fbpx
Desayuno especial - Laura Perelló

DESAYUNO ESPECIAL

Tortitas. A eso olía la cocina. A tortitas. Pude sentir su aroma desde el pasillo, mientras mis pies me llevaban hacia ellas sin siquiera pedírselo. Ella estaba justo al lado de la mesa, sirviéndolas. Sabía cómo hacer que cada mañana fuera perfecta, tan sólo añadiéndoles un toque de miel, el chocolate y las frambuesas… Y todo listo para empezar bien el día. Nadie preparaba las tortitas como mi madre, algo que siempre permanecerá en mis recuerdos.

Pude encontrarme con su dulce sonrisa mientras las ponía en mi plato. Ella no solía comerlas, porque era una maniática con las calorías. Jamás pude creer que alguien como mi madre pudiera renunciar a comer tanto como solía, degustaba cada plato como si fuera el último que fuese a deleitar, y eso antes de la cena, ¡era increíble!

Me acercaba a la mesa observando esas tortitas, esas que me darían suerte el resto del día, las que transformarían una mañana aburrida en algo más excitante. Cada bocado era como estar en el cielo, tenían el toque perfecto, los diferentes sabores te acariciaban el paladar y, cuando las terminabas, tan solo tenías ganas de saltar al día siguiente para comer más.

No sabía entonces que las echaría tanto de menos. Absolutamente todo. Jamás hubiera renunciado a ellas por voluntad propia, tan solo pude permitir que se fuesen por la puerta con su enfado y las ganas de tirar la casa por la ventana. Nuestra última discusión fue horrible, la peor de todas, diría que la mujer más importante de mi vida había dejado que me olvidara de cómo era, de su cara, sus ojos, sus labios, su cuerpo, sus vestidos de marca y su cabello castaño ondulado y perfecto, de su voz y su perfume a rosas. Pero, tras un trabajo bien hecho con aquellas tortitas matutinas, dejó que fuese lo único que recordase tras haberse marchado de casa, ofendida y molesta.

Han pasado dos años y ahora, sentada en la cocina miro aquel bol de leche con cereales de maíz. A simple vista, parece una combinación aburrida, decadente, una idea estúpida, un montón de ideas de comida calórica para empezar bien el día echadas a la basura, resulta frustrante. Es como si ella me estuviera mirando, mofándose por haberle gritado, por haberle dicho lo que sentía en aquel momento crítico y observando mi resultado estuviera donde estuviese: un nuevo día sin mis tortitas. Ni una receta. Ni siquiera una postal con un recordatorio. Tampoco una nota en su cuaderno de ideas. Nada. Todo se ha esfumado.

No espero su vuelta. Ni siquiera que acuda a mi boda con el granjero, como ella lo llamaba. Sé que jamás volveré a deleitar mi paladar con la sutilidad de aquel desayuno especial, pero lo disfruté mientras duró. Empezar algo nuevo tenía sentido, elegir a alguien en contra de la voluntad de tu familia con el que compartir tu vida, eso también tenía su peso, aunque no le pareciera bien. No me gusta que lo único que terminara recordando de ella, tras estos dos años sin hablarnos, fuese aquella discusión y las tortitas, es ridículo… y triste. Pero, así son las cosas, ¿verdad?

Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 2/12.

Autora: Laura Perelló

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *