Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

˗¡Eh, así no es! ¡Lo estás haciendo mal!

˗Pero qué dices.

˗¡Que te estás sentando mal! ¡Que es para el otro lado!

˗Oye, cada uno se sienta en su coche imaginario como le da la gana ¿Vale?

Su hermano siempre fue mucho mejor que él en eso (y en otras muchas cosas). Siempre se las ingeniaba para dar con la frase más ocurrente, para acabar saliéndose con la suya con una sentencia que zanjaba de cuajo cualquier discusión, sin posibilidad ninguna de réplica. Siempre fue así y así lo era ya entonces, cuando contaban apenas con ocho años de edad.

Como el barrio era, en aquella época, tan tranquilo, seguro y familiar (“es como un pueblo”, aseguraba su madre), los niños tenían permitido recorrer las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto. A la vuelta, se detenían todos los días unos minutos en esas dos piedras situadas a la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de su portal, que a ellos se les asemejaban a un coche. Pero cada uno debía tener un coche muy distinto en su cabeza, pues mientras él se sentaba siempre mirando hacia la farmacia de doña Pura, su hermano lo hacía con vistas a la panadería del señor Juan. Alguna vez habían visto a otros niños en esas mismas piedras jugando a que estaban en el mostrador de algún comercio, una oficina, la taquilla de un cine… así que sí, se confirma que nunca ha habido nada más libre que la imaginación de un niño.

˗Venga, siéntate detrás que te llevo a donde quieras.

˗No sé. No se me ocurre ningún sitio.

˗Cualquier sitio al que quieras ir. Una ciudad. Un país. ¡O un continente! Te sientas detrás y yo te llevo.

-No lo sé… ¿a Alemania?

˗Ay, lo siento. A Alemania no puedo llevarte.

Cada uno parecía tener también, ya por aquel entonces, su propia y muy personal concepción de las reglas del juego.

No habría un solo día en el que regresara de visita a casa de sus padres, en años y décadas venideras, y no saliera al menos un par de minutos a la terraza de la cocina para observar cómo esas dos piedras, cada vez más gastadas y consumidas por los rastrojos, seguían aguantando impasibles el paso del tiempo. Le gustaba evocar, a pesar del sabor agridulce, los tiempos en los que él y su hermano recorrían a diario, ida y vuelta, las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto, pero sin separarse ni un solo segundo. “Lo que más me tranquiliza”, repetía una y otra vez su madre, “es saber que estarán siempre juntos, y que siempre se tendrán el uno al otro”. Es posible que el amor que puedan llegar a profesarse dos hermanos como ellos sea difícilmente explicable, tan especial, único e incomparable a cualquier otro amor que se nos ocurra. Lo cierto es que ni siquiera él, que tampoco conoció ningún otro tipo de amor fraternal, se atrevería a confirmarlo. “Estarán siempre juntos y siempre se tendrán el uno al otro”. A él, mucho más maduro y equilibrado que su hermano en el plano emocional desde bien pequeños (en algo le tenía que ganar), nunca dejó de conmoverle ese ideal de su madre de pensar que dos personas, por el simple hecho de haberse hecho compañía desde, literalmente, el momento de su gestación, están predestinadas a permanecer unidas, con un vínculo inquebrantable e irrompible hasta el último de sus días. Siempre fue una mujer buena, y extremadamente inocente.

˗Para mí, estás muerto.

Esas fueron las últimas palabras que le espetó a su hermano la última vez que se vieron, más de 15 años atrás.

˗No me llames más. No quiero volver a verte. No insistas. Lo que les hiciste es imperdonable. Para mí, estás muerto.

Esa fue la sentencia completa y exacta. Fue también la única vez en toda su vida en la que pudo pronunciar la última frase, la única vez que fue capaz de zanjar una discusión, la única vez que supo dejar a su hermano completamente sin palabras.

˗Para mí, estás muerto.

La frase, no podía ser otra, le ha venido inmediatamente a la mente en cuanto ha atendido esa llamada de teléfono. Él nunca ha creído en las casualidades, así que no le sorprende que le hayan llamado la misma tarde en la que ha vuelto a casa de sus padres, después de meses sin poner un pie en ella, para reunirse con un par de inmobiliarias una vez que por fin se ha decidido a poner la vivienda a la venta.

La llamada era del Servicio de Guardacostas gallego en Pontevedra.

˗Para mí, estás muerto.

Las palabras resuenan en su cabeza como un martillo. Casi puede notarlas golpeándole insistentemente las sienes. Se acerca a la cocina a por un vaso de agua, se lo bebe de un trago y sale a la terraza a tiempo de ver cómo dos sufridos obreros han empezado a levantar esa misma mañana un pequeño muro de ladrillos en la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de la puerta del portal. Las dos piedras han desaparecido.

Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 3/12

Autor: Rodrigo Martín

Instagram: @rodrax

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