Categoría: Historias de mujeres por mujeres 2

Relatos de ellas segunda parte

  • Magia

    Magia

    Soy hija de mi madre y ella, a su vez, de una madre que entregó su vida a sus hijos, incluso cuando estuvo al borde de la muerte durante meses, hasta que yo nací. Encuentro difícil plasmar los hechos en orden cronológico, así que esto será como una tormenta de palabras y de varios acontecimientos que hacen que yo crea en magia.  

    Mi abuela Hortensia, a quien no tuve el privilegio de conocer, murió un día después de mi nacimiento, y mi idea de que la magia existe es, en parte, porque pienso que, de alguna manera divina, ella vive en mí. Ella es el ángel de la guarda de toda la familia… me gusta pensar que hay en mí algo especial.  

    En 1987, Gustavo y Laura, mis papás, llevaban algún tiempo juntos y para ese entonces ya habían decidido casarse. La fecha tentativa sería cercana a abril del año siguiente, pero el matrimonio se adelantó, se casaron el 30 de diciembre de ese mismo año.  Yo nací el 23 de julio de 1988, y no, no fui sietemesina.   

    Mi abuela llevaba un buen tiempo con cáncer y había decidido no tener mayor intervención médica, quería vivir sus últimos días tranquila en casa. Esto último, y el hecho de que yo viniera ya en camino, fueron las mayores razones para que mis padres decidieran que su matrimonio fuera en épocas navideñas, así podrían tener a gran parte de la familia reunida. Mi madre tenía vergüenza de contarle a mi abuela que estaba embarazada, pero es bien sabido que las mamás son un poco ‘brujas’, así que, cuando estuvieron hablando del vestido de novia y demás asuntos de la noche de bodas, le dijo: “Mija, cómprese un brasier una talla más grande, a uno le crece el busto cuando se casa”. Ella lo encontró extraño; no se imaginaba que doña Hortensia ya sabía exactamente lo que le pasaba a su niña mimada de 20 años.  

    Había sido la hija consentida y protegida de la casa, pero su proceso de gestación no fue fácil. Nació y ya era tía, sí tía; su hermana mayor y su mamá habían estado embarazadas al mismo tiempo, mi prima había nacido el 2 de diciembre (el mismo día en que cumple años mi hermana menor) y mi mamá nació en abril del año siguiente. Doña Hortensia tenía 42 años y había llorado gran parte de su embarazo, le avergonzaba que su hija mayor también lo estuviera, y el hecho de su avanzada edad.   

    Mi mamá dice que su niñez fue muy tranquila, pero a la vez hubo mucho sufrimiento. Durante su juventud su madre se enfermó, y fue ella, la misma niñita consentida, quien prácticamente tuvo que hacerse cargo de gran parte de la enfermedad. No creo que fuera fácil, con 18 años, la mamá con cáncer, sabiendo que, pese a tener 10 hermanos mayores, sí 10 (la mayoría ya habían salido de casa o estaban formando sus familias), solo le quedaba la opción de ser ella misma la responsable del cuidado.  

    El lazo de mi mamá con mi abuela fue muy fuerte, pero a la vez un tanto lejano. Le he oído anécdotas como la del brasier y, al mismo tiempo, me ha hablado de sentir lejanía en su comunicación o en sentirse amiga de su madre. Asumo que fueron épocas diferentes, y es este uno de los motivos por los que también creo en magia. Tengo la suerte de decir que a mis casi 32 años mi madre es mi amiga de verdad, sin mentir le cuento todo, o prácticamente, y creo que no muchas personas pueden decir eso. Tuvo contracciones en la madrugada del 23 de julio de 1988 y dice que no demoré mucho en llegar, al medio día ya había nacido. También me contó cómo la noche anterior le había dado las buenas noches de una manera especial a mi abuela, o, al menos, ese es su recuerdo.  

    Mis padres vivían en la puerta de enfrente del apartamento de mis abuelos, y mi mamá se había enamorado del vecino al que mi abuelo alguna vez le había prohibido hasta el saludo. Pero para eso también existe la magia, para los amores imposibles, donde los brillitos y las chispitas llegan de donde menos los esperas. El vecino era un joven universitario de 23 años que vivía con otros 3 hombres. Llegó a su vida casi colándose en una relación de 3 años; me encanta cómo él dice que al saludar al guardia del edificio le decía que la chica del segundo piso, la del papá bravo, iba a ser su novia… Magia, ¿no creen? 

    Después de que naciera, mi papá fue a hablar con mi abuela y le contó que yo estaba sana y con salud… a la mañana siguiente descansó… Su hija menor había cumplido el sueño de ser mamá y seguro le había crecido el busto. Mi mamá no pudo ir al entierro de su propia madre por cuidarme a mí; eligió pensar que no vine a reemplazarla, ni que soy su reencarnación ni nada por el estilo; prefirió pensar que, de alguna manera, hice esa partida menos dolorosa, y le tomó años hacer un duelo apropiado, tal vez fue mi abuela quien estuvo ahí presente hasta que lo sintió necesario… Esto también podría ser magia, o serendipia, porque en la vida las cosas pasan en el momento preciso y puede que nos tome años entender por qué o nunca comprendamos la razón o el propósito de los hechos.  

    Mi nombre es Laura Peláez, yo creo en magia y en historias con “brillitos y chispitas”, aunque no siempre sean chispitas de luz, pero creo en magia, tal vez creo más de lo que un adulto debería, pero creo y seguiré creyendo.  

    Descripción:  

    Creo que todos deberíamos grabarnos esa frase del “Principito” que habla de ver con el corazón, sabiendo que lo esencial es invisible a los ojos… Para mí es un principio de vida.  

    Una de tantas historias sobre mujeres. Historia 12/12

    Autora: Laura Peláez

  • Inseguridad desde Neptuno

    Inseguridad desde Neptuno

    -“Bueno, qué me queda…” – pienso con resignación al apagar la tele, mientras mentalmente repaso todas las actividades que tendré que hacer al día siguiente y que, después de 3 meses, me obligarán a salir.

    3 meses sin ver la calle, casi sin contacto con gente, sin recordar el tráfico, los buses, las correteaderas, las distancias largas… madre mía: ¿Cómo hacíamos antes?

    -“No sé para qué me compro tantos pantalones, si solamente me pongo 3” – me digo, mientras abro el armario y busco el mismo pantalón cómodo y holgado que siempre utilizo para ir al supermercado. Solo que esta vez no iré al supermercado y esta vez el pantalón no me queda ni cómodo ni holgado…

    -Ajá…

    Un momento. Yo no horneé pasteles ni cupcakes dignos de Instagram (¿con qué tiempo?). Llevo meses sin comer en la calle (¿solíamos hacer eso, comer en restaurantes? ¿Salíamos?). Mi ansiedad no se tradujo en comida tan calóricamente culposa que mataría de un infarto fulminante a mi propio cardiólogo (¿o sí?). ¿Por qué el ojal ha decidido practicar distanciamiento social del botón de mi pantalón favorito?

    Qué mal me siento. Qué culpable me siento. ¿De dónde engordé tanto? Por Dios, ni yo me aguanto el mal humor que llevo dentro. Siento que peso mil kilos. Siento que soy un planeta cruzando la avenida Javier Prado. El sistema solar. Siento que tengo cintura de refrigeradora. Cruzo la calle dando botes. Qué mal me siento. Qué culpable me siento.

    Volver a casa por la tarde, dirección la ducha. Inevitable mirarme en el espejo. Me veo desnuda, me veo cansada, y el espejo reflejando mis kilos extra de cuarentena en estreno. La nueva convivencia me espera pronto, algún día, lo sé; de momento me espera una ducha muy caliente, que me haga olvidar por 30 minutos al mundo exterior.

    Un momento… pero, ¿de qué se queja mi vanidad? Ana, por favor, hay gente que se está muriendo allá afuera y tú sufriendo por haber cogido un par de kilos. Sí, pero el pantalón ya no me queda. Sí, pero Ana, vamos, que al menos tú tienes un techo y agua caliente y hay gente que la pasa muy mal allá afuera, eh, Ana, por favor. Sí, pero ahora cómo hago para que el resto de la ropa me quede tan cómoda como antes.

    Qué abanico de emociones. Me siento fracasada, desmotivada, ansiosa y molesta conmigo misma. Qué vulnerables nos sentimos las mujeres cuando la balanza nos muestra un par de kilos demás. Cómo a veces podemos sentir que nuestro amor propio, nuestra autoestima y nuestra confianza se van de viaje un ratito a Neptuno (con mascarilla) y con pasaje de ida. Me avergüenzo de mi cuerpo.

    No. No te avergüences de tu cuerpo. Nunca de los nunca, jamás de los jamases. Tu cuerpo es perfecto tal y como es, Ana. Tu cuerpo te sigue el ritmo, respira, baila, se acelera, corre, salta, ama y se deja amar, se mete al fondo del mar y regresa de nuevo a la orilla cual comercial de cerveza, se cae y se levanta, aguanta madrugones, horas interminables de trabajo, ritmos agotadores, entrenamientos de campeonato. Tu cuerpo es ingeniería pura y perfecta. Que ese ingrato par de kilos no tumben al mujerón que eres, Ana. No lo castigues así. No te castigues así.

    Mientras me envuelvo más en la toalla, no puedo evitar el abrazarme fuerte, a mí, a mi vanidad y a mis inseguridades. Huelen a mi jabón favorito. Las abrazo, les sonrío, las perdono. Me perdono.

    Una vez más. Ya quisiera Barbie tener la seguridad, la autoestima y el amor propio que me ha costado años construir.

    Una de tantas historias sobre mujeres. Historia 11/12

    Autora: Silvia A. Lucho Molina.

  • Al estilo fit

    Al estilo fit

    Inicié esta loca carrera de vivir al estilo “fit”; es decir, a tener una vida saludable, hace 6 años, cuando estaba atravesando una etapa difícil en mi vida. Me sentía destrozada por dentro y definitivamente esto se me notaba por fuera: me sentía y veía poco atractiva, confundida, muy insegura de mí y llena de tristeza. Me había olvidado de cuidar de mí y de mi felicidad.

    ¿Has notado que cuando no nos sentimos bien es como si enviáramos al universo un mensaje o una vibra tan negativa que el universo nos responde de la misma manera y terminamos sintiéndonos peor, como si lleváramos sobre nosotros una carga demasiado pesada que no nos deja ser libres, ni disfrutar de la vida?

    Como puedes ver, no lo estaba pasando nada bien…

    ¡Hacer ejercicio fue mi gran comienzo para recuperarme! A los pocos meses empecé a notar cambios positivos en mi cuerpo, los cuales quise mejorar aún más, así que comencé también a comer de manera saludable.  Aunque, debo confesarte que, es la parte más difícil. Con el pasar del tiempo me di cuenta de que cada vez que hacía ejercicio y comía saludable me estaba demostrando lo más importante: que me amo, que me quiero cuidar, que lo valgo y que lo merezco. El ejercicio tuvo un gran impacto en mí y me ayudó, no solo a superar una etapa difícil, sino que me llevó a un siguiente nivel, que ahora te contaré.

     A lo largo de estos 6 años he pensado que debo estar loca para querer ser una “mujer fit” hasta que sea abuelita. A pesar de que no suena tan complejo (comer bien y hacer ejercicio), en la práctica es otra cosa. ¿Te lo has preguntado? ¿Comer muchos vegetales en todas las comidas? ¿Tanto Brócoli? ¿Espinaca? ¿Menos sal? ¿Menos azúcar? ¿Más proteína? ¿Menos papitas fritas? (Yo AMO las papitas fritas y también los postres) ¿Entrenar de 3 a 6 veces por semana? Vaya que es más demente de lo que pensaba. Requiere de mucho esfuerzo y tiempo; a eso hay que sumarle el sudor constante, el dolor muscular diario, un mal día laboral, los problemas de horario, la pereza de no querer entrenar muchos días. En fin, si has hecho ejercicio y dieta sabes de lo que hablo y no suena nada bien ni es un grandioso plan al que todos quieren apuntarse, si lo vemos de esta manera. Pero también pienso: ¡Que sería de este mundo sin un poco de locura! Así que decide hacerlo por ti, porque le hace bien a tu mente y cuerpo. Y es que cuando tomas la decisión de hacer algo, lo que sea, pero de corazón, y das los primeros pasos y no te rindes, al universo no le queda más que concederte eso que tanto anhelas y actúa como un rompecabezas donde las piezas se van acomodando para ayudarte.

    Tengo días buenos en los que la motivación está a tope, y días malos en los que lo último que quiero hacer es entrenar y comer vegetales. Pero aún en los días malos, llego al gimnasio y con una gran actitud digo: “¡Hoy vine a dar lo mejor de mí, no estorben!”. Estés motivado o no, haz lo que tienes que hacer. Tampoco seas extremista, es importante mantener el equilibrio. De vez en cuando come alimentos ricos, no tan saludables, mientras compartes con tus amigos y familia. Esto también te hace bien. Escápate al cine y come canguil, baila toda la noche o sal un fin de semana de paseo y come lo que avances en un picnic, tómate un gran descanso y duerme muchas horas si has tenido una semana muy difícil, lo mereces.

     Debo confesarte que tampoco es que tengo el mejor cuerpo, ni llevo la dieta más saludable del mundo, pero un día cuando me disponía a salir de casa, realizaba una última mirada e inspección al espejo para verificar que todo esté en su lugar (ya saben, cosas de chicas) y algo llamó mi atención y me cautivó totalmente. Ese día sí, el vestido que usé lucía mis curvas, tenía un lindo peinado en mi larga y negra cabellera y un hermoso y sencillo maquillaje en mi rostro. Pero, además, mi sonrisa era enorme. Mis ojos literalmente brillaban. Me sentía simplemente espectacular. ¿Sabes qué fue lo que llamó mi atención? Que era un día cualquiera. No tenía un evento importante, ni el vestido más increíble, ni un peinado y maquillaje de peluquería. Ese día entendí que el secreto de ser una “mujer fit” no es solo lo que usas, ni el físico, ni verte sexy, ni pasar miles de horas en el gimnasio, ni las dietas estrictas. Esto no es lo que eres, son solo las herramientas.  Puedo asegurarte que el verdadero secreto está en demostrarte que te amas y te aceptas cada día, en la manera en cómo te tratas y te halagas, te sacrificas, te esfuerzas, eres disciplinada, tienes actitud, en saber que no eres perfecta pero que vales mucho. Está en buscar la mejor versión de ti, en mirarte al espejo con respeto y serenidad, en saber que pase lo que pase tú tienes el poder de reconstruirte más hermosa por dentro y por fuera, y que, por supuesto, no puede faltar un gran toque de sensualidad. Cuando te sientes segura de ti, se nota. Cuando te sientes bien, brillas y a todos nos gustan las personas que brillan por sí solas e inspiran a otros a brillar.

    Para terminar, recuerda que somos lo que ponemos en nuestra mente, así que no te sabotees, haz ejercicio, come sano, ámate, disfruta el proceso y reconoce tus pequeños logros, así lo hago yo en mi día a día: me mantengo en movimiento, trabajo en mantener mi mente sana, en ser mejor, en aprender nuevas cosas, en romper mis límites y probar nuevas rutinas, en preparar nuevas recetas y mejorar mi alimentación. Atrévete a hacer cosas nuevas no te arrepentirás.

    Una de tantas historias incompletas sobre mujeres. Historia 10/12

    Autora: Karla Montalvo

  • #Niunamenos

    #Niunamenos

    Basada en hechos reales…

    Uno. Tomó leche del seno de su madre.

    Dos. Caminó como pingüino por todo el patio.

    Tres. Primer día de escuela.

    Cuatro. Remó un barquito en la Alameda.

    Cinco. Miró volar cometas en el cielo.

    Seis. Pensó que el algodón de azúcar, en realidad, era algodón.

    Siete. Unos niños le arrancaron su falda, la acorralaron contra la pared.

    Ocho. La amenazaron, la humillaron.

    Nueve. La insultaron, la escupieron, la dejaron inconsciente.

    Diez. Acariciaron sus pechos y sus nalgas jugando al “doctor”.

    Once. La forzaron para tener su primer beso.

    Doce. Al verla, su profesor de matemáticas, tuvo una erección.

    Trece. Sin previo aviso, sin permiso, sintió una lengua en su garganta.

    Catorce. Le hicieron bullying por ser virgen.

    Quince. Doce compañeros de clase hicieron fila para abusar de ella.

    Dieciséis. Sin permiso, metieron una mano debajo de su falda forcejeándola hasta llegar a su vagina.

    Diecisiete. Un desconocido la sacó a bailar y en tan solo diez segundos, la manoseó por completo.

    Dieciocho. La apuñalaron en el brazo y la intentaron secuestrar.

    Diecinueve. Su profesor de universidad la sedujo hasta salir con ella, y con seis más de sus compañeras.

    Veinte. Su novio la llamó puta, zorra, perra y la obligó a tener sexo con él.

    Veintiuno. Silencio…#niunamenos…

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 9/12

    Autora: Mélanie Chéradame

  • Reinventarse

    Reinventarse

    La palabra «REINVENTARSE” se ha puesto de moda debido al confinamiento al que nos hemos tenido que acoplar. Algunas lo han logrado de manera armónica y hasta planificada, otras nos hemos tenido que ir acomodando como sacos de papas en un camión: con cada movimiento,  curva o bache seguimos tomando el lugar que más nos calce; tal vez, no necesariamente el que quisiéramos, pero sí en el que nos sentimos menos incómodas.   

    Las empresas quieren reinventarse para enfrentar la crisis;  los gurús de marketing y ventas nos sugieren reinventarnos para aprovechar la cuarentena a la que nos ha sometido este virus, y los asesores espirituales y psicólogos también pronuncian esta palabra como indicándonos que esto nos dará la solución, o al menos disminuirá la ansiedad a toda la incertidumbre que la mayoría sentimos.   

    En resumidas cuentas, debo escribir como mujer algo que quisiera decirle a otra mujer. Inicialmente pensé en este tema de REINVENTARNOS, pero no logro entender a ciencia cierta qué nos quieren decir con esto, o qué ganaríamos al hacerlo. Y es que, sin desmerecer a nadie, las mujeres somos expertas en reinventarnos todo el tiempo,  pasamos de madres a doctoras; de doctoras a maestras (ahora, con las clases virtuales, aprovecho para decir que a los maestros deberían triplicarles el sueldo, aunque soy consciente que en nuestro país eso jamás ocurrirá, pues la educación es lo menos importante); de maestras a plomeras; de plomeras a negociantes; de negociantes a chef; de chef a administradoras, y así… la lista es inmensa. Definitivamente el tema no va por REINVENTARNOS.   

    También pensé en el trillado y venido a menos tema de la defensa de los derechos de las mujeres, en el que un grupo de mujeres quiere defender los derechos de otras mujeres,  y, aunque tal vez, y puede que sea lo más seguro, voy a meterme en problemas por lo que voy a escribir, estimo que es cuestión de RESPETO. En mi caso, y es solo mi punto de vista, creo que por defender teorías propias hemos menoscabado a otros, y pienso que no va por ahí.  Si queremos levantarnos, debemos RESPETAR todas las aristas. Debemos respetar  a aquella  que se prepara para viajar a la luna y se enfoca exclusivamente en eso; debemos respetar a la que quiere estudiar 5 maestrías , tiene hijos y familia, y lo logra magistralmente; debemos respetar a aquella que desde niña quiso ser reina de belleza y ha enfocado sus esfuerzos para conseguirlo;  debemos respetar a aquella que prefiere o debe quedarse en casa y  administra su hogar y familia de manera increíble,  debemos respetar a aquella que se preparó y soñó desde siempre con bailar sobre una tarima, con grupos de baile o acompañando a artistas;  debemos respetar a aquella que logra combinar su tiempo para su negocio con su vida personal y familiar; debemos respetar a aquella que quiere ser modelo y salir en todas las revistas de moda para ser admirada; debemos respetar a aquella que no desea tener familia ni hijos y sí viajar por el mundo… debemos RESPETAR. Pienso que es sencillo, y que solo así lograremos trascender. 

    Así que después de tanto pensar, y aunque suene utópico y cursi, el tema no es REINVENTARSE, sino recordar lo importante:  SER RESPETUOSA, SER AGRADECIDA, SER HONESTA, SER SOLIDARIA, SER HUMANA y SER FELIZ.  Empezando por una misma y después con todo lo que nos rodea, incluido el suelo que pisamos, el aire que respiramos, el planeta en que vivimos.  TENEMOS LA MAGIA PARA TRASNFORMARNOS Y TRANSFORMAR EL MUNDO, solo debemos recordar lo importante.  

    Autora: Mayra C.

  • El poder de la mente

    El poder de la mente

    “Vamos al pueblo, hoy vamos a desayunar crepes”, dijo mi esposo, así que los tres fuimos a un restaurante donde solíamos almorzar, en el que resulta que también vendían desayunos los fines de semana.

    Estaba muy emocionada viendo el menú. Elegí el ‘Completo’, con crepes llenos de fruta con miel, huevos revueltos, jugo de tomate de árbol y mi adorado café negro sin azúcar.

    “Edú, ¡estas crepes están deliciosas, no puedo creer que no hayamos venido aquí antes!”. Edú me miró extrañado: “Pero si ya hemos venido…”. Reí y torcí los ojos: “Ay, nunca hemos desayunado aquí, ¡es la primera vez que vengo!”. Entonces Edú lo dejó así, miró su plato y no dijo nada más.

    Me quedé pensando… Edú nunca se equivoca en esas cosas, él es de esas personas que va una sola vez a un lugar y nunca olvida cómo llegar, ve a una persona una sola vez y nunca olvida su rostro. Si él dice que ya comimos aquí antes, debe ser cierto; pero ¿cuándo? No logro recordarlo. El sabor de la comida no me trae recuerdos, el ambiente tampoco. Así que empiezo a escarbar en mi cerebro con intensidad, pero no encuentro nada. Sigo buscando, me reúso a ser tan olvidadiza. De pronto, el recuerdo salió, como un golpe seco. Todas las sensaciones y sentimientos de ese día volvieron a mí en un solo segundo y mi corazón saltó, se encogió, mis ojos se humedecieron al instante y me costó respirar un poco.

    Aquella mañana me levanté muy temprano, y mientras mi esposo y mi hijo dormían, fui al centro geriátrico donde estaba mi abuelita, de 96 años de edad. El centro queda a 10 minutos de mi casa. No se permiten visitas a esa hora, pero debía dejar unas medicinas importantes, así que me permitieron entrar a su cuarto.

    Allí estaba, un enfermero le estaba dando el desayuno. Estaba preciosa, con un buso blanco cuello de tortuga, un pantalón negro, bien peinada y con su rostro iluminado. Seguro apenas se levantó se puso su crema matutina, el mundo podía colapsar, pero su rutina de belleza, no.

    Conversamos un momento, no me permitían quedarme mucho.

    -Abu, hoy está particularmente hermosa, ¿por qué no heredé sus genes? Mírese y míreme… Tenaz.

    Y me señalé de arriba abajo. Es que alado de ella siempre sentía que no estaba presentable acorde a la ocasión. Mi Abu rio. Conversamos un momento; casi toda nuestra charla fue sobre Nico, su tres veces hijo, como ella decía. Le comenté mis obligaciones para esa mañana: Nico tenía clase de música, así que debía ir a la ciudad.

    -Abu, nos vemos más tarde en el horario de visitas, ¿ok?

    Le di un abrazo, un beso y me fui.

    Apenas me subí al auto llamé a Edú con una sonrisa de oreja a oreja.

    -Edú, ¡mi Abu amaneció mucho mejor hoy! Vístanse que paso por ustedes, quiero invitarles a desayunar, y luego nos vamos a la clase de música.

    Edú sugirió las crepes del restaurante del pueblo y fuimos. Le conté con detalles a Edú lo bien que vi a mi Abu y Nico se puso feliz de poder verla en la tarde.

    Mandé un mensaje de texto a mi padre y hermanos: “Mi Abu amaneció mucho mejor hoy :D”

    Salimos del restaurante y yo tomé el volante, prendí la radio y manejé por la autopista mientras tarareaba una canción. De pronto sonó el teléfono y contesté. “Señora, le llamamos del centro, su abuelita acaba de fallecer”.

    Ese día, en ese momento, mi cerebro tomó una decisión, se puso en modo protector. Primero, tenía que actuar natural, mi hijo no podía saber lo que pasaba, no era el momento. Su bisabuelita era su abuelita, su adoración. Vivieron juntos varios años, tenía que manejar las cosas con tino. Segundo, mi esposo no tenía que apoyarme a mí en ese momento tan difícil. Le asigné la tarea de encargarse de nuestro hijo mientras yo me ocupaba de todo lo demás.

    Ese fue uno de los días más duros de mi vida. Mi abuelita finalmente fue a reunirse con mi mamá a un lugar donde no existen preocupaciones, donde todos los problemas que vivimos aquí no son más que nimiedades. No puedo escribir todo lo que tuve que pasar ese día, por autoprotección, pero sí puedo escribir sobre el poder de la mente.

    Nuestro cerebro tiene una sección donde guarda recuerdos y sentimientos impactantes y los esconde ahí para que no atormenten nuestro camino. Para que sigamos adelante. Yo sé que tengo varios eventos guardados ahí desde mi infancia, agradezco al cielo por no recordarlos y espero desde el fondo de mi ser, nunca tener que volver a escarbar ahí.

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 7/12

    Autora: María José Montalvo

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  • El último día

    El último día

    Me despertó una voz del otro extremo que se quejaba por la falta de espacio. —Claro que te falta espacio— pensé —¿Acaso estamos aquí para vivir cómodos?—

    No lo dije porque todos parecían dormidos y yo estaba muy atontada para decir cualquier cosa.

    Estaba en ese trance cuando sentí que algo pasaba.

    No era solo sensación mía. Todos escuchábamos lo mismo. Un sonido plástico casi ensordecedor y un brillo, un halo, no sé. Un horizonte de luz blanca que nos cegó por completo. En momentos como ése uno se bloquea, no sabes qué pasa ni qué sientes. Lo siguiente fue un calor tenue que me rodeaba. Todo ocurría muy rápido y estaba confundida. De repente el tiempo volvía a correr, el calor tenue se convirtió en algo más intenso; una presión muy fuerte, que sumada a mi angustia era casi insoportable. Apenas pude abrir los ojos y darme cuenta de los colores y formas. Estaba en la calle. Vislumbré algunas personas pasando, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Hacía frío, pero yo no podía percibirlo. Al cabo de varios segundos empezó a llamarme la atención una voz femenina muy chillona; hablaba de un Julián, llevaba días sin llamarla. La otra voz era grave, masculina, pausada y profunda. Hablaba poco. Decía lo justo. Por alguna razón esa conversación ajena me tranquilizó. No me interesaba nada de eso, por supuesto, pero dejé de pensar en lo que me estaba sucediendo.

    Por un instante ambas voces cesaron. Fue entonces cuando un sonido áspero y muy cercano me hizo voltear. No tuve tiempo de nada cuando un correntazo me recorrió de repente. El ambiente se llenó de un olor amargo y mi vista se nubló. Sentí un ardor repentino que sorpresivamente no me molestó, era casi agradable. Me relajé un poco. Empecé a disfrutar de lo que estaba pasando, incluso del miedo, de la incertidumbre, y a dejarme llevar. El olor, el frío y el calor simultáneos se convertían en algo placentero.

    Me concentré en la presión que hacían sus dedos sobre mi piel. Dejé de sentirme agobiada y su tacto, aunque torpe, no parecía nervioso en absoluto, al contrario, parecía que sabía exactamente lo que hacía. Me acostumbré rápidamente al calor de sus manos y a su olor que, mezclado con el humo amargo, me sumía en una especie de trance. En el mundo sólo estábamos los dos.

    Percibí un calor húmedo que se volvía cada vez más intenso; era su aliento. No tuve tiempo de pensarlo, cuando sus labios ya me habían rodeado; nunca había sentido algo semejante, el calor seguía subiendo, esta vez me recorría por dentro, apenas podía pensar. Intenté respirar, pero no lo logré. Casi de inmediato sus labios me rodearon nuevamente. Nunca imaginé sentir algo similar. Caí en un éxtasis profundo donde lo único que existía era aquella sensación deliciosa que se repetía por instantes; cada vez más intensa, pero más corta.

    Entonces escuché su voz. Traté de recordar si estaba hablando desde antes, pero no estaba segura, en todo caso no era conmigo. Fue cuando me alejó de golpe y escuché de sus labios un suspiro breve, parecía una despedida y de repente un golpe seco, metálico. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente. Cuando abrí los ojos me di cuenta que ya no estaba; a mi alrededor solo había cenizas. Me sentía tan débil. Quise morir. ¿Para qué seguir existiendo si ya lo había vivido todo? Me lamentaba, lloraba, suspiraba… Cuando escuché un murmullo de alguien que pensaba igual; se decía a si mismo que no tenía sentido seguir y me sentí una idiota.

    No necesité demasiado esfuerzo para salir de ese escenario deprimente; me bastó con esperar unos minutos a que alguien tropezara con aquel armatoste de metal para dejarme caer en la acera. Rodé con la brisa. En poco tiempo el ruido, el frío y la aspereza del suelo se volvieron insoportables. La calle estaba llena de gente que más que caminar, corría; se tropezaban entre sí, parecían ir todos retrasados. Pensé que él podría estar en esa multitud, pero cómo saberlo. No podría reconocerlo de nuevo.

    Me entró una angustia enorme por moverme más rápido y evitar ser atropellada o pateada; no tuve éxito. Era pequeña, insoportablemente insignificante. Por tratar de evitar un escupitajo en el que caería, terminé en una alcantarilla. Eso fue lo que deduje que era, porque me encontré flotando en un agua espesa y mal oliente junto a un par de envolturas de dulce y algunos compañeros que habían sufrido el mismo destino. No me quedaba mucho tiempo… lo tenía claro. Mi destino era morir ahogada o de frío… quizás ya había muerto y simplemente no lo sabía.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 6/12

    Autora: Karina Barragán

  • Señora, ya puede conocer a su hijo…

    Señora, ya puede conocer a su hijo…

    ¡Esta era la frase más esperada de los últimos días y hoy por fin la enfermera la estaba pronunciando! Me dispuse a levantarme de la cama lo más rápido que podía para acomodarme en la silla de ruedas que habían dispuesto para mí. Me sentía aún algo torpe y mareada, seguramente por las noches sin dormir y los medicamentos que estaba recibiendo para controlar mi presión luego de la cesárea. Conforme atravesaba el largo y desolado pasillo del hospital, mi ansiedad iba creciendo, una mezcla de alegría, impaciencia y temor se iba apoderando de mi cuerpo, mientras mi mente seguía repasando de forma insistente los recuerdos de los últimos meses buscando una razón: ¿Qué es lo que había pasado? ¿Por qué ocurrió? ¿Qué fue lo que hice mal?

    Unos días antes me encontraba asistiendo a la cita de control prenatal correspondiente a la semana 36 de mi primer embarazo, a la edad de 33 años. Era lo que en el argot médico se conoce como una “mamá añosa”, y, en definitiva, esa había sido mi decisión, yo elegí (como tantas otras mujeres), cumplir varias metas académicas, personales y profesionales antes de experimentar el rol materno. ¿Será acaso que esa elección ahora me estaba pasando factura? En esa cita luego de descubrir que algo estaba muy mal, el médico dispuso una cesárea de emergencia.

    La cirugía fue posiblemente uno de los momentos más intensos de mi vida. Dado que el tiempo era el factor determinante, no fue posible esperar a que la anestesia estuviera al 100% para que el médico empezara a cortar cada una de las cinco capas que se interponían entre mi bebé y el mundo. El dolor ya no me importaba, yo sólo quería ver a mi hijo, y saber que se encontraba bien. 20 minutos después extraían de mi algo que no alcanzaba a divisar pero que no emitía sonido alguno. En ese instante el médico me ordenó respirar lo más fuerte y profundo que pudiera, y así lo hice mientras lo escuchaba a él y a las enfermeras aplicar lo que asumí eran protocolos de reanimación. Fueron los 10 segundos más largos de mi vida, pero una vez transcurridos alcancé a oír un ligero gemido similar a un maullido. En ese momento los médicos cortaron el cordón umbilical e inmediatamente llevaron a mi bebé a la unidad de cuidados especiales, sin tan siquiera permitirme ver su rostro.

    De ese acontecimiento habían pasado ya tres días en los que no había podido tener contacto alguno con mi hijo, lo más cercano a él habían sido los reportes de los médicos respecto a su estado. Pero hoy finalmente la espera estaba por terminar. Por fin llegué a la unidad de cuidados neonatológicos, bajé de la silla de ruedas y al ingresar a la sala visualicé dos filas de cunas perfectamente alineadas e iluminadas por pequeñas lámparas que hacían que los rostros apacibles de las criaturas que en ellas se encontraban parecieran resplandecer. “Su hijo no está en esta sección, señora”. La enfermera parecía haber notado mi impaciente mirada recorriendo los reportes médicos que se encontraban al pie de las cunas buscando el nombre de mi bebé. “Acompáñeme por favor”, solicitó.

    Al final de la sala se encontraba una puerta de vidrio oscuro, la misma que al atravesarla me reveló el impactante contenido que celosamente guardaba; una serie de cajas transparentes a las cuales se conectaban tanques de oxígeno, sueros e instrumentos de control. Eran los repositorios de diminutos cuerpecitos llenos de cables y tubos que parecían no tener fin. “Solo podrá tenerlo durante 15 minutos”, me advirtió la enfermera mientras abría una de aquellas cajas y colocaba el minúsculo cuerpo de mi hijo entre mis manos. Llena aún de temores me dispuse a acomodar a mi bebé en mi pecho de la forma más delicada posible, podía al fin sentir su calor, su respiración y sus latidos, mientras intentaba grabar en mi mente cada partecita suya advirtiendo que luego de este momento pasarían varias horas más antes de volverlo a tener junto a mí.

    Sacudí mi cabeza tratando de no pensar en el después. ¡Por fin estaba con mi hijo! ¡Por fin lo tenía entre mis brazos! Mi pequeño estaba conmigo haciéndome consciente de lo importante que es vivir el presente y disfrutar de los momentos que realmente valen la pena. En ese instante pude comprender que toda la vida transcurrida hasta ese momento me había preparado para enfrentar esos 15 minutos, sin derrumbarme, ni dejarme devastar por la incertidumbre o el temor. A partir de ese momento, las lágrimas de tristeza se convirtieron en lágrimas de alegría, la incertidumbre se convirtió en fe, y la culpa se convirtió en compromiso; el compromiso de ser una mejor persona, para amar, cuidar y proteger eternamente a este pequeño guerrero que había llegado a mi vida en el momento preciso, no antes ni después, simplemente en el momento en el que tenía que llegar.

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 5/12

    Autora: Silvia Pesantes

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  • ¿Dónde estamos las mujeres?

    ¿Dónde estamos las mujeres?

    Toda clase de historias me contaban cada vez que mencionaba que mi próximo viaje sería a Marruecos. Historias de ensueño de la maravillosa “turistificación” de los desiertos, pero también historias que me hacían replantearme una y otra vez si viajar sola sería una buena idea. Estuve un año viajando relativamente sola o acompañada por otras mujeres por esas maravillosas ciudades europeas. Nadie me advirtió sobre sus peligros dada la imagen idealizada que mantenemos del viejo continente. Como si en estos espacios no se hicieran evidentes las sombras del ser mujer mestiza en ciudades hechas por hombres blancos. O peor aún, como si las desigualdades sociales y de género no tuvieran nada que ver con estos imperios que nos despojaron de todo en tiempos que todos parecemos haber olvidado. Con esto no quiero decir que las opresiones sean iguales en unas y otras latitudes, y mucho menos que todas las mujeres las sentimos de igual forma. Solo me cuestiono cuánta realidad ocultamos en los relatos que nos contamos. Sobre todo, cuando hablamos de la vida de las mujeres. Más aún, cuando hablan de nuestras vidas, sin ni siquiera poder opinar nosotras mismas. 

    El primer viaje que hice en Europa, a la que quiero aclarar no le guardo ningún resentimiento sino un inmenso cariño, fue a Portugal. Nadie me advirtió de los riesgos de andar solas por las calles de Portugal. Sin embargo, uno de los momentos más tensos de mi ser mujer en este año, fue en una transitada calle en Lisboa en una helada noche de invierno portugués. No voy a extenderme describiendo la experiencia, puesto que podría resultar incómodo que utilice las pocas palabras que me quedan haciendo de este, un relato sobre un “clásico” acoso callejero. Pero me era imprescindible la referencia de ese recuerdo para contrastar las historias que estamos acostumbrados a oír. Lisboa fue mi puerta para entrar al supuesto orden y a la anhelada seguridad.

    Un año después, compré un pasaje a Marruecos. Los comentarios sobre sus peligrosidades influyeron directamente en la forma en la que decidí viajar. Compré el pasaje para viajar con Pierre, Camila y Fred. Un francés tan francés que resultaba poco francés, una paraguaya que se burla en guaraní de sus propios mal genios y un inglés argentino. Nuestros códigos eran tan distintos que hacían que las palabras tengan que constantemente estar buscando formas para hacerse entender, en donde el afecto terminaba siempre siendo la clave para finalmente lograr comunicarnos. 

    Marrakech fue mi puerta para volver a entrar al caos. Todo y nada me recordaba a mi lejana primavera eterna. Marruecos era claramente el sur, un sur al otro lado del mundo. Claro que también encontré muchas diferencias mientras recorríamos la Medina y la planicie seca que a los turistas nos dijeron era EL desierto. Y supongo que fueron las historias del principio de mi relato las que hicieron que en estos recorridos me obsesione sobre lo que sentía desde mi ser mujer. Y lo cierto es que las historias que me contaron fueron lo que menos sentí en mi cuerpo, en realidad una sola duda habitaba mi cabeza.

    ¿Dónde estaban las mujeres?

    Casi no están en las calles, están solo unas pocas que han salido por las compras o que rápidamente las ves pasar en sus motos. No están vendiendo, actividad inherente de esta cultura de comerciantes. Aquí ese tipo de intercambio está reservado para los hombres.

    Entramos un día a un baño público, los hammans hacen parte obligatoria de tu paso por Marrakesch. Entre nuestras torpezas comunicativas y nuestra ansiedad por vivir la verdadera experiencia marroquí, entramos a un no lugar para turistas, a bañarnos despojados de todo lo que ya sabemos se necesita para bañarse y en el caso de Cami y yo, despojadas también de palabras. Vimos desaparecer en la puerta izquierda a los hombres y a partir de ese minuto, todo parecía una absurda historia sacada de un cuento de ficción. Estábamos ahí, semidesnudas, sentadas en un oscuro y húmedo lugar repleto de mujeres locales sin sus velos, completamente desnudas, sin entender ni una sola palabra. Las dos latinas hispanohablantes no teníamos nada que hacer ahí dentro, pero es que ahí estaban las mujeres. Están en las esponjas llenas de jabón que friegan los cuerpos de otras mujeres. Están en los secretos de esos cuerpos y el amor que se cuela entre las aguas calientes de esa habitación. Ahí estábamos las mujeres, no estábamos solas a pesar de la falta de palabras. Ahí es imperativa la compañía, la colectividad y la complicidad. Las conexiones trascienden el lenguaje, los afectos se tejen desde el cuerpo y desde las miradas. Bañar a la otra es el ritual de intercambio de cuidado más íntimo y más anónimo que he tenido.

    Dos mujeres marroquíes nos bañaron con su jabón y su esponja a cambio de nada. Quizá fue para aliviar la patética imagen de las dos turistas sentadas en la oscuridad o quizá para lograr que salgamos de allí lo antes posible. Pienso más bien que fue el acto de amor más profundo que viví en toda mi estancia fuera de casa. Ahí están las mujeres, en esta sabia labor que ocurre en esa intensa intimidad, la de sostener la vida. 

    No voy a romantizar la vida de las mujeres en los espacios llenos de opresiones, pero sí quiero visibilizar cómo las mujeres creamos esos espacios de resistencia desde nuestras acciones y también desde los relatos que contamos, confrontando el miedo normalizado y cuestionando a este sistema global, capitalista, colonial y patriarcal que construye las historias que nos cuentan. En los días en Marrakesch, encontré otro tipo de seguridad, de esa de la que no se habla en los relatos de viajes, porque la intimidad y los cuidados son cosas de mujeres. Pues déjenme decirles que después de 3 meses de encierro, creo que para todos se hizo más que evidente que la intimidad y los cuidados son lo que sostiene la vida. 

    Los relatos que cuento de Marruecos, no tienen nada que ver con los camellos y el deslumbrante mercado, ni con los velos que ves caminar por las calles que nos producen tanta contradictoria aberración sin notar los velos propios que llevamos las mujeres occidental(es)izadas. Mis relatos de Marruecos son un acto de resistencia frente a las historias que escuchamos siempre, historias en donde seguimos sin saber, dónde carajos estamos las mujeres. 

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 4/12

    Autora: Alejandra Pinto

  • Mírame por dentro

    Mírame por dentro

    Desde pequeña, a pesar de haber estudiado en una escuela pública de mi ciudad, nada elitista, siempre sentí el rechazo de mis profesoras y mis compañeras por mi apellido, no solo por su procedencia indígena, sino, además, por ser el apellido de un padre ausente.  

    Un día vino a recogerme a la escuela… desde aquel momento se incrementaron las burlas de mis compañeras y las preguntas de mis profesoras. Y es que el hombre que había llegado a verme para nada se parecía a la niña que llevaba su apellido. Él tenía la tez oscura y yo soy blanca como leche, de ojos verdes y con cabello súper claro. Las profesoras me decían: “¿Segura que es tu papá?”, mientras que mis compañeras aseguraban con tono de burla: “!Él no es tu papá! ¡Él no es tu papá!”.  

    Lo que ellos no sabían es que en la casa él también decía: “Yo no soy tu papá, no puedes ser mi hija, no te me pareces en nada”. De esta forma de verme es de donde nace su rechazo hacia mí, desde que nací, por no parecerme a una figura indígena; y el rechazo de la “sociedad mestiza” en la que vivo viene de tener su apellido. 

    Con el pasar de los años decidí que eso no debía afectarme. Y eso que tuve que asimilar el haber sido la hija de una cana al aire de mi papá, que mi madre tuviera que luchar muchos años para que me diera su apellido, el haber sentido el rechazo de mi padre por tener que dármelo y sentir el menosprecio de la sociedad que me rodeaba por llevarlo.  

    Lo más triste es que, a pesar del paso de los años, y de no ser ya ninguna niña, sigo sintiendo que casi nada ha cambiado, solo los nuevos actores que me rechazan: ¡Mi familia política! 

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 3/12

    Autora: Guadalupe Quispe