Etiqueta: madre

  • Travesura

    Travesura

    Cuando era niña, mis cumpleaños eran especiales y esperados como es normal a esa edad. Sin embargo, los míos tenían un toque diferente por parte de mi padre. Cuando estaba navegando por trabajo, el día de mi cumpleaños me llegaba un telegrama. Un señor tocaba el timbre, preguntaba por mí y me entregaba un sobre con un mensaje, la emoción que sentía al recibirlo era inmensa.

    Cuando le tocaba estar en casa, todo el barrio se enteraba que era mi cumpleaños. A primera hora de la mañana, ponía a todo volumen el disco de Las Mañanitas, subía cantando escandalosamente y entraba a mi cuarto con mi madre y hermanos. Para ser exactos, entraban como estampida y armaban un bochinche.

    Una noche, me acosté a dormir con mucha emoción. ¡Al siguiente día cumplía 13 años! Mi padre estaba en casa, así que de seguro habría escándalo al amanecer, y gritos de “¡Viva la cumpleañera!” durante todo el día; ni qué decir del pastel y demás golosinas…

    En algún momento de la madrugada, no sé por qué, abrí los ojos. La noche estaba muy clara y podía ver mi cuarto entero, pues el ochenta por ciento de una de las paredes era ventana; Iba a cerrarlos de nuevo, cuando escuché un ruido extraño. Era la cerradura de mi puerta. Regresé a ver con ojos adormecidos y me quedé petrificada.

    Una mujer de mediana estatura y contextura gruesa, estaba parada frente a mi puerta cerrada. Su cabeza estaba dirigida a la cerradura y sus manos la sostenían; estaba muy concentrada y a la vez, el movimiento de su cuerpo me hacía pensar que estaba riendo entre dientes. Llevaba puesto un saco blanco de manga larga y una falda negra; su cabello era negro y tenía una impecable trenza que le llegaba a la cintura.

    Mi corazón empezó a latir fuertemente y no podía moverme. Varias cosas pasaron por mi mente, como que mi única vía de escape estaba bloqueada, o probablemente estaba soñando. No sabía si lo que veía era real, pero de algo estaba segura: Si gritaba, me movía bruscamente, o me levantaba de la cama, ella podría girar su cabeza y mostrarme su rostro.

    Así que tomé lentamente las cobijas y me tapé la cabeza, cerré los ojos y empecé a imaginar que estaba paseando en medio de un hermoso bosque a plena luz del día. No los volví a abrir y no sé a qué hora me habré quedado dormida.

    A la mañana siguiente, unos estruendosos golpes en mi puerta me despertaron. Mientras sonaban Las Mañanitas de fondo, mi padre me decía que abra la puerta. Él no podía creer y le decepcionó un poco, que yo haya puesto seguro y arruinara su tradicional serenata.

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 8/12.

    Autora: María José Montalvo

  • En aquel momento

    En aquel momento

    En aquel momento de mi vida me sentía bien, completa, sabia. Compartía la cotidianidad de mis días con los mejores amigos que uno puede desear. Sentía que entendía el mundo en su totalidad, siendo parte de él y de sus fuerzas sutiles.

    Estaba en Sagitario, de viaje, explorando el mundo y explorándome, segura de mi trabajo y del poder del mismo como un regalo para el Universo… lo mínimo que podía aportar frente a las bondades que este nos ofrece.

    Poco a poco empecé a sentir que esta calma precedía a una gran tormenta. Una tormenta devastadora que tocaría lo más profundo de mi ser y el corazón de mi hogar, el de la familia en donde uno se siente seguro, quizás tan seguro que debemos salir corriendo de ahí para conocernos. Irnos al lado opuesto del continente, dejar el núcleo y cerrarnos, en gran medida a sus problemas para encontrar los nuestros propios.

    Cuando te di la noticia de que había conseguido la beca y que finalmente me iría a vivir junto al mar me preguntaste: “¿Segura Vale? No es obligación irse”. Y lanzaste una carcajada mediante la cual tu alma, previendo su destino me decía “quédate, acompáñame, me siento sola, te necesito”. Pero fuiste tú misma quien, paradójica y generosamente, me dejaste a la puerta de esa gran aventura.

    Y ahora me vuelve al pecho aquella sensación que, viendo al mar, me alertaba de una crudeza aún no experimentada.

    Inicios de septiembre del 2017, suena el teléfono: “Tu gatita murió (me acompañó desde niña). Aparentemente aquellas bolitas que tenía en sus mamas eran cáncer que llegó hasta sus pulmones. La encontramos tosiendo sangre con mucha dificultad para respirar”.

    Finales de septiembre del 2017, otra llamada: “Tu abuelo murió… estaba ya delicado en el hospital, sufrió un paro respiratorio”.

    En la playa dibujé un espiral de partículas mediante las cuales incorporaba y entendía que ahora él estaba en todas partes. La semana anterior a su muerte me contaba que había visto alguna cuestión sobre Fortaleza en la TV. Nos sentimos más cerca el uno del otro y me entraron unas ganas enormes de tenerlo conmigo y llevarlo de un lado para el otro de la playa y la ciudad, disfrutando de horas de conversación. Una semana después lo sentía ahí, a mi lado, en cada partícula de mi cuerpo y de mi entorno.

    Sin embargo, aún después de sentir esta muerte más o menos integrada, aquella angustia en mi pecho decía que lo más duro estaba por ocurrir.

    Inicios de noviembre del 2017, escuché tu voz: “Me entregaron unos exámenes que me hice hace un tiempo, dicen que tengo cáncer y que ya está en estado de metástasis en el pulmón”.

    Cáncer de tipo basal de mama triple negativo, adenomioepitelioma, con diseminación a ganglios linfáticos y probablemente en pulmones fue el diagnóstico exacto.

    Dos semanas después estuve de vuelta en Ecuador, mi único deseo era estar junto a ti.

    Lo que sucedió entre noviembre del 2017 y febrero del 2019 fue el proceso de degeneración de una persona que pasa de su total movilidad y lucidez a una mirada perdida ya presente en otro plano de la realidad. Un cuerpo transformado en palabras no expresadas debido a una incapacidad cerebral y en balbuceos desesperados por querer comunicar algo importante antes de morir. Cuerpo en deterioro exponencial acompañado de unas ganas de vivir y de una fuerza nunca antes vistas. Y, lo mejor que yo pude hacer en aquel momento fue perderme en el amor de un hombre que me nublaba la vista frente a esa crudeza que no quería, no soportaba ver.

    Sin mi Madre presente físicamente siento que algunas bases importantes en mí se han derrumbado. Me hacen falta su voz y su temperatura, aunque mi piel la guarde perfectamente en su memoria. Recuerdo aquel momento en que decidí grabarla para siempre en mí, consciente de que no habría vuelta atrás. Extraño aquel abrazo indispensable, su enorme entendimiento y consejos precisos.

    Todavía no recupero la confianza en mí, me siento insegura y poco creativa. Me cuesta entender mi trabajo anterior, aquel que con tanto amor hice y entregué al universo. Lo siento inútil, banal y superficial ya que de alguna forma no entiende la crudeza de la vida, aquella realidad dual, hermosa y siempre amenazada por el dolor y la muerte.

    Nancy Susana Vásconez Miño, te amo con todo mi ser.

    Una de tantas historias de viajes. Historia 6/12.

    Autora: Valeria León Vásconez

  • Monika

    Monika

    Monika yacía en el suelo. El frío de los tablones de roble le helaba la cara. Su casa, una vivienda de dos plantas, se encontraba a las orillas del río Havel, cerca al muro. Monika se encontraba postrada, sin fuerzas para levantarse y un solo pensamiento corría por su cabeza: “Voy a morir aquí”.

    El 22 de junio de 1948 fue un tibio martes de verano. En la empedrada calle frente a su casa, Monika, de 10 años, y su hermano Paul, de 8, jugaban con los restos y las piedras que quedaron de la cruenta guerra, sin imaginarse que su vía crucis personal aún no había terminado. Su madre, Ulta, cocinaba el plato favorito de Monika, mientras los vigilaba a través de la ventana que daba a la calle. El Maultasche puede ser descrito como la versión alemana de un ravioli. Una cubierta de pasta que envuelve carne en trocitos, migajas de pan, espinaca y cebollas. Sin embargo, la versión que más le gustaba a Monika, en la que era experta su madre, tenía bratwurst en pedacitos en vez de carne.

    En soledad, sobre el frío suelo de madera, Monika pensaba que nunca más volvería a probar el Maultasche de su mamá… 

    El jueves 24 de junio, la Unión Soviética decide embestir en contra del capitalismo, cobijada bajo las ásperas nociones del Das Kapital de Marx. Los soviéticos impiden cualquier tipo de acceso a Berlín del Oeste, cortando cualquier suministro de comida para los habitantes del pueblo libre. El presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, declara que el tiempo de negociación con la antigua Rusia ha llegado a su fin. Los siguientes días fueron llenos de caos y desesperación. Una nueva guerra comenzaba, pero esta vez mucho más fría que el rígido suelo de roble de la habitación de Monika.

    La comida en la casa de Monika duró unos días más, al principio Ulta decidió dosificar las porciones. Luego, solo comían dos veces al día, luego solo una. La última lata de comida fue repartida entre los tres habitantes de ese hogar 4 días atrás. No había nada más que comer.

    Aunque Monika recordaba con ansias su amado Maultasche, otro pensamiento más preocupante cruzaba su mente. Si ella se sentía sin energía y desamparada, su hermanito que ahora estaba encerrado en el cuarto de su mamá, estaría mucho peor. Espero morir antes de ver morir a mi hermano, pensaba ella. Una idea demasiado cruel para una niña que tiene el mundo por delante.

    Una explosión aérea rompió los cielos y sus pensamientos moribundos. Levantó su mirada hacia las nubes, a través de la ventana de su cuarto y a lo lejos solo pudo ver cajas sostenidas por diminutos paracaídas que descendían lentamente sobre las calles de Berlín. Monika logró dibujar una media sonrisa, ya casi olvidada por lo estragos del hambre.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 4/12.

    Autor: David Carillo

  • DESAYUNO ESPECIAL

    DESAYUNO ESPECIAL

    Tortitas. A eso olía la cocina. A tortitas. Pude sentir su aroma desde el pasillo, mientras mis pies me llevaban hacia ellas sin siquiera pedírselo. Ella estaba justo al lado de la mesa, sirviéndolas. Sabía cómo hacer que cada mañana fuera perfecta, tan sólo añadiéndoles un toque de miel, el chocolate y las frambuesas… Y todo listo para empezar bien el día. Nadie preparaba las tortitas como mi madre, algo que siempre permanecerá en mis recuerdos.

    Pude encontrarme con su dulce sonrisa mientras las ponía en mi plato. Ella no solía comerlas, porque era una maniática con las calorías. Jamás pude creer que alguien como mi madre pudiera renunciar a comer tanto como solía, degustaba cada plato como si fuera el último que fuese a deleitar, y eso antes de la cena, ¡era increíble!

    Me acercaba a la mesa observando esas tortitas, esas que me darían suerte el resto del día, las que transformarían una mañana aburrida en algo más excitante. Cada bocado era como estar en el cielo, tenían el toque perfecto, los diferentes sabores te acariciaban el paladar y, cuando las terminabas, tan solo tenías ganas de saltar al día siguiente para comer más.

    No sabía entonces que las echaría tanto de menos. Absolutamente todo. Jamás hubiera renunciado a ellas por voluntad propia, tan solo pude permitir que se fuesen por la puerta con su enfado y las ganas de tirar la casa por la ventana. Nuestra última discusión fue horrible, la peor de todas, diría que la mujer más importante de mi vida había dejado que me olvidara de cómo era, de su cara, sus ojos, sus labios, su cuerpo, sus vestidos de marca y su cabello castaño ondulado y perfecto, de su voz y su perfume a rosas. Pero, tras un trabajo bien hecho con aquellas tortitas matutinas, dejó que fuese lo único que recordase tras haberse marchado de casa, ofendida y molesta.

    Han pasado dos años y ahora, sentada en la cocina miro aquel bol de leche con cereales de maíz. A simple vista, parece una combinación aburrida, decadente, una idea estúpida, un montón de ideas de comida calórica para empezar bien el día echadas a la basura, resulta frustrante. Es como si ella me estuviera mirando, mofándose por haberle gritado, por haberle dicho lo que sentía en aquel momento crítico y observando mi resultado estuviera donde estuviese: un nuevo día sin mis tortitas. Ni una receta. Ni siquiera una postal con un recordatorio. Tampoco una nota en su cuaderno de ideas. Nada. Todo se ha esfumado.

    No espero su vuelta. Ni siquiera que acuda a mi boda con el granjero, como ella lo llamaba. Sé que jamás volveré a deleitar mi paladar con la sutilidad de aquel desayuno especial, pero lo disfruté mientras duró. Empezar algo nuevo tenía sentido, elegir a alguien en contra de la voluntad de tu familia con el que compartir tu vida, eso también tenía su peso, aunque no le pareciera bien. No me gusta que lo único que terminara recordando de ella, tras estos dos años sin hablarnos, fuese aquella discusión y las tortitas, es ridículo… y triste. Pero, así son las cosas, ¿verdad?

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 2/12.

    Autora: Laura Perelló

  • Espaguetis

    Espaguetis

    Ahora que ya no puede recordar, lo justo es que recuerde yo por él.

    Siempre he creído tener una muy buena memoria a corto plazo, soy capaz de recordar muy bien conversaciones casi completas de hace un par de días, pero mi memoria a largo plazo es horrible. Mi infancia es una nebulosa, pero no quiero llevaros a engaño, es una galaxia lejana, pero feliz, muy feliz, en la que puedo distinguir ciertos planetas con relativa nitidez.

    Hay un recuerdo especial, que son muchos a la vez. Es un recuerdo de un instante repetido decenas de veces, con un grado de satisfacción altísimo cada una de ellas.  La primera vez de la que tengo registro, yo era un mocoso que apenas alcanzaba de altura la encimera que tenía la cocina de casa. Ahí estaba, clavado al lado de mi padre, entre aburrido y deseoso.

    El bueno del aita (palabra del idioma euskera que significa papá), como todo el mundo llama a mi señor padre, como si fuera una especie de referencia cercana, casi paterna para sus amigos y familia, los fines de semana se pasaba dos gloriosas horas disfrutando de uno de sus pasatiempos favoritos, la cocina. Ese domingo, como tantos otros que vendrían después, tocaba espaguetis. ¿Dos horas para unos espaguetis? Sí. Y merecía la pena cada minuto empleado para ese plato de cocina italo-española-ecuatoriana, para ese manjar de pasta elevado a la categoría de arte.

    Yo era el único de mis hermanos que disfrutaba de manera integral de este delicioso proceso. Cada uno de los pasos, metódicos, calibrados, exactos, pasaba por mi visto bueno, a través de una cucharilla. Lo probaba todo y en los puntos del proceso que más me gustaban, hacía algo más que probar. Yo jugaba a hacer que me lo iba a comer todo y él jugaba a hacer como que se enfadaba conmigo por “entorpecerle” la receta.

    “Venga, vete de aquí”, me decía sin ninguna intención ni esperanza de que le hiciera caso. Y yo me mantenía merodeando al llamado de unos aromas que aún consigo recordar. Si cierro los ojos, y pienso en esos momentos con mi padre, soy feliz, y recuerdo exactamente a qué sabían esos espaguetis.

    Una vez transcurrido todo el proceso de cocción, empezaba a haber mucho jaleo en la cocina, mi madre ordenando el tráfico, todos ayudando a poner los platos, mi padre pasando una descomunal olla a la mesa y ya, en formato jauría, mis dos hermanos mayores y mi hermana menor devorábamos los espaguetis concienzudamente.

    Ahora que ya no puede recordar, lo justo es que recuerde yo por él. Ahora que el Alzheimer galopa imparable y furibundo, ahora que esa receta lleva camino de la extinción, ahora que estoy a 10.000 kilómetros, ahora que un virus de mierda amenaza con cargarse el mundo, ahora es cuando más añoro ese aroma, ese sabor, esos juegos de tira y afloja, esas regañinas con sonrisas y el estar todos juntos sentados a la mesa devorando sin compasión dos horas de un trabajo, metódico, calibrado, exacto y lleno de amor. 

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 1/12

    Autor: Félix Espoz.

  • Ecuador, año 2064.

    Ecuador, año 2064.

    La increíble historia de cómo un país pasó de ser de uno los más pobres de Latinoamérica, a uno de los más prósperos del mundo en tan solo 30 años, se entiende solo si conoces de cerca a la presidenta Carla Anata Anauga Lozano.

    Después de una terrible crisis económica, una ola de corrupción sin precedentes y un futuro incierto, una mujer de origen indígena, profesora de Economía en una universidad pública y madre de tres pequeños, decide convencer a su esposo de que ella podría cambiar el país. Desde ese momento, ya han pasado 34 años. Esta pareja inseparable frente a los focos de todas las cámaras tiene claro que sus responsabilidades no se mezclan. Mientras él maneja un taller mecánico de vehículos eléctricos y drones de transporte de personas (de hecho, Ecuador posee el mayor número de estos vehículos per cápita en el mundo), ella es la figura clave de un gobierno que funciona como un reloj suizo o, como ella misma dice: “Con la misma eficiencia que nuestro transporte público”, que por cierto es gratuito y en los últimos cinco años tuvo una mejor tasa de puntualidad que el metro de Tokio. Pero dejando de lado los temas menores, es importante entender que el progreso de Ecuador solo se entiende si se conoce a esta extraordinaria mujer.

    Esta reseña de la figura del año 2064 para TIMES, la hemos decidido realizar en base a seis frases tomadas de diferentes intervenciones durante estos 34 años de gobierno.

    1. “La salud y la educación serán gratuitas y de calidad en el Ecuador solo si cinco o más mandatarios consecutivos se enfocan en lograrlo. El que no piense igual es un simple politiquero”.

    Esta declaración es clave por dos cosas: la primera, es que en Ecuador en efecto la educación y la salud son gratuitos, y esta última en la mayoría de los casos es realizada por medio de robots autónomos de última tecnología; y segundo, que los últimos siete mandatos han mantenido la visión que Carla Anata Anauga Lozano expresó a su población hace más de 30 años, ya que, desde ese día, ella ha sido la única presidenta del Ecuador.

    • “Toda empresa que tenga más de mil empleados y su sueldo más bajo sea el doble de un salario básico, pagará únicamente una tasa del 10% de impuesto a la renta. Esos empleados generan más valor que 100 mil políticos”.

    Es importante recordar que el salario mínimo en Ecuador es ligeramente inferior al de naciones como Canadá o Australia, aunque superior al de planetas como N10 y Brok, y actualmente se caracteriza por tener empresas con una gran cantidad de empleados, donde destacan Ecuadorian Food, HP, Tesla Motor Company INC, Huawei, Solar City, Harvard Institute, Intel INC, entre otras.

    • “Un país no puede darse el lujo de tener más políticos que científicos. El día de hoy, 19 de mayo del 2057, se ha aprobado mediante consulta popular, que el Congreso de la República cuente solo con 24 congresistas y un alterno por cada uno. De la misma forma, se han modificado los perfiles mínimos para ocupar dicho cargo. Es el momento de tener gente que cambie el país”.

    Actualmente un congresista en Ecuador debe contar con estudios de cuarto nivel terminados, hablar un idioma adicional al de su lengua materna (el español es la lengua materna del país), contar con una experiencia mínima de 10 años en el sector privado y otros 10 en el público, y contar con al menos 45 años de edad. Los sueldos de estos congresistas son de los más altos del país y existen varios casos donde CEOs de empresas muy reconocidas han decidido pasar al servicio público. Desde hace diez años, ni siquiera es requisito ser ecuatoriano y el enfoque es conseguir “a lo mejor de lo mejor”, que permita al país contar con un desarrollo exponencial. El 12.5% de los congresistas son extranjeros y es el único caso en el mundo actualmente. Adicionalmente se está analizando la posibilidad de incluir a un robot con Inteligencia artificial 6.3 en la próxima legislatura para realizar proyecciones macroeconómicas de alta complejidad de forma más rápida y asertiva.

    • “La seguridad social desde el día de hoy pasará a ser de carácter privado; ya no habrá más aportes para pagar sueldos de funcionarios ineficientes o ser la caja chica de algún gobierno”.

    Desde enero, el plan de pensiones del Ecuador está comenzando a realizar los primeros desembolsos a sus jubilados bajo este sistema, que, si bien no son extraordinarias en relación al ingreso promedio del país, si tienen una diferencia sustancial al plan público predecesor.

    • “Todo negocio relacionado con el turismo dejará de pagar impuestos al estado. Debemos convertirnos en una potencia turística mundial. Desde mañana desaparece el IVA, Impuesto a la Renta, cobro de patentes, etc.”.

    Actualmente el Ecuador es el onceavo país con mayor número de turistas por año, y se encuentra en un boom de construcción de infraestructura de servicios turísticos por las ventajas impositivas que otorga, y, sin duda, porque genera un placer indescriptible el visitarlo. En esta medida no se encuentran las Islas Galápagos, las cuales solo pueden ser visitadas si eres ganador del sorteo anual de cupos de viaje y tu estadía es menor a siete días. Se espera que, para finales del 2067, Ecuador tenga el primer aeropuerto suspendido sobre el pacífico, lo que permitirá recibir una mayor cantidad de vuelos en sus ciudades turísticas, ya que este sistema permite mover las pistas casi a cualquier lugar en cuestión de días dependiendo de la demanda.

    • “Si quieres a tu país, no robes; si quieres a tu país, no engañes. Pero si pese a todo, sigues sin quererlo, es mi responsabilidad separarte de nuestra sociedad, porque tus actos afectan a la gente honrada, noble y trabajadora”.

    Desde hace más de 25 años, Ecuador creó un sistema de justicia que define con claridad cómo los actos fuera de la ley deben ser pagados a la sociedad. Es muy común ver como gran parte de todas las oficinas públicas cuentan con personal de mantenimiento compuesto por presos con sentencia en firme, que deben devolver económicamente 1.5 veces el perjuicio causado, mediante su trabajo. Actualmente Ecuador cuenta con más de 100 políticos encarcelados que todavía no devuelven esta tasa, y no podrán recuperar su libertad, aunque hayan cumplido su tiempo de condena (el ex Congresista Carlos Parco Vivez, lleva más de 20 años preso). Este punto quizás es el más polémico de la mandataria, pues también logró aprobar la pena de muerte para violaciones y cadena perpetua para casos de abuso de menores. 

    Como toda figura política, no está exenta de polémica; y seguro Carla Anata Anauga Lozano posee una gran cantidad de defectos, pero es casi imposible no admirar la tenacidad, creatividad y liderazgo que posee esta presidenta. Si eres ecuatoriano, debes sentir un orgullo desbordante por lo que representa para el mundo, y si eres un ciudadano de otro país, tan solo admiremos y aprendamos, porque Ecuador nos ha dado una lección por medio de una mujer que cambió a un país.

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 8/12.

    Autor: Miguel Viniegra

  • El Saqra

    El Saqra

    El amor de una madre por su hijo es incomparable.  

    El dolor de una madre por saber que su único hijo está por morir es indescriptible.  

    Sophie Kemp cargaba a su único hijo de ocho años dormido en su regazo. El pelo dorado que llenaba su cabecita como el amanecer, había sido arrancado de su diminuto ser debido a tantas quimioterapias sufridas. Todavía le golpean las palabras del oncólogo como un eco devastador en su cerebro, «su hijo va a morir». Cuando la ciencia y la medicina no son suficientes para seguir viviendo, ¿qué alternativa te queda?  

    El Jeep todo terreno seguía avanzando a paso lento pero firme dentro de la espesa selva. Dentro del transporte se encuentran, el guía al volante, una madre con la cara golpeada por el sufrimiento y por las incontables noches en vela; y en sus faldas, un niño flaco, pálido y sin pelo que duerme profundamente. Su guía es un experimentado nativo del Napo llamado Danilo. Él había conocido al Chamán Hampa muchos años atrás, cuando una serpiente había mordido a su madre. Ese día, el padre de Danilo acostó el cuerpo de su madre en la parte trasera de la camioneta de trabajo y subió a Danilo al frente. Después de media hora, y ya entrada la noche, llegaron a un claro donde se veían luces que provenían del fuego de varias antorchas dispersas alrededor del perímetro de una aldea. En ella, varias chozas erectas sobre el piso, que construidas de madera y cabuya, reflejaban sombras de varios cuerpos moviéndose sobre la noche. En la entrada un par de indígenas los recibieron y fue en este momento que Danilo descubrió algo que no sabía de su papá. El angustiado hombre intercambió un diálogo con los aborígenes en un idioma extraño y nuevo para Danilo, algo que él nunca había escuchado antes.  

    Debido a lo apremiante de la situación, la camioneta quedó prendida y Danilo vio a su padre salir corriendo, alzar a su esposa en los hombros y correr con ella para luego perderse dentro de la choza más grande y central. Danilo se estremeció ante toda la situación, su madre a punto de morir, él rodeado de indígenas extraños que no hablaban español y la oscura noche de la selva rondando sus pesadillas. Salió corriendo detrás de su padre. Cuando llegó a la cabaña donde habían ingresado sus padres, una luz tenue alumbraba una habitación llena de artefactos hechos a mano y de confección rarísima, y un pesado olor a palo santo. Una vez que las pupilas de Danilo se acostumbraron al nivel de luz, vio a su madre desnuda e inconsciente en el piso, pero peor aún, divisó algo que lo marcaría para siempre…  

    Sophie quedó embarazada muy joven, durante su segundo año de arquitectura en la universidad. Ese semestre recibía en una de sus clases, la materia de ética. El profesor de ética era recién egresado, alto, rubio y con un aire a Harrison Ford en el “arca perdida”, que irremediablemente enamoraba a todas las oyentes. A Sophie, hasta se le ocurrió escribir “me gustas” en sus párpados, tal cual escena de Indiana Jones. Sonreía por dentro a tanta ocurrencia. Por eso cuando al terminar una clase, y el profesor se acercó para preguntarle acerca del tema humanístico, ella solo pensaba en lo animalista de su ser. Fue una aventura que tuvo muchas consecuencias, el abandono de su carrera, la pelea con sus padres y el pequeño Philip.  

    Ella no podía creer que ese granito de sol, lleno de promesas y que hasta hace poco era nada más que un bebé, ahora estuviera a punto de desvanecerse. Philip era un niño normal, alegre, aun cuando nunca había conocido a su padre. Y fue su papá, el profesor de ética, quien le contó a Sophie acerca de Hampa. El profesor, en unos de sus viajes a lugares inhóspitos, encontró una aldea de indígenas en lo profundo de la selva ecuatoriana,  que adoraban al Hampa como a un dios. El sanador y dador de vida. Contaban que este Chamán tenía poderes sobrenaturales y que hasta podía regresar a la gente del “otro lado del río”. El papá de Philip lo había visto con sus propios ojos. Y es así, que el último recurso de Sophie para salvar a su hijo ahora recae sobre este brujo.  

    Hampa arrancó a Phillip de los brazos de su madre, lo desnudo y lo acostó en el piso. El resto del ritual fue una escena que puede trastornar hasta al más incrédulo de los seres. Un acontecimiento similar a la que presenció el joven Danilo años atrás. Sophie sentía la presencia, no de un solo ente, sino de varios, cantando en voces y dialectos olvidados por el tiempo. Sombras negras trepando las paredes, rasguñando la madera mientras ejercían su baile demoníaco. Las antorchas de fuego crecían y consumian el oxígeno del cuarto sin piedad. Y como un trueno, un golpe de vida en el pecho de Phillip. Un rayo de energía que atravesaba su minúsculo cuerpo y que le hacían retorcer del dolor. Sophie estaba paralizada.  

    De regreso en el Jeep, Danilo, Sophie y Phillip se reían mientras emprendían el camino de regreso a Quito, donde les espera su vuelo a Boston. Para Sophie, todo esto era un sueño, no podía ser verdad. Tendría que hacerle exámenes para asegurarse que Phillip estaba completamente libre de cáncer, pero el hecho de que caminara y corriera solo minutos después del episodio, y verlo ahora riendo, comiéndose una banana y tan lleno de energía, le llenaban su corazón de seguridad. De repente, el Jeep redujo su velocidad hasta pararse completamente. Otra tribu indígena llenaba el camino con una procesión funeraria obstaculizando el paso. Danilo bajó la ventana y le preguntó en dialecto a uno de los indígenas qué estaba sucediendo. Era un niño de la edad de Phillip que había fallecido hace menos de una hora atrás. Los padres desconsolados gemian, lloraban y gritaban: Saqra, Saqra, Saqra. 

    Danilo sabía que es lo que querían decir. Mientras que hampai quiere decir sanador, el dador de vida, el Saqra es el diablo que se la lleva…   

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 3/12.

    Autor: David Carrillo

  • Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    ˗¡Eh, así no es! ¡Lo estás haciendo mal!

    ˗Pero qué dices.

    ˗¡Que te estás sentando mal! ¡Que es para el otro lado!

    ˗Oye, cada uno se sienta en su coche imaginario como le da la gana ¿Vale?

    Su hermano siempre fue mucho mejor que él en eso (y en otras muchas cosas). Siempre se las ingeniaba para dar con la frase más ocurrente, para acabar saliéndose con la suya con una sentencia que zanjaba de cuajo cualquier discusión, sin posibilidad ninguna de réplica. Siempre fue así y así lo era ya entonces, cuando contaban apenas con ocho años de edad.

    Como el barrio era, en aquella época, tan tranquilo, seguro y familiar (“es como un pueblo”, aseguraba su madre), los niños tenían permitido recorrer las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto. A la vuelta, se detenían todos los días unos minutos en esas dos piedras situadas a la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de su portal, que a ellos se les asemejaban a un coche. Pero cada uno debía tener un coche muy distinto en su cabeza, pues mientras él se sentaba siempre mirando hacia la farmacia de doña Pura, su hermano lo hacía con vistas a la panadería del señor Juan. Alguna vez habían visto a otros niños en esas mismas piedras jugando a que estaban en el mostrador de algún comercio, una oficina, la taquilla de un cine… así que sí, se confirma que nunca ha habido nada más libre que la imaginación de un niño.

    ˗Venga, siéntate detrás que te llevo a donde quieras.

    ˗No sé. No se me ocurre ningún sitio.

    ˗Cualquier sitio al que quieras ir. Una ciudad. Un país. ¡O un continente! Te sientas detrás y yo te llevo.

    -No lo sé… ¿a Alemania?

    ˗Ay, lo siento. A Alemania no puedo llevarte.

    Cada uno parecía tener también, ya por aquel entonces, su propia y muy personal concepción de las reglas del juego.

    No habría un solo día en el que regresara de visita a casa de sus padres, en años y décadas venideras, y no saliera al menos un par de minutos a la terraza de la cocina para observar cómo esas dos piedras, cada vez más gastadas y consumidas por los rastrojos, seguían aguantando impasibles el paso del tiempo. Le gustaba evocar, a pesar del sabor agridulce, los tiempos en los que él y su hermano recorrían a diario, ida y vuelta, las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto, pero sin separarse ni un solo segundo. “Lo que más me tranquiliza”, repetía una y otra vez su madre, “es saber que estarán siempre juntos, y que siempre se tendrán el uno al otro”. Es posible que el amor que puedan llegar a profesarse dos hermanos como ellos sea difícilmente explicable, tan especial, único e incomparable a cualquier otro amor que se nos ocurra. Lo cierto es que ni siquiera él, que tampoco conoció ningún otro tipo de amor fraternal, se atrevería a confirmarlo. “Estarán siempre juntos y siempre se tendrán el uno al otro”. A él, mucho más maduro y equilibrado que su hermano en el plano emocional desde bien pequeños (en algo le tenía que ganar), nunca dejó de conmoverle ese ideal de su madre de pensar que dos personas, por el simple hecho de haberse hecho compañía desde, literalmente, el momento de su gestación, están predestinadas a permanecer unidas, con un vínculo inquebrantable e irrompible hasta el último de sus días. Siempre fue una mujer buena, y extremadamente inocente.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Esas fueron las últimas palabras que le espetó a su hermano la última vez que se vieron, más de 15 años atrás.

    ˗No me llames más. No quiero volver a verte. No insistas. Lo que les hiciste es imperdonable. Para mí, estás muerto.

    Esa fue la sentencia completa y exacta. Fue también la única vez en toda su vida en la que pudo pronunciar la última frase, la única vez que fue capaz de zanjar una discusión, la única vez que supo dejar a su hermano completamente sin palabras.

    ˗Para mí, estás muerto.

    La frase, no podía ser otra, le ha venido inmediatamente a la mente en cuanto ha atendido esa llamada de teléfono. Él nunca ha creído en las casualidades, así que no le sorprende que le hayan llamado la misma tarde en la que ha vuelto a casa de sus padres, después de meses sin poner un pie en ella, para reunirse con un par de inmobiliarias una vez que por fin se ha decidido a poner la vivienda a la venta.

    La llamada era del Servicio de Guardacostas gallego en Pontevedra.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Las palabras resuenan en su cabeza como un martillo. Casi puede notarlas golpeándole insistentemente las sienes. Se acerca a la cocina a por un vaso de agua, se lo bebe de un trago y sale a la terraza a tiempo de ver cómo dos sufridos obreros han empezado a levantar esa misma mañana un pequeño muro de ladrillos en la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de la puerta del portal. Las dos piedras han desaparecido.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 3/12

    Autor: Rodrigo Martín

    Instagram: @rodrax

    https://www.instagram.com/rodrax/?hl=es

  • Ulma

    Ulma

    – Empezó como una punzadita. Pero ahora ya me duele, amiga. 

    – ¿Sí? ¿Y ya cuantos días llevas con la punzadita? 

    – Varios días. Va y viene. 

    – Qué raro… 

    – ¿Sabes qué, amiga? Mejor me voy a la clínica a que me vean, por si acaso… 

    – Sí, no te preocupes. Gracias por venir a la reunión, en serio. Te llamo mañana para saber cómo salió todo. 

    – Claro, síguela pasando bonito y de verdad, discúlpame, pero me duele en serio, mejor me voy a que me vean en la clínica. 

    – Hola amiga, ¿cómo te fue ayer? 

    – Amiga, me operan mañana, estamos llenando mil y un papeles. 

    – ¿Ah? – inevitable esconder mi sorpresa mayúscula –, pero, no entiendo, cómo que te operan, de qué… 

    – Llegué a la clínica y me hicieron pruebas para descartar varias cosas. Hasta que en la ecografía salió que tengo cáncer, amiga. Es cáncer. Estoy en Fase III. Ovario… No entiendo nada… 

    Veo a la madre de Ulma, espera en el pasillo, mirando su celular y respondiendo al WhatsApp con evidente desgano. Qué agotada luce… 

    – Hola hija, gracias por venir. 

    – Por nada, señora, por nada. ¿Cómo está Ulma?, ¿le han dicho algo? 

    – Sí, ya salió hace un rato el médico. Le tuvieron que sacar todo el aparato reproductor, el cáncer está muy avanzado. A mi hija. ¡A MI HIJA! Esto es una pesadilla… 

    Ulma. Mi amiga de niñez. De adolescencia. A la que cuando vi por primera vez me cayó mal, y de la que pensé que seguramente estudiaba en un colegio de pitucas, y resultó que estudiaba en mi colegio (¡jajaja!). Con la que salíamos a ir a montar bicicleta de adolescentes, yo en mi bicicleta roja de carreras – ¿qué habrá sido de esa bicicleta? – y ella en su Monark azul, rojo y blanco. En mi retina tengo el recuerdo de ella bailando La Bilirrubina con su padre en su quinceañero, como si al día siguiente se acabara el mundo; ella con su cabello largo y su vestido blanco. Yo tuve que tirarme al suelo para rogarle a mi papá que me diera permiso para ir a su quinceañero porque justo me habían castigado dos semanas cuando se celebraba (mi papá se apiadó a las 10 de la noche y me dejó ir). Ulma, despidiéndome cuando me fui ese verano a París. ¡El coro de la iglesia! Confiarnos que, por más que Bru era nuestra amiga, “déjate de cosas, Bru tiene la madurez de la pepa de los aguacates del mercado, amiga”. ¡Cuando Ulma volvió de Miami! Yo que pensé que jamás la volvería a ver, y ahí estaba, dos años después, en mi casa, contándome que había visto a Timbiriche en concierto y que se regresó porque se dio cuenta que la universidad era muy cara por allá. ¡Los viernes de sangría en caja! Yo preparaba los tequeños y ella compraba la sangría. Ulma ama mis tequeños y mi guacamole. La vez que su mamá se enfadó con ella porque no sabía cocinar y le exigió que ese día, vaya usted a saber cómo, preparara el almuerzo para toda la familia, con entrada y bebida, sí señor. Ulma, que, para freír un bistec, lo aventaba al aceite caliente y se iba corriendo… y en esa época, Google era un sueño digno de Los Supersónicos. “Amiga, tú sí sabes cocinar, qué compro en el mercado, por favor”, me dijo. “No te preocupes, Ulma. Yo ya terminé de preparar el almuerzo en mi casa, vamos al mercado y luego a tu casa a cocinar, le pido permiso a mi mamá, Ulma”. Y así, acompañé a Ulma al mercado, hicimos las compras y terminé yendo a su casa y cocinando para su familia (que jamás se enteró que el almuerzo lo hice yo). La vez que me llamó a la 1 a.m. llorando, “amiga, estoy en el Chulo´s, me he peleado horrible con Hugo, me ha metido una cachetada delante de todo el restaurante y se ha largado; me dijo que no trajera ni dinero ni tarjetas, me he quedado con la cuenta, por favor, no me dejan irme del restaurante, ven con tu tarjeta o efectivo, la cuenta es alta, ven por favor”. Y yo saliendo de la cama y cambiándome el pijama, y mi mamá viéndome buscar mi llave: “¿Vas a salir? ¡Es la 1.30 a.m.! No, no vas a ningún…”. Le interrumpí: “Mamá: no te estoy pidiendo permiso, te estoy INFORMANDO que me voy a buscar a Ulma y llevarla a su casa”. Qué decidida me habrá visto la doña, que solo me dijo: “ten cuidado al tomar el taxi… vas con cuidado”. ¡Cuando me fuiste a visitar a París, Ulma! Hasta nos tomamos un vino en caja en el cuarto de hotel donde te hospedabas. Veo las fotos, éramos unas niñas… Y una niña fue lo que me anunciaste que esperabas 5 meses después. Verla a ella es verte a ti, Ulma, una versión nueva y joven de nosotras. 

    Mientras abro el armario para buscar el vestido blanco que sé me pondré con las sandalias que le combinan, pienso en la fortaleza de tu cuerpo, Ulma. De tus ganas de aferrarte con todo aquí. Por tu hija. Ahora te tocó a ti bailar Carlos Vives con ella en su quinceañero. 5 años aguantó tu cuerpo, Ulma. Me siento abrumada de ver tantas flores y…  

    – ¡¿Pero a quién se le ocurre poner música en un velorio?! 

    – La lista de Spotify la dejó preparada ella. Quería que pusieran música alegre y nada de colores oscuros. Yo acato lo que ella me pidió… 

    Ulma me deja el recordatorio de vivir el día a día, agradecer y ¡joder, la vida, con todas sus cosas, es una, vívela! 

    Tú eres la alegría de las canciones de Carlos Vives. 

    Dedicado a Pau y a P. 

    Autora: Silvia A. Lucho Molina.

    https://www.facebook.com/SilviaLM

    https://www.instagram.com/silviaalm/

    Twitter: @silvia_alisa

  • La Misión

    La Misión

    Caía la noche y la oscuridad le envolvía. El único haz de luz que le hubiera podido guiar, eligió situarse perfectamente alineado entre la tierra y el sol. Era día de luna nueva, lo que hacía que todo adquiriera un tono más tenebroso de lo normal.  

    Sara estaba preparada para la misión que le habían encomendado ese día. Era de alto riesgo y no sería fácil, pero estaba acostumbrada a realizar este tipo de trabajos, que solo una especialista miembro de un cuerpo élite como al que ella pertenecía, podría llevar a cabo. 

    Se encontraba en un lugar remoto en mitad de la selva. El profundo silencio de la noche se interrumpía con los sonidos propios de la vegetación y fauna.   

    Tenía claro su objetivo. Y la ruta para alcanzarlo estaba bien estudiada. Había realizado el cálculo de tiempo que le llevaría cada fase, cada tramo, cada paso. Sara se había preparado durante años para sobrevivir a este tipo de misiones.   

    «¡Ok, un último repaso!», dijo para sí misma en voz baja, mientras se recogía su hermosa melena en un apretado y bajo moño, que le permitiera pasar desapercibida y colocarse el casco correctamente. A continuación, revisó todos y cada uno de los bolsillos de su uniforme de camuflaje.  

    «Sí, lo tengo todo. ¡Vamos allá Sara, tú puedes!» Pensó justo antes de comenzar su aventura. 

    El primer tramo que debía recorrer comprendía un espacio aproximado de un kilómetro. Sabía que no le llevaría mucho tiempo, pero debía estar preparada para cualquier eventualidad que pudiera surgir. Era una misión de gran riesgo y le podrían estar siguiendo. Entonces, comenzó a deslizarse sigilosamente por la tenebrosa selva… 

    Se sentía cansada, con los músculos agotados, pues esa semana había sido especialmente intensa. Las duras jornadas de más de 10 horas de trabajo, dejaron su cuerpo exhausto. Pero la misión tenía que completarse con éxito. Solo faltaba un último esfuerzo. 

    Transcurrido un tiempo, Sara revisó rápidamente su pequeño GPS que le indicaba con precisión su posición geográfica. «¡Ok, 300 metros más!» Estaba yendo en la dirección correcta. Todo iba según lo planeado, por lo que prosiguió su camino.  

    A la vez que avanzaba, vigilaba siempre sus espaldas. No debía descuidarse ni un segundo. «¡Nunca debes bajar la guardia!», le habían repetido, una y otra vez durante los años de entrenamiento, sus instructores. Entonces, comenzó a divisar la señal que le indicaba el lugar donde comenzaba el nuevo tramo de la misión.  

    Se trataba de unas cuevas. Sara no sabía exactamente qué se encontraría allí, pero se había preparado ya que estaban habitadas por hienas, unos animales carnívoros y salvajes. Ahora más que nunca, tenía que ir con cuidado. La oscuridad más absoluta le cegó los ojos por un momento. Se puso las gafas de visión nocturna, y comenzó a caminar siempre revisando su mini GPS. 

    Ya casi divisaba el final de la cueva, cuando de repente… –¡Mierda!Dijo en voz baja exhalando el aliento. Delante de ella, estaba un grupo de hienas acostadas en el frío suelo de la cueva, justo en la salida, por donde debía pasar. Su cuerpo se estremeció y comenzó a realizar movimientos más sigilosos si cabía, con el fin de no revelar su presencia ante las bestias hambrientas.  

    Poco a poco avanzó hasta que llegó a percibir el hedor que emanaban. Estaba muy cerca. Las pulsaciones comenzaron a acelerarse, pero no debía detenerse y mucho menos retroceder. El objetivo era claro y, costase lo que costase, tenía que completarlo con éxito. 

    Las hienas comenzaron a inquietarse. De pronto, Sara tomó aire y comenzó a correr esquivándolas, precipitándose al exterior de la cueva. Los salvajes animales comenzaron a perseguirla desprendiendo sonidos feroces que revelaban el ansia de sangre que tenían. Sara no se detuvo. No miró atrás. Solo corrió en busca del exterior donde le esperaba camuflado un convoy que le llevaría al siguiente punto de su misión. Corrió con todas sus fuerzas. Pegó un gran salto y se lanzó por la ventana cuando el convoy ya estaba en movimiento. «¡Fase 2 completada!». 

    Ya en el interior del vehículo, se sintió segura. Calmó de nuevo sus pulsaciones y repasó mentalmente el camino que le restaba hasta alcanzar el objetivo final. Tenía por delante aún 45 minutos de camino para recuperar energías.  

    «¡Ya falta poco! ¡Máxima concentración!», pensó mientras se preparaba para bajar del convoy y proseguir el camino a pie nuevamente. Tenía que atravesar un camino boscoso.  

    Avanzaba lentamente, ya quedaba poco, pero debía ser muy cuidadosa por donde pisaba, pues esa zona, llena de vegetación, era habitada por una criatura veloz llamada la mamba negra. Estas inquietas serpientes eran letalmente venenosas. Y ese lugar estaba plagado de ellas.  

    Sin desacelerar el ritmo, revisó nuevamente el GPS solo para cerciorarse de que estaba por el buen camino, a pesar de que ese entorno estaba mejor estudiado.  

    Por fin visualizó el objetivo. Quedaban apenas 100 metros para alcanzarlo. «¡Vamos Sara, ya falta muy poco!». 

    Sara llegó a la entrada que le permitía acceder al objetivo final. Justo cuando estaba a punto de cerrarse la puerta, se percató de que el GPS se le había caído. Salió nuevamente, y se abalanzó a cogerlo, ¡en el instante que una mamba negra saltó a atacarla! ¡La esquivó en el último segundo antes de cerrar la puerta! Lo había conseguido. Había completado su misión con éxito.  

    Pero… orgullo, no era exactamente lo que ella sintió al finalizar la misión. 

    Hola hija, ¿cómo te fue en el trabajo? – 

    ¡Muy bien madre! Esta semana ha sido agotadora, pero estoy muy feliz con mi nuevo trabajo. Dijo Sara con una sonrisa en la cara. 

    ¡Qué bien hija, me alegro mucho por ti! Solo estoy muy preocupada porque tengas que regresar desde tan lejos y a estas horas de la noche. Caminar por ese parque industrial, luego coger el metro, y después un bus que te deja a 15 minutos de la casa…Me da mucho miedo hija mía. ¡Hay tanto delincuente y borracho a estas horas! – 

    ¡Que va madre! No pasa nada. El regreso es muy tranquilo y casi lo hago sin darme cuenta ¡No te preocupes! – fingió Sara con una sonrisa mientras se inclinaba para darle las buenas noches con un abrazo a su querida madre. 

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 3/12

    Autora: Mayte Murillo

    ________________________________________________________________________ 

    Dedicado a todas las mujeres, que injustamente se ven obligadas a camuflar sus pasos para llegar sanas y salvas a sus hogares todos los días.