Etiqueta: Pobreza

  • Múnich 10:45

    Múnich 10:45

    Martes 2 de noviembre. Después de una larga estadía en África había olvidado lo fría que podía ponerse París en esta época del año. Tantas cosas han cambiado para mí en este tiempo que con dificultad recuerdo la vida antes del voluntariado en Malawi. Reemplacé mis comodidades, un bonito apartamento en el tercer distrito, el trabajo en un reconocido hospital de la ciudad, amistades influyentes y una novia guapa por ir a capacitar a los médicos locales quienes no tienen a veces los insumos ni las instalaciones indispensables para tratar dolencias básicas. Qué pobreza vi, cuánta necesidad de la gente muriendo a veces por no tener acceso a una simple vacuna.  Lo que más recuerdo son las caritas radiantes de los niños cuando les hacía malabares y payasadas en la pequeña clínica donde yo prácticamente vivía mientras ellos reían, incluso con el estómago vacío. Sin embargo, a pesar de tanta desolación, aquellas personas me dieron una cátedra de amor y fe: nunca dejan de sonreír, viven sin esperar nada y son más felices, es la mayor lección que aprendí. Esa y agradecer cada día por todo lo que tengo. Las llevo grabadas en lo más profundo del cerebro y del corazón.

    Mi abrigo negro, una mochila con ropa y mi billete de autobús. No tengo idea de por qué esta vez no compré uno de tren o de avión, simplemente se me ocurrió que podría ser mejor viajar así. Para variar tendré algo más de tiempo para pensar. Mi música cargada en el celular, audífonos que siempre llevo en algún bolsillo de la chaqueta, un sándwich y un café del italiano de la esquina.  “Paris Gallieni 22:00 – Munich Gare Routière Centrale 10:45” ¡vaya viajecito el que me espera! Son las 9pm, iré a comprar un libro, aunque lo más seguro es que duerma una buena parte del trayecto.

    Me ubico en la línea, al parecer no seremos tantos esta noche. Un par de monjas, un chico punk, como siete u ocho alemanes, a todos los reconozco por sus cabezas. Una pareja de chicas de la mano, un papá con sus hijos adolescentes, un grupo de estudiantes y ella. No puedo dejar de seguirla con la mirada mientras recoge su larga melena rizada de color castaño en una cola de caballo. Estamos a varios pasajeros de distancia y la puedo observar disimuladamente mientras finjo leer. Aborda y un par de minutos después lo hago yo también. Está sola, en el puesto número 33, la cabeza apoyada sobre el vidrio de la ventanilla. Yo quería tener vista hacia el exterior, finalmente son muchas horas, pero algo me impulsa a sentarme junto a ella y hacia el pasillo.

    – Bonsoir! ¿Está disponible?
    Afirma con un leve movimiento al tiempo que esboza una ligera sonrisa y se desliza hacia la derecha para dejarme más espacio. Acabo de notar que es extranjera, pero no puedo adivinar de dónde.
    – ¿Habla francés?
    – Sí, hablo francés. ¿Por qué lo pregunta?
    – Puedo intuir que usted no es de por aquí.
    – Soy ecuatoriana, vine a estudiar mi maestría. ¿Usted sí es de por aquí, cierto?
    – Sí, aunque no soy de París sino de Toulouse, ¿ha ido?
    – Aún no, pero tengo muchas ganas.
    Empiezo a buscar mis audífonos y recuerdo al instante que los saqué antes de llevar este preciso abrigo a la tintorería el otro día. Me mira con curiosidad y noto sus ojos verdes, su piel blanca y sus labios delgados y rojos.
    – No encuentro mis audífonos y es un viaje largo.
    – Podemos compartir los míos y turnamos la música, si gusta.
    – Acepto, gracias. Pero ya que vamos a compartir algo tan íntimo como nuestra música, ¿podríamos tutearnos?
    Nuevamente esos ojos llenos de brillo me regalan unos segundos de alegría.

    La charla es un verdadero recorrido por épocas y estilos de la chanson française. Hablamos durante horas de películas, gastronomía y libros que ambos amamos.  No consigo creer que una chica de fuera sepa tanto sobre mi cultura y eso me atrae aún más. Luego me cuenta sobre su país con tanta pasión que me entran súbitamente unas enormes ganas de visitarlo algún día. Podríamos charlar por toda la eternidad, estoy seguro de que nunca me aburriría.

    – Son las 5am, ¿quieres dormir?
    – La verdad es que no tengo sueño, ¿y tú?
    – Tampoco. ¿Tienes frío? Traje una manta. Creo que cabemos ambos.

    – ¿Puedo abrazarte, bonita?
    Nos miramos a los ojos y de repente mi boca está sobre la suya. El sabor de sus labios es tal como lo imaginé y no puedo separarme de ella durante algunas horas, o mejor dicho, no quiero. Aturdidos por el cansancio, por el viaje y por los besos nos reclinamos, la rodeo con mis brazos y caemos juntos en un sueño profundo, los latidos y la respiración en perfecta sincronía.

    El transporte se detiene y despertamos algo desorientados. Nos volvemos a mirar y sonreímos. Le tomo las manos, las acerco a mi rostro. Me da un beso en la mejilla. Cada quien toma sus pertenencias y se coloca en silencio su abrigo para descender. Me dirijo hacia la izquierda y ella hacia la derecha de la estación. Mientras la veo alejarse y me arrepiento de no haberle preguntado su nombre, veo que la espera una chica muy rubia, una amiga para llevarla a conocer la ciudad, quizás.  A mí me recibe mi hermana con un abrazo para asistir al funeral de nuestra madre, aunque quizás mi compañera de asiento suponga que me recoge mi novia o mi esposa. Me quedo con ese sabor dulce, esa voz y esos ojos fugaces que jamás voy a olvidar. Los dos siempre seremos el francés y la ecuatoriana anónimos que se enamoraron en una viaje de algo más de doce horas por tierra, viviendo un día a la vez.

    Última parada, Múnich. Son las 10:45 en punto.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 12/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade.

  • ¡Antes y ahora!

    ¡Antes y ahora!

    Decir de donde vinimos puede resultar fácil porque recordamos las facetas de nuestras vidas, pero saber a dónde vamos es incierto. Podemos tener planes, sueños y metas, pero no sabemos con exactitud lo que realmente pueda pasar.  La vida es muy frágil, por momentos podemos tener mucho y en otros momentos pasamos a no tener nada. 

    Pensar que crecí en un pueblo remoto de mi adorado país llamado San Juan de Mollepata*, donde las únicas casas son las de mi familia. Mi padre era un abnegado agricultor y ganadero. Mi madre, esposa y compañera de muchas batallas, todas libradas al lado de mi padre. Nuestra familia era de ocho hermanos, seis varones y dos mujeres. Una familia bastante numerosa para dos padres que casi no tenían nada. Común tal vez para aquellos tiempos, pero a pesar de las vicisitudes de la vida, muchas familias salieron adelante con sus hijos, a pesar de que les faltaran muchas cosas. Ahora las familias son menos numerosas y tal vez tengan más recursos que las de antes, pero los valores espirituales ya no son los mismos, se van perdiendo a medida que pasa el tiempo. 

    Recuerdo vagamente mi niñez. Crecí en las montañas de mi país, rodeado de mis padres y hermanos. Los días eran muy duros, pero igual éramos felices porque ignorábamos el mundo exterior. Nuestros juguetes eran palos, piedras y otras cosas que la naturaleza nos daba.  Los días empezaban muy temprano, dependiendo la estación del año. Si era verano, el día podía empezar a las 5 de la mañana y terminaba muy por la noche. Todos teníamos una responsabilidad en nuestra familia. 

    Recuerdo también que el invierno era muy cruel porque el frío te penetraba hasta los huesos. Tenía que levantarme temprano para hacer las tareas y la ropa que tenía no me abrigaba mucho. Usaba unas sandalias que eran de caucho y que no me cubrían nada.  Caminaba casi durante todo el día en las montañas y a consecuencia de esto, terminaba con las plantas y los talones de los pies, totalmente desechos, secos y cuarteados por haber sido expuestos al frío, al agua y al polvo.  En muchas ocasiones esto se tornaba muy doloroso. 

    Cuando tuve edad para ir a la escuela, mis padres me enviaron a la ciudad a estudiar. Aquí podía pasar días y hasta meses sin ver a mis padres. A veces pasaba hambre porque no tenía nada que comer. La voluntad de mi padre siempre fue que sus hijos tuvieran educación. En la secundaria, el tiempo de la adolescencia me enseñó dos etapas diferentes, una alegre y otra muy triste. Fue durante este tiempo, cuando tenía 16 años, que la vida me dio uno de los golpes más duros, del cual aún no me puedo recuperar.  Mi padre falleció.  Fue inesperado porque solo tenía 52 años. Desde ese entonces, mi vida ha sido una lucha constante de superación, basado en las enseñanzas que mi padre me dejó. 

    Años después me mudé a la capital de mi país para continuar con uno de los propósitos de mi vida. Tenía un gran anhelo por ser militar, y lo logré. Primero como miembro del servicio activo de la Fuerza Área y luego pasé a ser parte de la Policía Nacional, donde serví por 12 años. Posteriormente me mudé a Estados Unidos dejando atrás las cosas que más amaba, mi familia y mi carrera; sin embargo, sabía que venir a este país sería una bendición.  Empezar de cero fue complicado, pero la vida ya me había preparado para esto. Luego de muchas caídas, llegué a alcanzar varios de mis objetivos. Uno de los más importantes para mí, es el tener una familia y un hijo por el cual entrego la misma abnegación que me enseñó mi padre, para darle un mejor futuro. Espero que Dios y la vida me pueda conceder el tiempo necesario para verlo crecer como una persona de bien. 

    Escribo esta historia no para tener la compasión de nadie, sino para recordar de donde vine. Para contar que debemos respetar a nuestro prójimo, porque nunca sabemos a quién tenemos enfrente o a quien le damos la espalda. Los bienes materiales no nos hacen mejores, sino que mejoramos al compartir lo poco que tenemos con los demás. Muchos nos recordaran por lo que fuimos y por lo que hicimos por los demás, no por lo que tenemos. Por eso repito lo que decía mi padre: “sabemos de dónde venimos, pero no sabemos con exactitud a dónde vamos”.  

    Una de tantas historias incompletas de Pobreza. Historia 11/12

    Autor: Carlos Vargas

    • La foto de esta historia corresponde a Carlos Vargas y sus sobrinos en San Juan de Mollepata.
    • El Distrito peruano de Mollepata es uno de los 9 distritos de la Provincia de Castro Virreyna, ubicada en el Departamento de Huancavelica, distrito Santiago de Chocorvos, anexo San Juan de Mollepata, bajo la administración el Gobierno Regional del Cuzco. Fuente: Wikipedia.

  • Enfermo de patria

    Enfermo de patria

    Orgulloso de las tres sílabas que formaban el nombre de su país, veía el mundo a través de ellas. El sentimiento de pertenencia era tan fuerte que justificada cualquier deficiencia de lo que creía suyo.

    Antonio Vidal sabía lo que necesitaba de la historia de su nación y utilizaba la patria como un arma defensiva, como herramienta del miedo contra aquellos que no consideraba vecinos. Reaccionaba con odio ante los cambios y creía, fervientemente, que cualquier mutación de lo que tenía por válido era perjudicial.

    Por más que se opusiera a admitirlo, veía que su mundo estaba cambiando, que las fronteras se estaban diluyendo y comenzaban a darle a otros lo que a él y a los suyos les correspondía.

    A menudo, se veía obligado a cuestionarse quiénes eran los suyos: sus amigos habían volado hacia otros destinos en busca de una mejor suerte de la que encontraron en su ciudad natal, sus vecinos tenían nombres que no podía pronunciar y se sentía extraño, cada día más diferente en un momento en el que percibía que se desnaturalizaba la palabra igualdad.

    Antonio Vidal estaba seguro de que pertenecía a un grupo de “elegidos” que se acercaban a “la verdad”. Sentía rechazo por aquellos que se dejaban persuadir por los medios, por no ser capaces de ver la manipulación detrás de cada información.

    Amaba a su país de esa manera a la que él estaba acostumbrado a amar: entregándose apasionado y dejando de lado el resto de su vida, de manera posesiva.

    Vidal ocultaba sus complejos tras los colores de su bandera y defendía con uñas y dientes lo que había aprendido, sin demasiadas palabras, con una determinación casi irracional. Tal vez, por verse incapaz de mirar más allá de su ombligo, por tener una  visión del mundo que se dividía en “tuyos” y “míos”.

    La única riqueza de Antonio Vidal radicaba en su sentimiento de pertenencia casual a su nación. No era patriota, estaba enfermo de patria, como tantos otros que comparten las sílabas del sitio en el que nacieron por caprichos del azar.

    “Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante.”

    George Orwell

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 10/12.

    Autora: Maravillas García.

  • Seño, ¡usted está jodida!

    Seño, ¡usted está jodida!

    La Anita llegó a trabajar en casa referida por la empleada de nuestros amigos, ellas eran vecinas en un barrio muy al sur de la ciudad.

    Anita estaba buscando trabajo, había dejado atrás la propiedad de la familia, un terreno con una casa de construcción vetusta de adobe y teja, donde quedaron su madre, su hermana, su sobrina y unas cuantas vacas, borregos y cultivos que día a día peleaban por el agua a 3000 metros de altura.

    Que la familia era netamente femenina no era coincidencia; el padre se fue a buscar trabajo en la costa y no volvió nunca, su hermana mayor ya habitaba en la gran ciudad desde hace 6 años trabajando como empleada del hogar en una casa, después de haber seguido infructuosamente al que pensaba era “El hombre” para ella. Todas tenían la misma percepción de la vida y de sus historias con los hombres. La última de la familia era Johanna, sobrina de Anita e hija de la menor de las tres hermanas, resultado de las salidas en domingo al centro del pueblo con el amigo de los vecinos. Su nacimiento no sorprendió, fue parte de la historia de ese mundo de mujeres solas.

    Anita aprendió los quehaceres y rutina de la casa rápido. Usar las máquinas le costaba más, le infundían miedo y parecía tener un destino fatal con ellas; consecutivamente licuadora, aspiradora, batidora y otras se fueron quemando en sus manos, ella entre asustada y culposa llamaba a su jefa la señora Merquita a contarle, pues nunca ocultaba nada ni mentía, al igual que cuando se rompían copas, vasos o platos. Los hijos en casa le tenían afecto y cierto sentido de gratitud, pese a que ella era exigente para que terminen toda la comida según instrucciones de la seño Merquita. Yo, al igual que las máquinas, le infundía temor; creo que mi cara seria le hacía pensar que siempre estaba bravo, a pesar de que siempre era cordial con ella.

    Nos llamaba la atención la tranquilidad con la que se tomaba el tener que viajar una hora y treinta minutos para ir o venir al trabajo y las cuatro horas de los viernes para visitar a la familia. Los lunes hacía de vuelta esas cuatro horas para ir a trabajar y así pasaba su vida. Para nuestros hijos sirvió de ejemplo cuando hablábamos de lo que puedes hacer con y sin estudios en la vida y cómo algunos deben sacrificarse tanto para recibir tan poco; sin embargo, ella parecía ser feliz y aunque hablaba poco de si misma, transmitía tranquilidad, conformidad, incluso no sé, si hasta resignación.

    Las cosas se pusieron feas años después, cuando su hermana menor, la mamá de Johanna, les llamó a decir que estaba enferma. Las dos hermanas citadinas, con sueldo de empleadas y afiliadas a la seguridad social, casi le obligaron a viajar en busca de atención médica. “Acá en la ciudad los médicos son mejores” decían las dos, sin embargo, la ciudad les golpeó y les hizo sentir la pobreza. La enfermedad era más grave de lo pensado, transitaron de hospital en hospital y en ninguno daban pasos más allá de la primera consulta; los médicos al ver un cuadro tan grave pedían exámenes que en los hospitales públicos no había y el costo de hacerlo en uno privado era inalcanzable. Solo un hospital, regentado por un grupo religioso, logró hacerle una tomografía y el médico de turno pidió una biopsia. Las tres hermanas no sabían qué significaba esa palabra rara, ¿Biopsia? Tampoco importó. Al terminar la cita médica decidieron volver a su terreno para que su hermana viera a su hija. Fue el anuncio de lo inevitable, días después falleció sin un diagnóstico. Quisimos ir a acompañarlas al velorio, pero telefónicamente Anita nos pidió que no fuéramos, sentimos que no quería que veamos la pobreza que acompañaba a la familia de mujeres.

    Regresó a trabajar sufrida y con el dolor a flor de piel, dos semanas después se vino la pandemia y entonces, el día que empezó la cuarentena supo que la seño Merquita, como le decía ella, se quedó sin trabajo. Cuando se despidió le dijo, no se preocupe, a mi no me pague, yo me voy a la casa con mi mamá y mi hermana, tengo que cuidarlas igual que a mi sobrina, no me pague, a la final yo estaré bien, en cambio usted seño, usted está jodida.

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza.
    Autor: Andrés Calderón.

    https://web.facebook.com/andres.calderon.733

  • Mamita, la bendición

    Mamita, la bendición

    ¡Chuta que tontera, aquí va de nuevo! “QUÉDESE DONDE ESTÁ!”, escucho a mis espaldas que me grita un policía mientras las intensas luces de la patrulla alumbran la escalinata por la cual subo a diario. Eran alrededor de las 10:30 pm y no hacía otra cosa que caminar hasta mi casa, y sí, dije de nuevo porque es habitual que cada cierto tiempo por el barrio se escuche un alboroto y acto seguido la policía  transita cada rincón en búsqueda de algún delincuente o pandillero, el cateo de rigor siempre brusco y en tono amenazante y la revisión respectiva de mi mochila que por suerte no termina esta vez con mis pertenencias en el suelo, por enésima vez salgo bien librado con la frase “este sólo es un guambra estudiante, no hay nada, vámonos”

    Me llamo Luis, Luchito, Luchín, y hasta “Cachorro” de vez en cuando aunque cada vez es menos frecuente escuchar éste último apodo. Soy el menor de tres hermanos y vivo en un barrio considerado peligroso en mi ciudad, aunque a decir verdad ya casi no escucho que no haya barrios peligrosos pues cada día hay más gente sin trabajo que recurre a diferentes maneras de subsistencia y no siempre hallan una mejor forma de ganarse la vida.

    Mi hermano mayor es albañil y azulejero y desde pequeño le tocó duro pues fue como padre para mi hermana y para mi desde que mi papá nos abandonó cuando yo apenas tenía 5 años, fue él quien decididamente apoyó económicamente a mi mamá quien se ha partido la vida por criarnos de la mejor manera, alejándonos de las malas influencias que dicho sea de paso son muchas por aquí. Incluso, soportó los innumerables golpes que mi padre le daba cuando se emborrachaba, algo de eso heredaría mi hermano, a quien tanto mi madre como mi hermana tuvieron que sacar desde muy joven de las cantinas o casas de sus “amigos” convertidas en cantinas, no lo culpo, me imagino que muchas veces fueron para olvidar que no tuvo una buena infancia como la de otros menos desafortunados, hoy en día él vive en un barrio más arriba de nosotros junto a su esposa y 4 hijos.

    La historia de mi ñaña no es mucho mejor, el paño de lágrimas de mi mamá y la única con el poder de hacer recapacitar a mi hermano de sus andanzas, estudió en una nocturna y ya que mi mamá pasaba todo el día trabajando, se quedó embarazada a los 16 años, antes de terminar el bachillerato, por un tipejo que a los 21 años ya tenía dos hijos con dos mujeres diferentes, lo que llamamos un don Juan y que a los 22 migró a España disque para conseguir trabajo porque aquí no había y poder mantener a sus hijos y para no hacer largo este cuento, se quedó por allá y ya tiene 2 hijos más con su legítima esposa. Mi hermana se hizo al dolor y consiguió terminar el bachillerato, entró a trabajar en una empresa de confección textil donde al menos tiene un salario y es afiliada al seguro social.

    Sin dudas el más afortunado he sido yo, que fruto del esfuerzo de mi madre, quien toda su vida trabajó limpiando casas y lavando ropa ajena honradamente, he logrado entrar a la universidad.

    En realidad hay alguien más a quien agradecer, mi madrina Juani fue quien le dio una recomendación para que mi mamá entre a trabajar en casa de una familia buena. Ellos veían todo el esfuerzo de mi madre y claro como yo le acompañaba a veces al trabajo cuando nadie podía cuidarme, me tomaron cariño y ayudaron a mi mamá en un inicio con útiles o uniformes y don Paúl, el dueño de casa, se convirtió prácticamente en mi tutor ayudándome para que yo pudiera aprender y conseguir buenas calificaciones que me permitieron optar por una carrera universitaria y mantenerme fuera de cosas malas.

    No, no ha sido fácil, ya que de donde yo vengo, mientras más culto eres o mejor vestido estás, ya no encajas, te conviertes en el “aniñado”, te humillan tus propios amigos, ya no eres digno ni siquiera de jugar un partido de fútbol, porque te consideran “una nena”, sí, el machismo es pan de todos los días aquí y si algo me consideran es porque a fin de cuentas me crié en este barrio y si sigo aquí es porque sigo pobre y disfrutan más diciéndome que nunca saldré de aquí o que les lamo las botas a mis patrones que dándome una golpiza de la que por cierto puedo defenderme muy bien, porque si no lo haces no sobrevives por estos lados. Al comienzo fue difícil y caes en el juego en el que casi todos caen, no quieres sentirte diferente, no quieres ser insultado, golpeado o asaltado. Así, hubo días en que me escabullí de clases y terminé con los “panas” usando el dinero de mi colación para conseguir licor, tabaco y hasta una que otra droga, pero gracias a la perseverancia de mi mamá que logró encaminarme a tiempo, hoy puedo aspirar a algo mejor.

    Uf, al fin llegué, luego de subir 134 escalones estoy al fin en casa, luego de hacer mis tareas en casa de unos amigos, hoy puedo descansar un poco más pues salí libre del turno de velada de donde trabajo. No veo el día en que con mi título en mano pueda optar por un trabajo a la luz del día y mejor pagado y pueda sacar a mi viejita al fin de este lugar.

    Buenas noches mamita, la bendición…

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 8/12

    Autor: Andrés Acosta

    https://www.facebook.com/Cachi2010

  • El sueño

    El sueño

    16 de mayo de 2020, hoy es mi cumpleaños vigésimo primero, ¡estoy muy contento! …pero no es por ese motivo; por coincidencias de la vida hoy también es el día de mi audiencia para buscar mi libertad después de dos años de una reclusión abusiva y miserable.

    Como añoro aquellas pequeñas reuniones que mi madre realizaba en este día a pesar de nuestra pobreza en el patio – sala de nuestra pequeña casa, en uno de los cerros de Collique, arriba en donde el frío y la humedad en este tiempo calan no solo los huesos, sino hasta el alma. Nada de golosinas, nada de globos ni piñata, mucho menos un pastel o torta de cumpleaños, solo la música de nuestro viejo y ruinoso radio, mis dos hermanos y cuatro amigos del barrio; pero faltando todo, nos sobraban los momentos de alegría y mucha diversión, éramos felices saltando toda la tarde al ritmo de la cumbia y reggaetón del momento.

    No sirvió de mucho haber asistido a la escuela y ser el mejor del aula todos los años de secundaria, de amanecerme haciendo mis deberes muchas veces bajo la lumbre de una famélica vela, de devorar compulsivamente todos los libros y novelas que pude encontrar en la pequeña biblioteca de mi municipio.

    A pesar del esfuerzo de mi padre Rosendo, hombre hecho y derecho, quien se rompía el lomo como estibador desde las dos de la mañana en el mercado mayorista de frutas, quien llegó a Lima con sus padres en la década de los 80 escapando de la barbarie en Putis* y el de mi madre Fabiola, mujer correcta, de gran carácter y estricta en la crianza de sus hijos, quien dedicaba los fines de semana a lavar ropa en casa ajena, nunca hubo lo suficiente como para que uno de sus hijos pueda postular a la universidad y ser un profesional… mi ¡GRAN SUEÑO!

    Una vez terminado el colegio tuve que ganarme la vida para ayudar a mis padres, primero limpiando autos, luego de datero* en un paradero informal de combis y después de cobrador en una de ellas.

    Siempre soñando en el día que cambiarían las cosas y por fin lograría ahorrar los suficiente para pagar mis estudios; ese era el fin y valía el esfuerzo.

    No quiero recordar el episodio que me trajo a este lugar, la pita siempre se rompe del lado más débil y la autoridad muchas veces abusa del poder y de la mentira. Fueron dos largos años que no solo socavaron mi espíritu y fuerza de voluntad, sino también el de mi madre quien nunca dejó de visitarme todos los sábados. Pero la vida es así, golpea duro para hacernos más fuertes y decididos.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de poder demostrar el error que cometieron.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de poder recuperar mi libertad atropellada.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de que será el inicio del nuevo camino hacia mi ¡GRAN SUEÑO!

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 7/12

    Autor: Boris Mundaca

    https://web.facebook.com/borissegundo.mundacachavez

     Putis: Caserío rural al sur del Perú conocido por haber sido una fosa común de 123 personas durante la década de 1980.

     Datero: Trabajo informal que indica a los chóferes de bus el tiempo transcurrido desde que la última combi pasó por el paradero.

  • No éramos pobres

    No éramos pobres

    Mi nombre es Khuyana (que significa amor), vengo de una comunidad de la amazonía, chiquita como la mayoría de las comunidades de por ahí. No sabíamos lo que quería decir la palabra pobre, porque nunca nos faltó nada. Teníamos ríos con agua transparente, peces, guantas, armadillos, capibaras, para alimentarnos, y comida de la tierra; también libertad y aire fresco. Todos éramos iguales. Un día llegó Katari (que significa serpiente), uno de los jefes de otra comunidad de más afuera. Habló con los jefes de nuestra comunidad y dijo que había gente que quería comprar nuestras tierras. ¿Comprar? Le preguntó nuestro jefe Qhari (que significa fuerte). Ahí empezó todo, los líderes de esa comunidad habían aceptado cambiar parte de sus tierras por cosas que ni siquiera necesitábamos, cocina decían, refrigeradora llamaban, televisión les mostraron, camioneta para llevar cosas, y así, pura cosa brillante y grande.

    A Qhari no le impresionaban esas cosas, era hombre sabio. Su familia había liderado a mi comunidad desde hace décadas y decía que hay que ver dentro del alma del hombre para creer en su palabra. Lo que no sabíamos era que ese cambio de tierras de las otras comunidades ya había marcado nuestro destino también. El comercio se daba entre comunidades intercambiando algo que nosotros podíamos tener con algo que nos hacía falta.

    Cuando era niña, nada nos preocupaba, jugábamos con todos los niños de la comunidad, reíamos, paseábamos, nadábamos y aprendíamos de nuestras mamás y papás los oficios que nos permitían vivir, también las cosas que nos podían dañar y nos cuidábamos los unos a los otros. La noche marcaba el final del día.

    Conforme pasó el tiempo, se empezaron a escuchar sonidos fuertísimos cerca de ahí, día y noche sonaban y ya la oscuridad no era lo mismo, el cielo se iluminaba sin que haya sol. Esto asustó a los animales, ya no había pájaros, ni los animales de tierra que huían del ruido y los monstruos que botaban todos los árboles. También de nosotros que ahora nos tenían miedo porque la caza se hizo más frecuente que cuando sólo era para darnos de comer, ya no teníamos vecinos que nos intercambien algunos alimentos que no tenían nuestras tierras y obligaban a nuestros jefes a ir más allá, donde antes no era permitido, pero lo malo fue cuando el agua del río que venía de más arriba cambió de color y sabor, empezó a matar a los peces y luego a enfermarnos pero no como antes que todo se curaba con nuestras plantas y árboles sino que necesitábamos lo que llamaban medicina y eran como piedras blancas que era lo único que calmaba los dolores.

    De un rato a otro ya no nos intercambiaban cosas y nosotros no teníamos eso que llamaban dinero, ya la tierra no era nuestra decían y pusieron muros de alambre para que no entremos, cada vez era más feo y los hombres tenían que ir a lo que llamaban pueblo, a vender nuestras “almas” porque así se sentía vender lo que la tierra nos regaló, a cambio de cosas elementales.

    Luego entraron los que llamaban curas y las monjas como encargados de callarnos diciéndonos que teníamos que entender que era para nuestro bien, nos tocaba ir caminando a un lugar llamado escuela, donde nos enseñaban cómo teníamos que comportarnos ahora e incluso como vestir. Las cosas ya no eran lindas y había veces que llegaban hombres con armas que eran más fuertes que nosotros y se llevaban a las mujeres a cambio de no matarnos.

    Mi mamá para salvarme de esa “vida” decidió mandarme a la ciudad con las monjas, donde me hicieron terminar mi educación, así mismo creo que me vendieron porque llegué a un lugar donde tenía que hacer lo que otros me decían para que me paguen con dinero. Me escapé de ese lugar luego de 2 años y logré volver a mi tierra, ya nada era igual, todo fue destruido, hasta la conciencia de las personas había cambiado, nunca lo entendí, por qué se peleaban por cosas que no necesitaban.  Lo que sí entendí con el pasar de los años es que nunca fuimos pobres. Esa idea también nos la vendieron y a un precio muy alto.

    Llegué a trabajar para las Naciones Unidas tratando de rescatar jóvenes como yo lo era, tratando de arreglar lo que habían roto en muchas más comunidades, haciéndoles entender que no hay nada peor que la pobreza de corazón.

    Una de tantas historias incompletas de Pobreza. Historia 6/12

    Autor: Andrés Acosta

    https://web.facebook.com/Cachi2010


  • ¿Quién?

    ¿Quién?

    Juancho: ¡Qué pasa Ana!, ¡qué tal to´o!

    Ana: Hola Juancho, muy bien gracias, ¿y tú?

    Juancho: Pues ya sabes, lo de siempre…gobierno inservible, sin trabajo, etc. Pero bueno, entretenido siempre. ¿Pedimos unas cerves, te parece?

    Ana: Claro, con este calor imposible negarse.

    Juancho: Por cierto, ¿viste lo que pasó ayer con Aracelly?

    Ana: ¿Quién?

    Juancho: ¡Aracelly, que ayer era el final de temporada de ´La Que Se Avecina´ y resulta que dejó a Enrique y desapareció! Además, estuvo de invitada Alaska.

     Ana: No, la verdad no lo vi ¿Quién es Alaska?

    Juancho: ¡Alaska, la cantante! La que está casada con Mario Vaquerizo, que también es un cantante súper famoso.

    Ana: ¿Quién es Mario Vaquerizo?

    Juancho: No puedo creer que no sepas quién es Mario Vaquerizo, si sale siempre en esos programas de chismes y farándula. Lo último que hizo fue el anuncio de Pantene en donde también aparece Berta Vázquez.

    Ana: ¿Y quién es Berta Vázquez?

    Juancho: ¡Jo´er tía! ¡La de ´Vis a Vis´! Ahora me dirás que tampoco has visto ´Vis a Vis´, ¿la serie de la cárcel?

    Ana: Pues no, la verdad que no.

    Juancho: ¡Súper serie amiga! Se hizo tan famosa que hasta la compró FOX y sale también Najwa Nimri, que es la poli en la ´La Casa de Papel´.

    Ana: ¿Quién?

    Juancho: ¡No me lo creo que no sabes quién es Najwa Nimri! Entonces, ¿supongo que tampoco sabrás quién es Alba Flores?

    Ana: Pues no ¿Quién es Alba Flores?

    Juancho: ¡Alba Flores! ¡Alba Flores! ¡La nieta de Lola Flores! ¡Tú lo que quieres es que me coma el tigre, que me coma el tigre! ¿no?

    Ana: …

    Juancho: ¡Eso sí que no me lo creo! ¿Bajo qué piedra vives tú? Lola Flores, su hija es jurado en ´Tu Cara Me Suena´ donde justo ayer salió Irene Gil cantando el tema de La Sirenita.

    Ana: No sé quién es Irene Gil…

    Juancho: ¡La ganadora de ´La Voz Kids´! El programa ese de canto donde es juez David Bisbal ¡¿No has escuchado de él tampoco?!

    Ana: Mmm ¿Él no es el que canta 1 2 3 un pasito pa´lante María o algo así?

    Juancho: ¡NO!

    Ana: Pues entonces no sé quién es…

    Juancho: ¡Pero si es famosísimo! Desde que participó en ´Operación Triunfo´, aunque quedó solo en segundo lugar. Es que de verdá tía, no sé qué haces que no te enteras de náa…

    Ana: Pues vaya Juancho. Me has dejado muy sorprendida. No sabía que controlases tanto de estos temas. Tienes tanta información en la cabeza que pareces una enciclopedia. La verdad es que yo con mis libros a veces me desconecto y es cierto que no veo tele ¡Es que pareces el Albert Einstein de la farándula española!

    Juancho: ¿Quién?…

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 5/12

    Autor: Diego Méndez

    La pobreza no es solamente la falta de dinero.

    “Me encanta hablar sobre nada. Es de lo único que sé hablar”- Oscar Wilde

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  • Incertidumbre

    Incertidumbre

    Dos caras del mismo mundo. La una, blanca. La otra, negra. En la una, poco falta. En la otra, poco hay. Para los unos, los planes a futuro son el día a día. Para los otros, el día a día a veces no es suficiente.

    Yo nací en la cara negra. Tengo 3 hermanos. Una madre. Seguramente alguna vez tuve un padre, quién sabe. Por ahora ellos son a quienes tengo, quien sabe mañana. Quién sabe si mañana habrá la comida suficiente para seguir alimentando a mis hermanos pequeños. Quién sabe si mañana
    alcanzará el dinero para las medicinas de mi madre. Quién sabe.

    Como ayer, hoy estoy en el mismo semáforo. Mañana quién sabe si estaré aquí. Llegué a ganar puesto ni bien salió el sol. Ojalá no salga más. Es agotador. Ojalá. Mamá está una cuadra más adelante. Con ella, dos de mis hermanos. Seguramente estarán bajo ese árbol que les da sombra.

    ¿Qué juego estarán inventando con el césped y la basura que encuentren a su alrededor? Quién sabe. Conmigo está otro hermano. Tiene que aprender cómo nos movemos porque pronto será su turno de tomar otra cuadra.
    El día va así. Poco a poco comienza a aumentar la cantidad de carros. Es momento de empezar. Nos paramos en el semáforo. Rojo. Empieza la función. 1,2,3. Tengo 3 mandarinas. Podría comérmelas. Quisiera comérmelas, pero no puedo. Por ahora, son mi herramienta de trabajo.
    Quién sabe si mañana lo seguirán siendo. 1,2,3. Soy un experto para los malabares. Tantos semáforos. Tantos carros. Tantos días. Tantos soles. Tantos nuevos amanceres. 1,2,3. El semáforo pronto cambiará a verde. Junto con mi hermano nos acercamos a los autos. Hay ocho. Seis nos
    rechazan, dos nos ayudan. Comenzamos mal. Verde. El semáforo cambia y los autos arrancan. ¿Cómo le habrá ido a mamá? Quién sabe. No sabré nada de ella hasta que caiga el sol y volvamos
    a encontrarnos. Ahorita todavía hay sol. Todavía hay esperanza.

    Caminamos con mi hermano al parterre. Tenemos unos pocos minutos para descansar. Naranja. Ahora es su turno. 1,2,3. Le sale perfecto y no bota ninguna mandarina. Tantas noches de práctica por fin dan resultado. Ahí vamos otra vez. Nos acercamos a los carros. Todos nos reciben con las ventanas abiertas. Eso casi nunca pasa. Aprovechamos esto, quién sabe si en el siguiente con la misma suerte. Verde. Se van todas esas buenas personas.

    Son las 8:00. Vamos 20 semáforos y seguimos contando. Son las 8:01 y es mi turno. 1,2,3. Sin errores. Me acerco a los carros como de costumbre y lo veo. Como siempre está aquí, a las 8:01. Sin falta siempre está este carro rojo. Lo reconozco porque tiene 4 aros en la parte de adelante. Pero no solo por eso. Si no por quien va adentro. En la ventana hay un niño como yo. Bueno, casi
    como yo. Usa la misma ropa todos los días, como yo. Pero no soy tonto. Sé perfectamente que él tiene muchas sacos y camisas iguales. Es su uniforme para ir a la escuela. Cómo quisiera ir yo a la escuela. Tengo unos cuantos amigos del barrio que van. Me han contado cómo es. Pero bueno, hoy no será. Quién sabe si mañana podré. Él va perfectamente peinado y su atención está en su pantalla táctil llena de colores. Me acerco a su ventana. Yo lo veo. Él no me ve. Hay un vidrio entre los dos. Por un segundo veo mi reflejo en este. En verdad que nos parecemos, pero somos de dos caras opuestas. Negra y blanca. Sólo un vidrio, pero el espacio entre los dos es inmenso.

    Verde. Se aleja. La única certeza que tengo en mis días es que, si yo sigo aquí mañana, a las 8:01 él también estará.

    Una de tantas historias incompletas de La Pobreza. Historia 4/12

    Autora: Milena Espoz

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  • Basada en hechos reales

    Basada en hechos reales

    Me ha costado cuatro correos electrónicos, un par de llamadas y mover unos cuantos buenos contactos. Pero al fin voy a poder hablar con él. Me presento, como me han indicado del programa de Cooperación al Desarrollo de la Embajada de Estados Unidos en Ciudad de Guatemala, un lunes a las 8.00 en punto en un edificio de postín de la zona financiera, de esos de oficinas, con portero, personal de seguridad armado en la puerta, arco detector de metales, suelos de mármol y una amable recepcionista a la que le dices quién eres y para qué has venido.

    Luego aparece un señor de origen estadounidense con un torpe español que me conduce por el hall a una zona más tranquila. Ahí me espera mi entrevistado. ¿Cómo estás? ¿Te han comentado de qué va todo esto?, comienzo dándole la mano y mirándole a los ojos. Sí, me responde, apretando un poco, y sin bajar la vista. Nos sentamos y empieza la entrevista.

    Pregunta: ¿Nombre?

    Respuesta: Digamos que Nicolás.

    P: ¿No quieres o no puedes dar tu nombre?

    R: No debo.

    P: ¿Profesión?

    R: Limpiabotas aquí en el edificio. Gracias a estos señores que están a acá.

    P: Antes, ¿a qué te dedicabas?

    R: Usted ya lo sabe. Para eso vino. Era marero. Salvatrucha.

    P: ¿Por qué te metiste a la mara?

    R: Mi papá se fue de la casa. No teníamos nada. Me sentía muy solo. Perdido. Ellos empezaron a protegerme, a ayudar un poco a mi mamá. Me cuidaban. No me acuerdo bien. Sólo recuerdo que empecé a sentir que poco a poco se convertían en mi nueva familia.

    P: ¿Qué edad tenías?

    R: 9 años.

    P: ¿Qué hacías con 9 años en la mara?

    R: Apenas nada. Trabajitos. Luego uno va creciendo; le van dando responsabilidades dentro de la organización y va haciendo más cosas. Trabajos más importantes para ellos, para que consigan la plata.

    P: ¿Has estado en la cárcel por esos trabajos?

    R: 9 veces.

    P: ¿Tienes delitos de sangre? (Siento como la mirada del estadounidense se endurece y se me clava)

    R: 5 muertos, si es lo que está preguntando.

    P: ¿Te arrepientes?

    R: Yo ya pagué mi pena. Estuve en la cárcel, yo tengo mi propia cruz.

    P: ¿Por qué te saliste de la mara?

    R: Me di cuenta que no tenía futuro. Que no había familia. Solo pobreza y muerte. Que solo me quedaba que me mataran por ellos o terminar preso.

    P: Hasta donde yo sé, uno no deja la mara…

    R: Tengo un disparo en el pulmón y el hígado no me funciona bien por culpa de otro. Ya no les debo nada. Sé que pueden venir a por mí, pero estoy por fin en paz.

    P: Si volvieras a tener 9 años, ¿volverías a entrar en la mara?

    R: No se crea que no he pensado en esto varias veces. No creo que hubiera tenido otra opción.

    P: ¿Qué edad tienes ahora?

    R: 33 años.

    Se te acabó el tiempo, quedamos en 5 minutos máximo, me dice el organizador del encuentro.

    Se me interpone entre los dos a modo de escudo protector. Me da tiempo lo justo a darle la mano y decirle adiós.

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 3/12

    Autor: Félix Espoz.

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