Categoría: Amor, Desamor

y todo lo del medio!

  • Los juegos del amor

    Los juegos del amor

    Me considero una persona a la que le gusta resolver problemas. Una persona curiosa que quiere aprender más acerca de la vida. Y ahora, a mis treinta y tres años, siento que las piezas del rompecabezas del amor empiezan a tener sentido.

    Los rompecabezas, el Tetris, los juegos de estrategia siempre me han gustado. Mario Bros, Tomb Raider, El señor de los anillos, Candy crush, Catan, entre otros. No importa si son videojuegos, juegos de mesa, o están en mi teléfono. El punto es que cuando empieza el juego, lo vas descifrando, te enojas, te emocionas, y tienes que escoger ese “último” movimiento que decidirá la partida. A veces pierdes, a veces ganas, pero lo que es seguro es que cada acción, cada pieza, si es usada en el momento correcto, crea una cadena y los siguientes movimientos fluyen sin mayor obstáculo.

    Y así mismo funciona el amor. Las relaciones. Amistades, familiares y románticas. A lo largo de nuestras vidas conocemos a alguien, y si fuimos a tal concierto o si teníamos algo/alguien en común, la relación se termina desarrollando más o no. Cada “juego”, cada relación, es distinto y aporta a tu vida nuevas estrategias y conocimiento. Conocimiento propio. Aprendes qué te gusta y por qué te gusta. Qué no te gusta y por qué no. Aprendes también a honrar esas cosas, como también a respetar las cosas que no te gustan. Por ende, cuando alguien llega a tu vida, eres más receptivo, más respetuoso y cuidadoso, porque ya sabes que esa otra persona trae algo nuevo que enseñar, algo nuevo que vivir.

    Ahora, si eso dura o no, es donde entra la fe con la que entras a jugar cualquiera de estos juegos. Quieres ganar y quieres una relación duradera, en la que puedas crecer y pasar a las diferentes fases a las que no has podido llegar aún porque no tenías esa “pieza”. Y, a veces, sientes que esa persona es “LA PIEZA”, pero pasan los días, los meses y hasta los años y te das cuenta que, aunque lo intentaste todo, en ese tiempo la pieza no entra, no cabe, no vas a pasar al siguiente nivel.

    No es que no haya sido amor, lo fue. Sin embargo, no era la pieza correcta en ese momento concreto. Por ende, te mudas, viajas, conoces a otras personas, te conoces más. Te pasa algo similar, pero cada vez consigues más rápido honrar tu verdad y sabes si la pieza es o no es la correcta. Hasta que, de repente, y sin buscarlo, te lanzas a jugar, aunque dolido, más experimentado, y encuentras a esa persona que cumple con los “requisitos de mi lista”…  A esa persona que cada momento te demuestra ser todo lo que tú quieres que sea y viceversa. Tú no complementas su mundo, mas bien aportas al mismo. Y su relación aporta algo a tu mundo. Es ahí que, sin forzar, la pieza toma su sitio y pasas al siguiente nivel.

    Una de tantas historias incompletas de amor y desamor.

    Autor: Michelle Smith

  • De amor, desamor y todo lo del medio.

    De amor, desamor y todo lo del medio.

    Sucedió en un fin de semana, de esos que parecen rutinarios.  Desde que vivo en esta ciudad acostumbro a descubrirla cuando tengo tiempo libre: subir a un bus, ir hasta cierto punto y caminar, es la única manera de conocerla a profundidad.  Ese sábado, me levanté temprano y mientras desayunaba revisaba las actividades que estaban programadas en el centro de la ciudad, marqué las que me interesaban, revisé la localización de cada una e hice mi ruta.

    Estoy lista para salir… bolso con mi botella de agua, ticket de bus y chompa, nunca se sabe cuándo lloverá. Ahora a esperar el bus, llega el 130 que va directo al centro. En el recorrido me esperan unos 45 minutos de mirar a través de la ventana y seguir memorizando las paradas, las calles, seguir descubriendo nuevos lugares que visitaré en una siguiente ocasión.  Miro a lo lejos una estación de tren, en la siguiente parada me bajo para empezar mi recorrido.

    Camino hacia la calle de los locales de arte, hay bastante gente caminando y disfrutando de la feria. La recorro y al mismo tiempo miro a las personas y cómo se comportan, ¿qué pensarán?  ¿Qué les llama la atención de la feria?  Me gusta analizar e imaginarme sus historias; la historia de las parejas y sus niños, o de los adolescentes que van caminando en otra dirección y concentrados en su mundo virtual.  Camino por un par de horas, visitando los lugares que marqué en la mañana, mirando a las personas, las fachadas de los edificios, las calles, las plazas, todo tiene un aire diferente, tranquilo y cotidiano.  Empiezo a sentir hambre, miro en el mapa qué lugar me queda cerca, mientras busco siento un leve empujón, pasa a mi lado y apenas se da cuenta que me ha empujado.

    – ¡Hey! , ¡mira por dónde vas!

    Regresa a ver, entre sorprendido y molesto, y dice: “Mira tú, ¡sal de mi camino!”. En segundos, cambia de gesto y se disculpa: “Lo siento, voy tarde al trabajo”. Me mira y sonríe.

    He conocido a muchas personas desde que estoy aquí y esa fue la primera vez que durante mis paseos de fin de semana sentí que una sonrisa movió algo en mi interior.  Sonreí yo también e intenté recordar qué estaba haciendo antes del incidente… Cierto, la comida, mmm, veamos, puedo caminar un par de cuadras más mientras decido a dónde ir.  Sigo caminando y de esa sonrisa imagino algunas historias, ¿qué hubiese sucedido si reaccionaba de otra manera?  ¿Si hubiese respondido a su sonrisa? ¿Será que trabaja cerca?  Qué va, en esta ciudad es complicado encontrar a una persona dos veces en el mismo lugar.

    Llego hasta un restaurante de comida local, ingreso y busco una mesa cerca de la ventana, miro alrededor y el ambiente es muy cálido, la decoración ayuda a que el local se sienta acogedor, me da la sensación de haberlo visitado antes, se siente muy familiar.  Ordeno un platillo que llama mi atención, mientras espero, miro por la ventana a la gente que pasa por ahí cerca, imagino sus historias, pero son interrumpidas por el recuerdo de esa sonrisa. Me inquieta esa sensación tan peculiar que puede generar una sonrisa.

    Mi pensamiento es interrumpido por el mesero mientras coloca el platillo frente a mi acompañado de una rosa. 

    -Buen provecho, disfrute de nuestra especialidad del día.

    – Muchas gracias-, le respondo. 

    Me pareció un detalle interesante eso de que la comida venga acompañada de una flor, supongo que será una costumbre del restaurante.

    Disfruto de la comida, con cada bocado descubro nuevos sabores, realmente valió la pena entrar a un nuevo lugar. Termino mi platillo y el mesero se acerca con un postre, el cual no había ordenado; me sorprende además que viene acompañada de una nota. “Realmente lo siento por lo ocurrido en la estación. P.D. Disfruta del postre, te espero la siguiente semana a la misma hora, yo invito”. 

    Mientras todo eso ocurría, apenas percibí que alguien salía del local con paso apresurado, misma persona, misma sonrisa.  ¿En realidad estaba sucediendo todo esto? ¿Dos veces la misma persona? Algo que hasta el momento consideraba imposible.  Guardé la nota, terminé el postre y cancelé mi cuenta.  Pregunté al mesero quién era el que me había enviado la nota.  Su respuesta vino acompañada de un comentario: “Es el dueño del restaurante y seguro causó una impresión en él para que haya preparado el platillo que ordenó.  La siguiente semana será mucho mejor.  La esperamos”.

    Salí del local, caminé por varias cuadras tratando de organizar mis pensamientos. ¿En realidad esto estaba sucediendo?  Durante los siguientes días la ansiedad se hacía presente con solo pensar que se acercaba el día de regresar al restaurante y descubrir quién sería esa persona que me había conseguido ilusionarme en un par de segundos.  Jueves en la mañana, todos los noticieros con la misma incertidumbre.  El virus se está esparciendo, se toman las primeras medidas y se las debe cumplir de manera inmediata y obligatoria. Se cancelan eventos, se cierran escuelas y colegios, el trabajo será desde la casa, locales cerrados, sistema de transporte cancelado hasta nuevo aviso.  Nadie puede salir de sus hogares a menos que sea una emergencia o para abastecimiento de víveres.  No sabía qué me impactaba más, toda la incertidumbre generada por el bendito virus o el no poder llegar el sábado a la cita. Las semanas y meses pasaron, aprendimos a vivir bajo las nuevas medidas de bioseguridad, algo de “normalidad” estaba presente.  Decidí salir e ir hacia el centro, tenía que llegar al restaurante, durante todo ese tiempo no dejé de pensar en lo que había sucedido.  Tan pronto bajé del autobús, caminé a paso rápido y casi al llegar al local noté un anuncio en la puerta de entrada: “Gracias por apoyarnos, pero el restaurante no aguantó la cuarentena”.

    Una de tantas historias incompletas de amor y desamor.

    Autor: Soledad Anda

  • El ventanal

    El ventanal

    A través de un gran ventanal, Ana veía el maravilloso jardín repleto de flores de distintos colores y una enorme pileta central que atraía una gran cantidad de pajaritos. En el filo de la pileta se encontraba sentada una chica, aparentemente de unos 17 años. Después de cinco minutos vio acercarse a ella el que parecía ser su enamorado. Llevaba un hermoso ramo de rosas y sorprendió a la chica con aquel detalle. Acto seguido los dos estaban abrazándose y besándose. <<Este lugar sí que es romántico>> (pensó Ana). De repente alguien tocó su hombro por detrás y la sacó de la admiración de aquel momento.

    -¡Carlos… qué manera tan peculiar que tienes de acercarte silenciosamente sin que te noten! (exclamó Ana admirada)

    -Lo siento, ¿te asusté?

    – No, solo me sorprendiste… ¡mira amor, un colibrí!… quién diría que de todas las personas que están viendo a través de este gran ventanal, el colibrí eligió escogernos a nosotros.

    – ¿Escogernos?, ¿a qué te refieres?

    – Pues… esta ventana mide aproximadamente 20 metros de largo y el colibrí está volando justo frente a nosotros. ¿Sabías que el corazón del colibrí bombea sangre a más de 1200 latidos por minuto?

    – ¡Sin duda el mío está a punto de bombear más que eso! (añadió Carlos nervioso)

    – ¿A qué te refieres? (preguntó Ana sonriendo.)

    Carlos se puso de rodillas, sacó un anillo y le preguntó a Ana <<¿quieres casarte conmigo?>>

    Con los ojos llorosos y una leve sonrisa Ana le dijo: << Me temo que te quieras casar conmigo por las razones equivocadas.>>

    -Ana, me quiero casar contigo por la única razón que existe, te amo y quiero hacer de ti, la mujer más feliz por el resto de tu vida.

    – ¿estás seguro?

    -¡Nunca he estado más seguro en la vida!… entonces, ¿cuál es tu respuesta?

    -Siempre sí, mi amor.

    -¡vámonos de aquí, tenemos que celebrar¡. (Respondió Carlos lleno de emoción)

    Han pasado cinco años exactos desde aquella propuesta. Ahora es Carlos el que mira a través de ese gran ventanal. Piensa en todos los momentos buenos y malos vividos con su esposa, pero hay uno en particular que se le viene a la mente; como en una película, puede ver cada detalle con exactitud. Recuerda haber regresado un jueves del trabajo muy cansado, apenas terminó de conversar con Ana sobre su día extenuante y de que no se sentía apreciado en su trabajo a pesar de sus constantes esfuerzos, Ana se levantó del sillón donde estaban hablando y guardó rápidamente en una maleta ropa de ella y de Carlos.  

    -Alístate, nos vamos a la playa (dijo Ana) y lo convenció en cuestión de minutos de subirse al carro. En apenas tres horas, con ella manejando como si hubiera sido poseída por el mismo Schumacher, llegaron a su destino.

    -Estás loca esposa mía, (dijo Carlos, dándole un beso a Ana mientras se bajaban del carro)

    -Estoy loca por ti… si no te sientes recompensado en tu trabajo y no puedes renunciar por pagar las cuentas, yo estaré aquí para recompensarte hasta que logres encontrar lo que te mereces.

    Esa noche decidieron ir a caminar por la playa. Ana dejó su celular y billetera en el hotel y le sugirió a Carlos que hiciera lo mismo en caso de que alguien los asaltara, pero Carlos guardó su celular en el bolsillo temiendo que lo llamaran del trabajo a pesar de haber avisado que estaba enfermo y faltaría ese día.

    Ya en la playa, pasó lo que Ana de alguna manera predijo… dos hombres flacos, no muy altos con cuchillos en sus manos, lograron quitar a Carlos su celular. Carlos esperaba que su esposa lo regañara, pero se quedó atónito al ver que ella empezó a reírse a carcajadas segundos después de pasar el susto.

    -¿No estás enojada? (preguntó Carlos con recelo)

    – No amor, por cada cosa mala, siempre habrá algo bueno esperándonos. La vida siempre será equilibrada. ¡Vamos, desvístete, metámonos al mar! … después de esto te aseguro que nadie va a robar nuestras ropas.

    Eran ellos dos solos, desnudos en el mar, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Los dos abrazados, envueltos en su desnudez húmeda, no pudieron evitar dejarse llevar por el desenfreno y la adrenalina del momento e hicieron el amor. Cada ola que rozaba sus cuerpos incrementaba más la excitación. Mientras Ana tenía uno de los mejores orgasmos de su vida, Carlos no dejaba de verla… su piel clara, sus labios carmesí y su cabello largo negro que cubría tan solo la parte de arriba de sus senos, hacían que la escena fuera perfecta. El sentía que su esposa era la mujer más bella que había visto. La cara de placer de Ana lo llevó al climax absoluto y sincronizándose en tiempo con ella tuvieron un orgasmo simultáneo que hizo que el mismo Poseidón (Dios del océano) escuchara sus gemidos.

    Recostados en la arena ya vestidos y agarrándose la mano, veían hacia las estrellas sin decir una sola palabra, como si a través del silencio se dijeran todo lo que necesitaban. Ana interrumpió el silencio y con su voz dulce y delicada susurró: “Cuando te sientas triste, mira a tu alrededor y trata de encontrar la belleza en las cosas más simples”. Carlos regresó a ver a su esposa, la besó y le dijo cuanto la amaba.

    Una mano en su hombro lo trajo de vuelta de aquel recuerdo.

    -Carlos, ¡lo siento mucho, la perdimos¡… ¡hicimos todo lo posible pero su corazón estaba muy débil, no pudo resistir más¡

    -Gracias Doctor, entiendo.

    En cuanto el doctor se retiró tras ser el anunciante de tan trágica noticia, Carlos sentía que su vida se desmoronaba… apenas pudo sostener su cuerpo sobre ese gran ventanal del hospital y al subir la mirada vio a un colibrí volando frente a él. Las lágrimas se le escaparon y con dificultad para hablar, susurró: “lograré ver tu belleza en las cosas mas simples de la vida amor mío… Siempre te amaré, Ana”.

    Una de tantas historias incompletas sobre amor y desamor.

    Autor: Cristina Alcázar

  • Renacimiento

    Renacimiento

    Un portazo perturba mi momento de relax en el sofá. Estaba viendo el típico documental que te va dejando somnoliento cuando escuché el enérgico golpe que casi destroza todo el marco de la puerta. Golpes y más golpes, seguido de unas pisadas totalmente desesperadas suenan por toda la casa hasta desaparecer en el cuarto de mi hijo.

    Algo ha pasado.

    Me levanto alarmado con el corazón a mil por hora y me dirijo a su habitación. La puerta está cerrada…Llamo.

    Toc, Toc

     – Erik ¿Estás bien? – pregunto desde detrás de la puerta pero solo escucho un llanto totalmente ahogado como respuesta.

    Preocupado decido invadir la intimidad de mi hijo y abro la puerta lentamente.

    Me da un vuelco el corazón al ver a mi hijo sufrir desconsoladamente tumbado boca abajo en la cama. La habitación está totalmente revuelta como si un tornado hubiese entrado por la ventana y hubiese arrasado con todo. La foto de su pareja que tenía junto a la mesilla está hecha añicos y desperdigada por todo el suelo. No hace falta ser muy listo para saber qué es lo que ha pasado.

    Me acerco lentamente a él y me siento en el borde de la cama mientras mi hijo no para de llorar hasta el punto que en ocasiones le cuesta hasta respirar. Apoyo mi mano en su espalda para que sienta que estoy ahí, que pase lo que pase tiene a su padre para lo que haga falta, aunque solo sea para acompañarle en silencio. Era su primera pareja y han pasado juntos más de diez años, tiene que estar destrozado…

    Por suerte o desgracia casi todo el mundo pasamos por procesos similares, al final no deja de ser un aprendizaje más de la vida…

    –Hijo, imagino que es lo que ha pasado y no quiero incomodarte pero solo quiero decirte una cosa. Espero que puedas escucharme en tu estado. Sé que lo que estás pasando duele muchísimo, nadie en la vida te prepara para ello y estarás creyendo que tu vida se ha acabado y que no podrás salir de este agujero. No voy a entrar en detalles ahora, solo quiero que llores, que grites, que saques toda esa pena y esa rabia de dentro y cuando estés más calmado me gustaría que hablásemos– Sin más, le doy un beso en la coronilla seguido de un te quiero y salgo de la habitación.

    Pasó dos días enteros encerrado en su habitación en las que no salió ni para comer hasta que decidí volver a entrar a verle. La imagen fue realmente desoladora, ver a mi hijo con esa cara de sufrimiento y unas ojeras similares a las que se te quedan cuando te dan dos golpes en los ojos me partió el alma. Se encontraba sentado en la silla del ordenador cabizbajo, con la cabeza apoyada en las manos. No lo dude ni un minuto y me lance a darle el más fuerte de los abrazos. Ambos nos fundimos en uno y las lágrimas empezaron a brotar por ambas partes. El lloraba por todo el sufrimiento que llevaba encima, yo por ver a mi hijo en ese estado.

    – Erik, me gustaría hablar contigo si te ves preparado – le dije.

    – No entiendo nada papa… ¿Por qué me ha hecho esto si la he tratado como a una reina?– contestó entre lágrimas mientras apretaba aún más sus brazos contra mi cuerpo.

    – Muchas veces hijo, la gente mantiene las relaciones no por amor si no por costumbre. Aguantamos situaciones y actos por miedo a perder la estabilidad que tenemos. Ven, siéntate en la cama y cuéntame que ha pasado- Le cojo de la mano y le guio como si se tratase de un anciano.

    Nos sentamos en la cama y Erik empezó a contarme absolutamente todo lo sufrido durante estos diez años. No quise entrar en detalles ya que las relaciones son demasiado complejas para tachar a alguna de las partes como culpable. Solo quería el bienestar de mi hijo.

    – Erik, por todo lo que me has contado, la relación llevaba rota años lo único que ha cambiado es el desencadenante de la decisión de dejarlo. Comenzasteis muy jóvenes y no habéis conocido a otras personas que os puedan nutrir o hacer madurar en cuestión de pareja. Ambos os habéis hecho mayores pero emocionalmente os habéis quedado anclados en ese inicio de la relación  – cojo su mano y la aprieto con fuerza – Tu error ha sido dejar de quererte a ti mismo. Nunca jamás debes consentir que ninguna persona por mucho que creas que la ames, te obligue a dejar las aficiones o gustos que te hacen sentir vivo. Alguien que de verdad te ama respeta todo lo que eres, tanto tus virtudes y sobre todo tus defectos. Dejando de lado todo lo que te gusta para hacer feliz a la otra persona te olvidas de tu propia felicidad y así jamás podrás llegar a tener una relación sana.

    –  Papa, ¿Que voy a hacer ahora sin ella? ¿Cómo voy a lograr levantarme de esto…?- dijo mientras me miraba con esos ojos inundados en un mar de lágrimas- No voy a encontrar a nadie más en mi vida, me quedaré solo…

    Deje que su llanto se apagase un poco antes de contestarle a sus cuestiones irracionales.

    –Mira hijo, lo que estás pasando ahora es totalmente natural y no le voy a quitar la importancia que tiene. Duele muchísimo todo lo que estás pasando y en algunas ocasiones creerás que eres incapaz de salir del agujero pero te juro que todo esto pasará con el tiempo. Me decías que qué harías ahora sin ella y la respuesta la tienes dentro de ti. Tendrás que aprender a ser feliz por ti mismo sin depender de otra persona. Será un proceso de aprendizaje del que acabaras exhausto pero al final del camino te sentirás totalmente orgulloso de haberlo logrado.

     Ahora mismo tu raciocinio está totalmente truncado por tu baja autoestima que se ha ido generando a lo largo de estos años y lo primero que vas a tener que trabajar es el darte cuenta de lo muchísimo que vales, de lo muchísimo que has conseguido tu solo. Cuando esa autoestima se recupere y comiences de nuevo a quererte a ti mismo, comentarios como los que has hecho sobre quedarte solo, no se volverán a cruzar en tu mente jamás. Para empezar a darte cuenta de las cosas piensa si en la relación que tenías has tenido que demandar demostraciones de afecto, si se te ha faltado al respeto, si solo obtenías exigencias y lo más importante, si aun estando con tu pareja, en ocasiones te has sentido solo. Que hayas tenido que volver a casa es solo pasajero, pero recuerda esto…estos diez años no han sido en balde. Te han dado una cantidad de experiencias y aprendizajes tanto para lo bueno como para lo malo que en cuanto te des cuenta de todo ello, no volverás al ser el mismo.

    -Ahora soy incapaz de verlo papa…- respondió más calmado.

    Sé por experiencia propia que por mucho que te digan que estas situaciones son pasajeras no conseguimos procesarlo hasta que va pasando el tiempo. La vida es complicada y cada herida que nos hacen deja una cicatriz, pero una cosa esta clara, jamás volvemos a ser los mismos y eso en cierta forma es bueno.

    –Aparecerá una persona maravillosa en tu vida  y te darás cuenta de que lo que hasta ahora sentías no era amor si no miedo a quedarte solo. Por otro lado, por los antecedentes que me cuentas de tu pareja, debido a su educación y experiencias, ha confundido amor con posesión y apego. El ejemplo esta en unas sabias palabras que tengo bien guardadas dentro: Si ves una flor que te encanta en un jardín el instinto nos hace querer cortarla y llevárnosla. Eso se llama apego y posesión, podremos lucir la flor durante un tiempo pero poco a poco se irá marchitando hasta morir. Sin embargo, si realmente amamos esa flor, la dejaremos crecer y la cuidaremos dejándola en su entorno para que año tras año nos pueda deslumbrar con su belleza. Este ejemplo se transmite a todas las situaciones de la vida y en especial a lo referente a la pareja.

    Poco a poco vi como la cara de mi hijo cambiaba, algo le había hecho clic en la cabeza. Pasaron los días y aunque fueron difíciles para ambos, la alegría comenzó a resurgir en él. Retomó sus aficiones y descubrió otras nuevas. Comenzó a conocer nuevas amistades pero el cambio más significativo fue el que tuvo el mismo, su sabiduría de los acontecimientos de la vida creció a la vez que su autoestima. La cicatriz que le había quedado era enorme pero al final, fue una cicatriz que estuvo orgulloso de llevar.

    Una de tantas historias incompletas de amor y desamor.

    Autor: Miguel Ángel Vera

  • Siempre quise ir a L.A.

    Siempre quise ir a L.A.

    «Siempre quise ir a L.A. Dejar un día esta ciudad. Cruzar el mar en tu compañía». Y hasta aquí llegarían todas las similitudes entre la que probablemente fuera nuestra canción favorita, como pareja, y nuestra propia historia de amor. Bueno, corrijo: «Pero ya hace tiempo que me has dejado», ahí también seguirían las coincidencias, aunque ya no, claro está, en lo de «Y probablemente me habrás olvidado». Difícilmente podríamos olvidarnos el uno del otro cuando tenemos dos hijas en común en custodia compartida, una hipoteca conjunta que nos trae por la calle de la amargura, y muchos más conflictos de los que ambos querríamos tener, y aún así somos incapaces de evitar. En verdad, ni siquiera tengo claro que fuera nuestra canción favorita, pero sí una muy especial que a los dos siempre nos recordó a la noche en que nos conocimos. Que ni siquiera nos conocimos entonces, porque al menos yo te había visto antes por el barrio y ya te había echado el ojo. Eras la prima de Alvarito, pero nunca habíamos hablado hasta aquella noche. O a lo mejor no llegamos ni a hablar, porque menuda melopea me agarré. Fue en las Fiestas del PCE del 94, en la Casa de Campo. Javi y yo llegamos el primer día, el viernes, más pronto que el resto para ir calentando motores, antes de que empezaran los conciertos. Nos dedicamos a ir de caseta en caseta recopilando chapas y pegatinas, que nos íbamos poniendo en nuestras camisetas, y minis de kalimotxo y cerveza. Para cuando tú llegaste con Alvarito y los demás, ya no nos quedaba apenas un centímetro libre en nuestras camisetas y llevábamos un pedo demencial. Fíjate que antes de Loquillo tocaba Pablo Milanés, y a Javi y a mí se nos metió en la cabeza que en realidad era Paco Pil, así que nos pasamos todo el concierto pidiéndole a gritos que tocara “Johnny Techno Ska”, para fastidio, imagino, de todos los presentes. Ese podía llegar a ser nuestro nivel de imbecilidad, en aquella época. Luego salió Loquillo, pero tampoco creas que recuerdo gran cosa… salvo que ya en el tramo final, no sé cómo ni por qué, tú y yo acabamos abrazados cantando a voz en grito “Cadillac solitario”. Sí me acuerdo perfectamente de que sentí entonces un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. No sé si fueron los efectos del alcohol, que ya iban remitiendo, nuestro repentino abrazo o la pasión que le puso Loquillo aullando «Nenaaaaaaaaa» al final de la canción. Pero cómo olvidarlo. A la mañana siguiente, o mejor dicho, al mediodía siguiente, me desperté con el temor de haber dicho o hecho algo más inapropiado de la cuenta, la convicción de no volver a beber en mi vida (o el menos ese fin de semana) y la esperanza de que tú también, como yo, hubieras pillado el abono para los tres días y volviéramos a vernos ese sábado en la Casa de Campo. Lo primero, nunca lo supe, lo segundo, nunca lo cumplí, y lo tercero, por suerte para mí, sí sucedió. Y el resto, como se suele decir, es historia. Una historia que nunca nos llevó a L.A. (lo más lejos que llegamos a viajar, cuando la pequeña cumplió 5 años, fue a Cascais, y no hubo que cruzar mar alguno), pero tampoco estuvo tan mal. Tuvimos nuestras cosas bonitas y otras cosas bien chungas, vamos, una historia como cualquier otra. Pero es la nuestra, aunque no dé para escribir ninguna canción, más allá de algunas estrofas. Las cosas como son. Al menos yo ahora mismo no podría subirme en un viejo Cadillac segunda mano a la ladera del Tibidabo, para mirar fumando nostálgicamente a tu barrio, después de haberme cepillado a una rubia en el asiento de atrás. Tengo mi viejo Opel Astra desde hace meses parado averiado en el garaje, sin haber pasado siquiera la última ITV. Ya me he acostumbrado a ir al trabajo, o a buscar o a llevar a las chicas a tu casa, en metro. Y desde que murieron mis padres, ya no me ha dado por volver al pueblo. Yo, además, vivo en Moratalaz, y tú en Usera. Dejé de fumar hace cinco o seis años, y bueno, lo de la rubia ahora mismo sería lo más complicado de todo. La última cita que tuve fue hace… hará ya más de año y medio, igual va para dos años, y ella era pelirroja, aunque seguramente no lo fuera. La cita fue un absoluto desastre. Nada, tampoco suelo ponerme en plan nostálgico a pensar en lo nuestro. Hay días en los que sigue pesando más todo lo bueno que tuvimos y otros en los que, por los motivos que sean, uno se agarra más a los momentos más amargos. Nos quisimos y luego nos dejamos de querer, o nos seguimos queriendo, a nuestra manera, pero de una forma totalmente distinta. Y ya está. Estoy bien. Estamos bien. Los dos lo tenemos más que superado. Creo. Y sin embargo…

    Esta tarde, antes de que Sonia volviera de su clase de inglés, Marina me ha preguntado si podía poner música en el salón mientras preparaba el examen de ciencias, o de física, no me he enterado muy bien. Me ha pedido que le diera las claves de mi cuenta de Spotify y se las he dado. Al rato, no sé si ha sido algo aleatorio o si deliberadamente ha pinchado en una de mis playlists, ha empezado a sonar “Cadillac solitario”. Y por un momento…  

    A los 30 segundos o así ha quitado la canción y ha puesto a todo volumen a uno de esos reguetoneros insufribles. Y me ha preguntado, a gritos, qué pensaba hacer de cenar. En fin…

    Una de tantas historias incompletas sobre amor y desamor.

    Autor: Rodrigo Martin


  • El todopoderoso destino

    El todopoderoso destino

    Por fin, él se despertaba. Tras cientos de noches en vela, miles de horas de reflexión y millones de desvaríos internos que no paraban de inmiscuirse en mi mente con el único propósito de no permitirme razonar, pensar, soñar, ni tan siquiera dormir, allí estaban sus párpados, abriéndose de un modo desesperantemente lento. Los segundos más importantes de mi vida llegarían cuando el paulatino devenir del tic-tac cumpliera con su función. Cuando llegara el momento en el que, al fin, él pudiera reconocerme. O, peor aún, cuando no lo hiciera.

    Había requerido de todas esas noches a falta de sueño para tomar una decisión. En realidad, era la vida la que me estaba obligando a dictaminar en este preciso instante mi futuro, no es que yo lo deseara así. El destino era el que me había traído hasta esta disyuntiva, a este momento de angustia, y yo debía ser consecuente con él. Al fin y al cabo, no había sido la casualidad la que había intervenido en la noche del veintitrés de marzo. Definitivamente, todo esto no podía ser obra del azar, sino del todopoderoso destino.

    Después de un maravilloso noviazgo y de un año de matrimonio no menos especial, mis esperanzas estaban depositadas en un futuro de lo más halagüeño. El amor de mi vida, Fernando, compartiría el resto de su vida conmigo, pues así lo habíamos prometido ante un altar. Y he de decir que la felicidad embriagaba cada rincón de nuestro hogar.

    Pero la noche del veintitrés de marzo trajo consigo un inesperado giro de los acontecimientos, poniendo todo mi universo patas arriba. Sin más motivo, una amarga sonrisa decidió arrancarme el corazón del pecho tras pronunciar las palabras que toda mujer, como yo, felizmente casada, teme escuchar: “quiero el divorcio”.

    Las palabras brotaron de sus labios y llegaron directas hasta mi pecho, que no pudo más que conmocionarse ante la aterradora idea de separarme del hombre de mi vida. ¿Qué había hecho yo mal? No encontraba entre mis recuerdos ni una sola explicación razonable a su petición de separación. Yo había sido la esposa perfecta, ¿y así me lo pagaba?

    Por eso el destino intervino a mi favor cuando aquel perro se cruzó en nuestro camino. El destino quería que estuviéramos juntos, y esa era la única explicación. Cierto es que aquella discusión con las manos al volante de la que yo era totalmente responsable también obró a mi favor, pero eso jamás podría reconocerlo si quería mantenerlo a mi lado.

    El caso es que la fortuna disfrazada de accidente había hecho el resto. Fernando perdió el control del coche y ahora su doctor me decía, con una expresión trágica en su rostro, que probablemente él no recordaría nada de lo que había sucedido durante el último año. ¿Y era yo mala persona por tener la intención de continuar mi matrimonio como si el término “divorcio” jamás hubiera salido de sus labios? ¿Actuaba de forma completamente inmoral por pretender hacerle feliz, por evitarle todo el dolor que supondría una ruptura después de tal dramático accidente?  Ocultarle la verdad, una pequeña parte de la realidad, al final merecería la pena. A fin de cuentas, el destino había tomado la decisión por mí, y era mi deber seguir los pasos que este me había marcado. Por el bien de los dos.

    Una de tantas historias incompletas de amor/desamor y todo lo del medio!

    Autor: Eva Olivares Villafranca