Categoría: Infancia

Cuando eres niño quieres ser grande… pero cuando eres grande quieres ser niño

  • Pachangas

    Pachangas

    ¡Cambio! ¡Cambio! Grito asfixiado mientras me dirijo a la banda. Otro compañero entra apresurado para cubrir mi puesto. ¿Cómo es posible? ¡No hará ni diez minutos que empezó la pachanga*! Yo, que me pasaba horas jugando como si la final de la Copa del Mundo se disputara cada tarde en los soportales de la esquina.

    Entonces era un niño lleno de energía. Un niño de los que jugaba en la calle. Un niño de barrio. Un niño al que conocían las vecinas. Un niño que recogía las chapas del bar de la esquina para correr el Tour de Francia o jugar el Mundial. Un niño que luchaba contra el sueño cada viernes, para tratar de ver en la tele el “Un, dos, tres” hasta el final. Un niño que iba a misa los domingos por la recompensa posterior en forma de tebeo y cromos.

    No sé en qué momento se pierde esa chispa irrepetible de la infancia. Esas ganas de no perderse nada. Esa sensación de tener todo por descubrir; de vivir cada día en un lugar lleno de incógnitas que desvelar. Un entusiasmo desbordante que muere con los años a golpes de realidad. De repente, eres un adulto. De repente, estas rodeado de cinismo e hipocresía.

    La pachanga semanal es lo más parecido a regresar a esos años. Un grupo de personas con las que me siento libre. Una suerte de reencuentro con mi yo más auténtico. El intenso dolor intercostal me recuerda que el reloj no deja de correr. Las pachangas se acabarán. Todo acabará algún día.

    Deseo para mi hija una infancia, al menos, tan feliz como la que recuerdo. ¡Ese partido sí que es difícil! Criar a una persona es como disputar a diario la final olímpica de un deporte del que no conoces las reglas. Su felicidad será mi mayor victoria.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 3/12.

    Autor: Jorge Sánchez

    *Pachanga: Partido de fútbol amistoso entre amigos (en España).

  • Campamento de verano

    Campamento de verano

    Era el verano de 1985 y, como en los últimos cinco años, tenía lugar mi campamento de verano, en esta edición con la mente puesta en ganar la competencia anual como sea.

    El campamento de ese año se realizó en una zona húmeda del Ecuador llamada San Miguel de los Bancos, donde existe una vegetación extraordinaria, con un color verde que pocas veces se puede ver en el mundo y que es digna de un programa de National Geographic. En esta zona del país, cuando sale el sol sientes que te quemas, pero cuando llueve, realmente sientes que te ahogas, porque la humedad que se genera y la cantidad de agua que cae por metro cuadrado, es, simplemente, impresionante.

    El primer jueves de cada campamento, los líderes de equipo, entre los que me incluía, organizábamos un paseo en el que debíamos llevar a todos los chicos para que compartan experiencias y se establezcan relaciones, dejando por un momento de lado la competitividad.

    Después de varias discusiones, definimos que el paseo ideal sería una caminata desde la casa vetusta en la que nos quedábamos, hasta Río Blanco. De acuerdo a nuestros cálculos, el río no estaba muy alejado en kilómetros y teníamos una cierta idea de cómo llegar usando cinco brújulas, que fueron asignadas a varios monitores, y cuatro mapas que tenían la cartografía de la zona. Esto es lo que llamaríamos hoy, nuestro propio Google Maps.

    El paseo estaba planificado, pero para asegurarnos de que todos fuésemos y regresásemos completos, pusimos a los muchachos en fila india y cada cierto tiempo les pedíamos que se enumeraran. En total éramos 82 chicos, incluyendo monitores y un sacerdote. Ese número se debía a repetir con cierta frecuencia para asegurar que estábamos completos y juntos.

    Todo comenzó muy bien, pero a partir de la tercera hora, una cadena de eventos desafortunados empezaron a complicar un paseo que poco a poco se convirtió en una pesadilla.

    Una tormenta muy fuerte, casi virulenta, empezó a caer. Caminábamos por una pendiente empinada que se convirtió en un auténtico tobogán por el que rodaron varios chicos y monitores, hasta que de pronto, yo también caí varios metros. No recuerdo cuántos fueron, pero si cómo intenté agarrarme de varios arbustos, hasta que de pronto sentí el golpe contra algo que me detuvo.

    Como es habitual en estos casos, empecé a revisarme todas las partes de mi cuerpo… me toqué la cara, los brazos, las piernas y después de un inventario completo, me di cuenta que estaba en perfecto estado, salvo mis manos, que tenían bastantes cortes producidos al intentar agarrarme de los arbustos mientras caía. El sangrado no era constante, pero sí doloroso.

    Entre los monitores logramos ponernos de acuerdo sobre cómo bajar de esa ladera de la forma menos mala posible. Amarramos una cuerda a un inmenso árbol que salía de forma diagonal de la montaña, he hicimos varios nudos a lo largo de la misma, lo que nos permitió llegar al borde del río en una especie de escalera. En ese momento, la figura de “líder” me quedaba grande, al igual que a los otros monitores, porque realmente no existía uno, éramos muchos muchachos gritando y un sacerdote que con lo único que aportaba era con sus rezos presos del miedo, pese a su edad.

    Parecía increíble que la tarde se hubiese esfumado, ya eran las 7:00 de la noche y casi no veíamos nada. Teníamos la seguridad de que las personas que habían organizado el campamento ya debían estar coordinando un grupo de búsqueda o habían ido al pueblo a buscar ayuda. Por lo tanto, nuestra responsabilidad residía en mantener a todos los muchachos contentos de alguna u otra forma y evitar sobre todo que no tuviesen frío, ya que el estar empapado mientras cae la noche hace que la sensación térmica baje de forma drástica… pero primero, debíamos cumplir la regla número uno, todos debían enumerarse.

    Era la primera vez en mi vida que había sentido tanto miedo, cuando empezamos a contar nos dimos cuenta que nos faltaban cuatro chicos, en esos cuatro chicos estaban los dos más pequeños, uno de ocho y otro de nueve años.

    Nuevamente el liderazgo desapareció por completo en todos los monitores del campamento, empezamos a recriminarnos de forma absurda y grosera acerca de quién era el responsable de esos muchachos. Al final, todos éramos responsables, no solamente uno.

    Mientras discutíamos, la oscuridad se hizo presente, no se veía absolutamente nada a dos metros a la redonda, pero sí nos dábamos cuenta de que el cauce del río estaba subiendo de forma muy rápida. En breve, donde nos encontrábamos no habría más espacio si el caudal del agua seguía subiendo a ese ritmo.

    De pronto, en el otro lado de la montaña empezamos a divisar una gran cantidad de luces, como una especie de luciérnagas que se movían alrededor de toda la montaña. Una importante cuadrilla de personas de San Miguel de los Bancos había decidido organizarse para salir a buscarnos y siendo tan conocedores de la zona, en pocas horas habían dado con nosotros, pese a no tener ningún sistema de comunicación o medio que pudiese hacernos visibles.

    Una vez que la cuadrilla llegó y logró organizarnos, nos guió a través de un sendero que nos llevó directamente al centro del pueblo. Después de varias horas de caminata y un terrible cansancio, nos sentaron a los monitores en la oficina del alcalde de la localidad, y lo primero que le dijimos fue: “Nos faltan cuatro chicos”, con voces asustadas presas del miedo. Pero de pronto, el alcalde nos dijo la mejor frase que podíamos escuchar: “muchachos, no se preocupen, esos chicos decidieron retirarse y regresar a su casa cuando se dieron cuenta que la lluvia era muy intensa y la montaña muy empinada; de hecho, gracias a ellos se nos hizo relativamente fácil saber dónde podían estar”.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 2/12.

    Autor: Miguel Viniegra

  • Los niños y niñas de Soria

    Los niños y niñas de Soria

    2008. Vuelvo desde Barcelona de un curso de formación en un nuevo trabajo. A la inquietud, la alegría y la excitación de ese primer momento donde pongo ante mí una hoja en blanco impoluta (para emborronar a gusto, para colorearla también), se mezcla una sensación física y algo desgarradora de la necesidad de tocar, abrazar, sentir de nuevo a mi bebé de 6 meses. Tras 10 días, lo primero que veo en el aeropuerto son sus piernas moviéndose a mucha velocidad, sentado en el carrito, cuando me ve. Suspiro y pienso que no se ha olvidado de mí.

    Unos años antes, muy lejos, en Nueva Dehli, un conductor me lleva desde el hotel a un barrio deprimido de población musulmana. Para el coche a unos 500 metros, sale cubriéndose la boca y la nariz con un pañuelo y rocía ambientador el espacio que nos rodea con cara de repulsa. “Yo no te acerco más”, me dice, “esto es asqueroso”. Así que camino sola hacia el barrio, y me adentro en callejuelas estrechas en medio del barro y los chanchos sueltos, rodeada de niños y niñas que me siguen, niños y niñas que trabajan en espectáculos de calle bailando, cantando, tocando instrumentos, hasta encontrarme con Prita, una pedagoga del proyecto. Poníamos en marcha un proyecto de integración de niños trabajadores con otros niños y niñas de estratos sociales, culturales y económicos diversos. ¿El premio de consolación por participar en el mismo para las clases altas, que de otra forma se hubieran negado? Un viaje de grupo al Foro de las Culturas en Barcelona.

    Unos años después, converso con niñas de zonas rurales en Banda Aceh, en Indonesia, tras el tsunami de diciembre de 2004. Niñas que te miran a los ojos y te desnudan de golpe, que buscan un futuro mejor asistiendo a escuelas de piso de tierra, sin paredes, sólo con un frágil techo, en medio de la nada.

    En el mientras tanto, vuelvo a experimentar la sensación plena de ser madre y tengo una hija. Una hija sana, que nace en un entorno seguro y confortable, que va creciendo y haciendo sus gracias, y éstas se convierten en el tema de conversación del día con sus abuelas o los amigos, que seduce con sus ojos vivos y brillantes. En el mientras tanto, se suceden testimonios y fotos de niños soldado; se suceden las formaciones, los seminarios, la investigación para tratar de ofrecerles, desde una ONG de infancia, alternativas de educación informal en medio de la guerra y el horror. A los que portan un arma, pero también a las que han perdido a sus adultos, y tienen que asumir el peso y la responsabilidad de llevar un hogar.

    Llega la guerra civil en Siria*, el horror. Irrumpen en el comedor de casa imágenes con niñas muertas, niños olvidados, adolescentes buscándose la vida por las rutas del éxodo. Y aparece un niño, rescatado de un derrumbe de su casa en Aleppo tras un bombardeo. Un niño sentado en una ambulancia que parece un fantasma, cubierto de polvo y arena blanca, con la mirada perdida y ensangrentado. Omran Daqneesh se llama. Su hermano mayor, Ali, de diez años, no tuvo tanta suerte y murió en la explosión.

    Y mi hija me pregunta por ese niño, y le cuento la historia de la guerra en Siria, tratando de adaptarla a una niña de 6 años, edulcorándola y eligiendo cada palabra para tamizar el dolor. Y me hace mil preguntas: ¿y dónde está su familia?, ¿y adónde llevan al niño?, ¿se va a poner bien?, ¿le van a dar de comer? La realidad es que no conseguí encontrar el tono, porque a la mañana siguiente, mi hija me relató que Omran se le apareció en sus sueños, que había llorado con él y le había consolado, que no podría dormir bien hasta que supiera que Omram iba a volver a casa con sus padres. Y ella, que sabe que trabajo en otra ONG, me dijo: “Mamá, tú haz todo lo que puedas por los niños y niñas de Soria*, que tienes que cuidarles muy bien”.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 1/12.

    Autora: Raquel González

    • Siria: Este país de Oriente Próximo, ​ubicado en la costa oriental mediterránea, se encuentra en guerra civil desde marzo del 2011.
    • Soria: Municipio y ciudad española, situada en el este de la comunidad autónoma de Castilla y León.