Etiqueta: Milena Espoz

  • Playlist

    Playlist

    “Si fuera más guapa y un poco más lista

    Si fuera especial, si fuera de revista…”

    Suenan en el fondo los primeros versos de “Jueves”. Qué atinada canción de la Oreja de Van Gogh para describir cómo me siento. Hoy un poquito más que otros días. Y es que, no puedo evitar pensar que, si tan sólo fuera más guapa y un poco más lista, todo sería diferente.

    Son las 10 de la noche y estoy escribiendo este relato. Estoy revisando Instagram cada 5 minutos. Estoy escribiendo ciertos mensajes y esperando con ansias otros cuantos. Estoy escuchando gritos. Estoy anhelando un viaje, una rodada, un abrazo, un pastel. Estoy sentada, luego parada y sentada otra vez. Estoy, estoy, estoy. Pero a la vez, no estoy. No estoy haciendo lo que debería. Voy evadiéndolo ya por tres meses, y el problema ahora es que se me acaba el tiempo.

    “…Tendría el valor de cruzar el vagón

    Y preguntarte: ¿quién eres?…”. Sigue sonando “Jueves”. Y yo, sigo estancada.

    Necesito valor. Sólo un poquito, un poquito más. Por lo pronto no tengo que cruzar ningún vagón ni hablar con alguien. Aunque ahora que lo pienso, sería lindo…. pero esa es otra historia. Me distraigo otra vez. Sigo escuchando atentamente la canción y me sumerjo en la historia que narra. Es sobre un amor que cuando por fin venció los miedos y estuvo a punto de ser, no fue. ¿Injusto no?

    En fin, se acabó la canción, 4 minutos más que lo he evadido. ¿Qué sonará ahora? “Booker T”, de Bad Bunny. ¿En serio? No, no estoy en mi peak, así que paso. Ni siquiera me gusta y no sé porque está en mi playlist. Siguiente: “Mil horas”, de Los Abuelos de la nada. ¡Qué buena canción y qué buenos recuerdos! No se cantar, pero no me importa; imagino que mi mano es un micrófono y comienzo a cantarla con mímicas y movimientos exagerados de mi cabello. Por un ratito soy yo, genuinamente yo.

    Sigue pasando el tiempo, siguen sonando canciones y sigo escribiendo el relato. Nuevo cambio drástico en mi playlist, ahora suena “Lo Siento”, de Beret.

    “…No luchar por lo que quieres solo tiene un nombre y se llama perder…”.

    Otra vez, como si la letra fuera escrita para mí. No sé si me hace sentir mejor o peor. Últimamente, toda idea con la intención de motivarme termina haciendo todo lo contrario. Pero no, hoy no lo permitiré, hoy será el día. Con o sin motivación tengo que hacerlo, las fechas límite se acercan. No quiero perder y la lucha tampoco es tan terrible como la estoy pintando, así que abro el archivo de Excel. He hecho esto tantas, tantas noches en los últimos cuatro meses, que ya me sé de memoria su contenido.  

    “…Reviento, porque a veces ni yo me entiendo…”

    Y es que no me entiendo. Desde que estaba en último año de colegio, he soñado con irme de intercambio. Pero en esa época era imposible, con mi papá en el paro y mi mamá iniciando su tratamiento contra el cáncer no había forma. Vaya que fueron tiempos difíciles. Hoy, gracias a Dios, la situación ha mejorado un poco. Y ahora que por fin tengo el apoyo para cumplir mi sueño, no lo hago. Parece contradictorio, pero mientras más quiero algo, más lo evito. Me he convertido en experta en encontrar abismos, y temo, temo tanto dar un paso en falso y caer, que prefiero quedarme paralizada.  

    Yo sé que cuando alguien lea esto pensará: cómo esta muchacha le da tantas vueltas y no se anima a aprovechar una oportunidad tan grande, o no sé por qué se complica si es tan sencillo como buscar una universidad. Y sí, en realidad es fácil. Solo hay que abrir el archivo de Excel, buscar las universidades que ofertan la carrera, entrar a la página de cada universidad, encontrar los cursos que se deben tomar ese semestre y aplicar. Nada complejo. A una persona debería tomarle máximo dos semanas. A mí, me ha tomado tres meses. No he pasado del primer paso porque cada vez que abro el archivo, un millón de preguntas comienzan a invadirme, y todas se resumen en ¿y si fallas?

    Me pongo mal, otra vez. Maldita inseguridad. En el fondo sé que todas esas preguntas no tienen sentido y que sí puedo lograrlo. Beret no ayuda “…tus aciertos dirán dónde estás y tus fallos tan solo por dónde ir…”. Como quisiera que la certeza sea más fuerte que mis miedos. Como quisiera saber por dónde ir. Ha pasado media hora y sigo contemplando el archivo.

    Siguiente canción, suena “No tan deprisa”, de Joaquín Sabina. Mi ánimo cambia por completo. Sonrío. Hace un año ya que la escuché gracias a la recomendación de uno de mis amigos más cercanos y hoy ya es una de mis favoritas. Así que otra vez, mi mano como si fuera un micrófono y a cantar a todo pulmón.  

    “…No tan deprisa…”.

    Creoque es justo lo que necesitaba escuchar. Respiro y doy espacio a mis emociones. Es válido preocuparse y tener un poco de miedo, pero sólo un poco. Me recargo. “Ser feliz con dos latas en la nevera y un gramo de esperanza en lista de espera…”. Disfruto la canción. El optimismo y la ilusión van ganando a los miedos. Sí, sí puedo. Abro el buscador y comienzo con la primera universidad en mi lista; está en Indiana y el campus es muy bonito… Las dudas no se han ido y estoy segura de que no se irán, pero hoy las canciones y el relato me dieron la fuerza que necesitaba para empezar. 

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autora: Milena Espoz

  • La otra

    La otra

    ¡Para! Por favor, ¡para! ¡Estoy muy asustada! ¡Detente! 

    ¿Qué me está pasando? Todo está oscuro. Hace frío y yo, tiemblo. Tengo miedo. No quiero que esta vez sea más fuerte que yo. -Soy fuerte y siempre la he vencido- pienso, para intentar tranquilizarme. Es inútil. Cada vez es peor. Cada minuto que pasa ella crece y se hace más fuerte. Y yo más débil. Tiemblo y me estremezco ¡Para por favor! Es inútil. Sigue acercándose más y me intimida mucho. Cuando ya está lo suficientemente cerca, suelta una risa burlona como diciendo: “Te gané esta vez”. No se va a detener. Estoy sola. No puedo llorar y menos gritar. Sé que debo luchar, y ganar. Pero ¿cómo hacerlo? Apenas puedo distinguir una imagen muy distorsionada de mi agresora. Se parece a mí. Un poco. Bueno, bastante en realidad. Pero no tiene sentido. Nada tiene sentido. ¡Ayuda! Mi cabeza sólo sigue dando vueltas y cada vez estoy más mareada. Y ahí viene, otra tanda de golpes. ¡Para por favor! Duele, duele mucho. Y no sé cómo defenderme. Sólo llegan, uno tras otro. Me lastiman, me debilitan y consumen. ¡Detente! Ya no más.   

    Y se detuvo. Pero me ganó.  

    Por primera vez, este ser tan distorsionado, me venció.  

    (20 minutos después) 

    Llego a emergencias, un poco perdida y confundida todavía. La sangre ya paró de correr, pero aún me duele mucho. Aunque en realidad, me duele más haber perdido esa batalla contra mi peor enemiga.  

    Me reciben dos enfermeras y enseguida toman mis signos vitales. Aparentemente, todo está bien. Aparentemente. La presión, la saturación y la temperatura están controladas. Ahora, me llevan a una camilla para revisar mi herida. No es profunda. Eso creen. Bastará un par de puntos para curarla. Eso dicen.  

    Pero lo cierto es que la herida es mucho más profunda de lo que ellas imaginan. Me rompí la cabeza fruto de un ataque de ansiedad. ¿Bastarán un par de puntos para curar la herida? En teoría, sí. Pero no habrá nada que cure todo lo que siento. Estoy dolida, enojada, pero más que nada, muy asustada. Es más, creo que sigo temblando. Tiemblo sólo al recordar lo que tuve que vivir… ¿Mi agresora? Era yo. Bueno, no precisamente yo, sino una versión algo alterada de mí. Es como una sombra, o una bruja que nunca se va y hace que mi mundo, mi pequeño e inestable mundo, se vuelva oscuro y confuso ¿Cómo lo hace? Obstruye cualquier rayo de luz, de ilusión. Distorsiona mi espejo, mis notas y mis relaciones. Sólo quiere lo peor para mí. ¡Qué tonta! ¿Cómo dejé que me gané? Debí resistir más. Debí temerla menos. Debí ser más fuerte. ¿Los golpes? No eran reales. Eran mis pensamientos. Ella logró entrar en mi cabeza, dominarla y clavar cada pensamiento donde más me afectaba. Unos, rompían mi corazón; otros, disolvían mis ilusiones, y otros cuantos, destrozaban mis sueños.  Cada uno más fuerte que otro, al punto que se sentía como una verdadera paliza. Dolía, de verdad dolía.  

    Me aterra recordar lo que viví hace una hora, lo que estoy viviendo ahorita y lo que podría pasar si esto se repite. Me asusta perder el control y, sobre todo, en este momento, lo que más me espanta es ser yo…  

    Son las dos de la madrugada y hasta que la doctora de turno llegue, las enfermeras me preguntan cosas para descubrir la causa del desmayo que provocó el golpe, que provocó la herida… ¿Comiste bien? ¿Si duermes 8 horas diarias? ¿Te va bien en la universidad? ¿Tienes algún problema?  Cómo si fuera fácil responder esas últimas preguntas… ¿Qué si tengo algún problema? Tengo muchos. Pero no quiero pensar en eso. No otra vez. No quiero volver a perder. A perderme. Estoy tan agotada. Solo quiero que me curen la herida para volver rápido a mi casa. Tengo tanto que solucionar. Y no tengo tiempo… Ni siquiera sé por dónde comenzar a arreglar todo… ¿Y si no avanzo? ¿Y si todo sale mal? ¿Y si…? Otra vez está pasando. Los golpes. Los pensamientos. Para, por favor, ¡para! 

    Una de tantas historias incompletas de terror. Historia 11/12.

    Autora: Milena Espoz

  • Si tan sólo

    Si tan sólo

    Nuestras manos no se quedan quietas. Yo, intento ponerla sobre su pierna. Ella, la retira. Y se sonroja. Y yo, yo vuelvo a hacerlo. Se ríe. Me regresa a ver y clava sus ojos sobre los míos. Yo hago lo mismo. Tenemos esta manía de vernos fijamente, entrecerrando nuestros ojos y frunciendo nuestras cejas hasta conseguir que el otro retire la mirada. Y claro, yo siempre pierdo. No puedo explicar todo lo que su mirada causa en mí. Es tan profunda, tan desafiante, tan coqueta, tan….  que simplemente me desarma por completo. 

    Y así, entre mirada y mirada, seguimos con nuestro juego que se vuelve más difícil de ocultar. Nuestras risas nos delatan. Ella, cada vez más y más rojita, intenta disimular mi atrevimiento. Yo, con más y más ganas, quiero tener el mayor contacto posible con ella. Hasta que, por fin, por fin pare de luchar y me deja poner mi mano justo sobre su rodilla. Y no acaba ahí. Entrelaza sus dedos con los míos, voltea a verme y sonríe. Ahora que me dio la mano, sé que no quiero soltarla nunca. 

    Pienso en lo afortunado que soy de tenerla junto a mí. Así, tan cerquita, tan mía. Y entonces, me quiebro. Me quiebro porque sé que hoy es el último día que la tendré a mi lado. Es la última vez que podré acariciar su mano, darle un beso y ver esos ojos brillar. Ella se percata de lo que me pasa y también baja la mirada. Lo único que hace es apretar mi mano más fuerte como diciendo “no te vayas”. Y yo… yo no puedo contenerme más y la abrazo. Fuerte, muy fuerte. 

    De pronto, las conversaciones cesan y siento cómo toda la atención se centra en nosotros. Silencio total. Podría jurar que lo único que se escucha en aquel restaurante son nuestras respiraciones profundas. Ninguno llora. Ninguno habla. Sólo nos hundimos en ese abrazo. Y entonces, alguien rompe nuestro momento…

     —Me gustaría hacer un brindis por ti —dice mi mamá—. Por ti hijo, para que estés donde estés, sigas cumpliendo tus sueños y seas feliz siempre. 

     —¡Salud! —dicen todos mientras chocan sus copas. 

    Me dan ánimos para el viaje que emprenderé y me felicitan por la beca que gané. Están tan orgullosos de mí y tan contentos que pueda ir a estudiar mi maestría al otro lado del mundo. Yo también, no puedo negar que estoy lleno de ilusión por el viaje y por todas las experiencias que vienen. Si tan sólo ella pudiera venir conmigo….

    Vuelvo a poner mi mano sobre su rodilla y esta vez ya no hay resistencia. Sonreímos y cenamos mientras conversamos con todos. Con mis amigos contamos nuestras anécdotas más chistosas, eso sí, adaptadas a la versión familiar. Después, las historias de mis tías no se hacen esperar y se encargan de avergonzarme con los momentos más divertidos de mi infancia. Y así, entre risa y risa acabamos la comida, los postres y algunos, hasta con unas cuantas bebidas de más.

    Y es entonces cuando empiezo a preocuparme. Las conversaciones se apagan y las personas se despiden. Es como si todo indicase que el momento más difícil se aproxima. Y en efecto, poco a poco el salón se va quedando vacío hasta que sólo quedamos los dos. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¿Qué digo? Nada bastará.  

    Ella se lanza a mis brazos y yo la abrazo con todas mis fuerzas. Con todas. Sé que las palabras no serán suficientes así que espero que el abrazo lo sea. ¡Cómo quisiera que este momento dure para siempre! Que se congele el tiempo. Que nos congele así, juntos.  

    No sé muy bien cuanto tiempo estuvimos abrazados, pero en algún punto nos separamos. Ambos sacamos fuerza de no sé dónde para sonreír un poco. Ninguno dice nada. Supongo que ya no hay nada que no se haya dicho ya. Después, me da un último beso y se va. Sólo así, sin más. Pensé que, como en las películas de Hollywood, regresaría a ver y correría otra vez hacia mí, pero eso no pasa. Tan sólo sale del restaurante, se sube a su carro y se va. Y yo me quedo aquí parado, solo y vacío, mientras mi mundo se derrumba. Lo único que atino a hacer es a sentarme y llorar. Lloro por lo que vivimos y por lo que nos faltó. Lloro porque me hará una falta inmensa y porque no tengo certeza de lo que pasará. Y lloro porque pienso que…Si tan sólo, la vida nos hubiera juntado antes. Si tan sólo, yo no tuviera que irme o si tan sólo ella pudiera venir conmigo. Si tan sólo, el Pacífico y el Atlántico fueran uno solo…si tan sólo.

    Una de tantas historias historias incompletas de comida. Historia 5/12.

    Autora: Milena Espoz.