Categoría: MUSICA

La musica expresa lo que no se puede decir y lo imposible de callar

  • Rompe barreras

    Rompe barreras

    Yo llegué a Madison a los 19 años… “puro llamingo,” una palabra que se usa en mi país. En ese entonces yo era introvertido y tímido. Con esa personalidad, sabía que no me ayudaría a poder integrarme a esta nueva sociedad, por lo que un día me dije a mi mismo, ¡tengo que cambiar! Así que luché en contra de mi naturaleza.

    Comencé a salir a lugares para conocer a nuevas personas y practicar mi inglés, a pesar que lo hablaba muy poco. Entonces la guitarra, el arte, la escritura y la pintura me ayudaron a salir de la soledad y me abrieron las puertas para conocer a mi gente.

    Me acuerdo de que un día conocí a un sudamericano y lo invité a una fiesta… cuando llegó, me preguntó:

    • ¿Y dónde están los latinos?”
    • Le dije, “estamos en Wisconsin, y aquí la mayoría de gente es blanca, no Latina”.

    El me reprendió con un…

    • “¿Qué tipo de latino eres?”
    •  “Soy del tipo que rompe barreras, que usa el arte y la música para unir a las personas sin importar de dónde vengas”.

    Estar lejos de mi familia, de mi mamá, de mi país y sin documentos es difícil, y te puede llevar a caer en una depresión. Cuando estaba triste tocaba mi guitarra y la música me llevaba a un lugar donde podía estar en paz conmigo mismo. Ese ambiente tal vez hizo que atrajera a gente como yo… amante de la música.

    La música sigue en mi vida y me ha permitido aprender a vivir conmigo mismo, es quién me salva en los momentos de soledad y la que me permite disfrutar de ella.

    He evolucionado junto con mi comunidad…  ha pasado mucho tiempo desde ese “llamingo” recién llegado a Estados Unidos. Ahora estoy terminando mi masterado y comenzaré mi posgrado en la Universidad de Wisconsin, dedicado a la salud mental para las minorías. He vuelto a visitar mi país, a mi mamá, y he viajado y conocido a mucha gente. Sigo siendo yo… pero, evolucionado, feliz conmigo mismo.

    Muchos de nosotros, y sobre todo ahora en esta pandemia, caemos en depresiones o en episodios de ansiedad, pero debes saber que hay maneras de aplicar una terapia propia para mejorar tu salud mental. Algunos recurren al fútbol o a los amigos, en mi caso, la música no solo me ayudó a romper esa barrera cultural, sino que también me sanó.  

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Alejandro Punguil

  • Un pescado baterista

    Un pescado baterista

    Desde que tengo memoria siempre quise tocar música, incluso cuando era niño sacaba las ollas para golpearlas con las cucharas de madera. En mi casa éramos muchos en ese entonces, vivía con mis abuelitos, dos tíos, mis papás y mi hermana. Mi sueño siempre fue ser baterista… una estrella de rock.

    Con mis amigos del barrio jugábamos a ser Nirvana y nos grabábamos como si estuviéramos en concierto. Mi batería consistía en unos tarros que se usaban para lavar la ropa, como toms y los platillos eran las tapas de los tarros, las baquetas eran unos palos que sobraron de alguna construcción.

    La música ha sido mi pasión desde siempre y en mi casa lo sabían. Yo no tenía instrumentos porque mis taitas no querían que yo tocara la batería porque es caro, y porque el instrumento es ruidoso y grande; no había donde ponerlo en casa. Mis abuelitos en cambio si me apoyaban, tal vez me entendían porque mi abuelito solía tocar el piano, el requinto y la guitarra en sus días. Finalmente las estrellas se alinearon y mi tío se mudó del tercer piso cuando se casó y dio espacio para poner la batería. Mi abuelita me regaló mi primera batería como regalo de grado y es intocable, por el amor que uno le tiene a los abuelos, ya está viejita pero nunca me desharé de ella.

    En el colegio, cuando tenía 16 años, entré al club de música, donde conocí a Jorge y Alexis… mi profesor de música se encargó de juntarnos. Tocábamos “Back in black” de AC/DC, tocamos en los intercolegiales e hicimos una casa abierta en el colegio donde tocamos “Ironman”… Ellos eran mayores que yo y se graduaron ese año, entonces la banda se desintegró y cada uno empezó a tocar por su lado.

    En el 2001, contacté a estos panas para formar una banda que se llamó “Chulla Vida”. Tocamos en colegios y en ese entonces la cruz roja organizó un concierto debajo de la cruz del Papa, donde tocamos con un grupo llamado Cacería de Lagartos. Salieron varios grupos con el mismo nombre y decidimos cambiar el nombre a Leteo, que es uno de los ríos del Hades. Grabamos un disco de diez canciones y estaba comenzando mi sueño, pero llegó la vida adulta.

    Empecé a trabajar en el Banco Internacional y a estudiar en la universidad, así que ya no tuve tiempo de continuar con la banda, hasta que un 31 de Diciembre, vi que salieron en la concha acústica con otro baterista, y entendí que se había acabado. Alexis y Jorge hicieron su vida con la música en otros proyectos.

    Esta pandemia fue la excusa perfecta para volvernos a reunir después de 20 años de haber formado el grupo, y retomar la pasión por la “bataca”, y este 29 de Abril, en la “Casa de la Cultura” de 10h00 a 10h30 am, volveré a tocar como si estuviera en el viejo barrio, con tarros viejos y tapas de plástico, con mis panas y Leteo…

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Carlos Andrés Yépez

  • La teoría del sombrero de Slash

    La teoría del sombrero de Slash

    Chris Ferrer era un gran fan de los Guns N’ Roses. Desde pequeño su madre le había inculcado el amor por los melenudos forajidos. Así que para él fue todo un sueño hecho realidad ver aparecer a Mady, su ex novia, con dos pases VIP para el concierto de Slash and The Conspirators de esa semana.

    Luego de la tocada entraron al backstage, y a pesar de que los organizadores fueron muy estrictos con las normas: nada de deambular por el lugar sin supervisión; él necesitaba vivir la experiencia por sí mismo. Anduvo un rato hasta dar con lo que, inconscientemente, había estado buscando: el camerino de su guitarrista favorito. En el interior, encima de una mesa y como esperándolo, estaba la chistera más conocida del Rock n Roll. El resto, completamente vacío.

    —¡Oh mi dios! ¡Oh mi dios! —repetía eufórico mientras sostenía el sombrero y daba pequeñas miradas a su alrededor para asegurarse de continuar solo.

    Nada más deseaba sujetarlo un rato. Quizás probárselo y hacer un par de selfies, pero la voz en su interior le repetía una y otra vez: «Llévalo contigo Chris, no tendrás otra oportunidad».

    Cuanto más lo contemplaba, más tensos se ponían sus músculos, hasta que, en un arranque de locura, salió sin mirar atrás, como alma que lleva el diablo. Solo cuando estuvo en la calle notó que aún tenía entre sus manos sudorosas el sombrero de Slash.

    —Mady, necesito que vengas a mi casa ahora mismo —la voz de Chris sonaba alterada, casi enloquecida, incluso él podía notarlo.

    La había llamado un rato después de llegar a casa y conseguir calmarse. Media hora más tarde, la chica estaba sentada en la habitación, con los ojos agrandados por la sorpresa, contemplando el tesoro que su ex novio extrajera con extremo cuidado del armario.

    —¿Eso es…? ¿Estás loco Christopher?

    El joven sonrió complacido antes de afirmar.

    —Es la chistera del mismísimo Saul Hudson. No una copia ni una reproducción, sino el original.

    —Tienes que devolverlo. ¡Ahora!

    Chris la contempló como si la viera por primera vez y arrugó el ceño.

    —¿Estás loca, Mady? Tengo algo que siempre he deseado y, además, me queda perfecto —se lo puso, pero el sombrero se ladeó a la izquierda y estuvo a punto de caer. Era como si supiera que estaba en la cabeza equivocada.

    —Te sienta fatal y además te traerá mala suerte. Solo su dueño puede usarlo —comentó Mady antes de salir del cuarto.

    Sin saberlo, sus palabras llamaron al desastre.

    Unos días después, cosas extrañas comenzaron a ocurrirle: seis autos estuvieron a punto de atropellarle en una sola mañana. De camino a su librería favorita, un piano se desprendió de las sogas con que lo arriaban hasta una ventana y estuvo a punto de caerle en la cabeza. A pesar de que Chris era buen cocinero para su edad, en esta ocasión todas las comidas acababan carbonizadas en la sartén. Incluso los chicos rudos de la escuela, que hacía meses no le prestaban atención, habían vuelto a perseguirle. Y siempre, en cada tragedia, casi observándole, estaba el maldito sombrero de copa.

    Tenía pesadillas donde podía verlo reptando por la habitación, con ojos rojos y dientes enormes. Como un monstruo buscando la forma de volver con su amo.

    —Ayúdame Mady. Si no lo devuelvo acabaré en un manicomio —la chica había acudido a la llamada desesperada de su amigo, para quedar sorprendida con la expresión semi-histérica que percibía en su mirada.

    —Conseguiré boletos para su próximo concierto en la ciudad. Hasta entonces, esconde esa cosa en un baúl y asegúrate de que… Bueno, de que no escape —le aconsejó.

    Un mes más tarde, Chris, atormentado por lo que creía era solo culpa, volvía al backstage para encarar la cólera del ex Guns y su posible castigo.

    —Señor Hudson —murmuró el muchacho.

    Slash se dio vuelta con expresión de asombro, pero siempre sonriente. Las gafas oscuras y el cabello impedían ver su rostro, por lo que al joven su estrella le pareció más amenazador que nunca.

    —He venido a devolverle esto, señor —dijo mientras le tendía la bolsa con el sombrero dentro.

    La mole que era su guardaespaldas avanzó dos pasos, pero el guitarrista lo detuvo con un gesto negativo.

    —¿Así que tú tenías a mi viejo amigo, eh chico? —interrogó mientras sostenía la galera ante sí con ambas manos.

    —Lo siento mucho, señor. No debí tomarlo —Chris parecía al borde de las lágrimas.

    Su ídolo lo contempló sonriente. Le puso una mano en el hombro para animarle y acto seguido acarició la copa de la chistera antes de comentar.

    —Seguramente te dio problemas ¿eh? No le gusta irse con extraños, no es la primera vez que sucede. ¿Cierto, compañero?

    Ante la mirada sorprendida del chico, en el centro del sombrero apareció un pequeño ojo de iris amarillo. Parpadeó varias veces como si asintiera y volvió a cerrarse.

    La mandíbula de Christopher se descolgó igual que una vieja bisagra oxidada. No podía quitar la vista de aquella cosa que ahora tendía unas esqueléticas manitas y se aferraba al cabello del guitarrista para no caer… ¡Entonces era así como desafiaba la gravedad!

    —De acuerdo, Chris, este asunto está olvidado —Slash se quitó las gafas y le guiñó un ojo mientras sonreía, cómplice— El resto será nuestro secreto, campeón.

    Luego dio media vuelta y se alejó por el pasillo, con el sombrero de copa firmemente ajustado sobre su cabeza.

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Helly Raven Hudson

  • La locura de un acorde

    La locura de un acorde

    El corazón le latía a mil por hora mientras esperaba en el backstage. Tenía los nervios a flor de piel mientras intentaba repasar mentalmente las letras de todas las canciones que iba a interpretar esa noche. Habían sido meses y meses de duros ensayos creando canciones que fuesen novedosas o, por lo menos, todo lo novedosas que pudiesen ser dentro de un mundo en el que solo se valora la comercialidad y el producto, antes que la creatividad y el talento.

    Los nervios iban aumentando con cada grito del público que había en la sala, lo cual le hacía olvidarse de las letras de las canciones, aumentando aún más su nerviosismo. Cogió aire profundamente y con el sonido del primer acorde de guitarra decidió salir al escenario.

    Un sinfín de luces de colores llenaba aquella oscura sala repleta de gente. La música iba en aumento y se acercaba el compás en el que tenía que entrar a cantar.  Se giró y miró a sus compañeros de grupo, sus amigos desde hace años… un escalofrío le recorrió el cuerpo y sintió verdadero orgullo de estar viviendo su sueño con las personas que él quería, junto a su hermano. Cogió el micrófono con agresividad y el primer gutural que salió de lo más profundo de su garganta hizo temblar las mismas paredes del infierno.

    Contempló como los ojos del público se fueron abriendo totalmente desencajados al escuchar esa voz de ultra tumba, cosa que a él le animó enormemente. Al fin y al cabo nadie le había enseñado a cantar y toda su formación había sido fruto de horas y horas de prácticas en soledad.

    Su cuerpo reaccionaba al compás de la batería, generando movimientos totalmente involuntarios y subiéndole la adrenalina a niveles nunca experimentados. El sudor le corría por su frente hasta alcanzar sus ojos, produciéndole un molesto escozor. Se los limpió con la muñequera negra que llevaba y al mirar al público le dio un vuelco el corazón. Allí estaba ella…la persona a la que hace años había amado con locura se había presentado por sorpresa y se encontraba en primera fila con cara de ilusión y animando canción tras canción con toda su alma. Miles de emociones le inundaron de golpe en ese mismo instante, haciéndole retirar la mirada de ella por vergüenza. El color rojo de los focos se quedaba corto al compararlo con el color de sus mejillas, pero en ese mismo instante todo el mal vivido se esfumó, al igual que la niebla que generaba la máquina de humo.

    El concierto llegaba a su fin y el cansancio se iba notando más y más en el cuerpo. Miedo le daban las agujetas que le iban a salir al día siguiente. Sin embargo, la euforia que sentía al disfrutar de cada nota musical que salía de las proezas de sus compañeros y de aquel reencuentro no tenía precio, se sentía realmente vivo.

    El final llegó, y con él, la ovación de un público entregado, de un público que le había hecho sentirse querido y valorado por el trabajo en conjunto, de un público repleto de amigos y gente que no conocía en absoluto, de un público que valora la música de verdad y no lo que nos venden como arte en la actualidad.

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Miguel Angel Vera

  • Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Así, tal cual. Como lo oís. Vale, igual lo he soltado muy de sopetón, tendría que darle algo de contexto y matizar para que me creáis. La cosa en realidad fue así. El fantasma de Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Con la salchicha quemada. En el centro comercial de La Vaguada. Después de ver en el cine la peli de «El especialista«. La de Sharon Stone y Sylvester Stallone. Y es curioso porque por aquel entonces conocía a Frank Zappa de nombre y poco más, no creo que hubiera oído todavía una sola canción suya.

    Yo con 13 años ya era un apasionado de la música, pero estaba tan metido en el rock duro y el metal que aún me costaba salir de ahí. También estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Compraba revistas como la Kerrang, la Heavy Rock o la Metal Hammer, y de vez en cuando me agenciaba alguna Guitar Player. Frank Zappa había muerto unos meses antes, a finales del 93, y yo estaba suficientemente informado como para, al menos, poder ponerle cara. Tenía idea de que su música era rara de narices, pero no sería hasta años después cuando me diera por sumergirme un poco, tampoco demasiado, en aquella obra absolutamente inabarcable.

    Lo de peli y perrito caliente en La Vaguada era un clásico de nuestra adolescencia que mi amigo Fede y yo nos podíamos permitir, con suerte, cada dos o tres meses. Después del perrito igual echábamos alguna partida en los recreativos, siempre dependiendo de cómo anduviéramos de pasta, y dábamos una vuelta por el centro comercial. Aquel día elegimos la de «El especialista» por motivos obvios. Una de acción con escenas eróticas protagonizada por Stone y Stallone. Qué podía salir mal. Ahora no recuerdo absolutamente nada de esa peli, aparte de que echaban un polvo en la ducha, pero lo que no olvidaré jamás es el episodio posterior.

    Cuando llegamos al puesto de perritos nos llamó la atención que tras el mostrador estuviera un señor de unos cincuenta y tantos años. Y encima era la viva imagen de Frank Zappa. Como dos gotas de agua. Pelo ligeramente canoso que no conseguía mantener por completo dentro de un ridículo gorrito blanco de cocinero, rostro afilado, nariz de cuervo, su característico mostachón y su aún más característica barba de chivo.

    «Mira, es Frank Zappa», le susurré a Fede, y éste se rió. De todos mis amigos, Fede no sólo era el más cercano, sino también el único capaz de haber entendido aquel chiste. Compartíamos la misma pasión por la música y nuestros gustos eran muy similares. Él fue, de hecho, el motivo por el que comencé a tocar la guitarra y el motivo por el que luego la acabaría abandonando. Empezamos tocando juntos en interminables tardes en su casa, con nuestras eléctricas enchufadas a un par amplis de 10 vatios y el «Live» de AC/DC sonando a toda pastilla, intentando sacarnos todas las canciones. Al poco tiempo él empezó a tomar ventaja hasta que acabó destapándose como un absoluto virtuoso. Yo no pude seguirle el ritmo y no tardaría en desanimarme.

    Bueno, la cuestión es que ambos nos reímos de aquella coña. Pedimos, Frank Zappa nos sirvió, y nos marchamos con nuestros perritos a la terraza del centro comercial, en donde siempre había más ambiente, o sea, más chicas paseando por ahí. Allí nos dimos cuenta de que las salchichas de nuestros perritos estaban prácticamente calcinadas. «Qué cabrón, el Frank Zappa», espetó Fede, pero por no andar volviendo, y también porque en el fondo éramos unos cagones, nos los acabamos comiendo.

    Fede y yo tendríamos la suerte en años venideros de poder ver a muchos de nuestros ídolos en conciertos inolvidables. Van Halen en el Palacio, AC/DC en Las Ventas, los Maiden en el Pabellón del Real Madrid, Deep Purple en la Cubierta… Pero con el tiempo nos fuimos distanciando. Nunca nos peleamos ni tuvimos bronca alguna, simplemente nuestros caminos fueron divergiendo hasta tomar direcciones totalmente distintas. Un día, leyendo una revista cualquiera, me topé con la breve reseña de un libro, cuyo autor y título no recuerdo, que recogía los peculiares gustos culinarios de varias celebridades, y ponía como ejemplo que una de las comidas favoritas de Frank Zappa eran las salchichas quemadas. Os lo juro. Tal cual. Me quedé a cuadros. Aquélla era la prueba definitiva e inequívoca de que no nos habíamos topado con un doble de Frank Zappa, sino con el mismísimo Frank Zappa. O mejor dicho, su fantasma. Quise llamar a Fede de inmediato para contárselo, pero me di cuenta de que para entonces ya no nos hablábamos.

    Retomamos el contacto más de dos décadas después, a comienzos de 2020, a través de Facebook. Fue un breve pero emotivo intercambio de mensajes en el que pudimos ponernos al día. Él vivía en Móstoles con su novia y su niña pequeña. Se ganaba la vida como profe de guitarra y músico de sesión. Pensé en contarle lo de Frank Zappa pero sentí que igual no venía a cuento. Ya tendría oportunidad de hacerlo más adelante, pues quedamos en vernos en el concierto de Aerosmith en el Wanda, en julio de ese mismo año, ya que coincidía que ambos habíamos pillado entradas. «Así rememoramos los viejos tiempos», escribió él. Luego vino el maldito covid y, entre otros muchos desastres, aquel concierto se aplazaría para julio de 2021. Y hace un par de semanas volvieron a posponerlo para julio de 2022. Ni siquiera tengo claro si se celebrará algún día o no, pero ya me da igual, porque acabo de enterarme de que pase lo que pase ya no volveré a ver nunca más a mi amigo Fede.

    Y yo no sé por qué no dejo de pensar en lo de Frank Zappa y los perritos calientes. Porque aquello no pudo suceder así sin más. Tuvo que significar algo, ¿verdad?

    Demonios, ¡si a mí ni siquiera me gusta Frank Zappa!

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Rodrigo Martín

     

  • Lágrimas de roquero

    Lágrimas de roquero

    Empezaron a sonar los primeros acordes de La mañana, de Edvard Grieg, en el viejo teclado Yamaha que no sabía que tenía en el bar, y aquel hombre duro, curtido por los años, se resquebrajaba y empezaba a llorar. Pequeños espasmos apretaban su pecho, fuera del alcance de su férreo control a mostrarse vulnerable, pero qué carajo, la ocasión bien merecía una que otra lágrima.

    Seis meses atrás, Antonio, que así se llamaba aquel hombre al que todos conocían como Tony, recibía una inesperada, pero anhelada llamada telefónica. Era su hijo. Tras años de desencuentros había decidido darle una nueva oportunidad, la última. Le iba a permitir disfrutar un poco de la compañía de su nieto, Joaquín, un adolescente provocador y rebelde al que no veía desde hace diez años.

    Tony regentaba un bar roquero con una parroquia ya entrada en años. Rojo y temperamental como era, no le importaba demasiado echar a patadas a cualquier niñato que no cumpliera las reglas de ‘su casa’ o que le intentara vacilar. Que le preguntaban, vas a abrir el 1 de mayo, que hará bueno y va a haber un montón de gente por la calle, puñetazo al canto, empujones y gresca monumental entre gritos de «respeta a los compañeros muertos, hijo de puta».

    Sin embargo, pese a su peculiar carácter, su bar siempre estaba lleno. Abría con Jhonny Cash, esperando que la noche fuera intensa, y cerraba con Janis Joplin, con la satisfacción de haberlo conseguido. Tenía pasión por la música, sobre todo por el rock. Contaba con un vasto conocimiento del género que había ido atesorando con el pasar de los años. En su casa, la música la ponía él, todos lo sabían y a nadie se le ocurriría criticarle. Su selección y su buen gusto eran, simplemente, bestiales.

    La llamada de su hijo le había despertado no sólo alegría, también una especie de profunda desazón que no le dejaba dormir. Su nieto era músico. Le aterraba. Cualquiera podría pensar que aquello le alentaría, por tener una pasión común, pero para Tony ese era un término tan difícil de llenar que le causaba pánico llegar a una situación en la que pudiera perder a su familia definitivamente.

    Esa noche se puso un disco especial después de cerrar el bar. Un disco que le suponía un reto cada vez que lo escuchaba, pero que despertaba en él profundas sensaciones. El virtuosismo de Bebo Valdés y la voz profunda del ‘Cigala’, en Lágrimas Negras, hacían que le explotara la cabeza y se le revolvieran las vísceras. Se lo había regalado un joven sueco de erasmus al que, por lo que sea, después de su noble intento de abrir las miras musicales de aquel roquero, no le gustaron los malos modos e insultos que recibió. Nunca más volvió.

    Y llegó el día y Joaquín entró por la puerta. Y empezaron a hablar, y todo fluyó. El joven admiraba la rebeldía del viejo y viceversa. Encajaban como dos piezas de un rompecabezas. Esos dos casi desconocidos parecía que no llevaran 10 años de conversaciones sueltas de 1 minuto por Navidad o cumpleaños, cumpliendo el uno con el otro de forma vaga y trivial.

    Al final, el chico puso sobre la mesa el temido tema de la música y no aguantó la tentación que tenían la mayoría de los niñatos que entraban en aquel templo del rock, y quiso vacilar a su abuelo: «En la historia de la música Don Patricio terminará siendo más grande que Metallica». Siguió provocándole ensalzando la figura de Bad Bunny y terminó su afrenta sacando su teléfono y diciendo: «Te voy a poner un clásico que vas a flipar».

    Al Tony roquero se le erizaron hasta los pelos de las patillas, al Tony de las mil batallas le bombeaba el corazón como una manada de caballos en estampida, al Tony de «en mi casa mando yo» se le hincharon las venas de la frente, y sí, el viejo Tony se levantó de la silla, agarró de la pechera a su nieto y sin mediar palabra lo echó del bar y cerró la puerta.

    Y se cagó en todo lo cagable, y blasfemó, y maldijo su suerte y a sí mismo, por ser así, por ser como era. Y lloró con Robert Johnson y con John Lee Hooker. Y una cosa llevó a la otra, y se puso a Chuck Berry, y sintió de golpe como le volvía el alma al cuerpo, y se dio cuenta que estaba en casa. En su casa. Ya no quería blues, volvía a necesitar rock. Después de tres horas cantando a todo pulmón y bebiendo se durmió con el clásico español Maneras de vivir, de Rosendo Mercado, con una botella de cerveza en una mano y con un disco de los Ramones en la otra.

    Cerró el bar durante tres meses. Sentía vergüenza por sus actos. Se preguntaba si su nieto habría hablado con su padre, si al final todo se habría ido a la mierda. Y mientras tanto, Joaquín mantenía todo en secreto, se sentía un privilegiado, había visto al viejo en acción, cómo lo había levantado como si no pesará, aquella fuerza, aquella determinación salvaje. Le respetaba profundamente, pero era lo suficientemente orgulloso como para no decírselo, como para no ir al bar, disculparse y darle un abrazo.

    El chico pensaba y pensaba cómo restaurar la relación con su abuelo desde el respeto mutuo, sin perdedores ni vencidos. Y al final encontró la manera. Convenció a su padre para que le dejara el juego de llaves de emergencia que tenía del bar. Y lo preparó todo.

    Esa tarde, seis meses después de aquella llamada de teléfono, el viejo abría el bar y se encontraba a su nieto sentado detrás de la barra en un taburete con sus manos sobre el teclado.

    Cuatro minutos de éxtasis total. Cuatro minutos de música amansando a su fiera interior. Se permitió una vez más un escarceo con otros ritmos, con otras secuencias de notas. Aquello le movió el alma. Y sí, su nieto era músico, y él era feliz.

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Félix Espoz

  • Playlist

    Playlist

    “Si fuera más guapa y un poco más lista

    Si fuera especial, si fuera de revista…”

    Suenan en el fondo los primeros versos de “Jueves”. Qué atinada canción de la Oreja de Van Gogh para describir cómo me siento. Hoy un poquito más que otros días. Y es que, no puedo evitar pensar que, si tan sólo fuera más guapa y un poco más lista, todo sería diferente.

    Son las 10 de la noche y estoy escribiendo este relato. Estoy revisando Instagram cada 5 minutos. Estoy escribiendo ciertos mensajes y esperando con ansias otros cuantos. Estoy escuchando gritos. Estoy anhelando un viaje, una rodada, un abrazo, un pastel. Estoy sentada, luego parada y sentada otra vez. Estoy, estoy, estoy. Pero a la vez, no estoy. No estoy haciendo lo que debería. Voy evadiéndolo ya por tres meses, y el problema ahora es que se me acaba el tiempo.

    “…Tendría el valor de cruzar el vagón

    Y preguntarte: ¿quién eres?…”. Sigue sonando “Jueves”. Y yo, sigo estancada.

    Necesito valor. Sólo un poquito, un poquito más. Por lo pronto no tengo que cruzar ningún vagón ni hablar con alguien. Aunque ahora que lo pienso, sería lindo…. pero esa es otra historia. Me distraigo otra vez. Sigo escuchando atentamente la canción y me sumerjo en la historia que narra. Es sobre un amor que cuando por fin venció los miedos y estuvo a punto de ser, no fue. ¿Injusto no?

    En fin, se acabó la canción, 4 minutos más que lo he evadido. ¿Qué sonará ahora? “Booker T”, de Bad Bunny. ¿En serio? No, no estoy en mi peak, así que paso. Ni siquiera me gusta y no sé porque está en mi playlist. Siguiente: “Mil horas”, de Los Abuelos de la nada. ¡Qué buena canción y qué buenos recuerdos! No se cantar, pero no me importa; imagino que mi mano es un micrófono y comienzo a cantarla con mímicas y movimientos exagerados de mi cabello. Por un ratito soy yo, genuinamente yo.

    Sigue pasando el tiempo, siguen sonando canciones y sigo escribiendo el relato. Nuevo cambio drástico en mi playlist, ahora suena “Lo Siento”, de Beret.

    “…No luchar por lo que quieres solo tiene un nombre y se llama perder…”.

    Otra vez, como si la letra fuera escrita para mí. No sé si me hace sentir mejor o peor. Últimamente, toda idea con la intención de motivarme termina haciendo todo lo contrario. Pero no, hoy no lo permitiré, hoy será el día. Con o sin motivación tengo que hacerlo, las fechas límite se acercan. No quiero perder y la lucha tampoco es tan terrible como la estoy pintando, así que abro el archivo de Excel. He hecho esto tantas, tantas noches en los últimos cuatro meses, que ya me sé de memoria su contenido.  

    “…Reviento, porque a veces ni yo me entiendo…”

    Y es que no me entiendo. Desde que estaba en último año de colegio, he soñado con irme de intercambio. Pero en esa época era imposible, con mi papá en el paro y mi mamá iniciando su tratamiento contra el cáncer no había forma. Vaya que fueron tiempos difíciles. Hoy, gracias a Dios, la situación ha mejorado un poco. Y ahora que por fin tengo el apoyo para cumplir mi sueño, no lo hago. Parece contradictorio, pero mientras más quiero algo, más lo evito. Me he convertido en experta en encontrar abismos, y temo, temo tanto dar un paso en falso y caer, que prefiero quedarme paralizada.  

    Yo sé que cuando alguien lea esto pensará: cómo esta muchacha le da tantas vueltas y no se anima a aprovechar una oportunidad tan grande, o no sé por qué se complica si es tan sencillo como buscar una universidad. Y sí, en realidad es fácil. Solo hay que abrir el archivo de Excel, buscar las universidades que ofertan la carrera, entrar a la página de cada universidad, encontrar los cursos que se deben tomar ese semestre y aplicar. Nada complejo. A una persona debería tomarle máximo dos semanas. A mí, me ha tomado tres meses. No he pasado del primer paso porque cada vez que abro el archivo, un millón de preguntas comienzan a invadirme, y todas se resumen en ¿y si fallas?

    Me pongo mal, otra vez. Maldita inseguridad. En el fondo sé que todas esas preguntas no tienen sentido y que sí puedo lograrlo. Beret no ayuda “…tus aciertos dirán dónde estás y tus fallos tan solo por dónde ir…”. Como quisiera que la certeza sea más fuerte que mis miedos. Como quisiera saber por dónde ir. Ha pasado media hora y sigo contemplando el archivo.

    Siguiente canción, suena “No tan deprisa”, de Joaquín Sabina. Mi ánimo cambia por completo. Sonrío. Hace un año ya que la escuché gracias a la recomendación de uno de mis amigos más cercanos y hoy ya es una de mis favoritas. Así que otra vez, mi mano como si fuera un micrófono y a cantar a todo pulmón.  

    “…No tan deprisa…”.

    Creoque es justo lo que necesitaba escuchar. Respiro y doy espacio a mis emociones. Es válido preocuparse y tener un poco de miedo, pero sólo un poco. Me recargo. “Ser feliz con dos latas en la nevera y un gramo de esperanza en lista de espera…”. Disfruto la canción. El optimismo y la ilusión van ganando a los miedos. Sí, sí puedo. Abro el buscador y comienzo con la primera universidad en mi lista; está en Indiana y el campus es muy bonito… Las dudas no se han ido y estoy segura de que no se irán, pero hoy las canciones y el relato me dieron la fuerza que necesitaba para empezar. 

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autora: Milena Espoz