Frank Zappa me vendió un perrito caliente

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Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Así, tal cual. Como lo oís. Vale, igual lo he soltado muy de sopetón, tendría que darle algo de contexto y matizar para que me creáis. La cosa en realidad fue así. El fantasma de Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Con la salchicha quemada. En el centro comercial de La Vaguada. Después de ver en el cine la peli de «El especialista«. La de Sharon Stone y Sylvester Stallone. Y es curioso porque por aquel entonces conocía a Frank Zappa de nombre y poco más, no creo que hubiera oído todavía una sola canción suya.

Yo con 13 años ya era un apasionado de la música, pero estaba tan metido en el rock duro y el metal que aún me costaba salir de ahí. También estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Compraba revistas como la Kerrang, la Heavy Rock o la Metal Hammer, y de vez en cuando me agenciaba alguna Guitar Player. Frank Zappa había muerto unos meses antes, a finales del 93, y yo estaba suficientemente informado como para, al menos, poder ponerle cara. Tenía idea de que su música era rara de narices, pero no sería hasta años después cuando me diera por sumergirme un poco, tampoco demasiado, en aquella obra absolutamente inabarcable.

Lo de peli y perrito caliente en La Vaguada era un clásico de nuestra adolescencia que mi amigo Fede y yo nos podíamos permitir, con suerte, cada dos o tres meses. Después del perrito igual echábamos alguna partida en los recreativos, siempre dependiendo de cómo anduviéramos de pasta, y dábamos una vuelta por el centro comercial. Aquel día elegimos la de «El especialista» por motivos obvios. Una de acción con escenas eróticas protagonizada por Stone y Stallone. Qué podía salir mal. Ahora no recuerdo absolutamente nada de esa peli, aparte de que echaban un polvo en la ducha, pero lo que no olvidaré jamás es el episodio posterior.

Cuando llegamos al puesto de perritos nos llamó la atención que tras el mostrador estuviera un señor de unos cincuenta y tantos años. Y encima era la viva imagen de Frank Zappa. Como dos gotas de agua. Pelo ligeramente canoso que no conseguía mantener por completo dentro de un ridículo gorrito blanco de cocinero, rostro afilado, nariz de cuervo, su característico mostachón y su aún más característica barba de chivo.

«Mira, es Frank Zappa», le susurré a Fede, y éste se rió. De todos mis amigos, Fede no sólo era el más cercano, sino también el único capaz de haber entendido aquel chiste. Compartíamos la misma pasión por la música y nuestros gustos eran muy similares. Él fue, de hecho, el motivo por el que comencé a tocar la guitarra y el motivo por el que luego la acabaría abandonando. Empezamos tocando juntos en interminables tardes en su casa, con nuestras eléctricas enchufadas a un par amplis de 10 vatios y el «Live» de AC/DC sonando a toda pastilla, intentando sacarnos todas las canciones. Al poco tiempo él empezó a tomar ventaja hasta que acabó destapándose como un absoluto virtuoso. Yo no pude seguirle el ritmo y no tardaría en desanimarme.

Bueno, la cuestión es que ambos nos reímos de aquella coña. Pedimos, Frank Zappa nos sirvió, y nos marchamos con nuestros perritos a la terraza del centro comercial, en donde siempre había más ambiente, o sea, más chicas paseando por ahí. Allí nos dimos cuenta de que las salchichas de nuestros perritos estaban prácticamente calcinadas. «Qué cabrón, el Frank Zappa», espetó Fede, pero por no andar volviendo, y también porque en el fondo éramos unos cagones, nos los acabamos comiendo.

Fede y yo tendríamos la suerte en años venideros de poder ver a muchos de nuestros ídolos en conciertos inolvidables. Van Halen en el Palacio, AC/DC en Las Ventas, los Maiden en el Pabellón del Real Madrid, Deep Purple en la Cubierta… Pero con el tiempo nos fuimos distanciando. Nunca nos peleamos ni tuvimos bronca alguna, simplemente nuestros caminos fueron divergiendo hasta tomar direcciones totalmente distintas. Un día, leyendo una revista cualquiera, me topé con la breve reseña de un libro, cuyo autor y título no recuerdo, que recogía los peculiares gustos culinarios de varias celebridades, y ponía como ejemplo que una de las comidas favoritas de Frank Zappa eran las salchichas quemadas. Os lo juro. Tal cual. Me quedé a cuadros. Aquélla era la prueba definitiva e inequívoca de que no nos habíamos topado con un doble de Frank Zappa, sino con el mismísimo Frank Zappa. O mejor dicho, su fantasma. Quise llamar a Fede de inmediato para contárselo, pero me di cuenta de que para entonces ya no nos hablábamos.

Retomamos el contacto más de dos décadas después, a comienzos de 2020, a través de Facebook. Fue un breve pero emotivo intercambio de mensajes en el que pudimos ponernos al día. Él vivía en Móstoles con su novia y su niña pequeña. Se ganaba la vida como profe de guitarra y músico de sesión. Pensé en contarle lo de Frank Zappa pero sentí que igual no venía a cuento. Ya tendría oportunidad de hacerlo más adelante, pues quedamos en vernos en el concierto de Aerosmith en el Wanda, en julio de ese mismo año, ya que coincidía que ambos habíamos pillado entradas. «Así rememoramos los viejos tiempos», escribió él. Luego vino el maldito covid y, entre otros muchos desastres, aquel concierto se aplazaría para julio de 2021. Y hace un par de semanas volvieron a posponerlo para julio de 2022. Ni siquiera tengo claro si se celebrará algún día o no, pero ya me da igual, porque acabo de enterarme de que pase lo que pase ya no volveré a ver nunca más a mi amigo Fede.

Y yo no sé por qué no dejo de pensar en lo de Frank Zappa y los perritos calientes. Porque aquello no pudo suceder así sin más. Tuvo que significar algo, ¿verdad?

Demonios, ¡si a mí ni siquiera me gusta Frank Zappa!

Una de tantas historias incompletas sobre música.

Autor: Rodrigo Martín

 

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