Categoría: Terror

“Hagas lo que hagas, no te quedes dormido”. Pesadilla en la calle Elm

  • ERDAM ASAM

    ERDAM ASAM

    Durante años, ahora sé que demasiados, esas eran las palabras que veía en el escaparate desde el mostrador de la panadería. A veces, cuando la cola de clientes se destensaba, me quedaba mirándola, contando mentalmente los minutos que me faltaban para salir. Doscientos cuatro. Doscientos tres.

    Cuando entraba otro cliente, yo, automáticamente, me ponía la sonrisa para atenderle.

    – Dígame, ¿tenía reserva?
    – ¿Reservar el pan? ¿dónde cree que estamos?
    – En una panadería en la que el pan se termina muy pronto, señor, y si no tiene reserva es fácil que se quede sin él.
    – ¡Increíble! ¡Tener que reservar el pan! ¿Dónde vamos a llegar?
    – Pues, si me pregunta a mí, llegaremos a un mundo ideal en el que las panaderías no engañen a sus clientes con productos falsos, pero quizás sea yo muy ilusa.
    – Usted, lo que es, es una maleducada.
    – ¡Siguiente!


    La rutina diaria, recalcada a fuego por mi jefe, incluía episodios de maltrato emocional reverso: del empleado al cliente. Nuestro lema interno era ‘el cliente nunca tiene la razón y, si la tiene, no se le da’.

    Al jefe le fue bien con eso durante unos años, pero se le empezó a ver el plumero cuando Agustín, el vecino del primero derecha, justo encima de la panadería, el que se parecía a Einstein y estaba harto del olor que subía por el hueco del patio, según decía, se empeñó en registrar minuciosamente cada horario de entrada y salida, cada visita de proveedores, cada conversación en tono más alto de lo normal, cada reseña negativa en Google, cada visita del personal de desinsectación.

    La verdad es que teníamos todas las papeletas para acabar como acabamos: en el paro, unos, y en chirona, el hijo de puta del jefe.

    El muy cabrón lo tenía todo pensado, pero se le torció el invento. Cacareaba desde el día uno que hacía pan con masa madre, que no usaba levadura ni aditivos, que fermentaba no sé cuántas horas, pero la verdad es que la mayoría del pan lo compraba congelado y, lo que no, lo hacía como le daba la gana, que no era como decía. Eso no era todo, y ahora que ha pasado el tiempo suficiente para dejar que esos recuerdos se diluyan, por fin, puedo confesar en alto la verdad: ese tipo era un sicópata de manual. Un manipulador de libro. Un enfermo peligroso. Un asesino, qué coño.

    Así que, en realidad, me alegro de que todo terminara, y de cómo terminó. Me alegro de que Agustín, embriagado de olor a pan recién horneado, llamara al Ministerio de Sanidad y nos enviaran a aquel inspector, al que pude deslizarle una nota en la que había escrito ‘mire en el sótano, al fondo, bajo las cajas de mejorante’.

    Allí es donde el cabrón enterraba los huesos de los panaderos que se atrevían a amenazarle con contar sus tejemanejes. Habría por lo menos ocho, incluida la cubana que le volvía loco, pero no le hacía ni caso. Normal.

    Los panaderos tienen ese no sé qué de ser gente maja. Trabajadora y maja. Gente buena. Yo aún no sé por qué es así; tal vez porque tenéis el pan en un pedestal gastronómico, a pesar de que la mayoría del pan que compráis por ahí es una mierda. O quizás porque pensáis que para amasar de madrugada hay que estar hecho de una pasta especial. No sé. Sí sé que ese cabrón nos lo hizo pasar muy mal, y que, de cara a la galería, parapetado tras aquella sonrisa blanda y aquella vocecita suave que ponía para encandilar a la gente, nadie se imaginaba el horror que era aquel obrador. Qué listo era el hijoputa. Cómo nos conocía. Cómo sabía qué teclas tocar para que, sin darnos cuenta ni nosotros mismos, como putas marionetas colgadas de sus hilos, nos peleáramos, desconfiáramos, habláramos mal unos de otros. Para él éramos como un juego de soldaditos que movía a su antojo para librar sus batallas, en las que siempre perdíamos.

    A veces me pregunto qué sacaba él de todo aquello. Qué beneficio podía reportarle estar todo el santo día maquinando perrerías. Todo el santo día vigilándote. Todo el santo día rebuscando en tu facebook y en tuiter, a ver qué podía sacar para utilizar contra ti. Usando verdades y mentiras, medias verdades y medias mentiras, para construir su historia de terror, en la que todos éramos, sin saberlo, protagonistas.

    Al final, una pequeña chorrada acabó con todo. Como con Al Capone. Ya ves, un vecino harto del olor a pan.

    Hoy, liberada ya incluso hasta del rencor, he podido alquilar ese mismo local , Agustín se terminó mudando y voy a poner la panadería que siempre soñé. Y en el escaparate pondrá, pero ahora será verdad, MASA MADRE.

    [Basado en una historia real]

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 12/12.

    Autor: Javier Marca.

    Instagram: @panic_madrid

  • La otra

    La otra

    ¡Para! Por favor, ¡para! ¡Estoy muy asustada! ¡Detente! 

    ¿Qué me está pasando? Todo está oscuro. Hace frío y yo, tiemblo. Tengo miedo. No quiero que esta vez sea más fuerte que yo. -Soy fuerte y siempre la he vencido- pienso, para intentar tranquilizarme. Es inútil. Cada vez es peor. Cada minuto que pasa ella crece y se hace más fuerte. Y yo más débil. Tiemblo y me estremezco ¡Para por favor! Es inútil. Sigue acercándose más y me intimida mucho. Cuando ya está lo suficientemente cerca, suelta una risa burlona como diciendo: “Te gané esta vez”. No se va a detener. Estoy sola. No puedo llorar y menos gritar. Sé que debo luchar, y ganar. Pero ¿cómo hacerlo? Apenas puedo distinguir una imagen muy distorsionada de mi agresora. Se parece a mí. Un poco. Bueno, bastante en realidad. Pero no tiene sentido. Nada tiene sentido. ¡Ayuda! Mi cabeza sólo sigue dando vueltas y cada vez estoy más mareada. Y ahí viene, otra tanda de golpes. ¡Para por favor! Duele, duele mucho. Y no sé cómo defenderme. Sólo llegan, uno tras otro. Me lastiman, me debilitan y consumen. ¡Detente! Ya no más.   

    Y se detuvo. Pero me ganó.  

    Por primera vez, este ser tan distorsionado, me venció.  

    (20 minutos después) 

    Llego a emergencias, un poco perdida y confundida todavía. La sangre ya paró de correr, pero aún me duele mucho. Aunque en realidad, me duele más haber perdido esa batalla contra mi peor enemiga.  

    Me reciben dos enfermeras y enseguida toman mis signos vitales. Aparentemente, todo está bien. Aparentemente. La presión, la saturación y la temperatura están controladas. Ahora, me llevan a una camilla para revisar mi herida. No es profunda. Eso creen. Bastará un par de puntos para curarla. Eso dicen.  

    Pero lo cierto es que la herida es mucho más profunda de lo que ellas imaginan. Me rompí la cabeza fruto de un ataque de ansiedad. ¿Bastarán un par de puntos para curar la herida? En teoría, sí. Pero no habrá nada que cure todo lo que siento. Estoy dolida, enojada, pero más que nada, muy asustada. Es más, creo que sigo temblando. Tiemblo sólo al recordar lo que tuve que vivir… ¿Mi agresora? Era yo. Bueno, no precisamente yo, sino una versión algo alterada de mí. Es como una sombra, o una bruja que nunca se va y hace que mi mundo, mi pequeño e inestable mundo, se vuelva oscuro y confuso ¿Cómo lo hace? Obstruye cualquier rayo de luz, de ilusión. Distorsiona mi espejo, mis notas y mis relaciones. Sólo quiere lo peor para mí. ¡Qué tonta! ¿Cómo dejé que me gané? Debí resistir más. Debí temerla menos. Debí ser más fuerte. ¿Los golpes? No eran reales. Eran mis pensamientos. Ella logró entrar en mi cabeza, dominarla y clavar cada pensamiento donde más me afectaba. Unos, rompían mi corazón; otros, disolvían mis ilusiones, y otros cuantos, destrozaban mis sueños.  Cada uno más fuerte que otro, al punto que se sentía como una verdadera paliza. Dolía, de verdad dolía.  

    Me aterra recordar lo que viví hace una hora, lo que estoy viviendo ahorita y lo que podría pasar si esto se repite. Me asusta perder el control y, sobre todo, en este momento, lo que más me espanta es ser yo…  

    Son las dos de la madrugada y hasta que la doctora de turno llegue, las enfermeras me preguntan cosas para descubrir la causa del desmayo que provocó el golpe, que provocó la herida… ¿Comiste bien? ¿Si duermes 8 horas diarias? ¿Te va bien en la universidad? ¿Tienes algún problema?  Cómo si fuera fácil responder esas últimas preguntas… ¿Qué si tengo algún problema? Tengo muchos. Pero no quiero pensar en eso. No otra vez. No quiero volver a perder. A perderme. Estoy tan agotada. Solo quiero que me curen la herida para volver rápido a mi casa. Tengo tanto que solucionar. Y no tengo tiempo… Ni siquiera sé por dónde comenzar a arreglar todo… ¿Y si no avanzo? ¿Y si todo sale mal? ¿Y si…? Otra vez está pasando. Los golpes. Los pensamientos. Para, por favor, ¡para! 

    Una de tantas historias incompletas de terror. Historia 11/12.

    Autora: Milena Espoz

  • Amanda

    Amanda

    «Amanda…» La puerta se abrió como en cámara lenta, dejando asomar una luz azul que refulgía iluminando el pequeño sótano. Quedaron al descubierto decenas de cráneos humanos, todos con una particularidad en común: sus ojos no habían desaparecido, permanecían intactos y abiertos, con el brillo fresco y las pupilas dilatadas. El olor a muerte se mezclaba con el lodo que emanaba del suelo resbaladizo. Lola seguía pensando que allí encontraría las respuestas a la desaparición de su hija. Aunque ya hubieran pasado diez años, algo revelaría el misterio de esa nefasta noche de octubre, por lo menos eso creía.  

    Era la décima vez que visitaba el sótano clandestino del bosque, y lo iba a continuar haciendo año tras año, en la misma fecha, hasta hallar lo que quería. Esa noche tenía algo especial, Amanda cumpliría quince años. Sus amigas preparaban sus fiestas, dejando en el olvido esa macabra luna llena, que parecía haberse llevado a la inocente niña envuelta en su velo plateado. Lola se quedaba toda la noche contemplando los cráneos, observando minuciosamente los ojos, esperando encontrar los de su hija. Ese ritual se repetía una vez cada año, hasta que al amanecer abandonaba el bosque sumida en la más profunda desolación, teniendo que irse de nuevo a casa con las manos vacías.  

    Se acercaba la hora del crepúsculo, cuándo uno de los cráneos se partió en dos, una de las mitades dejó desprender su ojo derecho y una voz, que nunca antes había escuchado, le susurraba al oído el nombre de su pequeña. El ojo yacía en el suelo, y comenzó a rodar de un lado a otro mientras la voz repetía sin parar: «Amandaaaaaaa…» Lola miraba perturbada por todos los rincones, su corazón saltaba apresurado entre el terror y el desconcierto. De pronto, el ojo se detuvo y se formó un círculo rojo; se arrodilló y pudo percibir que la voz parecía salir de allí. Así que separó el lodo con sus manos y halló una tapa de hierro que se asemejaba a una puerta. Aunque trató de abrirla no pudo, así que sacó la varilla de hierro que atravesaba la puerta de entrada al socavón y después de varios intentos logró abrir el misterioso pasadizo.  

    Un aire álgido subió a la superficie y un olor putrefacto se extendió en el lugar. Lola asomó su cabeza y se desplomó al vacío halada por una fuerza extraña. Una vez abrió los ojos, se encontró frente a un cuerpo sentado que le daba la espalda, al parecer era una joven, de cabello rizado marrón y un vestido largo color rosa. La voz dejó de pronunciar el nombre de Amanda y empezó a llamarla «Mamá». Lola se acercó al espectro a paso lento y le dijo: “¿Mi niña, eres tú?” De inmediato, el fantasma se dio la vuelta y el sobresalto fue inevitable. Era el rostro desfigurado de una jovencita, tenía los ojos rojos y sangrantes, los labios rotos y una mano negra extendida empuñando un papel blanco. Lola aterrorizada se acercó y le arrebató el papel, fijó su linterna para ver que decía y un grito de dolor le traspasó las entrañas. Cuando terminó de leer, el espíritu había desaparecido y ella regresó a su casa, prometiendo nunca más regresar al sótano.  

    En casa releía una y otra vez la carta: «Mamá, me asesinaron cuándo tenía cinco años, pero antes, el hombre malo me violó, al igual que a todas las niñas que estamos aquí. No te dejé saber antes esto porque guardé nuestro encuentro para un día especial. Hoy son mis quince años. Te pido que no regreses aquí, porque así yo podré volar y estar en paz. Te amo mamá, no me obligues a bailar el vals con papá… el hombre malo». 

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 10/12.

    Autora: Cristina Gaviria

  • La casa azul

    La casa azul

    Nada de lo siguiente es ficción. Solo son los recuerdos de estos últimos años. 

    Mi hijo estaría por cumplir los 3 años cuando comenzaron a suceder los “acontecimientos”. Todavía recuerdo la primera vez que pasó. Mi esposa y yo estábamos jugando en la sala con él. Desde pequeño nos decía “mama” y “papa”, con acento en las primeras sílabas, cuando se referiría a nosotros. Esa tarde, sentados alrededor de carritos, trencitos y figuritas, nos dijo, ustedes no son mis papis. Tú eres mi papa, pero no mi papi.  

    Nosotros vivimos en una ciudad pequeña en el oeste medio de los Estados Unidos. Un pueblo semirrural donde todavía se pueden visitar granjas lecheras dentro del perímetro residencial. Nuestra casa, en ese entonces, era casi nueva, apenas tenía unos años de haber sido construida. Nunca conocimos a los residentes anteriores. Después de esa tarde de juegos, ese incidente no se volvió a repetir hasta la semana siguiente. Mi esposa y yo trabajamos tiempo completo, pero era yo quien lo recogía de la guardería después de la jornada laboral. “¿Cómo te fue mi amor?”, le pregunté. Me dijo, “bien papa, hoy vino mi mami a visitarme”. Asombrado, nuestros trabajos están lejos de ahí, le cuestioné: “¿tu mamá vino a la guardería?”, a lo que me contestó: “No papa, no mi mama, sino mi mami. Me dijo que otro día vendría con mi papi y jugarían más tiempo conmigo, hasta, tal vez, me llevarán a mi casa azul”. Esa noche, cuando llegó mi esposa a la casa, le conté lo que había dicho el gordo esa tarde. Los dos pensamos que, tal vez, fuera un recuerdo de otra vida.  

    Conforme pasaron los días, nuestro hijo de casi 3 años o, tal vez, ya tendría más de 3 para ese entonces, nos dio más detalles de su vida pasada. Nos dijo que vivía en una casa azul con blanco, que tenía dos hermanos (en realidad tiene 3 hermanas) y que había fallecido en un accidente de carro. Cuando entró a al preescolar, la profesora nos cuestionó en una de las reuniones de padres de familia acerca de sus “hermanos”, y le aclaramos que solo tiene hermanas, pero una imaginación enorme. Entonces comenzaron a suceder “eventos” más extraños en casa.  

    Una noche, mientras mirábamos la televisión, sentados en la sala, nuestro hijo nos tapó la boca y en su carita se podía ver el miedo, sus ojos grandes sin parpadear y su respiración agitada. Le quité su mano de mi boca y le reclamé algo molesto: “¿qué te pasa?” Nuevamente me tapó la boca y nos susurró: “ssshhh. ¿Escuchan?” Entonces bajé el volumen del televisor hasta el cero. Pero nada. Luego en tono de súplica pidió, “no hablen”.  

    Este evento se volvió a repetir en una noche posterior, pero esta vez mi esposa sí se asustó. Le dijo, “papi me asustas”. A lo que nuestro hijo me miró fijamente, con sus manos en nuestras bocas y suplicó nuevamente: “Papa no abras la puerta. Hay alguien afuera, quiere entrar. pero no lo dejes papa”. A lo que algo molesto levanté la voz, afuera no hay nadie. Me paré, fui hacia la puerta y la abrí. En lo negro de la noche, en la soledad de la entrada, el viento frío del otoño sacudía las hojas del árbol del frente. Sin embargo, ninguna figura humana o animal, o creatura de otro mundo estaba ahí afuera esa noche. “Mira amor, no hay nadie afuera”. Nuestro hijo seguía con sus manitas sobre su cara, cerrando sus ojos para no ver el vacío de la entrada.  

    Cabe aclarar que duerme como un oso y en su cuarto, solo. No se despierta con pesadillas ni tampoco tiene miedo a otras situaciones, como entrar a un cuarto oscuro o quedarse solo en su cuarto por tiempos. Es a veces, de vez en cuando, que de un momento a otro reacciona con pavor. Como una noche que mi esposa se encontraba fuera, y a la hora de ponerlo a dormir, me preguntó si esta era nuestra casa. “Claro que lo es”, le recordé extrañado. “Pues una niña que viene a veces, me dice que no. Que es la casa de ellos”. Y cuando iba a salir de su habitación, nuevamente vi su cara de miedo, sus ojos redondos y su respiración intranquila. “Papa no salgas, un hombre malo está afuera y nos quiere hacer daño”. Abrí la puerta de su cuarto y, en efecto, no había nadie. Estas experiencias “inusuales” fueron pasando con menos frecuencia. A veces en el carro comprando comida, a veces en la casa o a veces en la escuela. Pero mientras seguía creciendo, estas “imaginaciones” se fueron desvaneciendo.  

    Ahora tiene casi 9 años y esas situaciones ya son parte del pasado. Ahora le encanta ver las películas de fantasía y de magia. Es más, recientemente fui a revisarlo en su cuarto porque se encontraba viendo una película de un mago adolescente que estudiaba en un castillo. Hace años que yo no volvía a pensar en esos episodios. “¿Como esta la película, gordo?”, le dije.  “Ssshhh papa, no interrumpas”, me recriminó. “Ooooook”. Me salí de su cuarto. Entonces, recordé que también debía darle agua a su mascota, que vive en una jaula en su cuarto, y me regresé a medio camino. Antes de la entrada de su cuarto, en el pasillo, algo me paró en seco. Una voz extraña, de una niña pequeña venía de adentro. “Te dije que tu papa iba a subir”. Él le respondió tranquilamente: “Sí, pero ya se fue”.  

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 9/12.

    Autor: David Carrillo

    La habitación, mi hijo y su «amiga»…

  • Travesura

    Travesura

    Cuando era niña, mis cumpleaños eran especiales y esperados como es normal a esa edad. Sin embargo, los míos tenían un toque diferente por parte de mi padre. Cuando estaba navegando por trabajo, el día de mi cumpleaños me llegaba un telegrama. Un señor tocaba el timbre, preguntaba por mí y me entregaba un sobre con un mensaje, la emoción que sentía al recibirlo era inmensa.

    Cuando le tocaba estar en casa, todo el barrio se enteraba que era mi cumpleaños. A primera hora de la mañana, ponía a todo volumen el disco de Las Mañanitas, subía cantando escandalosamente y entraba a mi cuarto con mi madre y hermanos. Para ser exactos, entraban como estampida y armaban un bochinche.

    Una noche, me acosté a dormir con mucha emoción. ¡Al siguiente día cumplía 13 años! Mi padre estaba en casa, así que de seguro habría escándalo al amanecer, y gritos de “¡Viva la cumpleañera!” durante todo el día; ni qué decir del pastel y demás golosinas…

    En algún momento de la madrugada, no sé por qué, abrí los ojos. La noche estaba muy clara y podía ver mi cuarto entero, pues el ochenta por ciento de una de las paredes era ventana; Iba a cerrarlos de nuevo, cuando escuché un ruido extraño. Era la cerradura de mi puerta. Regresé a ver con ojos adormecidos y me quedé petrificada.

    Una mujer de mediana estatura y contextura gruesa, estaba parada frente a mi puerta cerrada. Su cabeza estaba dirigida a la cerradura y sus manos la sostenían; estaba muy concentrada y a la vez, el movimiento de su cuerpo me hacía pensar que estaba riendo entre dientes. Llevaba puesto un saco blanco de manga larga y una falda negra; su cabello era negro y tenía una impecable trenza que le llegaba a la cintura.

    Mi corazón empezó a latir fuertemente y no podía moverme. Varias cosas pasaron por mi mente, como que mi única vía de escape estaba bloqueada, o probablemente estaba soñando. No sabía si lo que veía era real, pero de algo estaba segura: Si gritaba, me movía bruscamente, o me levantaba de la cama, ella podría girar su cabeza y mostrarme su rostro.

    Así que tomé lentamente las cobijas y me tapé la cabeza, cerré los ojos y empecé a imaginar que estaba paseando en medio de un hermoso bosque a plena luz del día. No los volví a abrir y no sé a qué hora me habré quedado dormida.

    A la mañana siguiente, unos estruendosos golpes en mi puerta me despertaron. Mientras sonaban Las Mañanitas de fondo, mi padre me decía que abra la puerta. Él no podía creer y le decepcionó un poco, que yo haya puesto seguro y arruinara su tradicional serenata.

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 8/12.

    Autora: María José Montalvo

  • El terror de verdad

    El terror de verdad

    Las películas de terror y yo siempre nos hemos llevado bien. Yo organizaba reuniones con mis amigas, noche de pelis, pelis de terror… con luz apagada y canguil, todas juntas y a veces asustadas de nuestros propios gritos. ¡Gracioso! En las películas especialmente miedosas, iban mis amigas saliendo de una en una a conversar con alguien de mi familia, huyendo del terror. Yo, llena de emoción y adrenalina, miraba todas las películas hasta el final. Dejar la película a medias era impensable, algo que iba contra mi valentía, contra mis principios. Cada vez iban mejorando los efectos, y así, creando más y más cosquilleo. Una parte divertida y excitante de mis días, hasta el momento en que me convertí en mamá.

    Creo que, al momento de dar a luz, se dañó el botón aquel que me dejaba ver las películas sin mezclarlas con mis sueños. Esas películas de terror se volvieron parte de mis peores pesadillas, pesadillas relacionadas con mi familia, con mis hijos.  Garantizado, las peores de todas. Así, fui dejando de lado el cine de terror. Seguía viendo todo tipo de películas, pero las de terror quedaban fuera.

    Hace un par de años, cuando aún no habían nacido mis dos últimos pequeñitos, se les ocurrió a mis primeras dos hijas, Sienna y Victoria, -en aquel entonces de cinco y tres añitos- jugar a las escondidas. Un maravilloso y divertido juego que fomenta la creatividad y la atención. Lo jugábamos a menudo. Algunos escondites eran buenos y otros… en fin, tenía que hacerme la ciega y seguir buscando con una gran sonrisa en el corazón, pretendiendo no escuchar las risitas nerviosas que venían de los sitios más obvios.

    En esa ocasión fue diferente, Victoria no aparecía. Sienna me ayudó a buscar… detrás de cada sofá, atrás de las puertas, debajo de las camas, dentro de los roperos, en el baño, en la cocina, en su cama “¿quizás se quedó dormida?”, pensé.  “Victoooooriaaaaaa, dónde estáaaaas,  ya saaaaleeeee, se acabó el jueeeegooo”… NADA, ninguna respuesta. “Hmmm, adentro de la lavadora de ropa no está.  “Quizá se habrá escondido en el jardín”, decía en voz alta.  “Victoooriaaa”, mi voz ya más nerviosa y afligida. En eso salieron mis vecinos, personas maravillosas que se ofrecieron a ayudarme en la búsqueda. Martín salió en su bicicleta a hacer rondas por la cuadra… Mi vecina y yo hicimos otra ronda dentro de casa, vuelta a revisar todos los cuartos, todos los escondites, los posibles y los impensables. NADA.

    “Voy a revisar en el riachuelo, ya vengo” le digo a Claudia, mi vecina. Ella se queda con los niños y mantiene guardia en mi casa por si la niña vuelve. Camino al riachuelo con paso acelerado y con el corazón explotando. Millones de pensamientos con las escenas más terribles pasaban por mi mente, como en la peor película de terror que se pueda uno imaginar… ahogo, robo, muerte… ¡qué horror! Llamo a mi esposo a contarle lo que pasa, a ver dónde está, para ver si llega pronto para ayudar en la búsqueda. Él, con un silencio vacío, muerto de miedo y empezado a llorar, me dice que llega en poco y que se va a poner a rezar, pues más no puede hacer mientras está sentado en el metro, camino a casa.  Cierro el teléfono, y llego al riachuelo… mis manos heladas y mi mente paralizada. Busco, pero sin éxito. NADA. Vuelvo a casa, pero no había señas de Victoria. Martín da vueltas cada vez más extensas y yo vuelvo al riachuelo, quizá no vi bien. “Ahora ve con más cuidado, pon toda tu atención” me ordeno a mí misma. Rio arriba y luego rio abajo, NADA.

    Vuelvo a casa corriendo y veo a Victoria parada al lado de Sienna, tomándole la mano a la vecina. “Estaba super escondida en la sala, dentro de un mueble atrás del sofá… salió ella sola”, me dice Claudia. ¡Qué alivio! La abracé con todas mis fuerzas, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón aliviado, como si se hubiese bajado el elefante sentado en mi espalda y derretido el hielo en mi alma.  La miré a sus profundos ojos miel y le dije: “Sabes que te quiero con todo mi corazón, y que siempre voy a cuidarte… lo sabes, ¿verdad?”.

    Una de tantas historias sobre terror. Historia 7/12.

    Autora: Florencia Montenegro

  • El candil y la lata

    El candil y la lata

    • Ya estoy en casa.
    • Ya estoy en casa.

    Como era de esperar, nadie, salvo el eco sordo en su cabeza, contestó al susurro de Ismael. Tras cerrar sigilosamente la puerta de entrada, se aseguró de atrancarla bien por dentro.

    Acostumbrado a moverse con agilidad en la penumbra, localizó y encendió el pequeño candil de aceite que le esperaba en la destartalada mesa del recibidor. En otro tiempo, aquel mueble habría sido del estilo con el que decoraba su casa. Claro, en otro tiempo muy, muy lejano…

    La lánguida y temblorosa sombra de Ismael, se desplazaba silenciosa por el angosto pasillo parpadeando, como hacía la pequeña llama tras el cristal del candil. Un par de metros antes de llegar a la acristalada puerta del salón, dejó en el suelo la mochila que colgaba de su famélico hombro, bajando a continuación la intensidad de la llama hasta hacerla casi imperceptible, volvió a coger la mochila, y se acercó a la puerta del salón, abriéndola cuidadosa y lentamente. Pese a la impenetrable oscuridad que el candil sólo acertaba a arañar tenuemente, el podía ver con nitidez. La oscuridad y el silencio eran dos de las constantes que regían su existencia, y aquello era algo que no le desagradaba y a lo que estaba perfectamente adaptado. La soledad y el miedo, también dominaban su extraño mundo, pero él se movía con destreza, pese a las dificultades por las que pasaba su día a día.

    Ya dentro del salón, se agazapó tras el respaldo del raído sofá que se apostaba en el centro de la estancia. Abrió la mochila y sacó un par de latas de conserva y un bote de cristal vacío. Abrió la primera lata, vaciando su contenido en el recipiente. Los pequeños  granos de maíz fueron cayendo con rapidez, hasta que apenas quedaba un puñado de ellos, momento en el que estos empezaron a caer perezosa y lentamente. Introdujo entonces su dedo en la lata, rebañando hasta el último de ellos y el dulce jarabe que se conformaba en el fondo al enlatarlos. Aquel sabor le supo como el mejor de los manjares. A continuación, cerro el bote de cristal con el maíz, volviendo a guardarlo en la mochila. Después, abrió la segunda lata. Una a una, y con la calma que requería la operación, sacó las sardinas del “ataúd” metálico que las contenía, apurando hasta la última gota del valioso aceite que las conservaba. Ese momento de modesto placer, nada ni nadie podía arrebatárselo.

    Con el estómago falsamente lleno, saboreó esos precisos momentos de calma de sobremesa y, durante unos segundos, y con los ojos entreabiertos, observó frente a sí conformarse la difusa forma del marco de un cuadro que presidía el salón. Una versión de “La última cena” de Da Vinci, en la que un grupo de monos encarnaban a Jesús y a los distintos apóstoles. Una imagen tan poco apropiada (dada su situación) como hortera y blasfema, más aún en esos momentos en los que todavía saboreaba el pastoso sabor de la última de las sardinas. “No entiendo por qué cojones no he descolgado esa mierda todavía…”, pensó para sí observando con detenimiento el cuadro.

    Apagó la luz del candil y el sopor le invadió, sumiéndole en un ligero, pero quebradizo sueño. Encendió la luz azulada de su arañado reloj de pulsera y miró la hora, tras lo que estiró sus brazos tratando de desperezarse. Apenas habían pasado veinte minutos desde que terminó su cena. Se levantó, dirigiéndose a la ventana, tras la que la noche caía a plomo sobre las calles del pequeño pueblo en el que llevaba varios días subsistiendo. Tras esa ventana, la soledad y oscuridad más infinita, empapaba todo lo que le rodeaba, convirtiéndole en la brillante estrella de su propio sistema solar. Más allá de él y su famélico cuerpo, un insondable y aún más oscuro universo en el que él parecía ser lo único que se interponía entre el caos y la nada más absoluta. Alzó la cabeza contemplando la luna, que se asomaba a través de las nubes, del mismo modo que él hacía tras la pesada cortina del salón. A los pies del edificio varias tiendas de lúgubre apariencia y con el aspecto de llevar años cerradas conformaban un paisaje tétrico y fantasmal.

    Ismael, en aquel lugar no dejaba de ser una más de las sombras que deambulaban por esas calles que, mucho tiempo atrás, debieron estar llenas de vida. Ensimismado en sus pensamientos, no reparó en algo que parecía moverse en la oscuridad de las mismas, amparándose en los derruidos muros de las distintas casas que había a uno y otro lado de la calle para ocultarse de la tímida luz que la luna reflejaba. Instantes después, reparó en otro bulto oscuro que repetía los movimientos del primero. Después, un tercero y un cuarto, siguieron a los primeros. A continuación, varios más comenzaron a moverse por distintos lugares de la ruinosa calle. Sin duda, le habían encontrado. Sólo entonces, Ismael, suspiró de alivio. Tanto tiempo escondido entre las sombras, le habían llevado a olvidar la sensación del cazador que acecha a su presa y su verdadera naturaleza, de la que intentaba huir. Una maquiavélica sonrisa se dibujó en su rostro, al sentir crujir dentro de él cada uno de sus huesos cuando comenzó a transformarse. Giró la cabeza en dirección al cuadro, que ahora podía ver con total nitidez y pensó: “Después de todo, quizá aún no he disfrutado aún de mi última cena…” Ismael, casi podía sentir la carne fresca deshaciéndose en su boca…

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 6/12.

    Autores: Manel y Pako.

    https://books.google.es/books/about/Watch_entre_el_cemento_y_el_pasto.html?id=ODlEDwAAQBAJ&redir_esc=y

    https://www.youtube.com/channel/UCVC03nyLtJ4u4bQ9VnCRPSQ?app=desktop

  • Una idea brillante

    Una idea brillante

    -¿Te atreves con una historia de terror para dentro de 20 días?

    -¿Terror? No sé, tío. Nunca he escrito terror antes.

    -Si alguien puede, ese eres tú.

    Era cierto. Nunca antes había escrito nada de terror. Pero no era menos cierto que siempre he agradecido un buen reto a la hora de sentarme a escribir. Aunque si algo he agradecido toda mi vida, por encima de cualquier cosa, han sido los halagos. Ya había escrito antes algunos relatos para su web y la verdad es que habían funcionado bien. Muy bien. Así que me hice de rogar un poquito más, lo justo, y acepté.

    Estaba convencido de que, como siempre, no tardaría en dar con una buena idea, pero admito que no esperaba que fuera esa misma noche. Y la idea no sólo era buena. Era una idea brillante. Me asaltó cuando estaba a punto de meterme en la cama, así que tomé unas pocas notas en un papel y me acosté, decidido a empezar a escribir en cuanto me levantara. Con un poquito de suerte, podría entregarle el relato con 19 días de antelación. Esa noche, al final, apenas pegué ojo, dándole vueltas y más vueltas a esa idea que cada vez se me antojaba más prometedora.

    Cuando me senté delante del ordenador, después del primer café de la mañana, empecé a teclear como un loco y enseguida supe que aquel relato no sólo iba a ser bueno. Probablemente sería lo mejor que había escrito nunca. Tenía una limitación de mil palabras, esas eran las condiciones de la web, pero ese día dejé que la inspiración fluyera libremente. Ya tendría tiempo de ajustarlo.

    Me pasé el resto del día releyendo, acortando, reescribiendo y retocando el borrador inicial. Estaba bien, pero la idea era tan magnífica que el resultado final tenía que ser perfecto. Hasta la última coma. No hice otra cosa ese día. Ni al día siguiente. Ni el siguiente. Ni esa semana. Sabía que había otros encargos que estaba descuidando, pero esos me ilusionaban y me exigían muchísimo menos, así que ya tendría tiempo de volver a ellos cuando fuera. No me preocupaba. ¿Cuándo le había fallado yo a alguien?

    No sé cuántos días faltaban para la fecha de entrega cuando mi amigo volvió a llamarme:

    -¿Cómo llevas lo del relato?

    -Muy bien. Mejor que muy bien. He tenido una idea brillante y me está llevando más tiempo del que imaginaba, pero estará terminado a tiempo.

    -Genial. Sabía que podía confiar en ti.

    Y volví a la tarea. El relato ya había pasado entonces a ocupar cada hora de mi existencia. Sus personajes, con los que ya me había acostumbrado a convivir durante el día, empezaron a visitarme también por las noches. Teníamos largas discusiones sobre sus motivaciones, el por qué de sus actos, lo confesable y lo inconfesable, y pronto surgieron la primeras discrepancias. Sólo había una cosa en la que estábamos de acuerdo: el relato tenía que ser soberbio de principio a fin. Ellos no se merecían menos y yo no podía conformarme tampoco con menos.

    Cuando se fue acercando la fecha límite, mi amigo empezó a llamarme con más insistencia. No le cogí el teléfono, pues llegado a ese punto hasta eso me suponía una distracción la mar de fastidiosa. Intentó contactar conmigo por WhatsApp, y se puso tan pesado que acabé bloqueándole. Ya volvería a tener noticias mías cuando le entregara el relato, y estaría tan fascinado que cualquier mal rollo que pudiera haber entre nosotros se olvidaría rápido.

    Mientras, por mi parte y lejos de desanimarme o darme por vencido, cada día que pasaba estaba más motivado y entusiasmado con el mundo que había creado. Bueno, con el mundo que yo y ellos, mis queridísimos personajes, habíamos creado. Juntos. Pero no era fácil. Las discusiones entre nosotros eran cada vez más intensas y acaloradas, y las discrepancias fueron dando paso a las rencillas. El anciano de la cara quemada y la señora que sólo se comunicaba por señas, qué cosas, eran los que tendían a montar más alboroto y a debatir con mayor vehemencia, pero nada podía igualarse con la autoridad y el respeto que imponían el niño pálido de los tres dientes y su peluche descabezado. Si alguna vez fue un oso o un conejo, nunca llegamos a averiguarlo.

    Con el tiempo, me vi obligado a bloquear e ignorar a todo el mundo de mi entorno. Clientes, amigos, familia, en aquel momento ya era incapaz de verles nada más que como un obstáculo, un estorbo en mi vida. Perdón, en nuestras vidas. Y era consciente de que la fecha de entrega había expirado hacía mucho tiempo, pero sabía que una vez entregara mi relato no importaría lo más mínimo y le reservarían un lugar privilegiado en la web.

    Mentiría si dijera que no hubo momentos de dudas. Y momentos de confusión, en los que llegué a pensar que había pasado a vivir dentro de mi propio relato, y que ya nada ni nadie existía fuera de él. Se me ocurrió, incluso, que ni siquiera era mi relato y que yo mismo era una mera creación dentro de aquél mundo, que antes yo no era nada. ¿Y toda mi vida anterior? ¿Todo aquello había sucedido? ¿Eran recuerdos reales, o los simples caprichos argumentales de algún creador superior?

    Todo llegó a su fin un día, de forma inesperada. Para mí y para todos. Ya está. Lo tenía. Estaba terminado. Y hubo un consenso abrumador en que era rematadamente perfecto.

    Llamé a mi amigo. Tardó en cogerlo. Tuve que insistir. Normal. Pero acabó contestando.

    -¡Lo tengo, tío! ¡El relato! ¡Lo he acabado!

    -Perdona, ¿quién eres?

    -Soy yo. ¡Rodrigo! Tengo el relato de terror que me pediste, y déjame que te diga que…

    -¿Rodrigo? ¿Me estás hablando en serio?

    -Sí, tío, tengo el relato y te juro que…

    -¿El relato? No lo puedo creer… ¿El relato que te pedí HACE NUEVE AÑOS? Hazme un favor. No vuelvas a llamarme. Nunca. Maldito chiflado.

    Y me colgó.

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 5/12.

    Autor: Rodrigo Martín.

  • Jonathan Sanders

    Jonathan Sanders

    Buenas tardes, soy el Teniente Coronel Charles Moore, Director de Policía de Los Ángeles. Este es el primer interrogatorio sobre el asesinato de Jonathan Robert Yiannis Williams.

    Antes de comenzar me permito recordarle que todo será grabado a través de esta cámara de vídeo y por medio de este micrófono.

    Por favor, ¿puede indicarnos qué pasó la noche del 28 de octubre del 2019 en la vivienda ubicada en 13534 de Bali Way, suburbio de Marina del Rey, en Los Ángeles California, a las 9:30 pm? Inicie su respuesta indicando su nombre, apellido y profesión.

    Hola, mi nombre es Michael Yuke, soy carnicero de profesión y ese día simplemente pasé por la casa del señor Yiannis para entregar un pedido que había solicitado a mi tienda… aunque si lo pienso bien y estamos hablando de mi nombre y profesión a partir de las 9:00 pm, quizás pueda llamarme Jessica Chic del Toro y soy una mujer apasionada que le gusta vivir la vida de bar en bar, que disfruta bailar y tomar mucho alcohol con Robert… Ana, Luka o cualquiera lo suficientemente ebrio para ser dominado a mi antojo.

    Espere, siento confundirlo Teniente, pero hay días que me siento como si fuese Bruce, ex marine retirado que estuvo presente en la guerra de Irak y que ostenta el récord de 323 enemigos eliminados mediante un fusil M40 de largo alcance, asentado en el techo de un edificio abandonado en la ciudad de Bagdad con 325 balas. Por cierto, no fallé los dos tiros, lo que pasa es que no había más enemigos.

    Señor Sanders, no sé cuál es el fin que persigue con todo lo que me ha dicho, sabemos por su documento de identidad que ninguno de los nombres que nos acaba de dar son correctos y la única referencia que puedo comprobar es la de su misión en Bagdad y por la cual le fue entregada la Medalla de Honor por el presidente George Bush.

    Esto quiere decir, Teniente, que usted ya sabía mi nombre, pero igual me lo preguntó. Ahora le preguntó yo a usted ¿son correctas mis otras profesiones que no pudo comprobar o le generan dudas? ¿Disculpe Teniente, el ser un asesino también puede considerarse una profesión?

    No sé a qué quiere llegar con su pregunta señor Sanders, pero claramente el ser un asesino no es una profesión y el que hace las preguntas aquí soy yo.

    De acuerdo Teniente, ¿pero a quién le está preguntando: a Bruce, a Michael o a la bella y sexy Jessica? Porque la verdad sus preguntas me confunden y no sabría decirle si realmente soy un asesino. ¿Qué le hace pensar que yo puedo hacerlo?… Es más, usted me está acusando.

    Señor Sanders, esto es un interrogatorio no una acusación, así que remítase a responder mis preguntas. ¿Usted asesinó a Jonathan Robert Yiannis Williams?

    Me causa gracia su pregunta Teniente Coronel. El simple hecho de que me hayan encontrado lleno de sangre con un cuchillo en mi mano y con cuatro de sus cinco dedos de su mano izquierda en mi bolsillo no me convierte en un criminal; es más, ¡me parece que es una evidencia circunstancial! Cualquiera puede ir por la calle y encontrarse cuatro, cinco o seis dedos y guardarlos en su bolsillo. Fíjese usted qué suerte tuve yo, que me encontré cuatro. No sé si todos sean del señor Yiannis. ¿Ya revisó bien los dedos que había en mi bolsillo Coronel? Quizás no todos eran de él.

    Señor Sanders, me está diciendo que usted no solo asesinó Yannis, sino a alguien más?

    Coronel me empiezan a parecer molestas sus preguntas, porque nunca sé a quién se las hace y, cuando me molesto, tiendo a ponerme algo agresivo y aparece el verdadero señor Sanders, ese que logró escapar de Badgad, matando a dos de sus carceleros con sus propias manos… y ahora que lo veo usted, me doy cuenta de que es bastante bajito y un poco gordo, así que le recomiendo que dirija las preguntas a la persona correcta.

    Jessica, ¿Usted mató a Yannis?

    Por supuesto que no Teniente… yo maté a Lola.

    ¿Quién es lola?

    Teniente déjeme decirle que usted y sus hombres son muy malos haciendo su trabajo. Lola era Lourdes de Font, la esposa del señor Yannis, de quién yo estaba enamorada y a quién decidí retirar de nuestra aventura para poder ser felices. Ella tenía unos dedos maravillosos. De hecho me parece que uno de los deditos que se encontró es de ella, sin duda el más delgadito. Pero ya que lo veo tan interesado en saber quién mató a Yannis, le puedo decir que yo sé quién fue.

    ¿Quién fue, Jessica?

    Me encanta ver cómo ha mejorado haciendo este interrogatorio, ahora sabe a quién hacerle las preguntas en el momento adecuado. La persona que mató a Yannis fue el Señor Smith, ya que a él todavía le sobraban dos balas de la guerra de Irak, una la usó para matarlo por robarse mi corazón y la otra… se la dejo para la siguiente investigación.

    ¿Señor Smith, a quién mató usted?

    Teniente, veo que mi sexy Jessica ha logrado enderezar esta investigación y por lo que veo, ahora se dirige a mí. Quizás lo que deba saber es que yo no solo mate Yannis, también maté a otras 323 personas, como un homenaje a esos enemigos desconocidos a los que nunca les pude decir adiós… así que señor Teniente, póngase cómodo, porque vamos a quedarnos un buen rato.

    … Por cierto, cuando acabe conmigo, quizás quiera preguntarle algo a Bruce.

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 4/12.

    Autor: Miguel Viniegra

  • La bruma

    La bruma

    Estaba oscuro. Era una noche cerrada. Hacía mucho frío. El viento soplaba y la sensación térmica se desplomaba. Pero estaba bien preparado. Botas de agua. Prendas de abrigo. Un poncho por encima. Mi viejo gorro de lana de la suerte. Una linterna con las pilas nuevas y un machete. Esta noche no volvería a pasar. Me juré a mí mismo que no me iban a robar otro ternero. Estaría toda la noche de guardia. Si esos malnacidos querían algo mío… lo pagarían caro. 

    Mantuve encendida la fogata hasta las tres de la mañana más o menos. Empezaba a estar bastante incómodo. Ya no tenía apenas café. Los músculos entumecidos de las piernas me dolían. Las brasas aún despendían algo de calor, pero sabía que no duraría mucho. Sin embargo, estaba muy despierto, tenso, alerta.

    El maldito viento empezaba a ponerme muy nervioso. Su sonido era mi única compañía. Cuando jugaba con las ramas de los árboles lo hacía también con mi mente, conseguía que pareciese que los espíritus del bosque estaban esa noche ahí, observándome a la distancia. Pero los de campo no somos de asustarnos fácilmente.

    Hacia las 4.30 de la mañana todo cambió. La bruma se alzó. Una bruma espesa y densa, cuanto más cerca del suelo, y vaporosa y ligera, cuando superaba ya el metro de altura. Tardé un rato en darme cuenta de que me había abandonado hasta el viento. Lo único que escuchaba era mi respiración. Fuerte, profunda. Un sonido muy irritante. Me ponía muy nervioso. No sé exactamente cuánto rato estuve pensando, como ausente, pero cuando volví en mí, había cambiado la luz, no estaba ni oscuro ni claro. Ya casi lo tenía. En media hora más habría amanecido.

    En ese momento, a unos 100 metros divisé la figura de un hombre. Le di una voz: “¿Quién va?”. No obtuve respuesta audible, pero es como si le hubiera llamado. Empezó a moverse lentamente hacia mi posición con paso firme. Un paso tras otro. Intenté enfocarlo con la linterna, pero de nada servía ya a esa hora del día. La tenue bruma se abría a su paso como quien separa son sus manos una cortina. Mi respiración se aceleraba.

    Segundo aviso: “¿Quién va? No me hagas que te lo pregunte una tercera vez cabrón. Tengo un arma”. Nada. No cambió nada. Venía hacía mí. La ira y el miedo se mezclaban a raudales e iban poseyendo todos los músculos de mi cuerpo. El cerebro, a 2.000 revoluciones, ordenaba a mi mano derecha que apretara fuerte el machete, que tensara bíceps y antebrazo para lanzar un único latigazo fuerte y certero entre su cabeza y su hombro derecho.

    No me dio tiempo a un tercer aviso, retrocedí ligeramente mi pie derecho para ganar ángulo, cuando tenía al extraño a tan solo unos tres metros. De pronto volví a escuchar al viento, esta vez era el sonido que producía el machete que pasaba junto a mi oreja en un movimiento de arriba abajo hacia el cuerpo de aquel extraño. Rápido y certero. Entre la cabeza y su hombro derecho. Pero algo había salido mal. El acero de mi arma no encontró resistencia. Atravesó aquella figura sin más. No había carne, ni huesos, ni sangre que cortar. Le miraba a los ojos enfurecido, ya desde el suelo, con el calor de la sangre en mis manos, tratando de contener mi propia vida que ya expiraba…

    Una de tantas historias incompletas de terror. Historia 3/12.

    Autor: Félix Espoz