Etiqueta: Félix Espoz

  • Lágrimas de roquero

    Lágrimas de roquero

    Empezaron a sonar los primeros acordes de La mañana, de Edvard Grieg, en el viejo teclado Yamaha que no sabía que tenía en el bar, y aquel hombre duro, curtido por los años, se resquebrajaba y empezaba a llorar. Pequeños espasmos apretaban su pecho, fuera del alcance de su férreo control a mostrarse vulnerable, pero qué carajo, la ocasión bien merecía una que otra lágrima.

    Seis meses atrás, Antonio, que así se llamaba aquel hombre al que todos conocían como Tony, recibía una inesperada, pero anhelada llamada telefónica. Era su hijo. Tras años de desencuentros había decidido darle una nueva oportunidad, la última. Le iba a permitir disfrutar un poco de la compañía de su nieto, Joaquín, un adolescente provocador y rebelde al que no veía desde hace diez años.

    Tony regentaba un bar roquero con una parroquia ya entrada en años. Rojo y temperamental como era, no le importaba demasiado echar a patadas a cualquier niñato que no cumpliera las reglas de ‘su casa’ o que le intentara vacilar. Que le preguntaban, vas a abrir el 1 de mayo, que hará bueno y va a haber un montón de gente por la calle, puñetazo al canto, empujones y gresca monumental entre gritos de «respeta a los compañeros muertos, hijo de puta».

    Sin embargo, pese a su peculiar carácter, su bar siempre estaba lleno. Abría con Jhonny Cash, esperando que la noche fuera intensa, y cerraba con Janis Joplin, con la satisfacción de haberlo conseguido. Tenía pasión por la música, sobre todo por el rock. Contaba con un vasto conocimiento del género que había ido atesorando con el pasar de los años. En su casa, la música la ponía él, todos lo sabían y a nadie se le ocurriría criticarle. Su selección y su buen gusto eran, simplemente, bestiales.

    La llamada de su hijo le había despertado no sólo alegría, también una especie de profunda desazón que no le dejaba dormir. Su nieto era músico. Le aterraba. Cualquiera podría pensar que aquello le alentaría, por tener una pasión común, pero para Tony ese era un término tan difícil de llenar que le causaba pánico llegar a una situación en la que pudiera perder a su familia definitivamente.

    Esa noche se puso un disco especial después de cerrar el bar. Un disco que le suponía un reto cada vez que lo escuchaba, pero que despertaba en él profundas sensaciones. El virtuosismo de Bebo Valdés y la voz profunda del ‘Cigala’, en Lágrimas Negras, hacían que le explotara la cabeza y se le revolvieran las vísceras. Se lo había regalado un joven sueco de erasmus al que, por lo que sea, después de su noble intento de abrir las miras musicales de aquel roquero, no le gustaron los malos modos e insultos que recibió. Nunca más volvió.

    Y llegó el día y Joaquín entró por la puerta. Y empezaron a hablar, y todo fluyó. El joven admiraba la rebeldía del viejo y viceversa. Encajaban como dos piezas de un rompecabezas. Esos dos casi desconocidos parecía que no llevaran 10 años de conversaciones sueltas de 1 minuto por Navidad o cumpleaños, cumpliendo el uno con el otro de forma vaga y trivial.

    Al final, el chico puso sobre la mesa el temido tema de la música y no aguantó la tentación que tenían la mayoría de los niñatos que entraban en aquel templo del rock, y quiso vacilar a su abuelo: «En la historia de la música Don Patricio terminará siendo más grande que Metallica». Siguió provocándole ensalzando la figura de Bad Bunny y terminó su afrenta sacando su teléfono y diciendo: «Te voy a poner un clásico que vas a flipar».

    Al Tony roquero se le erizaron hasta los pelos de las patillas, al Tony de las mil batallas le bombeaba el corazón como una manada de caballos en estampida, al Tony de «en mi casa mando yo» se le hincharon las venas de la frente, y sí, el viejo Tony se levantó de la silla, agarró de la pechera a su nieto y sin mediar palabra lo echó del bar y cerró la puerta.

    Y se cagó en todo lo cagable, y blasfemó, y maldijo su suerte y a sí mismo, por ser así, por ser como era. Y lloró con Robert Johnson y con John Lee Hooker. Y una cosa llevó a la otra, y se puso a Chuck Berry, y sintió de golpe como le volvía el alma al cuerpo, y se dio cuenta que estaba en casa. En su casa. Ya no quería blues, volvía a necesitar rock. Después de tres horas cantando a todo pulmón y bebiendo se durmió con el clásico español Maneras de vivir, de Rosendo Mercado, con una botella de cerveza en una mano y con un disco de los Ramones en la otra.

    Cerró el bar durante tres meses. Sentía vergüenza por sus actos. Se preguntaba si su nieto habría hablado con su padre, si al final todo se habría ido a la mierda. Y mientras tanto, Joaquín mantenía todo en secreto, se sentía un privilegiado, había visto al viejo en acción, cómo lo había levantado como si no pesará, aquella fuerza, aquella determinación salvaje. Le respetaba profundamente, pero era lo suficientemente orgulloso como para no decírselo, como para no ir al bar, disculparse y darle un abrazo.

    El chico pensaba y pensaba cómo restaurar la relación con su abuelo desde el respeto mutuo, sin perdedores ni vencidos. Y al final encontró la manera. Convenció a su padre para que le dejara el juego de llaves de emergencia que tenía del bar. Y lo preparó todo.

    Esa tarde, seis meses después de aquella llamada de teléfono, el viejo abría el bar y se encontraba a su nieto sentado detrás de la barra en un taburete con sus manos sobre el teclado.

    Cuatro minutos de éxtasis total. Cuatro minutos de música amansando a su fiera interior. Se permitió una vez más un escarceo con otros ritmos, con otras secuencias de notas. Aquello le movió el alma. Y sí, su nieto era músico, y él era feliz.

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Félix Espoz

  • A la venta

    A la venta

    – Cariño. Sé que tendría que haberlo hablado antes contigo, pero lo necesitaba. Creo en ello. He pedido una excedencia en el trabajo y voy a presentarme como candidato a las elecciones. 

    – ¿Qué? ¿Estás loco? ¿Sabes cómo es la política de este país? Amor, es un nido de ratas. No te metas ahí.

    – Sabes que soy una buena persona. Y que creo que se puede hacer más de lo que se hace. Hay mucha gente que necesita tanto. Se lo debo a mi país.

    -Te van a comer vivo. En cuánto te niegues a bailar su baile, van a ir a por ti.

    – No soy un iluso. Sé negociar. Son años de experiencia en el sector privado. Es hora de hacer política, con mayúsculas. El arte del acuerdo, de sumar voluntades, de luchar por objetivos comunes.

    – Te apoyaré en tu decisión, pero nuestra familia no va a terminar revolcada en mierda. Lo sabes, ¿verdad?

    —–

    – Cariño. He tenido un día durísimo en el Congreso. Es peor de lo que pensábamos.

    – ¿De lo que pensaba yo? No creo.

    – Me han ofrecido comprarme… de una forma muy sutil. Te hubiera gustado la urbanización en primera línea de playa que no van a construir.

    – Ten cuidado. No me cansaré de decírtelo.

    —-

    – Amor mío. Estoy frustrado. Muy frustrado. Han pasado ya 15 meses y siento que no he hecho nada. Tres propuestas de Ley en algún cajón cogiendo polvo. Cientos de debates estériles, un montón de votaciones a leyes que no entiendo y que apenas he podido leer. Tengo ya demasiadas dudas incluso de mis compañeros más cercanos. Es horrible. No sé si me quedan fuerzas para seguir nadando a contracorriente.

    – Bueno, votas lo mismo que tu partido en las leyes que se aprueban. Muy a contracorriente no vas.

    – Pero, ¿Qué dices? ¿Estás poniendo en duda mi integridad? Eso no te lo permito. No sabes por lo que estoy pasando. Ahora es cuando más te necesito a mi lado.

    – Aún te apoyo querido. Pero estás desgastando nuestra relación. Deja ya de una vez esta aventura ridícula. Vuelve. Regresa. Devuélvenos nuestra vida.

    —-

    – Por fin cariño. Al fin avanzo. Creo que me he ganado mi lugar. Van a llevar al pleno uno de mis proyectos legislativos. Es mi gran oportunidad. Me han dicho que le pondrían mi nombre. Han pasado tres años, pero me dicen que es un récord para un ‘novato’ como yo. No te puedo dar detalles, pero voy a conseguir mejorar la vida a cientos de miles de personas.

    – Me alego mucho. Estoy muy orgullosa. Hay que celebrarlo. Podríamos hacer una escapada el fin de semana. Disfrutar un poco de la vida. Nos lo merecemos.

    – Poco disfrute tengo por delante en los próximos tres meses. Debo tener disponibilidad máxima. Van a ser cientos de reuniones. Estoy tan emocionado.

    – En palabras para los que vivimos en este planeta es que no te voy a ver el pelo ¿no?

    – Cariño…

    – Vete al carajo.

    —-

    – Cariño. Me hundo. Parecía que al final todo encajaba. El apoyo de mi partido y de las fuerzas políticas que necesitábamos para sacar los votos. Lo que nos pedían no era tanto. Cedimos, qué si no es la política, ceder para conseguir un bien mayor. Tuve reuniones, sellé pactos secretos con un apretón de manos. Todo a buen puerto. Mañana se vota. Hoy me llamaron al despacho del jefe de mi bancada. Estaba con unos señores que ya conocía de decirles varias veces que no. Mi ley, mi proyecto, el cambio en cientos de miles de vidas dependía de unos sucios contratuchos de un par de millones. ¿Qué vale más cariño? ¿Qué vale más? Necesito hablar contigo. Si escuchas este mensaje, bórralo por favor, y quedemos en la cafetería en la que nos conocimos, te lo ruego…

    Una de tantas historias incompletas sobre política.

    Autor: Felix Espoz

  • Es 24 y nieva…

    Es 24 y nieva…

    2020 está siendo un año muy duro. Tengo unas ganas locas de pasar la Navidad con las cinco personas que más quiero y que tengo cerca. ¿Podrían ser unas cuantas más? Sí, pero… restricciones de la pandemia, qué le voy a hacer.  

    Voy en el coche por una carreterita de montaña camino del pueblo en el que hemos alquilado una casa rural. El GPS marca que me quedan unos 10 kilómetros, y menos mal. El tiempo está horrible, no deja de nevar. Miro atento a la carretera y pienso en que cuando llegue tendré la chimenea a pleno rendimiento y la casa calentita, para una vez que soy el último… ¿Cómo se habrán apañado para encenderla?, ninguno de ellos es demasiado hábil con cualquier cosa que no sea eléctrica o automática.  

    Me distraigo un par de minutos con mis pensamientos, pero enseguida vuelvo a un modo ‘concentración total’. La carretera no es buena y empieza a cuajar la nieve.  

    Suena el teléfono y contesto desde los mandos del volante. 

    – Oye, ¿por dónde vienes?  

    – ¿Qué te pasa? ¿No tienes modales? Se dice hola. Y después del saludo- Su voz me interrumpe con una carcajada. 

    – No te enfades rey. ¿Que si ya llegas? Chimenea… done. Café ecuatoriano recién molido y hecho en cafetera italiana… done. Cordero, en el horno. Hoy toca homenaje, fiera. 

    – Así me gusta. Menudo equipo de avanzadilla tengo.  En el GPS pone 8 kilómetros. Pero se está poniendo complicada la carretera. Si sigue así, prefiero parar y poner las cadenas, aunque sea para este trocito. Así que no sé, entre diez minutos y media hora.  

    – Adiós, con cuidado. A ver si te salvaste del coronavirus y al final no pasas el invierno. 

    – No seas cabrón. Después de pasar el bicho, soy inmortal. Ahora nos vemos. 

    Bueno. Todo listo y yo muy cerca. Creo que me he ganado con creces esta semanita de grupo burbuja, alcohol, comilonas, y descanso. Aire puro que me limpie los pulmones y los malos recuerdos. No veo casi nada. Puta nieve.  

    Avanzo un par de kilómetros y tengo delante de mí una recta larga, aunque con algo de pendiente. Aminoro. Ya no conduzco demasiado seguro. Las ruedas patinan, el coche se ladea, freno, empieza a retroceder en cámara lenta y me salgo de la carretera. ¡Mierda! Son casi las 18.00 y quedan apenas unos minutos de claridad. Es 24 de diciembre, la grúa no va a llegar hasta aquí, imposible. Miro el GPS, 6 kilómetros me separan del calor de la chimenea y de mis seres queridos.   

    Analizo la situación y tiro de mis exiguos conocimientos de supervivencia. Si el ser humano camina rápido a 4 kilómetros por hora, mientras que no me salga de la carretera, llevando el GPS, en hora y media estoy en la casa rural. Dejo la maleta en el coche para ir ligero, me abrigo bien… Y pienso: todavía llego a la cena, ¡vamos! 

    Según abro la puerta del coche, el frio se me mete hasta los huesos. Empiezo a caminar y desde los primeros metros asumo que mi previsión de una hora y media es demasiado optimista. La ventisca no cesa. Manos en los bolsillos, cabeza hundida entre os hombros y zancadas largas, pero lentas. Cada vez que apoyo un pie, siento como hago mella en la nieve y me hundo un poco, no en vano peso 100 kilos. Calculo que habrá ya unos 10 centímetros acumulados de nieve bajo mis pies.  

    Transcurrida una hora estoy agotado. Está siendo una paliza bestial. Cada paso que doy se hunde hasta casi la pantorrilla. El viento helado de frente no hace más que lanzarme con virulencia más y más nieve. No veo apenas nada. Ya no tengo la certeza de seguir sobre la carretera y cuando intento sacar el GPS, no veo nada, recalcula y recalcula, la pantalla se moja… es muy frustrante. Antes de guardar definitivamente el teléfono, intento una última llamada… imposible, estoy “fuera de cobertura”.     

    No veo nada, estoy congelado. Las fuerzas casi me abandonan. Tengo muchísimo frio. Desde hace un buen rato, y después de varios minutos de un intenso dolor, dejé de sentir los pies. Pero sigo caminando. Tengo que llegar. Tengo que llegar como sea. No me voy a rendir. ¡No me voy a rendir! Ni puedo ni debo. Voy a sobrevivir a esto, no voy a morir aquí, así no. Así no va a pasar. No es Navidad. Vas a salir de aquí cabrón. Échale un par de huevos.  

    De pronto, me da la sensación de que ha dejado de nevar… hay algo más de claridad. Veo la casa justo en frente. He llegado, no me lo creo. Veo el humo blanco saliendo de la chimenea. Me arrastro hasta la puerta, toco torpemente, me abren y me fundo en un abrazo tierno y cálido. Soy feliz. Muy feliz. 

    —- 

    Teniente. Creo que lo tenemos. Puede ser el conductor. Al haber estado enterrado en la nieve no tiene signos evidentes de descomposición, y eso que ha pasado ya casi un mes. Lo encontraron los perros del Antonio, el pastor, a unos 4 kilómetros de la carretera. Están intentando verificar su identidad a través del teléfono que llevaba encima.  

    Una de tantas historias incompletas sobre Navidad.

    Autor: Félix Espoz.

  • Algún día…

    Algún día…

    Entro en YouTube. Sé lo que estoy buscando. Le digo, “ya verás, esto es bestial, te va a encantar”. Encuentro el vídeo y le doy a reproducir.

    En las imágenes se ve a un joven Maradona que coge la pelota en el medio del campo y empieza a dejar tirados tras de sí a una buena colección de futbolistas de la selección inglesa de fútbol (Hoddle, Reid, Butcher, Fenwick y al portero Shilton), en el Mundial de México 1986, mientras la voz de un locutor compatriota suyo lo va narrando desde la tranquilidad, a la histeria, y luego a la satisfacción de haber vivido un momento para la historia:  “Hay lo tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha, el genio del fútbol mundial… Puede tocar para Burruchaga… Siempre Maradona, genio, genio, genio, Tá, Tá, Tá, Tá… goooolllll, goooolllll, Dios Santo, viva el fútbol, gooolazo… Maradona, es para llorar, perdónenme… Maradona, en un recorrido memorable, en la jugada de todos los tiempos… barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés? Para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina… Argentina 2, Inglaterra 0… Diegol, Diegol…  Diego Armando Maradona. Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2, Inglaterra 0”.

    1.10 segundos dura esta narración, gol y repeticiones incluidas. Aún se me erizan los vellos de los brazos cada vez que lo veo. Es pura emoción. Es el fútbol condensando en una breve secuencia. Se termina el vídeo. Se hace el silencio. Un silencio incómodo para mí. Mi hijo se queda pensativo. No alcanza a decir nada…

    Pasan unos cinco segundos y empiezo yo:

    – ¿Qué te ha parecido hijo? ¿Aún sigues pensando que el fútbol es aburrido?

    – ¿Qué dices papá? ¡Qué locura! ¿Eso es verdad?

    – Sí, tenía más o menos tu edad cuando pasó. No se me va a olvidar nunca.

    – ¿Es el mejor?

    – Sí… gol y futbolista. El mejor de todos los tiempos.

    – ¿Crees que si entreno mucho podría ser como él?

    Por mi cerebro pasaron en ese momento muchísimas imágenes, la vida entera del Diego, toda se retrasmitió por televisión, desde sus logros a sus más oscuras miserias, siempre rodeado de cámaras indiscretas, esperando verle tropezar… Una vida convulsa, y mucho… Piensa, piensa rápido, elige bien las palabras… – Hijo mío, nunca serás como Diego Armando Maradona, nadie podrá serlo jamás, lo que no quita que puedas llegar algún día a ser el mejor futbolista del mundo entero. Eso sí, vamos a tener que jugar mucho al fútbol… No va a ser fácil… ¿Estás dispuesto a intentarlo? Yo estaré contigo…

    Una de tantas historias incompletas sobre Diego Armando Maradona. Historia 3/4.

    Autor: Félix Espoz.

  • Hijo

    Hijo

    Hijo… siéntate derecho…

    Hijo… no sorbas los mocos, no, tampoco te los comas…

    Hijo… no me respondas, que soy tu padre…

    Hijo… no grites… para ya de cantar… no juegues con la pelota en la casa…

    Hijo… no digas palabrotas… no se pega a tu hermana… ni a tus amigos… no metas nada en los enchufes…

    Hijo… ven ya a comer… ¡no hagas que te lo repita dos veces!

    Hijo… en la mesa no se juega… en la mesa no se canta… el tenedor no es un juguete… viste, se te cayó la comida por no hacer caso…

    Hijo… Hijo… para… para un poco… estate dos minutos callado… ¡SOLO DOS MINUTOS! …

    Hijo… ponte el pijama y a dormir… no, ni un minuto ni cinco, ¡he dicho a dormir!…  ¡ahora mismo! … no pienso discutir contigo… ¡no me contestes! … ¿me quieres hacer caso de una vez?… ¡QUE TE CALLES!…

    Hijo… arriba, no seas vago… hijo, que llegamos tarde… hijo… o estás listo en un minuto o me voy…

    Papi… ¿estás enfadado?… ¿por qué no estás contento?… ¿por qué me gritas siempre?… ¿ya no me quieres?… Te prometo que voy a dejar de llorar y que no lo volveré a hacer… 

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 5/12.

    Autor: Juan Alonso

  • La bruma

    La bruma

    Estaba oscuro. Era una noche cerrada. Hacía mucho frío. El viento soplaba y la sensación térmica se desplomaba. Pero estaba bien preparado. Botas de agua. Prendas de abrigo. Un poncho por encima. Mi viejo gorro de lana de la suerte. Una linterna con las pilas nuevas y un machete. Esta noche no volvería a pasar. Me juré a mí mismo que no me iban a robar otro ternero. Estaría toda la noche de guardia. Si esos malnacidos querían algo mío… lo pagarían caro. 

    Mantuve encendida la fogata hasta las tres de la mañana más o menos. Empezaba a estar bastante incómodo. Ya no tenía apenas café. Los músculos entumecidos de las piernas me dolían. Las brasas aún despendían algo de calor, pero sabía que no duraría mucho. Sin embargo, estaba muy despierto, tenso, alerta.

    El maldito viento empezaba a ponerme muy nervioso. Su sonido era mi única compañía. Cuando jugaba con las ramas de los árboles lo hacía también con mi mente, conseguía que pareciese que los espíritus del bosque estaban esa noche ahí, observándome a la distancia. Pero los de campo no somos de asustarnos fácilmente.

    Hacia las 4.30 de la mañana todo cambió. La bruma se alzó. Una bruma espesa y densa, cuanto más cerca del suelo, y vaporosa y ligera, cuando superaba ya el metro de altura. Tardé un rato en darme cuenta de que me había abandonado hasta el viento. Lo único que escuchaba era mi respiración. Fuerte, profunda. Un sonido muy irritante. Me ponía muy nervioso. No sé exactamente cuánto rato estuve pensando, como ausente, pero cuando volví en mí, había cambiado la luz, no estaba ni oscuro ni claro. Ya casi lo tenía. En media hora más habría amanecido.

    En ese momento, a unos 100 metros divisé la figura de un hombre. Le di una voz: “¿Quién va?”. No obtuve respuesta audible, pero es como si le hubiera llamado. Empezó a moverse lentamente hacia mi posición con paso firme. Un paso tras otro. Intenté enfocarlo con la linterna, pero de nada servía ya a esa hora del día. La tenue bruma se abría a su paso como quien separa son sus manos una cortina. Mi respiración se aceleraba.

    Segundo aviso: “¿Quién va? No me hagas que te lo pregunte una tercera vez cabrón. Tengo un arma”. Nada. No cambió nada. Venía hacía mí. La ira y el miedo se mezclaban a raudales e iban poseyendo todos los músculos de mi cuerpo. El cerebro, a 2.000 revoluciones, ordenaba a mi mano derecha que apretara fuerte el machete, que tensara bíceps y antebrazo para lanzar un único latigazo fuerte y certero entre su cabeza y su hombro derecho.

    No me dio tiempo a un tercer aviso, retrocedí ligeramente mi pie derecho para ganar ángulo, cuando tenía al extraño a tan solo unos tres metros. De pronto volví a escuchar al viento, esta vez era el sonido que producía el machete que pasaba junto a mi oreja en un movimiento de arriba abajo hacia el cuerpo de aquel extraño. Rápido y certero. Entre la cabeza y su hombro derecho. Pero algo había salido mal. El acero de mi arma no encontró resistencia. Atravesó aquella figura sin más. No había carne, ni huesos, ni sangre que cortar. Le miraba a los ojos enfurecido, ya desde el suelo, con el calor de la sangre en mis manos, tratando de contener mi propia vida que ya expiraba…

    Una de tantas historias incompletas de terror. Historia 3/12.

    Autor: Félix Espoz

  • Espaguetis

    Espaguetis

    Ahora que ya no puede recordar, lo justo es que recuerde yo por él.

    Siempre he creído tener una muy buena memoria a corto plazo, soy capaz de recordar muy bien conversaciones casi completas de hace un par de días, pero mi memoria a largo plazo es horrible. Mi infancia es una nebulosa, pero no quiero llevaros a engaño, es una galaxia lejana, pero feliz, muy feliz, en la que puedo distinguir ciertos planetas con relativa nitidez.

    Hay un recuerdo especial, que son muchos a la vez. Es un recuerdo de un instante repetido decenas de veces, con un grado de satisfacción altísimo cada una de ellas.  La primera vez de la que tengo registro, yo era un mocoso que apenas alcanzaba de altura la encimera que tenía la cocina de casa. Ahí estaba, clavado al lado de mi padre, entre aburrido y deseoso.

    El bueno del aita (palabra del idioma euskera que significa papá), como todo el mundo llama a mi señor padre, como si fuera una especie de referencia cercana, casi paterna para sus amigos y familia, los fines de semana se pasaba dos gloriosas horas disfrutando de uno de sus pasatiempos favoritos, la cocina. Ese domingo, como tantos otros que vendrían después, tocaba espaguetis. ¿Dos horas para unos espaguetis? Sí. Y merecía la pena cada minuto empleado para ese plato de cocina italo-española-ecuatoriana, para ese manjar de pasta elevado a la categoría de arte.

    Yo era el único de mis hermanos que disfrutaba de manera integral de este delicioso proceso. Cada uno de los pasos, metódicos, calibrados, exactos, pasaba por mi visto bueno, a través de una cucharilla. Lo probaba todo y en los puntos del proceso que más me gustaban, hacía algo más que probar. Yo jugaba a hacer que me lo iba a comer todo y él jugaba a hacer como que se enfadaba conmigo por “entorpecerle” la receta.

    “Venga, vete de aquí”, me decía sin ninguna intención ni esperanza de que le hiciera caso. Y yo me mantenía merodeando al llamado de unos aromas que aún consigo recordar. Si cierro los ojos, y pienso en esos momentos con mi padre, soy feliz, y recuerdo exactamente a qué sabían esos espaguetis.

    Una vez transcurrido todo el proceso de cocción, empezaba a haber mucho jaleo en la cocina, mi madre ordenando el tráfico, todos ayudando a poner los platos, mi padre pasando una descomunal olla a la mesa y ya, en formato jauría, mis dos hermanos mayores y mi hermana menor devorábamos los espaguetis concienzudamente.

    Ahora que ya no puede recordar, lo justo es que recuerde yo por él. Ahora que el Alzheimer galopa imparable y furibundo, ahora que esa receta lleva camino de la extinción, ahora que estoy a 10.000 kilómetros, ahora que un virus de mierda amenaza con cargarse el mundo, ahora es cuando más añoro ese aroma, ese sabor, esos juegos de tira y afloja, esas regañinas con sonrisas y el estar todos juntos sentados a la mesa devorando sin compasión dos horas de un trabajo, metódico, calibrado, exacto y lleno de amor. 

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 1/12

    Autor: Félix Espoz.

  • El sol en las manos.

    El sol en las manos.

    Ahí estaba yo, sentado frente a la televisión, siendo solo un niño, viendo a David Copperfield atravesando la Gran Muralla China. Ese truco de magia fue el inicio de mi obsesión, una obsesión que tras más de 20 años me ha llevado hasta aquí, hasta un lugar recóndito de la selva de Guatemala, a una antigua ciudad maya de la que sólo quedan las ruinas de sus impresionantes pirámides.

    Aquí, sentado en la cima del templo más grande de Topoxté, escribo estas líneas a modo de diario, a modo de despedida, hasta mañana no lo sabré. Temprano, cuando salga el sol, emularé al mago Copperfield, cerraré el círculo, pero no habrá juegos de espejos ni de luces ni televisión, estaré sólo y seguiré un ritual tan antiguo como la propia magia.  

    Mi investigación acerca de cómo el televisivo mago consiguió atravesar una muralla empezó muy despacio, casi no había nada de información al respecto, solo un incipiente Internet que dista mucho de lo que es ahora, y en la biblioteca más cercana a casa no encontraba ningún libro de magia digno. Así que, según fui creciendo, iba almacenando pistas, detalles, esquemas, nada muy reseñable. Hasta que un día, casi 8 años después, vi en un vídeo de Youtube cómo un mago con la cara tapada destripaba infamemente mi obsesión: no era más que una burda ilusión. Un fraude. No me lo podía creer. Todo ese tiempo perdido. 

    Esa noche apenas pude dormir. Revisaba mis cuadernos de apuntes, organizados por años, por civilizaciones, por periodos históricos en los que había alguna referencia sutil a rituales en los que se cruzaban portales… todas aquellas notas… debía haber algo más. Pero todo era tan confuso.

    Al fin, en esos oscuros días para mí, encontré algunas respuestas en la web, en la Deep web. Había mucho loco hablando de esto, pero entre tanta mierda, la información real era como pequeños rayos de sol que se filtraban iluminando un camino hacía la verdad que tanto anhelaba.

    Mis dos mejores pistas me conducían hacia dos civilizaciones antiguas de América Latina. Siguiendo la primera de ellas perdí un mes entero visitando a diario las ruinas incas de Ingapirca, en Ecuador, pero el paso de los años había borrado cualquier vestigio de aquello que precisaba.

    Cerrada esa puerta, me aferré con todas mis fuerzas a lo único que me quedaba. Historias difusas acerca del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas. Fray Francisco Ximénez tradujo en 1715 un texto de 1500 que se cree que fue escrito por un indio que aprendió caracteres latinos. Este indígena habría transcrito las historias de la creación del universo contadas por los ancianos, que fueron transmitidas de generación en generación.  En esos 200 años, aseguraban distintas teorías, se perdieron algunos capítulos referentes a magia, conjuros y rituales, poco adecuados para una civilización occidental que se alejaba del misticismo no católico.

    En Ciudad de Guatemala, visité a cualquiera que se nombrara a sí mismo como experto en la civilización maya, pero me veían como a un loco cuando les preguntaba por atravesar paredes y por portales interdimensionales. Al fin, hace una semana cayó en mis manos un viejo libro que habla de un ritual maya que conecta mundos. Mi última oportunidad.

    Y aquí estoy, en Topoxté, lejos de los turistas que duermen ahora en las ruinas de Tikal, o de Yaxhá, esperando presenciar el amanecer sobre las ruinas y ver pasear a los jaguares. Si mañana continúa mi relato es que lo he conseguido.

    ————————————

    Son las cinco de la mañana. Empieza a haber un poco de luz. Cojo el manuscrito. Lo leo otra vez, y ya van 100. Me lo sé de memoria. Me sudan las manos. Empiezo a recitar mentalmente los pasos. Entro por una puerta que despejaron los arqueólogos hace un mes. Una pequeña estancia oscura que servía para algunos rituales, me parecía propicio, casi poético.

    Puse ambas manos sobre la pared, cerré los ojos para concentrarme y empecé a recitar los conjuros. Las 20 estrofas que componían el ritual. Los recitaba esperando que el no saber el idioma no impidiera que funcionaran. Que de alguna manera sonaran como deberían. Según los decía, en mi cabeza resonaban, además, un par de frases a modo de instrucciones: despeja tu mente de tal manera que nada te ate, que nada te frene en tu viaje.

    Parece que nada pasa, llevo seis estrofas, abro los ojos y veo como mis manos empiezan a atravesar la pared, lo puedo sentir. Estoy atravesando la pared. Tormenta de emociones internas. No es que la pared se diluyera, no es que mis manos perdieran su composición física, es que mis manos empezaban a ser fría y dura roca. Siento miedo, siento dicha, me cuesta no llorar. Sigo, estrofa 7, 8, 9, paso de los codos, empiezo con el pecho, sin atreverme a meter la cara; 10, 11 y 12, siento el sol en las manos. Parte de mi cuerpo está del otro lado. No lo puedo creer. 13, 14, 15, meto poco a poco la cabeza, digo mentalmente la 16, la 17, y la 18, espero con tantas ganas sentir el sol en la cara, el resultado de tanto esfuerzo, de tanta lucha, de tanta frustración. Le podré demostrar a todos que se equivocaban, que me habían juzgado mal, que no estaba loco. Estoy llorando, 19, y última estrofa, la 20, ¿el viento?, ¿el sol?, ¿dónde están?, ¿lo he logrado?, ¿en qué mundo estoy?, ¿y el aire?, ¿el aire?…

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 7/12.

    Autor: Félix Espoz

  • Miguel

    Miguel

    Miro al reloj de la pared. Llevo seis horas, he terminado. Tengo la certeza de haber hecho un buen trabajo. Mis compañeras me confirman que los parámetros son normales, respiro profundo, relajo un poco los hombros, estiro los dedos y giro ligeramente el cuello de un lado a otro. Y empieza la lectura del protocolo. Me siento sudado, incómodo y no presto mucha atención. Se hace un silencio incómodo, Marta me quiere y se detiene por mi bien. Empieza la lectura de nuevo.

    Voy siguiendo sus instrucciones. Me quito un protector de la cabeza. Tiro de una de las cintas laterales y luego fuertemente del pecho de la bata. Saltan los velcros de la espalda. Después me retiro las mangas y con ellas sale el primer par de guantes. Siento algo de alivio. Vamos por la mitad. Después gel para desinfectarme el segundo par de guantes. Me retiro el primer par de calzas de los pies. Marta no me quita ojo de encima y continúa dando órdenes muy precisas. Me desinfecto nuevamente los guantes. Me retiro la segunda protección de la cabeza, luego las gafas y luego la mascarilla fp3. Me queda colgando un trozo de gasa en la nariz que retiro con cuidado. Mas desinfectante de manos y tercer protector de cabeza y segundas calzas fuera. Más gel y último par de guantes. Gel y gel y gel… esta vez a fondo sobre mis manos libres al fin. Salgo de quirófano y me retiro mi último gorro protector y mi último par de calzas.

    Madre mía. ¿Lo habré hecho todo bien? Voy al baño. Me miro a un espejo. Tengo la cara marcada por la presión ejercida por los elásticos de las gafas durante tanto tiempo. Son unos surcos rojos que me afean y mucho, pero de los que estoy en cierto modo muy orgulloso. Hoy es uno de esos días en los que me puedo mantener la mirada, en los que no me culpo ni me halago, solo me veo a mí mismo y me reconozco.

    Cansado, cierro los ojos, me lavo la cara y siento que algo me molesta. Me he dejado la mascarilla quirúrgica colgada del cuello. Ese primer instante de despiste. Qué error. Me la quito. La sujeto un instante en la mano, suspiro y la tiro con rabia en la papelera. Me lavo nuevamente las manos cabreado conmigo mismo.    

    Salgo con paso firme, con ese gesto mío de no me hables que ahora muerdo, y Marta, como no, que me conoce de sobra, me mira y me suelta, ¿ya será para menos, no? La puta mascarilla quirúrgica, le espeto y sigo: “Parezco bobo. Bueno me voy. Mañana será otro puto día de mierda en este infierno”. Sé que no se merece el tono, sé que mi equipo es titánico, unos jabatos que se han partido el alma, que se están dejando la vida aquí. Sé que mañana será otro día, lo de bueno o malo, ya lo veremos. Este es mi puto trabajo. Llevo 20 años luchando para estar aquí, ahora me toca demostrar de qué pasta estoy hecho…. Demasiado en juego.

    Vivo cerca del hospital, ya está oscuro, pero no hace frío. El aire en la cara me distrae nuevamente. Consigo no pensar en nada. No hay nadie en la calle, no debería, y eso me reconforta. Me da esperanza. Pienso… si la gente se porta bien, igual tenemos un respiro. Voy a cruzar la calle y veo a un corredor. Me hierve la sangre en un segundo. “Hijo de puta”, le grito. El tipo se para me mira desafiante y me dice: “Métete en tus asuntos cabrón. No me hagas ir hasta ahí y partirte la cara”. Le contesto: “reza porque cuando lo necesites sean estas las manos que te toquen miserable”. No sé muy bien por qué se lo he dicho. Me giro sigo mi camino llorando como un niño hasta llegar a mi casa. Abro la puerta, llega corriendo Juan, mi niño de cinco años, la luz de mi vida. “Cariño, no me toques. Espera a que papá haga el ritual de entrar en casa. Ahora te abrazo en un momento”, le digo con la voz ya rota del todo. Se para en seco, me mira, le cambia el semblante, se le oscurece como la noche y corre buscando refugio en su madre. Esta vez ya lo tengo más claro, mañana seguro será otro día de mierda. 

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 2/12

    Autor: Félix Espoz.

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