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  • Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Así, tal cual. Como lo oís. Vale, igual lo he soltado muy de sopetón, tendría que darle algo de contexto y matizar para que me creáis. La cosa en realidad fue así. El fantasma de Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Con la salchicha quemada. En el centro comercial de La Vaguada. Después de ver en el cine la peli de «El especialista«. La de Sharon Stone y Sylvester Stallone. Y es curioso porque por aquel entonces conocía a Frank Zappa de nombre y poco más, no creo que hubiera oído todavía una sola canción suya.

    Yo con 13 años ya era un apasionado de la música, pero estaba tan metido en el rock duro y el metal que aún me costaba salir de ahí. También estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Compraba revistas como la Kerrang, la Heavy Rock o la Metal Hammer, y de vez en cuando me agenciaba alguna Guitar Player. Frank Zappa había muerto unos meses antes, a finales del 93, y yo estaba suficientemente informado como para, al menos, poder ponerle cara. Tenía idea de que su música era rara de narices, pero no sería hasta años después cuando me diera por sumergirme un poco, tampoco demasiado, en aquella obra absolutamente inabarcable.

    Lo de peli y perrito caliente en La Vaguada era un clásico de nuestra adolescencia que mi amigo Fede y yo nos podíamos permitir, con suerte, cada dos o tres meses. Después del perrito igual echábamos alguna partida en los recreativos, siempre dependiendo de cómo anduviéramos de pasta, y dábamos una vuelta por el centro comercial. Aquel día elegimos la de «El especialista» por motivos obvios. Una de acción con escenas eróticas protagonizada por Stone y Stallone. Qué podía salir mal. Ahora no recuerdo absolutamente nada de esa peli, aparte de que echaban un polvo en la ducha, pero lo que no olvidaré jamás es el episodio posterior.

    Cuando llegamos al puesto de perritos nos llamó la atención que tras el mostrador estuviera un señor de unos cincuenta y tantos años. Y encima era la viva imagen de Frank Zappa. Como dos gotas de agua. Pelo ligeramente canoso que no conseguía mantener por completo dentro de un ridículo gorrito blanco de cocinero, rostro afilado, nariz de cuervo, su característico mostachón y su aún más característica barba de chivo.

    «Mira, es Frank Zappa», le susurré a Fede, y éste se rió. De todos mis amigos, Fede no sólo era el más cercano, sino también el único capaz de haber entendido aquel chiste. Compartíamos la misma pasión por la música y nuestros gustos eran muy similares. Él fue, de hecho, el motivo por el que comencé a tocar la guitarra y el motivo por el que luego la acabaría abandonando. Empezamos tocando juntos en interminables tardes en su casa, con nuestras eléctricas enchufadas a un par amplis de 10 vatios y el «Live» de AC/DC sonando a toda pastilla, intentando sacarnos todas las canciones. Al poco tiempo él empezó a tomar ventaja hasta que acabó destapándose como un absoluto virtuoso. Yo no pude seguirle el ritmo y no tardaría en desanimarme.

    Bueno, la cuestión es que ambos nos reímos de aquella coña. Pedimos, Frank Zappa nos sirvió, y nos marchamos con nuestros perritos a la terraza del centro comercial, en donde siempre había más ambiente, o sea, más chicas paseando por ahí. Allí nos dimos cuenta de que las salchichas de nuestros perritos estaban prácticamente calcinadas. «Qué cabrón, el Frank Zappa», espetó Fede, pero por no andar volviendo, y también porque en el fondo éramos unos cagones, nos los acabamos comiendo.

    Fede y yo tendríamos la suerte en años venideros de poder ver a muchos de nuestros ídolos en conciertos inolvidables. Van Halen en el Palacio, AC/DC en Las Ventas, los Maiden en el Pabellón del Real Madrid, Deep Purple en la Cubierta… Pero con el tiempo nos fuimos distanciando. Nunca nos peleamos ni tuvimos bronca alguna, simplemente nuestros caminos fueron divergiendo hasta tomar direcciones totalmente distintas. Un día, leyendo una revista cualquiera, me topé con la breve reseña de un libro, cuyo autor y título no recuerdo, que recogía los peculiares gustos culinarios de varias celebridades, y ponía como ejemplo que una de las comidas favoritas de Frank Zappa eran las salchichas quemadas. Os lo juro. Tal cual. Me quedé a cuadros. Aquélla era la prueba definitiva e inequívoca de que no nos habíamos topado con un doble de Frank Zappa, sino con el mismísimo Frank Zappa. O mejor dicho, su fantasma. Quise llamar a Fede de inmediato para contárselo, pero me di cuenta de que para entonces ya no nos hablábamos.

    Retomamos el contacto más de dos décadas después, a comienzos de 2020, a través de Facebook. Fue un breve pero emotivo intercambio de mensajes en el que pudimos ponernos al día. Él vivía en Móstoles con su novia y su niña pequeña. Se ganaba la vida como profe de guitarra y músico de sesión. Pensé en contarle lo de Frank Zappa pero sentí que igual no venía a cuento. Ya tendría oportunidad de hacerlo más adelante, pues quedamos en vernos en el concierto de Aerosmith en el Wanda, en julio de ese mismo año, ya que coincidía que ambos habíamos pillado entradas. «Así rememoramos los viejos tiempos», escribió él. Luego vino el maldito covid y, entre otros muchos desastres, aquel concierto se aplazaría para julio de 2021. Y hace un par de semanas volvieron a posponerlo para julio de 2022. Ni siquiera tengo claro si se celebrará algún día o no, pero ya me da igual, porque acabo de enterarme de que pase lo que pase ya no volveré a ver nunca más a mi amigo Fede.

    Y yo no sé por qué no dejo de pensar en lo de Frank Zappa y los perritos calientes. Porque aquello no pudo suceder así sin más. Tuvo que significar algo, ¿verdad?

    Demonios, ¡si a mí ni siquiera me gusta Frank Zappa!

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Rodrigo Martín

     

  • Covid Navidad

    Covid Navidad

    Es complicado escribir una historia navideña en un momento como el actual. Meses de encierro, sueldos reducidos, horarios de trabajo interminables, la ansiedad a tope y la paciencia al borde. No es precisamente el escenario más alentador. Para rematar, nuestros nuevos e inseparables amigos, la mascarilla, el frasco de alcohol y el miedo, parece que no nos abandonarán en el futuro inmediato. Así las cosas, entramos desde febrero o marzo, dependiendo de dónde nos encontremos, en una pesada y larga somnolencia, a veces aburrida y monótona, otras veces desesperante, de la que apenas empezamos a ver la salida cuando ¡Bum! Nuevamente empiezan las medidas de “cuarentena” para evitar el aumento de contagios… y de decesos. Porque si a lo anterior le sumamos los cuadros graves, las salas de cuidados intensivos o peor, las muertes por o relacionadas con el COVID-19, no hay medida que valga, nuestras vidas se verán trastocadas para siempre. 

    De poco sirven las reflexiones sobre otras pandemias, pestes o guerras a lo largo de la historia, tan connaturales a la condición humana que a veces nuestro espejismo de progreso y bienestar nos hace olvidar: la realidad, hoy por hoy, es que todo y para todos, dio un giro dramático que ha hecho de este año “inolvidable”. Y seguro que, para la mayoría, ese “inolvidable” viene acompañado, oral o mentalmente, de una retahíla de epítetos cargados. Porque estar recluido, así sea entre las comodidades del hogar, no deja de ser reclusión. ¡Y ni se diga si tocó vivirla en soledad! 

    ¿Qué decir, entonces, de estas fiestas navideñas, sin ese amargo sinsabor de un año para el olvido? Que no, que no todo está para el olvido. Hay momentos, situaciones, llamadas y reuniones de Zoom, que hicieron de esto algo diferente, algo que nos invitó a ver, así sea a la fuerza, a la vida desde otra perspectiva. A encontrar el amor, lo bello y la esperanza en situaciones poco habituales. En lo personal, debo hacer una confesión: si bien vivo solo, vivo a 5 casas de mis padres y una de mis hermanos, lo que significó en mi caso un bote salvavidas. Sin su cercanía diaria, mi soledad habría hecho de mi casa una cárcel. Pero no fue así, mi hogar fue mi espacio y tiempo entre verlos, a fin de compartir momentos y comidas que de habitual habrían sido mucho menos frecuentes. ¡Y qué decir de mi hija! De verla los fines de semana, pasé a tenerla conmigo 8, 9 o 10 días. Fue reencontrarnos en la cotidianidad, convivir. Y si hay algo de esta “nueva normalidad” que rescato es esto: que me hizo ver a mis seres queridos con más frecuencia, con más amor, con más normalidad. En otras palabras, disfrutar de ellos. 

    Porque no nos engañemos: esa vida pre pandemia, a.c. (antes del Covid), donde los nuestros ocupaban el primer lugar en nuestras palabras, pero el tercero o cuarto en la realidad, detrás del trabajo, el gimnasio, el after office o el chuchaqui, no tenía nada de normal. Si algo debe quedarnos de esto es que no podemos volver a nuestra vida anterior, al menos no a que el egoísmo más lacerante sea el verdadero rector de nuestros actos y afectos. Quedémonos con esa lección, aunque el ritmo de la vida actual trate de reencauzarnos a sus algo deshumanizadas aguas tan pronto estemos vacunados. Compartamos más, hablemos más, perdonemos más; porque esa madre o ese padre, aunque agobiados por tantas tareas ya no tienen tiempo para ellos, también sonríen y son felices al saber que esta pandemia les devolvió a sus hijos, aunque sea para la hora de la comida. Y si de paso nos preocupamos y ayudamos un poco más a todos aquellos que, con o sin pandemia, deben enfrentar a la vida en las peores condiciones (y que una vez más, en este circo de desigualdades en el que vivimos, son los más vulnerables) podríamos darle a esta Covid Navidad el verdadero sentido que siempre tuvo que tener. 

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autor: Daniel Crespo

  • Es 24 y nieva…

    Es 24 y nieva…

    2020 está siendo un año muy duro. Tengo unas ganas locas de pasar la Navidad con las cinco personas que más quiero y que tengo cerca. ¿Podrían ser unas cuantas más? Sí, pero… restricciones de la pandemia, qué le voy a hacer.  

    Voy en el coche por una carreterita de montaña camino del pueblo en el que hemos alquilado una casa rural. El GPS marca que me quedan unos 10 kilómetros, y menos mal. El tiempo está horrible, no deja de nevar. Miro atento a la carretera y pienso en que cuando llegue tendré la chimenea a pleno rendimiento y la casa calentita, para una vez que soy el último… ¿Cómo se habrán apañado para encenderla?, ninguno de ellos es demasiado hábil con cualquier cosa que no sea eléctrica o automática.  

    Me distraigo un par de minutos con mis pensamientos, pero enseguida vuelvo a un modo ‘concentración total’. La carretera no es buena y empieza a cuajar la nieve.  

    Suena el teléfono y contesto desde los mandos del volante. 

    – Oye, ¿por dónde vienes?  

    – ¿Qué te pasa? ¿No tienes modales? Se dice hola. Y después del saludo- Su voz me interrumpe con una carcajada. 

    – No te enfades rey. ¿Que si ya llegas? Chimenea… done. Café ecuatoriano recién molido y hecho en cafetera italiana… done. Cordero, en el horno. Hoy toca homenaje, fiera. 

    – Así me gusta. Menudo equipo de avanzadilla tengo.  En el GPS pone 8 kilómetros. Pero se está poniendo complicada la carretera. Si sigue así, prefiero parar y poner las cadenas, aunque sea para este trocito. Así que no sé, entre diez minutos y media hora.  

    – Adiós, con cuidado. A ver si te salvaste del coronavirus y al final no pasas el invierno. 

    – No seas cabrón. Después de pasar el bicho, soy inmortal. Ahora nos vemos. 

    Bueno. Todo listo y yo muy cerca. Creo que me he ganado con creces esta semanita de grupo burbuja, alcohol, comilonas, y descanso. Aire puro que me limpie los pulmones y los malos recuerdos. No veo casi nada. Puta nieve.  

    Avanzo un par de kilómetros y tengo delante de mí una recta larga, aunque con algo de pendiente. Aminoro. Ya no conduzco demasiado seguro. Las ruedas patinan, el coche se ladea, freno, empieza a retroceder en cámara lenta y me salgo de la carretera. ¡Mierda! Son casi las 18.00 y quedan apenas unos minutos de claridad. Es 24 de diciembre, la grúa no va a llegar hasta aquí, imposible. Miro el GPS, 6 kilómetros me separan del calor de la chimenea y de mis seres queridos.   

    Analizo la situación y tiro de mis exiguos conocimientos de supervivencia. Si el ser humano camina rápido a 4 kilómetros por hora, mientras que no me salga de la carretera, llevando el GPS, en hora y media estoy en la casa rural. Dejo la maleta en el coche para ir ligero, me abrigo bien… Y pienso: todavía llego a la cena, ¡vamos! 

    Según abro la puerta del coche, el frio se me mete hasta los huesos. Empiezo a caminar y desde los primeros metros asumo que mi previsión de una hora y media es demasiado optimista. La ventisca no cesa. Manos en los bolsillos, cabeza hundida entre os hombros y zancadas largas, pero lentas. Cada vez que apoyo un pie, siento como hago mella en la nieve y me hundo un poco, no en vano peso 100 kilos. Calculo que habrá ya unos 10 centímetros acumulados de nieve bajo mis pies.  

    Transcurrida una hora estoy agotado. Está siendo una paliza bestial. Cada paso que doy se hunde hasta casi la pantorrilla. El viento helado de frente no hace más que lanzarme con virulencia más y más nieve. No veo apenas nada. Ya no tengo la certeza de seguir sobre la carretera y cuando intento sacar el GPS, no veo nada, recalcula y recalcula, la pantalla se moja… es muy frustrante. Antes de guardar definitivamente el teléfono, intento una última llamada… imposible, estoy “fuera de cobertura”.     

    No veo nada, estoy congelado. Las fuerzas casi me abandonan. Tengo muchísimo frio. Desde hace un buen rato, y después de varios minutos de un intenso dolor, dejé de sentir los pies. Pero sigo caminando. Tengo que llegar. Tengo que llegar como sea. No me voy a rendir. ¡No me voy a rendir! Ni puedo ni debo. Voy a sobrevivir a esto, no voy a morir aquí, así no. Así no va a pasar. No es Navidad. Vas a salir de aquí cabrón. Échale un par de huevos.  

    De pronto, me da la sensación de que ha dejado de nevar… hay algo más de claridad. Veo la casa justo en frente. He llegado, no me lo creo. Veo el humo blanco saliendo de la chimenea. Me arrastro hasta la puerta, toco torpemente, me abren y me fundo en un abrazo tierno y cálido. Soy feliz. Muy feliz. 

    —- 

    Teniente. Creo que lo tenemos. Puede ser el conductor. Al haber estado enterrado en la nieve no tiene signos evidentes de descomposición, y eso que ha pasado ya casi un mes. Lo encontraron los perros del Antonio, el pastor, a unos 4 kilómetros de la carretera. Están intentando verificar su identidad a través del teléfono que llevaba encima.  

    Una de tantas historias incompletas sobre Navidad.

    Autor: Félix Espoz.

  • Inseguridad desde Neptuno

    Inseguridad desde Neptuno

    -“Bueno, qué me queda…” – pienso con resignación al apagar la tele, mientras mentalmente repaso todas las actividades que tendré que hacer al día siguiente y que, después de 3 meses, me obligarán a salir.

    3 meses sin ver la calle, casi sin contacto con gente, sin recordar el tráfico, los buses, las correteaderas, las distancias largas… madre mía: ¿Cómo hacíamos antes?

    -“No sé para qué me compro tantos pantalones, si solamente me pongo 3” – me digo, mientras abro el armario y busco el mismo pantalón cómodo y holgado que siempre utilizo para ir al supermercado. Solo que esta vez no iré al supermercado y esta vez el pantalón no me queda ni cómodo ni holgado…

    -Ajá…

    Un momento. Yo no horneé pasteles ni cupcakes dignos de Instagram (¿con qué tiempo?). Llevo meses sin comer en la calle (¿solíamos hacer eso, comer en restaurantes? ¿Salíamos?). Mi ansiedad no se tradujo en comida tan calóricamente culposa que mataría de un infarto fulminante a mi propio cardiólogo (¿o sí?). ¿Por qué el ojal ha decidido practicar distanciamiento social del botón de mi pantalón favorito?

    Qué mal me siento. Qué culpable me siento. ¿De dónde engordé tanto? Por Dios, ni yo me aguanto el mal humor que llevo dentro. Siento que peso mil kilos. Siento que soy un planeta cruzando la avenida Javier Prado. El sistema solar. Siento que tengo cintura de refrigeradora. Cruzo la calle dando botes. Qué mal me siento. Qué culpable me siento.

    Volver a casa por la tarde, dirección la ducha. Inevitable mirarme en el espejo. Me veo desnuda, me veo cansada, y el espejo reflejando mis kilos extra de cuarentena en estreno. La nueva convivencia me espera pronto, algún día, lo sé; de momento me espera una ducha muy caliente, que me haga olvidar por 30 minutos al mundo exterior.

    Un momento… pero, ¿de qué se queja mi vanidad? Ana, por favor, hay gente que se está muriendo allá afuera y tú sufriendo por haber cogido un par de kilos. Sí, pero el pantalón ya no me queda. Sí, pero Ana, vamos, que al menos tú tienes un techo y agua caliente y hay gente que la pasa muy mal allá afuera, eh, Ana, por favor. Sí, pero ahora cómo hago para que el resto de la ropa me quede tan cómoda como antes.

    Qué abanico de emociones. Me siento fracasada, desmotivada, ansiosa y molesta conmigo misma. Qué vulnerables nos sentimos las mujeres cuando la balanza nos muestra un par de kilos demás. Cómo a veces podemos sentir que nuestro amor propio, nuestra autoestima y nuestra confianza se van de viaje un ratito a Neptuno (con mascarilla) y con pasaje de ida. Me avergüenzo de mi cuerpo.

    No. No te avergüences de tu cuerpo. Nunca de los nunca, jamás de los jamases. Tu cuerpo es perfecto tal y como es, Ana. Tu cuerpo te sigue el ritmo, respira, baila, se acelera, corre, salta, ama y se deja amar, se mete al fondo del mar y regresa de nuevo a la orilla cual comercial de cerveza, se cae y se levanta, aguanta madrugones, horas interminables de trabajo, ritmos agotadores, entrenamientos de campeonato. Tu cuerpo es ingeniería pura y perfecta. Que ese ingrato par de kilos no tumben al mujerón que eres, Ana. No lo castigues así. No te castigues así.

    Mientras me envuelvo más en la toalla, no puedo evitar el abrazarme fuerte, a mí, a mi vanidad y a mis inseguridades. Huelen a mi jabón favorito. Las abrazo, les sonrío, las perdono. Me perdono.

    Una vez más. Ya quisiera Barbie tener la seguridad, la autoestima y el amor propio que me ha costado años construir.

    Una de tantas historias sobre mujeres. Historia 11/12

    Autora: Silvia A. Lucho Molina.

  • Ceguera blanca

    Ceguera blanca

    Durante los últimos días vengo pensado en cómo se podría eliminar el racismo en el mundo y se me han ocurrido un montón de ideas; fortalecer el sistema educativo, ampliar las penas, realizar un mejor control de contenidos en medios de comunicación, realizar exámenes psicológicos con mayor énfasis en discriminación, etc; y entre todo lo que me ha venido a la mente, rescato una reflexión profunda y una idea loca.

    La reflexión: No encuentro ninguna razón para pensar porqué yo puedo ser menos que otra persona o porqué alguien puede tener más valor por su color de piel, condición económica, orientación sexual o cualquier otra cosa que se me ocurra; simplemente no la encuentro y eso me frustra, me enoja, me desanima, porque disfruto solucionar problemas complejos… pero este, no lo puedo solucionar. Entiendo a toda la gente que marcha en Estados Unidos por conseguir algo que en mi reflexión se siente igual de doloroso, aunque tan presente en la sociedad en la que vivo sin ir tan lejos y sin tanta repercusión mundial. Es verdad, tenemos un problema y no es en Estados Unidos, es en el mundo.

    Idea: Te parecerá algo absurdo, al menos al principio. Tampoco busco que estés de acuerdo conmigo mientras lees mi opinión, simplemente es una idea utópica… bien extraña y que nunca hubiera pensado que coincidiría con una pandemia como la actual.

    La idea la encontré en un libro que leí hace muchos años del escritor portugués José Saramago, que se llama: “Ensayo sobre la ceguera”. Uno de los mejores libros que he leído y que transcurre cuando un evento marca la humanidad… “De pronto un hombre parado frente a un semáforo se queda completamente ciego; ha comenzado una pandemia llamada Ceguera Blanca; en pocos días, todos quedaremos ciegos”. La ansiedad que genera todo el libro por saber que se van a quedar ciegos es supremamente alta y te lleva muchas veces a cerrar los ojos e imaginarte cómo podría ser tu vida si pierdes la vista de un momento a otro. Solo por un momento hazlo, cierra los ojos en donde estés e intenta moverte sin tropezarte, prepararte un café o tomar un transporte público, ¿Cómo te sientes? Ahora intenta a hablar con alguien mientras mantienes los ojos cerrados para pedir ayuda y que te permita hacer todo lo que te he pedido antes; ¿eres capaz de saber solo por su voz de qué color es su piel? ¿cuál es su condición económica o su orientación sexual? es más, aunque lo supieses de alguna forma, ¿podrías hacer solo estas actividades rutinarias? La respuesta es no, y en lo último en que pensarías es en las diferencias que tienes para enfocarte en conseguir ayuda. Bajo la narrativa de esta historia todos somos iguales durante una pandemia que causa ceguera, pero lo triste es que para poder serlo hemos tenido que perder uno de nuestros sentidos. Mientras que la pandemia del COVID nos quita el aire hasta dejarnos sin oxígeno al igual que la pandemia del racismo, que tuvo el mismo efecto sobre Floyd pero con un resultado fulminante de solo diez minutos y sin perder ningún sentido.

     Al final, la idea loca es que la humanidad sufra una pandemia de “Ceguera Blanca” y no una de “Covid”. Pues en la primera todos somos iguales, intentaríamos ayudarnos y no morimos, mientras que en la segunda todos somos diferentes y podríamos morir por falta de oxígeno, “aunque no estemos enfermos”.

    Autor: Miguel Viniegra.

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    Una de tantas historias incompletas sobre la Racismo. Historia 2/3

  • Fiesta sorpresa

    Fiesta sorpresa

    “¡Ya ahora sí, creo que está llegando! ¡Escóndanse todas, apuren!” Todas fueron corriendo a los sitios que antes habían acordado para que no se las vea.

    “¡No! ¡ahí no María, ese es mi sitio! Ponte al lado de Andrea que ahí tienes mucho espacio. ¡No hagan ruido!”

    “¡Ok! Preparadas, voy a abrir la puerta”. Dice solo moviendo la boca como si todas pudieran leer labios y entender.

    “¡Sorpresa!” Gritan.

    Un segundo después, Ximena dice: “No ha sido… es Neri que siempre llega tarde…” Todas vuelven al centro de la sala donde empiezan a conversar en espera de que por fin llegue el homenajeado.

    Resulta que era el cumpleaños de Juan, y hace más de una semana que se estaba planificando la fiesta sorpresa ya que a final de cuentas Juan llegaba a los 40 y, considerando sus pasadas experiencias, era un evento digno de festejar.

    “No sé cómo llegó a los 40 este niño con tantos accidentes a su haber”, decía Tere. “¿Te acuerdas cuando se cayó en la bañera de cabeza con apenas 4 años?”

    “Cómo no me voy a acordar, si ahí quedó la cicatriz en la nuca que le cerramos con huevo crudo como se hacía antes”, contesta María.

    “Sí y ahora dice que tiene el pelo largo por moda y es solo para que no se le vea el hueco que tiene en la cabeza que parece bola de billar despintada”, dice riéndose Andrea.

    Y es que Juan había sido toda su vida de esos chicos que jamás tuvo ni gripe ni nada, pero la vida le repartió las cartas de las caídas y los golpes. Tanto así, que para cuando cumplía 8 años ya tenía a todos sus amigos y familiares llamándole “el remellao”, por tanta cicatriz que había acumulado hasta entonces.

    “Bueno, lo bueno es que esos golpes le hicieron ver lo que quería hacer de su vida, y al final se hizo traumatólogo para ayudar a la gente de sus dolencias como las tuvo él”

    “Cierto es eso María. Es increíble como a veces las cosas que parecen malas, terminan guiándote para algo bueno”, comenta Ximena.

    “¿Pueden dejar de ponerse sentimentales y profundas y ver si hay suficientes chips? sino toca ir a ver… ni un ron y ya están hablando de la vida…” dice Andrea.

    A todo esto, Juan no terminaba de llegar, y la preocupación se estaba apoderando de todas. No era normal que llegue tarde a nada y peor a su propia fiesta sorpresa, que probablemente ya sabía que se estaba planeando ya que Neri nunca podía callárselo.

     Habían pasado poco menos de 10 minutos cuando de repente…

    “¡Ding, Dong!

    “¡Todos a esconderse! ¡Ahora sí, ésta es la buena!”

    Se escuchan pasos por el corredor, una sombra se planta justo al otro lado de la puerta y antes de que toquen la puerta, ésta se abre de golpe y saltan todos: “¡Sorpresa! ¡Feliz cumple Juan! ¡Ya estás viejo!”

    “Mamá… pero, ¿qué haces?”

    “¡Hijo, felices 40! ¡Es tu fiesta sorpresa!”

    “Pero mamá…si no es mi cumpleaños…”

    “¡Cómo que no es tu cumple, si estamos todas aquí para celebrarlo!”

    “Mamá…mira detrás de ti, no hay nadie…estás sola…”

    Efectivamente, detrás no había nadie. La casa estaba vacía. En la entrada solo estaban 2 maletas que había dejado la cuidadora días atrás antes de irse a su casa al confinamiento. Juan, por culpa de las restricciones, no había encontrado vuelo antes y toda esta semana su madre había estado sola, por lo que había olvidado tomar su medicación.

    “¿A dónde vamos?”

    “A casa mamá, yo te voy a cuidar”

    “Ah. Ok” dice sonriendo mientras mira el brazo escayolado de Juan. “¿Qué te pasó en el brazo?”

    “Me caí de la bicicleta…”

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 7/12

    Autor: Diego Méndez.

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  • Liliana

    Liliana

    Liliana Quijano 16 de Diciembre del 2040

    Querida Liliana, 

    Me encuentro esperando en esta estación y para pasar el tiempo he decidido escribirte una carta. Hoy cumplimos 60 años de estar vivas y quería contarte lo que ha pasado en los últimos 20 años y como ha progresado el mundo. Hemos aprendido tanto y desarrollado nuestra conciencia social más allá de lo que imaginamos. También te escribo para darte esperanza, para que sepas que aun en los momentos más oscuros de tu vida y de la humanidad, debes seguir luchando. 

    Recuerdo claramente el día que decidimos trabajar para que nuestros actos, por pequeños que fueren, tuvieran un propósito para mejorar el planeta. Habían tantas causas por las cuales trabajar, la igualdad de género y raza, terminar con la pobreza, el cambio climático entre otras. En tu epoca, el mundo atravesaba una pandemia sin antecedente. El planeta se encontraba confinado en sus casas, millones de personas perdían sus empleos, miles de gente morían en los hospitales en cada rincón, la economía global se caía a pedazos y además, habitaba una polarización de ideologías bien marcadas en la población de tu planeta. Esta fue nuestra primera causa. 

    Desde el año 2020 hemos vivido dos pandemias más, la del 2027 y la del 2031, ambas mucho más controladas y planificadas. Aprendimos. Después de esos largos días del 2020, cuando nos entraba la angustia de si al día siguiente tendríamos trabajo o comida, si podriamos alimentar a nuestros hijos, si podríamos volver a la normalidad, todo ha mejorado. Tuvimos que tocar fondo para entender que todos nuestros actos están entrelazados y que no importa en qué lugar geográfico naciste, ni de qué color es tu piel o si piensas que eres hombre, mujer o perro, todos somos responsables del bienestar del prójimo y de la sociedad. Este mensaje de unidad cambió la mentalidad de los líderes políticos y trabajamos todos juntos para que algo así, no nos volviera a pasar. 

    Y cuando leas esto, en lo más profundo del hueco de la enfermedad y la desesperanza, ten presente que vendrán tiempos mejores, para ti y para todos. No quiero decir que en el 2040 todos es color de rosa, todavía tenemos problemas, existe pobreza y crimen, pero hemos evolucionado tanto desde tu tiempo. Mantén firme tu convicción y recuerda que cambiar el mundo es un trabajo constante, sostén tu llama viva. Tengo que despedirme porque mi tren espacial está por llegar. Nuestro esposo e hijos nos esperan para soplar las velas, en la Nueva Tierra que está a 200 años luz, y no quiero llegar tarde. 

    Lili,

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 6/12

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  • El Parte Médico

    El Parte Médico

    Cuando recobré la conciencia, la gente que pasaba se había acumulado formando un amplio círculo a mi alrededor. Me miraban como si se fuese a producir en mí una gran transformación que no quisieran dejar de observar, pero desde lejos, como curiosos impacientes. Fue una enfermera la primera en acercarse “¿Puede respirar?”, me preguntó, buscándome en el pulso los signos vitales. Me resultaba penoso estar a merced de aquella gente a causa de mi debilidad súbita, pero no me sentía peor, sino algo mejor, solo un abandono de la fuerza biológica. La enfermera sacó de su bolsillo un tanque de oxígeno diminuto que limpió con un pañuelo y comenzó a animarme. “No podemos dejarlo aquí, estamos estorbando el paso, hay que subirlo a la ambulancia y llevarlo a la enfermería”. “Ayúdeme, por favor” le supliqué. No quería ir a la enfermería, precisamente eso quería evitar, que me llevaran más lejos; cuanto más lejos me llevaran, más difícil sería para mí volver. Sin embargo, no podía mantenerme en pie. La gente alrededor parecía haberse ido hace tiempo, un hombre de mediana edad apareció en la periferia. “Ayúdeme a levantarlo” dijo la enfermera al hombre de mediana edad. “No entiendo, por qué ayudamos a este señor, evidentemente esto ya no es nuestro asunto, sino de la Fuerza Sanitaria” dijo el hombre de mediana edad, mientras pasaba su mano por debajo de mi brazo y la enfermera por el otro. “Bueno, arriba,” dijo la enfermera. “Se lo agradezco mucho a los dos” dije, ladeando cabeza, aunque la verdad me hubiera hecho mucho bien quedarme ahí. Estaba como mareado, como en un barco a la deriva en medio de una fuerte tormenta. Solo el miedo a terminar en una enfermería, donde los pacientes iban a morir en el más completo abandono, me mantenía luchando, aferrado a la conciencia. Me resultaba incomprensible el lugar a donde me llevaban el hombre y la enfermera, estaba en sus manos, si me soltaban caería como una tabla. Por último me di cuenta de lo que hablaban, oía un rumor que lo llenaba todo, como la de una sirena. “No a la enfermería” murmure lo más alto, aunque ya totalmente de forma incomprensible. Oí decir “Hallado muerto en la mitad de la calle, sexo masculino, presumiblemente problemas respiratorios, muerte súbita, al momento no traía identificación, métanlo en una bolsa, con los otros”

    Autor: René Ávila.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 5/12

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  • Pedro

    Pedro

    Me acabo de despertar. Siento el cuerpo y el corazón calentitos, es más, mientras lo pienso siento que me duelen los cachetes de la sonrisa que tengo. Giro mi mirada hacia la derecha y veo el calendario que hizo mamá con un animal por cada día que llevamos encerrados en casita por esta maravilla del Clovit-9. Ese calendario tiene dos animales importantes seguiditos; uno es el Equidna y el otro un Chancho. ¿Qué era un Equidna? me pregunto; JA JA JA, me estoy riendo mientras se me viene a la mente la forma que mamá lo dibujaba para explicármelo después de darse por vencida cuando lo intentaba con palabras. Tú sabes, como cuando conoces que esa persona está haciendo su mejor esfuerzo en la vida, pero no entiendes nada; aunque siempre digo que si a cada pregunta, pues estoy enamorado de esa sonrisa desde que tengo memoria y sigo esos ojos cafés a cualquier lado, porque hablan a un ritmo tan dulce y pegajoso como las canciones de la ABA. Ella también dice que es “mamá”, pero no se de quién; es que a veces los grandes son bastante difíciles de entender y la ABA es muy grande.

    Me perdí, ¿en qué iba? Ah si, el equidna es importante porque representa el día de la madre y el siguiente día es el del chancho, que coincide con mi súper cumple. Mamá dice que fue como si Santa se retrasará con los regalos de Navidad; la verdad no le entiendo el chiste, pero sé que si sonrío a ella le salen chispitas de alegría, así que lo hago todas las mañanas para practicar y estar preparado en todo momento.

    Antes de bajarme de la cama para ir a buscar a mamá, me siento a rezar y a darle las gracias a Diosito.

    Gracias Diosito por mandarnos el Clovit que tanto te había pedido; desde ese día mamá está conmigo siempre, me da tantos abrazos que ya casi no me acuerdo lo que es estar en la tarde solo con mis juguetes; ella ha aprendido a disfrazarse, jugar fútbol, hacer historias con sombras, dar exhibiciones de magia, cocinar pasteles de limón, coser mis medias rotas y dar CLASES! Siiiiii! es lo mejor de todo, desde ese día también mamá empezó a ser mi profe de…. Bueno de todo; como ella tiene ese don de la “GENIALIDAD” se le hace muy fácil y me tiene más paciencia que los profes del cole. De pronto escucho algo a la derecha, es mamá; no entiendo bien porqué ruedan lágrimas por sus mejillas rosadas pese a que sonríe y mantiene su vista en mí con una expresión de cariño. ¿Mami, me estabas escuchando? Si amor, como nunca lo había hecho en estos cinco años y amo ser tu mami y tu profe; lo primero lo haré toda la vida y lo segundo, hasta que Diosito decida que deba ir a ayudar a otros papás en la oficina, ¿De acuerdo? Le respondí que si con una sonrisa recién entrenada, aunque ella no sabe que Diosito tiene un acuerdo conmigo para que mamá se quede en casa para largo!

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 4/12

    Autor: Miguel Viniegra

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  • ¿Físico o mental?

    ¿Físico o mental?

    1 – ¡Vamos! – ¡Mierda de virus, no aguanto más! ¿Para qué me obligan a quedar en casa sin motivo? Qué gobierno más inútil. 2 No entiendo a la gente, ¿es tan difícil seguir normas y recomendaciones? Ahora resulta que todos son expertos, jueces y ejecutores de leyes. 3 – ¡otra más! – En redes sociales no puedo decir nada sin que alguien me ataque, me amenace, me bloquee o, aún más improbable, esté de acuerdo conmigo. 4 Las noticias solo están llenas de reporteros que sueltan “datos” sin análisis ni reparo de las posibles consecuencias. La mitad alaban al gobierno, la otra mitad lo sataniza. 5 – ¡Vamos solo 6 más! – La economía se desploma. Las empresas apenas pueden mantenerse pagando sueldos sin tener clientes ni ventas en casi dos meses. Será la ruina y millones sin trabajo. 6 Los pocos que mantengan el trabajo, probablemente les pagarán menos y apenas llegarán a fin de mes, peor aún pensar en vacaciones o disfrutar algo. 7 – ¡así! ¡vamos! – ¿Disfrutar qué? No hay como ni reunirse con los amigos a beber una cervecita helada o a un picnic en el parque. 8 – ¡3! – Peor coger mi moto y salir a dar una vuelta porque enseguida cae la multa por saltarse el confinamiento. 9 – ¡2! – Y que mal…justo tenía comprada la entrada al concierto que me costó tanto y fallece el cantante contagiado…10 ¡encima caen los religiosos a decirme que rezando todo mejorará! – ¡listo! –

    – Ufff descanso…1 minuto –

    11 – ¡segundo set, qué cansancio! – Nunca fui una persona religiosa. De todas maneras, ser positivo y tener fe de que todo mejorará no hace daño a nadie ni está de más en absoluto. 12 Entré en Instagram y vi que en todo el mundo están haciendo tributos online gratuitos a aquel cantante que falleció. Qué genial ver como su música y su historia llegó a tanta gente a nivel mundial. 13 – todavía quedan 8… – La verdad escuché que menos tráfico y contaminación le está haciendo bien al planeta, las flores están creciendo en lugares que no pasaba desde hace mucho tiempo, llueve de nuevo y todo está más verde, así que cuando vuelva a montarme en mi moto, seguro que los paseos y los paisajes serán aún más especiales. 14 Ya no me reúno con mis amigos en un bar, pero debo admitir que ahora hablo más con ellos de lo que lo hacía estos últimos tiempos. Me cuentan su día a día y siento que los estoy conociendo nuevamente como cuando teníamos 14 años. Me había olvidado cuánto los extraño. 15 – las últimas con rodilla, ya no jalo – El tema trabajo siempre ha sido complicado, y si logro mantenerlo después de esta pandemia, genial; sino, hay que buscarse la vida, siempre con buen ánimo y siempre feliz por aquellos que si lo lograron. La próxima vez, tal vez la suerte me sonría a mí. 16 las empresas apenas se mantienen…! ¡Pero cómo se mantienen! ¡Qué creatividad, qué proactividad! ¡no se rinden nunca y salen adelante como sea! Son un verdadero ejemplo de lucha y superación. 17 – ¡vamos! – Es verdad que las noticias me agobian, pero también me alegra mucho el día ver las historias sociales de mi comunidad: los policías cantando feliz cumpleaños a los niños, los jóvenes haciendo las compras de los mayores, los voluntarios ayudando a empacar y llevar las mascarillas donde haga falta y los médicos y personal sanitario guerreros a los que trataré con estas repeticiones y ejercicios de no darles trabajo hasta por lo menos dentro de unos 40 años. 18 – ¡3! – Qué genial la tecnología que me permite hablar con mi familia y mis amigos todos los días a pesar de estar tan lejos. Poder ver a mi sobrina crecer y que ella siga riéndose con sus tatos para que no se olvide de nuestros rostros. 19 – ¡2! – Esta gente que le cuesta tanto… pero que entiendo que nunca han pasado por una situación igual y que probablemente estén haciendo lo mejor posible igual que yo para aguantar los días. Podemos mejorar sin duda, pero nunca dejar de intentar. 20 – ¡La última! – Yo primero que nadie debo calmarme, pensar, reflexionar y actuar de la mejor forma posible para ser un ejemplo y ayudar con mi granito de arena a salir de esto y no esperar que solo me den la solución fácil. Sé que puedo hacerlo y no me rendiré.

    – ¡Uffff qué cansancio! Listo pecho y espalda, mañana toca piernas y abdominales… –

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 3/12

    Autor: Diego Méndez.

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