidar los incontables juegos de las diferentes disciplinas en campeonatos intercolegiales, eso sí que se disfrutaba en serio. Se ansiaba tanto esos juegos porque te daban un montón de emociones diferentes. La primera, y más importante, sin importar la disciplina deportiva que fuera, era, sin duda, el no tener 3 o 4 horas de clase. Un verdadero goce, seguido de salir de la institución hacía un lugar donde ibas a ver una competencia que te llenaba de orgullo por tu colegio, las barras (por supuesto sin decir una sola mala palabra), la disputa con los colegios contrincantes, el poder ver a las niñas (es que mi colegio era sólo de varones) y, fuera cual fuera el resultado, el poder comprar entre juego y juego las golosinas que vendían en las afueras de los coliseos deportivos (chicles, chupetes, chocolates, el tan prohibido por los padres limón con sal, etc.). Además, claro, de la buena y sana competencia, «lo importante no es ganar, sino competir».

    La emoción se sentía desde el día anterior, cuando el profesor dirigente anunciaba que grados saldrían a apoyar al equipo al día siguiente… algarabía por la noticia. Seguía el anunciar a tus papás el desenlace de tal suerte y esperar a que ellos te dieran un poco de dinero para comprarte algo en las afueras de los centros deportivos, cosa que no pasaba todos los días, y bueno, si no te daban, no importaba, seguro que algún amigo con mejor suerte te prestaría o te brindaría a cambio de cualquier retribución mínima en los siguientes días (pero verás, mañana me prestas tu compás nuevo, jajaja).

    Ya llegado el día, la verdad no importaba ninguna clase, ya que en todas lo único que se hacía era contar los minutos y horas para salir. Por fin, se veía por las ventanas ingresar el bus que te llevaría a tu destino.

    Una cuadra antes de llegar, ya nos parábamos y nos abalanzábamos hacia la puerta para ser los primeros en salir y poder comprar algo antes de ingresar al juego. “¡Hagan fila!”, se escuchaba siempre con algo de molestia de parte del profesor encargado. A continuación, el ingreso al coliseo (Los Quitus), estadio (El Morlán), colegio (De la policia), pista atlética (Los Chasquis), una piscina (El Batán) o cualquiera que fuera el lugar en que se celebraría el gran acontecimiento… Una vez dentro, empezaban las barras para apoyar a nuestros deportistas, y siempre había el orgullo del grado… “dale pollo, patea”, “no te dejes gato hazle una galleta”, “eres malo 10, patea duro si puedes”, “tres races por el colegio… ras ras ras colegio, vamos a ganar”, etc. Todo era adrenalina pura.

    Si se ganaba no podía faltar el típico “¡mañana vacación!, ¡mañana vacación!”, que, por supuesto, nunca nos la daban, pero no se perdía la esperanza. Si se perdía, pues nada… “bien jugado muchachos”, “si entraba esa bola…”, “qué mala suerte, sí fue palazo…”, “árbitro vendido” … la ilusión quedaba en clasificar a la siguiente fase para poder volver a salir en los próximos enfrentamientos.

    Por último, de regreso al bus que te llevaría de vuelta al colegio, únicamente para recoger las cosas e ir a casa, sin deberes por hacer, sin lecciones que presentar, sin responsabilidades por el momento, con la alegría que solamente un niño puede sentir por las cosas más simples del mundo.

    Y qué decir del campeonato interno… “el viernes nos toca con los malos del A”, “ya ganamos”, “traerás tus pupos Pibi”…

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 11/12.

    Autor: Andrés Acosta

  • Pa(m)labra

    Pa(m)labra

    Desde muy pequeña, el paseo al centro de la ciudad ha sido uno de los planes que comparto con mi papá. Contrario a lo que es para mucha gente, un lugar al que solo se va a hacer diligencias de bancos o porque toca visitar alguna oficina, para mi papá el centro es para ver gente pasar, comprar libros de segunda mano, comer algo que solo en esa parte de la ciudad venden, cortarse el cabello en la barbería de toda la vida o simplemente encontrarse a desconocidos que parecen saludar con una pequeña subida de ceja. Y digo que no es muy común porque el centro de Cali es netamente comercial, poco se vive para el ocio, bueno, al menos en mi infancia fue así. Y que en aquel entonces mi papá viera en él algo diferente a lo que todo el mundo veía, me resultaba fascinante.

    El centro era, además, un espacio de ascenso de linaje familiar. A medida que ibas creciendo te llevaban a conocer lugares que siempre habías escuchado, pero que solo cuando estuvieras lista podrías ir. Yo escuchaba a mi hermanos contar de cuando iban con papá hablando de tú a tú en medio de las palmeras de la Plaza de Caycedo y tomaban el kumis de Kasimiro, un lugar que estaba desde 1917 en esa zona y que, según decían ellos, “era el mejor de la ciudad, porque era caserito”. Yo no pasaba de los siete años e imaginaba que ese lugar se llamaba Kasimiro porque seguro el dueño casi no veía o tal vez porque ese era el nombre de la mascota del lugar. Lo cierto es que me hacía mil historias en la cabeza, pero nunca se daba el día en el que a mí me tocara, me volviera grande y entonces pudiera caminar por las calles del centro de lado a lado. Hasta que un día sucedió, papá me llevó, me sentó en una butaca de Kasimiro y probé la famosa bebida con tanta solemnidad como quien se acerca a un brebaje mágico. Pero no me gustó, aunque realmente eso era lo menos importante. Lo que de verdad me interesaba era el momento: ya era grande, me llevaban de compañera de caminatas al centro y podía hablar con mis hermanos de haber probado las mismas cosas. Algo en mi forma de caminar cambió, levantaba la cabeza como si estuviera en pasarela, ya saben, cual pantera rosa: relajada y orgullosa.

    Aunque el centro era el escenario de la yincana de todos los ascensos de linaje (esto lo digo jocosamente, por supuesto), el gran paso para ser parte del clan se daba por fuera de esta zona de la ciudad. Se trataba de comprar pan, o pam como le decimos en Cali, en una famosa panadería que ya hace varios años que no existe, pero que para mi papá era como su templo de placer gastronómico. Se llamaba Liberty y tenía su letrero en unas luces de neón que parecía todo, menos panadería. Quedaba en una esquina de la calle 5, una de las avenidas principales, y era el sitio al que día de por medio íbamos en las noches a comprar el pan para la familia. Tenía que hacerse en la noche porque, según mi papá, a esa hora era que hacían el pan de la mañana, y tenía razón. El ritual nocturno era el siguiente: llegábamos en nuestro volkswagen fastback sesentero de color vinotinto (que nos dejaba varados cada mes), mi mamá, uno de mis hermanos mayores o mi papá se bajaban del auto e iban a comprar el pan: el pedido era mismo.

    Yo era solo una acompañante del momento, nunca me tocaba comprar el pan; que estaba muy chiquita decían. Una noche llegó el momento. Tenía 9 años y en el carro solo íbamos papá y yo, nos detuvimos en la esquina de siempre, me alisté para salir al tiempo que él me dijo: “Espera te doy la plata” (dinero). Mi corazón se aceleró, me había llegado la hora de comprar el pan (puede parecer exagerado, pero mi familia es tan fanática del pan, que logra estar hasta media hora hablando sobre la calidad de éste, la humedad, la textura y hasta el aroma). Mi papá me dio las instrucciones y me dijo algo muy importante: “Debes preguntarle al vendedor si es pam fresco, recién hecho, si te dice que no, no lo compras, pam viejo no vamos a llevar”. Yo me bajé del carro y apreté el dinero con fuerza en mi mano, no fuera a ser que se cayera o que me tropezara con mis sandalias rojas de flores, que me quedaban grandes.

    Entré a la panadería y me caractericé. El vendedor se asombró de verme más pequeña que todas sus vitrinas, creo que me le hice conocida, pero no me reconoció, supongo que porque iba sola. Le hice el pedido y entonces pronuncié las palabras mágicas: ¿señor, el pan que me empacó es fresco? Él sonrió y me dijo que sí. Yo también sonreí, conté el dinero de cambio, tomé las compras y salí feliz. Me subí al carro como si hubiera logrado la gran hazaña. Le devolví a mi papá el dinero sobrante y entonces el aire se enrareció.

    • ¿Le preguntaste si el pam era fresco?
    • Sí, y me dijo que sí, que era fresco.

    Mi padre tomó las bolsas con pan y puso sus manos sobre ellas, como quien revisa una joya preciosa, con años de experiencia encima. Se puso furioso, apagó el carro, se bajó y me dijo que me bajara. Me puse helada, empecé a suponer que había hecho algo malo, ya no me iban a mandar a comprar el pan nunca, ¿me iban a querer menos?, pero yo no hice nada distinto a lo que me pidieron. Mientras caminaba a toda velocidad hacia la panadería, mi cabeza no paraba de pensar todas estas cosas, no entendía bien lo que pasaba.

    Cuando papá entró al lugar y después de él, yo; el vendedor se puso pálido. Fingió una sonrisa amable, pero pronto se dio cuenta de que no iba a funcionar.

    – Mi hija te acaba de comprar este pam, te preguntó si era fresco y le dijiste que sí- Le reclamó mi papá.

    – Es que es fresco, es de hoy, don… – trataba de explicar sin mucha suerte aquel hombre.

    – ¡Mentiroso! – Le gritó mi papá, mientras todas las personas del lugar nos miraban.

    – Ya mismo se lo cambio, le voy a dar de este que acaba de salir del horno.

    – A mí no me dé nada, devuélvame la plata.

    – Pero don..

    – Nada, devuélvame la plata porque ¿sabe cuál es el problema? No es que me dé pam viejo, sino que le mienta a una niña porque es una niña. Si hubiera venido yo y le pregunto lo mismo, seguro que sí me da el pam que es.

    Salimos de ese lugar. Mi papá resoplaba como un rinoceronte, nos subimos al carro y entonces supe que ahora me tocaba a mí. Venía un discurso aleccionante por haberme dejado engañar. Casi que tenía los ojos aguados esperando el regaño. Pero mi papá solo encendió el auto y arrancó, cuando íbamos a un par de cuadras me dijo.

    • Ese tipo es un mentiroso. La próxima vez que compres en cualquier lugar, además de preguntar si el pam es fresco, lo tocas suavemente por encima de la bolsa. Si no está suave, no lo recibes, porque te están engañando.

    Me sequé las lágrimas que no alcanzaron a salir y respiré profundo. Ese día mi papá me enseñó dos cosas que hasta hoy no se me olvidan: la palabra es como el pan, solo si se honra con la frescura de la honestidad, sabe bien. Y a los niños y las niñas no se les dice mentiras.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 10/12.

    Autora: Sofía Carvajal

  • Un diente menos

    Un diente menos

    Esta mañana mi hijo saltó de la cama feliz porque desde ayer uno de sus dientes se estaba sosteniendo en un hilo y, finalmente, se cayó. “Mamá, soy un niño grande”, me dijo, y sonreí. Vinieron entonces a mi mente los recuerdos de todas las horas que pasé con él desde su nacimiento hasta este momento y no pude evitar sentir un amasijo de nostalgia y alegría.

    Anoche llegué a casa, él lloraba porque le dolía y no había comido nada. Yo había tenido un larguísimo día y simplemente lo abracé y me acosté a su lado para leerle su lección sobre la Rosa de los Vientos. Se acurrucó y sentí nuevamente su cabecita junto a mi corazón. ¿Por qué cuando crecemos dejamos de escuchar el corazón de nuestras madres?, me pregunté. Finalmente se durmió y recordé el día en que vi su carita por primera vez, cuando mis brazos se volvieron su cuna y mi pecho su refugio y alimento. Esa primera mirada de sus ojitos negros cuando me lo pasaron después de nacer marcó el resto de mi vida. Entendí al instante que no sabía nada del amor hasta ese momento. En mi ignorancia había perdido el tiempo buscando algo incierto, pero maravillarse en el rostro de un hijo es una sensación sublime e indescriptible. A partir de entonces supe que nunca más volvería a ser la misma mujer pues me había enamorado de verdad por primera vez.

    Se durmió sollozando y lloré, no sé si de felicidad por verlo irse convirtiendo en un hombrecito maravilloso o de melancolía porque sé que cada día necesita menos de mi calor. Es posible que fuese una mezcla de ambas cosas. Creo que sentí ese deseo incontenible de ahorrarle cualquier dolor sin importar su índole para solo descubrir que no podré evitarle que un día sufra por un amor, por una decepción o por una pérdida. ¿Qué haré cuando se enamore y lo dejen por primera vez? ¿Y cuando muera uno de sus seres más cercanos? ¿Cómo podré abrazarlo cuando sienta que ya no puede más? Daría mi vida para que él no sintiera dolor. Sin embargo, sé que ese mismo dolor es uno de los maestros más severos que nos tiempla y depura con rigidez. No habría diamantes sin presión y ese pequeño es una gema en potencia.

    Recordé su primera caída y cómo corrí a consolarlo, su primera mala calificación y cuánto se decepcionó de sí mismo, el divorcio y cómo se siente tan cercano a mí y tan responsable de que yo esté a salvo. Chiquito mío, mi corazón, no tienes que cuidarme, soy yo quien debe protegerte y, a la vez, soltarte para que aprendas a vivir y a convertirte en un maravilloso ser humano. Mi dicha será verte volar con tus propias alas un día y saber que lo hicimos bien tú y yo. Quiero ser cada día la madre que necesitas, aunque a veces las fuerzas me falten.

    El tiempo pasa demasiado rápido. Hoy mi hijo tiene un diente menos, y yo una cana más. Mañana se irá y hará su vida lejos de mí y yo seré feliz por haberle enseñado a abrazar el mundo y sus alrededores. Pero en mi corazón siempre será ese bebé de ojitos negros que me miraba con ternura mientras lo amamantaba y yo sentía que nada en la vida podía importar más.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 9/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade

    Cuenta de Twitter: @anavero1902
    Whatsapp: +593 999 958 914
    Web: anavandrade.com

  • Bucket

    Bucket

    “Tienen que mantenerse en silencio, agachados y no moverse bruscamente”, nos decía el guía, mientras nos mostraba el camino hacia los botes. “Los cocodrilos reaccionan a movimientos rápidos. Ahora, en la noche, están tranquilos y despiertos, muchos de ellos en la superficie del agua. Es un muy buen momento para observarlos. Tenemos nuestras linternas, y al iluminarles directamente a los ojos quedan como encandilados y no nos ‘ven’ realmente”, continuaba.  Le escuchaba atentamente, pues íbamos pocos en la canoa: el guía y unas pocas personas, incluyéndonos a mí y a mi hermano menor.

    El brillo de los ojos sobre el agua era penetrante y electrizante, parecido al efecto en los ojos de los gatos al ser iluminados con las luces de un auto. Los sonidos de la selva amazónica en la noche parecían ser más intensos. La tensión la sentía en cada músculo de mi cuerpo. La adrenalina y admiración me hicieron grabar el momento claramente en mi memoria. Una imagen que no olvidaré jamás. 

    Tampoco olvidaré cuando fuimos a aquel río maravilloso, en medio de una gran vegetación. Llevábamos queso con cascara rojiza en una bolsa. “Es para las pirañas, les encanta el queso”.  ¿Queso? No sabía que las pirañas comieran algo más que carne. Al parecer, para ese entonces, ya había visto muchas películas de terror. “Las pirañas son animales pacíficos, y sólo atacan cuando tienen mucha hambre o cuando se las molesta… o cuando hay sangre. ¿Sangras de algún lado?”. Como loca empecé a buscar si tenía algún sitio con sangre. Miraba mis piernas con cuidado… no vaya a ser que tenga un poquito de sangre en algún lado. “No te preocupes”, me decía el guía con su voz tranquila… “debe ser bastante la sangre para atraerles. Además, les encanta el queso”. No sabía si relajarme o no simplemente no entrar al agua. Lanzamos el queso al agua, y vimos como los peces subían a comerlo. Me metí al agua con cuidado, como con un ojo cerrado a la espera de qué iba a pasar. Y… ¡nada! Solamente la alegría y extraña sensación de bañarse con lo desconocido. ¡Check! ¡Me he bañado con pirañas!

    Cuando cuento algunas anécdotas de mi infancia, parecen ser puntos de una especie de “Lista de cosas que hacer antes de morir” para otros. He tenido la suerte de crecer en un país maravilloso, lleno de una flora y fauna impresionante. Mis padres, aventureros y relajados. Mi papá, un forestal apasionado por su trabajo, nos llevaba para ver cómo iba el bosque. Él reforestaba bosques y los cuidaba hasta el punto que puedan cuidarse por sí solos. Los caminos enlodados, en los que las llantas del auto resbalaban mientras el motor rugía como un gran león. “Ahora, acelere”, gritaban desde atrás, mientras empujan el auto tratando de hacer que continúe y salga del charco profundo de lodo.  ¡El agua llegaba casi hasta la puerta! Yo iba sentada sobre la ranura del vidrio de la puerta trasera del auto de mi papá, con las piernas hacia adentro y la espalda hacia afuera. Mis manos agarradas fuertes de la manija, y gritando como vaquera “yeeehaaaa”. 

    Cuando íbamos a la playa con mi familia, a mi hermano menor y a mí nos gustaba cazar cangrejos. Íbamos con mi mamá a las cuevas, aquellos huecos en la roca hechos por el mar. Nos gustaba ir ahí, pues había menos gente y más cangrejos. No era tan fácil llegar, pero el camino era precioso. Debíamos tener en cuenta la marea para poder regresar. Explorábamos las cuevas, hasta donde nos daba el valor. Ahí, en la entrada de las cuevas encontrábamos los cangrejos más grandes y más rojos. Aquellos eran los más difíciles de atrapar, pues son los más rápidos y con las tenazas más grandes y poderosas. Mi técnica, desarrollada tras una larga experiencia de caza, era lanzarles arena encima y ahí rápidamente ponerles las manos encima para evitar que se escapen. Con cuidado les limpiaba la arena y descubría los bordes del caparazón, y descubría los sitios claves de donde podía sostenerlo sin hacerle daño, y sin que me lastime. Debía tener mucho cuidado con las tijeras, como les llamaba mi mamá. Una vez se quedó mi hermano con un lindo “accesorio” colgando del dedo. La seña la tuvo por bastante tiempo.

    Me gustaba examinar al cangrejo mientras estaba en mis manos, mirarle sus ojos verticales, que parecían mirarme con odio, y evitar constantemente el baile de las tenazas que, con cualquier descuido, terminaba en un buen pellizcón. Luego iban a un balde hasta llenarlo. Divertido era ver cómo se movían dentro, pasando unos sobre otros. Al final, los dejábamos libres otra vez, mirando con satisfacción cómo se esparcían por la arena.

    Uno de los viajes más especiales que hicimos fue a las Islas Galápagos, cuando tenía solamente 9 años. Fuimos en un pequeño barco que navegaba durante la noche para llevarnos a una nueva isla en el día. Las Islas son espectaculares, una más linda que la otra. Cada día era maravilloso, desde el momento en que despertaba, hasta cuando tenía que irme a la cama. Yo no quería perderme nada, ni la comida ni los animales diferentes llenos de colores ni los paisajes ni ver a los delfines acompañando a nuestro barco en busca de nuevas aventuras. No quería desperdiciar ni un minuto; tanto así, que una de esas noches me quedé dormida parada, apoyada en una pared. Recuerdo una playa al atardecer, llena de flamencos. Me parecieron millones … esas hermosas aves en un intenso tono rosado obscuro, todas disfrutando del agua.

    Pienso en mi infancia, y aunque no todo fue paseo y felicidad, solamente puedo estar agradecida de la gran suerte que he tenido. Una infancia llena de aventuras, sin preocupaciones, con una familia maravillosa y la libertad de ser yo misma.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 8/12.

    Autora: Florencia Montenegro

  • Historia de fútbol

    Historia de fútbol

    Siento que desvanezco, no logro recordar cuáles eran mis pasiones o si alguna vez tuve ganas de luchar por algo. Tengo un letargo emocional. Decido revisar mis antiguos diarios buscando mover algo dentro de mí. Tomo el último del montón y hago un recorrido por las páginas hasta que llego a una que me llama la atención por su fecha: Julio de 1999.

    Hago un cálculo rápido y me ubico a los 11 años…. continúo leyendo, percatándome que en aquella época también me gustaba escribir en presente:

    Hoy fue un día especial. Estoy impaciente por acabar mi última tarea para poder salir a jugar. Finalmente, las cuatro de la tarde, me pongo un short, una camiseta y mis medias y zapatos deportivos. Hoy es el día. Salgo de mi departamento corriendo apresurada, viendo que todos los niños ya se han ido de la cuchara del barrio, seguramente ya están en la cancha. Estoy a cinco cuadras, ojalá llegue a tiempo.

    Por fin llegué… están formando los equipos… súper apresurada llego y pregunto: ¿puedo jugar?

    No Cris… ¿cuántas veces tenemos que decirte que solo los hombres jugamos fútbol? ¿Por qué mejor no te vas a jugar a las muñecas con las demás niñas.

    Tengo tantas ganas de patearle y decirle “ándate tú”, pero en vez de eso respiro…

    Axel, y cuántas veces tengo que decirte yo que no me gusta jugar a las muñecas y la única razón por la que no quieres dejarme jugar es porque tienes miedo de que sea mejor que tú y te haga quedar mal.

    Sí, claro, como que si la ñiñita pudiera patear.

    -Déjenme jugar esta única vez… si soy mala, nunca más me dejan jugar.

    Ya Axel, déjale jugar, siempre viene a pedir lo mismo y siempre le dices que no, ya démosle una oportunidad.

    Gracias Francisco, te prometo que no te voy a decepcionar.

    Bueno Cris, pero te advertimos que jugamos duro, si te damos algún balonazo no te enojes con nosotros, no me gustaría verte llorar.

    Sé que es un comentario un poco machista, pero no puedo evitar pensar en lo lindo que es Francisco. Me encanta que se porte como un caballerito (como diría mi abuelita). Él es tan dulce, siempre trata de llevarse bien con todos. Es menor a mi por un año, pero por alguna razón me gusta mucho. Su cabello largo tipo hongo hace que parezca un actor de telenovela, sus ojos rasgados color miel le dan una mirada de ternura, y cada vez que sonríe me da ganas de robarle un beso. Pero tengo que regresar a lo importante: ¡mi misión esta vez es demostrarles que puedo jugar futbol!

    -Tranquilo Francisco, si me dan un balonazo te prometo que no voy a llorar, ¡ya estoy acostumbrada! … ¿En qué equipo voy?

    Que vaya en el tuyo Francisco, yo no quiero perder.

    Ok Cris, tu vienes conmigo, pero si ganamos Axel tú nos invitas a las colas.

    El partido empieza… Francisco hace el saque desde la media cancha y me pasa el balón (seguro me lo dio a mi porque yo también le gusto).  Un poco nerviosa, pienso en no defraudarle, pero inesperadamente viene un niño y me quita el balón, avanza hacia la delantera. No puedo quedar mal, así que corro con todas mis fuerzas hasta alcanzar a aquel niño, hago una barrida y se lo vuelvo a quitar… veo un niño de mi equipo pidiendo el balón en la media cancha, hago un pase largo, un poco alto y llega perfectamente a él… avanzo hacia la delantera y pido nuevamente que me lo pase, el niño con cara de desconfiado no me lo da, y le hace el pase a Francisco que está a su lado izquierdo. Axel viene enseguida a cubrir a Francisco y lo acorrala. El otro niño también está cubierto. Yo quiero demostrar que puedo… me acerco a Francisco, le pido el pase. Él, sin dudarlo, me lo da… ahora está en mi posesión el balón… Axel se me acerca, logro esquivarlo, todos los niños gritan “oleeeeeeee” , me vuelve a cubrir aquel niño que no recuerdo su nombre, levanto el balón y le hago un sombrerito, el balón pasa por encima de su cabeza, corro y vuelvo a recuperar el balón… escucho a todos los niños nuevamente gritando “oleeeee”. Estoy en la delantera y Francisco está a mi lado izquierdo… no sé si pasarle el balón para que él haga el gol o lucirme para tener un éxito completo. Decido pasárselo porque no puedo evitar pensar en lo lindo y bueno que es conmigo, pero para mi sorpresa, Francisco no patea al arco, me lo vuelve a pasar a mí, me guiña el ojo y yo me siento ¡super poderosa!… le doy tan fuerte que el arquero no puede ni reaccionar… la pelota está dentro del arco. Todos en mi equipo gritan “gooooooooooooool”.  Francisco se acerca a abrazarme, los demás niños me dan una palmadita en la espalda o un “chócale”. ¡Me siento increíble! ¡Francisco me abrazó! ¡Este día no puede ser mejor!  

    Es tiempo de que el otro equipo saque desde la media cancha. Le dan el balón a Axel, está furioso, me mira y con todas las fuerzas del mundo patea el balón y me da justo en la boca (la combinación de un balonazo y Brackets en la boca dan como resultado un episodio de sangre). Todos los niños le reclaman a Axel:  “qué te pasa loco”, pero yo no quiero un trato diferente. Me seco la sangre e intento no llorar y les grito a todos : “¡Estoy bien!, ¡sigamos jugando!”. Ahora yo también estoy furiosa. Carlitos, de mi equipo, me pasa la bola y me susurra: “Dale Cris, anda con todo”. Esas palabras me dan el impulso y siento que una fuerza y habilidad extraordinaria me posee. Para hacer la historia más corta, bailé a cinco niños que intentaron quitarme el balón y nuevamente metí un gol. Todos gritan “goooooooooool”. El partido se acaba y soy felicitada por todos los niños de mi barrio escuchando todo lo que siempre he querido escuchar:

    -Cris juegas increíble, mejor que todos nosotros.

    – Muy bien Cris, nos diste una lección.

    -Gracias amigos.

    -Cris te esperamos en el próximo partido, tú ya eres titular, no vayas a faltar.

    -Ahí estaré Francisco, gracias (creo que estoy enamorada).

    -Bien Cris, olvídate de las muñecas, esto es lo tuyo.

    -Gracias Axel (lo tomaré como una disculpa).

    Hoy fue un excelente día. Logré demostrar a todos que una niña puede jugar igual o mejor que ellos.

    Termino de leer esta página de mi diario y ruedan por mis mejillas lágrimas de emoción. Vuelvo a sentir lo que era ser niña. Me reencuentro con esas ganas de luchar por lo que era importante para mí. Esa tenacidad y seguridad que tenía para cumplir mis sueños me ha despertado del letargo emocional en el que me encontraba. De repente, ya no me siento tan perdida. Agarro mi celular, hago una llamada a mi mejor amigo.

    -Francisco, ¡prepárate! La tarde está perfecta para jugar fútbol, ¡organicemos un partido!

    Una de tantas historias sobre infancia. Historia 7/12.

    Autora: Cristina Alcázar

  • La herida del rechazo

    La herida del rechazo

    En psicología dicen que, desde nuestro nacimiento, hasta que cumplimos 7 años, transitamos por un periodo en el que construimos nuestra personalidad. Es decir, la etapa en la cual instauramos todas nuestras creencias, pensamientos, emociones y nuestra forma de percibir el mundo que nos rodea. Cuando crecemos, nuestras vivencias nos siguen moldeando; pero nuestra forma de responder hacia estímulos externos proviene de nuestra infancia. Por ello, tenemos muchas vivencias que se repiten de forma inconsciente, que no entendemos y con las cuáles nos resulta más sencillo culpar al mundo, ser complacientes, entrar en posición de víctima o estar constantemente a la defensiva.

    Recorrí muchos años de mi vida sintiéndome excluida. Sin importar cuanto me apoyaran o quisieran los que estaban a mi alrededor, siempre pensé y me sentí insuficiente. Me ponía constantemente en último lugar y reafirmaba en mí misma la posición de “víctima”.

    Hoy, a mis 34 años, y cansada de repetir estos patrones, decidí trabajar en explorar mis sombras. Así descubrí que todo giraba alrededor de una profunda herida de rechazo. Pero, ¿cuándo surgió?… y ¿por qué? Me hice estas preguntas muchas veces. Miraba mi vida hacia atrás y pensaba en los innumerables buenos recuerdos de mi niñez. A simple vista, no logré detectar ningún punto en el que se hubiera podido producir esta herida.

    Un día cerré los ojos y decidí conectar con mi niña interior. Pensé encontrar una pequeña feliz, pero, por el contrario, la vi estresada, preocupada y con miedo. No parecía estar viviendo los bonitos recuerdos que yo tenía en mi mente. Fue en ese momento, al preguntarle porqué se sentía así, cuando me di cuenta que esa pequeña luchaba constantemente por ser aceptada. Ella quería ser perfecta para su familia, quería enorgullecerlos. En algún punto de su desarrollo ella aprendió que debía lograr más de lo esperado para que la quieran.

    Este aprendizaje quizá se dio porque en sus primeros años los problemas económicos o familiares en casa hacían que los adultos estuvieran siempre ocupados, constantemente estresados y sin tiempo para demostrar afecto. Sin embargo, ella notó que cuando traía un premio a casa, se portaba bien o hacia sus tareas sin que se lo pidieran, esos momentos tensos se transformaban en una sonrisa y un abrazo. Los adultos salían por unos minutos de esa burbuja tensa y la acompañaban en la aventura de la vida. ¡Eureka, había encontrado la solución! Mi niña interior pensaba: ¡Ahora ya sé cómo pueden verme, ya no me siento rechazada!

    Cuando somos niños no entendemos el mundo de los adultos. Mi yo niña entendía que era su responsabilidad resolver los problemas de los grandes y planteó las bases de un futuro regido por el siguiente dogma: Si funcionó en casa, entonces así funcionaría en el mundo, y siempre que pueda salvar a otros voy a ser “aceptada”.

    El problema surge cuando al crecer continuamos con esta postura, y ya no sólo con papá y mamá, ahora con la familia, los amigos, los jefes… Por años viví tratando de complacer a los demás, de cumplir sus expectativas y puse mi valoración en sus manos. Pensaba que, si mi jefe me felicitaba, entonces era valorada; si mis amigos me necesitaban, entonces era aceptada, y si las personas a mi alrededor me admiraban, entonces podía decir que era una persona valiosa. Nada más lejos de la realidad. Todo el esfuerzo que ponía en satisfacer a otros no hacía más que reforzar en mí la herida del rechazo.

    Es la magia de la vida, la que buscaba mostrarme constantemente mi herida y ponía en mi camino jefes que me trataban mal, amigos que sólo me buscaban cuando necesitaban algo y gente que proyectaba en mí sus propios dolores.  Ahora lo veo como una enorme bendición. Gracias a ellos me he dado cuenta lo que debía sanar. Ellos fueron y son mis grandes maestros y es gracias a ellos que puedo reconocer mi poder y decidir desde donde reaccionar. ¿Desde la pequeña Ale con miedo? ¿O desde la pequeña que aprendió a reconocer su valor?

    Hoy, aun sigo aprendiendo a recorrer este camino de sanación sin miedo. Ale pequeña no sabía cómo hacerlo, pero decidí tomarla de la mano y guiarla, para que juntas sanemos esta herida, sabiendo y reconociendo nuestra valía. Comprendiendo que somos perfectamente imperfectas. Hoy puedo mirarla a los ojos, asegurarle que todo está bien y decirle que es un ser valioso, simplemente por existir.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia.

    Autora: Alexandra Gordillo Negrini.

  • Hijo

    Hijo

    Hijo… siéntate derecho…

    Hijo… no sorbas los mocos, no, tampoco te los comas…

    Hijo… no me respondas, que soy tu padre…

    Hijo… no grites… para ya de cantar… no juegues con la pelota en la casa…

    Hijo… no digas palabrotas… no se pega a tu hermana… ni a tus amigos… no metas nada en los enchufes…

    Hijo… ven ya a comer… ¡no hagas que te lo repita dos veces!

    Hijo… en la mesa no se juega… en la mesa no se canta… el tenedor no es un juguete… viste, se te cayó la comida por no hacer caso…

    Hijo… Hijo… para… para un poco… estate dos minutos callado… ¡SOLO DOS MINUTOS! …

    Hijo… ponte el pijama y a dormir… no, ni un minuto ni cinco, ¡he dicho a dormir!…  ¡ahora mismo! … no pienso discutir contigo… ¡no me contestes! … ¿me quieres hacer caso de una vez?… ¡QUE TE CALLES!…

    Hijo… arriba, no seas vago… hijo, que llegamos tarde… hijo… o estás listo en un minuto o me voy…

    Papi… ¿estás enfadado?… ¿por qué no estás contento?… ¿por qué me gritas siempre?… ¿ya no me quieres?… Te prometo que voy a dejar de llorar y que no lo volveré a hacer… 

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 5/12.

    Autor: Juan Alonso

  • El reflejo

    El reflejo

    Cuando le preguntaba, hace muchos años, por la desagradable necesidad de periódicamente tener que sangrar el embrague del carro, mi abuelo, me explicaba la responsabilidad de ponerse frente a un volante. 

    De ahí su importancia, decía él: un embrague mal regulado puede causar un accidente. Ese año sangramos el embrague 100 veces. 

    Desaparecido debajo de su Mazda me gritaba: “Marido, bombea”, y yo pisaba el embrague una y otra vez, hasta que me ordenaba que parara, y luego otra vez: “bombea”. 

    Terminado el trabajo, mientras sacaba del bolsillo trasero de su overol, que olía a grasa, una franela roja con la que se limpiaba las manos, me sentaba a su lado, o en las piernas, para hablarme de cuando le tocó, como conscripto, movilizarse a una zona cerca de Azogues, esperando órdenes para ir a luchar en la Guerra del 41. 

    Me hablaba de sus compañeros, y de cómo a lomo de mula, llevaban los cañones desarmados. “Eran demasiado grandes para llevarlos enteros”, me decía Papá. 

    Me narraba lo que venía a ser una noche cualquiera en ese lugar, concentrándose en la posibilidad de alguna incursión peruana, hasta que vio como se le aparecía una criatura distinta, extraña a sus ojos. 

    La criatura caminaba sin afán, como contando pasos. Era una mezcla entre caballo y hombre, “un semidiós hermoso”. Según le describía: “Animal de pelo negro, cuerpo amplio, y cabello largo”. 

    Aunque mi abuelo, cada vez, inventaba criaturas insólitas. Podía ser un hombre águila, hombre lobo, hombre lagarto. Olvidando casi siempre las que había imaginado con anterioridad, concluía que no todos podían ver la criatura. 

    Le dije una vez: “Yo no puedo ver esa criatura”, y mi abuelo respondió, entusiasmado, como si desde hace mucho tiempo esperaba el comentario: “¿Cómo qué no? Mira”, y me llevo frente al espejo. 

    “Mira”. Y lo miré y pregunté: “¿Qué miro? ¿Qué?”. Y volvió a decir: “Mira”.  

    Y yo otra vez: “¿Qué miro?”  

    Y me hizo notar mis piernas comparadas con las suyas, diciendo: “¿A qué se parecen?  

    Le dije: “no sé, dígame usted Papá” … y se incomodó. 

    “¿A qué se parecen? Fíjate bien”. 

    Y con la voz quebrada, le dije: “no sé, de verdad, no sé”. Mi abuelo se arrodilló (aun así, seguía siendo más alto que yo), me tomó por los hombros, y me sacudió, rogándome: “dime tú, por favor, a qué se parecen”. Atendiendo su súplica, le dije: “Son fuertes”. 

    Y él: “¿pero fuertes como qué?”. 

    Y yo recordé a mi perro, el Cuqui:  “fuertes como las del Cuqui”. Y mi abuelo, aliviado, gritó: “Exacto marido, ¿ves la mezcla?”.  

    Una de tantas historias incompletas de infancia. Historia 4/12

    Autor: René Ávila