La herida del rechazo

La herida del rechazo - Alexandra Gordillo Negrini

En psicología dicen que, desde nuestro nacimiento, hasta que cumplimos 7 años, transitamos por un periodo en el que construimos nuestra personalidad. Es decir, la etapa en la cual instauramos todas nuestras creencias, pensamientos, emociones y nuestra forma de percibir el mundo que nos rodea. Cuando crecemos, nuestras vivencias nos siguen moldeando; pero nuestra forma de responder hacia estímulos externos proviene de nuestra infancia. Por ello, tenemos muchas vivencias que se repiten de forma inconsciente, que no entendemos y con las cuáles nos resulta más sencillo culpar al mundo, ser complacientes, entrar en posición de víctima o estar constantemente a la defensiva.

Recorrí muchos años de mi vida sintiéndome excluida. Sin importar cuanto me apoyaran o quisieran los que estaban a mi alrededor, siempre pensé y me sentí insuficiente. Me ponía constantemente en último lugar y reafirmaba en mí misma la posición de “víctima”.

Hoy, a mis 34 años, y cansada de repetir estos patrones, decidí trabajar en explorar mis sombras. Así descubrí que todo giraba alrededor de una profunda herida de rechazo. Pero, ¿cuándo surgió?… y ¿por qué? Me hice estas preguntas muchas veces. Miraba mi vida hacia atrás y pensaba en los innumerables buenos recuerdos de mi niñez. A simple vista, no logré detectar ningún punto en el que se hubiera podido producir esta herida.

Un día cerré los ojos y decidí conectar con mi niña interior. Pensé encontrar una pequeña feliz, pero, por el contrario, la vi estresada, preocupada y con miedo. No parecía estar viviendo los bonitos recuerdos que yo tenía en mi mente. Fue en ese momento, al preguntarle porqué se sentía así, cuando me di cuenta que esa pequeña luchaba constantemente por ser aceptada. Ella quería ser perfecta para su familia, quería enorgullecerlos. En algún punto de su desarrollo ella aprendió que debía lograr más de lo esperado para que la quieran.

Este aprendizaje quizá se dio porque en sus primeros años los problemas económicos o familiares en casa hacían que los adultos estuvieran siempre ocupados, constantemente estresados y sin tiempo para demostrar afecto. Sin embargo, ella notó que cuando traía un premio a casa, se portaba bien o hacia sus tareas sin que se lo pidieran, esos momentos tensos se transformaban en una sonrisa y un abrazo. Los adultos salían por unos minutos de esa burbuja tensa y la acompañaban en la aventura de la vida. ¡Eureka, había encontrado la solución! Mi niña interior pensaba: ¡Ahora ya sé cómo pueden verme, ya no me siento rechazada!

Cuando somos niños no entendemos el mundo de los adultos. Mi yo niña entendía que era su responsabilidad resolver los problemas de los grandes y planteó las bases de un futuro regido por el siguiente dogma: Si funcionó en casa, entonces así funcionaría en el mundo, y siempre que pueda salvar a otros voy a ser “aceptada”.

El problema surge cuando al crecer continuamos con esta postura, y ya no sólo con papá y mamá, ahora con la familia, los amigos, los jefes… Por años viví tratando de complacer a los demás, de cumplir sus expectativas y puse mi valoración en sus manos. Pensaba que, si mi jefe me felicitaba, entonces era valorada; si mis amigos me necesitaban, entonces era aceptada, y si las personas a mi alrededor me admiraban, entonces podía decir que era una persona valiosa. Nada más lejos de la realidad. Todo el esfuerzo que ponía en satisfacer a otros no hacía más que reforzar en mí la herida del rechazo.

Es la magia de la vida, la que buscaba mostrarme constantemente mi herida y ponía en mi camino jefes que me trataban mal, amigos que sólo me buscaban cuando necesitaban algo y gente que proyectaba en mí sus propios dolores.  Ahora lo veo como una enorme bendición. Gracias a ellos me he dado cuenta lo que debía sanar. Ellos fueron y son mis grandes maestros y es gracias a ellos que puedo reconocer mi poder y decidir desde donde reaccionar. ¿Desde la pequeña Ale con miedo? ¿O desde la pequeña que aprendió a reconocer su valor?

Hoy, aun sigo aprendiendo a recorrer este camino de sanación sin miedo. Ale pequeña no sabía cómo hacerlo, pero decidí tomarla de la mano y guiarla, para que juntas sanemos esta herida, sabiendo y reconociendo nuestra valía. Comprendiendo que somos perfectamente imperfectas. Hoy puedo mirarla a los ojos, asegurarle que todo está bien y decirle que es un ser valioso, simplemente por existir.

Una de tantas historias incompletas sobre infancia.

Autora: Alexandra Gordillo Negrini.

4 Comments

  1. Miguel Mendez

    Felicitaciones Alexandra. Has compartido con nosotros una maravillosa y ejemplar historia de cómo sacudirse de las taras que una persona podría acarrear desde la infancia y además lo has narrado estupendamente.

  2. Raúl

    Felicitaciones hermanita, que tú desarrollo personal y la felicidad siga creciendo en ti y tus pensamientos, te deseo lo mejor para ti.

  3. Milena Espoz

    Me gustó mucho tu relato! Es muy cierto como estas heridas nos marcan en nuestro día a día y me alegro mucho que hayas podido conectar con tu niña interior para comenzar a sanar

    1. admin

      Gracias Milena por tu mensaje

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