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  • La casa azul

    La casa azul

    Nada de lo siguiente es ficción. Solo son los recuerdos de estos últimos años. 

    Mi hijo estaría por cumplir los 3 años cuando comenzaron a suceder los “acontecimientos”. Todavía recuerdo la primera vez que pasó. Mi esposa y yo estábamos jugando en la sala con él. Desde pequeño nos decía “mama” y “papa”, con acento en las primeras sílabas, cuando se referiría a nosotros. Esa tarde, sentados alrededor de carritos, trencitos y figuritas, nos dijo, ustedes no son mis papis. Tú eres mi papa, pero no mi papi.  

    Nosotros vivimos en una ciudad pequeña en el oeste medio de los Estados Unidos. Un pueblo semirrural donde todavía se pueden visitar granjas lecheras dentro del perímetro residencial. Nuestra casa, en ese entonces, era casi nueva, apenas tenía unos años de haber sido construida. Nunca conocimos a los residentes anteriores. Después de esa tarde de juegos, ese incidente no se volvió a repetir hasta la semana siguiente. Mi esposa y yo trabajamos tiempo completo, pero era yo quien lo recogía de la guardería después de la jornada laboral. “¿Cómo te fue mi amor?”, le pregunté. Me dijo, “bien papa, hoy vino mi mami a visitarme”. Asombrado, nuestros trabajos están lejos de ahí, le cuestioné: “¿tu mamá vino a la guardería?”, a lo que me contestó: “No papa, no mi mama, sino mi mami. Me dijo que otro día vendría con mi papi y jugarían más tiempo conmigo, hasta, tal vez, me llevarán a mi casa azul”. Esa noche, cuando llegó mi esposa a la casa, le conté lo que había dicho el gordo esa tarde. Los dos pensamos que, tal vez, fuera un recuerdo de otra vida.  

    Conforme pasaron los días, nuestro hijo de casi 3 años o, tal vez, ya tendría más de 3 para ese entonces, nos dio más detalles de su vida pasada. Nos dijo que vivía en una casa azul con blanco, que tenía dos hermanos (en realidad tiene 3 hermanas) y que había fallecido en un accidente de carro. Cuando entró a al preescolar, la profesora nos cuestionó en una de las reuniones de padres de familia acerca de sus “hermanos”, y le aclaramos que solo tiene hermanas, pero una imaginación enorme. Entonces comenzaron a suceder “eventos” más extraños en casa.  

    Una noche, mientras mirábamos la televisión, sentados en la sala, nuestro hijo nos tapó la boca y en su carita se podía ver el miedo, sus ojos grandes sin parpadear y su respiración agitada. Le quité su mano de mi boca y le reclamé algo molesto: “¿qué te pasa?” Nuevamente me tapó la boca y nos susurró: “ssshhh. ¿Escuchan?” Entonces bajé el volumen del televisor hasta el cero. Pero nada. Luego en tono de súplica pidió, “no hablen”.  

    Este evento se volvió a repetir en una noche posterior, pero esta vez mi esposa sí se asustó. Le dijo, “papi me asustas”. A lo que nuestro hijo me miró fijamente, con sus manos en nuestras bocas y suplicó nuevamente: “Papa no abras la puerta. Hay alguien afuera, quiere entrar. pero no lo dejes papa”. A lo que algo molesto levanté la voz, afuera no hay nadie. Me paré, fui hacia la puerta y la abrí. En lo negro de la noche, en la soledad de la entrada, el viento frío del otoño sacudía las hojas del árbol del frente. Sin embargo, ninguna figura humana o animal, o creatura de otro mundo estaba ahí afuera esa noche. “Mira amor, no hay nadie afuera”. Nuestro hijo seguía con sus manitas sobre su cara, cerrando sus ojos para no ver el vacío de la entrada.  

    Cabe aclarar que duerme como un oso y en su cuarto, solo. No se despierta con pesadillas ni tampoco tiene miedo a otras situaciones, como entrar a un cuarto oscuro o quedarse solo en su cuarto por tiempos. Es a veces, de vez en cuando, que de un momento a otro reacciona con pavor. Como una noche que mi esposa se encontraba fuera, y a la hora de ponerlo a dormir, me preguntó si esta era nuestra casa. “Claro que lo es”, le recordé extrañado. “Pues una niña que viene a veces, me dice que no. Que es la casa de ellos”. Y cuando iba a salir de su habitación, nuevamente vi su cara de miedo, sus ojos redondos y su respiración intranquila. “Papa no salgas, un hombre malo está afuera y nos quiere hacer daño”. Abrí la puerta de su cuarto y, en efecto, no había nadie. Estas experiencias “inusuales” fueron pasando con menos frecuencia. A veces en el carro comprando comida, a veces en la casa o a veces en la escuela. Pero mientras seguía creciendo, estas “imaginaciones” se fueron desvaneciendo.  

    Ahora tiene casi 9 años y esas situaciones ya son parte del pasado. Ahora le encanta ver las películas de fantasía y de magia. Es más, recientemente fui a revisarlo en su cuarto porque se encontraba viendo una película de un mago adolescente que estudiaba en un castillo. Hace años que yo no volvía a pensar en esos episodios. “¿Como esta la película, gordo?”, le dije.  “Ssshhh papa, no interrumpas”, me recriminó. “Ooooook”. Me salí de su cuarto. Entonces, recordé que también debía darle agua a su mascota, que vive en una jaula en su cuarto, y me regresé a medio camino. Antes de la entrada de su cuarto, en el pasillo, algo me paró en seco. Una voz extraña, de una niña pequeña venía de adentro. “Te dije que tu papa iba a subir”. Él le respondió tranquilamente: “Sí, pero ya se fue”.  

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 9/12.

    Autor: David Carrillo

    La habitación, mi hijo y su «amiga»…

  • Múnich 10:45

    Múnich 10:45

    Martes 2 de noviembre. Después de una larga estadía en África había olvidado lo fría que podía ponerse París en esta época del año. Tantas cosas han cambiado para mí en este tiempo que con dificultad recuerdo la vida antes del voluntariado en Malawi. Reemplacé mis comodidades, un bonito apartamento en el tercer distrito, el trabajo en un reconocido hospital de la ciudad, amistades influyentes y una novia guapa por ir a capacitar a los médicos locales quienes no tienen a veces los insumos ni las instalaciones indispensables para tratar dolencias básicas. Qué pobreza vi, cuánta necesidad de la gente muriendo a veces por no tener acceso a una simple vacuna.  Lo que más recuerdo son las caritas radiantes de los niños cuando les hacía malabares y payasadas en la pequeña clínica donde yo prácticamente vivía mientras ellos reían, incluso con el estómago vacío. Sin embargo, a pesar de tanta desolación, aquellas personas me dieron una cátedra de amor y fe: nunca dejan de sonreír, viven sin esperar nada y son más felices, es la mayor lección que aprendí. Esa y agradecer cada día por todo lo que tengo. Las llevo grabadas en lo más profundo del cerebro y del corazón.

    Mi abrigo negro, una mochila con ropa y mi billete de autobús. No tengo idea de por qué esta vez no compré uno de tren o de avión, simplemente se me ocurrió que podría ser mejor viajar así. Para variar tendré algo más de tiempo para pensar. Mi música cargada en el celular, audífonos que siempre llevo en algún bolsillo de la chaqueta, un sándwich y un café del italiano de la esquina.  “Paris Gallieni 22:00 – Munich Gare Routière Centrale 10:45” ¡vaya viajecito el que me espera! Son las 9pm, iré a comprar un libro, aunque lo más seguro es que duerma una buena parte del trayecto.

    Me ubico en la línea, al parecer no seremos tantos esta noche. Un par de monjas, un chico punk, como siete u ocho alemanes, a todos los reconozco por sus cabezas. Una pareja de chicas de la mano, un papá con sus hijos adolescentes, un grupo de estudiantes y ella. No puedo dejar de seguirla con la mirada mientras recoge su larga melena rizada de color castaño en una cola de caballo. Estamos a varios pasajeros de distancia y la puedo observar disimuladamente mientras finjo leer. Aborda y un par de minutos después lo hago yo también. Está sola, en el puesto número 33, la cabeza apoyada sobre el vidrio de la ventanilla. Yo quería tener vista hacia el exterior, finalmente son muchas horas, pero algo me impulsa a sentarme junto a ella y hacia el pasillo.

    – Bonsoir! ¿Está disponible?
    Afirma con un leve movimiento al tiempo que esboza una ligera sonrisa y se desliza hacia la derecha para dejarme más espacio. Acabo de notar que es extranjera, pero no puedo adivinar de dónde.
    – ¿Habla francés?
    – Sí, hablo francés. ¿Por qué lo pregunta?
    – Puedo intuir que usted no es de por aquí.
    – Soy ecuatoriana, vine a estudiar mi maestría. ¿Usted sí es de por aquí, cierto?
    – Sí, aunque no soy de París sino de Toulouse, ¿ha ido?
    – Aún no, pero tengo muchas ganas.
    Empiezo a buscar mis audífonos y recuerdo al instante que los saqué antes de llevar este preciso abrigo a la tintorería el otro día. Me mira con curiosidad y noto sus ojos verdes, su piel blanca y sus labios delgados y rojos.
    – No encuentro mis audífonos y es un viaje largo.
    – Podemos compartir los míos y turnamos la música, si gusta.
    – Acepto, gracias. Pero ya que vamos a compartir algo tan íntimo como nuestra música, ¿podríamos tutearnos?
    Nuevamente esos ojos llenos de brillo me regalan unos segundos de alegría.

    La charla es un verdadero recorrido por épocas y estilos de la chanson française. Hablamos durante horas de películas, gastronomía y libros que ambos amamos.  No consigo creer que una chica de fuera sepa tanto sobre mi cultura y eso me atrae aún más. Luego me cuenta sobre su país con tanta pasión que me entran súbitamente unas enormes ganas de visitarlo algún día. Podríamos charlar por toda la eternidad, estoy seguro de que nunca me aburriría.

    – Son las 5am, ¿quieres dormir?
    – La verdad es que no tengo sueño, ¿y tú?
    – Tampoco. ¿Tienes frío? Traje una manta. Creo que cabemos ambos.

    – ¿Puedo abrazarte, bonita?
    Nos miramos a los ojos y de repente mi boca está sobre la suya. El sabor de sus labios es tal como lo imaginé y no puedo separarme de ella durante algunas horas, o mejor dicho, no quiero. Aturdidos por el cansancio, por el viaje y por los besos nos reclinamos, la rodeo con mis brazos y caemos juntos en un sueño profundo, los latidos y la respiración en perfecta sincronía.

    El transporte se detiene y despertamos algo desorientados. Nos volvemos a mirar y sonreímos. Le tomo las manos, las acerco a mi rostro. Me da un beso en la mejilla. Cada quien toma sus pertenencias y se coloca en silencio su abrigo para descender. Me dirijo hacia la izquierda y ella hacia la derecha de la estación. Mientras la veo alejarse y me arrepiento de no haberle preguntado su nombre, veo que la espera una chica muy rubia, una amiga para llevarla a conocer la ciudad, quizás.  A mí me recibe mi hermana con un abrazo para asistir al funeral de nuestra madre, aunque quizás mi compañera de asiento suponga que me recoge mi novia o mi esposa. Me quedo con ese sabor dulce, esa voz y esos ojos fugaces que jamás voy a olvidar. Los dos siempre seremos el francés y la ecuatoriana anónimos que se enamoraron en una viaje de algo más de doce horas por tierra, viviendo un día a la vez.

    Última parada, Múnich. Son las 10:45 en punto.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 12/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade.

  • 11 lecciones de mis peores días

    11 lecciones de mis peores días

    La sangre salía como agua de una manguera. Después del golpe, recuerdo pedirle a mi primo, el conductor, que se detuviese. “¡Para Nando! ¡Mi pierna! ¡Me duele la pierna!”

    Tenía un dolor muy fuerte desde la rodilla hasta el tobillo. Cuando regresé a ver lo que había sucedido, mi pie derecho estaba destruido. Varios dedos amputados. Algunos huesos visibles. Mi novia, ahora mi esposa, y algunos amigos, heridos.

    Recuerdo ver bastante algodón (de un pequeño colchón que teníamos en el carro) volando por todas partes. Recuerdo pensar que tendría que perder el pie, el pie que había hecho tantos goles, el pie que me había conseguido varias ofertas de becas en universidades de los Estados Unidos.

    Pero esa no era mi mayor preocupación en aquel momento.

    Lo que me preocupaba era cómo llegaríamos al hospital más cercano. Estábamos posiblemente a una hora de algún centro de salud rural, pero a siete horas de la capital. Me desangraba tan rápido que ni el mejor de nuestros torniquetes, combinado a una toalla y funda de plástico, podían disminuir mi prematura palidez.

    En retrospectiva, no sé si ese día, a los 18 años, fue el peor día de mi vida, o cuando me extirparon el testículo izquierdo, a los 16, y tuve que dejar de hacer, por un tiempo, lo que los chicos de 16 años disfrutan haciendo.

    O cuando mi esposa en Navidad me reveló un secreto y me dijo que no estaba segura de si me amaba o si quería seguir conmigo después de 15 años de casados, dos hermosas hijas y toda mi familia invitada a cenar.

    O cuando mi mejor amigo murió trágicamente justo antes de su 30 cumpleaños (tal vez el día que más he llorado).

    O cuando recibí la llamada en que me decían de que mi hermano había sido atropellado y estaba en coma, con 20% de probabilidades de sobrevivir (una pesadilla que yo había tenido 3 décadas atrás). 

    O cuando mi esposa y yo decidimos regresar a Ecuador, después de haber vivido feliz y legalmente en Estados Unidos por 8 años, para invertir todos nuestros ahorros en una empresa que formamos en sociedad con mis padres. Estábamos llenos de ilusiones y expectativas. Pero éstas se destruyeron mucho más rápido de lo que nos costó construirlas, cuando nuestro primer cargamento se volcó en el trayecto a la bodega. En un instante perdimos miles de dólares, nuestros, de mis padres y de inversionistas. 

    ¿Mala suerte?

    Mientras me recuperaba del trágico accidente de tránsito que dejó como secuela, entre otras cosas, dedos del pie amputados y la planta y empeine deformados, así como la pérdida (temporal) de poder estudiar en el exterior con una beca, mi madre me abrazó, me dio un beso en la frente y me dijo: “algo debes estar haciendo mal”. 

    En ese momento estaba molesto. No podía creer que mi propia madre me culpara por algo que claramente no había sido mi culpa.

    No sólo eso. Jamás me había considerado alguien malo, mal educado, tramposo, corrupto, egoísta, o cualquier otra cosa que sea tan mala que merezca ese karma.

    Muchos años han pasado de esos días difíciles. Muchos libros. Muchas tazas de café. Muchas horas de meditación. Mucha escritura y reflexión. Y me he preguntado: ¿qué tal si en verdad todo es mi culpa? ¿qué tal si algo estaba haciendo mal?

    Es mágico cuando asumimos responsabilidad de nuestras vidas. Nos hacemos más grandes y más maduros cuando dejamos de culpar a otras personas o situaciones por lo que nos pasa.

    Si esos fueron los peores días de mi vida, en verdad soy extremadamente afortunado. Estos días han sido una bendición, cada uno con nuevas enseñanzas, cada uno con nuevos regalos y oportunidades que hoy resumo en 11 lecciones de vida, que me gustaría pasarlas a los lectores y a mis propias hijas:

    1. Seamos conscientes: cada acción tiene repercusiones más grandes de las que podemos imaginar. Recordemos que cada acción es una semilla que tiene la promesa de miles de bosques.
    2. Seamos agradecidos: la gratitud nos permite valorar los regalos de la vida. De la existencia e inexistencia, de lo difícil y lo fácil, de lo blanco y lo negro, aprendemos que siempre estamos llenos de bendiciones.
    3. Seamos de valor: cuando ayudamos a alguien, ayudamos al mundo y a nosotros mismos. Agreguemos valor ayudando a otros como si la ayuda fuese para nosotros. 
    4. Seamos proactivos: cada día podría ser el último. Vivamos plenamente, sin dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.
    5. Seamos íntegros: en nuestro interior sabemos lo que es correcto. No hay excusas. Hagamos siempre lo correcto. Vivamos nuestras vidas de tal forma que, si todo el mundo se enterará de todo, no tendríamos nada de qué avergonzarnos.
    6. Seamos resilientes: las caídas son inevitables. Son lecciones. Son oportunidades. Así que nunca nos rindamos en la búsqueda de nuestros sueños.  
    7. Seamos mejores cada día: la vida es un crecimiento continuo y la mejor forma de aprovecharla es dando nuestro mejor esfuerzo en todo lo que hagamos.
    8. Seamos tolerantes: una mente radicalmente abierta y un corazón empático nos permitirán entender mejor al universo y a la humanidad. Todos cometemos errores. Recordemos perdonar.
    9. Seamos impecables con nuestras palabras: lo que sale de nuestra boca es una representación de quienes somos. Nuestras palabras son tan poderosas que pueden hacer realidad lo que decimos. Usemos siempre palabras de amor, cariño, aliento y sanación.
    10. Sean nosotros mismos: cada persona es única. Usemos nuestros dones y talentos especiales para brillar y alumbrar el camino de los demás.
    11. Seamos personas de fé inquebrantable: no importan las creencias o religiones, recordemos que todos somos parte del universo y su milagrosa evolución. Permitámonos creer que lo que parece imposible es posible.

    Mientras recuerdo al algodón del colchón volando dentro del vehículo en el que nos accidentamos, creo ver un pequeño arco iris. Tal vez todo pasa por algo y para algo. De todas formas, poco perdura. Como dijo Virgina Woolf, “todo es efímero como el aro iris”.

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 7/12

    Autor: Santiago Carrillo

  • Fracaso

    Fracaso

    ¡A la mierda! ¿Qué pasó? Lo hice todo, me preparé… Mis padres han sido siempre mi referente, tan estudiosos, en todo momento sabían qué hacer… ¿Cómo puede ser que esto ocurra? Qué sensación tan rara. ¿Es miedo?, no lo había sentido así nunca. Intento controlar esto, pero estoy seguro que esas ganas de controlarlo todo es lo que hizo que termine así…

    ¿Y mis abuelos? Ellos también me formaron, me enseñaron a hacer las cosas bien, a ser fuerte, me repetían siempre: «Jorge, amor, vas a llegar lejos, eres muy inteligente», ¿cómo puede ser que haya llegado a esto? Siempre lo he calculado todo tan bien, tan organizado, tan preciso, ¿qué fue lo que falló? ¿Qué no supe ver?

    Qué sensación tan terrible, quiero llorar y no puedo, a la final era una decisión más… ¿Qué pasó? Ya solo las veo irse, y siento que nada de lo que soñé y pensé se dio, no lo logré, ¡Mierda! Está sensación se vuelve más profunda, será que le puse mucha cabeza, creo que no escuché, debe ser eso, pero ya es tarde, han decidido irse, las perdí…

    «Adiós Jorge, mi abogado te contactará, sobre nuestra hija, como acordamos, será solo los fines de semana, pero el domingo deberá estar en casa de mis padres antes de las 4pm»…

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 2/12

    Autor: Santiago Barragán

  • Mi nueva normalidad

    Mi nueva normalidad

    Sábado en la mañana, como cualquier otro, despierto junto a mi esposa, una sensación de malestar en mi cabeza me ata unos minutos más a la cama.  Haciendo un esfuerzo me levanto, me espera un día atareado. Se me nubla un poco la vista, lo atribuyo al malestar en mi cabeza y continuo mi rutina: desayuno, una taza de café, ducharme, prepararme para ir al mercado y luego a trabajar. Al abrir el garaje noto que la llave del candado ya no es la segunda sino la tercera, no presto mayor atención y saco mi vehículo. Conduzco hacia el mercado, en el trayecto pasamos junto a la panadería del barrio, podría asegurar que su nombre era Panadería Charito pero el logotipo dice Panadería Carlitos. Alguien toca su bocina… el semáforo está en verde. Entramos al mercado y luego de comprar frutas y vegetales, me dirijo al puesto 43 donde siempre compro la carne y el pollo. Noto cierta extrañeza en mi esposa.  Entiendo por qué cuando llego al puesto 43 y me encuentro con una vendedora de harinas. Mi esposa me dice: “Vamos rápido por la carne, el puesto 34 siempre se llena a estas horas y no quiero esperar, no necesitamos harina”.  Siempre he sido una persona que toma las cosas con calma, no digo nada y vamos por la carne. Empiezo a notar que algo no está bien, son varias cosas diferentes que he percibido. Luego de meditarlo un poco lo atribuyo nuevamente al malestar, guardo las cosas en el carro casi en modo automático, conduzco a casa y dejo a mi esposa con las compras en la cocina.  Me despido y acaricio a mi perro explicándole, como de costumbre, que voy al trabajo y regreso al medio día.

    Conduzco por media hora hasta llegar a la clínica, saludo a la recepcionista y subo las escaleras en lugar de ir por el elevador “para hacer ejercicio”.  En ese momento algo perturba nuevamente mi “normalidad” y esta vez es algo mucho más impresionante: las paredes internas las recordaba de color celeste y ahora son marrón… camino despacio mirando con extrañeza, los pacientes de otros consultorios me miran y murmuran, trato de disimular, me dirijo a mi consultorio, saludo a los pacientes que me esperan y enseguida empiezo con la atención.

    Sale el último paciente, me quedo solo y puedo ver a través de la puerta abierta la pared marrón del pasillo y nuevamente empiezo a pensar cómo puede ser posible. ¿Acaso de un día para otro pintaron todas las paredes interiores de otro color? Antes de preguntar al personal de limpieza me percato de que no existe ninguna evidencia de trabajos de pintura: no hay manchas en el piso, no hay olor a pintura fresca y todo parece igual que el día anterior… excepto el color marrón de las paredes. No sé qué pensar, en eso un mensaje de mi esposa me trae de nuevo a la realidad; pregunta si ya estoy por terminar para ir a casa, comer y luego viajar a visitar a mi suegra, respondo que voy enseguida.  Al salir, dudo si preguntar o no a la recepcionista si habían pintado de otro color las paredes, pero me doy cuenta de que es imposible que en una sola noche lo hayan hecho.

    Mientras comemos mi esposa nota mi intranquilidad, su mirada la delata. 

    Emprendemos el viaje a casa de mi suegra, son 3 horas de camino, como siempre conduzco yo. En la autopista de salida de la ciudad, nuevamente esa sensación de ver cosas diferentes me inunda: radares de control de velocidad en sitios diferentes a los que recordaba.  Además, cuando la señal de la radio es escasa, mi esposa conecta su celular y empieza a poner música.  Luego de unas tres canciones noto que está poniendo música ranchera. Recuerdo claramente que hace 15 días hablamos del tema y me dijo que ese no era su género favorito. Pero hoy es diferente. En la cuarta canción noto que además de tararear las está cantando, como si siempre le hubieran gustado esas canciones.

    Llegamos a un puente que hay al final de una serie de curvas, al final del mismo siempre hay una persona que vende helados, pero nunca nos detenemos. Hoy el local ya no está a la izquierda sino a la derecha. “Seguro lo cambiaron de lugar, al fin y al cabo es un kiosco pequeño”, pienso, tratando de tranquilizarme.

    Cerca de llegar a un pueblo famoso por hacer licor de agave, donde hay puestos de venta junto a la carretera, me quedo perplejo, ahora todos los puestos venden vino…

    No aguanto más, algo está mal, detengo el vehículo y le cuento todo a mi esposa a mi esposa. Me dice que me tranquilice y que será mejor que ella conduzca a partir de ahí. Acepto y cambiamos de lugares. Me extraña que su reacción no sea de incredulidad o incluso de burla. Arranca el auto, voltea a verme y me dice: “Te creo, nunca me llamas por mi primer nombre, sabes que lo odio, amaneciste en mi lado de la cama; te pusiste esa ropa que no usabas en años; volviste a tomar café; en el mercado estabas desubicado; le hablaste al perro; casi no disminuyes la velocidad en la zona de radares; siempre me compras un helado en la carretera y un vino para regalarle a mi mamá, y no lo hiciste”.

    “Pero hay algo más…”, me dice con el semblante muy serio, “no es la primera vez que pasa. Pero no te preocupes, ellos saben cómo ayudar a los “viajantes de universos” como los llaman, así que los puse en alerta desde la mañana.  Comprendo a lo que se refiere cuando dos vehículos blindados de vidrios oscuros se colocan uno adelante y otro atrás del nuestro.  Una lágrima cae por su mejilla y dice: ojalá esta vez sí puedan ayudarme a encontrar a mi esposo.

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 9/12.

    Autor: Milton Guamán.

  • A través de la pantalla…

    A través de la pantalla…

    Actualmente es bastante común que las personas se conozcan y se enamoren a través de una pantalla, la tecnología, que no parece tener límites, nos acerca cada día más a las personas que se encuentran del otro lado, incluso en otra parte del mundo.

    Yo soy uno de los afortunados que cuentan con dicha tecnología. Sin embargo, para mí esto era toda una proeza cuando empezó todo… en la casa era imposible hacerlo, así que tenía que ir al lugar correcto para poder verla, la imagen no era la mejor, pero bastaba para sentirme en las nubes… de hecho, ella ni siquiera podía verme porque yo no tenía una cámara que me permitiera mostrarle mi rostro, para que pudiera ver cuan feliz era cada mes, cuando ese día llegaba. Ella, por otro lado, escuchaba perfectamente mi voz y yo podía ver su sonrisa en la pantalla cada vez que le decía cuánto la quería. 

    Transcurrían los meses y era inevitable irme enamorando más y, aunque nos comunicábamos todos los días, aquel día del mes era el más esperado, el más especial, el que te pone el corazón chiquito, ese instante en que te hace morir de ganas de pasar a través de esa pantalla y comértela a besos sin esperar un minuto más.

    El sentimiento se volvió casi culposo, no entendía cómo me pasó, aún no nos conocíamos, no nos tocábamos, no se mezclaban nuestros olores, no nos podíamos dar ni siquiera un beso y yo ya sentía más amor por ella que el que había sentido por mi propia esposa en su momento, pero así es la vida.

    Al fin, había una fecha y un lugar, todo se había dado a la perfección para planear ese encuentro tan anhelado por ambos. El sentimiento se volvía confuso, incertidumbre, nervios, ansiedad, mariposas en el estómago mientras el día se acercaba cada vez más. En el último mes los encuentros por la pantalla se hicieron más frecuentes, una vez cada semana, confirmando esa ansiedad que teníamos por vernos y reafirmar lo que ya sabíamos, que nos amábamos y no podríamos estar el uno sin el otro nunca más.

    La noche anterior fue casi imposible conciliar el sueño, al fin y al cabo era justamente eso, un sueño a punto de convertirse en realidad, quizá por eso no quería dormir, por el temor de despertar y descubrir que solamente estaba en mi imaginación, pero finalmente terminé rendido por el cansancio que había generado esa tensión sin sentido.

    La alarma hizo su trabajo, me anunciaba que el día había llegado, a mi lado, mi esposa aún dormía y yo me preguntaba que iría a pasar con nosotros después de ese día. Las horas seguían pasando y la ansiedad crecía dentro de mí, no se ha comunicado desde ayer repetía mi cerebro y eso me llevaba a un grado de preocupación, de la alegría al temor. 

    Finalmente y con impaciencia me visto y me preparo para el gran encuentro. Me dirigí al lugar casi en piloto automático, mi mente daba vueltas, me sentía como aturdido, todo se escuchaba distante, las personas pasaban junto a mí y yo seguía mi camino, había reservado de antemano el lugar, así que les di mi nombre en recepción y en seguida me acompañaron a mi lugar. Los minutos pasaban lentamente y mi corazón latía cada vez más fuerte. Saqué una foto que tenía de ella, una que me dieron imprimiendo de una captura de pantalla que le había tomado en uno de nuestros encuentros virtuales, quería recordar bien su cara, sólo por si acaso.

    Se escuchó el teléfono en el fondo y oí mi nombre, al poco rato la chica de la recepción se acerca hacía mí y me dice que hubo un contratiempo y que va a tardar en llegar, que por favor la espere. Pido un café para calmar mis nervios.

    Tardó más de una hora y media en llegar, y no, yo no estaba molesto en absoluto, me sentí aliviado cuando se abrió la puerta y la vi entrar al fin, ya no era un sueño, en ese mismo instante se convertía en una hermosa realidad. Me acerqué, la miré, era idéntica a la fotografía que cargaba, era perfecta, sus ojos plomizos, su cabello rubio, sus labios gruesos, su cuerpo con rollitos que hacían juego con sus mejillas redonditas, la tomé con fuerza, la apreté contra mi pecho y dándole un gran beso le dije sin dubitaciones, “Hola ‘Mi Amor’, no sabes cuánto esperé este día”, y ella tal como en la pantalla me regalaba otra gran sonrisa.

    Después de ese momento entendí por qué se llama hacer el Amor, y es porque justamente de ese acto salieron los amores de mi vida. Sí, esa bella historia de amor se repitió dos veces más, y les puedo asegurar que se puede amar a más de una mujer, por supuesto todas son celosas, así son las mujeres, y yo, muy feliz, podría hasta decir que me gasto toda mi plata en mujeres…

    Dedicada a los amores de mi vida, mis 3 hermosas hijas.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 7/12

    Autor: Andrés Acosta.