“¡Qué nervios! ¿Cómo puede ser que después de más de 40 años, siga poniéndome como un flan cada vez que salgo al escenario?” Don Luis, oboísta de profesión, nunca dejó de sentir ese inmenso respeto por su público que mostraba cada vez que se subía al escenario.
Su iniciación en la música comenzó desde muy niño. Tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia a la que, sin realizar excesos, no le faltaba de nada para la época. Siendo aún un adolescente de 16 años, ingresó en el Real Conservatorio de Música de Madrid y desde entonces destacó por su disciplina y habilidad a la hora de tocar su amado Oboe. Con los años, obtuvo cientos de premios y condecoraciones, y consiguió ganarse la vida con lo que más le llenaba el alma: ¡La música!
Mientras se colocaba correctamente el nudo de la corbata y acicalaba la levita del frac para salir ante su público, siempre se acordaba de su mujer y su hija, que esa noche no podían acompañarle: “¡Vamos Princesas mías, la actuación de hoy va por vosotras!
Ya casi todo estaba preparado. Tenía su instrumento reluciente como siempre. Lo mimaba como a un bebé entre algodones. Al fin y al cabo, era su herramienta de trabajo y el que conseguía que todas las tristezas del mundo desaparecieran con tan solo tocar la primera nota.
El pulso se le aceleraba por momentos. Eran ya casi las ocho de la tarde. Al otro lado, ya se escuchaba el murmullo de los espectadores acomodándose, impacientes por escucharle tocar. Esa noche, el Auditorio Nacional estaba rebosante. No había un solo asiento libre. Hoy él sería el gran protagonista. Tocaría un solo de Vivaldi.
Toc toc, sonó la puerta… “Maestro. Ya está todo listo. Cuando desee puede salir al escenario”, le indicó Maca, su ayudante de camerino, quien siempre le acompañaba en sus actuaciones diarias. “Muchas gracias chiquillita”, le contestó cariñosamente Don Luis con una sonrisa de oreja a oreja; y llegó el momento que tanto había esperado.
Cuando puso un pie en el escenario, la sala estalló en aplausos para recibirle. Como cada vez que lo hacía, sentía una inmensa emoción que le recorría el cuerpo, como si de un chute de energía se tratara. Todos estaban ahí impacientes por escucharle tocar. Los aplausos cesaron tras cinco largos minutos que le sobrecogieron el corazón. Y por fin, ante el silencio, llegó su turno. Apretó con delicada firmeza el oboe, y comenzó la melodía.
Toc toc… “¡adelante!”, dijo Maca con voz tenue. “La puerta está abierta”.
“Hola Maca ¿cómo está el maestro hoy?”, preguntó Silvia con gran ansiedad.
“¡Formidable, como siempre! ¡Ya sabes cómo disfruta con su música el público!”, dijo Maca.
Silvia, miró al fondo de la habitación y vio a su padre en el balcón, tocando su maravilloso e inseparable oboe, como en los viejos tiempos. Se le escapó un suspiro de amor y los ojos se le humedecieron, al tiempo que contuvo la respiración para evitar romper a llorar. Las dos se quedaron de pie, observando, en silencio, mientras el maestro acababa su concierto.
“Es alucinante el cambio que ha experimentado mi padre, Maca. Hace apenas dos meses, no recordaba ni quien había sido, ni siquiera a su amado oboe, y hoy está ahí tocando Vivaldi sin partitura, como si jamás hubieran fenecido sus memorias.”, dijo Silvia presa de la emoción del momento.
No pudo más, y rompió a llorar. Jamás pensó que volvería a ver a su querido padre, disfrutando de nuevo de su gran pasión, ¡La Música!.
Desde hacía 8 años, coincidiendo con la muerte de su madre, Don Luis perdió los recuerdos. Al inicio, le diagnosticaron demencia senil, pero en poco tiempo su enfermedad avanzó hasta sumirse en un profundo alzhéimer. Ya no reconocía a su hija. No recordaba quién era ella, cuando cada tarde, después del trabajo, Silvia se acercaba a la residencia donde su padre vivía cuidado por excelentes profesionales.
“Te agradezco mucho Maca todo lo que haces por mi padre.”
“No tienes por qué Silvia.”
Resulta que desde que comenzó el confinamiento por esta pandemia que estamos sufriendo, y empezaron los aplausos espontáneos de los vecinos a los sanitarios, Don Luis piensa que ellos salen a aplaudirle a él, y milagrosamente, todos los días a las 8 de la tarde, recobra la memoria por unos minutos y comienza a tocar su oboe.
“La Dra. Castillo está fascinada con la evolución.” Continuó Maca. “Dice que, aunque sea de manera intermitente, esta situación que estamos viviendo, y los aplausos puntuales de cada día, han hecho que tu padre tenga momentos de lucidez, y eso se traduce en su estado de ánimo general que tiene desde que todo esto empezó”.
De repente, la música cesó. Maca y Silvia se quedaron inmóviles y tras unos segundos de silencio, aplaudieron con todas sus fuerzas al gran maestro.
Don Luis se levantó, giró a sus espaldas y se inclinó como muestra de agradecimiento a sus dos bellas espectadoras. Pero a diferencia de los días anteriores, Don Luis se paralizó y dijo sorprendido:
“Hija, ¡al final has alcanzado a venir a verme!”
Una de tantas historias incompletas de una Pandemia.
Esta es la última historia de la serie…
Autora: Mayte Murillo Lombó
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