Etiqueta: hijo

  • Un abrazo de Navidad

    Un abrazo de Navidad

    – Hola, hijo…

    – Hola, papi…

    – Feliz día, pequeño…

    – ¿Papi, hoy es Navidad?

    – No hijo, no es Navidad… pero faltan muy pocos días.

    – Entonces, ¿por qué me dices feliz día?

    – ¿Por qué no te lo diría? cualquier mañana que veo tus enormes ojos azules mirándome cuando me acerco a tu cama, antes de irme a trabajar, me hacen feliz. O cuando escucho tu voz diciéndome “papi”… es como una taza de café que me llena de energía.

    – ¿Cómo la “tazota” del tío José?

    – Ja ja ja, ¡sí! Como la “tazota” del tío José.

    – Te quiero mucho Papi, ¿me das un abrazo de los ricos?

    – ¡Claro! ¿Quién se va a negar a uno?… además, nadie da mejores abrazos que papá.

    – Papi, ¿otra vez estás triste?

    – Si amor, es imposible no acordarme del abuelo cuando te veo, y, ahora que se acerca la Navidad, siento que me hace más falta. Tus ojos son calcados, tienes su mismo nombre y justo un 25 de diciembre fue que nos esteramos que vendrías al mundo, y sabes… al primero que llamamos con tu mamá fue al abuelo. La noticia fue un shock para él, pues creo que tenía asumido que mami y papi pasarían mucho tiempo solos.

    – ¿Qué te dijo? ¿Estaba feliz?

    – Creo que fue una de las navidades más felices que tuvo el abuelo. Recuerdo la llamada del 25 de diciembre, mientras el sol entraba por la ventana, un calor maravilloso circulaba por todo el departamento y se podía contemplar un precioso cielo azul en toda la ciudad. La verdad hijo, esa llamada parecía digna de una película perfecta.

    – Entonces, ¿por qué estás triste papá? Siempre que hablas del abuelo es sobre algo bonito o divertido.

    – Porque no nos gusta perder las cosas que queremos, amor. Pero mira, tienes razón en tu pregunta. Todos tenemos algo bueno que recordar del abuelo y no recordamos nada malo de él, así que tenemos mucho más por lo que estar agradecidos que por lo que estar tristes… pero sí necesito decirte algo.

    – ¿Qué papá?

    – Mira, nunca dejes parqueados tus sentimientos. Si tienes ganas de dar un abrazo a alguien, dáselo… pero dáselo con fuerza. Si algún día te enamoras, olvídate de los planes, tan solo haz que cada día sea una aventura y no dejes de lado ni la menor oportunidad de enamorar a la otra persona. Nunca te guardes un “te quiero”, nunca dejes de decir “lo siento” cuando hagas algo malo. Gordo… vive cada día como si fuera una Navidad… despierta con una sonrisa y el corazón acelerado, desayuna con los que más quieres y cuéntales la emoción que sientes, aprovecha el almuerzo para planificar la cena perfecta y cómo vas a entregar el regalo a la persona que te tocó en el amigo secreto. Vive la emoción de vestirte y arreglarte para verte lo más guapo posible, para sentirte bien contigo mismo. Come esa cena sin culpa, disfrutando de cada bocado de la ensalada con almendras, del cerdito con naranja, del pavo relleno y del cochinillo al horno, y, sin duda, de las infaltables natillas de la abuela. Celebra “la previa” del regalo que vas a dar y alégrate de lo recibido, aunque no tenga valor, porque sabes que la persona que te lo dio hizo un gran esfuerzo. Gordo… tan solo sé feliz todos los días, como si fuesen Navidad o como si fueran un recuero del abuelo. ¡Feliz día hijo! Me voy a trabajar.

    – Feliz día papi.

    Una de tantas historias incompletas sobre Navidad.   

  • Tocayo

    Tocayo

    29 de junio, 1986. Mundial de fútbol. Final. 

    Argentina se enfrenta a Alemania por el título de campeón del mundo de fútbol. Es el evento más televisado en la historia hasta ese momento. Alemania venía de derrotar a Francia y a la anfitriona México, mientras que Argentina había librado verdaderas batallas con Inglaterra (debido a su disputa territorial alrededor de esas épocas por las Islas Malvinas y la ruptura consecuente de la diplomacia entre los dos países) y Bélgica. Contra Inglaterra se notó cómo el liderazgo de un jugador en particular llevó a una nación a creer que se podía conseguir cualquier cosa que se propongan tanto dentro como fuera de la cancha, marcando el gol más controversial del torneo, con la hoy conocida como “mano de dios”, y, a continuación, otro gol, finalmente votado como el mejor de todo el mundial. Este jugador fue Diego Maradona. 

    Bajo este contexto llegaban a la final los dos equipos. Mis padres estaban reunidos con unos amigos para ver la final en su casa. Todos iban con Argentina. ¿Por qué? Simple. En esa época, era prácticamente imposible que Ecuador llegase a un Mundial, por varias razones: falta de presupuesto, cero planificación, poco desarrollo de jugadores, entre muchas otras (o tal vez simplemente no teníamos la misma calidad que otros países). Así que la siguiente mejor opción era apoyar a un equipo sudamericano, y los únicos que generalmente tenían oportunidad de ganar a los grandes equipos europeos eran Brasil y Argentina. Así de fuerte eran las ganas de ganar a los europeos en su propio juego que apoyábamos a cualquier equipo latino que lograra el objetivo. 

    Fin del partido. Argentina 3 – Alemania 2. 

    ¡Ganamos! ¡Ganamos!  

    En casa de mis padres saltaron, gritaron y festejaron. Copas por todos lados. Día de festejo total. 

    3 meses después… consulta del doctor. 

    Dr.: ¡Querida Susana, estás embarazada! 

    Susana: ¡Qué felicidad, qué buenas noticias doctor! ¡¿Y ahora qué debemos hacer?! Tengo tantas preguntas… 

    Miguel: ¡Sí doctor, por favor díganos todo! ¿Es niño? ¿Niña? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? 

    Dr.: A ver chicos tranquilos. Primero que nada, pongamos un tiempo. Con la tecnología de ahora puedo decirles con bastante seguridad la fecha de nacimiento: finales de enero. Incluso, puedo contarles cuando lo concibieron. Fue el 29 de junio. Así que… 

    Miguel: ¡Nooooo! ¡¿En serio?! ¡Es el día de la final del mundial Susi! Por favor doctor, ¡dígame que es niño y le podemos poner Diego! 

    Dr.: Así queeee….como iba diciendo, tenemos que hacer algunas pruebas y ver que todo está en orden. Y sí, Miguel, es un niño. 

    Miguel: Síííí, ¡se va a llamar DIEGO! ¿Verdad, Susi? 

    Susana: Sí, sí, bueno, bueno. Solo si yo puedo poner el nombre a nuestro siguiente hijo. 

    Miguel: OK. OK. Por mi como si le pones el nombre del Rey de España, ¡pero este tiene que llamarse Diego! (el nombre de mi hermano menor es Juan Carlos). 

    Así que ahí está. Esta es la historia de cómo llegué a llamarme Diego. Algunos dirán que la historia no tiene sentido, que cómo es posible que naciera en el 87 si cumpliré 41 en enero del 2021, o que cómo es posible que me conciban el 29 de junio y que nazca el 22 de enero, o peor aún, que cómo es posible que el doctor sepa en qué fecha fui concebido si eso es imposible de saber. Pero, sobre todo esto, que mi papá siempre fue más de Brasil y de Pelé. Pero esta es la historia de mi nombre y moriré con ella. 

    DEP Tocayo.   

    Una de tantas historias incompletas de D10S. Historia 4/4

    Autor: Diego «pelayo» Méndez

  • El pibe de oro

    El pibe de oro

    A menos que hayas pasado la semana anterior debajo de una roca, escuchaste la noticia e increíble conmoción que causó la muerte de un grande del fútbol: Diego Armando Maradona.  Futbolista argentino, activo como profesional desde 1976 hasta 1997, jugador de equipos como Argentinos Juniors, Boca Juniors, Barcelona, Napoli… y hacia el final de su vida, también entrenador. 

    Podía jugar como delantero, mediocampista, en donde lo pusieran.  Llenaba estadios y movía hinchadas. En verdad era grande en la cancha.  Sin embargo, la reacción de su muerte una vez más me recuerda lo mucho que necesita la humanidad revisar su perspectiva, aprender a admirar los logros, pero separándolos de la persona. 

    “D10S” es el apodo de Maradona en Argentina… Dios…Un ser divino al que muchas personas (hasta iglesia le construyeron) le rinden culto… una persona que vivió su vida personal en el caos de las drogas, el alcohol, la comida y que cada vez que tenía la oportunidad de hablar en público, creaba controversia. ¿Es este el tipo de modelo que yo quiero para mis hijos? ¿Cuáles eran los valores que tenía Maradona? Qué quisiera yo contarle sobre este gran jugador a mi hijo (quien ama el fútbol), sobre su vida y sobre lo que hizo con las oportunidades que se le presentaron. 

    Hoy en día tenemos tantos políticos, deportistas, actores y personas que se dedican a la vida pública que han logrado aprovechar sus oportunidades y hacer el bien con ellas.  Obras benéficas, trabajar por el medio ambiente, vivir una vida sana y feliz… más que una historia de éxito, de superación, la vida de Maradona debe ser tomada como una llamada de atención para todos aquellos jóvenes cuyas carreras van hacia el estrellato… para que mantengan el enfoque en lo que les gusta hacer, de lo contrario pueden terminar su vida como la del “pibe de oro”. 

    Una de tantas historias incompletas sobre Diego Armando Maradona. Historia 1/4.

    Autor: David Carrillo

  • Un diente menos

    Un diente menos

    Esta mañana mi hijo saltó de la cama feliz porque desde ayer uno de sus dientes se estaba sosteniendo en un hilo y, finalmente, se cayó. “Mamá, soy un niño grande”, me dijo, y sonreí. Vinieron entonces a mi mente los recuerdos de todas las horas que pasé con él desde su nacimiento hasta este momento y no pude evitar sentir un amasijo de nostalgia y alegría.

    Anoche llegué a casa, él lloraba porque le dolía y no había comido nada. Yo había tenido un larguísimo día y simplemente lo abracé y me acosté a su lado para leerle su lección sobre la Rosa de los Vientos. Se acurrucó y sentí nuevamente su cabecita junto a mi corazón. ¿Por qué cuando crecemos dejamos de escuchar el corazón de nuestras madres?, me pregunté. Finalmente se durmió y recordé el día en que vi su carita por primera vez, cuando mis brazos se volvieron su cuna y mi pecho su refugio y alimento. Esa primera mirada de sus ojitos negros cuando me lo pasaron después de nacer marcó el resto de mi vida. Entendí al instante que no sabía nada del amor hasta ese momento. En mi ignorancia había perdido el tiempo buscando algo incierto, pero maravillarse en el rostro de un hijo es una sensación sublime e indescriptible. A partir de entonces supe que nunca más volvería a ser la misma mujer pues me había enamorado de verdad por primera vez.

    Se durmió sollozando y lloré, no sé si de felicidad por verlo irse convirtiendo en un hombrecito maravilloso o de melancolía porque sé que cada día necesita menos de mi calor. Es posible que fuese una mezcla de ambas cosas. Creo que sentí ese deseo incontenible de ahorrarle cualquier dolor sin importar su índole para solo descubrir que no podré evitarle que un día sufra por un amor, por una decepción o por una pérdida. ¿Qué haré cuando se enamore y lo dejen por primera vez? ¿Y cuando muera uno de sus seres más cercanos? ¿Cómo podré abrazarlo cuando sienta que ya no puede más? Daría mi vida para que él no sintiera dolor. Sin embargo, sé que ese mismo dolor es uno de los maestros más severos que nos tiempla y depura con rigidez. No habría diamantes sin presión y ese pequeño es una gema en potencia.

    Recordé su primera caída y cómo corrí a consolarlo, su primera mala calificación y cuánto se decepcionó de sí mismo, el divorcio y cómo se siente tan cercano a mí y tan responsable de que yo esté a salvo. Chiquito mío, mi corazón, no tienes que cuidarme, soy yo quien debe protegerte y, a la vez, soltarte para que aprendas a vivir y a convertirte en un maravilloso ser humano. Mi dicha será verte volar con tus propias alas un día y saber que lo hicimos bien tú y yo. Quiero ser cada día la madre que necesitas, aunque a veces las fuerzas me falten.

    El tiempo pasa demasiado rápido. Hoy mi hijo tiene un diente menos, y yo una cana más. Mañana se irá y hará su vida lejos de mí y yo seré feliz por haberle enseñado a abrazar el mundo y sus alrededores. Pero en mi corazón siempre será ese bebé de ojitos negros que me miraba con ternura mientras lo amamantaba y yo sentía que nada en la vida podía importar más.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 9/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade

    Cuenta de Twitter: @anavero1902
    Whatsapp: +593 999 958 914
    Web: anavandrade.com

  • Hijo

    Hijo

    Hijo… siéntate derecho…

    Hijo… no sorbas los mocos, no, tampoco te los comas…

    Hijo… no me respondas, que soy tu padre…

    Hijo… no grites… para ya de cantar… no juegues con la pelota en la casa…

    Hijo… no digas palabrotas… no se pega a tu hermana… ni a tus amigos… no metas nada en los enchufes…

    Hijo… ven ya a comer… ¡no hagas que te lo repita dos veces!

    Hijo… en la mesa no se juega… en la mesa no se canta… el tenedor no es un juguete… viste, se te cayó la comida por no hacer caso…

    Hijo… Hijo… para… para un poco… estate dos minutos callado… ¡SOLO DOS MINUTOS! …

    Hijo… ponte el pijama y a dormir… no, ni un minuto ni cinco, ¡he dicho a dormir!…  ¡ahora mismo! … no pienso discutir contigo… ¡no me contestes! … ¿me quieres hacer caso de una vez?… ¡QUE TE CALLES!…

    Hijo… arriba, no seas vago… hijo, que llegamos tarde… hijo… o estás listo en un minuto o me voy…

    Papi… ¿estás enfadado?… ¿por qué no estás contento?… ¿por qué me gritas siempre?… ¿ya no me quieres?… Te prometo que voy a dejar de llorar y que no lo volveré a hacer… 

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 5/12.

    Autor: Juan Alonso

  • Espaguetis

    Espaguetis

    Ahora que ya no puede recordar, lo justo es que recuerde yo por él.

    Siempre he creído tener una muy buena memoria a corto plazo, soy capaz de recordar muy bien conversaciones casi completas de hace un par de días, pero mi memoria a largo plazo es horrible. Mi infancia es una nebulosa, pero no quiero llevaros a engaño, es una galaxia lejana, pero feliz, muy feliz, en la que puedo distinguir ciertos planetas con relativa nitidez.

    Hay un recuerdo especial, que son muchos a la vez. Es un recuerdo de un instante repetido decenas de veces, con un grado de satisfacción altísimo cada una de ellas.  La primera vez de la que tengo registro, yo era un mocoso que apenas alcanzaba de altura la encimera que tenía la cocina de casa. Ahí estaba, clavado al lado de mi padre, entre aburrido y deseoso.

    El bueno del aita (palabra del idioma euskera que significa papá), como todo el mundo llama a mi señor padre, como si fuera una especie de referencia cercana, casi paterna para sus amigos y familia, los fines de semana se pasaba dos gloriosas horas disfrutando de uno de sus pasatiempos favoritos, la cocina. Ese domingo, como tantos otros que vendrían después, tocaba espaguetis. ¿Dos horas para unos espaguetis? Sí. Y merecía la pena cada minuto empleado para ese plato de cocina italo-española-ecuatoriana, para ese manjar de pasta elevado a la categoría de arte.

    Yo era el único de mis hermanos que disfrutaba de manera integral de este delicioso proceso. Cada uno de los pasos, metódicos, calibrados, exactos, pasaba por mi visto bueno, a través de una cucharilla. Lo probaba todo y en los puntos del proceso que más me gustaban, hacía algo más que probar. Yo jugaba a hacer que me lo iba a comer todo y él jugaba a hacer como que se enfadaba conmigo por “entorpecerle” la receta.

    “Venga, vete de aquí”, me decía sin ninguna intención ni esperanza de que le hiciera caso. Y yo me mantenía merodeando al llamado de unos aromas que aún consigo recordar. Si cierro los ojos, y pienso en esos momentos con mi padre, soy feliz, y recuerdo exactamente a qué sabían esos espaguetis.

    Una vez transcurrido todo el proceso de cocción, empezaba a haber mucho jaleo en la cocina, mi madre ordenando el tráfico, todos ayudando a poner los platos, mi padre pasando una descomunal olla a la mesa y ya, en formato jauría, mis dos hermanos mayores y mi hermana menor devorábamos los espaguetis concienzudamente.

    Ahora que ya no puede recordar, lo justo es que recuerde yo por él. Ahora que el Alzheimer galopa imparable y furibundo, ahora que esa receta lleva camino de la extinción, ahora que estoy a 10.000 kilómetros, ahora que un virus de mierda amenaza con cargarse el mundo, ahora es cuando más añoro ese aroma, ese sabor, esos juegos de tira y afloja, esas regañinas con sonrisas y el estar todos juntos sentados a la mesa devorando sin compasión dos horas de un trabajo, metódico, calibrado, exacto y lleno de amor. 

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 1/12

    Autor: Félix Espoz.

  • El Saqra

    El Saqra

    El amor de una madre por su hijo es incomparable.  

    El dolor de una madre por saber que su único hijo está por morir es indescriptible.  

    Sophie Kemp cargaba a su único hijo de ocho años dormido en su regazo. El pelo dorado que llenaba su cabecita como el amanecer, había sido arrancado de su diminuto ser debido a tantas quimioterapias sufridas. Todavía le golpean las palabras del oncólogo como un eco devastador en su cerebro, «su hijo va a morir». Cuando la ciencia y la medicina no son suficientes para seguir viviendo, ¿qué alternativa te queda?  

    El Jeep todo terreno seguía avanzando a paso lento pero firme dentro de la espesa selva. Dentro del transporte se encuentran, el guía al volante, una madre con la cara golpeada por el sufrimiento y por las incontables noches en vela; y en sus faldas, un niño flaco, pálido y sin pelo que duerme profundamente. Su guía es un experimentado nativo del Napo llamado Danilo. Él había conocido al Chamán Hampa muchos años atrás, cuando una serpiente había mordido a su madre. Ese día, el padre de Danilo acostó el cuerpo de su madre en la parte trasera de la camioneta de trabajo y subió a Danilo al frente. Después de media hora, y ya entrada la noche, llegaron a un claro donde se veían luces que provenían del fuego de varias antorchas dispersas alrededor del perímetro de una aldea. En ella, varias chozas erectas sobre el piso, que construidas de madera y cabuya, reflejaban sombras de varios cuerpos moviéndose sobre la noche. En la entrada un par de indígenas los recibieron y fue en este momento que Danilo descubrió algo que no sabía de su papá. El angustiado hombre intercambió un diálogo con los aborígenes en un idioma extraño y nuevo para Danilo, algo que él nunca había escuchado antes.  

    Debido a lo apremiante de la situación, la camioneta quedó prendida y Danilo vio a su padre salir corriendo, alzar a su esposa en los hombros y correr con ella para luego perderse dentro de la choza más grande y central. Danilo se estremeció ante toda la situación, su madre a punto de morir, él rodeado de indígenas extraños que no hablaban español y la oscura noche de la selva rondando sus pesadillas. Salió corriendo detrás de su padre. Cuando llegó a la cabaña donde habían ingresado sus padres, una luz tenue alumbraba una habitación llena de artefactos hechos a mano y de confección rarísima, y un pesado olor a palo santo. Una vez que las pupilas de Danilo se acostumbraron al nivel de luz, vio a su madre desnuda e inconsciente en el piso, pero peor aún, divisó algo que lo marcaría para siempre…  

    Sophie quedó embarazada muy joven, durante su segundo año de arquitectura en la universidad. Ese semestre recibía en una de sus clases, la materia de ética. El profesor de ética era recién egresado, alto, rubio y con un aire a Harrison Ford en el “arca perdida”, que irremediablemente enamoraba a todas las oyentes. A Sophie, hasta se le ocurrió escribir “me gustas” en sus párpados, tal cual escena de Indiana Jones. Sonreía por dentro a tanta ocurrencia. Por eso cuando al terminar una clase, y el profesor se acercó para preguntarle acerca del tema humanístico, ella solo pensaba en lo animalista de su ser. Fue una aventura que tuvo muchas consecuencias, el abandono de su carrera, la pelea con sus padres y el pequeño Philip.  

    Ella no podía creer que ese granito de sol, lleno de promesas y que hasta hace poco era nada más que un bebé, ahora estuviera a punto de desvanecerse. Philip era un niño normal, alegre, aun cuando nunca había conocido a su padre. Y fue su papá, el profesor de ética, quien le contó a Sophie acerca de Hampa. El profesor, en unos de sus viajes a lugares inhóspitos, encontró una aldea de indígenas en lo profundo de la selva ecuatoriana,  que adoraban al Hampa como a un dios. El sanador y dador de vida. Contaban que este Chamán tenía poderes sobrenaturales y que hasta podía regresar a la gente del “otro lado del río”. El papá de Philip lo había visto con sus propios ojos. Y es así, que el último recurso de Sophie para salvar a su hijo ahora recae sobre este brujo.  

    Hampa arrancó a Phillip de los brazos de su madre, lo desnudo y lo acostó en el piso. El resto del ritual fue una escena que puede trastornar hasta al más incrédulo de los seres. Un acontecimiento similar a la que presenció el joven Danilo años atrás. Sophie sentía la presencia, no de un solo ente, sino de varios, cantando en voces y dialectos olvidados por el tiempo. Sombras negras trepando las paredes, rasguñando la madera mientras ejercían su baile demoníaco. Las antorchas de fuego crecían y consumian el oxígeno del cuarto sin piedad. Y como un trueno, un golpe de vida en el pecho de Phillip. Un rayo de energía que atravesaba su minúsculo cuerpo y que le hacían retorcer del dolor. Sophie estaba paralizada.  

    De regreso en el Jeep, Danilo, Sophie y Phillip se reían mientras emprendían el camino de regreso a Quito, donde les espera su vuelo a Boston. Para Sophie, todo esto era un sueño, no podía ser verdad. Tendría que hacerle exámenes para asegurarse que Phillip estaba completamente libre de cáncer, pero el hecho de que caminara y corriera solo minutos después del episodio, y verlo ahora riendo, comiéndose una banana y tan lleno de energía, le llenaban su corazón de seguridad. De repente, el Jeep redujo su velocidad hasta pararse completamente. Otra tribu indígena llenaba el camino con una procesión funeraria obstaculizando el paso. Danilo bajó la ventana y le preguntó en dialecto a uno de los indígenas qué estaba sucediendo. Era un niño de la edad de Phillip que había fallecido hace menos de una hora atrás. Los padres desconsolados gemian, lloraban y gritaban: Saqra, Saqra, Saqra. 

    Danilo sabía que es lo que querían decir. Mientras que hampai quiere decir sanador, el dador de vida, el Saqra es el diablo que se la lleva…   

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 3/12.

    Autor: David Carrillo

  • Historias de una mujer rota

    Historias de una mujer rota

    “Voy a escribir sobre el amor, sobre ti y sobre nosotros. Que todo en paquetito resulta ser más bonito.

    Voy a escribir una historia para que en un futuro nuestros hijos se sienten a leerla y sepan de qué se trata esto, que nuestra pequeña entienda cómo debe ser tratada y nuestro campeón aprenda a querer así, como se debe.

    Les voy a dejar plasmado cómo se cosecha el amor bonito, el que no duele. El que disfrutas y te detienes a preguntarte qué hiciste para merecerte esto.

    Voy a escribir una historia que hable de ti, de cómo nos conocimos y lo mucho que batallamos para llegar hasta aquí, que sepan y entiendan que el amor es blanco y negro… y muchas veces gris.

    Voy a palpar nuestras tantas historias por si un día -ya viejitos y con canas- olvidamos los detalles de aquellos días que queremos contar.

    Voy a escribir una historia donde cuente la vez que me pediste que llorara por todo lo que me dolía porque tú me ibas a abrazar, sobre la primera vez que pisé la casa de tus padres, no voy a olvidar palpar en unas letras las incontables veces que peleamos por los malos ratos.

    Voy a escribir sobre aquel amor en el que ahora nadie cree, del que creen solo existe en aquellos clichés de amor… y es que quiero que lo entiendan, que lo lean de mi puño y letra y al fin lo crean.

    Voy a escribir sobre aquellas personas que no apostaban ni un centavo por nosotros, los que nos llenaron la cabeza de aquella frase trillada:  “Te mereces algo mejor”, sin saber que nosotros podíamos ser mejor, mucho mejor.

    Escribiré una historia que hable de amor, de esos de verdad, donde el rosa a veces se vuelve gris, donde la tempestad no acaba sola sino con paciencia, con dedicación, con interés… con amor.

    Voy a escribir una historia de esas que terminan siempre con aquel ‘continuará’, de esas que ojalá no terminen jamás.”

    Una de tantas historias incompletas de amor. Historia 1/12

    Autora: Ana Burgos  

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  • Un día de escuela

    Un día de escuela

    Pasaban treinta minutos del mediodía y salí a recoger a mis niños del colegio. Tomé las llaves, mi cartera y me fui, sin imaginar que pronto presenciaría la situación que más me ha hecho sufrir como madre.

    Manejaba pensando en todo menos en el camino que recorría, llevaba el volante en ‘piloto automático’, mientras que de fondo se escuchaba el coro de una canción de Shakira. Pensaba en nuestra nueva vida; después de todo, mudarnos de ciudad no había sido tan malo como llegué a pensar.  A mis hijos les iba de maravilla en sus nuevos colegios. Y no esperaba menos, pues investigué y me aseguré de encontrar las mejores escuelas privadas de la ciudad. Saber que mis hijos estaban bien me daba paz… una sonrisa se dibujaba en mi rostro solo de pensar en ellos. 

    Me apresuré a recoger a mi pequeño, con la misma alegría y ansias con las que lo busqué el primer día de Inicial. A esas ganas de verlo se sumaba la prisa de tener que ir luego a por mi muñeca al otro colegio.

    Al fin llegué y lo vi. De pronto, la sonrisa que llevaba dibujada ‘se pintó’ de tristeza…. mi niño lloraba desconsoladamente. Sin pensarlo, corrí hacia él y lo abracé fuertemente. Su llanto era tal que se le hacía imposible pronunciar palabra alguna. De repente escuché a un compañerito decir: “Fue Juan Manuel, nuestro amigo”.  Me invadieron pensamientos de incredulidad. ¿Cómo era posible? ¿Un niño de cinco años? Me quedé muda, mis preguntas se quedaban atoradas en mi garganta, sin pronunciar una palabra por temor a desmoronarme. Solamente fui capaz de decir cuatro palabras: “¿Qué pasó mi amor?” Entre lágrimas me repite aquel nombre y confirma lo que pensaba imposible: sí, un niño de 5 años.

     “Mami me duele mi orejita, mi brazo y mi ojo”, dijo al fin con voz entrecortada. Comencé a inspeccionar minuciosamente su cuerpo, marcado por la furia de Juan Manuel. En su oreja, pude ver huellas de dientes; su ojo izquierdo comenzaba a hincharse, y su brazo estaba lleno de arañazos y moratones.

    De repente, me invadió el coraje y salí a buscar al único que consideraba culpable, mientras dejaba a mi hijo en el aula. Con cada paso que daba aumentaban mis ganas de llorar y no pude más. A lágrima viva recorrí el colegio buscando desesperadamente al responsable. Parecía una loca, de lado a lado, hasta encontrarlo. 

    ¡Al fin lo encontré! Con mi dedo toqué su hombro, me miró asustado, pero no sabía qué me pasaba, entre balbuceos y voz temblorosa logré preguntarle: “¿Qué le pasó a mi hijo, profesor?” Ni tan siquiera sabía quién era mi niño. Estaba confundido, con la mirada perdida, y solamente alcanzó a decir: “Yo no vi que nada malo pasara hoy”. Y continuó acomodando a los estudiantes que iban a tomar la buseta. Entendí que perdía mi tiempo ahí.

    Me di la vuelta y corrí de regreso al aula, totalmente rota por dentro, y, a falta de un Klenex, me sequé las lágrimas con la chaqueta que llevaba puesta. Fui a buscar a la persona correcta esta vez, allí lo vi sentadito, esperándome.  Nos fundimos en un fuerte abrazo, y mientras nos miramos profundamente, una sonrisa brotó de ambos, sabíamos que estábamos a salvo.

    Camino a casa le pedí que cantáramos su canción favorita y, unos segundos después, poco a poco la estábamos cantando. Miré por el retrovisor y ya no lloraba, sonreía corrigiendo a su ‘ñaña’… “se dice ángel, no aje”. Ya en casa, mientras bajaba del auto a mi hijo, lo abracé fuerte y en silencio le juré que nunca más permitiría que nadie lo lastimara. Mi juramento fue interrumpido por gritos de felicidad. ¡Papá había llegado! ¡Qué alivio!, me dije a mí misma, necesitaba fuerzas, esas fuerzas que tan solo encuentro al mirar a mi esposo. Él me abrazó y me dijo: “Tranquila, aquí estoy”. Pero no pudo quedarse a consolarme, los niños pedían su atención y como si no hubiera pasado nada, los vi sonriendo y jugando.

    De repente, mi hijo, ya repuesto y consiente de que algo malo le había sucedido, nos dice con firmeza: “Ya no quiero regresar a la escuela”.

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 9/12

    En honor a todos los que son y han sido víctimas de bullying.

    Autora: Katya Oña

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    Instagram: @katya.ona

  • La madre pulpo

    La madre pulpo

    Una madre pulpo, en el Pacífico, pasa casi 5 meses incubando y protegiendo a sus 56.000 hijos. Guarda en una cueva a sus crías en proceso de crecimiento y se coloca en la entrada para protegerlos. Apenas come un par de crustáceos que pasan junto a ella durante este tiempo. Cuando sus bebés han crecido y ya tienen 8 bracitos que tratan de salir del cascarón, hace un esfuerzo y sopla dentro de la caverna para impulsarlos a salir al mar. Miles de pequeños seres salen alegres hacia la superficie, mientras ella expira mirando su obra maestra alejarse lentamente. Literalmente esta madre pulpo dio la vida por sus hijos. Leo esta historia y la medito mientras veo a mi hijo dormir. Sí, soy madre solo de un hijo y seguro daría la vida por él, pero tengo 56.000 proyectos más al mismo tiempo que cuidarlo y ayudarlo a crecer.

    Desde mis cinco años, he estado acostumbrada a hacer mil cosas al mismo tiempo. Entre piano, canto, danza, natación, colegio, inglés, tareas, entrenamiento de perros y familia, casi nunca tuve tiempo para saber lo que significaba tener tiempo libre. A mis 15 años ya era maestra de música y estaba lista para una experiencia de vida internacional. A los 17 viví en Chile manejando, por primera vez en mi vida, tanto tiempo de sobra, que empecé a descubrir otros talentos en mí como la pintura o las manualidades.

    A mi regreso, ingresé a estudiar medicina, pero había perdido el ritmo de tener una vida tan intensa. No fue fácil adaptarme a ese mundo nuevamente y terminé perdiendo dos materias. Era la primera vez en mi vida que me iba tan mal en algo y que no había logrado superarme a mí misma. Después de 3 años de muchísimas malas noches y de batallar con injusticias, cansancio y frustración, decidí cambiar de rumbo. Replantearme las posibilidades y, sobre todo, romper el plan que tuve desde siempre y entender que no todo plan es perfecto. De alguna manera, el estar haciendo mil cosas, pero de una sola área, no me hacía tan feliz. Quería volver a la música, a la labor social y a pintar por diversión y no por obligación, como cuando se trataba de hacer algún dibujo anatómico o algún corte histológico.

    Cuando ingresé a estudiar comunicación, mi mundo volvió a probar el aburrimiento y momentos libres. Esto me ayudó a redescubrirme y forjar un nuevo plan. En resumidas cuentas, trabajé y estudié al mismo tiempo, volví a la música, volví a pintar. Volví a la labor social y a tener tiempo para amigos, conciertos, películas y viajes. Descubrí que nunca perdí el tiempo pues me convertí en una especie de médico empresarial cuando me formé como comunicadora y estratega. Me di la oportunidad de replantearme nuevamente y dejé todo para irme a la madre patria. Quería descubrir lo que significaba vivir sola, morir sola de la pena o frustración y tener que levantarse y volver a luchar. Santiago de Chile es mi segundo hogar y Barcelona es el tercero. Esa ciudad es como yo, mil cosas al mismo tiempo, mil planes, mil posibilidades y jamás duerme porque tiene demasiado que mostrar al mundo.

    Cuando volví, el plan nuevamente dio un giro y encontré a alguien que muchas veces es peor que yo. Un hombre que nunca para. Toca cualquier instrumento que le ponen delante, canta, juega fútbol, hace marketing deportivo y labor social. La música fue el gol de la victoria en nuestra relación y fruto de 3 años de noviazgo, decidimos formar una familia. La locura llegó cuando, apenas dos meses después de la boda, teníamos bebé en camino. Mi hijo se llama Ignacio, es igual que sus papás, hace música, fútbol, pinta, canta y ama compartir con la gente. Tiene 3 años y cada día nos da una lección de vida, sobre todo a mí. Es un niño que mira a sus papás con asombro y que está acostumbrado a ver gente, escucharlos trabajar, salir a reuniones y actividades de los múltiples planes de sus papás y disfrutar de cada actividad.

    Ahora mi esposo y yo estamos estudiando el doctorado, trabajamos, somos maestros, hacemos labor social, somos amigos, hijos y padres, sobre todo padres. Mucha gente nos mira con asombro, sorpresa y hasta con envidia; pero a mí, a mi me llega una mirada diferente… En una sociedad como esta, en la que la mujer debe proteger a su cría, a su hogar, es totalmente extraño ver a una mujer que haga todo al mismo tiempo y que aparentemente lo haga bien. Recibo halagos y también preguntas con un juicio por detrás, pero mientras me dedico a disfrutar de ser quien soy y de lo que hago y junto a quienes lo construyo, no me queda tiempo para dar importancia a estos comentarios.

    Soy orgullosamente una mamá pulpo, y debo admitir que no es fácil serlo. A veces como el “crustáceo” que se pasa por mi lado, hamburguesa o ensalada, fruta o café, cualquier cosa que sea fácil y rápida de hacer, eso si el tiempo me permite almorzar. A veces no duermo por concluir con los 56.000 pendientes y sigo cuidando a mi hijo, a mi esposo y a mis mini proyectos con la vida; las ojeras no me molestan cuando se acaba un día con una sonrisa. Estoy segura de que, si Dios mañana me diría que debo dejar este mundo, me iría tranquila, viendo a mi obra maestra nadar hacia la luz, habiendo hecho 56.000 mil cosas que llenaron mi corazón de alegría. Quiero que mi hijo mire que en su hogar hay igualdad de condiciones y de oportunidades para hombres y mujeres, quiero que se sienta orgulloso de papá y mamá sin que exista ninguna diferencia de género. Quiero que esté orgulloso de tener una mamá que no solo es mamá, que es una mujer multifacética y feliz; que cuando sea grande, se encuentre a una chica pulpo que lo impulse a ser también un pulpo y que juntos cuiden sus 56.000 planes hasta que se hagan realidad.

    Muchas mujeres no quieren ser mamás pulpo, quizás por el miedo al fracaso. Yo, después de tener algunas caídas, ya no tengo miedo. Si tengo tiempo de vida, quiero hacer lo que me haga feliz y hacer felices a quienes están conmigo. Pues cada día que pasa estamos más cerca de la muerte, y si ese día llega y no hemos vivido las 56.000 experiencias que soñamos, nos iremos de este mundo sin haber sentido el orgullo de crear alguna obra maestra para admirarla, no tendremos nada en la mente mientras cerramos los ojos y dejamos de existir. ¡Hay que vivir, viviendo!

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 4/12

    Autora: María Elena Narváez