Categoría: Historia de Mujeres por Mujeres

Relatos de ellas para ellas.

  • Otro día de una mamá

    Otro día de una mamá

    “¿Cree usted que yo estoy para celebrar el Día de la Madre?”, responde tajante la mujer, a la víspera de esa celebración, cuando huía de su hija, del virus y de la crisis económica que le ha sobrevenido con la pandemia. Nunca sabremos su nombre, y no por descuido o porque no se lo hayamos preguntado. La mujer, que pasaba los 50 años de edad, de tez morena, enflaquecida y algo jorobada, apenas dejaba ver sus ojos detrás de la mascarilla que llevaba.

    “No estoy para celebraciones, vengo de mi casa, huyendo de mi hija que me ha pegado. Está volviéndose loca de tanto beber”, era lo que repetía, con la voz entrecortada, intentado contener un llanto ahogado. Vestía pantalón de lona, playera y mascarilla raídas. Parecía desubicada, como buscando una salida, sin ningún camino o dirección definidos, a escasos metros de la placa que marca el kilómetro cero, en la ciudad de Guatemala, que desde finales de marzo vive con restricción de movilidad por el covid-19.

    No pedía dinero, ni ayuda, ni atención. Se cruzó en nuestro camino cuando hacíamos un reportaje y preguntábamos la banalidad de cómo las mujeres celebrarían un Día de la Madre empañado por una pandemia que acaparaba, y aún lo hace, todas las conversaciones y celebraciones.

    A diferencia de las otras entrevistadas, que contaban que este año valorarían más a sus madres, incluso a aquellas que ya no están entre nosotros, esta mujer se negaba a dar su nombre, y mucho menos el de su hija. Tampoco quería mencionar el lugar donde vivía, ni a lo que se dedicaba. Transmitía una sensación muy extraña, de deambular y de llevar prisa a la vez, prisa de vida o de muerte, quién sabe.

    Aunque solo nos permitió escucharle un par de frases, dejó clara la estela de angustia que la afligía ese día y que, muy probablemente, seguirá siendo su angustia a día de hoy, el vivir sumergida en la violencia intrafamiliar a manos de su propia hija.

    “Por tanto encierro me ha pegado. Ando pensado a dónde me voy a ir a vivir. Estaba en la casa porque también me he quedado sin trabajo. El señor que me contrataba me ha dicho que ya no hay más oportunidad para mí. Estoy sin dinero. ¿Cree usted que así se puede celebrar el Día de la Madre? No niña, no”, fue su última sentencia antes de huir, escabulléndose entre las pocas personas que caminaban esa mañana por la Plaza Central.

    Autora: Vivi Mutz

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  • La familia perfecta

    La familia perfecta

    Era la niña perfecta a los ojos de su abuela, a quien la llamaba Mama, y digo perfecta porque llegó en el momento justo para ella. Lola, de 6 años, así la llamaban de cariño, solía tenerlo todo. Una finca enorme cuyos límites se perdían en el horizonte, con una casa acorde rodeada de jardines hermosos, que tenían flores de todos los colores y plantas curativas para todo tipo de “dolor”.

    Para ella, Mama siempre fue una mujer mayor, trabajadora, con un carácter duro y firme. Ella se encargaba de dar las órdenes a todos los empleados que trabajaban para la familia. Lo raro de estas órdenes era la reacción de los empleados, porque siempre las recibían de buena gana y cabe decir que eran obedecidas al punto. Creo que la veían como una súper mujer de corazón noble.

    Lola, la niña perfecta, iba al mejor colegio de la ciudad y todos los días llegaba con algo que contarle a la abuela. Si bien, la respuesta que obtenía era siempre más o menos la misma: “deja de inventarte tanta historia y ponte a hacer las tareas”. Se metía a su cuarto a quitarse el uniforme, a lavarse las manos para ir a comer y luego se sentaba a hacer la tarea, tal y como Mama le pedía.

    Durante una de estas tardes, Lola se fijó en una señora que pasaba por delante de la casa, se dio cuenta de que la estaba observando y luego se marchó. Le pareció curioso y fue a contarle a su Mama. Esta le pidió que le avisara la próxima vez que la viera. Al día siguiente, la niña corrió a por ella en cuanto vio nuevamente a la señora. Mama se acercó, la miró y dejó de parpadear. Le dijo a Lola: “Ella es tu abuela paterna, pero no te quiso”.

    Lola se fue a su cuarto, cerró la puerta y se metió debajo de las cobijas. En la oscuridad, ella sentía dentro del pecho algo así como un trapo empapado que estaba siendo exprimido para secarse, y la única forma de desaguar el líquido era por las tuberías de los ojos.  Ella no podía explicar este sentimiento. Para ella siempre había existido sólo una abuela. De tanto exprimirlo, las lágrimas se secaron y se quedó dormida.

    La mañana siguiente, un par de dudas la despertaron. ¿Quién era su padre? ¿Por qué esta otra “abuela” no la quería?

    Pasaron algunos años y en un viaje con sus amigos del colegio, llegaron a un pueblo viejo y apartado, de esos donde parece que el tiempo no pasa. En el centro, típico de este tipo de lugares, un parque rodeado de casas coloniales que albergaban varios negocios. Uno de estos establecimientos, una mueblería, en la fachada mostraba un letrero desgastado y, en su interior, estanterías empolvadas y un señor alto, con el ceño fruncido y un bigote mal cuidado. Este hombre llamó a Lola y le hizo un par de preguntas acerca del colegio y de temas superficiales hasta que, con voz dudosa, le dejó saber la verdad. Era su padre. Lola salió corriendo hasta el bus que los había llevado hasta allí. Y una vez dentro, hundió su cabeza entre sus piernas y cerró los ojos. Lola tenía más trapos mojados que necesitaban secarse.

    Ahora, Lola ya es una mujer adulta que vive lejos de esa realidad, pero que aún recuerda esos encuentros con su padre y con su abuela paterna que la dejaron marcada para siempre. Mama fue toda la familia que siempre necesitó. Mama ha partido ya. Por fin está descansando del ajetreo de la finca y de dar órdenes interminables. Sin embargo, dentro del corazón de Lola todavía vive el calor del amor de Mama, que continúa secando todos los trapos mojados que la vida le trae.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 11/12

    Autora: Leda Roth

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  • Las dos caras de la moneda

    Las dos caras de la moneda

    Un día, no hace mucho tiempo atrás, mientras estaba en la oficina, tenía un rato libre y me puse a intercambiar mensajes con Karen, una vieja amiga que ahora vive en el extranjero.

    Karen: “Jenny, ¿cómo te ha ido este tiempo? Digo, con la situación actual en Venezuela”.

    Yo: “La verdad amiga, no me quejo, sigo en el mismo empleo, mi esposo y yo ganamos lo suficiente, y en dólares. La verdad es que nos va muy bien”.

    Karen: “Me alegra saber que todo marcha bien. Mi familia sigue allá, sufriendo los cortes eléctricos, la falta de agua y transporte… tú sabes, como todos”.

    Yo: “Gracias a Dios, en nuestra casa no se va la electricidad, nos llega agua todo el tiempo y nuestro carro sigue en buenas condiciones”.

    Nuestra conversación terminó, nos despedimos y seguí trabajando. Al final de la jornada, Manuel estaba ahí, esperándome delante de mi trabajo, como todos los días. Aunque ese día fue diferente. Le noté cabizbajo y le pregunté qué tal le había ido el día. “No muy bien. Me despidieron”, contestó con cara de decepción y los ojos humedecidos.

    Por un momento entré en pánico. Sin embargo, me calmé y le di ánimo: “Tranquilo mi amor, conseguirás un nuevo trabajo. Además, tenemos ahorros mientras tanto”. Esa noche dormí tranquila.

    Pasados tres meses, Manuel siguió desempleado. Era el último viernes de diciembre y me dieron la peor de las noticias, también me quedé sin trabajo. Estaba un poco más preocupada, aunque todavía teníamos ese colchón. Pero no nos rendimos, de hecho, le dimos vuelta a la situación y emprendimos por nuestra cuenta. Vendíamos y comprábamos dólares en el mercado negro. Además, iniciamos una compraventa de pescado a familiares y amigos cercanos. Sin embargo,  los ingresos comenzaron a ser más bajos que los gastos. La gasolina escaseaba y permanecíamos horas en colas interminables intentando conseguirla.

    Cuando pensaba que la situación podía mejorar, ocurre algo inesperado en el mundo. Un virus de propagación rápida ataca a las súper-potencias: China y EE. UU. Luego le seguirían el resto de países, incluida Venezuela. Obligados a permanecer en cuarentena, se iban acabando nuestros ahorros.

    Pasado un mes, el dinero se había agotado. Nuestros clientes empezaron a sufrir por la crisis y nuestro emprendimiento se diluyó. La escasez de gasolina era real… ¡no había gasolina en un país productor y fundador de la Organización de Países Exportadores de Petróleo!

    “Amor, tenemos que buscar una solución a esto, no podemos continuar así”, le dije con lágrimas en los ojos. Él me contestó despreocupado mientras me abrazaba: “Ten paciencia, esto será temporal, no creo que pueda empeorar. En lo que menos pensemos, estamos de vuelta a la normalidad”.

    ¡Que ingenuos creer que todo podía mejorar!

    Ya mi hogar no era ese centro de paz que solía ser, teníamos 21 días sin agua, sobreviviendo con la que recolectábamos. Y para empeorar la cosa, los cortes de luz se hicieron sentir durante varios días, unas 8 horas de promedio cada jornada. La crisis me estaba afectando… toqué fondo. Me di cuenta de que, así como yo, había quien estaba en situaciones parecidas o hasta mucho peores. ¡He vivido en una burbuja todo este tiempo!, pensé.

    En esos días de desesperación, volvimos a buscar empleo en lo que fuera. Mi esposo, lleno de orgullo, no estaba de acuerdo con pedir ayuda, no podíamos ser una carga para nadie, a pesar de haber llegado a un punto al que jamás creí que llegaríamos. Comíamos solo una vez al día pan con queso, porque era para lo único que nos alcanzaba con los 10 dólares que nos quedaban. Yo revisaba el teléfono constantemente a la espera de una llamada, un timbre que trajera alguna noticia alentadora. Sin embargo, el teléfono seguía mudo.

    Los días parecían semanas y los minutos horas. No podía dormir pensando qué hacer, sin trabajo y sin pedir ayuda. Manuel no quería salir de la casa, hasta que un día me levanté, cansada, envuelta en llanto por la tristeza y le dije: “Si tu no quieres irte, yo sí, no me quedaré aquí a ver cómo nos morimos de hambre”. Con la poca gasolina que tenía salí y fui a la casa de mis padres. No sé por cuántas horas o días dormí, pero cuando desperté, volví a sentirme fuerte y llena de ilusión. Le quería decir a mi esposo que esta tormenta solo nos haría más fuertes, pero un ruido me cortó el habla. Era el timbre de mi teléfono….

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 10/12

    Autora: Yerali Villamizar

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  • Un día de escuela

    Un día de escuela

    Pasaban treinta minutos del mediodía y salí a recoger a mis niños del colegio. Tomé las llaves, mi cartera y me fui, sin imaginar que pronto presenciaría la situación que más me ha hecho sufrir como madre.

    Manejaba pensando en todo menos en el camino que recorría, llevaba el volante en ‘piloto automático’, mientras que de fondo se escuchaba el coro de una canción de Shakira. Pensaba en nuestra nueva vida; después de todo, mudarnos de ciudad no había sido tan malo como llegué a pensar.  A mis hijos les iba de maravilla en sus nuevos colegios. Y no esperaba menos, pues investigué y me aseguré de encontrar las mejores escuelas privadas de la ciudad. Saber que mis hijos estaban bien me daba paz… una sonrisa se dibujaba en mi rostro solo de pensar en ellos. 

    Me apresuré a recoger a mi pequeño, con la misma alegría y ansias con las que lo busqué el primer día de Inicial. A esas ganas de verlo se sumaba la prisa de tener que ir luego a por mi muñeca al otro colegio.

    Al fin llegué y lo vi. De pronto, la sonrisa que llevaba dibujada ‘se pintó’ de tristeza…. mi niño lloraba desconsoladamente. Sin pensarlo, corrí hacia él y lo abracé fuertemente. Su llanto era tal que se le hacía imposible pronunciar palabra alguna. De repente escuché a un compañerito decir: “Fue Juan Manuel, nuestro amigo”.  Me invadieron pensamientos de incredulidad. ¿Cómo era posible? ¿Un niño de cinco años? Me quedé muda, mis preguntas se quedaban atoradas en mi garganta, sin pronunciar una palabra por temor a desmoronarme. Solamente fui capaz de decir cuatro palabras: “¿Qué pasó mi amor?” Entre lágrimas me repite aquel nombre y confirma lo que pensaba imposible: sí, un niño de 5 años.

     “Mami me duele mi orejita, mi brazo y mi ojo”, dijo al fin con voz entrecortada. Comencé a inspeccionar minuciosamente su cuerpo, marcado por la furia de Juan Manuel. En su oreja, pude ver huellas de dientes; su ojo izquierdo comenzaba a hincharse, y su brazo estaba lleno de arañazos y moratones.

    De repente, me invadió el coraje y salí a buscar al único que consideraba culpable, mientras dejaba a mi hijo en el aula. Con cada paso que daba aumentaban mis ganas de llorar y no pude más. A lágrima viva recorrí el colegio buscando desesperadamente al responsable. Parecía una loca, de lado a lado, hasta encontrarlo. 

    ¡Al fin lo encontré! Con mi dedo toqué su hombro, me miró asustado, pero no sabía qué me pasaba, entre balbuceos y voz temblorosa logré preguntarle: “¿Qué le pasó a mi hijo, profesor?” Ni tan siquiera sabía quién era mi niño. Estaba confundido, con la mirada perdida, y solamente alcanzó a decir: “Yo no vi que nada malo pasara hoy”. Y continuó acomodando a los estudiantes que iban a tomar la buseta. Entendí que perdía mi tiempo ahí.

    Me di la vuelta y corrí de regreso al aula, totalmente rota por dentro, y, a falta de un Klenex, me sequé las lágrimas con la chaqueta que llevaba puesta. Fui a buscar a la persona correcta esta vez, allí lo vi sentadito, esperándome.  Nos fundimos en un fuerte abrazo, y mientras nos miramos profundamente, una sonrisa brotó de ambos, sabíamos que estábamos a salvo.

    Camino a casa le pedí que cantáramos su canción favorita y, unos segundos después, poco a poco la estábamos cantando. Miré por el retrovisor y ya no lloraba, sonreía corrigiendo a su ‘ñaña’… “se dice ángel, no aje”. Ya en casa, mientras bajaba del auto a mi hijo, lo abracé fuerte y en silencio le juré que nunca más permitiría que nadie lo lastimara. Mi juramento fue interrumpido por gritos de felicidad. ¡Papá había llegado! ¡Qué alivio!, me dije a mí misma, necesitaba fuerzas, esas fuerzas que tan solo encuentro al mirar a mi esposo. Él me abrazó y me dijo: “Tranquila, aquí estoy”. Pero no pudo quedarse a consolarme, los niños pedían su atención y como si no hubiera pasado nada, los vi sonriendo y jugando.

    De repente, mi hijo, ya repuesto y consiente de que algo malo le había sucedido, nos dice con firmeza: “Ya no quiero regresar a la escuela”.

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 9/12

    En honor a todos los que son y han sido víctimas de bullying.

    Autora: Katya Oña

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  • Mi pequeño tesoro

    Mi pequeño tesoro

    -Quedamos por segunda vez. Aunque ya le conocía y me sentía tan a gusto con él, los nervios eran iguales que en la primera cita. Fuimos a comer y volvimos a sentarnos uno frente al otro. Una mesa de distancia entre nosotros. Era mucho espacio para tanta cercanía que ya se sentía… ¿Sabes? Me gustaba verle y me gustaba cómo me miraba. Disfrutaba tanto intentar descifrar su mirada, tenía una mezcla de misterio con ternura que no sé cómo explicarte. Había una complicidad tan linda entre los dos. Era como magia. Pero bueno, así entre charlas y risas infinitas, voló la primera hora. Por suerte, teníamos la tarde entera para nosotros.

    -¿Y qué hicieron después?

    -Eran las cinco de una tarde de verano soleada, así que nos acostamos en la sombra. Pusimos música y comenzamos a buscar formas en las nubes. Mi corazón latía más fuerte. Y como estábamos tan cerquita, podía escuchar que el de él también. Era perfecto. El césped, el atardecer, la música, él. Se incorporó un poco y comenzó a mirarme. Yo fingía que no me daba cuenta y seguía hablando de las nubes. Y me seguía mirando. Ambos pensábamos lo mismo. Yo moría por un beso suyo, ¡había esperado tanto! Pero no era capaz de verle a los ojos. No sé por qué. Los nervios supongo. Y bueno, él seguía esperando una señal mía, que no llegaba. Se rindió y se volvió a acostar.

    -¿Se rindió? ¿Así nomás? ¡No puede ser!

    -Espera, espera. La historia no acaba ahí. Le dije que vayamos a un columpio de madera que estaba cerca. El columpio era lo suficientemente grande para que quepamos los dos y a la vez tan pequeño para que estemos juntitos. Así que nos sentamos, arrimé espalda contra su pecho y él cruzó sus brazos sobre el mío. Otra vez. El escenario perfecto. El columpio, el atardecer, la música, él. Comenzó a contarme algo y me giré hacia él, la verdad no le estaba escuchando. Estaba perdida en sus ojitos. Ahora era yo quien no paraba de mirarle. Y él seguía hablando…

    -¿Y? ¿No se animaba?

    -¡No! Siguió hablando y luego me preguntó si tenía cosquillas. Me reí y asentí. Y entonces… comenzó con un ataque malvado. Yo no paraba de reírme y me movía para esquivarle. Pero no lo lograba, y en cada intento terminaba más y más cerca de él.  Y esas risas rompieron eso invisible que nos separaba. Paró el ataque un rato. Me miró. ¡Qué manera que tenía de mirarme! Sonreí. Le miré. Me reí y hundí mi cara en su pecho. Suavemente acarició mi quijada y me fue separando de su pecho hasta acercarme a su rostro. Sonrió. Y….

    -¿Y? ¿Qué pasó después? ¡Cuéntame!

    -Adivina

    -¡Ay ma!

    -Mira nena, para mí ese día es muy especial porque fue un pequeño regalito de mí para mí.  Lo recuerdo cómo si fuera ayer y eso que ya vamos casados quince años con tu papá. Esperé tanto tiempo para encontrar a la persona correcta y cuando por fin llegó, disfruté cada pasito que dábamos. Y te voy a decir algo y espero que esta vez sí me escuches: Tú, tu cuerpo es un tesoro…y tú no le das un tesoro a cualquiera. Acuérdate siempre de eso. Eres muy bonita y vales muchísimo. Aprende a quererte a ti misma. Sólo así podrás querer de verdad y darte cuenta de quién realmente te quiere de vuelta y te merece. Guarda tú también tu primer beso como tú tesoro, y vas a ver que algún día tendrás una historia cómo la mía…

    Yo tenía tan sólo 13 años. Vaya edad complicada. La mitad de mis compañeras ya había dado su primer beso en el típico juego de la botella. La otra mitad aún no se animaba. En cambio, yo, desde el día que mi mamá me dijo esa frase decidí que también quería tener un pequeño tesorito. Quería que mi primer beso sea de película y no elegido por una botella. Y que, aunque el mundo esté cada vez más loco y menos convencido del amor, yo esperaría por alguien especial. Y créanme, que, con esta idea en mente, la espera parecía interminable. ¿Será que llega aquella persona? Bueno, esa es otra historia….

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 8/12

    Autora: Milena Espoz

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  • Mis momentos más difíciles

    Mis momentos más difíciles

    He decidido escribir sobre los momentos más difíciles para mi negocio desde que lo empecé.  Aprovecho que mis dos pequeños juegan para iniciar.

    Inicios del 2015, mi negocio está por cumplir diez años y después de inicios muy difíciles, hemos tenido cuatro años bastante buenos. Por fin en este año tenemos nuestra agenda prácticamente llena hasta junio, “será un año bendecido”.  Tengo un hijo de un año y cuatro meses y de una u otra forma he logrado ¨acoplar ¨ mi vida de emprendedora con mi vida de mamá; sin duda ha sido desgastante y caótico en muchos aspectos, maravillosamente caótico, pero cada día lo hacemos mejor mi pequeño y yo, pues él también se ha ido adaptando mientras me acompaña a la oficina cuatro veces por semana, pues aún no me atrevo a dejarlo.  Sé que no soy la única mamá a la que le da ese sentimiento de angustia o incluso de culpa por tener que dejarlo, especialmente si es el primero, ventajosamente tengo la fortuna de poder llevarlo conmigo al trabajo.

    Mi esposo y yo trabajamos juntos, funcionamos bien y al mismo tiempo me ha permitido estar más cerca de mi hijo, mientras él (mi esposo) redobla sus esfuerzos en la oficina; y más aún con un calendario lleno para este año 2015.

    Escucho gritos de locura que me despiertan de mi concentración – en seguida pienso, “¿cuál de mis dos hijos se mató esta vez?” –  debo revisarlos y asegurarme de que no sea nada grave; normalmente nos ocurre a las mamás que posponemos varias cosas para asegurarnos que nuestros pequeños estén bien (aplica a varios ámbitos de nuestras vidas).

    He podido retomar lo que escribía después de un par de días…

    recuerdo el año el 2015 con claridad, pues es la primera crisis dramática que sufrió mi negocio. Con un calendario lleno, el mandatario de turno en conjunto con “los canallas que nos roban la ilusión*”, anunciaron medidas drásticas para restringir o prohibir importaciones, en las que lastimosamente se encontraban prácticamente el 90% de los productos que vendíamos a nuestros clientes. Poco a poco empezaron a llegar las llamadas y mails cancelando lo programado para ese año, pues sin productos o con productos más costosos, no podían realizar sus lanzamientos o campañas de forma rentable. Pasó de ser el año en el que más ventas íbamos a tener, al año en el que casi llegamos a la quiebra.  

    Después de la crisis del 2015, decidimos con mi esposo que él debía buscar un trabajo con remuneración fija y lo consiguió fuera de la ciudad, así que pasa poco tiempo en casa. Por otro lado, yo me ocuparía de la oficina para mantenerla a flote y levantarla nuevamente.

    Del 2015 al 2017 fueron dos años realmente difíciles, ya con dos pequeños, a cargo del negocio, mi esposo lejos, hacer de emprendedora y de mamá, hicieron del día a día una operación logística para lograr cumplir con todo y estar pendiente de mis peques. Por momentos sentía que no lo lograba, pero miraba a mi alrededor a miles de mamás que hacían lo mismo en condiciones realmente difíciles, y me inspiraban.

    Inicios del 2020, hace pocos meses pasamos un paro de doce días**, que detuvo nuestro negocio al igual que el de varios emprendedores y empresarios del país.  Sin embargo, logramos cerrar un año aceptable y nos esforzamos para tener nuevamente un calendario prácticamente lleno hasta septiembre del 2020.

    Ahora tengo cuarenta años y dos hijos, el primero tiene seis años y cuatro meses y el segundo está a punto de cumplir cuatro años.  Nuevamente nos espera un gran año, ¡nos levantamos otra vez!, calendario lleno hasta septiembre y con proyectos propios que nos han hecho crecer. ¡Estoy feliz y orgullosa, como emprendedora, como mujer y como mamá!

    De pronto llegó la pandemia y todo se detuvo en nuestro sector; tal y como lo conocíamos prácticamente hasta el 2021 no podremos hacer nada (tal y como lo conocíamos recalco).  

    Aunque me de vergüenza admitirlo, han pasado tres semanas y no he podido reaccionar. He llorado casi todas las noches y he pospuesto el momento de hacer números; que, aunque están claros en mi cabeza, no quiero mostrárselos a mi famoso Excel, pues solo me ratifican lo que ya sabía. No es solo nuestro país, es el mundo entero; empiezo a despabilarme y a buscar alternativas, tal vez no de corto plazo, pero sí de mediano y largo plazo para volver a levantarnos.

    Reviso nuevamente los números y empiezo a planificar como cubrir nuestras deudas. Me quedo dudando especialmente en un rubro en particular, “LOS IMPUESTOS”; siempre los he pagado, puntual o tardíamente, pero siempre los he pagado; pero este año estoy pensando en declararme en rebeldía. Sé que debo pagarlos, como mamá siento la obligación moral además de legal de hacerlo, pues siempre les enseño a mis hijos a obrar bien;  sin embargo,  tengo rabia, asco, frustración y repudio al ver que nuevamente los mismos o los nuevos “canallas que nos roban la ilusión”,  abusan de los impuestos y contribuciones que hacemos trabajando ardua y honestamente, para que los “vivos de siempre” se los roben y repartan en todos los rincones del país; pues se creen ¨vivos***¨,  cuando son unos simples y vulgares ladrones que despilfarran el dinero que muchas emprendedoras y madres como yo, han aportado y pagado cumplidamente con el fruto de nuestro esfuerzo de días y noches de trabajo. ¡Estoy harta de este sistema! y me declaro en rebeldía, al menos por hoy, por esta noche, me reúso a que me sigan viendo la cara. 

    Sé que mañana encontraré la manera de ponerme al día con esos “IMPUESTOS” y los pagaré, de alguna forma, pero hoy me niego rotundamente.

    Risas y gritos me sacan de mi concentración otra vez. Me levanto y veo como mis pequeños llenos de alegría juegan juntos y en complicidad. Esas risas y esa alegría son razones suficientes para continuar para una mamá…una mamá emprendedora.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 7/12

    Autora: Mayra C.

    * Parte de una estrofa de la canción “Yo nací aquí”. Escritor: Juan Fernando Velasco. Ecuador

    **Del 12 al 19 de octubre del 2019 se produjo en Ecuador un paro indígena que representó una pérdida económica para el país de 821 millones de dólares. Fuente: Banco Central del Ecuador.

    *** Palabra coloquial ecuatoriana para describir a un ladrón que se enorgullece de sus actos.

  • Me gusta romperme la cabeza

    Me gusta romperme la cabeza

    Sí, es cierto. Disfruto de romperme la cabeza. No físicamente; pero, sí internamente a un nivel mental y espiritual. Estarán de acuerdo conmigo aquellos a quienes les gusta viajar y conocer nuevas culturas… pero me pregunto si estarán también de acuerdo cuando hablamos de lo que estamos viviendo en este preciso momento a nivel global, en medio de una pandemia y con el foco bien puesto sobre el tema racismo que aún está latente en todo el mundo.

     Empezando en casa. Nací en una familia multi-racial, padre gringo y mamá quiteña. Sus padres, racistas. Los míos, un poco menos, pero también. Mi papá no podía creer que un negro había ganado la presidencia de EE.UU. Mi hermano y yo, en cambio, no podíamos sentir más orgullo por apoyar al primer presidente negro en EE.UU., nos daba esperanza de cambio y de un mundo más compasivo.

    Crecimos en una sociedad que apoyaba la noción de no hablar de política, religión o deportes en la mesa… -y eso que mis papás decían ser “liberales hippies”- Con el tiempo me di cuenta que el mundo se estaba moviendo más rápido que sus propias creencias (para bien), pero todavía hay tanto que nos falta aprender. Y aprender no siempre se siente bien. Todos aprendemos de distintas formas. ¿Qué pasa cuando el mundo se vuelve viral en temas como el racismo? Constantemente nuestra mente y espíritu se encienden y empieza el proceso incómodo de sentir, que en muchos casos evitamos… Cortamos el proceso (bebiendo licor, introduciendo drogas al sistema, etc.) porque no queremos afrontar la realidad, o más bien NUESTRA realidad. ¿Qué significa el racismo para ti? ¿Eres racista? ¿Tus padres son racistas? ¿Cómo te hacen sentir estas preguntas? ¿Qué pasa cuando ves una película o un vídeo racista?

     El proceso puede ser largo y doloroso, porque te das cuenta de cuánto en realidad desconoces, de que tu vivencia es tan distinta, tan privilegiada. ¿Qué haces en ese momento? ¿Te desconectas? ¿No quieres escuchar/leer/ver más? O, como yo, ¿disfrutas romperte la cabeza? Tu niño interior toma la rienda, te vuelves más curioso, decides en ese momento que quieres aprender más, que tienes preguntas, que quieres conversar con tu comunidad acerca de estos temas que te afectan tan profundamente, y que quieres incorporar y dar voz a esas voces que, hasta hace poco, no te dabas ni cuenta que estaban siendo silenciadas por una sociedad poco inclusiva.

     Platón dijo “…la realidad es creada por la mente, pero podemos cambiar nuestra realidad al cambiar nuestra mente.”

     Tienes un cuerpo; pero, TÚ no eres tu cuerpo. El Ser -quién eres/quiénes somos- es eterno, el que de verdad nunca cambia. El amor, la luz. En nuestra ignorancia, vemos al Ser de manera equivocada. Tomamos el cambio de apariencia (por ejemplo, la edad) como si fuese la verdad que nunca cambia. En lugar de decir “estoy vieja”, deberías decir “mi cuerpo está envejeciendo”. Tu cuerpo te pertenece, pero no eres tú.  Lo mismo pasa con los sentimientos. Los sentimientos de la mente vienen y van. Tú en realidad no has cambiado. Por lo tanto, no se dice “estoy triste”, sino más bien “mi mente actualmente tiene pensamientos tristes”. Somos eternos. Y cuando nos podamos identificar con nosotros mismos – el ser que nunca cambia – podremos identificar el verdadero ser en otros seres vivos. Todos estamos conectados, todos somos iguales desde el núcleo. Y aunque debamos mantener distancia física en este momento, ese pensamiento me hace sentir cerca a todos ustedes.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 6/12

    Autora: Michelle Smith

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    Instagram: @michellesmithyoga

  • Todo va a estar bien

    Todo va a estar bien

    Pronto, pronto, falta poco para llegar.  Espero que esté bien, hoy ha pasado la mayor parte del día solo. Esperanza tuvo que dejarlo temprano para hacerse cargo de su madre.

    Por fin. Llegué.  Me salto escalones para subir rápido, son solamente dos pisos, pero siento tan lejos su vivienda.  Llego hasta su puerta, toco el timbre y doy los 4 golpecitos a la puerta como él nos enseñó, 2 golpes fuertes y los otros 2 más suaves y seguidos (el mensaje de telegrama como en sus tiempos).  Respiro. Agitada, acerco mi oreja a la puerta, será más fácil escucharlo cuando esté cerca.  Me toma algunos segundos calmar mi agitación y empiezo a contar: un mil, dos mil, tres mil, vamos… que no escucho respuesta del otro lado… cuatro mil, cinco mil, seis mil, respiro profundo… siete mil, ocho mil, LISTO. Escucho el sonido del bastón al golpear con el antiguo piso de madera. Vamos, un paso a la vez, despacio… nueve mil, diez mil… ahora escucho deslizar sus zapatos con cada paso que da, respiro más aliviada… once mil, doce mil, trece mil, catorce mil… su mano llega a la puerta. ¡Bien! estamos sincronizados, no hemos fallado en nuestro juego en los últimos meses. Desliza su mano por la puerta hasta encontrar el seguro, lo gira con cuidado, abre la puerta y pronuncia mi nombre. 

    ¡Elena querida, eres tú! –

    Verlo y escuchar su voz calma mi agitación y preocupación del día.

    -He llegado.  Lamento que Espe te haya dejado temprano, su madre…

    Sí, su madre necesitaba de ella. Va a estar bien. Ustedes las mujeres, tienen una magia para reponerse de todas las situaciones. Continuamente preguntaba eso a tu abuela a ver si me compartía su secreto. (Sonríe)

    -(Sonrío) La magia que siempre te tuvo encantado de mi abuela. 

    Lo guío de vuelta hacia el interior de la habitación, lo ayudo a sentarse en su sillón preferido. 

    -Abu, ¿qué tal estuvo tu día?

    Querida, sabes cómo van mis días. Mis horas de sueño son cortas y desde temprano empieza mi trajín. Recorro por mis pensamientos y mis recuerdos, visito a amigos queridos, a la familia, sobre todo a algunos, que por situaciones imprevistas de la vida hemos perdido comunicación.  Me pregunto qué pasará con ellos, será que están ausentes por ocupaciones o por el olvido al que la rutina nos lleva. 

    -Ánimo, Abu, no te pongas melancólico.

    Después de cierta edad, los pensamientos de un viejo no tienen futuro, por lo general son tristes y, si no tristes, melancólicos. Eso no es lo importante ahora…

    Hace una seña para que tome asiento junto a él.

     –Ven, toma asiento, acércate – Suavemente y con toda la ternura acaricia mi cara con sus manos temblorosas, queriendo aparentar una firmeza, lee con las yemas de sus dedos cada detalle de mi cara.  Sus manos, tan arrugadas, ásperas, pero al mismo tiempo tan cálidas, tan reconfortantes para mi estado de ánimo, intentan leer mis pensamientos cada vez que acaricia mi frente. Me da unas suaves palmaditas en las mejillas y respira profundo en señal de que ha terminado el ritual de saludo.  Esta vez algo cambia en su ritual, busca mis manos y las toma con firmeza. Viene la pregunta que no quería escuchar…

    ¿Qué te tiene tan triste querida?

    -Abu, ¿cómo logras saber cómo me siento con sólo pasar tus manos por mi cara?

    Sabes que son mis ojos.

    -Pues… hoy tuve un día lleno de sorpresas con mis proyectos.  Me propusieron manejar el desarrollo de un proyecto, es un gran reto y eso me gusta, pero al mismo tiempo tendré que estar fuera de la ciudad por algunos días y con bastante frecuencia.  Sé que Espe estará pendiente de ti, así como los vecinos….

    Estoy muy orgulloso de ti, tienes la misma dedicación que tu abuela, cada vez compruebo que heredaste su gen (Se acerca y me abraza).

    -Desde que puedo recordarte en mi niñez, me has enseñado que cada situación que trae la vida se la aplaca o se la celebra con un abrazo de alguien especial, creo que has sido muy afortunado al tener el don de reconfortar con abrazos a quienes hemos estado a tu lado.

    Qué fuerte es el poder de un abrazo, ese don lo aprendí de tu abuela (suspira).  Hoy la visité, como casi todos los días, pero hoy fue especial, recordamos el día en que nuestras vidas cambiaron cuando su mente se quedó en otros tiempos y con el pasar de los días se fue apagando, sin embargo, nunca perdió esas ganas de vivir y de seguir enseñándonos a ser fuertes ante cualquier situación, siempre acompañada con una sonrisa.  Ella con frecuencia me recordaba que la vida cambia y que muchas veces creemos que la vida es inmutable, que una vez tomada una vía se la debe recorrer hasta el final. No tomamos en cuenta que el destino tiene mucha más imaginación que nosotros. Justo cuando crees encontrarte en una situación sin salida, cuando estás en el punto de llegar a la desesperación, todo cambia con la velocidad de una ráfaga de viento, se desordena y, de un momento a otro, te encuentras viviendo una nueva vida. Recordaba cómo el compartir mi vida con tu abuela fue algo que marcó mi rumbo, fue mi guía y admiración.  Su fortaleza y maravillosa sonrisa siempre ayudaban a sobrellevar cualquier dificultad y a celebrar cada alegría… Querida, entiendo y sé lo que sientes. Tú tienes mucho de tu abuela, ustedes y su magia nos dan fuerzas al resto. Yo estaré bien, cada vez pongo en práctica los consejos que tu abuela compartía, mira que hasta ya puedo prepararme la deliciosa sopa de pollo para los días fríos (suelta una gran carcajada).

    Todo va a estar bien…

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 5/12

    Autora: Soledad Anda

  • La madre pulpo

    La madre pulpo

    Una madre pulpo, en el Pacífico, pasa casi 5 meses incubando y protegiendo a sus 56.000 hijos. Guarda en una cueva a sus crías en proceso de crecimiento y se coloca en la entrada para protegerlos. Apenas come un par de crustáceos que pasan junto a ella durante este tiempo. Cuando sus bebés han crecido y ya tienen 8 bracitos que tratan de salir del cascarón, hace un esfuerzo y sopla dentro de la caverna para impulsarlos a salir al mar. Miles de pequeños seres salen alegres hacia la superficie, mientras ella expira mirando su obra maestra alejarse lentamente. Literalmente esta madre pulpo dio la vida por sus hijos. Leo esta historia y la medito mientras veo a mi hijo dormir. Sí, soy madre solo de un hijo y seguro daría la vida por él, pero tengo 56.000 proyectos más al mismo tiempo que cuidarlo y ayudarlo a crecer.

    Desde mis cinco años, he estado acostumbrada a hacer mil cosas al mismo tiempo. Entre piano, canto, danza, natación, colegio, inglés, tareas, entrenamiento de perros y familia, casi nunca tuve tiempo para saber lo que significaba tener tiempo libre. A mis 15 años ya era maestra de música y estaba lista para una experiencia de vida internacional. A los 17 viví en Chile manejando, por primera vez en mi vida, tanto tiempo de sobra, que empecé a descubrir otros talentos en mí como la pintura o las manualidades.

    A mi regreso, ingresé a estudiar medicina, pero había perdido el ritmo de tener una vida tan intensa. No fue fácil adaptarme a ese mundo nuevamente y terminé perdiendo dos materias. Era la primera vez en mi vida que me iba tan mal en algo y que no había logrado superarme a mí misma. Después de 3 años de muchísimas malas noches y de batallar con injusticias, cansancio y frustración, decidí cambiar de rumbo. Replantearme las posibilidades y, sobre todo, romper el plan que tuve desde siempre y entender que no todo plan es perfecto. De alguna manera, el estar haciendo mil cosas, pero de una sola área, no me hacía tan feliz. Quería volver a la música, a la labor social y a pintar por diversión y no por obligación, como cuando se trataba de hacer algún dibujo anatómico o algún corte histológico.

    Cuando ingresé a estudiar comunicación, mi mundo volvió a probar el aburrimiento y momentos libres. Esto me ayudó a redescubrirme y forjar un nuevo plan. En resumidas cuentas, trabajé y estudié al mismo tiempo, volví a la música, volví a pintar. Volví a la labor social y a tener tiempo para amigos, conciertos, películas y viajes. Descubrí que nunca perdí el tiempo pues me convertí en una especie de médico empresarial cuando me formé como comunicadora y estratega. Me di la oportunidad de replantearme nuevamente y dejé todo para irme a la madre patria. Quería descubrir lo que significaba vivir sola, morir sola de la pena o frustración y tener que levantarse y volver a luchar. Santiago de Chile es mi segundo hogar y Barcelona es el tercero. Esa ciudad es como yo, mil cosas al mismo tiempo, mil planes, mil posibilidades y jamás duerme porque tiene demasiado que mostrar al mundo.

    Cuando volví, el plan nuevamente dio un giro y encontré a alguien que muchas veces es peor que yo. Un hombre que nunca para. Toca cualquier instrumento que le ponen delante, canta, juega fútbol, hace marketing deportivo y labor social. La música fue el gol de la victoria en nuestra relación y fruto de 3 años de noviazgo, decidimos formar una familia. La locura llegó cuando, apenas dos meses después de la boda, teníamos bebé en camino. Mi hijo se llama Ignacio, es igual que sus papás, hace música, fútbol, pinta, canta y ama compartir con la gente. Tiene 3 años y cada día nos da una lección de vida, sobre todo a mí. Es un niño que mira a sus papás con asombro y que está acostumbrado a ver gente, escucharlos trabajar, salir a reuniones y actividades de los múltiples planes de sus papás y disfrutar de cada actividad.

    Ahora mi esposo y yo estamos estudiando el doctorado, trabajamos, somos maestros, hacemos labor social, somos amigos, hijos y padres, sobre todo padres. Mucha gente nos mira con asombro, sorpresa y hasta con envidia; pero a mí, a mi me llega una mirada diferente… En una sociedad como esta, en la que la mujer debe proteger a su cría, a su hogar, es totalmente extraño ver a una mujer que haga todo al mismo tiempo y que aparentemente lo haga bien. Recibo halagos y también preguntas con un juicio por detrás, pero mientras me dedico a disfrutar de ser quien soy y de lo que hago y junto a quienes lo construyo, no me queda tiempo para dar importancia a estos comentarios.

    Soy orgullosamente una mamá pulpo, y debo admitir que no es fácil serlo. A veces como el “crustáceo” que se pasa por mi lado, hamburguesa o ensalada, fruta o café, cualquier cosa que sea fácil y rápida de hacer, eso si el tiempo me permite almorzar. A veces no duermo por concluir con los 56.000 pendientes y sigo cuidando a mi hijo, a mi esposo y a mis mini proyectos con la vida; las ojeras no me molestan cuando se acaba un día con una sonrisa. Estoy segura de que, si Dios mañana me diría que debo dejar este mundo, me iría tranquila, viendo a mi obra maestra nadar hacia la luz, habiendo hecho 56.000 mil cosas que llenaron mi corazón de alegría. Quiero que mi hijo mire que en su hogar hay igualdad de condiciones y de oportunidades para hombres y mujeres, quiero que se sienta orgulloso de papá y mamá sin que exista ninguna diferencia de género. Quiero que esté orgulloso de tener una mamá que no solo es mamá, que es una mujer multifacética y feliz; que cuando sea grande, se encuentre a una chica pulpo que lo impulse a ser también un pulpo y que juntos cuiden sus 56.000 planes hasta que se hagan realidad.

    Muchas mujeres no quieren ser mamás pulpo, quizás por el miedo al fracaso. Yo, después de tener algunas caídas, ya no tengo miedo. Si tengo tiempo de vida, quiero hacer lo que me haga feliz y hacer felices a quienes están conmigo. Pues cada día que pasa estamos más cerca de la muerte, y si ese día llega y no hemos vivido las 56.000 experiencias que soñamos, nos iremos de este mundo sin haber sentido el orgullo de crear alguna obra maestra para admirarla, no tendremos nada en la mente mientras cerramos los ojos y dejamos de existir. ¡Hay que vivir, viviendo!

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 4/12

    Autora: María Elena Narváez

  • La Misión

    La Misión

    Caía la noche y la oscuridad le envolvía. El único haz de luz que le hubiera podido guiar, eligió situarse perfectamente alineado entre la tierra y el sol. Era día de luna nueva, lo que hacía que todo adquiriera un tono más tenebroso de lo normal.  

    Sara estaba preparada para la misión que le habían encomendado ese día. Era de alto riesgo y no sería fácil, pero estaba acostumbrada a realizar este tipo de trabajos, que solo una especialista miembro de un cuerpo élite como al que ella pertenecía, podría llevar a cabo. 

    Se encontraba en un lugar remoto en mitad de la selva. El profundo silencio de la noche se interrumpía con los sonidos propios de la vegetación y fauna.   

    Tenía claro su objetivo. Y la ruta para alcanzarlo estaba bien estudiada. Había realizado el cálculo de tiempo que le llevaría cada fase, cada tramo, cada paso. Sara se había preparado durante años para sobrevivir a este tipo de misiones.   

    «¡Ok, un último repaso!», dijo para sí misma en voz baja, mientras se recogía su hermosa melena en un apretado y bajo moño, que le permitiera pasar desapercibida y colocarse el casco correctamente. A continuación, revisó todos y cada uno de los bolsillos de su uniforme de camuflaje.  

    «Sí, lo tengo todo. ¡Vamos allá Sara, tú puedes!» Pensó justo antes de comenzar su aventura. 

    El primer tramo que debía recorrer comprendía un espacio aproximado de un kilómetro. Sabía que no le llevaría mucho tiempo, pero debía estar preparada para cualquier eventualidad que pudiera surgir. Era una misión de gran riesgo y le podrían estar siguiendo. Entonces, comenzó a deslizarse sigilosamente por la tenebrosa selva… 

    Se sentía cansada, con los músculos agotados, pues esa semana había sido especialmente intensa. Las duras jornadas de más de 10 horas de trabajo, dejaron su cuerpo exhausto. Pero la misión tenía que completarse con éxito. Solo faltaba un último esfuerzo. 

    Transcurrido un tiempo, Sara revisó rápidamente su pequeño GPS que le indicaba con precisión su posición geográfica. «¡Ok, 300 metros más!» Estaba yendo en la dirección correcta. Todo iba según lo planeado, por lo que prosiguió su camino.  

    A la vez que avanzaba, vigilaba siempre sus espaldas. No debía descuidarse ni un segundo. «¡Nunca debes bajar la guardia!», le habían repetido, una y otra vez durante los años de entrenamiento, sus instructores. Entonces, comenzó a divisar la señal que le indicaba el lugar donde comenzaba el nuevo tramo de la misión.  

    Se trataba de unas cuevas. Sara no sabía exactamente qué se encontraría allí, pero se había preparado ya que estaban habitadas por hienas, unos animales carnívoros y salvajes. Ahora más que nunca, tenía que ir con cuidado. La oscuridad más absoluta le cegó los ojos por un momento. Se puso las gafas de visión nocturna, y comenzó a caminar siempre revisando su mini GPS. 

    Ya casi divisaba el final de la cueva, cuando de repente… –¡Mierda!Dijo en voz baja exhalando el aliento. Delante de ella, estaba un grupo de hienas acostadas en el frío suelo de la cueva, justo en la salida, por donde debía pasar. Su cuerpo se estremeció y comenzó a realizar movimientos más sigilosos si cabía, con el fin de no revelar su presencia ante las bestias hambrientas.  

    Poco a poco avanzó hasta que llegó a percibir el hedor que emanaban. Estaba muy cerca. Las pulsaciones comenzaron a acelerarse, pero no debía detenerse y mucho menos retroceder. El objetivo era claro y, costase lo que costase, tenía que completarlo con éxito. 

    Las hienas comenzaron a inquietarse. De pronto, Sara tomó aire y comenzó a correr esquivándolas, precipitándose al exterior de la cueva. Los salvajes animales comenzaron a perseguirla desprendiendo sonidos feroces que revelaban el ansia de sangre que tenían. Sara no se detuvo. No miró atrás. Solo corrió en busca del exterior donde le esperaba camuflado un convoy que le llevaría al siguiente punto de su misión. Corrió con todas sus fuerzas. Pegó un gran salto y se lanzó por la ventana cuando el convoy ya estaba en movimiento. «¡Fase 2 completada!». 

    Ya en el interior del vehículo, se sintió segura. Calmó de nuevo sus pulsaciones y repasó mentalmente el camino que le restaba hasta alcanzar el objetivo final. Tenía por delante aún 45 minutos de camino para recuperar energías.  

    «¡Ya falta poco! ¡Máxima concentración!», pensó mientras se preparaba para bajar del convoy y proseguir el camino a pie nuevamente. Tenía que atravesar un camino boscoso.  

    Avanzaba lentamente, ya quedaba poco, pero debía ser muy cuidadosa por donde pisaba, pues esa zona, llena de vegetación, era habitada por una criatura veloz llamada la mamba negra. Estas inquietas serpientes eran letalmente venenosas. Y ese lugar estaba plagado de ellas.  

    Sin desacelerar el ritmo, revisó nuevamente el GPS solo para cerciorarse de que estaba por el buen camino, a pesar de que ese entorno estaba mejor estudiado.  

    Por fin visualizó el objetivo. Quedaban apenas 100 metros para alcanzarlo. «¡Vamos Sara, ya falta muy poco!». 

    Sara llegó a la entrada que le permitía acceder al objetivo final. Justo cuando estaba a punto de cerrarse la puerta, se percató de que el GPS se le había caído. Salió nuevamente, y se abalanzó a cogerlo, ¡en el instante que una mamba negra saltó a atacarla! ¡La esquivó en el último segundo antes de cerrar la puerta! Lo había conseguido. Había completado su misión con éxito.  

    Pero… orgullo, no era exactamente lo que ella sintió al finalizar la misión. 

    Hola hija, ¿cómo te fue en el trabajo? – 

    ¡Muy bien madre! Esta semana ha sido agotadora, pero estoy muy feliz con mi nuevo trabajo. Dijo Sara con una sonrisa en la cara. 

    ¡Qué bien hija, me alegro mucho por ti! Solo estoy muy preocupada porque tengas que regresar desde tan lejos y a estas horas de la noche. Caminar por ese parque industrial, luego coger el metro, y después un bus que te deja a 15 minutos de la casa…Me da mucho miedo hija mía. ¡Hay tanto delincuente y borracho a estas horas! – 

    ¡Que va madre! No pasa nada. El regreso es muy tranquilo y casi lo hago sin darme cuenta ¡No te preocupes! – fingió Sara con una sonrisa mientras se inclinaba para darle las buenas noches con un abrazo a su querida madre. 

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 3/12

    Autora: Mayte Murillo

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    Dedicado a todas las mujeres, que injustamente se ven obligadas a camuflar sus pasos para llegar sanas y salvas a sus hogares todos los días.