ERDAM ASAM

ERDAM ASAM - Javier Marca

Durante años, ahora sé que demasiados, esas eran las palabras que veía en el escaparate desde el mostrador de la panadería. A veces, cuando la cola de clientes se destensaba, me quedaba mirándola, contando mentalmente los minutos que me faltaban para salir. Doscientos cuatro. Doscientos tres.

Cuando entraba otro cliente, yo, automáticamente, me ponía la sonrisa para atenderle.

– Dígame, ¿tenía reserva?
– ¿Reservar el pan? ¿dónde cree que estamos?
– En una panadería en la que el pan se termina muy pronto, señor, y si no tiene reserva es fácil que se quede sin él.
– ¡Increíble! ¡Tener que reservar el pan! ¿Dónde vamos a llegar?
– Pues, si me pregunta a mí, llegaremos a un mundo ideal en el que las panaderías no engañen a sus clientes con productos falsos, pero quizás sea yo muy ilusa.
– Usted, lo que es, es una maleducada.
– ¡Siguiente!


La rutina diaria, recalcada a fuego por mi jefe, incluía episodios de maltrato emocional reverso: del empleado al cliente. Nuestro lema interno era ‘el cliente nunca tiene la razón y, si la tiene, no se le da’.

Al jefe le fue bien con eso durante unos años, pero se le empezó a ver el plumero cuando Agustín, el vecino del primero derecha, justo encima de la panadería, el que se parecía a Einstein y estaba harto del olor que subía por el hueco del patio, según decía, se empeñó en registrar minuciosamente cada horario de entrada y salida, cada visita de proveedores, cada conversación en tono más alto de lo normal, cada reseña negativa en Google, cada visita del personal de desinsectación.

La verdad es que teníamos todas las papeletas para acabar como acabamos: en el paro, unos, y en chirona, el hijo de puta del jefe.

El muy cabrón lo tenía todo pensado, pero se le torció el invento. Cacareaba desde el día uno que hacía pan con masa madre, que no usaba levadura ni aditivos, que fermentaba no sé cuántas horas, pero la verdad es que la mayoría del pan lo compraba congelado y, lo que no, lo hacía como le daba la gana, que no era como decía. Eso no era todo, y ahora que ha pasado el tiempo suficiente para dejar que esos recuerdos se diluyan, por fin, puedo confesar en alto la verdad: ese tipo era un sicópata de manual. Un manipulador de libro. Un enfermo peligroso. Un asesino, qué coño.

Así que, en realidad, me alegro de que todo terminara, y de cómo terminó. Me alegro de que Agustín, embriagado de olor a pan recién horneado, llamara al Ministerio de Sanidad y nos enviaran a aquel inspector, al que pude deslizarle una nota en la que había escrito ‘mire en el sótano, al fondo, bajo las cajas de mejorante’.

Allí es donde el cabrón enterraba los huesos de los panaderos que se atrevían a amenazarle con contar sus tejemanejes. Habría por lo menos ocho, incluida la cubana que le volvía loco, pero no le hacía ni caso. Normal.

Los panaderos tienen ese no sé qué de ser gente maja. Trabajadora y maja. Gente buena. Yo aún no sé por qué es así; tal vez porque tenéis el pan en un pedestal gastronómico, a pesar de que la mayoría del pan que compráis por ahí es una mierda. O quizás porque pensáis que para amasar de madrugada hay que estar hecho de una pasta especial. No sé. Sí sé que ese cabrón nos lo hizo pasar muy mal, y que, de cara a la galería, parapetado tras aquella sonrisa blanda y aquella vocecita suave que ponía para encandilar a la gente, nadie se imaginaba el horror que era aquel obrador. Qué listo era el hijoputa. Cómo nos conocía. Cómo sabía qué teclas tocar para que, sin darnos cuenta ni nosotros mismos, como putas marionetas colgadas de sus hilos, nos peleáramos, desconfiáramos, habláramos mal unos de otros. Para él éramos como un juego de soldaditos que movía a su antojo para librar sus batallas, en las que siempre perdíamos.

A veces me pregunto qué sacaba él de todo aquello. Qué beneficio podía reportarle estar todo el santo día maquinando perrerías. Todo el santo día vigilándote. Todo el santo día rebuscando en tu facebook y en tuiter, a ver qué podía sacar para utilizar contra ti. Usando verdades y mentiras, medias verdades y medias mentiras, para construir su historia de terror, en la que todos éramos, sin saberlo, protagonistas.

Al final, una pequeña chorrada acabó con todo. Como con Al Capone. Ya ves, un vecino harto del olor a pan.

Hoy, liberada ya incluso hasta del rencor, he podido alquilar ese mismo local , Agustín se terminó mudando y voy a poner la panadería que siempre soñé. Y en el escaparate pondrá, pero ahora será verdad, MASA MADRE.

[Basado en una historia real]

Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 12/12.

Autor: Javier Marca.

Instagram: @panic_madrid

3 Comments

  1. Miguel Mendez

    Interesante historia un tanto distopica. Felicitaciones al autor.

  2. Jana

    hay gente desgraciada, con mala leche eso es de verdadero terror porque están ahi drenando la energía del mundo todos los días. Me ha gustado mucho tu historia.

    1. admin

      Gracias Jana por tus comentarios

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