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Un día de escuela - Incompanyec

Un día de escuela

Pasaban treinta minutos del mediodía y salí a recoger a mis niños del colegio. Tomé las llaves, mi cartera y me fui, sin imaginar que pronto presenciaría la situación que más me ha hecho sufrir como madre.

Manejaba pensando en todo menos en el camino que recorría, llevaba el volante en ‘piloto automático’, mientras que de fondo se escuchaba el coro de una canción de Shakira. Pensaba en nuestra nueva vida; después de todo, mudarnos de ciudad no había sido tan malo como llegué a pensar.  A mis hijos les iba de maravilla en sus nuevos colegios. Y no esperaba menos, pues investigué y me aseguré de encontrar las mejores escuelas privadas de la ciudad. Saber que mis hijos estaban bien me daba paz… una sonrisa se dibujaba en mi rostro solo de pensar en ellos. 

Me apresuré a recoger a mi pequeño, con la misma alegría y ansias con las que lo busqué el primer día de Inicial. A esas ganas de verlo se sumaba la prisa de tener que ir luego a por mi muñeca al otro colegio.

Al fin llegué y lo vi. De pronto, la sonrisa que llevaba dibujada ‘se pintó’ de tristeza…. mi niño lloraba desconsoladamente. Sin pensarlo, corrí hacia él y lo abracé fuertemente. Su llanto era tal que se le hacía imposible pronunciar palabra alguna. De repente escuché a un compañerito decir: “Fue Juan Manuel, nuestro amigo”.  Me invadieron pensamientos de incredulidad. ¿Cómo era posible? ¿Un niño de cinco años? Me quedé muda, mis preguntas se quedaban atoradas en mi garganta, sin pronunciar una palabra por temor a desmoronarme. Solamente fui capaz de decir cuatro palabras: “¿Qué pasó mi amor?” Entre lágrimas me repite aquel nombre y confirma lo que pensaba imposible: sí, un niño de 5 años.

 “Mami me duele mi orejita, mi brazo y mi ojo”, dijo al fin con voz entrecortada. Comencé a inspeccionar minuciosamente su cuerpo, marcado por la furia de Juan Manuel. En su oreja, pude ver huellas de dientes; su ojo izquierdo comenzaba a hincharse, y su brazo estaba lleno de arañazos y moratones.

De repente, me invadió el coraje y salí a buscar al único que consideraba culpable, mientras dejaba a mi hijo en el aula. Con cada paso que daba aumentaban mis ganas de llorar y no pude más. A lágrima viva recorrí el colegio buscando desesperadamente al responsable. Parecía una loca, de lado a lado, hasta encontrarlo. 

¡Al fin lo encontré! Con mi dedo toqué su hombro, me miró asustado, pero no sabía qué me pasaba, entre balbuceos y voz temblorosa logré preguntarle: “¿Qué le pasó a mi hijo, profesor?” Ni tan siquiera sabía quién era mi niño. Estaba confundido, con la mirada perdida, y solamente alcanzó a decir: “Yo no vi que nada malo pasara hoy”. Y continuó acomodando a los estudiantes que iban a tomar la buseta. Entendí que perdía mi tiempo ahí.

Me di la vuelta y corrí de regreso al aula, totalmente rota por dentro, y, a falta de un Klenex, me sequé las lágrimas con la chaqueta que llevaba puesta. Fui a buscar a la persona correcta esta vez, allí lo vi sentadito, esperándome.  Nos fundimos en un fuerte abrazo, y mientras nos miramos profundamente, una sonrisa brotó de ambos, sabíamos que estábamos a salvo.

Camino a casa le pedí que cantáramos su canción favorita y, unos segundos después, poco a poco la estábamos cantando. Miré por el retrovisor y ya no lloraba, sonreía corrigiendo a su ‘ñaña’… “se dice ángel, no aje”. Ya en casa, mientras bajaba del auto a mi hijo, lo abracé fuerte y en silencio le juré que nunca más permitiría que nadie lo lastimara. Mi juramento fue interrumpido por gritos de felicidad. ¡Papá había llegado! ¡Qué alivio!, me dije a mí misma, necesitaba fuerzas, esas fuerzas que tan solo encuentro al mirar a mi esposo. Él me abrazó y me dijo: “Tranquila, aquí estoy”. Pero no pudo quedarse a consolarme, los niños pedían su atención y como si no hubiera pasado nada, los vi sonriendo y jugando.

De repente, mi hijo, ya repuesto y consiente de que algo malo le había sucedido, nos dice con firmeza: “Ya no quiero regresar a la escuela”.

Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 9/12

En honor a todos los que son y han sido víctimas de bullying.

Autora: Katya Oña

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Instagram: @katya.ona

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8 Comments

  1. Miguel Mendez

    Hermosa, aunque muy triste narración, de una muy lamentable y lacerante situación recurrente. El bullying que se produce a diario en los centros de estudio sin que haya nadie que pueda corregir esta actitud brutal de ciertos compañeros que traen, desde pequeños, ciertas taras o problemas psicológicos. Felicitaciones a su autora.

    1. admin

      Gracias por tu mensaje Miguel. Estas historias permiten generar conciencia de actitudes que nunca deberían darse a ninguna edad.

  2. Tani Villamizar

    Lo mas doloroso es la indiferencia de maestros y adultos «responsables» por nuestros hijos. Una historia mas q nos demuestra la fortaleza q debemos tener los padres ante estas y otras situaciones❤️

    1. admin

      Gracias por tus palabras! Te invitamos a leer más historias en incompanyec.com!

  3. Carmen Bir

    Excelente narración, pues en cada linea se percibe el dolor y frustración de esta madre. Muy triste el bullying que tienen que enfrentar nuestros hijos en los colegios. Sin duda, esta historia nos ayuda a estar más pendientes de esa situación. Y si hay algo bueno de la educación en línea es que los niños «se salvan» del bullying.

    1. admin

      Gracias por tu comentario y gracias por compartirla!

  4. Mariana carvallo

    Que manera tan clara y sentida de narrar una situación que fue y es muy dolorosa, los niños nos enseñan su generosidad y grandeza pues ellos reaccionan con más sabiduría que nosotros q al ver q lastiman a nuestros hijos nos desesperamos y nos ciega muchas veces la ira, felicito a la Autora pues se q ella sacó de toda esta situación tan dolorosa la mejor enseñanza!

    1. admin

      Gracias por tu mensaje Mariana

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