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  • Covid Navidad

    Covid Navidad

    Es complicado escribir una historia navideña en un momento como el actual. Meses de encierro, sueldos reducidos, horarios de trabajo interminables, la ansiedad a tope y la paciencia al borde. No es precisamente el escenario más alentador. Para rematar, nuestros nuevos e inseparables amigos, la mascarilla, el frasco de alcohol y el miedo, parece que no nos abandonarán en el futuro inmediato. Así las cosas, entramos desde febrero o marzo, dependiendo de dónde nos encontremos, en una pesada y larga somnolencia, a veces aburrida y monótona, otras veces desesperante, de la que apenas empezamos a ver la salida cuando ¡Bum! Nuevamente empiezan las medidas de “cuarentena” para evitar el aumento de contagios… y de decesos. Porque si a lo anterior le sumamos los cuadros graves, las salas de cuidados intensivos o peor, las muertes por o relacionadas con el COVID-19, no hay medida que valga, nuestras vidas se verán trastocadas para siempre. 

    De poco sirven las reflexiones sobre otras pandemias, pestes o guerras a lo largo de la historia, tan connaturales a la condición humana que a veces nuestro espejismo de progreso y bienestar nos hace olvidar: la realidad, hoy por hoy, es que todo y para todos, dio un giro dramático que ha hecho de este año “inolvidable”. Y seguro que, para la mayoría, ese “inolvidable” viene acompañado, oral o mentalmente, de una retahíla de epítetos cargados. Porque estar recluido, así sea entre las comodidades del hogar, no deja de ser reclusión. ¡Y ni se diga si tocó vivirla en soledad! 

    ¿Qué decir, entonces, de estas fiestas navideñas, sin ese amargo sinsabor de un año para el olvido? Que no, que no todo está para el olvido. Hay momentos, situaciones, llamadas y reuniones de Zoom, que hicieron de esto algo diferente, algo que nos invitó a ver, así sea a la fuerza, a la vida desde otra perspectiva. A encontrar el amor, lo bello y la esperanza en situaciones poco habituales. En lo personal, debo hacer una confesión: si bien vivo solo, vivo a 5 casas de mis padres y una de mis hermanos, lo que significó en mi caso un bote salvavidas. Sin su cercanía diaria, mi soledad habría hecho de mi casa una cárcel. Pero no fue así, mi hogar fue mi espacio y tiempo entre verlos, a fin de compartir momentos y comidas que de habitual habrían sido mucho menos frecuentes. ¡Y qué decir de mi hija! De verla los fines de semana, pasé a tenerla conmigo 8, 9 o 10 días. Fue reencontrarnos en la cotidianidad, convivir. Y si hay algo de esta “nueva normalidad” que rescato es esto: que me hizo ver a mis seres queridos con más frecuencia, con más amor, con más normalidad. En otras palabras, disfrutar de ellos. 

    Porque no nos engañemos: esa vida pre pandemia, a.c. (antes del Covid), donde los nuestros ocupaban el primer lugar en nuestras palabras, pero el tercero o cuarto en la realidad, detrás del trabajo, el gimnasio, el after office o el chuchaqui, no tenía nada de normal. Si algo debe quedarnos de esto es que no podemos volver a nuestra vida anterior, al menos no a que el egoísmo más lacerante sea el verdadero rector de nuestros actos y afectos. Quedémonos con esa lección, aunque el ritmo de la vida actual trate de reencauzarnos a sus algo deshumanizadas aguas tan pronto estemos vacunados. Compartamos más, hablemos más, perdonemos más; porque esa madre o ese padre, aunque agobiados por tantas tareas ya no tienen tiempo para ellos, también sonríen y son felices al saber que esta pandemia les devolvió a sus hijos, aunque sea para la hora de la comida. Y si de paso nos preocupamos y ayudamos un poco más a todos aquellos que, con o sin pandemia, deben enfrentar a la vida en las peores condiciones (y que una vez más, en este circo de desigualdades en el que vivimos, son los más vulnerables) podríamos darle a esta Covid Navidad el verdadero sentido que siempre tuvo que tener. 

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autor: Daniel Crespo

  • Chocolate para calentar los corazones

    Chocolate para calentar los corazones

    La Navidad… un momento mágico del año. Me imagino que está tan cerca de la finalización del mismo para recordarnos qué tan afortunados, agradecidos e, incluso, bondadosos hemos sido o pudimos haberlo sido. 

    Es curioso cómo, cuando éramos niños, medíamos la felicidad de dicha celebración por la cantidad de regalos que recibíamos. Una felicidad tan efímera que no pasaba del mes de enero y, a veces, ni recordábamos quién nos obsequió tal o cual cosa. Igual de curioso es que, como padres, procuramos darles esa felicidad a nuestros hijos (a veces sobrinos o hijos de seres queridos) y, a la vez, nos quejamos de que no se sientan dichosos por tenernos a su lado o por poder compartir un cachito de su vida con sus abuelos, tíos, primos y demás. 

    A mis 41 años, creo no poder pedir más en esta época, gozo de salud, tengo trabajo, tengo a mi lado a mis pequeños tesoros, cuento con un gran grupo de amigos lejos y cerca de mí, que sé que están bien y, por supuesto, tengo a los miembros de mi familia casi completos… sí, porque así es la vida, hay que agradecer por lo que se tiene y por lo que se tuvo mientras se lo pudo disfrutar. 

    Fue la noche del 24 de diciembre del 2016 en la que aprendí a valorar todo lo que ahora les digo de manera tan madura y desde el corazón. Meses atrás, habíamos decidido con mi esposa que nuestras hijas ingresaran a un grupo de scouts para que hicieran nuevos amigos y se involucraran en actividades diversas, desde supervivencia hasta la ayuda social. Como parte de estas actividades, el grupo scout tiene la maravillosa costumbre de llevar chocolate caliente y pan de pascua a las afueras de algún hospital público de la ciudad. 

    La verdad, fue un baño de humildad y un sentimiento de sobrecogimiento. Mientras la noche llegaba, los miembros del grupo empezaban a preparar el chocolate en una esquina a modo de vendedor ambulante, y así, empezar a regalarlo a las personas que lo quisieran o lo necesitaran. Para los niños, el hecho de verse y hacer algo juntos era motivo de algarabía, conversaban, colaboraban, se ayudaban unos a otros y se empujaban a soltar la timidez.  

    Había personas que se encontraban en la calle trabajando, en un puesto similar al que teníamos nosotros. Una señora que vendía bebidas calientes nos dijo muy dulcemente y en son de broma: “Me acaban de poner la competencia”. Esbozaba una sonrisa en su rostro y en seguida dice, “pero que linda iniciativa, bien está, porque hay personas que no tienen ni un dólar para gastar”. La primera impresión de mi hija mayor es abrazarme y decirme, “papi, ¿estas personas no van a ir a sus casas a pasar la navidad?”. Mi reacción es inmediata, le devuelvo el abrazo muy fuerte y le digo, “algunas no, mi amor, vamos arriba para que veas y te explico”. 

    A este plan se sumó mi segunda hija y subimos hasta la sala de espera del hospital, bueno, tal vez a una de ellas, al menos la que daba vista hacia afuera. Una mezcla de espera de emergencias y otras personas que estaban pendientes de algún familiar que se encontraba adentro. En seguida, se escuchó el sonido estremecedor de una ambulancia. Hubo un accidente y llevaban un herido. Las dos sujetaron mis brazos con fuerza y nos acercamos hasta las puertas del hospital. Adentro se podía ver personas con rostros de dolor, tanto físico como emocional, y la mayor me dijo en ese instante, “¿por qué la vida es así?” Traté de explicarle que la vida siempre sería así, y no hay momento para estar bien o no estarlo, para estar vivo o morir, pero que sea el momento que sea hay que estar agradecido por lo que se tiene y, sobre todo, por contar con quien se tiene alrededor. Sin más trámite, las dos me empujaron y me dijeron, “vamos a traerles una taza de chocolate al menos”. 

    Pedimos permiso al guardia de seguridad, quien nos permitió ingresar al interior de la sala de espera y empezamos a repartir no solamente chocolate, sino algo de esperanza. Se veía en los ojos de quienes recibían el chocolate, el pan y un deseo de Feliz Navidad, al menos por un instante, un brillo diferente al que hasta ese momento tenían. Esto se trasladó a guardias, enfermeras, doctores, pacientes, familiares, cuidadores de vehículos, indigentes y a todos quienes se acercaron a nosotros. 

    De regreso a casa, había un silencio, no de pesadumbre, sino de reflexión. Se nos notaba. Las horas pasaron y en seguida dieron las 12 de la noche. Fue la primera vez en sus cortas vidas, que mis hijas esperaron con ansias el abrazo de cada miembro de la familia más que a los regalos que estos tenían para ellas. 

    La Navidad es sinónimo de esperanza para quienes somos cristianos. Es la celebración del nacimiento de quien reconocemos como nuestro Salvador, de ahí este significado que le damos a la época del año. Para quienes no lo viven de un modo religioso, es, sin duda, una época de regocijo que se expresa a través de presentes y muestras de cariño, y no me lo van a negar, de uno u otro modo es la celebración de la vida misma. 

    Este año en particular ha estado plagado de temores de toda índole y muchas personas perdieron seres queridos. Sin embargo, quiero recordarles que deben ver a su alrededor y sentirse felices de lo que tienen, para empezar, si estás leyendo esto significa que aún sigues vivo, así que vive y sé agradecido. 

    ¡Feliz Navidad!!! 

    Una de tantas historias incompletas sobre la Navidad.

    Autor: Andrés Acosta.

  • 11 lecciones de mis peores días

    11 lecciones de mis peores días

    La sangre salía como agua de una manguera. Después del golpe, recuerdo pedirle a mi primo, el conductor, que se detuviese. “¡Para Nando! ¡Mi pierna! ¡Me duele la pierna!”

    Tenía un dolor muy fuerte desde la rodilla hasta el tobillo. Cuando regresé a ver lo que había sucedido, mi pie derecho estaba destruido. Varios dedos amputados. Algunos huesos visibles. Mi novia, ahora mi esposa, y algunos amigos, heridos.

    Recuerdo ver bastante algodón (de un pequeño colchón que teníamos en el carro) volando por todas partes. Recuerdo pensar que tendría que perder el pie, el pie que había hecho tantos goles, el pie que me había conseguido varias ofertas de becas en universidades de los Estados Unidos.

    Pero esa no era mi mayor preocupación en aquel momento.

    Lo que me preocupaba era cómo llegaríamos al hospital más cercano. Estábamos posiblemente a una hora de algún centro de salud rural, pero a siete horas de la capital. Me desangraba tan rápido que ni el mejor de nuestros torniquetes, combinado a una toalla y funda de plástico, podían disminuir mi prematura palidez.

    En retrospectiva, no sé si ese día, a los 18 años, fue el peor día de mi vida, o cuando me extirparon el testículo izquierdo, a los 16, y tuve que dejar de hacer, por un tiempo, lo que los chicos de 16 años disfrutan haciendo.

    O cuando mi esposa en Navidad me reveló un secreto y me dijo que no estaba segura de si me amaba o si quería seguir conmigo después de 15 años de casados, dos hermosas hijas y toda mi familia invitada a cenar.

    O cuando mi mejor amigo murió trágicamente justo antes de su 30 cumpleaños (tal vez el día que más he llorado).

    O cuando recibí la llamada en que me decían de que mi hermano había sido atropellado y estaba en coma, con 20% de probabilidades de sobrevivir (una pesadilla que yo había tenido 3 décadas atrás). 

    O cuando mi esposa y yo decidimos regresar a Ecuador, después de haber vivido feliz y legalmente en Estados Unidos por 8 años, para invertir todos nuestros ahorros en una empresa que formamos en sociedad con mis padres. Estábamos llenos de ilusiones y expectativas. Pero éstas se destruyeron mucho más rápido de lo que nos costó construirlas, cuando nuestro primer cargamento se volcó en el trayecto a la bodega. En un instante perdimos miles de dólares, nuestros, de mis padres y de inversionistas. 

    ¿Mala suerte?

    Mientras me recuperaba del trágico accidente de tránsito que dejó como secuela, entre otras cosas, dedos del pie amputados y la planta y empeine deformados, así como la pérdida (temporal) de poder estudiar en el exterior con una beca, mi madre me abrazó, me dio un beso en la frente y me dijo: “algo debes estar haciendo mal”. 

    En ese momento estaba molesto. No podía creer que mi propia madre me culpara por algo que claramente no había sido mi culpa.

    No sólo eso. Jamás me había considerado alguien malo, mal educado, tramposo, corrupto, egoísta, o cualquier otra cosa que sea tan mala que merezca ese karma.

    Muchos años han pasado de esos días difíciles. Muchos libros. Muchas tazas de café. Muchas horas de meditación. Mucha escritura y reflexión. Y me he preguntado: ¿qué tal si en verdad todo es mi culpa? ¿qué tal si algo estaba haciendo mal?

    Es mágico cuando asumimos responsabilidad de nuestras vidas. Nos hacemos más grandes y más maduros cuando dejamos de culpar a otras personas o situaciones por lo que nos pasa.

    Si esos fueron los peores días de mi vida, en verdad soy extremadamente afortunado. Estos días han sido una bendición, cada uno con nuevas enseñanzas, cada uno con nuevos regalos y oportunidades que hoy resumo en 11 lecciones de vida, que me gustaría pasarlas a los lectores y a mis propias hijas:

    1. Seamos conscientes: cada acción tiene repercusiones más grandes de las que podemos imaginar. Recordemos que cada acción es una semilla que tiene la promesa de miles de bosques.
    2. Seamos agradecidos: la gratitud nos permite valorar los regalos de la vida. De la existencia e inexistencia, de lo difícil y lo fácil, de lo blanco y lo negro, aprendemos que siempre estamos llenos de bendiciones.
    3. Seamos de valor: cuando ayudamos a alguien, ayudamos al mundo y a nosotros mismos. Agreguemos valor ayudando a otros como si la ayuda fuese para nosotros. 
    4. Seamos proactivos: cada día podría ser el último. Vivamos plenamente, sin dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.
    5. Seamos íntegros: en nuestro interior sabemos lo que es correcto. No hay excusas. Hagamos siempre lo correcto. Vivamos nuestras vidas de tal forma que, si todo el mundo se enterará de todo, no tendríamos nada de qué avergonzarnos.
    6. Seamos resilientes: las caídas son inevitables. Son lecciones. Son oportunidades. Así que nunca nos rindamos en la búsqueda de nuestros sueños.  
    7. Seamos mejores cada día: la vida es un crecimiento continuo y la mejor forma de aprovecharla es dando nuestro mejor esfuerzo en todo lo que hagamos.
    8. Seamos tolerantes: una mente radicalmente abierta y un corazón empático nos permitirán entender mejor al universo y a la humanidad. Todos cometemos errores. Recordemos perdonar.
    9. Seamos impecables con nuestras palabras: lo que sale de nuestra boca es una representación de quienes somos. Nuestras palabras son tan poderosas que pueden hacer realidad lo que decimos. Usemos siempre palabras de amor, cariño, aliento y sanación.
    10. Sean nosotros mismos: cada persona es única. Usemos nuestros dones y talentos especiales para brillar y alumbrar el camino de los demás.
    11. Seamos personas de fé inquebrantable: no importan las creencias o religiones, recordemos que todos somos parte del universo y su milagrosa evolución. Permitámonos creer que lo que parece imposible es posible.

    Mientras recuerdo al algodón del colchón volando dentro del vehículo en el que nos accidentamos, creo ver un pequeño arco iris. Tal vez todo pasa por algo y para algo. De todas formas, poco perdura. Como dijo Virgina Woolf, “todo es efímero como el aro iris”.

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 7/12

    Autor: Santiago Carrillo

  • Minuto 25

    Minuto 25

    Hola, soy Javi y soy futbolista. 

    Cuando me gradué del colegio me ofrecieron una beca para estudiar en una de las mejores universidades en Estados Unidos y pertenecer a su equipo de fútbol. ¡Era mi sueño de toda la vida! 

    Nací en una familia de clase media alta. Mis padres siempre me trataron bien, me dieron todo lo que se necesitaba y quería. Tenía muchos amigos y por el fútbol era de los “populares” del colegio. En las notas tampoco me iba nada mal. Tenía muy buenas referencias de todos mis profesores cuando apliqué a la Universidad. La verdad es que no puedo quejarme. Me llevaba con todos, me querían y estaba haciendo lo que me gustaba. 

    Una vez graduado, me llegó una carta de la ‘U’ invitándome a ir un mes antes de empezar las clases para conocer el campus y a mis compañeros de equipo. La experiencia iba a ser genial. 

    El entrenador me recogió en el aeropuerto y me llevó a la residencia donde todos los del equipo vivían juntos. En el camino me explicó sobre los valores de compañerismo, amistad, trabajo y tolerancia, que eran los pilares del éxito del equipo y que siempre debía tener en cuenta. Yo le contesté que no se preocupe, si algo puedo hacer bien, es llevarme con la gente y sacar lo mejor de ellos y de mí. 

    -Hola, mucho gusto. 

    ¿Qué tal? 

    What´s up? 

    Yow dude! 

    Todos eran de varios lugares, algunos blancos, algún inglés, pero la gran mayoría eran latinos, como yo. 

    Apenas empezamos a hablar, ya vi que nos llevaríamos muy bien. Todos eran buenas personas e inmediatamente sentí estar con mis “panas”. No importaba que seamos de varios lugares. 

    Esa misma tarde, cuando el entrenador ya se había ido se me acercó Marco, un chico de 22 años, de México. Estaba cursando su último año de universidad y era el capitán del equipo. Me dijo que era tradición la primera noche de un “rookie” que salieran todos de fiesta y, como estábamos en plena época de mundial, saldríamos primero a ver el partido Ecuador – Italia en mi honor y, por ser mi bienvenida, tomarnos unas cervecitas.  

    Todos fueron con cualquier prenda amarilla que encontraron. Yo, obviamente, con la camiseta de la selección. Entramos al bar latino de esos deportivos y cogimos una mesa. El sitio estaba a reventar. 

    ¡Hey “rookie”, es tu bienvenida, pero tú pagas la primera ronda! 

    Así empezó la tarde antes del partido. Cuando arrancó el juego ya estábamos bastante entonados y lo estábamos pasando genial. El ambiente, genial. Las chicas, geniales. La cerveza, genial. Todo genial. 

    Entonces sucedió… 

    Comienza el partido. 

    …Minuto 1. Casi gol de Italia. 

    -¡Cuidado! ¡Hey! Vamos negritos. 

    …Minuto 5. Fuerte falta a un jugador de Ecuador. 

    -¡Oye árbitro! ¡Saca una tarjeta, mierda! 

    …Minuto 8. Otra vez, casi gol de Italia. 

    -¡Mierda esa defensa! ¡Corran! Para lo mucho que “disque” corren… 

    …Minuto 23. Casi gol de Ecuador. Oportunidad clarísima. El delantero lo falla garrafalmente.  

    -¡Noooo, no puede ser! ¡Negro hp, cómo te vas a jalar eso, maldita sea con estos negros de mierda! 

    …Minuto 25. Gol de Italia. 

    ¡Claro…estos negros y longos vagos! ¡Si no sirven para nada! 

    Aquí cambió todo. 

    Todo el mundo enmudeció, mis compañeros me veían fijamente y el dueño del bar vino y me pidió que me vaya del local. Yo no entendía qué pasaba y traté de hablar con él, pero por no armar lío, mejor salí. 

    Afuera, mis compañeros me preguntaron que cómo era posible que dijera esas cosas tan desagradables, que por suerte los pocos que no hablaban español y eran negros, no entendieron, sino se armaba una buena pelea. Yo solo respondía: pero, ¿qué dije? Solo estaba viendo el partido tranquilamente, es normal hablar así en mi país y nunca he tenido problemas por eso. No entiendo por qué hacen tanto problema de esto. Su respuesta fue fulminante: El problema eres TÚ. NO QUEREMOS GENTE ASÍ EN NUESTRO EQUIPO. 

    Al día siguiente, el entrenador se enteró de lo sucedido, y muy poco después, estaba en un avión de vuelta a mi país… 

    Esta corta experiencia me abrió los ojos. Me he dado cuenta que viví toda mi vida en una sociedad que ha normalizado el odio a otras razas, excusándose en cualquier situación social para despotricar contra ellos. 

    “Negro de mierda” 

    “Longo vago” 

    “Indio sucio” 

    “Inmigrante ladrón” 

    Etcétera. 

    Y no puedo ni imaginarme qué otras cosas similares suceden también… 

    Hola, soy Javi y soy futbolista racista. 

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 4/12

    Autor: Diego Méndez

  • Fracaso

    Fracaso

    ¡A la mierda! ¿Qué pasó? Lo hice todo, me preparé… Mis padres han sido siempre mi referente, tan estudiosos, en todo momento sabían qué hacer… ¿Cómo puede ser que esto ocurra? Qué sensación tan rara. ¿Es miedo?, no lo había sentido así nunca. Intento controlar esto, pero estoy seguro que esas ganas de controlarlo todo es lo que hizo que termine así…

    ¿Y mis abuelos? Ellos también me formaron, me enseñaron a hacer las cosas bien, a ser fuerte, me repetían siempre: «Jorge, amor, vas a llegar lejos, eres muy inteligente», ¿cómo puede ser que haya llegado a esto? Siempre lo he calculado todo tan bien, tan organizado, tan preciso, ¿qué fue lo que falló? ¿Qué no supe ver?

    Qué sensación tan terrible, quiero llorar y no puedo, a la final era una decisión más… ¿Qué pasó? Ya solo las veo irse, y siento que nada de lo que soñé y pensé se dio, no lo logré, ¡Mierda! Está sensación se vuelve más profunda, será que le puse mucha cabeza, creo que no escuché, debe ser eso, pero ya es tarde, han decidido irse, las perdí…

    «Adiós Jorge, mi abogado te contactará, sobre nuestra hija, como acordamos, será solo los fines de semana, pero el domingo deberá estar en casa de mis padres antes de las 4pm»…

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 2/12

    Autor: Santiago Barragán

  • Historias de una mujer rota

    Historias de una mujer rota

    “Voy a escribir sobre el amor, sobre ti y sobre nosotros. Que todo en paquetito resulta ser más bonito.

    Voy a escribir una historia para que en un futuro nuestros hijos se sienten a leerla y sepan de qué se trata esto, que nuestra pequeña entienda cómo debe ser tratada y nuestro campeón aprenda a querer así, como se debe.

    Les voy a dejar plasmado cómo se cosecha el amor bonito, el que no duele. El que disfrutas y te detienes a preguntarte qué hiciste para merecerte esto.

    Voy a escribir una historia que hable de ti, de cómo nos conocimos y lo mucho que batallamos para llegar hasta aquí, que sepan y entiendan que el amor es blanco y negro… y muchas veces gris.

    Voy a palpar nuestras tantas historias por si un día -ya viejitos y con canas- olvidamos los detalles de aquellos días que queremos contar.

    Voy a escribir una historia donde cuente la vez que me pediste que llorara por todo lo que me dolía porque tú me ibas a abrazar, sobre la primera vez que pisé la casa de tus padres, no voy a olvidar palpar en unas letras las incontables veces que peleamos por los malos ratos.

    Voy a escribir sobre aquel amor en el que ahora nadie cree, del que creen solo existe en aquellos clichés de amor… y es que quiero que lo entiendan, que lo lean de mi puño y letra y al fin lo crean.

    Voy a escribir sobre aquellas personas que no apostaban ni un centavo por nosotros, los que nos llenaron la cabeza de aquella frase trillada:  “Te mereces algo mejor”, sin saber que nosotros podíamos ser mejor, mucho mejor.

    Escribiré una historia que hable de amor, de esos de verdad, donde el rosa a veces se vuelve gris, donde la tempestad no acaba sola sino con paciencia, con dedicación, con interés… con amor.

    Voy a escribir una historia de esas que terminan siempre con aquel ‘continuará’, de esas que ojalá no terminen jamás.”

    Una de tantas historias incompletas de amor. Historia 1/12

    Autora: Ana Burgos  

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  • Magia

    Magia

    Soy hija de mi madre y ella, a su vez, de una madre que entregó su vida a sus hijos, incluso cuando estuvo al borde de la muerte durante meses, hasta que yo nací. Encuentro difícil plasmar los hechos en orden cronológico, así que esto será como una tormenta de palabras y de varios acontecimientos que hacen que yo crea en magia.  

    Mi abuela Hortensia, a quien no tuve el privilegio de conocer, murió un día después de mi nacimiento, y mi idea de que la magia existe es, en parte, porque pienso que, de alguna manera divina, ella vive en mí. Ella es el ángel de la guarda de toda la familia… me gusta pensar que hay en mí algo especial.  

    En 1987, Gustavo y Laura, mis papás, llevaban algún tiempo juntos y para ese entonces ya habían decidido casarse. La fecha tentativa sería cercana a abril del año siguiente, pero el matrimonio se adelantó, se casaron el 30 de diciembre de ese mismo año.  Yo nací el 23 de julio de 1988, y no, no fui sietemesina.   

    Mi abuela llevaba un buen tiempo con cáncer y había decidido no tener mayor intervención médica, quería vivir sus últimos días tranquila en casa. Esto último, y el hecho de que yo viniera ya en camino, fueron las mayores razones para que mis padres decidieran que su matrimonio fuera en épocas navideñas, así podrían tener a gran parte de la familia reunida. Mi madre tenía vergüenza de contarle a mi abuela que estaba embarazada, pero es bien sabido que las mamás son un poco ‘brujas’, así que, cuando estuvieron hablando del vestido de novia y demás asuntos de la noche de bodas, le dijo: “Mija, cómprese un brasier una talla más grande, a uno le crece el busto cuando se casa”. Ella lo encontró extraño; no se imaginaba que doña Hortensia ya sabía exactamente lo que le pasaba a su niña mimada de 20 años.  

    Había sido la hija consentida y protegida de la casa, pero su proceso de gestación no fue fácil. Nació y ya era tía, sí tía; su hermana mayor y su mamá habían estado embarazadas al mismo tiempo, mi prima había nacido el 2 de diciembre (el mismo día en que cumple años mi hermana menor) y mi mamá nació en abril del año siguiente. Doña Hortensia tenía 42 años y había llorado gran parte de su embarazo, le avergonzaba que su hija mayor también lo estuviera, y el hecho de su avanzada edad.   

    Mi mamá dice que su niñez fue muy tranquila, pero a la vez hubo mucho sufrimiento. Durante su juventud su madre se enfermó, y fue ella, la misma niñita consentida, quien prácticamente tuvo que hacerse cargo de gran parte de la enfermedad. No creo que fuera fácil, con 18 años, la mamá con cáncer, sabiendo que, pese a tener 10 hermanos mayores, sí 10 (la mayoría ya habían salido de casa o estaban formando sus familias), solo le quedaba la opción de ser ella misma la responsable del cuidado.  

    El lazo de mi mamá con mi abuela fue muy fuerte, pero a la vez un tanto lejano. Le he oído anécdotas como la del brasier y, al mismo tiempo, me ha hablado de sentir lejanía en su comunicación o en sentirse amiga de su madre. Asumo que fueron épocas diferentes, y es este uno de los motivos por los que también creo en magia. Tengo la suerte de decir que a mis casi 32 años mi madre es mi amiga de verdad, sin mentir le cuento todo, o prácticamente, y creo que no muchas personas pueden decir eso. Tuvo contracciones en la madrugada del 23 de julio de 1988 y dice que no demoré mucho en llegar, al medio día ya había nacido. También me contó cómo la noche anterior le había dado las buenas noches de una manera especial a mi abuela, o, al menos, ese es su recuerdo.  

    Mis padres vivían en la puerta de enfrente del apartamento de mis abuelos, y mi mamá se había enamorado del vecino al que mi abuelo alguna vez le había prohibido hasta el saludo. Pero para eso también existe la magia, para los amores imposibles, donde los brillitos y las chispitas llegan de donde menos los esperas. El vecino era un joven universitario de 23 años que vivía con otros 3 hombres. Llegó a su vida casi colándose en una relación de 3 años; me encanta cómo él dice que al saludar al guardia del edificio le decía que la chica del segundo piso, la del papá bravo, iba a ser su novia… Magia, ¿no creen? 

    Después de que naciera, mi papá fue a hablar con mi abuela y le contó que yo estaba sana y con salud… a la mañana siguiente descansó… Su hija menor había cumplido el sueño de ser mamá y seguro le había crecido el busto. Mi mamá no pudo ir al entierro de su propia madre por cuidarme a mí; eligió pensar que no vine a reemplazarla, ni que soy su reencarnación ni nada por el estilo; prefirió pensar que, de alguna manera, hice esa partida menos dolorosa, y le tomó años hacer un duelo apropiado, tal vez fue mi abuela quien estuvo ahí presente hasta que lo sintió necesario… Esto también podría ser magia, o serendipia, porque en la vida las cosas pasan en el momento preciso y puede que nos tome años entender por qué o nunca comprendamos la razón o el propósito de los hechos.  

    Mi nombre es Laura Peláez, yo creo en magia y en historias con “brillitos y chispitas”, aunque no siempre sean chispitas de luz, pero creo en magia, tal vez creo más de lo que un adulto debería, pero creo y seguiré creyendo.  

    Descripción:  

    Creo que todos deberíamos grabarnos esa frase del “Principito” que habla de ver con el corazón, sabiendo que lo esencial es invisible a los ojos… Para mí es un principio de vida.  

    Una de tantas historias sobre mujeres. Historia 12/12

    Autora: Laura Peláez

  • Puntos

    Puntos

    -Mami, ¿has visto mi schaufel amarilla, esa que estaba en la sandkiste?”-me dice Sofía, mirándome con sus ojos grandes y luminosos, esperando una respuesta que solucione su problema.

    -No te entiendo si me hablas así todo mezclado… ¡y tanto alemán ME DA PUNTOS!

    -oooookeeeiiii…Mami, ¿has visto mi palita amarilla, la que estaba en el arenero?

    ¡ME DA PUNTOS!

    Ésta es mi arma especial para que en mi casa se hable más español. Al vivir en Alemania ya hace bastantes años, tener amigos alemanes, televisión y radio en alemán, y ser parte activa de la sociedad alemana, el idioma que más escuchamos y hablamos es, obviamente, el alemán.

    Nací en Chile y crecí en mi lindo Ecuador. Soy latina de corazón y sangre. Fui al colegio alemán, en el que no me fue tan bien…es más, me fue bien mal, por el idioma por supuesto. En sexto grado me dieron el pase de año condicional, si cambiaba de colegio. Juré nunca más hablar alemán… ¡nunca más! Pues bien, no resultó. Conocí a mi esposo, un chico alemán, en un intercambio de la universidad en USA. Entre nosotros seguimos hablando en inglés, pues éste fue el idioma en el que nos conocimos (de mi alemán aprendido en el colegio, quedaba la nada misma). Tomé cursos de alemán, desde cero. Al inicio mis clases eran de seis horas diarias, luego aprendí con la tele y conversando con mis nuevas amigas alemanas, con quienes no sólo aprendía a soltar la lengua, sino gramática y frases coloquiales.  Ahora lo entiendo y lo hablo bien, con errores -que no me importan mucho- y mi acento latino bien puesto -por el que me piropean y diferencian-. Me comunico y desenvuelvo perfectamente así.

    Soy mamá a tiempo completo de mis cuatro amores, cada uno distinto y maravilloso. Ser mamá es mi mayor privilegio, mi gran suerte. Cuando mis hijos eran pequeños, pasábamos mucho tiempo juntos y hablábamos solamente en español.  Al entrar al jardín de infantes, lo hicieron con poco o nada de alemán, pues el tiempo que mi esposo pasaba con los niños era mucho menos que yo, por su trabajo. A medida que pasaba el tiempo, entre actividades y amistades, el alemán fue aumentando y ganando terreno…tanto, que a veces me abombaba. Aclaro, no tengo nada en contra del alemán, pero tengo mucho a favor del español.  

    En mi casa se hablan tres idiomas: alemán y español perfectos -de acuerdo a las edades, claro está­- y el inglés, todavía en construcción. Es una gran mezcla, y estamos orgullosos de nuestro logro. Es mucho más trabajo, pero vale la pena. Si mis hijos me hablan a mí, me hablan en español. Si le hablan a papá, en alemán -aunque él también habla español sin mucho problema-. Entre ellos, el idioma que escogen va de acuerdo a la actividad que hacen: cosas aprendidas en casa, en español; mientras que juegos o canciones traídos de afuera, en alemán.  Cuando comemos, se hablan los tres idiomas al mismo tiempo. “Me pasas, por favor, el pan” “Papi, ich möchte gerne ein Brot mit Butter essen” “Would you like some more juice?”. Gracioso es cuando vienen visitas, pues entienden solo partes de lo que pasa y veo sus caras de confusión. Algunos de ellos ya han empezado clases de español. Maravilla. Buena influencia.

    He hablado con muchas personas sobre este tema, especialmente con “familias internacionales”, donde uno de los integrantes habla otro idioma como idioma materno. Muy pocas de estas familias han logrado que se mantenga activo el segundo idioma. Muchas veces los niños prefieren contestar solamente en alemán, aunque entienden todo. Hay muchas razones que he escuchado: el idioma no es lo suficientemente interesante para el niño, mucho trabajo, falta de tiempo, pereza, motivación, entre otros. Al final, pienso yo, es una gran pérdida. Yo estoy convencida que de la mano del idioma va la cultura. Uno se expresa diferente en otros idiomas:  el trato es diferente, el sentido del humor, la música, el baile… ¡hasta el tono de voz cambia!

    Mis hijos son mitad latinos y mitad alemanes, y cada uno se siente y lo siente diferente. Ése es su derecho, es como se identifican. Tienen una mezcla interesante de dos culturas maravillosas y totalmente diferentes, dos formas diferentes de ver la vida. Mis hijos tienen la gran suerte -y la gran ventaja- de saber combinar dos mundos. Con estos tres idiomas tan importantes, se pueden desenvolver sin problemas en la mayoría de países en la parte occidental del mundo. Les ha dado flexibilidad, una mente abierta, y expandido sus horizontes. Todo esto lo utilizarán para convertir este mundo en un lugar mejor. Es uno de los mejores legados que les puedo dejar.

    Mientras tanto, yo sigo mi camino. Mi camino ha dejado de ser MI camino y se ha convertido en un camino conjunto, siempre acompañada de mis satélites, esos que leen los textos que escribo y me los corrigen, con un tono de dulzura y picardía en su voz. “Mami, no es ein sino einen” Nunca lo lograré… Tampoco me hago lío. Uno de mis primeros profesores de alemán hablaba sobre los artículos en alemán… para algunos hay reglas; para los otros, memoria o suerte.  Así me siento…entre memoria y suerte. Y los PUNTOS seguirán viniendo, y yo seguiré luchando con cariño y alegría en su contra, para mantener mi “isla latina” en este extenso y profundo mar.

    Autora: Florencia Montenegro.

    Una de tantas historias incompletas sobre mujeres. Historia 1/12