Etiqueta: coqueteo

  • Si tan sólo

    Si tan sólo

    Nuestras manos no se quedan quietas. Yo, intento ponerla sobre su pierna. Ella, la retira. Y se sonroja. Y yo, yo vuelvo a hacerlo. Se ríe. Me regresa a ver y clava sus ojos sobre los míos. Yo hago lo mismo. Tenemos esta manía de vernos fijamente, entrecerrando nuestros ojos y frunciendo nuestras cejas hasta conseguir que el otro retire la mirada. Y claro, yo siempre pierdo. No puedo explicar todo lo que su mirada causa en mí. Es tan profunda, tan desafiante, tan coqueta, tan….  que simplemente me desarma por completo. 

    Y así, entre mirada y mirada, seguimos con nuestro juego que se vuelve más difícil de ocultar. Nuestras risas nos delatan. Ella, cada vez más y más rojita, intenta disimular mi atrevimiento. Yo, con más y más ganas, quiero tener el mayor contacto posible con ella. Hasta que, por fin, por fin pare de luchar y me deja poner mi mano justo sobre su rodilla. Y no acaba ahí. Entrelaza sus dedos con los míos, voltea a verme y sonríe. Ahora que me dio la mano, sé que no quiero soltarla nunca. 

    Pienso en lo afortunado que soy de tenerla junto a mí. Así, tan cerquita, tan mía. Y entonces, me quiebro. Me quiebro porque sé que hoy es el último día que la tendré a mi lado. Es la última vez que podré acariciar su mano, darle un beso y ver esos ojos brillar. Ella se percata de lo que me pasa y también baja la mirada. Lo único que hace es apretar mi mano más fuerte como diciendo “no te vayas”. Y yo… yo no puedo contenerme más y la abrazo. Fuerte, muy fuerte. 

    De pronto, las conversaciones cesan y siento cómo toda la atención se centra en nosotros. Silencio total. Podría jurar que lo único que se escucha en aquel restaurante son nuestras respiraciones profundas. Ninguno llora. Ninguno habla. Sólo nos hundimos en ese abrazo. Y entonces, alguien rompe nuestro momento…

     —Me gustaría hacer un brindis por ti —dice mi mamá—. Por ti hijo, para que estés donde estés, sigas cumpliendo tus sueños y seas feliz siempre. 

     —¡Salud! —dicen todos mientras chocan sus copas. 

    Me dan ánimos para el viaje que emprenderé y me felicitan por la beca que gané. Están tan orgullosos de mí y tan contentos que pueda ir a estudiar mi maestría al otro lado del mundo. Yo también, no puedo negar que estoy lleno de ilusión por el viaje y por todas las experiencias que vienen. Si tan sólo ella pudiera venir conmigo….

    Vuelvo a poner mi mano sobre su rodilla y esta vez ya no hay resistencia. Sonreímos y cenamos mientras conversamos con todos. Con mis amigos contamos nuestras anécdotas más chistosas, eso sí, adaptadas a la versión familiar. Después, las historias de mis tías no se hacen esperar y se encargan de avergonzarme con los momentos más divertidos de mi infancia. Y así, entre risa y risa acabamos la comida, los postres y algunos, hasta con unas cuantas bebidas de más.

    Y es entonces cuando empiezo a preocuparme. Las conversaciones se apagan y las personas se despiden. Es como si todo indicase que el momento más difícil se aproxima. Y en efecto, poco a poco el salón se va quedando vacío hasta que sólo quedamos los dos. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago? ¿Qué digo? Nada bastará.  

    Ella se lanza a mis brazos y yo la abrazo con todas mis fuerzas. Con todas. Sé que las palabras no serán suficientes así que espero que el abrazo lo sea. ¡Cómo quisiera que este momento dure para siempre! Que se congele el tiempo. Que nos congele así, juntos.  

    No sé muy bien cuanto tiempo estuvimos abrazados, pero en algún punto nos separamos. Ambos sacamos fuerza de no sé dónde para sonreír un poco. Ninguno dice nada. Supongo que ya no hay nada que no se haya dicho ya. Después, me da un último beso y se va. Sólo así, sin más. Pensé que, como en las películas de Hollywood, regresaría a ver y correría otra vez hacia mí, pero eso no pasa. Tan sólo sale del restaurante, se sube a su carro y se va. Y yo me quedo aquí parado, solo y vacío, mientras mi mundo se derrumba. Lo único que atino a hacer es a sentarme y llorar. Lloro por lo que vivimos y por lo que nos faltó. Lloro porque me hará una falta inmensa y porque no tengo certeza de lo que pasará. Y lloro porque pienso que…Si tan sólo, la vida nos hubiera juntado antes. Si tan sólo, yo no tuviera que irme o si tan sólo ella pudiera venir conmigo. Si tan sólo, el Pacífico y el Atlántico fueran uno solo…si tan sólo.

    Una de tantas historias historias incompletas de comida. Historia 5/12.

    Autora: Milena Espoz.

  • Amor cibernético en tiempos de la pandemia

    Amor cibernético en tiempos de la pandemia

    Cual película de terror al estilo de Hollywood llegó el primer caso de coronavirus a Guatemala. Entre incredulidad por el futuro, o por un fin lo tenemos aquí, como algo exótico, se movieron las reacciones de los más informados sobre el virus aquel viernes 13 de marzo.

    A los mayores sin duda les trajo mal augurio aquella fecha. Sabido era para los de cuatro décadas o más, así como replicado para los jóvenes en filmes terroríficos el riesgo de actuar en viernes 13.

    A algunos tal vez les hizo eco mental el viejo adagio chapín, el que habrían preferido: martes 13, no te cases ni te embarques, por aquello de los amores fallidos, no alcanzados o cortados que trajo la estela de esta pandemia. Pero no, fue viernes y punto.

    El caso fue anunciado en acto público por el presidente de la República, Alejandro Giammattei. Se trataba de un joven proveniente del norte de Italia, con traza contagiosa por Madrid, Colombia y El Salvador.

    Un día después llegó el segundo caso positivo, un hombre de 80 que disfrutó tal vez su único y mortífero clásico entre Real Madrid y Barcelona. Fue el primer fallecido.

    Para ese entonces aumentaban las escenas a través de los medios sobre la tragedia vivida por italianos y españoles, en particular por las redes sociales, las mismas que se habrían de convertir en protagonistas de esta novela negra, cuyo fin aún se vislumbra lejano.

    Con el cierre del país, cuyas imágenes conocíamos desde China y naciones europeas a través de la televisión, Tuiter o Facebook trajo el qué vamos a hacer. De pronto todo se cerraba a partir de las 16 horas hasta las 5 horas del día siguiente.

    La eterna práctica del chapín de “dominguear”, para salir a pasear a los parques del pueblo desde el tiempo más allá de la memoria, primero fue limitado de 5 de la mañana a 4 de la tarde. Al aumentar los casos, se ha vuelto normal el encierro total de domingo.

    El encierro comenzó a cobrar víctimas entre las parejas incipientes, a las de convivencia casual, parejas de infieles o noviazgos o amigos con derechos que no alcanzaron a celebrar el 19 de julio.

    De pronto la disposición del distanciamiento social se volvió tan cercana a todos. Si yo me cuido, también te cuido adquirió una nueva dimensión a partir del #QuédateEnCasa.

    El amor también había sido alcanzado. El WhatsApp sirvió para acortar distancias con video llamadas, y éstas por cualquier otra de las tantas opciones que manejan al dedo los jóvenes.

    Los días de las escapadas habían llegado a su fin acorralados por la pandemia, temida por miles de millones de personas en el mundo ante el riesgo de ser víctima de una enfermedad incierta e impredecible.

    El amor ahora sigue la danza de las redes sociales, haciéndose público más de un desenlace dejando al descubierto que aquel “te amo” jurado en algún encuentro furtivo o repetido en cama de motel, jamás tendría las raíces que dieron vida a “El amor en los tiempos del cólera”.

    Los “memes” en Twitter con una pareja besuqueándose y la frase “Así estuviéramos, pero te freseas”, acaso solo reflejaba el yo interno, lamiendo las heridas por un frustrado Romeo y Julieta.

    También el coqueteo y flirteo de las aulas universitarias, los conectes y citas casuales resultado de noches de fiestas o farras; de viajes a la playa en plan “conquiste”; del cruce de miradas en los centros comerciales se ha pasado a las insinuaciones, al “me gusta”, o “like”, presionando el corazoncito de Tuiter en buscar de tener algún “ligue”, o quien sabe, el amor eterno cuando se venza a la enfermedad que hoy nos acosa.

    Pero la pandemia también trae esperanza, fe en el futuro y el sueño compartido con juramentos de amor eterno a través del ciberespacio para cumplir al final del encierro, ya sea, luego de concretarse la inhumana inmunidad comunitaria, o porque después de salvar al poderoso primer mundo, algunas vacunas han llegado a estas tierras.

    La nueva normalidad trae consigo el sueño por construir un hogar rescatando la memoria desde el encierro, de la lección de padres enemistados por estar tanto tiempo encerrados, algo que seguro no compartían desde la luna de miel, desoyendo los consejos de psicólogos de reaprender a quererse, a consentirse, a dejar junto a los zapatos en la entrada las malas vibras.

    Mientras el cierre sigue casi a la mitad de jornada diaria, robándose la noche a nuevos amores que podrían surgir de los encuentros furtivos, enardecidos por el zumo del alcohol que corre por las venas entre hilos de nicotina, o humos de otras hierbas, muchos han logrado el reencuentro.

    Posiblemente los más sabios han vuelto a sentar cabeza. Estar en casa les hizo recordar que ahí estaba la esposa, el esposo; la pareja, los hijos y todo aquel conjunto de elementos por los que un día dieron el “Sí”, y por lo que se han fajado trabajando a lomo partido.

    La casa ha vuelto a tener sentido. Se han reencontrado con un balde de pintura, brochas, rodillos, martillos, clavos, serruchos, armando y desarmando. Nuevas plantas reverdecen los jardines y otras tantas flores saludan al sol con reflejos multicolores.

    Se han dado cuenta que gracias a la pandemia tenían olvidado todo aquello por lo que un día soñaron, pero perdieron en calles agobiadas por el tráfico y la rutina del trabajo, absortos, ellos o ellas, en cuentas bancarias creciendo para un futuro, o con ajustes para aliviar los números rojos.

    Hoy cumplen su distanciamiento social unidos contra el coronavirus.

    La pandemia que arrastra decenas de vidas afuera de la puerta, en la vecindad, que se lleva amigos, conocidos, médicos, personal sanitario, también, irónicamente les ha servido a ellos para recordarse a sí mismos, y darle vida al amor.

    Tal vez sea así y algún día se verán reflejados en una historia de Hollywood a través de una plataforma futurista, o, en un simple auto cinema, para seguir en el pasado, antes de la pandemia.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 11/12

    Autor: Edin Hernández.