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  • El terror de verdad

    El terror de verdad

    Las películas de terror y yo siempre nos hemos llevado bien. Yo organizaba reuniones con mis amigas, noche de pelis, pelis de terror… con luz apagada y canguil, todas juntas y a veces asustadas de nuestros propios gritos. ¡Gracioso! En las películas especialmente miedosas, iban mis amigas saliendo de una en una a conversar con alguien de mi familia, huyendo del terror. Yo, llena de emoción y adrenalina, miraba todas las películas hasta el final. Dejar la película a medias era impensable, algo que iba contra mi valentía, contra mis principios. Cada vez iban mejorando los efectos, y así, creando más y más cosquilleo. Una parte divertida y excitante de mis días, hasta el momento en que me convertí en mamá.

    Creo que, al momento de dar a luz, se dañó el botón aquel que me dejaba ver las películas sin mezclarlas con mis sueños. Esas películas de terror se volvieron parte de mis peores pesadillas, pesadillas relacionadas con mi familia, con mis hijos.  Garantizado, las peores de todas. Así, fui dejando de lado el cine de terror. Seguía viendo todo tipo de películas, pero las de terror quedaban fuera.

    Hace un par de años, cuando aún no habían nacido mis dos últimos pequeñitos, se les ocurrió a mis primeras dos hijas, Sienna y Victoria, -en aquel entonces de cinco y tres añitos- jugar a las escondidas. Un maravilloso y divertido juego que fomenta la creatividad y la atención. Lo jugábamos a menudo. Algunos escondites eran buenos y otros… en fin, tenía que hacerme la ciega y seguir buscando con una gran sonrisa en el corazón, pretendiendo no escuchar las risitas nerviosas que venían de los sitios más obvios.

    En esa ocasión fue diferente, Victoria no aparecía. Sienna me ayudó a buscar… detrás de cada sofá, atrás de las puertas, debajo de las camas, dentro de los roperos, en el baño, en la cocina, en su cama “¿quizás se quedó dormida?”, pensé.  “Victoooooriaaaaaa, dónde estáaaaas,  ya saaaaleeeee, se acabó el jueeeegooo”… NADA, ninguna respuesta. “Hmmm, adentro de la lavadora de ropa no está.  “Quizá se habrá escondido en el jardín”, decía en voz alta.  “Victoooriaaa”, mi voz ya más nerviosa y afligida. En eso salieron mis vecinos, personas maravillosas que se ofrecieron a ayudarme en la búsqueda. Martín salió en su bicicleta a hacer rondas por la cuadra… Mi vecina y yo hicimos otra ronda dentro de casa, vuelta a revisar todos los cuartos, todos los escondites, los posibles y los impensables. NADA.

    “Voy a revisar en el riachuelo, ya vengo” le digo a Claudia, mi vecina. Ella se queda con los niños y mantiene guardia en mi casa por si la niña vuelve. Camino al riachuelo con paso acelerado y con el corazón explotando. Millones de pensamientos con las escenas más terribles pasaban por mi mente, como en la peor película de terror que se pueda uno imaginar… ahogo, robo, muerte… ¡qué horror! Llamo a mi esposo a contarle lo que pasa, a ver dónde está, para ver si llega pronto para ayudar en la búsqueda. Él, con un silencio vacío, muerto de miedo y empezado a llorar, me dice que llega en poco y que se va a poner a rezar, pues más no puede hacer mientras está sentado en el metro, camino a casa.  Cierro el teléfono, y llego al riachuelo… mis manos heladas y mi mente paralizada. Busco, pero sin éxito. NADA. Vuelvo a casa, pero no había señas de Victoria. Martín da vueltas cada vez más extensas y yo vuelvo al riachuelo, quizá no vi bien. “Ahora ve con más cuidado, pon toda tu atención” me ordeno a mí misma. Rio arriba y luego rio abajo, NADA.

    Vuelvo a casa corriendo y veo a Victoria parada al lado de Sienna, tomándole la mano a la vecina. “Estaba super escondida en la sala, dentro de un mueble atrás del sofá… salió ella sola”, me dice Claudia. ¡Qué alivio! La abracé con todas mis fuerzas, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón aliviado, como si se hubiese bajado el elefante sentado en mi espalda y derretido el hielo en mi alma.  La miré a sus profundos ojos miel y le dije: “Sabes que te quiero con todo mi corazón, y que siempre voy a cuidarte… lo sabes, ¿verdad?”.

    Una de tantas historias sobre terror. Historia 7/12.

    Autora: Florencia Montenegro

  • ¿Por qué somos un país pobre?

    ¿Por qué somos un país pobre?

    – Si tuvieras que explicar por qué tu país es pobre, ¿qué dirías Juan?

    – ¡Eh! Perdón profe, no le hice caso. ¿Qué me preguntó?

    Simplemente le sonrío y le respondo en voz alta a toda la clase:

    – La respuesta de Juan es exactamente la razón por la que nuestros países no dejan de ser pobres. Nos gritan al oído que nos roban los políticos, que la gente no tiene valores, que la estructura familiar se ha terminado, que somos un país corrupto y así, un montón de cosas. Pero nadie escucha, solo oyen…

    Somos unos reyes de opinión en nuestra red social, donde decimos todo con enorme valentía, como si el mundo nos tuviera que escuchar; pero luego, cuando realmente toca poner el hombro para crear una empresa, cuando toca no saltarse una cola, no coimear a un policía; entonces, de pronto, pasamos al justificativo tonto de: “no la creé porque mi jefe era un explotador que no me pagaba lo suficiente y no logré juntar el capital”; “me salté la cola porque llevo cuatro horas parado y nadie se mueve”, como si el resto fueran figuras de un ajedrez que no temen ser comidas por otras en el tablero; “coimeé al policía porque ni loco me iba a ir preso, además 50 dolaritos son menos que los 300 de la multa y el mes en la cárcel”.

     ¿Les duele lo que les digo muchachos? ¿Alguno de ustedes no ha hecho algo de lo que les acabo de acusar en el último año? ¡Por dios, solo en el último año!

    Hago una pausa, los miro, se mantienen en silencio, continúo hablando:

    – La gente se enfoca desesperadamente en aprender cualquier negocio tecnológico que se pueda hacer con una pantalla de 9 pulgadas, con la menor inversión posible y que les permita ser millonarios antes de los 25 años. Muchachos, ¿realmente lo único que quieren es ser millonarios a los 25?

    Escucho entre susurros unos “no” y algún “sí”, y sigo con mi reflexión:

    – ¿Saben qué es lo malo de ese pensamiento, que de por sí no es malo? Que la mayoría lo quiere, y en clase no se atreve a decirlo por miedo al qué dirán. Aquí no están tan seguros como en su red social, pero les puedo afirmar que ese pensamiento es lo que les llevará a vivir estigmatizando cualquier trabajo, saltándose cualquier cola y pagando lo que haga falta para quitarse las culpas; porque, por desgracia, la mayor parte de las cosas requieren un esfuerzo enorme, un apasionado sacrificio y un amor infinito por triunfar, y ninguna de ellas se alcanza con plenitud antes de los 25 o antes de los 30 o antes de cualquier período de nuestras vidas específico, porque hay que vivirla como una película que deja una gran cantidad historias a nuestras próximas generaciones y no como una foto del éxito de la cual presumir. Siéntanse orgullosos de la película que dejarán a sus hijos y así tendrán que pensar menos en la razón de por qué nuestro país es pobre, porque seguro, al menos, será menos pobre.

    Al final, concluyo:

    – Gracias por asistir a mi clase voluntaria de ética. Los cuatro se han ganado un punto extra en su evaluación de fin de año. Incluso tú, Juan, ¡que no me has hecho ni caso!

    Todos reímos, aunque no estoy seguro de qué.

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 6/12

    Autor: Miguel Viniegra