La bruma

La bruma

Estaba oscuro. Era una noche cerrada. Hacía mucho frío. El viento soplaba y la sensación térmica se desplomaba. Pero estaba bien preparado. Botas de agua. Prendas de abrigo. Un poncho por encima. Mi viejo gorro de lana de la suerte. Una linterna con las pilas nuevas y un machete. Esta noche no volvería a pasar. Me juré a mí mismo que no me iban a robar otro ternero. Estaría toda la noche de guardia. Si esos malnacidos querían algo mío… lo pagarían caro. 

Mantuve encendida la fogata hasta las tres de la mañana más o menos. Empezaba a estar bastante incómodo. Ya no tenía apenas café. Los músculos entumecidos de las piernas me dolían. Las brasas aún despendían algo de calor, pero sabía que no duraría mucho. Sin embargo, estaba muy despierto, tenso, alerta.

El maldito viento empezaba a ponerme muy nervioso. Su sonido era mi única compañía. Cuando jugaba con las ramas de los árboles lo hacía también con mi mente, conseguía que pareciese que los espíritus del bosque estaban esa noche ahí, observándome a la distancia. Pero los de campo no somos de asustarnos fácilmente.

Hacia las 4.30 de la mañana todo cambió. La bruma se alzó. Una bruma espesa y densa, cuanto más cerca del suelo, y vaporosa y ligera, cuando superaba ya el metro de altura. Tardé un rato en darme cuenta de que me había abandonado hasta el viento. Lo único que escuchaba era mi respiración. Fuerte, profunda. Un sonido muy irritante. Me ponía muy nervioso. No sé exactamente cuánto rato estuve pensando, como ausente, pero cuando volví en mí, había cambiado la luz, no estaba ni oscuro ni claro. Ya casi lo tenía. En media hora más habría amanecido.

En ese momento, a unos 100 metros divisé la figura de un hombre. Le di una voz: “¿Quién va?”. No obtuve respuesta audible, pero es como si le hubiera llamado. Empezó a moverse lentamente hacia mi posición con paso firme. Un paso tras otro. Intenté enfocarlo con la linterna, pero de nada servía ya a esa hora del día. La tenue bruma se abría a su paso como quien separa son sus manos una cortina. Mi respiración se aceleraba.

Segundo aviso: “¿Quién va? No me hagas que te lo pregunte una tercera vez cabrón. Tengo un arma”. Nada. No cambió nada. Venía hacía mí. La ira y el miedo se mezclaban a raudales e iban poseyendo todos los músculos de mi cuerpo. El cerebro, a 2.000 revoluciones, ordenaba a mi mano derecha que apretara fuerte el machete, que tensara bíceps y antebrazo para lanzar un único latigazo fuerte y certero entre su cabeza y su hombro derecho.

No me dio tiempo a un tercer aviso, retrocedí ligeramente mi pie derecho para ganar ángulo, cuando tenía al extraño a tan solo unos tres metros. De pronto volví a escuchar al viento, esta vez era el sonido que producía el machete que pasaba junto a mi oreja en un movimiento de arriba abajo hacia el cuerpo de aquel extraño. Rápido y certero. Entre la cabeza y su hombro derecho. Pero algo había salido mal. El acero de mi arma no encontró resistencia. Atravesó aquella figura sin más. No había carne, ni huesos, ni sangre que cortar. Le miraba a los ojos enfurecido, ya desde el suelo, con el calor de la sangre en mis manos, tratando de contener mi propia vida que ya expiraba…

Una de tantas historias incompletas de terror. Historia 3/12.

Autor: Félix Espoz

2 Comments

  1. Manel

    Inquietante, aterrador y turbio. Fabuloso!!!

  2. Miguel Mendez

    Felicitaciones Félix. Tétrica pero interesante historia muy bien narrada.

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