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El sueño que se convirtió en milagro

El sueño que se convirtió en milagro

Cuando estuve embarazada de mi primer hijo, Mathías, había muchas mamás alrededor de mí que me contaban como habían soñado con sus hijos antes de nacer, y algunas hasta me aseguraban que así se enteraron del sexo de sus hijos, antes de que el médico les dijera. En mi caso no fue así con mí primer hijo, pero con mi segundo fue diferente.

Una noche, embarazada de mis mellizos Amaia y Noah, soñé con un adolescente con ojos claros y cabello rubio, vestido con una camisa a cuadros, esperándome a la puerta de mi cuarto, como diciéndome, “te estoy esperando mamá”. Me desperté y sentí que era él, el varón de mis mellizos. Aún no le habíamos puesto nombre mi esposo y yo, pocos días después decidimos llamarle Noah.

No entendería porque de mis hijos con el único que soñé estando embarazada fue con él, hasta que Noah tendría siete meses de nacido.

Para ese momento su salud se complicó con un virus respiratorio muy fuerte, que nos obligó a hospitalizarle. Al segundo día no mejoraba y cada vez respiraba con mayor dificultad. A la madrugada, muchas enfermeras y la pediatra que estaban de guardia entraron a la habitación, trataban de encontrarle vena a mi bebé para colocarle una vía, él lloraba desconsoladamente, y tuvieron que pincharle varias veces. Recuerdo que a esa hora llamé a su pediatra, para contarle angustiada, que no podía creer lo que estaba pasando y me dijo con voz calmada: “Mary, tienes que dejarles trabajar, confía en que va a estar bien”. Fue trasladado a terapia intensiva esa misma madrugada.

Han pasado casi cuatro años de esa experiencia y aún hoy escribiéndola se me aguan los ojos. No recuerdo con exactitud cuántos días estuvimos allí, creo fueron entre cinco y siete, los más difíciles de mi vida, en los que no me separé de él ni un minuto. No pude bañarme y comí muy poco en esos días, recuerdo la sensación de salir con los pantalones flojos después de una semana en la clínica.

Al principio, allí en terapia intensiva, me preguntaba recurrentemente ¿qué había hecho mal?, ¿qué no vi?, ¿qué hubiese podido hacer para que evitar que mi hijo pasará por eso?, revisaba una y otra vez en mi mente, todo lo que había hecho días atrás, todos los cuidados que le di, las veces que lo llevé al pediatra incluso durante esa semana, las desveladas, todo. No entendía qué había salido mal.

Allí estaba mi bebé de sólo siete meses, en una sala de terapia intensiva. Tenía tanto miedo de que algo le pasara, de que no se recuperara...

En medio de aquella situación, con mi pequeño en mis brazos y conectado a tantos equipos, recordé un pasaje de un libro que leí, de un autor que me ha acompañado toda mi vida, el Dr. Wayne Dyer, titulado “La fuerza del Espíritu”, donde él cuenta que una vez un chico que iba a una de sus conferencias tuvo un accidente muy grave y había caído en coma. Su familia se comunicó con Dyer y le pidieron que fuera a visitarlo.

Así lo hizo y al llegar sintió como la tristeza, la preocupación y la angustia de la familia no estaban ayudando a la recuperación del muchacho. Estas emociones, explicaba, están en una vibración mucho más baja que la salud. Wayne entró a la habitación del muchacho y se mantuvo orando y meditando en paz por un largo rato, y después se retiró. A los pocos días le avisaron que el chico había salido del coma y se encontraba bien.

Recordar esto en ese momento tan duro, me hizo entender que era momento de orar y de que mi estado emocional era clave para lograr que mi hijo sanara. Así lo hice, empecé a orar y a entregar ese momento tan duro a Dios, era momento de conectarme con la fe y no con el miedo.

Sin explicación alguna, allí sola con mi bebé en brazos, recordé que yo había soñado con Noah de adolescente cuando estuve embarazada de él. Para mí fue una revelación y sentí con mucha fuerza que esa era la prueba de que Noah iba a salir de allí con bien, y que superaría esa gran crisis. Entendí en ese momento, casi un año después, que haber soñado con él durante el embarazo no fue casualidad, tuvo un propósito mayor, darme la certeza en ese momento de gran dolor y preocupación, de que iba a vivir con él, de que todo iba a estar bien.

Para mí fue un mensaje claro de Dios, que todo lo sabe, el pasado, el presente y el futuro. Entendí que no tenía sentido sentir culpa, no había ninguna, yo no hubiese podido hacer nada diferente, yo no había hecho nada mal, mi bebé me había escogido a mí como madre, porque sabía que yo tendría la fuerza para atravesar ese mal momento junto a él y acompañarlo en esa etapa que le tocaba vivir.

A él le tocaba pasar por ese duro momento, y tenerme a su lado luchando, manteniéndome fuerte y con fe, consolándole y amándole, era mi papel en ese momento y sería mi papel durante toda mi vida. Entendí que, aunque quisiéramos con toda el alma, no podremos evitar los dolores, experiencias difíciles y problemas a nuestros hijos, pero somos quienes han escogido como madres para acompañarlos, darles fuerza y hacerles sentir amados en cada momento, los felices y los no tanto.

Ese día, admire más que nunca la labor sagrada que tenemos las madres, la capacidad increíble de sacar fuerzas de donde no tenemos, la capacidad de pasar días sin descanso, sin dormir, sin casi probar alimento, solo por nuestros hijos. Pero sobre todo entendí, que estamos en la vida de ellos con una misión más grande que nosotras mismas, que es la de acompañarlos en su propio camino, en su propia misión en esta tierra. Pero no estamos solas, Dios está con nosotras.

Este artículo va dedicado a todas las madres y padres que están pasando por momentos difíciles, tengan la absoluta certeza de que no están solos.

Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 10/12

Autor: Marysol Materán.

www.marysolmateran.com
Instagram @marysolmateran
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6 Comments

  1. Marysol

    Muchas gracias Miguel y todo el equipo de incompanye.com por la publicación de esta historia que tiene un valor extraordinario en mi camino como madre y mujer de fe.

    Un abrazo grande para todos y espero que sea de inspiración y fortaleza para todas las mamás y papás que tengan la oportunidad de leerla.

    ¡Gracias!

    1. admin

      Estimada Silvia.

      De parte de todo el equipo de Incompanyec te damos las gracias por colaborar con este proyecto que fomenta la lectura de calidad.

      Incompanyec

  2. Dagmar Moreno

    Que hermosa historia de amor infinito de una madre y su hijo❤️. Súper conmovedora!

    1. admin

      ¡Amor del bueno Dagmar!

  3. Maricel

    La fortaleza de la madre no tiene comparación, definitivamente hay señales que Dios nos envía para guiarnos en el camino. Es una historia hermosa de fe en Dios. Estoy segura que Noah vino con un propósito de vida para dejar una huella de ayuda a la humanidad.

    1. admin

      Gracias por tu mensaje Maricel. Sin duda Noah nos dará una gran sopresa

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