Etiqueta: Navidad

  • El mejor regalo del mundo

    El mejor regalo del mundo

    Era la primera Navidad que celebraba entre playas y calor. Estas fechas no siempre vienen con nieve y abrigos grandes. En algunos lugares del mundo, especialmente en el hemisferio sur, el agua del mar se convierte en el mejor aliado para la Nochebuena. En esta ocasión, las bermudas y sandalias eran el traje de gala que me acompañaría en la cena del 24 de diciembre.  

    Cuando abrí los ojos ese día, una emoción invadía mi cuerpo. Hacía mucho que no sentía algo así, que no pensaba en aquel viejo amigo de barba blanca que año con año venía a visitarnos…  era difícil recordar la sensación. Las últimas navidades había decidido pasarlas alejado de él y de sus tan esperados regalos.  

    Éste año era diferente, era el anhelado reencuentro con mi niño interior, con la emoción de abrir regalos y de correr en calzoncillos rumbo al árbol para buscar mi nombre entre las cajas envueltas con papeles de colores.  

    Esa noche no podía dormir. No quería cerrar los ojos para no perderme el momento. Realmente quería atrapar al gordito en su visita. Verlo fugazmente cuando entrara a la casa. Aquí no había chimenea, no había puertas cerradas. Las ventanas de la sala se quedaban abiertas para que el viento refrescara nuestros sueños.  

    Esperaba silenciosamente verlo entrar. Creí que lo encontraría acalorado en su traje rojo y sudando por lo inoportuno de su sombrero y botas en estas latitudes. No recuerdo tener sueño ni hambre ni sed. Solo tenía ansiedad de reencontrarlo, abrazarlo y darle las gracias por no olvidar visitarme.  

    Al llegar la madrugada del 25, me encontraba con la cabeza pegada a la almohada y los brazos listos para salir de cama. Los ruidos de la noche me mantenían en vela, en constante atención. Un sonido en particular me hizo brincar. Era la mezcla entre un motor y campanas. Corrí a la sala con el mayor sigilo posible. La noche me camuflajeaba y la oscuridad era mi mejor amiga. Me escondí detrás del sillón;  con el pecho pegado al piso, me quedé quieto, observando.  

    Durante unos minutos el silencio fue absoluto. Nada pasaba. Fue el viento el primero en entrar a la casa. Luego un sonido que me resultó familiar, el de unas sandalias caminando sobre el piso de madera. Levanté la mirada, lo busqué con los ojos. El gordo de barba estaba frente al árbol. Había perdido un poco de peso y recuperado un poco de color, tenía un buen bronceado y unas bermudas azules con líneas amarillas a los costados. Llevaba una camisa abierta y unas sandalias rojas que servían como recordatorio de su identidad. Por un momento hubiera jurado que era mi abuelo. Dos cosas me hicieron dudarlo. Primero, mi abuelo llevaba más de 6 años muerto. Segundo, creo que nunca se hubiera dejado barba y bigote.  

    No entiendo si la oscuridad confundía mi vista o si el deseo de mantenerme escondido acortaba mi visión. Solo sé que me quedé inmóvil por un buen tiempo mientras él dejaba amorosamente los regalos debajo del árbol de Navidad. El tiempo pasó lentamente. Completó su misión y estaba a punto de salir de la casa cuando se paró de golpe. Volteó a ver hacia mi dirección y me miró fijamente. “Recuerda que debes esperar hasta el amanecer para abrir los regalos”, me dijo.  

    Me quedé paralizado, el viejo siempre supo que estaba ahí. No dejó de sonreír y cuando subió al vehículo, prendió el motor de lo que parecía más una pequeña avioneta que un trineo de nieve tirado por renos. Corrí a la cama y cerré los ojos. Esperé hasta el amanecer y salí velozmente de mi habitación a buscar a mi sobrino y mi hermano. Bajamos lo más rápido que dieron nuestras piernas a abrir los regalos. Sin embargo, cuando encontré el mío, lo abrí con lentitud; los nervios me devoraban y la curiosidad me hacía temblar.  

    Saqué del envoltorio un marco de fina madera. En el medio tenía una foto mía que había dado por perdida hace ya tiempo. En ella se podía ver a un pequeño niño sentado en las piernas de un regordete de barba y traje rojo. Al lado derecho, tomando mi mano, estaba mi abuelo. Sosteniendo felizmente su cámara fotográfica y, colgadas en el pecho, sus indestructibles lentes para leer. En el paquete también había una pequeña carta con un mensaje.  

    ”El mejor regalo del mundo, es el tiempo que pasas con la familia” 

    Corrí a abrazar a todos. Descubrí que la Navidad no es nieve y regalos. Entendí que la Nochebuena es cada noche que pasas en familia. Que un abrazo es el mejor regalo; que Santa Claus tiene mucho trabajo y que a veces, lo vemos más de una vez al año.   

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autor: Felipe Oz.

  • Reinventarse

    Reinventarse

    – ¡Hombre! ¡A los años que te veo! ¿Cómo estás?

    – ¡Bien, bien! Aquí trabajando mucho estos meses.

    – Ah muy bien, ¡felicidades! No todos pueden decir eso este año, ¿eh?

    – Sí, la verdad es que no me puedo quejar. Este año ha sido muy duro para muchas industrias. Hasta yo he tenido que reinvertarme completamente para poder seguir adelante con el negocio.

    – Oye, pero… a lo que tú te dedicabas era tan específico… ¿cómo le hiciste?

    – Bueno, en realidad sigo haciendo prácticamente lo mismo, pero pude encontrar un camino diferente para hacerlo y, con el “knowhow” que tengo de tantos años de experiencia, lo único que tuve que hacer fue encontrar la plataforma adecuada y los aliados estratégicos. Incluso, ¡me está yendo mucho mejor que antes!

    – ¡Cuenta, cuenta!

    – La verdad no hay mucho que contar, ahora mismo estoy de consultor para algunas empresas como DHL, Amazon, FedEx, Mercadolibre (en latinoamérica), entre otras.

    – ¡Wow! ¡Osea que sigues en las grandes ligas! Pero… ¿cómo está eso de que puedes hacer lo mismo? No suena al trabajo que tenías antes, ¿o sí?

    – Verás, básicamente, lo que hice fue dejar de lado la parte de producción y logística. Las empresas con las que trabajo ahora tienen plataformas mucho más grandes, mejor ubicadas y más avanzadas tecnológicamente hablando que las mías, por lo que llegué a un primer acuerdo para que absorban esas plantas con todos los trabajadores que había para que no se queden en la calle. Ahora están todos súper felices porque se han ubicado en empresas que se adaptan mejor a sus diferentes situaciones personales y familiares, además, todos están capacitándose en nuevas tecnologías.

    – Ah… eso está genial. Eso sí que te debe dar una satisfacción personal, el haber logrado eso por tus trabajadores.

    – Claro que sí, eso era de las cosas que más me estaban preocupando en estos últimos tiempos. Y nada, una vez que logramos esto ya me dediqué a mi parte. Me han contratado como consultor, como te decía, y lo que hago, primordialmente, es realizar estudios de procesos internos de cada empresa para luego optimizarlos. Procesos de transporte global, almacenaje, producción masiva y, sobretodo, mejora cada día de los tiempos de entrega, ¡en eso siempre hemos sido número 1! La idea es que, eventualmente, ellos puedan ser tan rápidos y eficaces como hemos sido nosotros en todos estos años. Creo que con el dinero invertido y las nuevas tecnologías que tienen, lo lograrán pronto. Al final, de lo que se trata es de que, si yo ya no estoy, me reemplace alguien mejor, ¿no?

    – Pues, ¡qué bien amigo! Me alegro mucho por ti y me alegra que todo siga por este camino tan bueno que has encontrado. ¡No te pierdas!

    – Claro que no. Gusto de verte. Toma, te dejo mi tarjeta con mis datos. Cualquier cosa, no dudes en llamarme o escribirme. ¡Adiós!

    Una de tantas historias incompletas sobre Navidad.

    Autor: Diego Méndez

  • Covid Navidad

    Covid Navidad

    Es complicado escribir una historia navideña en un momento como el actual. Meses de encierro, sueldos reducidos, horarios de trabajo interminables, la ansiedad a tope y la paciencia al borde. No es precisamente el escenario más alentador. Para rematar, nuestros nuevos e inseparables amigos, la mascarilla, el frasco de alcohol y el miedo, parece que no nos abandonarán en el futuro inmediato. Así las cosas, entramos desde febrero o marzo, dependiendo de dónde nos encontremos, en una pesada y larga somnolencia, a veces aburrida y monótona, otras veces desesperante, de la que apenas empezamos a ver la salida cuando ¡Bum! Nuevamente empiezan las medidas de “cuarentena” para evitar el aumento de contagios… y de decesos. Porque si a lo anterior le sumamos los cuadros graves, las salas de cuidados intensivos o peor, las muertes por o relacionadas con el COVID-19, no hay medida que valga, nuestras vidas se verán trastocadas para siempre. 

    De poco sirven las reflexiones sobre otras pandemias, pestes o guerras a lo largo de la historia, tan connaturales a la condición humana que a veces nuestro espejismo de progreso y bienestar nos hace olvidar: la realidad, hoy por hoy, es que todo y para todos, dio un giro dramático que ha hecho de este año “inolvidable”. Y seguro que, para la mayoría, ese “inolvidable” viene acompañado, oral o mentalmente, de una retahíla de epítetos cargados. Porque estar recluido, así sea entre las comodidades del hogar, no deja de ser reclusión. ¡Y ni se diga si tocó vivirla en soledad! 

    ¿Qué decir, entonces, de estas fiestas navideñas, sin ese amargo sinsabor de un año para el olvido? Que no, que no todo está para el olvido. Hay momentos, situaciones, llamadas y reuniones de Zoom, que hicieron de esto algo diferente, algo que nos invitó a ver, así sea a la fuerza, a la vida desde otra perspectiva. A encontrar el amor, lo bello y la esperanza en situaciones poco habituales. En lo personal, debo hacer una confesión: si bien vivo solo, vivo a 5 casas de mis padres y una de mis hermanos, lo que significó en mi caso un bote salvavidas. Sin su cercanía diaria, mi soledad habría hecho de mi casa una cárcel. Pero no fue así, mi hogar fue mi espacio y tiempo entre verlos, a fin de compartir momentos y comidas que de habitual habrían sido mucho menos frecuentes. ¡Y qué decir de mi hija! De verla los fines de semana, pasé a tenerla conmigo 8, 9 o 10 días. Fue reencontrarnos en la cotidianidad, convivir. Y si hay algo de esta “nueva normalidad” que rescato es esto: que me hizo ver a mis seres queridos con más frecuencia, con más amor, con más normalidad. En otras palabras, disfrutar de ellos. 

    Porque no nos engañemos: esa vida pre pandemia, a.c. (antes del Covid), donde los nuestros ocupaban el primer lugar en nuestras palabras, pero el tercero o cuarto en la realidad, detrás del trabajo, el gimnasio, el after office o el chuchaqui, no tenía nada de normal. Si algo debe quedarnos de esto es que no podemos volver a nuestra vida anterior, al menos no a que el egoísmo más lacerante sea el verdadero rector de nuestros actos y afectos. Quedémonos con esa lección, aunque el ritmo de la vida actual trate de reencauzarnos a sus algo deshumanizadas aguas tan pronto estemos vacunados. Compartamos más, hablemos más, perdonemos más; porque esa madre o ese padre, aunque agobiados por tantas tareas ya no tienen tiempo para ellos, también sonríen y son felices al saber que esta pandemia les devolvió a sus hijos, aunque sea para la hora de la comida. Y si de paso nos preocupamos y ayudamos un poco más a todos aquellos que, con o sin pandemia, deben enfrentar a la vida en las peores condiciones (y que una vez más, en este circo de desigualdades en el que vivimos, son los más vulnerables) podríamos darle a esta Covid Navidad el verdadero sentido que siempre tuvo que tener. 

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autor: Daniel Crespo

  • La Navidad 2006

    La Navidad 2006

    La Navidad de 2006 fue triste. Aunque ese año estuvo lleno de fiestas, rumba y amigos, no hubo nada que llenara mi vida por completo. Mis padres estaban lejos, en otro país, mi hija pasaba la Navidad con su mamá y yo… yo pasaba la Navidad en cama, viendo películas para poder dormir. La soledad y la noche te hacen imaginar un futuro gris y triste. Ojalá Santa Claus, el niño Jesús o quién me escuchara en esas horas me hubiera podido traer lo que me hacía falta. Nunca imaginé que mi futuro fuera a cambiar tan pronto. 

    Pasó una semana y llegó la hora de celebrar. Esa noche salimos de fiestas de Año Nuevo con muchos de mis amigos a una discoteca latina. Había música en vivo, buenos tragos, baile y mi mejor amiga. Esa misma noche, otra chica se había pasado de tragos y estaba buscando, ¿cómo decirlo con cautela? una compañía temporal para pasar la madrugada. Un grupo grande de amigos fuimos a dar a un restaurante de comida casual, después de la pachanga. Esta muchacha, que buscaba amor fugaz, por alguna razón que hasta la fecha no puedo descifrar, se fijó en mi. Quién hubiera pensado que esa salida marcaría mi vida para siempre, porque esa noche encontré a mi esposa. 

    Ella me preguntó si después de la comida me podía acompañar al carro. Lamentablemente yo no estaba interesado y le supliqué a mi mejor amiga que no me dejara solo. Primero llegamos al auto de mi amiga y nos quedamos conversando como por una media hora, hasta estar seguros que no había «peligro». 

    Cuando llegué a mi casa, puse una película ‘Little miss sunshine’ para poder dormir. ¡PIN! Sonó mi teléfono. Era un mensaje de texto de mi futura esposa. Me preguntaba si había llegado bien a casa. Yo le dije que sí. 

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autor: David Carrillo.

  • Otra vez sin Navidad

    Otra vez sin Navidad

    De pronto encontré un lugar sin Navidad. Con gente que ve venir esta época sin mucha alegría… con algo de novedad, pero manifestando una calma aterradora, una calma que yo no concibo. Dónde nací y crecí, diciembre es un derroche de felicidad que emana de la piel, desde el día uno, huele a fiesta, se respira dicha y se vive como si fuera un carnaval que se disfruta y se repite año por año.  

    No puedo entender que no sepan nada acerca de las novenas de aguinaldo, que se rezan cada noche alrededor del pesebre los nueve días anteriores al nacimiento. Me oyen hablar de los villancicos gesticulando en sus rostros una expresión de asombro y, en algunas ocasiones, hasta de burla.  

    No entienden nada de lo que pasa en ese pequeño belén que se arma en cada hogar, con musgo y ovejas de plástico. María y José avanzando por el camino de aserrín hasta la noche del veinticuatro, cuando la Virgen trae al mundo al pequeño Jesús y lo duerme en una cuna de paja, al calor de una mula y un buey.  

    Me he sentido tantos años en medio de extraterrestres sin alma, no porque sean malos, sino por inexplicables y diferentes. Para ellos, todo gira en torno al gordo panzón de barba blanca, enterizo rojo y bolsa negra sobre la espalda. No tienen idea de la natilla y los buñuelos, de las empanadas y los tamales, manjares característicos de esas festividades.  

    Trato de describirles los globos, los muñecos del treinta y uno, la vuelta a la manzana con la maleta en la mano, el sancocho del día siguiente, los regalos a las doce sobre la cama de los niños, que se duermen para que el niño Jesús no los encuentre despiertos y, así, poder dejarles los traídos. Se me eriza la piel de emoción, aún hoy, que tengo más de cuarenta años.  

    La vida, por circunstancias que no entiendo, o que prefiero no entender para no mortificarme, me han llevado a vivir las últimas navidades en un lugar que no es el mío. No puedo evitar que se me llenen de lágrimas los ojos y el alma de suspiros al pensar que una vez más estaré lejos de mi tierra natal. Que mi diciembre otra vez será sombrío, triste, gris.  

    Muchas personas me sugieren que disfrute, que son culturas diferentes, que no todo es igual. Y, aunque trato, no dejo de sentirme como mosca en leche… extraño el chicharrón con aguardiente alrededor de las luces, esperando las doce para brindar. Ver los niños correr con una sonrisa eterna desempacando sus regalos; muñecas, bicicletas, carritos de pilas, zapatos de luces y patines de línea. Escuchar la música de parranda en la acera de cada casa, retumbando para todo el barrio. El baile que se extiende hasta la madrugada, las mesas llenas de comida y las abuelas en la cocina rodeadas de hijos y nietos que le llevan su aguinaldo y la invitan a bailar. La pólvora interminable que estalla como el gozo en los corazones y el deseo que esa noche no termine nunca. Los abrazos de año nuevo, que con lágrimas se sellan, unas de alegría y otras de tristeza por los que están ausentes.  

    Yo soy una de esas que estoy ausente, que en algún lugar del mundo sollozo en silencio por no estar ahí. La que imagina paso a paso el ritual y se estremece al no poder ser parte de él. Esta Navidad haré una promesa que espero cumplir por los años que me queden se vida: Nunca más estar lejos de mi tierra para estas fechas. Poder abrazar a mi hija, a mis padres, a mis familiares y amigos. Estallar de nostalgia, ver las luces iluminando el cielo de mi terruño, hartarme de chicharrón, natilla, buñuelos, empanadas y tamales. Beber el aguardiente de anís que mis antepasados dejaron como legado. Ver el amanecer rodeada de mis afectos sin pensar en dormir. Sacar la olla, juntar la madera, pelar las papas, la yuca, los plátanos, la mazorca y montar el sancocho. Y, en medio de la calle, esperar ansiosa con todos el caldito para bajarnos el «guayabo»(resaca). ¿Si les intriga saber en qué lugar se vive así la navidad? Pues es en Colombia y son todos bienvenidos. (C.G) D.R.A 

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autora: Cristina Gaviria.

  • ¿Qué me ha enseñado la Navidad?

    ¿Qué me ha enseñado la Navidad?

    Cuando era niña, no recuerdo muy bien si creía o no en Santa Claus, es muy probable que sí, aunque sí recuerdo tener siempre el cariño de toda la familia la noche del 24.  

    En la casa de la abuela, nos reuníamos primos, tíos y uno que otro allegado a la familia, que compartía con nosotros esa noche especial, en la que no importaba qué íbamos a comer, solamente el estar juntos. Una noche especial que me llenaba de ilusión.  

    Con el pasar de los años, esas reuniones fueron reduciendo el número de asistentes, hasta que quien había fomentado la unidad entre todos se volvió una estrella.  

    Algún tiempo después, he ido conociendo, coincidiendo con esta fecha, a personas que me han enseñado varias lecciones en la vida. Así, recuerdo a una pareja que nos relató a mi esposo y a mí, una de estas vivencias especiales. Contaban que un año, en Navidad, por causas mayores, se entregaron como regalo en su familia solamente cartas. En ellas se expresaban todo el cariño y el calor del hogar. Esto me hizo pensar sobre la importancia de la armonía en familia para sobrellevar momentos no tan agradables y de la unión de cada hogar, que en estas fechas se muestra especialmente.  

    El año pasado, conocí a una pareja del campo, que vive solamente de sus cultivos y su tierra. Me recibieron en su pequeña casa con muchísimo afecto y me ofrecieron alimentos. Pude palpar de cerca una realidad totalmente diferente a la mía y aprendí que no importa si tienes mucho o poco, sino que siempre hay algo que ofrecer al prójimo. 

    Este año, que nos lleva dando lecciones desde marzo, he decidido mirar la Navidad nuevamente como una niña, ilusionarme con las luces, las ventanas decoradas, las estrellas y la felicidad con la que los colores de esta época nos demuestran que lo más importante es el nacimiento de Jesús cada año en nuestro corazón.  

    ¡Qué viva siempre la luz en cada corazón!…  y que cada Navidad ilumine nuestra vida.  

    Una de tantas historias incompletas sobre Navidas.

    Autora: Isabel Mora

  • Cerrando los ojos.

    Cerrando los ojos.

    – ¡El abuelo fue engañado, nunca hubiera hecho eso en sus cinco sentidos!

    Alicia escucha a uno de sus sobrinos gritar esta frase al estar discutiendo la herencia de su padre… y se pregunta a sí misma: ¿Cómo pueden llegar a afirmar semejante cosa? ¿Hasta dónde puede llegar su ambición?

    Ella puede sentir con mayor dolor la ausencia de sus padres y le decepciona que la codicia corrompa los corazones de la familia.

    – ¡Si no aceptan nuestra propuesta no habrá trato! ¡Preferimos morirnos sin un solo centavo a que ustedes se salgan con la suya! (dice otro sobrino de Alicia)

    Lo único que se escucha en la sala son gritos. Alicia decide cerrar los ojos por un momento… los gritos se desvanecen hasta que son reemplazados por villancicos navideños… ve a sus hijos abrazando a sus abuelos en aquellos tiempos en los que sus padres aún vivían y la Navidad invadía de felicidad a toda la familia. Ve a sus hermanos, hermanastros y sobrinos uniéndose a los villancicos mientras sostienen unas bengalas. Siente tan real el calor de la familia, la felicidad de sus padres y la armonía que todos mostraban frente a ellos en esta época.

    En un pequeño departamento de apenas dos cuartos, Carlos siente una inmensa soledad… el silencio insoportable de las paredes blancas y la ausencia de sus seres queridos perturban su estabilidad emocional. Cierra sus ojos y recuerda la que alguna vez fue su casa… sus grandes y hermosos espacios verdes, su cancha de básquet, en la que tanto disfrutaba jugar con sus amigos y familia, la sauna que le producía gran placer y los gritos de sus nietos que hacían eco en los altos techos de su hogar, cuando se emocionaban al abrir los regalos de navidad.

    Al norte de Quito, Analía llega cansada a casa, después de un extenuante día en el hospital acompañando a su madre, de 88 años, que acaba de salir de una cirugía en la que le removieron un tumor cancerígeno de su lengua. Es la segunda ocasión en la que su madre tiene cáncer. Analía no puede evitar preocuparse. El proceso extenso y complicado que conlleva el acompañamiento a su madre en todo: exámenes, cirugías, tratamientos y trámites burocráticos, le causan un gran agobio y tristeza. Sin embargo, se aferra a la esperanza de que su madre logrará vencer nuevamente esta enfermedad.

    En su cama, Analía cierra los ojos y recuerda aquellos tiempos más sencillos en los que sus padres aún eran jóvenes. Casi saborea con exactitud el delicioso sabor de los buñuelos con miel que preparaba su mamá en Navidad y ese olor trae consigo la imagen de toda su familia reunida en una gran mesa.

    En Oriente Medio, Lili aún no se recupera de una cirugía facial. El lado derecho de su cara se encuentra paralizado y su sonrisa, que tanto le caracteriza, se ve limitada físicamente por su afección. Su esposo ha pedido permiso en su trabajo para ayudarla en su recuperación, ya que ellos están lejos de su familia y amigos. Lili, a pesar de su dolor y angustia, no puede evitar sentir la preocupación de sus cuatro hijos y, con gran esfuerzo, finge no sentir sufrimiento. Intenta escapar un momento de su realidad y cierra sus ojos… sus memorias la llevan a aquellos días en que estaba en su país natal, disfrutando de ser la anfitriona de unas maravillosas fiestas navideñas. Se ve rodeada de su familia: sus hijos, esposo, padres, suegros, hermanos, abuelos, tíos, primos, sobrinos y cuñadas. Sí que eran concurridas sus fiestas. Ella puede sentir con plenitud el regocijo de tener a su familia cerca. Siente como su piel se eriza con el contacto físico de todos sus seres queridos, con cada beso y cada abrazo. ¡Ella no puede dejar de sonreír!

    Hago una pausa y observo mi departamento lleno de decoraciones navideñas… siento un gran vacío interior. No dejo de pensar en que las cosas materiales han ido reemplazando los verdaderos momentos de felicidad. Siento el divorcio de mis padres con más fuerza en estas fechas. Sé que ellos han encontrado paz al estar separados, pero hay una parte de mí un poco egoísta que quisiera verlos juntos nuevamente. Miro a mis hijos y me abruma la incapacidad de impresionarse fácilmente con la simpleza de la vida, a diferencia de como lo hacía yo en mi infancia.

    Los abrazos, los besos y las celebraciones familiares se han visto reducidos a causa del virus. Ahora todo es mucho más complicado y me cuesta lograr encontrar momentos de regocijo.

    Una rápida reflexión me lleva a concluir que mis problemas son pequeños comparados a los de mis personajes. Me obligo a cerrar los ojos como ellos y sin esfuerzo puedo ver a Alicia recibiendo finalmente la herencia merecida de su padre después de 20 años de su muerte. Ahora puedo verla redescubriendo el mundo a su manera, viajando con sus seres queridos en Navidad, con el convencimiento de que las fiestas están donde exista gozo y amor, sin importar el lugar del mundo donde estés.

    Veo a Carlos viviendo en una nueva versión de su casa anhelada, saliendo del turco en su baño master y riendo a carcajadas al ver a sus hijos y nietos metidos en su cama, esperando por él para ver una película de Navidad.

    Puedo ver a Analía con su familia y sus padres gozando de una gran salud. Todos sentados en una mesa hermosamente decorada, endulzando su velada con unos deliciosos buñuelos hechos por ella con la receta que su madre le enseñó.

    Alcanzo a divisar a Lili, visitando a su familia en su país natal, esta vez en la casa de su tía, disfrutando de aquellos abrazos y besos que tanto le hacían falta. Su sonrisa deslumbra con mayor fuerza que antes.

    Finalmente me veo a mí, en una realidad lejos de ser perfecta, pero con vientos de satisfacción. Intentando enseñar a mis hijos manualidades navideñas, compartiendo las fiestas con mis diferentes seres queridos… abrazándolos en grupos pequeños y disfrutándolos en distintos tiempos, pero con la misma intensidad.

    El primer paso es cerrar los ojos…

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autora: Cristina Alcázar

  • Es 24 y nieva…

    Es 24 y nieva…

    2020 está siendo un año muy duro. Tengo unas ganas locas de pasar la Navidad con las cinco personas que más quiero y que tengo cerca. ¿Podrían ser unas cuantas más? Sí, pero… restricciones de la pandemia, qué le voy a hacer.  

    Voy en el coche por una carreterita de montaña camino del pueblo en el que hemos alquilado una casa rural. El GPS marca que me quedan unos 10 kilómetros, y menos mal. El tiempo está horrible, no deja de nevar. Miro atento a la carretera y pienso en que cuando llegue tendré la chimenea a pleno rendimiento y la casa calentita, para una vez que soy el último… ¿Cómo se habrán apañado para encenderla?, ninguno de ellos es demasiado hábil con cualquier cosa que no sea eléctrica o automática.  

    Me distraigo un par de minutos con mis pensamientos, pero enseguida vuelvo a un modo ‘concentración total’. La carretera no es buena y empieza a cuajar la nieve.  

    Suena el teléfono y contesto desde los mandos del volante. 

    – Oye, ¿por dónde vienes?  

    – ¿Qué te pasa? ¿No tienes modales? Se dice hola. Y después del saludo- Su voz me interrumpe con una carcajada. 

    – No te enfades rey. ¿Que si ya llegas? Chimenea… done. Café ecuatoriano recién molido y hecho en cafetera italiana… done. Cordero, en el horno. Hoy toca homenaje, fiera. 

    – Así me gusta. Menudo equipo de avanzadilla tengo.  En el GPS pone 8 kilómetros. Pero se está poniendo complicada la carretera. Si sigue así, prefiero parar y poner las cadenas, aunque sea para este trocito. Así que no sé, entre diez minutos y media hora.  

    – Adiós, con cuidado. A ver si te salvaste del coronavirus y al final no pasas el invierno. 

    – No seas cabrón. Después de pasar el bicho, soy inmortal. Ahora nos vemos. 

    Bueno. Todo listo y yo muy cerca. Creo que me he ganado con creces esta semanita de grupo burbuja, alcohol, comilonas, y descanso. Aire puro que me limpie los pulmones y los malos recuerdos. No veo casi nada. Puta nieve.  

    Avanzo un par de kilómetros y tengo delante de mí una recta larga, aunque con algo de pendiente. Aminoro. Ya no conduzco demasiado seguro. Las ruedas patinan, el coche se ladea, freno, empieza a retroceder en cámara lenta y me salgo de la carretera. ¡Mierda! Son casi las 18.00 y quedan apenas unos minutos de claridad. Es 24 de diciembre, la grúa no va a llegar hasta aquí, imposible. Miro el GPS, 6 kilómetros me separan del calor de la chimenea y de mis seres queridos.   

    Analizo la situación y tiro de mis exiguos conocimientos de supervivencia. Si el ser humano camina rápido a 4 kilómetros por hora, mientras que no me salga de la carretera, llevando el GPS, en hora y media estoy en la casa rural. Dejo la maleta en el coche para ir ligero, me abrigo bien… Y pienso: todavía llego a la cena, ¡vamos! 

    Según abro la puerta del coche, el frio se me mete hasta los huesos. Empiezo a caminar y desde los primeros metros asumo que mi previsión de una hora y media es demasiado optimista. La ventisca no cesa. Manos en los bolsillos, cabeza hundida entre os hombros y zancadas largas, pero lentas. Cada vez que apoyo un pie, siento como hago mella en la nieve y me hundo un poco, no en vano peso 100 kilos. Calculo que habrá ya unos 10 centímetros acumulados de nieve bajo mis pies.  

    Transcurrida una hora estoy agotado. Está siendo una paliza bestial. Cada paso que doy se hunde hasta casi la pantorrilla. El viento helado de frente no hace más que lanzarme con virulencia más y más nieve. No veo apenas nada. Ya no tengo la certeza de seguir sobre la carretera y cuando intento sacar el GPS, no veo nada, recalcula y recalcula, la pantalla se moja… es muy frustrante. Antes de guardar definitivamente el teléfono, intento una última llamada… imposible, estoy “fuera de cobertura”.     

    No veo nada, estoy congelado. Las fuerzas casi me abandonan. Tengo muchísimo frio. Desde hace un buen rato, y después de varios minutos de un intenso dolor, dejé de sentir los pies. Pero sigo caminando. Tengo que llegar. Tengo que llegar como sea. No me voy a rendir. ¡No me voy a rendir! Ni puedo ni debo. Voy a sobrevivir a esto, no voy a morir aquí, así no. Así no va a pasar. No es Navidad. Vas a salir de aquí cabrón. Échale un par de huevos.  

    De pronto, me da la sensación de que ha dejado de nevar… hay algo más de claridad. Veo la casa justo en frente. He llegado, no me lo creo. Veo el humo blanco saliendo de la chimenea. Me arrastro hasta la puerta, toco torpemente, me abren y me fundo en un abrazo tierno y cálido. Soy feliz. Muy feliz. 

    —- 

    Teniente. Creo que lo tenemos. Puede ser el conductor. Al haber estado enterrado en la nieve no tiene signos evidentes de descomposición, y eso que ha pasado ya casi un mes. Lo encontraron los perros del Antonio, el pastor, a unos 4 kilómetros de la carretera. Están intentando verificar su identidad a través del teléfono que llevaba encima.  

    Una de tantas historias incompletas sobre Navidad.

    Autor: Félix Espoz.

  • Chocolate para calentar los corazones

    Chocolate para calentar los corazones

    La Navidad… un momento mágico del año. Me imagino que está tan cerca de la finalización del mismo para recordarnos qué tan afortunados, agradecidos e, incluso, bondadosos hemos sido o pudimos haberlo sido. 

    Es curioso cómo, cuando éramos niños, medíamos la felicidad de dicha celebración por la cantidad de regalos que recibíamos. Una felicidad tan efímera que no pasaba del mes de enero y, a veces, ni recordábamos quién nos obsequió tal o cual cosa. Igual de curioso es que, como padres, procuramos darles esa felicidad a nuestros hijos (a veces sobrinos o hijos de seres queridos) y, a la vez, nos quejamos de que no se sientan dichosos por tenernos a su lado o por poder compartir un cachito de su vida con sus abuelos, tíos, primos y demás. 

    A mis 41 años, creo no poder pedir más en esta época, gozo de salud, tengo trabajo, tengo a mi lado a mis pequeños tesoros, cuento con un gran grupo de amigos lejos y cerca de mí, que sé que están bien y, por supuesto, tengo a los miembros de mi familia casi completos… sí, porque así es la vida, hay que agradecer por lo que se tiene y por lo que se tuvo mientras se lo pudo disfrutar. 

    Fue la noche del 24 de diciembre del 2016 en la que aprendí a valorar todo lo que ahora les digo de manera tan madura y desde el corazón. Meses atrás, habíamos decidido con mi esposa que nuestras hijas ingresaran a un grupo de scouts para que hicieran nuevos amigos y se involucraran en actividades diversas, desde supervivencia hasta la ayuda social. Como parte de estas actividades, el grupo scout tiene la maravillosa costumbre de llevar chocolate caliente y pan de pascua a las afueras de algún hospital público de la ciudad. 

    La verdad, fue un baño de humildad y un sentimiento de sobrecogimiento. Mientras la noche llegaba, los miembros del grupo empezaban a preparar el chocolate en una esquina a modo de vendedor ambulante, y así, empezar a regalarlo a las personas que lo quisieran o lo necesitaran. Para los niños, el hecho de verse y hacer algo juntos era motivo de algarabía, conversaban, colaboraban, se ayudaban unos a otros y se empujaban a soltar la timidez.  

    Había personas que se encontraban en la calle trabajando, en un puesto similar al que teníamos nosotros. Una señora que vendía bebidas calientes nos dijo muy dulcemente y en son de broma: “Me acaban de poner la competencia”. Esbozaba una sonrisa en su rostro y en seguida dice, “pero que linda iniciativa, bien está, porque hay personas que no tienen ni un dólar para gastar”. La primera impresión de mi hija mayor es abrazarme y decirme, “papi, ¿estas personas no van a ir a sus casas a pasar la navidad?”. Mi reacción es inmediata, le devuelvo el abrazo muy fuerte y le digo, “algunas no, mi amor, vamos arriba para que veas y te explico”. 

    A este plan se sumó mi segunda hija y subimos hasta la sala de espera del hospital, bueno, tal vez a una de ellas, al menos la que daba vista hacia afuera. Una mezcla de espera de emergencias y otras personas que estaban pendientes de algún familiar que se encontraba adentro. En seguida, se escuchó el sonido estremecedor de una ambulancia. Hubo un accidente y llevaban un herido. Las dos sujetaron mis brazos con fuerza y nos acercamos hasta las puertas del hospital. Adentro se podía ver personas con rostros de dolor, tanto físico como emocional, y la mayor me dijo en ese instante, “¿por qué la vida es así?” Traté de explicarle que la vida siempre sería así, y no hay momento para estar bien o no estarlo, para estar vivo o morir, pero que sea el momento que sea hay que estar agradecido por lo que se tiene y, sobre todo, por contar con quien se tiene alrededor. Sin más trámite, las dos me empujaron y me dijeron, “vamos a traerles una taza de chocolate al menos”. 

    Pedimos permiso al guardia de seguridad, quien nos permitió ingresar al interior de la sala de espera y empezamos a repartir no solamente chocolate, sino algo de esperanza. Se veía en los ojos de quienes recibían el chocolate, el pan y un deseo de Feliz Navidad, al menos por un instante, un brillo diferente al que hasta ese momento tenían. Esto se trasladó a guardias, enfermeras, doctores, pacientes, familiares, cuidadores de vehículos, indigentes y a todos quienes se acercaron a nosotros. 

    De regreso a casa, había un silencio, no de pesadumbre, sino de reflexión. Se nos notaba. Las horas pasaron y en seguida dieron las 12 de la noche. Fue la primera vez en sus cortas vidas, que mis hijas esperaron con ansias el abrazo de cada miembro de la familia más que a los regalos que estos tenían para ellas. 

    La Navidad es sinónimo de esperanza para quienes somos cristianos. Es la celebración del nacimiento de quien reconocemos como nuestro Salvador, de ahí este significado que le damos a la época del año. Para quienes no lo viven de un modo religioso, es, sin duda, una época de regocijo que se expresa a través de presentes y muestras de cariño, y no me lo van a negar, de uno u otro modo es la celebración de la vida misma. 

    Este año en particular ha estado plagado de temores de toda índole y muchas personas perdieron seres queridos. Sin embargo, quiero recordarles que deben ver a su alrededor y sentirse felices de lo que tienen, para empezar, si estás leyendo esto significa que aún sigues vivo, así que vive y sé agradecido. 

    ¡Feliz Navidad!!! 

    Una de tantas historias incompletas sobre la Navidad.

    Autor: Andrés Acosta.

  • Un árbol de Navidad Caído

    Un árbol de Navidad Caído

    No sé por dónde empezar, es posible que, con la imagen de un árbol de Navidad en el balcón de una casa, en pleno mes de junio, con un verano cayendo furioso sobre las ventanas de un pueblo polvoriento.

    Es la casa más grande del pueblo y el árbol de Navidad sigue ahí, con las hojas secas y los adornos estropeados. El viento lo tumbó hace algunos meses y nadie lo ha recogido. Todos los días lo veo al pasar y me causa la misma impresión: la de un abuelo muerto, ataviado con sus mejores galas y abandonado en la mitad del camino. Es extraño que quien tuvo el detalle de comprarlo, adornarlo y vestirlo, lo haya olvidado por completo, como si lo hubiera planeado con crueldad deliberada. Como si hubiera mimado a su abuelo en su último año de vida y, de pronto, lo hubiera sacado a morir a media calle con sus mejores vestidos, así nada más, para que sus huesos se sequen al sol y a la vista de los vecinos.

    Yo seguí pasando frente a la casa todos los días para ir a mi trabajo y traté de fingir que nada pasaba, como los demás, pero al ver de reojo el árbol de Navidad caído sentía que el estómago se me revolvía y que me faltaba el aire, como si hubiera visto un abuelo querido muerto, en medio del camino, esperando que los elementos terminen con él y se convierta en polvo para poder descansar.


    El verano llegó a su punto más fuerte después de unos días y el viento, cargado de polvo, se levantaba a cada paso, rasgando los ojos del que lo mirara. El calor y la sequedad del ambiente, las quemaduras de sol y el tener limonada fresca en cada casa se convirtieron en los problemas más importantes del pueblo. A todos dejó de interesarnos el árbol de Navidad caído en pleno agosto.  El viento por la noche aullaba como un coyote y todos nos acostábamos temprano para no escuchar como el techo de cada casa amenazaba con ser arrancado por el vendaval. Y así, con los ojos enrojecidos y la piel tirante, con las ganas de hundir el cuerpo entre las sábanas, previamente mojadas para evitar el calor de cada noche, descubrí, sin buscarlo, el misterio del árbol anciano caído en el balcón.

    Una mañana, pasé frente a la casa del árbol y vi por fin a un ser humano en el balcón recogiendo el árbol y quitándole los adornos. Me quedé quieta casi sin respirar para poder observar al extraño personaje que recogía los desperdicios. Era un hombre largo y contrahecho, con la nariz puntiaguda. Recogía calladamente los restos de esa milenaria navidad. Después, caminó lento hacia el filo del balcón y levantó la mano para saludarme. Me sentí como una niña pequeña descubierta haciendo una travesura. Me dijo extrañamente, “al fin murió”, y el hombre empezó a llorar. Yo tenía ganas de decirle algo, pero realmente no sabía qué decir, me sentía fuera de lugar.  “Murió anoche”, añadió. Y yo, saliendo de mi mudez, le pregunte, “¿quién ha muerto?”.  El hombre me contestó: “El árbol”.

    Ojeroso y solo, parado en medio de un balcón cuidando un árbol marchito, el anciano entró a la casa sin más, con pasos pausados y tristes, sollozando.

    Nunca conté lo que vi, a nadie, no debían molestar al anciano. No quería que inventen historias sobre él o que los niños lanzaran piedras a la casa, la gente es muy cruel. Un anciano tiene el derecho a pasar sus últimos años en paz.

    Una de tantas historias incompletas sobre la Navidad

    Autora: Jana Lamprea