Categoría: Pandemia

  • La ovación

    La ovación

    “¡Qué nervios! ¿Cómo puede ser que después de más de 40 años, siga poniéndome como un flan cada vez que salgo al escenario?” Don Luis, oboísta de profesión, nunca dejó de sentir ese inmenso respeto por su público que mostraba cada vez que se subía al escenario.

    Su iniciación en la música comenzó desde muy niño. Tuvo la suerte de nacer en el seno de una familia a la que, sin realizar excesos, no le faltaba de nada para la época. Siendo aún un adolescente de 16 años, ingresó en el Real Conservatorio de Música de Madrid y desde entonces destacó por su disciplina y habilidad a la hora de tocar su amado Oboe. Con los años, obtuvo cientos de premios y condecoraciones, y consiguió ganarse la vida con lo que más le llenaba el alma: ¡La música!

    Mientras se colocaba correctamente el nudo de la corbata y acicalaba la levita del frac para salir ante su público, siempre se acordaba de su mujer y su hija, que esa noche no podían acompañarle: “¡Vamos Princesas mías, la actuación de hoy va por vosotras!

    Ya casi todo estaba preparado. Tenía su instrumento reluciente como siempre. Lo mimaba como a un bebé entre algodones. Al fin y al cabo, era su herramienta de trabajo y el que conseguía que todas las tristezas del mundo desaparecieran con tan solo tocar la primera nota.

    El pulso se le aceleraba por momentos. Eran ya casi las ocho de la tarde. Al otro lado, ya se escuchaba el murmullo de los espectadores acomodándose, impacientes por escucharle tocar. Esa noche, el Auditorio Nacional estaba rebosante. No había un solo asiento libre. Hoy él sería el gran protagonista. Tocaría un solo de Vivaldi.

    Toc toc, sonó la puerta… “Maestro. Ya está todo listo. Cuando desee puede salir al escenario”, le indicó Maca, su ayudante de camerino, quien siempre le acompañaba en sus actuaciones diarias. “Muchas gracias chiquillita”, le contestó cariñosamente Don Luis con una sonrisa de oreja a oreja; y llegó el momento que tanto había esperado.

    Cuando puso un pie en el escenario, la sala estalló en aplausos para recibirle. Como cada vez que lo hacía, sentía una inmensa emoción que le recorría el cuerpo, como si de un chute de energía se tratara. Todos estaban ahí impacientes por escucharle tocar. Los aplausos cesaron tras cinco largos minutos que le sobrecogieron el corazón. Y por fin, ante el silencio, llegó su turno. Apretó con delicada firmeza el oboe, y comenzó la melodía.

    Toc toc… “¡adelante!”, dijo Maca con voz tenue. “La puerta está abierta”.

    “Hola Maca ¿cómo está el maestro hoy?”, preguntó Silvia con gran ansiedad.

    “¡Formidable, como siempre! ¡Ya sabes cómo disfruta con su música el público!”, dijo Maca.

    Silvia, miró al fondo de la habitación y vio a su padre en el balcón, tocando su maravilloso e inseparable oboe, como en los viejos tiempos. Se le escapó un suspiro de amor y los ojos se le humedecieron, al tiempo que contuvo la respiración para evitar romper a llorar. Las dos se quedaron de pie, observando, en silencio, mientras el maestro acababa su concierto.

    Es alucinante el cambio que ha experimentado mi padre, Maca. Hace apenas dos meses, no recordaba ni quien había sido, ni siquiera a su amado oboe, y hoy está ahí tocando Vivaldi sin partitura, como si jamás hubieran fenecido sus memorias.”, dijo Silvia presa de la emoción del momento.

    No pudo más, y rompió a llorar. Jamás pensó que volvería a ver a su querido padre, disfrutando de nuevo de su gran pasión, ¡La Música!.

    Desde hacía 8 años, coincidiendo con la muerte de su madre, Don Luis perdió los recuerdos. Al inicio, le diagnosticaron demencia senil, pero en poco tiempo su enfermedad avanzó hasta sumirse en un profundo alzhéimer. Ya no reconocía a su hija. No recordaba quién era ella, cuando cada tarde, después del trabajo, Silvia se acercaba a la residencia donde su padre vivía cuidado por excelentes profesionales.

    “Te agradezco mucho Maca todo lo que haces por mi padre.”

    “No tienes por qué Silvia.”

    Resulta que desde que comenzó el confinamiento por esta pandemia que estamos sufriendo, y empezaron los aplausos espontáneos de los vecinos a los sanitarios, Don Luis piensa que ellos salen a aplaudirle a él, y milagrosamente, todos los días a las 8 de la tarde, recobra la memoria por unos minutos y comienza a tocar su oboe.

    “La Dra. Castillo está fascinada con la evolución.” Continuó Maca. “Dice que, aunque sea de manera intermitente, esta situación que estamos viviendo, y los aplausos puntuales de cada día, han hecho que tu padre tenga momentos de lucidez, y eso se traduce en su estado de ánimo general que tiene desde que todo esto empezó”.

    De repente, la música cesó. Maca y Silvia se quedaron inmóviles y tras unos segundos de silencio, aplaudieron con todas sus fuerzas al gran maestro.

    Don Luis se levantó, giró a sus espaldas y se inclinó como muestra de agradecimiento a sus dos bellas espectadoras. Pero a diferencia de los días anteriores, Don Luis se paralizó y dijo sorprendido:

    “Hija, ¡al final has alcanzado a venir a verme!”

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia.

    Esta es la última historia de la serie

    Autora: Mayte Murillo Lombó

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  • El lapsus de una madre en tiempos de COVID-19

    El lapsus de una madre en tiempos de COVID-19

    Acabo de subir a mi cuarto para llorar…

    Sé que eso no va a resolver nada, pero después de tantas horas tratando de ser fuerte, y sin poder dormir, mi corazón no pudo más.

    Y para no preocupar aún más a mi familia he elegido romper en llanto por unos minutos en la soledad de mi habitación.

    Siempre me han dicho que soy una mujer fuerte, y sí, la mayor parte del tiempo me he sentido como tal, toda mi vida he estado dispuesta a afrontar lo necesario para sacar adelante a los que más quiero. Sin embargo, esas antiguas batallas siempre tenían enemigos visibles o conocidos contra quienes luchar…

    Ahora cuando el enemigo es desconocido e imperceptible a los sentidos: ¿Cómo puede una mujer fuerte seguirlo siendo? ¿Cómo serlo ante la posibilidad de que el temor más grande de tu vida se convierta en realidad? ¿Cómo serlo cuando te das cuenta de que no puedes garantizar que el aire que respiran tus hijos sea bueno para ellos? ¿Cómo serlo cuando algo que parece ser una simple gripe los postra y en tu mente solo giran las peores preguntas y temores, que no te atreves a compartir? ¿Cómo serlo?…

    En este corto lapso de tiempo no he logrado encontrar respuestas, pero he tenido que enjuagar rápidamente mis lágrimas pues mi hijo mayor me ha llamado y es hora de la medicina para la fiebre de mi hija menor… debo volver a la imagen de fortaleza que ellos conocen, dejando a un lado mis propios temores y pidiendo a la vida desde lo profundo de mi corazón que todo este caos solo se convierta pronto, en un lejano recuerdo de nuestra memoria.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Bonus 2 de 3.

    Autora: Silvia Sofía Pesantes Merchán.

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  • El viaje

    El viaje

    Mi mentora y entrenadora me presiona para que agilice mis actividades antes de mi viaje. Todo debe estar listo y sincronizado a la hora exacta de la salida, ni antes, porque no estarían los otros tripulantes ni el capitán, ni después, porque seguro perdería mi vuelo.

    Me visto presurosa con mi traje espacial. La seguridad y comodidad son un factor importante para este viaje según mi entrenadora, que además me recuerda que hasta mi cabello debe acomodarse de forma correcta: “un cabello desalineado interferiría de forma crítica con el intercomunicador galáctico y un peinado radical haría que los demás tripulantes no te reconozcan, o peor aún, que no lo haga el capitán me indica de forma rápida”; ¡Él debe saber que estás ahí!.

    Antes de partir a mi viaje la entrenadora vigila muy de cerca que cumpla con mi dieta. Estos viajes requieren buena preparación física para enfrentar los desafíos que vendrán, así que devoro una buena parte de las porciones energéticas dispuestas en mi plato mientras siento el peso de la mirada de mi entrenadora diciéndome ¡APÚRATE! Además se asegura que las preparaciones novedosas que ha puesto en mi plato, salidas de un “cookbook” para astronautas, lleguen directo a mi estómago. Sus ojos miran impacientemente mi comida, el reloj y la pantalla de su dispositivo 6G de donde revisa al detalle todos los datos del viaje que estoy por emprender.

    Después de cepillar mis dientes, “sería un pecado no hacerlo de acuerdo a la filosofía de mi entrenadora”, tomo rápidamente mi mapa galáctico, mi bitácora y mis herramientas de navegación estelar… ¡estoy lista!

    Llegó el momento, me siento en la silla de pilotaje de mi nave, he probado mi intercomunicador galáctico y el sonido es fuerte y claro. Mi cámara de navegación está lista, tengo una vista perfecta de mi galaxia, las coordenadas están ingresadas y solo falta presionar el botón START. Mi entrenadora me da las últimas indicaciones, ajusta el intercomunicador, revisa la pantalla y hasta mi silla, “nunca está de más dice” y continua con un: “Entonces ya estamos listas 3… 2… 1…”

    Despego y aunque los comandos todavía no me son tan claros, los voy perfeccionando con cada viaje de acuerdo a la expresión de mi entrenadora; a veces me veo obligada a aprender durante los viajes las configuraciones para no perder el tiempo con preguntas.

    Tras varias millas de viaje he perdido toda comunicación con mi entrenadora, pero al parecer otros tripulantes siguen en contacto con los suyos; lo sé por la interferencia en mi intercomunicador galáctico. Estas interferencias hacen que el capitán decida bloquear toda comunicación con el exterior de la nave para evitar distraerse y ahora solo él nos da instrucciones. Hay algunas preguntas, pero estamos listos para el viaje a una nueva galaxia.

    La pantalla me permite ver el más misterioso de los paisajes cósmicos. Estrellas se acercan a una velocidad increíble como si pareciese que fueran a chocar contra la nave y meteoritos pasan tan cerca que todo el fuselaje tiembla. Me aferro a los controles, verifico el cinturón de mi silla, repaso mentalmente cada instrucción de mi entrenadora y así logro pasar ilesa cerca de varios cometas que por poco golpean los propulsores de mi nave. La navegación se vuelve complicada y varios planetas giran sobre líneas imaginarias amorfas, por lo que debemos afinar el curso del vuelo para evitar estrellarnos contra ellos o contra sus satélites. ¡Parece que la nave es un imán para toda clase de cuerpos siderales!

    El capitán hábilmente ajusta las coordenadas del viaje estabilizando la nave, mientras tanto yo sigo al detalle todas las instrucciones y ágilmente completo los comandos en mi pantalla de control. De pronto pienso: “Me gustaría tanto tomar fotografías de lo que estoy viendo… estoy segura de que mi entrenadora no me creería todo lo que puede encontrar en estas galaxias lejanas con las que ella apenas sueña”.

    El capitán anuncia: “El rastreador astral está guardando toda la señal del viaje”. Esa noticia me agrada pues mi entrenadora podrá revisar el vuelo y consultar cualquier detalle crítico para mi próxima misión.

    Luego de un giro forzado, por fin podemos ver la estrella brillante de color púrpura, parece que estuviera más cerca de lo que se ve en la ventanilla de la cabina. Nos acercamos a cumplir con el objetivo del viaje, “recopilar la mayor cantidad de información posible sobre este cuerpo celeste durante el tiempo que dure la misión”. Desde los sensores ubicados en el sistema de maniobra orbital se toma todo tipo de datos de esta estrella, para que luego en tierra los científicos puedan descifrarlos y entenderlos. Han pasado varios minutos y las losetas de protección térmica ubicadas en la parte inferior de la nave indican peligro de calentamiento, las señales de advertencia iluminan de rojo la pantalla de control. El capitán se apresura y da varias indicaciones de manera muy rápida. Toda la tripulación verifica posiciones de control y la nave da vuelta. “Debemos regresar lo más pronto posible a la base ¡el tiempo se agota!” se escucha en la nave. De forma turbulenta mi vuelo termina y apenas logro despedirme de la tripulación cuando el capitán me indica que ha registrado mi nombre.

    Tengo todas las indicaciones en mi bitácora de viaje, al menos eso espero. Dejo mi intercomunicador galáctico a un lado de mi bitácora, aún siento el sonido interestelar en mis oídos, bajo cuidadosamente de la nave a la pista de aterrizaje donde mi entrenadora me recibe con un cálido abrazo y un: “Daniela apúrate, tu siguiente clase por Zoom empieza en 30 minutos, aquí está el link, pero antes hijita un lunch. ¿Anotaste todo lo que dijo el profesor?”

    Le contesto de inmediato, ¡si mami!, está en mi libretita junto a mis audífonos.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Bonus 1 de 3.

    Autora: María Gabriela Escudero.

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  • El primer Apocalipsis de Nico

    El primer Apocalipsis de Nico

    Pre pandemia:

    Nico tiene 9 años y desde pequeño fue muy activo, no paraba ni un segundo. Siempre corriendo. Sentarse a almorzar era para marearse, se levantaba de la mesa a cada momento, daba unas cuantas vueltas y se sentaba a seguir comiendo. Llamaban de la escuela, “Señora, Nico termina de hacer una actividad, se levanta y sale del aula a jugar sin decir nada a nadie, sin pedir permiso. No sigue las normas”. “Dios mío, ¿está haciendo mal sus tareas? ¿No está aprendiendo?”. “De hecho absorbe muy bien la clase impartida, parece que no me está prestando atención, pero cuando le pregunto algo sabe la respuesta. Cuando termina una actividad, se aburre esperando que los demás terminen, creo que por eso simplemente coge el camino y se va”.

    Nico creció haciendo varias actividades extras, bajo recomendación de expertos, pues era incansable. A parte de la escuela, tenía clases de música dos días a la semana, clases de baloncesto dos días a la semana; y desde que era bebé aprendió dos idiomas.

    Para mantenerse divertidos durante los largos viajes en auto, él y su madre decidieron aprender juntos un nuevo idioma. A Nico le divertía mucho pronunciar muy bien las canciones de pop en chino y de memoria, mientras su madre no daba pie con bola. Solían leer los números de placa de los autos en chino y era muy divertido. Con su papi, las actividades físicas eran lo máximo. Salían a caminar con su perro “Légolas” e iban a la piscina.

    Hace un año descubrió la magia de Fortnite y creó una comunidad en línea con sus compañeros de la escuela, jugaba sólo sábados y domingos en la tarde. Su energía siempre fue interminable, sociable a morir y su alegría era infinita; sus 10 horas de sueño por las noches contribuían mucho en eso. Para su madre la clave era el balance.

    Durante la pandemia:

    Nico se siente atrapado y no quiere hacer nada. Todo le molesta. Empezó a dedicarle muchas horas a los juegos de video; jugaba en línea con sus compañeros de clase y les sentía cerca, pero su estado de ánimo empezó a cambiar. Sus padres tuvieron que restringir su tiempo de juego. Cualquier cosa que le pedían que haga contestaba con gritos. Un día llorando y gritando le dijo a su mamá que lo único que quiere es volver a la escuela y jugar con sus amigos. ¡Qué impotencia! De nuevo a consultar a expertos y cambiar todo el esquema.

    Su madre recibió comentarios de amistades tales como “Ay, es que al pobre siempre le tuviste saturado de actividades, por eso está así”; “Lo que está pasando debería hacerte pensar que a Nico le obligabas a hacer muchas cosas, y eso debía parar, es un llamado para ti”.

    Su madre se descolocó. ¿Era mi culpa lo que estaba pasando? ¿Esclavicé a mi hijo por cultivar su gusto por la música? ¿Esclavicé a mi hijo por ponerle en clases de su deporte favorito? ¿Fue crueldad infantil enseñarle dos idiomas? ¿Soy una bestia porque empezamos a aprender chino juntos? Lloró, lloró mucho. Se sintió culpable por el sufrimiento de su hijo, por un momento creyó lo que los demás veían desde afuera. Cuando su hijo se durmió habló con su esposo y llorando le expuso sus fallas y la conclusión que sus amistades tenían sobre la actitud actual de Nico. Como siempre, sólo necesitó una frase suya para volver a la realidad, para encontrar su norte de nuevo.

    Esperó dos días y mientras jugaban se sentó frente a Nico y le dijo “mi amor, me gustaría que hagamos un break con música y chino, ¿qué te parece si descansamos un tiempo?” “¿¡Mami qué te pasa!? ¿¡Por qué me dices eso!? ¡Ya estás como mis amigos que piensan que tú me obligas a aprender!” “¡No quiero dejar mis actividades, lo único que quiero es volver a mi vida normal, quiero mi vida de vuelta!”

    Nico acaba de cumplir 10 años y lleva casi 2 meses encerrado, se le nota más tranquilo, más sereno. Ya se está acostumbrando a su nueva vida. Incluso decidió por cuenta propia dar tutorías a un compañero de música que tuvo de dejar sus clases virtuales; Nico no quiso que su compañero se quede sin la oportunidad de aprender. Su madre se siente muy orgullosa de él.

    El otro día Nico le dijo: “Mami, quiero aprender italiano, hoy empiezo las lecciones” y lo primero que ella pensó fue “mierda, ahora si me van a caer todos”.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 12/12

    Autora: María José Montalvo

    Para leer esta historia en inglés, por favor haz click en el siguiente Link: http://www.cupcakesharmony.com/nicos-first-apocalypse/#more-1155

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  • Cuarentena entre cuatro

    Cuarentena entre cuatro

    No sé qué día es, qué momento, qué minuto. Solo sé que todo mi mundo, así como el tuyo, cambió. En un abrir y cerrar de ojos, tenía todo lo que había soñado siempre.

    Trabajo desde casa, familia unida, los cuatro juntos, más tiempo con mi bebé sin dejar de trabajar, todo de un momento al otro.

    Pero no sabía por dónde empezar, habían pasado ya algunos días y se empezaba a sentir el «encierro». Esos instantes en los que terminas pensando los cómos, cuándos y porqués de la situación. Que si los casos, que si las estadísticas, que si suben o bajan o si ¿dicen la verdad? Me freno y mi mente me juega una mala pasada; me dice: “sigue buscando las respuestas”… pero no, yo soy más fuerte y me las ingenio para cambiar los pensamientos y jugar al juego del “positivo”. Todo pasa y nada es para siempre; empiezo a hacer esfuerzos mentales para empujar con todas mis fuerzas todo lo negativo y analizar lo positivo. Ese es el momento más difícil, ¿Qué es lo positivo? y me empiezo a responder a mí misma.

    El nuevo modo de vida, no tan rutinario ni tan convencional llegó con diferentes emociones que analizar; jugar el juego de descubrirlas, ponerles nombre y finalmente ayudar y apoyar para que todo avance armoniosamente. Que las videollamadas, los grupos y todo aquello que antes era para mí un mundo dentro del celular, se han convertido en las armas más imprescindibles para manejar la situación, pero ese es otro cuento que algún momento les contaré.

    A pesar de todo, siempre he sido de las que me encanta buscar el lado positivo de las situaciones y menos mal, tengo como aliados a ellos… Él es quien cada que puede me recuerda diversas situaciones de cuarentena que nos han hecho más graciosos, más llevaderos, más “encuarentenados”, más humanos y más anecdótico nuestro transitar por el momento y la vida; no sin antes recordarme siempre que no se puede salvar la tierra siempre que se quiere.

    Luego viene ella, ese pequeño ser de cuatro años que cambia el mundo y lo hace de colores con solo una sonrisa. Esa sonrisa que me invita a seguir, a dejar fluir lo negativo y seguir pensando en lo positivo. A caminar de su mano para ver el colorido camino que hace dentro de su día a día. No crean que es tan fácil, es simplemente ver las cosas desde su rutina, sus clases virtuales y su final «exigencia» de hacer la “acccctividad” para presentarla en la clase de la tarde. No siempre coloreamos, no siempre usamos témperas, a veces solamente conversamos fluidamente de cómo ha sido su día para que ella me inyecte esa vitamina de doctora y me dé la energía que necesito para seguir. 

    Todo esto me recuerda a algo. Un día, antes de su sesión virtual de la mañana, me acerqué a ella y le abracé fuertemente, ella respondió mi abrazo y me llenó, como acostumbra, de su energía pura, terminando el abrazo en un «mami te amo». Luego empezó su clase y para mi sorpresa, le contó a su profe con todos los detalles lo rico que había sido el «abrazo de mamá» y le dijo a su profe que los brazos de mamá le relajaban y sentía mucha ternura. Finalizó la clase, hicimos juntas la actividad y al volverse a conectar en el cierre de clase, su profe les contó que gracias a sus palabras ella llamó a su mamá para recordarle lo mucho que la extrañaba con «una basurita en el ojo»; le agradeció a ella y terminaron la clase. Es así como yo podría pasar horas contando las ocurrencias, logros y hazañas de ella, pero por el momento vamos a hablarles del último y más reciente integrante.

    Ese pequeñito tiene muy poco tiempo aquí en la tierra como para entender lo maravillosa y beneficiosa que le ha resultado la cuarentena. Ha aprovechado de toda la familia en la casa, con cuidados y atenciones, mamá a tiempo completo con él y disfrutar de verlo crecer sus primeros meses, creo yo, es uno de los mejores regalos que «la gripe del murciélago» nos trajo a los cuatro. Es diferente dejar a un bebé de tres meses de edad para irse a trabajar, que pasar pegaditos y juntos durante todo el día.

    Eso sí, no faltan los días en los que me pongo a pensar cómo será cuando regresemos a lo que llamamos rutina, pero me sigue emocionando cada día que pasamos juntos y revueltos en las aventuras del COVID.

    Pero para eso tengo tiempo de sobra cuando me despierto en plena madrugada. En esos momentos de profundo pensar sobre qué logré y qué estoy por lograr. Sentirme orgullosa de que no puedo pedir más de lo que tengo y agradecer porque finalmente algo bueno nos traerá.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 11/12

    Autora: Isabel Mora

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  • 45 días de un encierro a la fuerza

    45 días de un encierro a la fuerza

    45 días de un encierro a la fuerza. Increíble yo fui el tonto quien dijo que viendo las proporciones de lo ocurrido en Wuhan deberían ponerse de acuerdo todos los líderes del mundo y guardarnos 30 días todos al unísono. Hoy parecen eternas las horas que hemos pasado tras cuatro paredes, me siento bendecido de estar junto a personas amadas y sabiendo que ningún ser querido ha sucumbido a este virus que ya va cobrando más vidas de las que algunas personas pensaron. A ratos es incontrolable sentir tristeza pues parece no tener fin. No, no me refiero a la pandemia, me refiero a la miseria humana, que ante la impotencia de todos nos muestra a diario el egoísmo de quienes hacen caso omiso a la restricción no por necesidad sino por necedad y qué decir de quienes gobiernan mi país, que no se conduelen de un pueblo sumido en una pobreza generada por ellos mismos y sus antecesores y una vez más aprovechan para llenar sus bolsillos de dinero. Otra vez me detengo a pensar en lo afortunado que soy, puedo quedarme en casa, mientras me entero que la esposa de don Jorge el panadero del barrio que necesita sus ingresos diarios para mantener a sus tres hijos y a su madre se encuentra en estado de gravedad en algún hospital pues se contagió del virus, ahora la mitad del barrio sufre porque salían a comprar el pan en aquel lugar. Ahora no se sienten tan ajenos, tan valientes, tan sobre humanos… ¡Vamos! por los que valen la pena, una semana más.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 10/12

    Autor: Andrés Acosta

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  • ¡PAQUITO!

    ¡PAQUITO!

    ¿Qué cree que los sueldos se pagan solos Anita? Necesito conseguir a Paco ya o esta oportunidad se nos va. Informe al ministro que estaré en el hospital todo el día hasta cerrar la entrega de mascarillas.

    Deslizo mi dedo por el celular buscando el nombre con el que grabé su número. Tengo tantos nombres inventados que no sé qué hacía cada uno. No importa me respondo y leo rápido los que salen en la pantalla mientras me convenzo de que seguro me acuerdo de quién era si lo leo de corrido. Deslizo el dedo sobre la pantalla de forma rápida y leo “Ana Comp”, me paro a pensar y recuerdo que es la flaca que consigue las firmas del juez. Sigo deslizando el dedo y aparece “Trumpito”; este pana tampoco es, pero de ley nos sirve para conseguir firmas rápidas o un proyecto de ley en el congreso para distraer a los tontos si es que hace falta. Bajo, bajo, Padre Alberto; siempre es bueno tener de cerca a Dios… bien decía Papá; “el que peca y reza, empata”. Bajo, bajo, Paco…..Paquito! Aquí estás carajo!

    Me siento algo mareado por el calor pero enfocado en lo que debo hacer, así que empiezo a correr hasta la oficina del gerente; los pasillos se me hacen más oscuros y el sudor se empieza a sentir en todo mi cuerpo, malditos hospitales públicos ¿acaso no tienen para un simple aire decente? Por fin llegué, por suerte solo son dos pisos.

    Sr. Gerente, ya tengo el número! voy a hablar con el proveedor de mascarillas; le aseguro casi con total certeza que él las tiene y las puede traer hoy mismo. ¿Seguro hoy mismo? Me pregunta con total extrañeza. Por supuesto le respondo y le reafirmo que llevo mucho tiempo siendo consultor en el ámbito privado en hospitales de toda Sudamérica y USA. El ministro me mandó a ayudarlo porque sabe que puedo hacerlo rápido y podemos salvar la vida de muchos médicos; esto lo hago porque necesitamos salvar a nuestro país. Lo coordino rápido y usted mismo haga la compra para que se sienta tranquilo y podamos equipar a toda la sala de emergencias. Casi sin terminar, la vieja puerta azul que mantiene cerrada nuestra oficina se abre como en una redada policial “PUM”. Es un médico, al menos está vestido como uno, aunque grita como un vendedor de periódicos, ¿DÓNDE ESTÁN MIS MASCARILLAS INGENIERO? ¿Dónde? Lo veo moverse y gritar al gerente del hospital con una cara de desesperación que refleja su frustración y miedo a partes iguales, pero como si estuviese el botón de mute aplastado y sus movimientos como en un video en slow motion. Me cuesta concentrarme por el calor y lo pequeña que es la sala pero después de unos segundos recupero mi lucidez otra vez y por mi cabeza pasa el pensamiento: Esto es pan comido, la necesidad está clara, el problema es evidente, el cliente lo quiere ya, la plata está servidita y yo tengo a ¡Paquito!

    De forma lenta giro hacia el doctor y comienzo a hacer lo que mejor se hacer: Buenas tardes doctor, entiendo lo que usted y sus compañeros están viviendo, le doy las gracias de todo corazón por su enorme valentía; Mi nombre es Nixon Guevara y quiero comentarle que justo antes de que usted entrase a la sala estábamos hablando con el Ingeniero de su urgencia y temor de que les pase algo. No se preocupe, en la tarde tiene las mascarillas, le doy mi palabra. Por favor, denme un segundo, voy a hablar con el proveedor.

    Deslizo el dedo a toda velocidad sobre el celular hasta encontrar a Paco y pongo mi dedo sobre su nombre. Empieza a sonar el celular y en el segundo tono se escucha al otro lado. ¿Nixon? Si; ¿Paquito? Si. Escúchame, tenemos un requerimiento urgente. ¿Tienes mascarillas?; Pero claro, ¿qué pregunta es esa? ¿Cuáles quiere? ¿Las de la “Chiqui” o las de verdad? Esto es un drama Paco, ¿cuáles son las mejores que tienes? Tengo unas gringas buenazas, todo “TOP” Don Nixon. Bajo mi tono de voz hasta casi no poder ni oírme yo mismo; Paquito, ¿Todo TOP de verdad o no?. De verdad brother, son las precisas. ¿Cuántas tienes Paco? 10 mil en bodega y en el camión cargadas otras dos mil más. ¿A cuánto si las entregas ahora mismo? 15 dólares más IVA para los panas y le entrego en una hora. Alzo la voz y le digo en tono serio; Francisco, por favor guárdame esas mascarillas, que en el hospital Benigno XXI tenemos muchos héroes que las necesitan. Cuelgo la llamada y pongo cara de haber salvado al mundo; esa cara que siempre me asegura un contrato y al mismo tiempo le da tranquilidad al receptor del mensaje

    ¡Ingeniero ya las tenemos! me dicen que pueden entregar las 2 mil en una hora; Dos mil! Pero si solo necesitamos 500 como máximo Nixon. Ingeniero, si no les compra las 2 mil no le van a entregar, le digo con empatía mientras veo de reojo la cara del doctor pensando en cómo va a atacar al gerente con el bisturí. El gerente se da cuenta de lo mismo y asienta con la cabeza mientras dice “doctor, no se preocupe, en una hora las tiene”.

    Nos quedamos solos con el gerente en su oficina, otra vez me siento caliente pero ahora también algo mareado. Ingeniero en una hora llegan las mascarillas ya le mandé un whatsapp al proveedor; por favor, son 35 dólares sin IVA por cada una; los recursos ya fueron transferidos, proceda con el pago cuanto antes, no necesitamos mártires en este hospital.

    14 días después… Paquito abre el periódico con el siguiente titular: Don Nixon Guerra, “Salvador de los médicos del país”, muere por Covid. Subtítulo: A la gente buena, el señor los llama primero.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 9/12

    Autor: Miguel Viniegra

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  • El abrazo dado

    El abrazo dado

    Fue solo un segundo. Un momento breve, intenso. Sus ojos y los míos frente a frente, mirándonos con ternura, yo descubriendo su cansancio, su miedo, sus ganas de llorar, y él constatando la fragilidad de mis casi 90 años y mis ganas de vivir. Primero le tomé de las manos, nunca fui melindrosa, la vida no me dio esa opción, tiré de él despacio pero firme, él cedió dubitativo, le solté una nano, le cogí del cuello junté mi frente con la suya y le besé. Le di un beso a través de la careta esa de plástico que llevaba y rompí a llorar, y el lloró conmigo.

    Fueron doce días en la antesala de la muerte. Nunca me había sentido vieja. Nunca. Siempre miré hacia adelante. Sobreviví a una guerra, y al hambre que vino después. No me metí en política, me dio igual, tenía cuatro bocas que alimentar. Viuda desde joven. Le quise, me quiso, le guardo en mi corazón. Los tiempos me pasaron por encima y también me dio igual. Mis nietos me dan la vida. Me la prestan. Pero ahora no puedo verlos. He estado sola, muy sola. Yo, vieja, muy vieja, muy débil. Muy triste.

    Los que vivimos a fuerza de querer seguir estando vivos, los de mi generación, no queremos ser viejos. No queremos que nos traten como viejos. No somos viejos hasta que lo somos. Hasta que un bicho decide que lo somos. Y en medio de mi dolor, de darme cuenta que ya no estoy, pensando en que ya no debo estar, sentí su fuerza, su aliento, su preocupación, su infatigable entrega. Mi doctor Pedro.

    Le veía corriendo, de arriba abajo como un loco. Pero al llegar al pie de la cama se paraba el tiempo. Lo paraba él. Sentía que me cuidaba, que no me iba a dejar ir, que iba a estar conmigo en mi lucha, que me regalaría un nuevo abrazo con mis nietos. Y lo logró. Todos estos ángeles de escafandras de plástico lo consiguieron.

    Hoy me marcho de aquí. Una vieja como yo ha vuelto a vencer a la muerte. Y le he dado a Pedro de despedida todo lo que podía darle, mi amor sincero, mi reconocimiento, un trocito de mi alma, el llanto de a quién no le vale un simple gracias.

    Fue sólo un segundo. Un momento breve, intenso. Fuimos María y Pedro diciéndonos gracias. A él le queda una pandemia por delante y a mí… quién sabe. Doctor Pedro, le llevo en mi corazón.   

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 8/12

    Autor: Félix Espoz.

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  • Fiesta sorpresa

    Fiesta sorpresa

    “¡Ya ahora sí, creo que está llegando! ¡Escóndanse todas, apuren!” Todas fueron corriendo a los sitios que antes habían acordado para que no se las vea.

    “¡No! ¡ahí no María, ese es mi sitio! Ponte al lado de Andrea que ahí tienes mucho espacio. ¡No hagan ruido!”

    “¡Ok! Preparadas, voy a abrir la puerta”. Dice solo moviendo la boca como si todas pudieran leer labios y entender.

    “¡Sorpresa!” Gritan.

    Un segundo después, Ximena dice: “No ha sido… es Neri que siempre llega tarde…” Todas vuelven al centro de la sala donde empiezan a conversar en espera de que por fin llegue el homenajeado.

    Resulta que era el cumpleaños de Juan, y hace más de una semana que se estaba planificando la fiesta sorpresa ya que a final de cuentas Juan llegaba a los 40 y, considerando sus pasadas experiencias, era un evento digno de festejar.

    “No sé cómo llegó a los 40 este niño con tantos accidentes a su haber”, decía Tere. “¿Te acuerdas cuando se cayó en la bañera de cabeza con apenas 4 años?”

    “Cómo no me voy a acordar, si ahí quedó la cicatriz en la nuca que le cerramos con huevo crudo como se hacía antes”, contesta María.

    “Sí y ahora dice que tiene el pelo largo por moda y es solo para que no se le vea el hueco que tiene en la cabeza que parece bola de billar despintada”, dice riéndose Andrea.

    Y es que Juan había sido toda su vida de esos chicos que jamás tuvo ni gripe ni nada, pero la vida le repartió las cartas de las caídas y los golpes. Tanto así, que para cuando cumplía 8 años ya tenía a todos sus amigos y familiares llamándole “el remellao”, por tanta cicatriz que había acumulado hasta entonces.

    “Bueno, lo bueno es que esos golpes le hicieron ver lo que quería hacer de su vida, y al final se hizo traumatólogo para ayudar a la gente de sus dolencias como las tuvo él”

    “Cierto es eso María. Es increíble como a veces las cosas que parecen malas, terminan guiándote para algo bueno”, comenta Ximena.

    “¿Pueden dejar de ponerse sentimentales y profundas y ver si hay suficientes chips? sino toca ir a ver… ni un ron y ya están hablando de la vida…” dice Andrea.

    A todo esto, Juan no terminaba de llegar, y la preocupación se estaba apoderando de todas. No era normal que llegue tarde a nada y peor a su propia fiesta sorpresa, que probablemente ya sabía que se estaba planeando ya que Neri nunca podía callárselo.

     Habían pasado poco menos de 10 minutos cuando de repente…

    “¡Ding, Dong!

    “¡Todos a esconderse! ¡Ahora sí, ésta es la buena!”

    Se escuchan pasos por el corredor, una sombra se planta justo al otro lado de la puerta y antes de que toquen la puerta, ésta se abre de golpe y saltan todos: “¡Sorpresa! ¡Feliz cumple Juan! ¡Ya estás viejo!”

    “Mamá… pero, ¿qué haces?”

    “¡Hijo, felices 40! ¡Es tu fiesta sorpresa!”

    “Pero mamá…si no es mi cumpleaños…”

    “¡Cómo que no es tu cumple, si estamos todas aquí para celebrarlo!”

    “Mamá…mira detrás de ti, no hay nadie…estás sola…”

    Efectivamente, detrás no había nadie. La casa estaba vacía. En la entrada solo estaban 2 maletas que había dejado la cuidadora días atrás antes de irse a su casa al confinamiento. Juan, por culpa de las restricciones, no había encontrado vuelo antes y toda esta semana su madre había estado sola, por lo que había olvidado tomar su medicación.

    “¿A dónde vamos?”

    “A casa mamá, yo te voy a cuidar”

    “Ah. Ok” dice sonriendo mientras mira el brazo escayolado de Juan. “¿Qué te pasó en el brazo?”

    “Me caí de la bicicleta…”

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 7/12

    Autor: Diego Méndez.

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  • Liliana

    Liliana

    Liliana Quijano 16 de Diciembre del 2040

    Querida Liliana, 

    Me encuentro esperando en esta estación y para pasar el tiempo he decidido escribirte una carta. Hoy cumplimos 60 años de estar vivas y quería contarte lo que ha pasado en los últimos 20 años y como ha progresado el mundo. Hemos aprendido tanto y desarrollado nuestra conciencia social más allá de lo que imaginamos. También te escribo para darte esperanza, para que sepas que aun en los momentos más oscuros de tu vida y de la humanidad, debes seguir luchando. 

    Recuerdo claramente el día que decidimos trabajar para que nuestros actos, por pequeños que fueren, tuvieran un propósito para mejorar el planeta. Habían tantas causas por las cuales trabajar, la igualdad de género y raza, terminar con la pobreza, el cambio climático entre otras. En tu epoca, el mundo atravesaba una pandemia sin antecedente. El planeta se encontraba confinado en sus casas, millones de personas perdían sus empleos, miles de gente morían en los hospitales en cada rincón, la economía global se caía a pedazos y además, habitaba una polarización de ideologías bien marcadas en la población de tu planeta. Esta fue nuestra primera causa. 

    Desde el año 2020 hemos vivido dos pandemias más, la del 2027 y la del 2031, ambas mucho más controladas y planificadas. Aprendimos. Después de esos largos días del 2020, cuando nos entraba la angustia de si al día siguiente tendríamos trabajo o comida, si podriamos alimentar a nuestros hijos, si podríamos volver a la normalidad, todo ha mejorado. Tuvimos que tocar fondo para entender que todos nuestros actos están entrelazados y que no importa en qué lugar geográfico naciste, ni de qué color es tu piel o si piensas que eres hombre, mujer o perro, todos somos responsables del bienestar del prójimo y de la sociedad. Este mensaje de unidad cambió la mentalidad de los líderes políticos y trabajamos todos juntos para que algo así, no nos volviera a pasar. 

    Y cuando leas esto, en lo más profundo del hueco de la enfermedad y la desesperanza, ten presente que vendrán tiempos mejores, para ti y para todos. No quiero decir que en el 2040 todos es color de rosa, todavía tenemos problemas, existe pobreza y crimen, pero hemos evolucionado tanto desde tu tiempo. Mantén firme tu convicción y recuerda que cambiar el mundo es un trabajo constante, sostén tu llama viva. Tengo que despedirme porque mi tren espacial está por llegar. Nuestro esposo e hijos nos esperan para soplar las velas, en la Nueva Tierra que está a 200 años luz, y no quiero llegar tarde. 

    Lili,

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 6/12

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