Etiqueta: musica

  • La locura de un acorde

    La locura de un acorde

    El corazón le latía a mil por hora mientras esperaba en el backstage. Tenía los nervios a flor de piel mientras intentaba repasar mentalmente las letras de todas las canciones que iba a interpretar esa noche. Habían sido meses y meses de duros ensayos creando canciones que fuesen novedosas o, por lo menos, todo lo novedosas que pudiesen ser dentro de un mundo en el que solo se valora la comercialidad y el producto, antes que la creatividad y el talento.

    Los nervios iban aumentando con cada grito del público que había en la sala, lo cual le hacía olvidarse de las letras de las canciones, aumentando aún más su nerviosismo. Cogió aire profundamente y con el sonido del primer acorde de guitarra decidió salir al escenario.

    Un sinfín de luces de colores llenaba aquella oscura sala repleta de gente. La música iba en aumento y se acercaba el compás en el que tenía que entrar a cantar.  Se giró y miró a sus compañeros de grupo, sus amigos desde hace años… un escalofrío le recorrió el cuerpo y sintió verdadero orgullo de estar viviendo su sueño con las personas que él quería, junto a su hermano. Cogió el micrófono con agresividad y el primer gutural que salió de lo más profundo de su garganta hizo temblar las mismas paredes del infierno.

    Contempló como los ojos del público se fueron abriendo totalmente desencajados al escuchar esa voz de ultra tumba, cosa que a él le animó enormemente. Al fin y al cabo nadie le había enseñado a cantar y toda su formación había sido fruto de horas y horas de prácticas en soledad.

    Su cuerpo reaccionaba al compás de la batería, generando movimientos totalmente involuntarios y subiéndole la adrenalina a niveles nunca experimentados. El sudor le corría por su frente hasta alcanzar sus ojos, produciéndole un molesto escozor. Se los limpió con la muñequera negra que llevaba y al mirar al público le dio un vuelco el corazón. Allí estaba ella…la persona a la que hace años había amado con locura se había presentado por sorpresa y se encontraba en primera fila con cara de ilusión y animando canción tras canción con toda su alma. Miles de emociones le inundaron de golpe en ese mismo instante, haciéndole retirar la mirada de ella por vergüenza. El color rojo de los focos se quedaba corto al compararlo con el color de sus mejillas, pero en ese mismo instante todo el mal vivido se esfumó, al igual que la niebla que generaba la máquina de humo.

    El concierto llegaba a su fin y el cansancio se iba notando más y más en el cuerpo. Miedo le daban las agujetas que le iban a salir al día siguiente. Sin embargo, la euforia que sentía al disfrutar de cada nota musical que salía de las proezas de sus compañeros y de aquel reencuentro no tenía precio, se sentía realmente vivo.

    El final llegó, y con él, la ovación de un público entregado, de un público que le había hecho sentirse querido y valorado por el trabajo en conjunto, de un público repleto de amigos y gente que no conocía en absoluto, de un público que valora la música de verdad y no lo que nos venden como arte en la actualidad.

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Miguel Angel Vera

  • Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Así, tal cual. Como lo oís. Vale, igual lo he soltado muy de sopetón, tendría que darle algo de contexto y matizar para que me creáis. La cosa en realidad fue así. El fantasma de Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Con la salchicha quemada. En el centro comercial de La Vaguada. Después de ver en el cine la peli de «El especialista«. La de Sharon Stone y Sylvester Stallone. Y es curioso porque por aquel entonces conocía a Frank Zappa de nombre y poco más, no creo que hubiera oído todavía una sola canción suya.

    Yo con 13 años ya era un apasionado de la música, pero estaba tan metido en el rock duro y el metal que aún me costaba salir de ahí. También estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Compraba revistas como la Kerrang, la Heavy Rock o la Metal Hammer, y de vez en cuando me agenciaba alguna Guitar Player. Frank Zappa había muerto unos meses antes, a finales del 93, y yo estaba suficientemente informado como para, al menos, poder ponerle cara. Tenía idea de que su música era rara de narices, pero no sería hasta años después cuando me diera por sumergirme un poco, tampoco demasiado, en aquella obra absolutamente inabarcable.

    Lo de peli y perrito caliente en La Vaguada era un clásico de nuestra adolescencia que mi amigo Fede y yo nos podíamos permitir, con suerte, cada dos o tres meses. Después del perrito igual echábamos alguna partida en los recreativos, siempre dependiendo de cómo anduviéramos de pasta, y dábamos una vuelta por el centro comercial. Aquel día elegimos la de «El especialista» por motivos obvios. Una de acción con escenas eróticas protagonizada por Stone y Stallone. Qué podía salir mal. Ahora no recuerdo absolutamente nada de esa peli, aparte de que echaban un polvo en la ducha, pero lo que no olvidaré jamás es el episodio posterior.

    Cuando llegamos al puesto de perritos nos llamó la atención que tras el mostrador estuviera un señor de unos cincuenta y tantos años. Y encima era la viva imagen de Frank Zappa. Como dos gotas de agua. Pelo ligeramente canoso que no conseguía mantener por completo dentro de un ridículo gorrito blanco de cocinero, rostro afilado, nariz de cuervo, su característico mostachón y su aún más característica barba de chivo.

    «Mira, es Frank Zappa», le susurré a Fede, y éste se rió. De todos mis amigos, Fede no sólo era el más cercano, sino también el único capaz de haber entendido aquel chiste. Compartíamos la misma pasión por la música y nuestros gustos eran muy similares. Él fue, de hecho, el motivo por el que comencé a tocar la guitarra y el motivo por el que luego la acabaría abandonando. Empezamos tocando juntos en interminables tardes en su casa, con nuestras eléctricas enchufadas a un par amplis de 10 vatios y el «Live» de AC/DC sonando a toda pastilla, intentando sacarnos todas las canciones. Al poco tiempo él empezó a tomar ventaja hasta que acabó destapándose como un absoluto virtuoso. Yo no pude seguirle el ritmo y no tardaría en desanimarme.

    Bueno, la cuestión es que ambos nos reímos de aquella coña. Pedimos, Frank Zappa nos sirvió, y nos marchamos con nuestros perritos a la terraza del centro comercial, en donde siempre había más ambiente, o sea, más chicas paseando por ahí. Allí nos dimos cuenta de que las salchichas de nuestros perritos estaban prácticamente calcinadas. «Qué cabrón, el Frank Zappa», espetó Fede, pero por no andar volviendo, y también porque en el fondo éramos unos cagones, nos los acabamos comiendo.

    Fede y yo tendríamos la suerte en años venideros de poder ver a muchos de nuestros ídolos en conciertos inolvidables. Van Halen en el Palacio, AC/DC en Las Ventas, los Maiden en el Pabellón del Real Madrid, Deep Purple en la Cubierta… Pero con el tiempo nos fuimos distanciando. Nunca nos peleamos ni tuvimos bronca alguna, simplemente nuestros caminos fueron divergiendo hasta tomar direcciones totalmente distintas. Un día, leyendo una revista cualquiera, me topé con la breve reseña de un libro, cuyo autor y título no recuerdo, que recogía los peculiares gustos culinarios de varias celebridades, y ponía como ejemplo que una de las comidas favoritas de Frank Zappa eran las salchichas quemadas. Os lo juro. Tal cual. Me quedé a cuadros. Aquélla era la prueba definitiva e inequívoca de que no nos habíamos topado con un doble de Frank Zappa, sino con el mismísimo Frank Zappa. O mejor dicho, su fantasma. Quise llamar a Fede de inmediato para contárselo, pero me di cuenta de que para entonces ya no nos hablábamos.

    Retomamos el contacto más de dos décadas después, a comienzos de 2020, a través de Facebook. Fue un breve pero emotivo intercambio de mensajes en el que pudimos ponernos al día. Él vivía en Móstoles con su novia y su niña pequeña. Se ganaba la vida como profe de guitarra y músico de sesión. Pensé en contarle lo de Frank Zappa pero sentí que igual no venía a cuento. Ya tendría oportunidad de hacerlo más adelante, pues quedamos en vernos en el concierto de Aerosmith en el Wanda, en julio de ese mismo año, ya que coincidía que ambos habíamos pillado entradas. «Así rememoramos los viejos tiempos», escribió él. Luego vino el maldito covid y, entre otros muchos desastres, aquel concierto se aplazaría para julio de 2021. Y hace un par de semanas volvieron a posponerlo para julio de 2022. Ni siquiera tengo claro si se celebrará algún día o no, pero ya me da igual, porque acabo de enterarme de que pase lo que pase ya no volveré a ver nunca más a mi amigo Fede.

    Y yo no sé por qué no dejo de pensar en lo de Frank Zappa y los perritos calientes. Porque aquello no pudo suceder así sin más. Tuvo que significar algo, ¿verdad?

    Demonios, ¡si a mí ni siquiera me gusta Frank Zappa!

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Rodrigo Martín

     

  • Lágrimas de roquero

    Lágrimas de roquero

    Empezaron a sonar los primeros acordes de La mañana, de Edvard Grieg, en el viejo teclado Yamaha que no sabía que tenía en el bar, y aquel hombre duro, curtido por los años, se resquebrajaba y empezaba a llorar. Pequeños espasmos apretaban su pecho, fuera del alcance de su férreo control a mostrarse vulnerable, pero qué carajo, la ocasión bien merecía una que otra lágrima.

    Seis meses atrás, Antonio, que así se llamaba aquel hombre al que todos conocían como Tony, recibía una inesperada, pero anhelada llamada telefónica. Era su hijo. Tras años de desencuentros había decidido darle una nueva oportunidad, la última. Le iba a permitir disfrutar un poco de la compañía de su nieto, Joaquín, un adolescente provocador y rebelde al que no veía desde hace diez años.

    Tony regentaba un bar roquero con una parroquia ya entrada en años. Rojo y temperamental como era, no le importaba demasiado echar a patadas a cualquier niñato que no cumpliera las reglas de ‘su casa’ o que le intentara vacilar. Que le preguntaban, vas a abrir el 1 de mayo, que hará bueno y va a haber un montón de gente por la calle, puñetazo al canto, empujones y gresca monumental entre gritos de «respeta a los compañeros muertos, hijo de puta».

    Sin embargo, pese a su peculiar carácter, su bar siempre estaba lleno. Abría con Jhonny Cash, esperando que la noche fuera intensa, y cerraba con Janis Joplin, con la satisfacción de haberlo conseguido. Tenía pasión por la música, sobre todo por el rock. Contaba con un vasto conocimiento del género que había ido atesorando con el pasar de los años. En su casa, la música la ponía él, todos lo sabían y a nadie se le ocurriría criticarle. Su selección y su buen gusto eran, simplemente, bestiales.

    La llamada de su hijo le había despertado no sólo alegría, también una especie de profunda desazón que no le dejaba dormir. Su nieto era músico. Le aterraba. Cualquiera podría pensar que aquello le alentaría, por tener una pasión común, pero para Tony ese era un término tan difícil de llenar que le causaba pánico llegar a una situación en la que pudiera perder a su familia definitivamente.

    Esa noche se puso un disco especial después de cerrar el bar. Un disco que le suponía un reto cada vez que lo escuchaba, pero que despertaba en él profundas sensaciones. El virtuosismo de Bebo Valdés y la voz profunda del ‘Cigala’, en Lágrimas Negras, hacían que le explotara la cabeza y se le revolvieran las vísceras. Se lo había regalado un joven sueco de erasmus al que, por lo que sea, después de su noble intento de abrir las miras musicales de aquel roquero, no le gustaron los malos modos e insultos que recibió. Nunca más volvió.

    Y llegó el día y Joaquín entró por la puerta. Y empezaron a hablar, y todo fluyó. El joven admiraba la rebeldía del viejo y viceversa. Encajaban como dos piezas de un rompecabezas. Esos dos casi desconocidos parecía que no llevaran 10 años de conversaciones sueltas de 1 minuto por Navidad o cumpleaños, cumpliendo el uno con el otro de forma vaga y trivial.

    Al final, el chico puso sobre la mesa el temido tema de la música y no aguantó la tentación que tenían la mayoría de los niñatos que entraban en aquel templo del rock, y quiso vacilar a su abuelo: «En la historia de la música Don Patricio terminará siendo más grande que Metallica». Siguió provocándole ensalzando la figura de Bad Bunny y terminó su afrenta sacando su teléfono y diciendo: «Te voy a poner un clásico que vas a flipar».

    Al Tony roquero se le erizaron hasta los pelos de las patillas, al Tony de las mil batallas le bombeaba el corazón como una manada de caballos en estampida, al Tony de «en mi casa mando yo» se le hincharon las venas de la frente, y sí, el viejo Tony se levantó de la silla, agarró de la pechera a su nieto y sin mediar palabra lo echó del bar y cerró la puerta.

    Y se cagó en todo lo cagable, y blasfemó, y maldijo su suerte y a sí mismo, por ser así, por ser como era. Y lloró con Robert Johnson y con John Lee Hooker. Y una cosa llevó a la otra, y se puso a Chuck Berry, y sintió de golpe como le volvía el alma al cuerpo, y se dio cuenta que estaba en casa. En su casa. Ya no quería blues, volvía a necesitar rock. Después de tres horas cantando a todo pulmón y bebiendo se durmió con el clásico español Maneras de vivir, de Rosendo Mercado, con una botella de cerveza en una mano y con un disco de los Ramones en la otra.

    Cerró el bar durante tres meses. Sentía vergüenza por sus actos. Se preguntaba si su nieto habría hablado con su padre, si al final todo se habría ido a la mierda. Y mientras tanto, Joaquín mantenía todo en secreto, se sentía un privilegiado, había visto al viejo en acción, cómo lo había levantado como si no pesará, aquella fuerza, aquella determinación salvaje. Le respetaba profundamente, pero era lo suficientemente orgulloso como para no decírselo, como para no ir al bar, disculparse y darle un abrazo.

    El chico pensaba y pensaba cómo restaurar la relación con su abuelo desde el respeto mutuo, sin perdedores ni vencidos. Y al final encontró la manera. Convenció a su padre para que le dejara el juego de llaves de emergencia que tenía del bar. Y lo preparó todo.

    Esa tarde, seis meses después de aquella llamada de teléfono, el viejo abría el bar y se encontraba a su nieto sentado detrás de la barra en un taburete con sus manos sobre el teclado.

    Cuatro minutos de éxtasis total. Cuatro minutos de música amansando a su fiera interior. Se permitió una vez más un escarceo con otros ritmos, con otras secuencias de notas. Aquello le movió el alma. Y sí, su nieto era músico, y él era feliz.

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Félix Espoz

  • Playlist

    Playlist

    “Si fuera más guapa y un poco más lista

    Si fuera especial, si fuera de revista…”

    Suenan en el fondo los primeros versos de “Jueves”. Qué atinada canción de la Oreja de Van Gogh para describir cómo me siento. Hoy un poquito más que otros días. Y es que, no puedo evitar pensar que, si tan sólo fuera más guapa y un poco más lista, todo sería diferente.

    Son las 10 de la noche y estoy escribiendo este relato. Estoy revisando Instagram cada 5 minutos. Estoy escribiendo ciertos mensajes y esperando con ansias otros cuantos. Estoy escuchando gritos. Estoy anhelando un viaje, una rodada, un abrazo, un pastel. Estoy sentada, luego parada y sentada otra vez. Estoy, estoy, estoy. Pero a la vez, no estoy. No estoy haciendo lo que debería. Voy evadiéndolo ya por tres meses, y el problema ahora es que se me acaba el tiempo.

    “…Tendría el valor de cruzar el vagón

    Y preguntarte: ¿quién eres?…”. Sigue sonando “Jueves”. Y yo, sigo estancada.

    Necesito valor. Sólo un poquito, un poquito más. Por lo pronto no tengo que cruzar ningún vagón ni hablar con alguien. Aunque ahora que lo pienso, sería lindo…. pero esa es otra historia. Me distraigo otra vez. Sigo escuchando atentamente la canción y me sumerjo en la historia que narra. Es sobre un amor que cuando por fin venció los miedos y estuvo a punto de ser, no fue. ¿Injusto no?

    En fin, se acabó la canción, 4 minutos más que lo he evadido. ¿Qué sonará ahora? “Booker T”, de Bad Bunny. ¿En serio? No, no estoy en mi peak, así que paso. Ni siquiera me gusta y no sé porque está en mi playlist. Siguiente: “Mil horas”, de Los Abuelos de la nada. ¡Qué buena canción y qué buenos recuerdos! No se cantar, pero no me importa; imagino que mi mano es un micrófono y comienzo a cantarla con mímicas y movimientos exagerados de mi cabello. Por un ratito soy yo, genuinamente yo.

    Sigue pasando el tiempo, siguen sonando canciones y sigo escribiendo el relato. Nuevo cambio drástico en mi playlist, ahora suena “Lo Siento”, de Beret.

    “…No luchar por lo que quieres solo tiene un nombre y se llama perder…”.

    Otra vez, como si la letra fuera escrita para mí. No sé si me hace sentir mejor o peor. Últimamente, toda idea con la intención de motivarme termina haciendo todo lo contrario. Pero no, hoy no lo permitiré, hoy será el día. Con o sin motivación tengo que hacerlo, las fechas límite se acercan. No quiero perder y la lucha tampoco es tan terrible como la estoy pintando, así que abro el archivo de Excel. He hecho esto tantas, tantas noches en los últimos cuatro meses, que ya me sé de memoria su contenido.  

    “…Reviento, porque a veces ni yo me entiendo…”

    Y es que no me entiendo. Desde que estaba en último año de colegio, he soñado con irme de intercambio. Pero en esa época era imposible, con mi papá en el paro y mi mamá iniciando su tratamiento contra el cáncer no había forma. Vaya que fueron tiempos difíciles. Hoy, gracias a Dios, la situación ha mejorado un poco. Y ahora que por fin tengo el apoyo para cumplir mi sueño, no lo hago. Parece contradictorio, pero mientras más quiero algo, más lo evito. Me he convertido en experta en encontrar abismos, y temo, temo tanto dar un paso en falso y caer, que prefiero quedarme paralizada.  

    Yo sé que cuando alguien lea esto pensará: cómo esta muchacha le da tantas vueltas y no se anima a aprovechar una oportunidad tan grande, o no sé por qué se complica si es tan sencillo como buscar una universidad. Y sí, en realidad es fácil. Solo hay que abrir el archivo de Excel, buscar las universidades que ofertan la carrera, entrar a la página de cada universidad, encontrar los cursos que se deben tomar ese semestre y aplicar. Nada complejo. A una persona debería tomarle máximo dos semanas. A mí, me ha tomado tres meses. No he pasado del primer paso porque cada vez que abro el archivo, un millón de preguntas comienzan a invadirme, y todas se resumen en ¿y si fallas?

    Me pongo mal, otra vez. Maldita inseguridad. En el fondo sé que todas esas preguntas no tienen sentido y que sí puedo lograrlo. Beret no ayuda “…tus aciertos dirán dónde estás y tus fallos tan solo por dónde ir…”. Como quisiera que la certeza sea más fuerte que mis miedos. Como quisiera saber por dónde ir. Ha pasado media hora y sigo contemplando el archivo.

    Siguiente canción, suena “No tan deprisa”, de Joaquín Sabina. Mi ánimo cambia por completo. Sonrío. Hace un año ya que la escuché gracias a la recomendación de uno de mis amigos más cercanos y hoy ya es una de mis favoritas. Así que otra vez, mi mano como si fuera un micrófono y a cantar a todo pulmón.  

    “…No tan deprisa…”.

    Creoque es justo lo que necesitaba escuchar. Respiro y doy espacio a mis emociones. Es válido preocuparse y tener un poco de miedo, pero sólo un poco. Me recargo. “Ser feliz con dos latas en la nevera y un gramo de esperanza en lista de espera…”. Disfruto la canción. El optimismo y la ilusión van ganando a los miedos. Sí, sí puedo. Abro el buscador y comienzo con la primera universidad en mi lista; está en Indiana y el campus es muy bonito… Las dudas no se han ido y estoy segura de que no se irán, pero hoy las canciones y el relato me dieron la fuerza que necesitaba para empezar. 

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autora: Milena Espoz

  • Siempre quise ir a L.A.

    Siempre quise ir a L.A.

    «Siempre quise ir a L.A. Dejar un día esta ciudad. Cruzar el mar en tu compañía». Y hasta aquí llegarían todas las similitudes entre la que probablemente fuera nuestra canción favorita, como pareja, y nuestra propia historia de amor. Bueno, corrijo: «Pero ya hace tiempo que me has dejado», ahí también seguirían las coincidencias, aunque ya no, claro está, en lo de «Y probablemente me habrás olvidado». Difícilmente podríamos olvidarnos el uno del otro cuando tenemos dos hijas en común en custodia compartida, una hipoteca conjunta que nos trae por la calle de la amargura, y muchos más conflictos de los que ambos querríamos tener, y aún así somos incapaces de evitar. En verdad, ni siquiera tengo claro que fuera nuestra canción favorita, pero sí una muy especial que a los dos siempre nos recordó a la noche en que nos conocimos. Que ni siquiera nos conocimos entonces, porque al menos yo te había visto antes por el barrio y ya te había echado el ojo. Eras la prima de Alvarito, pero nunca habíamos hablado hasta aquella noche. O a lo mejor no llegamos ni a hablar, porque menuda melopea me agarré. Fue en las Fiestas del PCE del 94, en la Casa de Campo. Javi y yo llegamos el primer día, el viernes, más pronto que el resto para ir calentando motores, antes de que empezaran los conciertos. Nos dedicamos a ir de caseta en caseta recopilando chapas y pegatinas, que nos íbamos poniendo en nuestras camisetas, y minis de kalimotxo y cerveza. Para cuando tú llegaste con Alvarito y los demás, ya no nos quedaba apenas un centímetro libre en nuestras camisetas y llevábamos un pedo demencial. Fíjate que antes de Loquillo tocaba Pablo Milanés, y a Javi y a mí se nos metió en la cabeza que en realidad era Paco Pil, así que nos pasamos todo el concierto pidiéndole a gritos que tocara “Johnny Techno Ska”, para fastidio, imagino, de todos los presentes. Ese podía llegar a ser nuestro nivel de imbecilidad, en aquella época. Luego salió Loquillo, pero tampoco creas que recuerdo gran cosa… salvo que ya en el tramo final, no sé cómo ni por qué, tú y yo acabamos abrazados cantando a voz en grito “Cadillac solitario”. Sí me acuerdo perfectamente de que sentí entonces un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. No sé si fueron los efectos del alcohol, que ya iban remitiendo, nuestro repentino abrazo o la pasión que le puso Loquillo aullando «Nenaaaaaaaaa» al final de la canción. Pero cómo olvidarlo. A la mañana siguiente, o mejor dicho, al mediodía siguiente, me desperté con el temor de haber dicho o hecho algo más inapropiado de la cuenta, la convicción de no volver a beber en mi vida (o el menos ese fin de semana) y la esperanza de que tú también, como yo, hubieras pillado el abono para los tres días y volviéramos a vernos ese sábado en la Casa de Campo. Lo primero, nunca lo supe, lo segundo, nunca lo cumplí, y lo tercero, por suerte para mí, sí sucedió. Y el resto, como se suele decir, es historia. Una historia que nunca nos llevó a L.A. (lo más lejos que llegamos a viajar, cuando la pequeña cumplió 5 años, fue a Cascais, y no hubo que cruzar mar alguno), pero tampoco estuvo tan mal. Tuvimos nuestras cosas bonitas y otras cosas bien chungas, vamos, una historia como cualquier otra. Pero es la nuestra, aunque no dé para escribir ninguna canción, más allá de algunas estrofas. Las cosas como son. Al menos yo ahora mismo no podría subirme en un viejo Cadillac segunda mano a la ladera del Tibidabo, para mirar fumando nostálgicamente a tu barrio, después de haberme cepillado a una rubia en el asiento de atrás. Tengo mi viejo Opel Astra desde hace meses parado averiado en el garaje, sin haber pasado siquiera la última ITV. Ya me he acostumbrado a ir al trabajo, o a buscar o a llevar a las chicas a tu casa, en metro. Y desde que murieron mis padres, ya no me ha dado por volver al pueblo. Yo, además, vivo en Moratalaz, y tú en Usera. Dejé de fumar hace cinco o seis años, y bueno, lo de la rubia ahora mismo sería lo más complicado de todo. La última cita que tuve fue hace… hará ya más de año y medio, igual va para dos años, y ella era pelirroja, aunque seguramente no lo fuera. La cita fue un absoluto desastre. Nada, tampoco suelo ponerme en plan nostálgico a pensar en lo nuestro. Hay días en los que sigue pesando más todo lo bueno que tuvimos y otros en los que, por los motivos que sean, uno se agarra más a los momentos más amargos. Nos quisimos y luego nos dejamos de querer, o nos seguimos queriendo, a nuestra manera, pero de una forma totalmente distinta. Y ya está. Estoy bien. Estamos bien. Los dos lo tenemos más que superado. Creo. Y sin embargo…

    Esta tarde, antes de que Sonia volviera de su clase de inglés, Marina me ha preguntado si podía poner música en el salón mientras preparaba el examen de ciencias, o de física, no me he enterado muy bien. Me ha pedido que le diera las claves de mi cuenta de Spotify y se las he dado. Al rato, no sé si ha sido algo aleatorio o si deliberadamente ha pinchado en una de mis playlists, ha empezado a sonar “Cadillac solitario”. Y por un momento…  

    A los 30 segundos o así ha quitado la canción y ha puesto a todo volumen a uno de esos reguetoneros insufribles. Y me ha preguntado, a gritos, qué pensaba hacer de cenar. En fin…

    Una de tantas historias incompletas sobre amor y desamor.

    Autor: Rodrigo Martin


  • Roentgenizdat

    Roentgenizdat

    Rusia. Década de los 50.

    – ¡Hazlo Alexei! Gritaba Dmitri a su hijo de 17 años.

    – ¡No quiero hacerlo papá…!

    – ¡Que lo hagas ya! ¡¿No entiendes que es la única manera?!

    – ¡Pero ya no quiero hacerte más daño! No soporto verte sufrir…

    – Mira Alexei, hacer esto nos dará de comer… ¿Entiendes que ya no podemos abrir el Bar por orden del gobierno? Iría a la cárcel y ¿quién cuidará a tu hermana, tu madre y de ti? Vamos… tienes que hacerlo…piensa en ellas.

    (Dmitri toma otro sorbo del vodka en la mesa y grita)

    – ¡Ya!

    (¡CRACK!)

    ——

    Unos años antes…

    (Música de fondo)

    – ¡Hola, bienvenidos al Bar Roadhouse! ¿Vienen al concierto?

    – ¡Así es! Gran idea hacer un concierto de Blues y Jazz. Somos 6 personas.

    – ¡Ah, sí! Aquí nos encanta esta música, ¡seguro escucharán canciones que les van a encantar!

    El Bar está a reventar. La gente bebe, se divierte y está a la espera del gran evento. Las luces se apagan y se escucha al presentador…

    – ¡¿Están listos?! ¡¿ESTÁN LISTOS?! Por favor denle la bienvenida al mejor guitarrista y pianista de blues y jazz de todo Rusia: ¡JASHAAAAA y DMITRIIII!

    Los dos músicos saltan al escenario en frente de unas 200 personas. Vestían ropa occidental típica de los músicos de blues profundo estadounidense: corbata fina negra con camisa blanca, gafas oscuras y sombrero con mocasines. Empiezan a tocar y enseguida se siente la electricidad y energía que envuelve a todos. Se viene una noche para no olvidar…

    30 minutos después, en pleno concierto…

    – ¡Todos quietos! ¡Están bajo arresto!

    – Pero, ¿qué significa esto? ¡Exijo una explicación!

    Habían irrumpido en el bar más de 50 militares con metralletas, rodeando a todos y apuntándoles. El Comandante saca una hoja y lee…

    – “Por orden del Presidente, se declara la música occidental ilegal en todo el país. Por consiguiente, cualquier persona que la promocione, venda o la escuche será arrestado y enjuiciado por traición a la patria”. Todos, ¡al calabozo!

    ——

    – ¡Siguiente!

    – Hola Nikita…

    – Ay, Dmitri… ¿Qué te has hecho esta vez? ¡¿otro dedo?!

    – Si… ya sabes que yo solo era un pianista y el trabajo pesado con herramientas no es lo mío… soy muy torpe…

    – Dmitri, no tengas vergüenza. Lo que haces es para dar de comer a tu familia y no hay ninguna deshonra en eso…Ven, te llevo a la sala de Rayos X.

    ——

    3 horas después…

    Toc. Toc. Toc.

    – Hola Dmitri. ¿Cómo estás amigo?

    – Hola Jasha. Ya escayolado otra vez. Cada vez que lo hago me queda más presente que jamás volveré a tocar el piano… ten, aquí está la radiografía.

    – Dmitri, lo que haces es heroico, salvarás a tu familia del hambre. Mira, con todas las radiografías que hemos obtenido en este año, entre las nuestras y las que hemos recogido de la basura podremos hacer muchísimos discos con la nueva técnica de grabado que han descubierto utilizando materiales parecidos al vinilo como, justamente, estas radiografías que, aunque no se escuchen bien, la gente los comprará. ¡Escuché que en las otras ciudades les está yendo muy bien con las ventas porque a la gente de verdad le gusta el blues y el jazz y nosotros éramos los mejores aquí!

    – Es verdad… ¡brindemos por eso!

    – ¡Zasdarovia! ¡por la Roentgenizdat!

    Una de tantas historias incompletas sobre política.

    Inspirada en el movimiento Roentgenizdat de la década de los 50 en Rusia, que quería decir “Música Ósea” en honor a las radiografías que se usaban para grabar discos ilegales en la época debido a la prohibición del gobierno.

    Autor: Pelayo

  • Dylan

    Dylan

    —¿Qué tal amiguito?, ¿cómo estás?

    Bien.

    ­—¿Y cómo te llamas?

    Dylan.

    —Mucho gusto Dylan ¿Puedes decirnos dónde vives?

    En la Bota.

    —Ah muy bien ¿Y sabes por qué estamos aquí?

    No. Solo me dijeron que venían unos señores a ayudarme a hacerme famoso.

    Esa fue la primera vez que hablamos con Dylan. Y es que mi hermano y yo habíamos creado un proyecto dedicaDO a ayudar a niños que viven en situación de precariedad ayudándoles a desarrollar habilidades extracurriculares que no aprendían ni en la escuela ni en su casa; en este caso: Música.

    Habíamos REvisado muchos perfiles y Dylan cumplía con todos los requisitos que buscábamos. Así que, una vez que tomamos nuestra decisión, hablamos con su madre (Dylan no tenía padre, como todos los niños de este centro, todos provenían de casas monoparentales e incluso a veces sin ninguno de los dos padres) y le comunicamos que Dylan había sido elegido: ¡Sería el primer alumno becado del Musican Project!

    MI primer viaje con él me abriría los ojos para siempre.

    Nuestra escuela era pequeña, así que yo mismo iba hasta La Bota a recogerlo para ir al proyecto y luego de vuelta a su casa. Una vez en el carro no hablaba mucho. Estaba serio y sólo miraba por la ventana cómo salíamos de su barrio. Habíamos llegado a un redondel, cuando me dice:

    Es a la derecha, ¿por qué se va para allá?

    —¿Por qué piensas que vamos a la derecha?

    No sé. Siempre voy para allá. NUNCA he ido a la izquierda.

    Resulta que él nunca salía de su barrio y cuando lo hacía era en un bus que giraba a la derecha justamente en ese redondel camino al pueblo donde iba a visitar a su familia de vez en cuando.

    —Nos vamos hacia el centro norte de Quito—le dije.

    —Nunca he estado ahí.

    —¿Sabes qué hay ahí?

    Mi hermana trabaja por ahí para unos gringos. Me dijo que hay un parque grandote y unas casas altotas.

    Seguimos un tramo hasta que noté algo muy particular. Su mirada había cambiado. Veía todo con más atención. Tenía una media sonrisa dibujada en la cara. Estaba viendo cosas nuevas. Parecía sorprendido por la cantidad de carros. Sacó la cabeza por la ventana para ver los edificios altos de la avenida Eloy Alfaro. Podía casi escuchar como su cerebro estaba procesando tantas cosas al mismo tiempo.

    FAltaban como 5 minutos para llegar, cuando Dylan pega un grito:

    —¡Vea Diegoooo!— Me pone la mano en la cara y me gira la cabeza a la izquierda bruscamente.

    Mi primera reacción fue regañarle porque casi nos chocamos, pero cuando me di cuenta de lo que veía, lo entendí. Había visto el Estadio Olímpico Atahualpa, el lugar donde juega la selección de fútbol de Ecuador. Un lugar que él solo había visto en la tele. Muchos no lo entenderán, pero para la gran mayoría de estos niños (adultos también) el fútbol es una de las pocas alegrías que tienen en su día a día, así que cuando reconoció el lugar, no pudo contener su emoción.

    En este punto estaba tan contento que empezó a hablarme de todos y de todo. Sus amigos y sus enemigos en el cole y en la fundación donde pasaba las tardes mientras regresaba su madre de trabajar, su piano de plástico a pilas de 15 teclas que le había regalado la jefa de su hermana y hasta de cosas como qué quería ser cuando sea grande.

    Quiero ser pianista.

    La escuela estaba en un co-working space, así que había gente de otras empresas ahí y todos sabían que Dylan iba a su primera clase ese día. Le saludaron, le felicitaron, le preguntaron cosas. SOLo faltó que le pidiesen un autógrafo. Cuando llegamos al cuarto de los instrumentos dijo:

    —¡¿Por qué todos saben quién soy?!

    —¿No querías ser famoso? —le respondí.

    Les decía que mi primer viaje con él me abrió los ojos, y así fue. Todo el tiempo que mi hermano y yo analizamos y planificamos el cómo, el dónde, el cuándo y el porqué de la escuela, jamás podía habernos dado LA masterclass para crear el proyecto como lo hizo ese primer viaje con Dylan. Nos dimos cuenta que las verdaderas “clases” no serían las clases de piano que iba a recibir cada semana. La verdadera oportunidad que le brindaríamos sería la de vivir estas nuevas experiencias, conocer nuevos lugares, nuevas personas, las conversaciones abiertas y honestas en el carro, los nuevos sentimientos que estaba teniendo. Las clases de piano se convertirían en un plus. Los conocimientos que sacaría de todo esto eran infinitamente mayores que de cualquier clase de piano que yo podría darle. SI tan solo Dylan supiera que gracias a él el proyecto será aún mejor.

    —¡DO! Ves Dylan, primera clase y ya te sabes todas las notas…

    Una de tantas historias sobre Pobreza. Historia 12/12

    Dedicado a nuestro querido Dylan, quien todavía no se acostumbra a ir hacia la izquierda.

    Autor: Diego Méndez

    https://www.instagram.com/p/Bf9x0Xrl1PF/?igshid=oaengpu4vlki (vean una clase de Dylan)

    Glosario

    ñaño: expresión ecuatoriana que significa hermano

    redondel: glorieta, rotonda

    coworking space: lugar en donde se reúnen empresas de distintas disciplinas y trabajan utilizando espacios comunes.

    Foto: Dylan estudiando sus notas mientras espera a sus compañeros que también están en clase.

    https://www.facebook.com/boogiemendez