Categoría: Amor

Doce historias que describen lo que es amar

  • Infancia a la huancaína

    Infancia a la huancaína

    “¡Viernes, por fin!”, pienso emocionada mientras cruzo presurosa la pista para subir al coche de mi padre.

    Como cada viernes, un sentimiento de inenarrable felicidad me invade al comprobar que el fin de semana comienza y que mañana no tendré que venir al colegio. Dos días por delante en los que no tendré que despertarme temprano, ni tendré que ponerme el uniforme o sufrir con las clases de matemáticas. Si bien, mi inminente felicidad se transformará en angustia el domingo por la tarde, con el lunes asomándose a la vuelta de la esquina. Los domingos y su inevitable nostalgia gris por la tarde… ¿Por qué los domingos por la tarde serán siempre así?

    Bueno, de la nostalgia del domingo me ocuparé el domingo. Hoy es viernes y hay que disfrutarlo.

    Camino a casa, mi padre nos cuenta anécdotas y conversa mucho con nosotros. Nos hace reír con sus ocurrencias y siempre nos pide que le contemos cómo nos va en el cole. Y vaya que tenemos siempre algo que contar del cole…

    Cada viernes viene acompañado de un ritual involuntario: salida del cole, papá esperándonos a mis hermanos mayores y a mí, las risas de camino a casa, el olor del parquet recién encerado al abrir la puerta, el aroma dulce del agua de manzana con canela que invade todos los espacios, los cristales ligeramente húmedos del calor de las ollas. Nadie me lo ha dicho, pero presiento que este pequeño ritual se convertirá en un recuerdo importante con el paso de los años.

    Sin embargo, hay un detalle que es el summum de mi viernes, su punto de arranque, previa lavada de manos y rostro y amenaza fulminante de María de que, si no le damos los uniformes del cole antes de sentarnos a almorzar, los uniformes no estarán limpios y planchados para el domingo por la noche. Y es que, no sé si mamá ha decidido que todos los viernes sean tallarines rojos con papa a la huancaína, o es una feliz casualidad, pero a mí su involuntaria decisión del menú de los viernes me hace inmensamente feliz. Sospecho que la alegría de mis viernes se debe en gran parte al almuerzo.

    Mmm, la felicidad viene servida en plato pequeño, con varias rodajas de patata, bañadas en una deliciosa y abundante crema amarilla y decorada con un trocito de huevo duro (o su aceituna, si es que te invitan a una reunión). María ya sabe que es uno de mis platos favoritos y que no hay lugar para frugalidades. “María, ¿por qué me sirves tan poquito? Ah, no, María, sírveme en plato hondo toda la papa a la huancaína que preparaste para el almuerzo”… María estalla de la risa.

    La comida nos hace felices, comer nos hace felices, porque es rico, sí, (¿a quién no le gusta comer?) pero más porque nos reúne con la familia o amigos alrededor de una mesa, con una buena bebida, buena charla, acompañados de risa, cariño y buenos momentos. En Perú, la cocina es un libro, una ceremonia aparte. Obsérvense los comerciales de “conocida marca de gaseosa de sabor nacional”: la burbujeante y amarilla bebida acompaña con un fondo alegre, festivo, de celebración, familiar o entre amigos a diversos platos de comida. La comida es felicidad, a veces calóricamente culposa, cierto, pero sarna con gusto no pica.

    ¿Y qué peruano no ha sido feliz con un plato de papa a la huancaína?

    La papa a la huancaína, es la sencillez y la felicidad en un plato. Es la infancia hecha recuerdos en crema amarilla de todos los peruanos. Nos remite inexorablemente a nuestra infancia, a almuerzos en familia alrededor de una mesa, a recuerdos cremosos impregnados en olor de ají amarillo, tarro de leche Gloria, galletas de soda (“compra Field, no traigas San Jorge”), queso fresco y su chorrito de aceite.

    Nos trae recuerdos felices y de tiempos lejanos, más tranquilos y libres, sin pandemias, impuestos que pagar, correos urgentes o preocupaciones y tristezas de la vida adulta… ¡Sin WhatsApp!

    Yo proclamo mi amor universal e incondicional a la papa a la huancaína y a mis recuerdos amarillos y cremosos, sin lugar a dudas, los de todo el Perú: “Cúmplase, regístrese, comuníquese y publíquese”.  

    Algún día tendré mi casa propia y el día que lo haga, lo primero que haré, será correr a comprarme en Saga Falabella una licuadora y prepararme dos litros de crema de papa a la huancaína.

    Y a nadie le pienso invitar.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 12/12

    Autora: Silvia A. Lucho Molina.

  • Amor cibernético en tiempos de la pandemia

    Amor cibernético en tiempos de la pandemia

    Cual película de terror al estilo de Hollywood llegó el primer caso de coronavirus a Guatemala. Entre incredulidad por el futuro, o por un fin lo tenemos aquí, como algo exótico, se movieron las reacciones de los más informados sobre el virus aquel viernes 13 de marzo.

    A los mayores sin duda les trajo mal augurio aquella fecha. Sabido era para los de cuatro décadas o más, así como replicado para los jóvenes en filmes terroríficos el riesgo de actuar en viernes 13.

    A algunos tal vez les hizo eco mental el viejo adagio chapín, el que habrían preferido: martes 13, no te cases ni te embarques, por aquello de los amores fallidos, no alcanzados o cortados que trajo la estela de esta pandemia. Pero no, fue viernes y punto.

    El caso fue anunciado en acto público por el presidente de la República, Alejandro Giammattei. Se trataba de un joven proveniente del norte de Italia, con traza contagiosa por Madrid, Colombia y El Salvador.

    Un día después llegó el segundo caso positivo, un hombre de 80 que disfrutó tal vez su único y mortífero clásico entre Real Madrid y Barcelona. Fue el primer fallecido.

    Para ese entonces aumentaban las escenas a través de los medios sobre la tragedia vivida por italianos y españoles, en particular por las redes sociales, las mismas que se habrían de convertir en protagonistas de esta novela negra, cuyo fin aún se vislumbra lejano.

    Con el cierre del país, cuyas imágenes conocíamos desde China y naciones europeas a través de la televisión, Tuiter o Facebook trajo el qué vamos a hacer. De pronto todo se cerraba a partir de las 16 horas hasta las 5 horas del día siguiente.

    La eterna práctica del chapín de “dominguear”, para salir a pasear a los parques del pueblo desde el tiempo más allá de la memoria, primero fue limitado de 5 de la mañana a 4 de la tarde. Al aumentar los casos, se ha vuelto normal el encierro total de domingo.

    El encierro comenzó a cobrar víctimas entre las parejas incipientes, a las de convivencia casual, parejas de infieles o noviazgos o amigos con derechos que no alcanzaron a celebrar el 19 de julio.

    De pronto la disposición del distanciamiento social se volvió tan cercana a todos. Si yo me cuido, también te cuido adquirió una nueva dimensión a partir del #QuédateEnCasa.

    El amor también había sido alcanzado. El WhatsApp sirvió para acortar distancias con video llamadas, y éstas por cualquier otra de las tantas opciones que manejan al dedo los jóvenes.

    Los días de las escapadas habían llegado a su fin acorralados por la pandemia, temida por miles de millones de personas en el mundo ante el riesgo de ser víctima de una enfermedad incierta e impredecible.

    El amor ahora sigue la danza de las redes sociales, haciéndose público más de un desenlace dejando al descubierto que aquel “te amo” jurado en algún encuentro furtivo o repetido en cama de motel, jamás tendría las raíces que dieron vida a “El amor en los tiempos del cólera”.

    Los “memes” en Twitter con una pareja besuqueándose y la frase “Así estuviéramos, pero te freseas”, acaso solo reflejaba el yo interno, lamiendo las heridas por un frustrado Romeo y Julieta.

    También el coqueteo y flirteo de las aulas universitarias, los conectes y citas casuales resultado de noches de fiestas o farras; de viajes a la playa en plan “conquiste”; del cruce de miradas en los centros comerciales se ha pasado a las insinuaciones, al “me gusta”, o “like”, presionando el corazoncito de Tuiter en buscar de tener algún “ligue”, o quien sabe, el amor eterno cuando se venza a la enfermedad que hoy nos acosa.

    Pero la pandemia también trae esperanza, fe en el futuro y el sueño compartido con juramentos de amor eterno a través del ciberespacio para cumplir al final del encierro, ya sea, luego de concretarse la inhumana inmunidad comunitaria, o porque después de salvar al poderoso primer mundo, algunas vacunas han llegado a estas tierras.

    La nueva normalidad trae consigo el sueño por construir un hogar rescatando la memoria desde el encierro, de la lección de padres enemistados por estar tanto tiempo encerrados, algo que seguro no compartían desde la luna de miel, desoyendo los consejos de psicólogos de reaprender a quererse, a consentirse, a dejar junto a los zapatos en la entrada las malas vibras.

    Mientras el cierre sigue casi a la mitad de jornada diaria, robándose la noche a nuevos amores que podrían surgir de los encuentros furtivos, enardecidos por el zumo del alcohol que corre por las venas entre hilos de nicotina, o humos de otras hierbas, muchos han logrado el reencuentro.

    Posiblemente los más sabios han vuelto a sentar cabeza. Estar en casa les hizo recordar que ahí estaba la esposa, el esposo; la pareja, los hijos y todo aquel conjunto de elementos por los que un día dieron el “Sí”, y por lo que se han fajado trabajando a lomo partido.

    La casa ha vuelto a tener sentido. Se han reencontrado con un balde de pintura, brochas, rodillos, martillos, clavos, serruchos, armando y desarmando. Nuevas plantas reverdecen los jardines y otras tantas flores saludan al sol con reflejos multicolores.

    Se han dado cuenta que gracias a la pandemia tenían olvidado todo aquello por lo que un día soñaron, pero perdieron en calles agobiadas por el tráfico y la rutina del trabajo, absortos, ellos o ellas, en cuentas bancarias creciendo para un futuro, o con ajustes para aliviar los números rojos.

    Hoy cumplen su distanciamiento social unidos contra el coronavirus.

    La pandemia que arrastra decenas de vidas afuera de la puerta, en la vecindad, que se lleva amigos, conocidos, médicos, personal sanitario, también, irónicamente les ha servido a ellos para recordarse a sí mismos, y darle vida al amor.

    Tal vez sea así y algún día se verán reflejados en una historia de Hollywood a través de una plataforma futurista, o, en un simple auto cinema, para seguir en el pasado, antes de la pandemia.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 11/12

    Autor: Edin Hernández.

  • El sueño que se convirtió en milagro

    El sueño que se convirtió en milagro

    Cuando estuve embarazada de mi primer hijo, Mathías, había muchas mamás alrededor de mí que me contaban como habían soñado con sus hijos antes de nacer, y algunas hasta me aseguraban que así se enteraron del sexo de sus hijos, antes de que el médico les dijera. En mi caso no fue así con mí primer hijo, pero con mi segundo fue diferente.

    Una noche, embarazada de mis mellizos Amaia y Noah, soñé con un adolescente con ojos claros y cabello rubio, vestido con una camisa a cuadros, esperándome a la puerta de mi cuarto, como diciéndome, “te estoy esperando mamá”. Me desperté y sentí que era él, el varón de mis mellizos. Aún no le habíamos puesto nombre mi esposo y yo, pocos días después decidimos llamarle Noah.

    No entendería porque de mis hijos con el único que soñé estando embarazada fue con él, hasta que Noah tendría siete meses de nacido.

    Para ese momento su salud se complicó con un virus respiratorio muy fuerte, que nos obligó a hospitalizarle. Al segundo día no mejoraba y cada vez respiraba con mayor dificultad. A la madrugada, muchas enfermeras y la pediatra que estaban de guardia entraron a la habitación, trataban de encontrarle vena a mi bebé para colocarle una vía, él lloraba desconsoladamente, y tuvieron que pincharle varias veces. Recuerdo que a esa hora llamé a su pediatra, para contarle angustiada, que no podía creer lo que estaba pasando y me dijo con voz calmada: “Mary, tienes que dejarles trabajar, confía en que va a estar bien”. Fue trasladado a terapia intensiva esa misma madrugada.

    Han pasado casi cuatro años de esa experiencia y aún hoy escribiéndola se me aguan los ojos. No recuerdo con exactitud cuántos días estuvimos allí, creo fueron entre cinco y siete, los más difíciles de mi vida, en los que no me separé de él ni un minuto. No pude bañarme y comí muy poco en esos días, recuerdo la sensación de salir con los pantalones flojos después de una semana en la clínica.

    Al principio, allí en terapia intensiva, me preguntaba recurrentemente ¿qué había hecho mal?, ¿qué no vi?, ¿qué hubiese podido hacer para que evitar que mi hijo pasará por eso?, revisaba una y otra vez en mi mente, todo lo que había hecho días atrás, todos los cuidados que le di, las veces que lo llevé al pediatra incluso durante esa semana, las desveladas, todo. No entendía qué había salido mal.

    Allí estaba mi bebé de sólo siete meses, en una sala de terapia intensiva. Tenía tanto miedo de que algo le pasara, de que no se recuperara...

    En medio de aquella situación, con mi pequeño en mis brazos y conectado a tantos equipos, recordé un pasaje de un libro que leí, de un autor que me ha acompañado toda mi vida, el Dr. Wayne Dyer, titulado “La fuerza del Espíritu”, donde él cuenta que una vez un chico que iba a una de sus conferencias tuvo un accidente muy grave y había caído en coma. Su familia se comunicó con Dyer y le pidieron que fuera a visitarlo.

    Así lo hizo y al llegar sintió como la tristeza, la preocupación y la angustia de la familia no estaban ayudando a la recuperación del muchacho. Estas emociones, explicaba, están en una vibración mucho más baja que la salud. Wayne entró a la habitación del muchacho y se mantuvo orando y meditando en paz por un largo rato, y después se retiró. A los pocos días le avisaron que el chico había salido del coma y se encontraba bien.

    Recordar esto en ese momento tan duro, me hizo entender que era momento de orar y de que mi estado emocional era clave para lograr que mi hijo sanara. Así lo hice, empecé a orar y a entregar ese momento tan duro a Dios, era momento de conectarme con la fe y no con el miedo.

    Sin explicación alguna, allí sola con mi bebé en brazos, recordé que yo había soñado con Noah de adolescente cuando estuve embarazada de él. Para mí fue una revelación y sentí con mucha fuerza que esa era la prueba de que Noah iba a salir de allí con bien, y que superaría esa gran crisis. Entendí en ese momento, casi un año después, que haber soñado con él durante el embarazo no fue casualidad, tuvo un propósito mayor, darme la certeza en ese momento de gran dolor y preocupación, de que iba a vivir con él, de que todo iba a estar bien.

    Para mí fue un mensaje claro de Dios, que todo lo sabe, el pasado, el presente y el futuro. Entendí que no tenía sentido sentir culpa, no había ninguna, yo no hubiese podido hacer nada diferente, yo no había hecho nada mal, mi bebé me había escogido a mí como madre, porque sabía que yo tendría la fuerza para atravesar ese mal momento junto a él y acompañarlo en esa etapa que le tocaba vivir.

    A él le tocaba pasar por ese duro momento, y tenerme a su lado luchando, manteniéndome fuerte y con fe, consolándole y amándole, era mi papel en ese momento y sería mi papel durante toda mi vida. Entendí que, aunque quisiéramos con toda el alma, no podremos evitar los dolores, experiencias difíciles y problemas a nuestros hijos, pero somos quienes han escogido como madres para acompañarlos, darles fuerza y hacerles sentir amados en cada momento, los felices y los no tanto.

    Ese día, admire más que nunca la labor sagrada que tenemos las madres, la capacidad increíble de sacar fuerzas de donde no tenemos, la capacidad de pasar días sin descanso, sin dormir, sin casi probar alimento, solo por nuestros hijos. Pero sobre todo entendí, que estamos en la vida de ellos con una misión más grande que nosotras mismas, que es la de acompañarlos en su propio camino, en su propia misión en esta tierra. Pero no estamos solas, Dios está con nosotras.

    Este artículo va dedicado a todas las madres y padres que están pasando por momentos difíciles, tengan la absoluta certeza de que no están solos.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 10/12

    Autor: Marysol Materán.

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  • El Doctor

    El Doctor

    Mi historia de amor es como cualquier otra…

    La pantalla del computador mostraba una pared vacía y la luz roja parpadeante de la cámara encendida me recordaba que la transmisión continuaba, pero era de una sola vía, una conexión rota. El silencio llenó nuestro cuarto, pero mi cabeza estaba llena de ideas y de dudas. Este definitivamente no era el resultado que yo esperaba. ¿Qué estaba pasando al otro lado?

    Van a ser más de diez años desde que me había mudado a esa ciudad. Un fin de semana de un mayo, inusualmente cálido, un par de amigos colombianos me invitaron a una fiesta. Allí estaba él, un doctor interesante, tímido pero chistoso, y, lo mejor de todo, que se ve interesado por mí. La fiesta y el tiempo pasan, la gente comienza a irse y con ellos él. Otra oportunidad perdida, pensé. No era la primera vez que dejaba pasar el amor.

    Cuando desperté al día siguiente, me encontré con una sorpresa en mi teléfono. El doctor me pidió como contacto por una de las redes sociales en línea. Mi corazón se llenó de emoción y de ilusión. Sabía que esto podía terminar en un corazón roto o en un corazón lleno. En seguida lo acepté. Todo pasó tan rápido porque ya para la tarde siguiente habíamos acordado nuestra primera cita en la terraza de Monona, lugar donde nos tomaríamos un trago. Tardé casi una hora en encontrarlo porque estábamos en pisos idénticos pero diferentes. La tarde se volvió noche en un abrir y cerrar de ojos, la conversación y la química fluían sin dificultad, los minutos se diluían y hasta del alcohol nos olvidamos.

    Los primeros meses de una relación son así, nuevos, curiosos, llenos de ansiedad, llenos de anticipación. Que rico es enamorarse. El tiempo se arrastra lentamente cuando no estás a su lado y corre cómo un venado cuando estás con la persona que amas. Nuestra relación estaba en su mejor momento cuando unos amigos decidieron mudarse a Nueva York y necesitaban dejar su apartamento con alguien de confianza. Así fue como decidimos vivir juntos. Yo tenía miedo porque este paso podía resultar el final de algo maravilloso. Un día cuando estábamos de paseo, decidimos ir a mirar las mascotas en adopción y nos enamoramos de un perrito. Él era muy singular. Según el veterinario nuestro perrito tenía tantos defectos que quería nuestro consentimiento para usar los datos para un estudio. Eso solo nos hizo amarlo más. ¿Quién quiere ser igual que los demás cuando puedes ser único?

    Esta historia de amor es como cualquier otra. Seguro tú también te enamoras, vives el amor ciego, la infatuación, las discusiones, las peleas, los arreglos, la estabilidad y, al final, el matrimonio. El contrato que liga a dos personas cuasi permanentemente y que le grita a la sociedad que nos pertenecemos y que, aunque somos libres, dependemos del otro.

    La luz roja continuaba su parpadeo incesante hasta que hubo nuevamente movimiento del otro lado de la transmisión. La familia de mi doctor había regresado al otro lado de la cámara. La familia de mi esposo vive muy lejos y la noticia de nuestro matrimonio además de sorpresiva, fue a larga distancia, por video llamada. Y aunque al principio les costó un poco, muy pronto llegamos a querernos como la familia que somos. Nuestra boda fue encantadora. Llena de amigos y familia, bebimos y bailamos, lloramos y reímos, comimos y cantamos.

    Ha pasado mucho tiempo ya desde ese 30 de mayo del 2010, cuando escuchamos vallenatos y tomamos aguardiente en esa fiesta colombiana. ¿Ven? Mi historia de amor es como cualquier otra. Yo soy su esposo y él es mi doctor.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 9/12

    Autor: Maudiel Carrera.

  • Una estrella fugaz

    Una estrella fugaz

    Dicen que cuando ves una estrella fugaz, debes pedir un deseo, ¿sabías eso? ¡Yo sí! Y tan afortunada fui que en un viaje de trabajo, bajo un hermoso cielo estrellado en República Dominicana, apareció una, era algo improbable, pero ahí estaba, solo para mí; un deseo, lo tenía clarísimo, no había duda; cerré los ojos e inmediatamente mi alma, mi corazón y mi mente se alinearon para llegar hacia todo el universo… me encontraba extasiada, y, sinceramente, parecía que estuve alucinando, al preguntar a mis colegas nadie más la vio… parecía que solo quería ser vista por mí… Pero, ¿mi deseo se hará realidad?

    De regreso a casa se me había olvidado mi maravilloso encuentro estelar, y mi vida transcurría con aparente normalidad, ese día se celebró un récord de ventas en la empresa e hicieron una maravillosa fiesta; casualmente pude estar en la oficina, ya que por lo general pasaba viajando, mi vida era viajar, amaba mi trabajo. Fue ahí cuando ocurrió… Todavía recuerdo el primer día que te vi, bajando por las escaleras con tu overol blanco, cejas cargadas y ceño fruncido… Serio y casi inaccesible… Una mirada se cruzó entre ambos y fue inevitable sentir magia, a esa magia se sumaron los nervios, la música empezaba a sonar, todos comenzaron a bailar y como si los demás dejaran de existir te veo acercándote a mí, ahora ya no frunces tu ceño, me sonríes y me preguntas: “¿quieres bailar?”. Yo pienso, cómo le digo que sí, ni siquiera lo conozco, pero algo sucede en todo mi ser, ¿qué me pasa? No fue necesario decir nada, simplemente me di cuenta de que bailábamos, o más bien ¡flotábamos! La música parece que deja de sonar y solo te veo a ti y escucho tu voz, una voz grave tipo locutor, que hace que me bombee a mil mi corazón, “¿en qué área trabajas?”.

    Así, empezamos a charlar, en un lugar donde todos te conocían menos yo. Aquí te veo y me encantas, quiero saber más de ti, me doy cuenta que tú también quieres saber más de mí… Los días transcurren, los meses pasan y somos los mejores amigos; amigos platónicos diría yo. Esa magia que surgió debió detenerse, tú estás casado y yo llevo casi 6 años de noviazgo, y, posiblemente, me tenga que casar. Debo confesar que siempre que me toca el tema lo evado porque no quiero lastimarlo, no me quiero casar. Esto no me sucede ahora que te conocí, lo sé desde siempre, pero no tengo las fuerzas para terminar con esta relación enfermiza, me acostumbré a sus infidelidades, a sus celos intensos, al maltrato psicológico que me reparte cada vez que nos vemos.

    Mis jornadas de trabajo son más fáciles ahora que te conocí, y te convertiste en mi mejor amigo; ahora que te puedo contar sin miedo todos mis incontables problemas amorosos, aunque me duela tienes razón, no merezco que me trate de esa manera, me has dicho cosas duras, pero tienes razón y estoy entendiendo. Me dijiste que busque ayuda, “pero soy psicóloga”, te dije enojada, “¡no necesito ayuda!”.  “Estás enferma”, respondiste. He llorado llena de enojo con tus enérgicos consejos; pero sí, tenías razón, mi terapeuta me dijo cosas muy parecidas a las que me dijiste, creo que no eres ingeniero sino psicólogo. Ahora me siento animada y con fuerzas para romper esas cadenas que me atan… Gracias. Nadie me había hablado tan claro y tan amorosamente para decirme, en resumen, que soy una bruta amorosa… ¡Genial! Soy una bruta amorosa, que lo acepta y que ahora sabe qué es lo correcto… Y no, no quiero más cadenas en mi vida, ¡sé que esto debe terminar! Gracias, mejor amigo.

    Mi teléfono suena, eres tú; como si te estuviera llamando con mi pensamiento, nuevos problemas en tu casa, una historia de nunca acabar, parece que ambos tenemos mala suerte en el amor… continúo escuchando, pero, qué más te digo para que arregles tu relación, me pregunto; ya has intentado todo (terapias, salidas, viajes, charlas a profundidad), bueno solo te escucho y te digo, “paciencia sigue intentando, tienes un hijo”. No puedo evitar sentir tu infelicidad, eres un hombre apagado, debes sonreír, mereces ser feliz; ¿cómo te ayudo?, después de todo lo que has hecho por mí, y yo, no puedo ayudarte, y peor, no sé qué más decirte… solo te escucho en silencio y sufro por dentro. “Que descanses, charlamos mañana, gracias por escucharme”, me dices y cierras el teléfono.

    Transcurren 3 días y mi teléfono no suena, me preocupa, pero solo me resta esperar, tras una semana viajando por trabajo y sin saber nada de ti, me quedo pensando en que quizás te molestaste porque no pude darte un consejo, en que quizá ya no quieras ser mi mejor amigo…  la idea me pone triste.  

    Al fin suena mi teléfono; mis nervios y mi preocupación son evidentes, pero trato de controlarlos; “necesito contarte algo, pero no por teléfono,” me dices.  ¿Qué pasaría?, debe ser grave me digo a mí misma.

    Al fin llega el día, ups 5 minutos tarde, pero aquí estoy, lo veo ahí … Dios mío este corazón sí que me palpita, debe ser porque subí las escaleras a mil. “Por favor, qué pasa”, te digo casi enloquecida; estoy que no puedo de la preocupación: “Qué querías contarme, han pasado 9 días, y no he sabido nada de ti”. Sin titubear me contestas: “Me separé y es definitivo, encontré las fuerzas que necesitaba y no tengo dudas”. Un silencio nos invade, y mientras pienso en lo que te voy a decir tus labios tocan los míos. A este capítulo de mi vida lo llamo Felicidad.

    Han pasado más de 10 años desde aquel beso y esa magia que sentí desde ese primer día sigue invadiendo mi alma, mi mente y mi vida entera… ahora te veo bajar las escaleras de nuestra casa junto a nuestros dos hijos, ahora somos una familia. Los Conejos.

    El verdadero amor existe, los príncipes llegan a rescatar a su princesa, la princesa llega a rescatar a su príncipe, el mundo conitos es real, y sí, un beso de amor es la fuerza más poderosa del universo.

    Cuando veas una estrella fugaz pídele un deseo, pero pídele con el alma, ¿sabes por qué? ¡Se hace realidad!

    Dedicada al amor de mi vida, mi conejo

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 8/12

    Autora: Katya Oña

  • A través de la pantalla…

    A través de la pantalla…

    Actualmente es bastante común que las personas se conozcan y se enamoren a través de una pantalla, la tecnología, que no parece tener límites, nos acerca cada día más a las personas que se encuentran del otro lado, incluso en otra parte del mundo.

    Yo soy uno de los afortunados que cuentan con dicha tecnología. Sin embargo, para mí esto era toda una proeza cuando empezó todo… en la casa era imposible hacerlo, así que tenía que ir al lugar correcto para poder verla, la imagen no era la mejor, pero bastaba para sentirme en las nubes… de hecho, ella ni siquiera podía verme porque yo no tenía una cámara que me permitiera mostrarle mi rostro, para que pudiera ver cuan feliz era cada mes, cuando ese día llegaba. Ella, por otro lado, escuchaba perfectamente mi voz y yo podía ver su sonrisa en la pantalla cada vez que le decía cuánto la quería. 

    Transcurrían los meses y era inevitable irme enamorando más y, aunque nos comunicábamos todos los días, aquel día del mes era el más esperado, el más especial, el que te pone el corazón chiquito, ese instante en que te hace morir de ganas de pasar a través de esa pantalla y comértela a besos sin esperar un minuto más.

    El sentimiento se volvió casi culposo, no entendía cómo me pasó, aún no nos conocíamos, no nos tocábamos, no se mezclaban nuestros olores, no nos podíamos dar ni siquiera un beso y yo ya sentía más amor por ella que el que había sentido por mi propia esposa en su momento, pero así es la vida.

    Al fin, había una fecha y un lugar, todo se había dado a la perfección para planear ese encuentro tan anhelado por ambos. El sentimiento se volvía confuso, incertidumbre, nervios, ansiedad, mariposas en el estómago mientras el día se acercaba cada vez más. En el último mes los encuentros por la pantalla se hicieron más frecuentes, una vez cada semana, confirmando esa ansiedad que teníamos por vernos y reafirmar lo que ya sabíamos, que nos amábamos y no podríamos estar el uno sin el otro nunca más.

    La noche anterior fue casi imposible conciliar el sueño, al fin y al cabo era justamente eso, un sueño a punto de convertirse en realidad, quizá por eso no quería dormir, por el temor de despertar y descubrir que solamente estaba en mi imaginación, pero finalmente terminé rendido por el cansancio que había generado esa tensión sin sentido.

    La alarma hizo su trabajo, me anunciaba que el día había llegado, a mi lado, mi esposa aún dormía y yo me preguntaba que iría a pasar con nosotros después de ese día. Las horas seguían pasando y la ansiedad crecía dentro de mí, no se ha comunicado desde ayer repetía mi cerebro y eso me llevaba a un grado de preocupación, de la alegría al temor. 

    Finalmente y con impaciencia me visto y me preparo para el gran encuentro. Me dirigí al lugar casi en piloto automático, mi mente daba vueltas, me sentía como aturdido, todo se escuchaba distante, las personas pasaban junto a mí y yo seguía mi camino, había reservado de antemano el lugar, así que les di mi nombre en recepción y en seguida me acompañaron a mi lugar. Los minutos pasaban lentamente y mi corazón latía cada vez más fuerte. Saqué una foto que tenía de ella, una que me dieron imprimiendo de una captura de pantalla que le había tomado en uno de nuestros encuentros virtuales, quería recordar bien su cara, sólo por si acaso.

    Se escuchó el teléfono en el fondo y oí mi nombre, al poco rato la chica de la recepción se acerca hacía mí y me dice que hubo un contratiempo y que va a tardar en llegar, que por favor la espere. Pido un café para calmar mis nervios.

    Tardó más de una hora y media en llegar, y no, yo no estaba molesto en absoluto, me sentí aliviado cuando se abrió la puerta y la vi entrar al fin, ya no era un sueño, en ese mismo instante se convertía en una hermosa realidad. Me acerqué, la miré, era idéntica a la fotografía que cargaba, era perfecta, sus ojos plomizos, su cabello rubio, sus labios gruesos, su cuerpo con rollitos que hacían juego con sus mejillas redonditas, la tomé con fuerza, la apreté contra mi pecho y dándole un gran beso le dije sin dubitaciones, “Hola ‘Mi Amor’, no sabes cuánto esperé este día”, y ella tal como en la pantalla me regalaba otra gran sonrisa.

    Después de ese momento entendí por qué se llama hacer el Amor, y es porque justamente de ese acto salieron los amores de mi vida. Sí, esa bella historia de amor se repitió dos veces más, y les puedo asegurar que se puede amar a más de una mujer, por supuesto todas son celosas, así son las mujeres, y yo, muy feliz, podría hasta decir que me gasto toda mi plata en mujeres…

    Dedicada a los amores de mi vida, mis 3 hermosas hijas.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 7/12

    Autor: Andrés Acosta.

  • El amor incondicional EXISTE

    El amor incondicional EXISTE

    De ese amor que no entiendes, que no te cabe en el corazón, de eso que no sabes cómo explicar, una conexión espiritual, casi intuitiva…

    Hace 29 años nos encontramos sin tener mucho conocimiento de la vida, sin entender que caminaríamos de la mano, sin saber que tendríamos caminos distintos pero algo que nos mantendría con un vínculo para siempre, sin saber que éramos almas gemelas.

    Les contaremos un poco más de nuestra historia. Nos conocimos en una especie de Temazcal, a oscuras, casi como una cita a ciegas. Para quienes no sepan lo que es un Temazcal, es un ritual ancestral que se lleva a cabo en un espacio parecido a una cueva. Fue ahí en donde, a través de nuestro propio lenguaje, generamos un encuentro en el que hasta el silencio se convirtió en nuestra cotidianidad, un silencio lleno de emociones, de telepatía y de crecimiento; hasta el silencio era y es cómodo. ¿Pueden creerlo?

    En realidad nuestros primeros encuentros fueron a ciegas, durante aproximadamente 270 días, casi un año. Sentíamos que, para tener una real conexión y crear una relación con raíces fuertes, debíamos mantenerlo así, desde nuestras almas para que se mantengan en amor, independientemente de nuestra apariencia física, que sabíamos que no iba a influir nunca, pues dicen que las almas se reconocen entre ellas por su energía, no por su apariencia.

    Los siguientes 28 años que hemos compartido nuestro camino, ha sido verdadero, transparente, incondicional. Aunque, como en toda relación, a veces nos queremos ‘matar’, hemos sabido afrontar nuestras diferencias y manejarlas para vivir en armonía. No crean, hemos tenido que cortar el “cordón umbilical” de la relación porque la vida nos lleva por caminos distintos; lo cual no ha significado dejar de amarnos, valorarnos, respetarnos y odiarnos, a veces.

    Y dirán tal vez que este amor no existe, que es idealizado, utópico… pero existe. Con el paso del tiempo, y a través de rituales que han permitido nuestro crecimiento, tanto individual como en conjunto, creamos una conexión tan potente que, sin estar en el mismo espacio y lugar, sabemos exactamente lo que estamos pensando, sintiendo o viviendo.

    Este amor, el amor ideal, el amor incondicional, solo se lo encuentra en el amor de una hermana gemela. Nuestro temazcal fue, sin duda, el vientre de nuestra mamá.

    Para siempre, ¡te amo hermana!

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 6/12

    Co – autoras: Mabe y MaPau Miño

    Foto: Mabe y MaPau

  • Mr. Rosado

    Mr. Rosado

    Eran tiempos ligeros de pesadumbre, la cotidianidad del mundo nos ungía con sus buenas y malas, sin que sucumbiéramos al caos actual de la incertidumbre. Para aquel entonces nos reuníamos a la hora de almuerzo un grupo de compañeros variopintos, procedentes de diferentes países para alivianar los mediodías, contándonos historias de otras épocas donde siempre nos quedábamos con ganas de más.

     “La Cacho” como ella misma se había bautizado gracias al mote que le puso aquel loco amor de sus años mozos, contaba sus cuitas, que más parecían recetas de cocina que fogosos amoríos pasionales. Contaba que, en víspera de sus 40 años, cansada de un matrimonio añejo, desgastado por los celos y después de haber dejado su tierra natal para seguir al marido hasta la Tierra Del Fuego, había tomado la firme determinación que no seguiría con esa farsa, porque ya bastante había tenido con entregar sus años de juventud y fidelidad a aquel rufián.

    Con solo imaginar que en unos cuantos lustros ya no sería ni joven, ni bella y solo mascullaría su desgracia de no haber roto con aquella relación a tiempo, sin pensarlo dos veces se vio volando directo a Madrid a pasar una temporada con su hermana mayor.

    Aquel viaje fue una bocanada de vida, lejos de aquella cárcel de oro de donde había escapado. Volvía a palpar la sabrosura de hacer lo que le venía en gana, sintió nuevamente que tenía sangre en las venas, que podía amar y ser amada. Por supuesto con aquello le vinieron las ganas de un revolcón.

    Coqueteaba con su acento isleño. La confundían con ser de las Islas Canarias y otros con ser del Caribe. Esto solo le sirvió para sucumbir a un extremeño moruno, de complexión delgada y unos años más joven que ella, y comparado con los 10 años de más que tenía su ex-marido, harían una diferencia de más de 15 años. Además de esta diferencia, el muchacho estaba muy bien dotado, siendo poseedor de un instrumento bélico que me imagino a más de una dejó sin aliento. Mi amiga, que se deleitaba describiéndolo, decía que en su haber nunca había contado con semejante ejemplar tan perfecto, presumía de un color rosado envidiable, sin manchas ni lunares, lo cruzaba una vena fabulosa con unos pequeños afluentes que se perdían en aquel magnífico cuerpo cavernoso y para rematar, apuntaba desafiante con aquella “testa” perfecta, tan rosada como el resto, digna de exhibir en un museo de anatomía.  Ella se volvió a sentir amada. Meses después ya en la convivencia, ella se entretenía aquellas tardes lujuriosas en pintarle labios y ojos, colgarle lacitos y corbatitas al “Sr. Rosado”.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 5/12

    Autora: Larissa Villafuerte

  • ‟Qué más podría serˮ

    ‟Qué más podría serˮ

    Como una fusión entre almas y vientres fecundos, que arremete ante el suplicio de la banalidad, hostigando el asiduo agravio del mundo,
    como bálsamo dulce para restaurar.

    Como fuerza invencible aliviana las cargas, incentiva a avanzar caminando de a dos, agiganta la fe concediendo esperanza, cuál oasis eterno que emana ilusión.

    Como espina en la rosa también guarda una espada,
    que se incrusta con saña suscitando el dolor, y es ahí donde el lienzo su negro resalta, destruyendo el aliento y abrazando el temor.

    A pesar de su escollo sigue siendo sublime, nada habrá que derribe su poder sanador;
    ni un millar de diamantes ni la más noble estirpe igualarle pudiera su infinito valor.

    Entre abrazos que curan y pasiones que hechizan, su calor reconforta más que un rayo de sol. Cuando huye congela cómo témpano recio, 
    moldeando una roca donde había un corazón.

    De la tierra al empíreo posa su magnificencia, manantial que purifica como verdadero Dios;
    su torrente cristalino acrisola los estragos, de la guerra que el olvido con sus garras desató.

    No es la vida suficiente si tu ausencia la ensombrece, necesita tu sustento ésta inerme creación, si aún no entienden de qué hablo y les suena un tanto extraño, les diré que así describo lo que es para mí EL AMOR.

    (C.G)

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 4/12

    Autora: María Cristina Gaviria.

  • Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    ˗¡Eh, así no es! ¡Lo estás haciendo mal!

    ˗Pero qué dices.

    ˗¡Que te estás sentando mal! ¡Que es para el otro lado!

    ˗Oye, cada uno se sienta en su coche imaginario como le da la gana ¿Vale?

    Su hermano siempre fue mucho mejor que él en eso (y en otras muchas cosas). Siempre se las ingeniaba para dar con la frase más ocurrente, para acabar saliéndose con la suya con una sentencia que zanjaba de cuajo cualquier discusión, sin posibilidad ninguna de réplica. Siempre fue así y así lo era ya entonces, cuando contaban apenas con ocho años de edad.

    Como el barrio era, en aquella época, tan tranquilo, seguro y familiar (“es como un pueblo”, aseguraba su madre), los niños tenían permitido recorrer las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto. A la vuelta, se detenían todos los días unos minutos en esas dos piedras situadas a la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de su portal, que a ellos se les asemejaban a un coche. Pero cada uno debía tener un coche muy distinto en su cabeza, pues mientras él se sentaba siempre mirando hacia la farmacia de doña Pura, su hermano lo hacía con vistas a la panadería del señor Juan. Alguna vez habían visto a otros niños en esas mismas piedras jugando a que estaban en el mostrador de algún comercio, una oficina, la taquilla de un cine… así que sí, se confirma que nunca ha habido nada más libre que la imaginación de un niño.

    ˗Venga, siéntate detrás que te llevo a donde quieras.

    ˗No sé. No se me ocurre ningún sitio.

    ˗Cualquier sitio al que quieras ir. Una ciudad. Un país. ¡O un continente! Te sientas detrás y yo te llevo.

    -No lo sé… ¿a Alemania?

    ˗Ay, lo siento. A Alemania no puedo llevarte.

    Cada uno parecía tener también, ya por aquel entonces, su propia y muy personal concepción de las reglas del juego.

    No habría un solo día en el que regresara de visita a casa de sus padres, en años y décadas venideras, y no saliera al menos un par de minutos a la terraza de la cocina para observar cómo esas dos piedras, cada vez más gastadas y consumidas por los rastrojos, seguían aguantando impasibles el paso del tiempo. Le gustaba evocar, a pesar del sabor agridulce, los tiempos en los que él y su hermano recorrían a diario, ida y vuelta, las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto, pero sin separarse ni un solo segundo. “Lo que más me tranquiliza”, repetía una y otra vez su madre, “es saber que estarán siempre juntos, y que siempre se tendrán el uno al otro”. Es posible que el amor que puedan llegar a profesarse dos hermanos como ellos sea difícilmente explicable, tan especial, único e incomparable a cualquier otro amor que se nos ocurra. Lo cierto es que ni siquiera él, que tampoco conoció ningún otro tipo de amor fraternal, se atrevería a confirmarlo. “Estarán siempre juntos y siempre se tendrán el uno al otro”. A él, mucho más maduro y equilibrado que su hermano en el plano emocional desde bien pequeños (en algo le tenía que ganar), nunca dejó de conmoverle ese ideal de su madre de pensar que dos personas, por el simple hecho de haberse hecho compañía desde, literalmente, el momento de su gestación, están predestinadas a permanecer unidas, con un vínculo inquebrantable e irrompible hasta el último de sus días. Siempre fue una mujer buena, y extremadamente inocente.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Esas fueron las últimas palabras que le espetó a su hermano la última vez que se vieron, más de 15 años atrás.

    ˗No me llames más. No quiero volver a verte. No insistas. Lo que les hiciste es imperdonable. Para mí, estás muerto.

    Esa fue la sentencia completa y exacta. Fue también la única vez en toda su vida en la que pudo pronunciar la última frase, la única vez que fue capaz de zanjar una discusión, la única vez que supo dejar a su hermano completamente sin palabras.

    ˗Para mí, estás muerto.

    La frase, no podía ser otra, le ha venido inmediatamente a la mente en cuanto ha atendido esa llamada de teléfono. Él nunca ha creído en las casualidades, así que no le sorprende que le hayan llamado la misma tarde en la que ha vuelto a casa de sus padres, después de meses sin poner un pie en ella, para reunirse con un par de inmobiliarias una vez que por fin se ha decidido a poner la vivienda a la venta.

    La llamada era del Servicio de Guardacostas gallego en Pontevedra.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Las palabras resuenan en su cabeza como un martillo. Casi puede notarlas golpeándole insistentemente las sienes. Se acerca a la cocina a por un vaso de agua, se lo bebe de un trago y sale a la terraza a tiempo de ver cómo dos sufridos obreros han empezado a levantar esa misma mañana un pequeño muro de ladrillos en la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de la puerta del portal. Las dos piedras han desaparecido.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 3/12

    Autor: Rodrigo Martín

    Instagram: @rodrax

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