Etiqueta: comida

  • 8 de marzo

    8 de marzo

    8 de marzo, me levanto, miro el reloj, las seis de la mañana, y el tonito de los mensajes de WhatsApp rompe la paz del día que comienza. El contenido: canciones y frases, unas profundas, otras jocosas y otras de las dos. El Día de la Mujer, celebración de un acontecimiento histórico, pero me digo, vaya, día de la mujer son todos, todos aquellos que amanecen, y son vividos por la hija, por la madre y por la abuela. Por la campesina que se levanta entre penumbras a entregar amor en su vasija de ternura, y que enseguida sale a inundarse de sol, en su campo de puros aromas de naturaleza, que entrega en la sal de su sudor el respeto a la naturaleza, que da gracias con su azadón por la tierra fértil que la alimenta.
    Nos levantamos este día en la ausencia de los miles de acontecimientos que anteceden la celebración del 8 de marzo, fecha impuesta por ese gran organismo de dominación, y, como cada año, nuevamente las recuerdo, hoy más fácil gracias a Internet. Estos acontecimientos poco tienen que ver con el Día, y lo que se pide en emancipación femenina en la actualidad tampoco tiene que ver con las justas luchas de aquellas mujeres, que al igual que muchos hombres, sufrieron opresión, maltrato e injusticias.
    Me imagino entonces a aquellas mujeres de antaño, en su compleja vivencia entre el trabajo, los derechos y ciudadanía, me imagino a aquellas mujeres excluidas, esas mujeres buscando inclusión a través de un trabajo en la industria, en áreas que la sociedad sí considera trabajo. Porque la ardua actividad de hogar, de amor, de entrega, no ha logrado en una sociedad perversa y machista ser considerada trabajo.
    Entonces me imagino y valoro a la mujer, un ser inigualable de mil faenas, faenas activas, productivas, profundas, faenas que engrandecen riquezas materiales, faenas que complacen comodidades, faenas que no tienen precio porque producen el más grande brillo del amor. La mujer siempre persiguiendo lo mejor, lo atrapa, lo hace suyo y lo suyo es universal.
    La sociedad falló, los hombres fallaron y hasta la misma mujer. Se forjó una sociedad machista, si así la queremos llamar, yo la llamaría sociedad del desamor, de la desconsideración, del abuso.
    Una casa impecable, una comida caliente y deliciosa, una parada de ropa lista, suave y perfumada, una bendición llena de luz y dulzura, unos consejos sabios, unas llamadas de atención, un acompañamiento en las tareas de cada miembro de la casa, esa luz constante de la presencia de la mujer… Todo eso y más ha sido desvalorizado. Para la sociedad desatinada en valores, todo eso no es trabajo y no merece ser reconocido, mucho menos remunerado. Por el contrario, es menospreciado. La mujer que ilumina de tal forma la casa, esa mujer no trabaja.
    Me imagino la justa emancipación de las mujeres y agradezco sus luchas, aun sintiendo el vacío que provoca esta sociedad indolente que no valora la construcción del hogar en el amor, los afectos de la mujer, y abogo por las mujeres que dan cuenta de la vida, del amor, de los valores. Hemos de defender sus justas posiciones, poniendo por delante la vida.
    Imagino a aquellas mujeres levantarse cada día entre baños de amor, imagino a esas mujeres mirando indignadas a esas feministas adueñadas de causas que no son suyas para defender la muerte, para divagar en un camino de mediocridad, para poder tomar ellas también esa vida libertina en la que se han sumergido muchos espíritus empobrecidos de hombres.
    Vamos a reconocer que los machos, al igual que las mujeres, son paridos con úteros de mujeres, amamantados con la mejor leche de mujeres, acunados en brazos de mujeres y criados con los mayores privilegios de mujeres, y mientras esto no se convierta en conciencia de mujeres, el feminismo será sólo una batalla contra los hombres.
    Muy emotiva y muy justa la emancipación de las mujeres. Estaremos atentas a toda injusticia y siempre lucharemos, pero que nadie se atreva a dividirnos, ni ellos, ni ellas, las mujeres debemos asumir nuestro compromiso con la historia y con la VIDA, no con la MUERTE.

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autor: Rocío Torres Benavides

  • Un viaje con sabor, en el tiempo y espacio

    Un viaje con sabor, en el tiempo y espacio

    En la novela de ciencia ficción de H.G. Wells ‘La máquina del tiempo’, hay una frase cautivante: “Los científicos saben que el tiempo es una forma de espacio y que podemos ir hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, como lo hacemos… en el espacio». Cuantos quisieran poder viajar en el tiempo para darle un abrazo a aquella persona que ya no está y despedirse por última vez, o saber que depara el futuro de la humanidad.

    En la actualidad es imposible moverse en el tiempo, sabemos que el presente es real y el pasado solo existe si hay recuerdos de él. Estos recuerdos están asociados a múltiples razones, los cuales se relacionan a ciertos eventos que quedan entrañablemente en nuestra memoria, otros simplemente nos vienen a la mente al rememorar ciertos lugares, acontecimientos y en particular a la comida. ¿Quién no ha relacionado los sabores y aromas de la comida con una tradición, lugar o emoción? La comida como forma de vida y parte esencial de ella, se ha convertido con el paso del tiempo en parte de la identidad de los pueblos y costumbres, a través de ella se pueden conocer las características sociales, culturales y económicas de ciertas regiones, llegando a formar parte de un patrimonio intangible que acompaña el invaluable aporte de estas comunidades. La comida forma parte de las tradiciones, de los rituales, de las creencias, de la memoria colectiva y de la cotidianeidad de un pueblo.

    Gracias a la globalización y las nuevas condiciones del mercado es posible encontrar en un mismo lugar comidas de distintas partes del mundo, y, como si fuera un viaje, con el simple hecho de probar la comida se puede establecer una relación con sitios o recuerdos, así, cuando se degusta un crepé de chocolate se piensa en Francia; la tortilla de patatas, en España; la arepa rellena, en Venezuela, o el chocolate fino de aroma, en el Ecuador. Todos son sabores inconfundibles, únicos y son una experiencia que crea sensaciones de pertenencia con el lugar.

    Pero estos sabores, tal como si fuese una máquina del tiempo, te transportan a emociones muy íntimas y cercanas, aquellas con las cuales creciste y que te han acompañado durante la vida, forman parte del viaje y, al final, se quedan como un fiel compañero. Es muy común escuchar frases del tipo: “Esta comida sabe a la Abuela Natica” o “sabe a la tía Ángela”. Los sabores vienen asociados a personas que fueron parte en algún momento de tu vida. Así, la comida te lleva directamente a tu niñez o adolescencia, es como estar físicamente en un lugar y emocionalmente en otro, haciendo un guiño a la teoría de la física cuántica que asegura que una partícula pueda estar en varios lugares al mismo tiempo.

    La comida familiar del Domingo antes de ver el futbol, la pizza compartida con los amigos en las largas noches de estudio, la comida de mamá al llegar a casa luego de pasar todo el día en la calle, los asados con los amigos, el sancocho en casa de los suegros, en fin, son recuerdos que nos permiten viajar en el tiempo y volver a sentir las mismas emociones.  

    Entretanto, mientras los científicos siguen en la búsqueda de la máquina del tiempo -aún una esperanza lejana, pero no imposible -, buscando las maneras de descifrar el código que abra la puerta, nosotros seguiremos viajando al pasado a través de los sabores que nos han acompañado y hemos atesorado como un maravilloso recuerdo.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 2/12.

    Autor: Dorian Romero

  • Alma viajera

    Alma viajera

    Cuando mis padres se casaron, mamá dio un giro a su vida. Como marino mercante, su esposo navegaba a lugares muy lejanos, por varios meses cada vez. Así que, para poder vivir como pareja, mamá renunció a su trabajo y se embarcó en los largos viajes junto a papá.

    Durante esos viajes, en la ruta Ecuador-Japón, fui concebida. Imagino a mi alma viajando millas sobre mar abierto para encontrarme…

    No tuve una infancia normal y eso me hizo muy feliz. Viajamos mucho en barcos cargueros hasta que llegó el momento de entrar a la escuela. Es extraño, me cuesta recordar lo que hice la semana pasada, pero no puedo olvidar algunos olores, el viento en mi cara, imágenes de ciudades nuevas y las locuras de mi hermano en esa etapa de nuestras vidas.

    Cuando entré a la escuela, desperté de mi maravilloso sueño. Papá tuvo que seguir trabajando lejos y mamá se quedó sola criándonos. Varios niños, e incluso maestros, no dudaron en encasillarme como una niña mentirosa. Una niña que decía que había viajado en barco a lugares muy lejanos y que su padre se encontraba en alta mar; cuando en realidad, de seguro, sus padres estaban divorciados y ella solo quería llamar la atención.

    Fue un cambio muy duro para mí. Quería volar por siempre. No necesitaba a nadie más en mi vida, solo a mi familia y viajar. El mundo era demasiado grande como para estar atrapada en un lugar lleno de gente que me maltrataba psicológicamente día tras día.

    Mi alma se sentía presa, inquieta y asustada.

    Los únicos momentos en los que mi alma estaba realmente en paz eran cuando estaba sola, o cuando estaba viajando. Esa es mi verdad, incluso ahora.

    Cuando viajo, siento una libertad difícil de explicar con palabras. Mis padres siempre decían que la mejor forma de aprender y crecer como personas es viajando. Conociendo lugares, culturas, modos de vida y comida diferentes; así uno enriquece su mente y alma, porque el mundo es demasiado grande y cada rincón tiene sus propios encantos, su propio aire y su propia energía.

    “Prueba siempre la comida local, conversa con los habitantes del sitio que visitas, escucha atentamente las historias que te cuentan los mayores, aprende la historia del lugar donde estás parada, respira profundamente ese aire porque no se volverá a repetir, aprende otro idioma para que puedas comprender a otros y, sobre todo, respeta, respeta siempre a las personas que te rodean, sus costumbres y su historia”.

    Todo lo que uno aprende viajando se aplica en la vida diaria: respeto, conocimiento, comer todo lo que te sirven, adaptación, paciencia, tolerancia, disfrutar momentos y no posesiones, hacer amistades, apreciar la soledad, probar cosas nuevas, encontrar belleza en lo simple, vencer miedos, valorar nuestra salud, y, lo más importante: descubrir de lo que somos capaces. Cuando muera, mi alma estará cien por ciento libre otra vez y mis cenizas volarán entre montañas. Hasta entonces, seguiré trabajando duro para saciar a esta alma viajera e inquieta.

    Una de tantas historias incompletas de viajes. Historia 1/12.

    Autora: María José Montalvo

  • 5 segundos de suspenso

    5 segundos de suspenso

    Mmm, que delicia, solo de pensar se me hace agua la boca… Mariscos, les puedo decir que desde pequeño siempre me han fascinado los mariscos y no me puedo imaginar lo que sería no poder comerlos.

    A decir verdad, siempre me pregunté cómo sería ver algo así en el plato de los demás y no poder ni siquiera probarlo. Eso era justamente lo que le pasaba a uno de mis mejores amigos, y, por supuesto, cuando creces te acostumbras a que cosas que no entiendes, por ser habituales, dejan de parecerte extrañas, se vuelven una regla. Para mí esta situación era conveniente, ya que cualquier cosa que llevara tales ingredientes en los almuerzos del cole iba a terminar, sin duda alguna, en mi estómago.

    Con el pasar de los años, todo nuestro grupo de amigos sabía que para Miguel los mariscos constituían algo mortal, sí, sin exagerar, mortal, y como buenos amigos nos importaba; tal vez por eso no hacíamos otra cosa que hacer bromas acerca de su alergia o preguntas absurdas del tipo: “¿Y qué pasaría si una chica te besara luego de haber comido atún?” o “si te metes a nadar al mar, ¿te mueres?”, jajaja. También nos hacíamos bromas sobre quién sacaría la inyección que evitaría su muerte en caso de que por accidente comiera algo prohibido y de cómo se la aplicaríamos, ¿una estaca en el corazón hasta que reviva, como en las películas?, jajaja. Era inevitable reírnos entre nosotros, pero sabiendo que podría llegar a ser en serio.

    Acompañado de su condición, también nos privábamos de hacer cosas tan comunes como comer en cualquier lugar en la playa, de esos que te preparan lo que pidas al instante, y no me refiero precisamente a un hotel 5 estrellas. Nos causaba gracia en pleno malecón andar preguntando si había pollo o algo que no tuviera ni el más mínimo ingrediente mortal, cuando en cada lugar al que entrabamos promocionaba lo mejor de las vacaciones, cualquier cosa que hubiese salido de la pesca fresca del día.

    En uno de aquellos viajes, luego de mucho rebuscar, encontramos un sitio “decente” en el que estuviéramos seguros de que ni tan siquiera se utilizaría un utensilio para la preparación de la comida que hubiese estado en contacto con la ‘comida venenosa’. Así, nos sentamos en una mesa gigante, éramos más de 10 personas, y cada uno fue haciendo su pedido. Al llegar al menú de ensaladas había de dos tipos, ensalada con pollo y ensalada con atún, por supuesto la ensalada con pollo era el plato destinado para Miguel, y, en una suerte de reto al destino, a otro se le antojó la misma ensalada, pero de atún, los dos únicos platos de una carta larguísima que podían confundirse. El pedido incluía ceviches, arroz con camarón, arroz marinero, pescado frito, camarones al ajillo… ninguno más había coincidido.

    Llegó el momento de que llegaran los tan esperados manjares, uno a uno el mesero fue colocando los platos en cada uno de nuestros puestos con pulso firme. Sin embargo, con la cara, su expresión de preocupación decía, si me equivoco me matan, o mejor, si me equivoco, uno se muere. Por cuestiones del azar, o por su propio nerviosismo, coloca al final las dos ensaladas. Seguramente el pobre hombre salió de la cocina repitiendo “derecha pollo, izquierda atún, derecha pollo, izquierda atún…”. A todos nos ha pasado… lo que repetimos cien veces en nuestra mente, por tanta repetición, al llegar el momento de la verdad nos lleva a la duda, ¿me habré equivocado?

    No era el mejor momento ni el mejor lugar para dudar, y menos para una equivocación. Una vez que todos los platos estuvieron en la mesa, en voz alta dijimos “buen provecho” y vino el primer bocado. No sé si la escena era de una película de terror o de una broma de cámara escondida, pero en un instante el mesero se gira bruscamente y mientras iba de camino a la cocina dice en voz lo suficientemente alta: “No, me equivoqué”. El mundo se paralizó para todos en un segundo, seguramente si hubiera habido algún enfermo cardíaco, seguro le daba un síncope en ese mismo instante. Todos, sin excepción, regresamos a ver con cara de terror a Miguel. Nos sorprendió su tranquilidad, que no devolviera la comida de inmediato, esperamos síntomas de la intoxicación y mientras todos pensamos lo peor, el mesero se volvió a pronunciar y dijo esta vez: “No, no, sí le serví bien”. Aún con el susto, preguntamos para asegurarnos: “¿Miguel estás bien?”. Alguien olió las dos ensaladas y confirmó: “Tranquilos, la del Miguel si es la de pollo”. Se vino la carcajada acompañada de “oigaaaaaaa, casi nos mata de un susto, no haga eso”.

    Desde aquella ocasión, es imposible no recordar esta anécdota al disfrutar de una rica comida frente al mar, que más allá de satisfacer nuestro apetito, alimenta también nuestros recuerdos.

    Una de tantas historias incompletas de comida. Historia 12/12.

    Autor: Andrés Acosta.

  • Las huecas y el déficit calórico

    Las huecas y el déficit calórico

    “¡Sí hay la fritada, sí hay el hornado!  ¡Venga mi rey, venga mi papi!”

     ¿Quién no ha escuchado esas frases? Bueno, cuando yo las escucho, me iluminan el alma. Soy amante de la comida típica ecuatoriana e ir a las «huecas» se ha convertido en un estilo de vida. El mercado, las famosas papas, los motes, la fritada, el hornado, etc., son lugares que visito con frecuencia. Y estas ‘visitas’ no son necesariamente en la hora del almuerzo, pueden ser las 11h00 o las 12h00… justo a la hora del “antojito”.

     Muchas veces voy con amigos que disfrutan de lo mismo. Una llamada y las frases: “¡Vamos por unos motes!”, “¿le hacemos a unas papas?” o “¡ponte unos cevichochos!” bastan para quedar en una hora e ir. `Y en algunos casos terminamos con la famosa ‘media’ (media botella de anisado), el auténtico bajativo.

    Si no hay plan… voy solito, cuando el antojo llega… llega. Entre mis platos favoritos están ¡LAS PAPITAS CON CUERO! Anita (segunda generación del negocio) siempre recibe a los clientes con la misma sonrisa y siempre atenta al escuchar el nombre de «señito». Un día que fui solo y muy temprano en la mañana, le hice la conversa y empezó a contarme la historia de su negocio. 

    Su madre, doña Rosa Cachiguango, lo empezó hace 26 años en la esquina de la Av. El inca y 10 de Agosto, en Quito ,Ecuador, vendiendo en un carrito sobre la vereda. Ahora ya son 5 locales, administrados por sus hijos. He comido en 4 de ellos, mi favorito sigue siendo la de Anita, la famosa “señito”. Y es que ya me conoce, y siento que cada vez que voy, me sirve con amor, tal cual lo haría una madre. 

    El famoso «mixto 1» con extra porción de fritada y una Inca cola es la dosis perfecta. 

    Pero, ¿qué pasa con la dieta? ¿Carbohidratos? ¿Grasa? ¿Se taponan las arterias? ¿Esta comida engorda? ¿Va directa a las caderas? Por mí, pueden decir que va directo a mis cachetes que no dejaré de comerla. 

     Mis amigos se preguntan cómo hago para seguir comiendo estas comidas diariamente y no subir de peso. Y no como solo este tipo de comidas, la verdad me encanta la comida chatarra: hamburguesas, papas fritas, pollo broster, etc. En muchos casos ellos son testigos de la comida y bebida que consumo. No he sido de dietas, no me ha gustado privarme de la comida y peor de un buen trago. Nunca he sido de los que dejan una invitación temprano en la noche porque al otro día tienen “entrenamiento”. Tampoco he dejado de asistir a un asado y privarme de LO BUENO por la idea que tienen muchos de que “engorda”. 

     Simplemente creo que la comida es un placer y hay que disfrutarlo al 100%.

     ¿Y qué sería de un asado sin un buen ron? ¿Un gin? ¿O cualquier coctel? ¿Una fiesta sin un whisky? ¿Un aguardiente?

     Bueno, y entonces, ¿cómo mantengo mi peso? Como explico en mi blog*, me baso en el déficit calórico, restando calorías en los ejercicios diarios, simple. Con esto, esa rica comida no altera mi ingesta diaria.  El famoso «mixto 1» es un plato de 600 a 700kcal, corriendo 8 kms quemas más o menos entre ese rango (600 a 700kcal). Así que esa es mi forma de compensar, lo que me permite no tener que abstenerme de estos gustitos que me alegran el día.

    Me gusta correr, me encanta comer, al siguiente día quemo todo lo que como o tomo. No soy nutricionista, ni deportista extremo, pero de que me funciona, me funciona. 

     Así que mientras tanto seguiré yendo donde Anita para que me siga diciendo “venga mi rey, venga mi papi, si hay las papas con cuero”.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 11/12.

    Autor: Edgar Herrera.

    *Página @mapahuirafitness

  • Dulce amargura

    Dulce amargura

    Dulce. Mucho tiempo después, el sabor dulce regresó a la vida de Benito Rufián. Una textura aterciopelada y cremosa inundó de nuevo su boca hasta hacerle esbozar una media sonrisa.

    El permanente amargor que se había instalado en su garganta en los últimos años se desvanecía finalmente, liberándole de la angustia que lo había atormentado y reducido a escombros.

    • Alguien se tiene que comer este marrón -Se dijo antes de que todo se viniera abajo-.

    Y vaya que lo hizo, cargó con toda la responsabilidad de aquel escándalo eximiendo a sus socios. Los quería como a hermanos -pensó-.

    • No te preocupes Beni, llegaremos a un acuerdo y todo se solucionará con una indemnización que pagaremos entre todos. Cuenta con ello -le dijo Antonio, en una cena el día antes de ser detenido, dándole una sonora palmada en la espalda mientras con la otra mano sostenía una gamba roja de Palamós que engulló al instante.

    Sin embargo, pasadas dos semanas los casos de intoxicación se agravaron y terminaron muriendo tres personas. Ahí todo cambió, el acuerdo con la Fiscalía llegó para el resto, pero Benito Rufián se comió diecisiete deliciosos años de cárcel. Todo un banquete.

    • Entiéndelo Beni, no sabíamos que esto acabaría así, siempre estaremos contigo, – le decía Ramón, otro de sus socios, tras confirmarse el resultado del juicio.

    Atrás quedaron las fiestas, los fastos y los viajes de empresa. Esos días de vino y champán navegando por las calas de Formentera, las cenas en restaurantes con estrella Michelín y las copas con famosos de arrabal en los locales de moda de Madrid.

    Antonio, Ramón, Cayetano y Benito habían sido llamados a revolucionar el mundo gastronómico. Sus productos eran muy apreciados entre los pijos con ínfulas gourmet y habían logrado mucho éxito con su línea de alimentos de lujo.

    Sin embargo, tras un ascenso meteórico, la obsesión por reducir costes les hizo correr riesgos que no supieron ver.

    Y allí estaba Benito, en un furgón policial camino de la cárcel de Torredondo.

    Los primeros meses encerrado todos le enviaron mensajes de ánimo para expiar su culpa y garantizar su lealtad. Especialmente Cayetano, quien en el fondo era el verdadero culpable por esa obsesión absurda de creer ser más listo que el resto.

    Pero los días fueron pasando y pronto llegó el silencio, un vacío atronador que zarandeaba su cabeza y le impedía pensar con claridad.

    Con el paso del tiempo, ese silencio dio paso a la amargura, que impregnó con su aroma toda su existencia, y le hacía vagar como un autómata por los pasillos del centro penitenciario de Segovia, tratando de comprender y asimilar tan difícil trago.

     Y así, los años fueron cayendo como golpes sobre sus mejillas. Cuatro, cinco, seis… hasta diecisiete; y Benito, tras mirar su rostro en el espejo, otrora bronceado y con brillo, ahora blanquecino, arrugado y enjuto, abandonó la cárcel para volver a la vida.

    Se prometió que todo cambiaría y hoy, diecisiete años y tres días después, iba a estar sentado a la mesa junto a todos los que tanto había querido para celebrar su reencuentro.

    Aceptaron la invitación con reservas, pero Benito se esforzó porque todo fuese como antes y preparó una cena a la altura del tiempo perdido. Al fin y al cabo, él había sido la mente creativa de la empresa.

    Por fin su cuerpo volvía a la acción y recobraba el vigor de antaño. Estaba algo nervioso, y a medida que fueron llegando Antonio, más grueso; Cayetano, con un injerto de pelo terrible; y Ramón, consumido por la cocaína; fue comprendiendo que el tiempo no solo había pasado por él, y que aquellos jóvenes que iban a comerse el mundo habían sido devorados por la vida.

    Al verse, una mirada les sirvió para eludir cualquier mención a lo que pasó, y la comida, el vino y su vieja amistad hicieron el resto.

    Benito seguía teniendo la misma mano que llevó a la empresa a lo más alto con sus creaciones, y entre plato y plato fueron recordando sus comienzos, cuando Antonio, Cayetano y Ramón, por entonces niños bien, contrataron a un joven cocinero con ganas de llevar productos y cocina de vanguardia a los hogares.

    Llegó el postre. Lo había preparado con más mimo que nunca, midiendo a la perfección las proporciones, texturas y sabores. Una receta con una ejecución sublime.

    Benito, todavía sin probar bocado, se detuvo para contemplar por un momento su última gran obra. Allí, junto a él, Antonio, Cayetano y Ramón yacían fulminados sobre la mesa. Tras respirar hondo, cogió su cucharilla y dio un bocado. El sabor dulce por fin lo impregnó todo y, tras dar con su cabeza en el mantel, unas últimas gotas de vida se escaparon por la comisura de sus labios…

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 10/12

    Autor: Víctor Quevedo

  • Lasagna

    Lasagna

    Esta es la historia de Juanito. Juanito es un chico muy alegre, le encanta correr en el parque, pasear por las calles, jugar fútbol con sus amigos, ver películas y enseñarle trucos a su perro, “Penaldo”. Pero, sobre todas las cosas, a Juanito le encanta comer. Lentejas con arroz y queso, arroz con pollo, tigrillo, huevos revueltos con tocino, pancakes con miel, carne apanada con maduro frito, spaghettis con salchichas…y tantos platos más. Sin embargo, hay un plato que reina por sobre todos los demás. La primera vez que lo probó, era un domingo cualquiera. Juanito tenía 9 años y su mamá decidió hacer LASAGNA: Esas tres capas (mínimo) de pasta, bechamel, ragú y queso rallado a más no poder, hecha al horno para que el queso se derrita y quede crocante por arriba… mmm.

    Desde ese día, la vida de Juanito cambió para siempre. Cada evento especial, cada cumpleaños, cada domingo del año y cada miércoles (por si acaso) era día de lasagna. Y, como no podía ser de otra manera, una bandeja para la familia de cinco, y otra entera solo para él.

    15 años después…

    ¡Juanito se gradúa hoy de la universidad! ¡Qué alegría! ¡Será Comunicador! Hoy en la noche hay una cena en honor al graduado, y ¿adivinen el menú? Así es: Lasagna.

    Todos están reunidos en casa alrededor de la mesa. El pequeño “Leo” ladra sin parar de la emoción (Penaldo había fallecido un par de años antes ya de viejito) y Ángel, el padre de Juanito, levanta su vaso para dar uno de sus famosos brindis. “…siempre fue un buen chico…”, “…me acuerdo aquella vez que…”, “…te esperan cosas muy grandes…” ¡PUM! Alguien se desmaya. Es Juanito…

    2 horas después…

    Juanito había sufrido un infarto. Estaba en el hospital en Emergencias.

    – ¡Doctor! ¿Qué le pasó a mi hijo? – dice llorando Victoria, su madre.

    Señora, su hijo ha sufrido un infarto, probablemente a causa de su sobrepeso. Ha logrado despertar, pero debido al fuerte golpe que se dio en la cabeza al caer, no tiene memoria de quién es ni en dónde está.

    – ¿Y qué podemos hacer?

    – Ahora mismo debe descansar mucho y empezar a comer de otra manera muy distinta a como venía haciéndolo, porque si no, esto volverá a ocurrir.

    1 semana después…

    En casa.

    Juanito apenas se movía y seguía sin recordar nada. Su madre le estaba dando de comer las recetas que le habían mandado: caldo de pollo, sopa de verduras, papas hervidas con pollo, puré de coliflor con pescado al vapor, etc. Lloraba mientras hacía estas comidas porque sabía que a su hijo no le gustaban y lloraba más aún cuando le daba de comer y veía que él no reaccionaba.

    Un día, Victoria no aguantó ver a su hijo así ni un segundo más. Decidió hacerle lasagna. Estaba convencida que su plato favorito seguro lo animaría y no le importó lo que le dijeron los médicos.

    Juanito probó la lasagna y sus ojos perdidos de pronto enfocaron en su madre: “Hola Mamá”. “¡Ángeeeeel! ¡Juanito habló y me reconoció!, ¡ven rápido!”-gritaba Victoria-. Hablaron de todo. Les dijo que todo este tiempo estaba consciente de todo y que los escuchaba, pero que no podía decir nada. Estaba muy triste por lo que había pasado y prometió cuidarse más para que no vuelva a suceder.

    Llevaban hablando unas 2 horas cuando otra vez Juanito dejó de enfocar y de hablar, y volvió al mismo estado en el que se encontraba antes de comer la lasagna. Su madre, desesperada no sabía qué pasaba, pero algo dentro de ella le decía que fue la comida. Sin pensarlo dos veces, Victoria volvió a preparar otra bandeja de lasagna al día siguiente, y otra vez, y otra vez, y otra vez…y cada día pasaba lo mismo: Juanito comía, volvía en sí y se iba 2 horas después…

    Desde ese día, la vida de Juanito acabó para siempre.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 9/12.

    Autor: Diego Méndez.

  • La taza de chocolate

    La taza de chocolate

    La casa de Agustín siempre olía a café recién hecho. Era pequeña, sencilla, con paredes blancas de adobe y techo de tejas rojas. Estaba en una zona rural a cuarenta y siete minutos de la ciudad. A la entrada había un jardín poblado de rosas y alcatraces que él mismo cultivaba, y el gran ventanal de la cocina tenía vista al río. Desde hacía siete años era su refugio después de la partida de su esposa. Sus puertas y ventanas habían estado cerradas desde hacía demasiado tiempo. Las de la casa y las de su corazón.

    Cuando Marcela llegaba desde Quito, él salía alegremente a su encuentro a la calle principal del pueblo. La recibía ante la mirada curiosa de los vecinos con un largo abrazo, una sonrisa cálida en sus labios y un “te extrañé mucho” al oído. Ella lo abrazaba de vuelta y acurrucaba su pequeño cuerpo entre los brazos fuertes de ese extranjero alto y robusto de acento dulce, sintiendo que no había nada mejor en el mundo que ese momento, cada vez.

    El piso de madera crujía bajo sus pies, despertando a las dos gatas que a menudo tomaban el sol tumbadas ante las ventanas de la entrada. “Hice café, ¿quieres?” era la pregunta habitual. “Sabes que no tomo café, pero acepto un chocolate si me lo preparas tú”, era la respuesta reglamentaria. Reían, era un ritual, y la taza con dos de azúcar estaba ya servida.

    La parrilla y el horno estaban encendidos de antemano, los ingredientes sobre el mesón, algunos cortados, otros enteros. Las especias y las hierbas desprendían sus jubilosos aromas, que se mezclaban en las ollas y sartenes con la comida. A medida que la alquimia iba transformando los elementos individuales en deliciosos manjares, él tomaba pequeños trozos en sus manos o con una cuchara de palo y los depositaba cuidadosamente en la boca de ella.  Marcela la abría con avidez y sentía un pedacito del alma de Agustín en cada bocado. Ella sabía a través de sus platillos cuando él estaba contento, porque los porotos del locro cantaban y bailaban en el plato. También percibía cuando estaba triste, porque el chocolate le quedaba un poquito más amargo y fuerte. Pero lo que más amaba era verlo mirarla fijamente cuando preparaba algo desconocido aún para ella. Sus ojos cafés se abrían ansiosamente esperando una respuesta tácita de placer o desagrado. “Si te gusta, lo pongo en la nueva carta.” A ella invariablemente le gustaba…

    Luego del postre y un par de copas de vino subían por las estrechas escaleras al dormitorio. Algunas prendas apuradas trazaban en el suelo el camino desde el comedor hasta la cama. Y ellos se entregaban el uno al otro en una promesa que se cocinaba a fuego lento. Marcela amaba a Agustín desde lo más profundo de sus entrañas. Pero Agustín no amaba a Marcela, o al menos eso era lo que él quería creer. Él amaba algo que no podía describir, como el olor de algo que nunca había comido, y ella era demasiado concreta y conocía su sabor de memoria. Ella se derretía como mantequilla con el roce de sus dedos y a él solamente le complacía su eterna compañía. Para ella el amor sabía a ese cálido chocolate que cada martes la esperaba sobre la mesa cuando llegaba; para él, el amor sabía a un ají fuerte que duele y pica en el paladar por unos minutos y luego se va. Y ella no era ají, ella no se iba, ella estaba perennemente en su mente y en su lengua. Ella era su Marcela y él sabía que aunque no le ofreciera nada, no se iría de su lado porque lo amaba. Pero un día se dio por vencida y no volvió jamás. Sabía que él no quería su sabor conocido y su aroma a cítricos y ya no hubo chocolate, ni abrazo, ni “te extraño”. Él la cambió por el ají que tanto había buscado, aunque le duró lo que dura un hervor y ella, eterna como era, se fue a buscar la eternidad. Agustín llora hoy su ausencia aunque no lo cuenta y nunca más ha preparado chocolate con dos de azúcar para nadie.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 8/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade

  • La cocina es un arte

    La cocina es un arte

    ¡Niña pon atención y escoge bien los frijoles!, que aún tienen piedrillas y basura. Tienes que aprender que los frijoles para que queden suaves y deliciosos, tienen que ser cuidados y cosechados con amor y dedicación a la tierra. Así, cuando los cosechemos, serán los frijoles más exquisitos que nadie haya probado.

    Eso ocurría una y otra vez cuando mi abuela me ponía a «escoger » los frijoles para el guiso del día. Es que para mi familia, el cocinar era toda una fiesta y celebración.

    Malena era la encargada de la cocina y todos los días le preguntaba a mi mamá María, ¿Doña Mary, hoy qué se cocinará?, ella con voz firme y segura respondía…»antes de que eso suceda, por favor asegúrate de que la cocina esté limpia y ordenada, sabes que para mi el cocinar no solo es una obligación, es un arte, y ese arte se hace con amor»…sí Doña Mary, no se preocupe,  usted ya sabe, respondía Malena.

    Entonces empezaba el ritual de escoger el menú. Si se iba a cocinar pollo, eso constaba desde seleccionarlo, para lo cual siempre se debía asegurar que fuese fresco, del mismo día; luego, determinar la forma en que se lo cocinaría y para terminar, definir el acompañante.

    Todo era una fiesta al momento de cocinar… había música, risas, regaños y hasta llantos, y no por hacer las cosas por obligación, ¡sino por cortar la cebolla! Nunca faltaba el traguito de ron o aguardiente y hasta una bailadita de vez en cuando nos dábamos…mi mamá María decía, «sin trago y música, la comida queda insípida»…y sí, ese era su toque mágico.

    A mi me tocaba limpiar todo lo que se ensuciaba… pero era parte del ritual. Cuando todo quedaba listo, venía la puesta de mesa para celebrar lo que se había cocinado. Todos en la casa nos sentábamos a la misma hora a deleitarnos de los platillos que día a día se hacían, pero no solo era eso, también teníamos que estar presentables para la ocasión y conversar sobre temas familiares y problemas, si es que los había. Pero lo más importante era compartir con todos. Ese olor a comida no solo te satisfacía el apetito, sino que también te llenaba el alma. Ojalá y esos tiempos de «antes » se pudieran repetir,  donde el cocinar sea un arte y no una manera de supervivencia.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 7/12.

    Autora: Leda Roth

  • Mi aroma preferido

    Mi aroma preferido

    Para mí no existe otro olor como el aroma del ajo recién molido con cebolla en una sartén bien caliente… anuncia el preámbulo de una buena comida.

    No sé en qué momento me empezó a interesar la cocina, solo sé que, desde muy pequeño, mi madre me enseñó a preparar comidas fáciles de aprender para que, “algún día no me muera de hambre”, decía ella.

    Preparaba cosas adaptadas a la edad que tenía, nada muy complicado. Muchas veces hacía desayunos para mi hermana y para mí. Recuerdo que ella me pagaba 10 pesos y para mí era muy divertido. Con la edad, poco a poco fui adquiriendo conocimientos culinarios, cocinaba para mis amigos del trabajo platillos como ceviches o ensaladas de mariscos; incluso hasta practicaba las preparaciones que había cocinado anteriormente para alguna reunión con otro grupo de amistades.

    Sin embargo, no fue hasta hace poco cuando decidí involucrarme de lleno en el mundo de la gastronomía y he aprendido a desarrollar platillos más evolucionados. Lo que empezó como un juego, se ha convertido en un modo de ganarme la vida. Y eso que mi camino no iba precisamente en esa dirección, también tengo un grado de ingeniería, la carrera que estudié. Pero la vida es así, lo que me apasiona es crear sabores, texturas, aromas y experiencias en una cocina. Pronto terminaré mi curso de gastronomía y siento que mi vida se completa.

    Mientras escribo estas líneas, mi país, México, festeja sus fiestas patrias. La especialidad de mi casa son los chiles en nogada y el tradicional pozole. Para mí los chiles son templos verdes que guardan un delicioso tesoro cubierto en salsa de leche. Estas recetas las aprendí gracias a mi madre a quien, además de deberle mi vida, le debo también la herencia por ese gusto inexplicable de mezclar ingredientes para crear platillos nuevos y emocionantes. 

    Hoy puedo decir que siento que encontré en la cocina la pieza que faltaba en mi vida profesional. La cocina me ha enseñado a conocerme a mí mismo.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 6/12.

    Autor: Moi Nuñez.