Etiqueta: magia

  • Volver a empezar

    Volver a empezar

    En medio del bosque, había instalado una tienda de acampar junto al río,  había logrado prender una pequeña fogata. Se miraba desde el cielo y tomando distancia, se sentía muy segura de sí misma, estar en medio de la nada, sola, era un paso gigante para ella. De pronto su voz interior le susurro que no estaba en medio de la nada, por el contrario, estaba en medio de todo. Agua, tierra, viento, fuego, vida, pura vida. 

    Mil pensamientos paseaban por su cabeza, ¿Qué hacía ella ahí?, ¿Qué haría de su vida?, ¿Quién era ella?, ¿Podrá ella tener la valentía y la fuerza para decidir vivir del arte? ¿Podrá liberarse y escapar de lo establecido, de lo normal, de lo que debe ser? Treinta y cinco años, soltera, sin hijos, sin pareja, sin casa, sin auto, sin trabajo, sin gato, sin perro… se sentía como volver a los veinte. Tal vez no debía estar ahí, que idea absurda y completamente estúpida, coger una maleta, guardar un poco de ropa y escaparse al otro lado del mundo para volver a comenzar… ¿Estaba acaso escapando de sí misma? 

    Cada pensamiento la aturdía, trataba entonces de respirar profundamente y de hacer que cada pensamiento se desvaneciera y volara muy lejos de ella.  

    La última llamita del fuego se apagó, se quedó unos minutos en completa penumbra, entonces, decidió que era mejor descansar. Entró en su tienda de acampar, cerró los ojos y contó borregos para tratar de conciliar el sueño. 

    De pronto, vio una luz intensa, abrió la tienda de acampar, la luz intensa la dejaba ciega, y en un segundo sintió que fue expulsada al universo. No tenía cuerpo, no tenía voz, pero su voz interior no le abandonaba. Estaba suspendida, flotando en medio del universo, entre estrellas, fantasmas, duendes, hadas y extraterrestres. Sentía miedo, muchísimo miedo, no quería estar ahí. El miedo tardó muy poco en desaparecer, de pronto todo estaba en paz, todo estaba en amor. La ira, la pena, la frustración, la crítica, el odio, la condena, el rechazo, la pobreza, la guerra, la tristeza, la injusticia, el dinero, el poder, la destrucción, la materia… todo eso no tenía cabida allá arriba… simplemente no existían. 

    ¿Me quedo aquí para siempre? pensó. Un ser gigante multicolor con tres ojos, sin hablar le pregunto ¿Estás segura de que es tu lugar?  

    Estaba segura, por supuesto que sí, se sentía tan bien, en paz, sentía mucha paz, una paz que jamás había experimentado en su vida.  

    En su mente comenzaron a pasar muchos recuerdos como fotografías. Sonrisas y juegos con sus sobrinos, abrazos de su hermana, consejo de su madre, cafecito en la terraza con su padre, heladito de chocolate, bailar al ritmo del son cubano y de la cumbia, estar enamorada, su obra de teatro, la sonrisa de aquel chico transparente que tiene nombre de río, el temazcalito que bebía con el cuñado, el choclito con queso, el río, la playa, el lago, las empanadas de la pana argentina, los alfajores del hermano de la misma pana, los artistas callejeros, un águila volando, las interminables sonrisas y charlas con su pana músico, hombre azul… 

    Quiero volver, pensó, mi vida está allá, mis sueños, mis búsquedas, mis pasiones están allá, aquí, muy pronto me aburriría.  De pronto sintió un dolor muy fuerte, como si quisiera dar a luz. Ella no estaba embarazada, nunca lo había estado. El dolor era grande, y ahí en medio del cosmos, en medio del principio y del fin, empezó a dar a luz. ¿A luz a quién?, se dio a luz a sí misma. Entendió entonces que ella decidió hace treinta y cinco años llegar a la tierra. Y como cuando se hace puenting saltó y volvió de nuevo, a este planeta, olor a café, a caña, a menta. Volvió más guapa, más fuerte, más enamorada que nunca, volvió a sembrar amor en ella misma y a regalar amor a todo lo que esté en su alrededor… 

    Una de tantas historias incompletas de ciencia ficción. Historia 11/12

    Autora: Mélanie Chéradame

  • El sol en las manos.

    El sol en las manos.

    Ahí estaba yo, sentado frente a la televisión, siendo solo un niño, viendo a David Copperfield atravesando la Gran Muralla China. Ese truco de magia fue el inicio de mi obsesión, una obsesión que tras más de 20 años me ha llevado hasta aquí, hasta un lugar recóndito de la selva de Guatemala, a una antigua ciudad maya de la que sólo quedan las ruinas de sus impresionantes pirámides.

    Aquí, sentado en la cima del templo más grande de Topoxté, escribo estas líneas a modo de diario, a modo de despedida, hasta mañana no lo sabré. Temprano, cuando salga el sol, emularé al mago Copperfield, cerraré el círculo, pero no habrá juegos de espejos ni de luces ni televisión, estaré sólo y seguiré un ritual tan antiguo como la propia magia.  

    Mi investigación acerca de cómo el televisivo mago consiguió atravesar una muralla empezó muy despacio, casi no había nada de información al respecto, solo un incipiente Internet que dista mucho de lo que es ahora, y en la biblioteca más cercana a casa no encontraba ningún libro de magia digno. Así que, según fui creciendo, iba almacenando pistas, detalles, esquemas, nada muy reseñable. Hasta que un día, casi 8 años después, vi en un vídeo de Youtube cómo un mago con la cara tapada destripaba infamemente mi obsesión: no era más que una burda ilusión. Un fraude. No me lo podía creer. Todo ese tiempo perdido. 

    Esa noche apenas pude dormir. Revisaba mis cuadernos de apuntes, organizados por años, por civilizaciones, por periodos históricos en los que había alguna referencia sutil a rituales en los que se cruzaban portales… todas aquellas notas… debía haber algo más. Pero todo era tan confuso.

    Al fin, en esos oscuros días para mí, encontré algunas respuestas en la web, en la Deep web. Había mucho loco hablando de esto, pero entre tanta mierda, la información real era como pequeños rayos de sol que se filtraban iluminando un camino hacía la verdad que tanto anhelaba.

    Mis dos mejores pistas me conducían hacia dos civilizaciones antiguas de América Latina. Siguiendo la primera de ellas perdí un mes entero visitando a diario las ruinas incas de Ingapirca, en Ecuador, pero el paso de los años había borrado cualquier vestigio de aquello que precisaba.

    Cerrada esa puerta, me aferré con todas mis fuerzas a lo único que me quedaba. Historias difusas acerca del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas. Fray Francisco Ximénez tradujo en 1715 un texto de 1500 que se cree que fue escrito por un indio que aprendió caracteres latinos. Este indígena habría transcrito las historias de la creación del universo contadas por los ancianos, que fueron transmitidas de generación en generación.  En esos 200 años, aseguraban distintas teorías, se perdieron algunos capítulos referentes a magia, conjuros y rituales, poco adecuados para una civilización occidental que se alejaba del misticismo no católico.

    En Ciudad de Guatemala, visité a cualquiera que se nombrara a sí mismo como experto en la civilización maya, pero me veían como a un loco cuando les preguntaba por atravesar paredes y por portales interdimensionales. Al fin, hace una semana cayó en mis manos un viejo libro que habla de un ritual maya que conecta mundos. Mi última oportunidad.

    Y aquí estoy, en Topoxté, lejos de los turistas que duermen ahora en las ruinas de Tikal, o de Yaxhá, esperando presenciar el amanecer sobre las ruinas y ver pasear a los jaguares. Si mañana continúa mi relato es que lo he conseguido.

    ————————————

    Son las cinco de la mañana. Empieza a haber un poco de luz. Cojo el manuscrito. Lo leo otra vez, y ya van 100. Me lo sé de memoria. Me sudan las manos. Empiezo a recitar mentalmente los pasos. Entro por una puerta que despejaron los arqueólogos hace un mes. Una pequeña estancia oscura que servía para algunos rituales, me parecía propicio, casi poético.

    Puse ambas manos sobre la pared, cerré los ojos para concentrarme y empecé a recitar los conjuros. Las 20 estrofas que componían el ritual. Los recitaba esperando que el no saber el idioma no impidiera que funcionaran. Que de alguna manera sonaran como deberían. Según los decía, en mi cabeza resonaban, además, un par de frases a modo de instrucciones: despeja tu mente de tal manera que nada te ate, que nada te frene en tu viaje.

    Parece que nada pasa, llevo seis estrofas, abro los ojos y veo como mis manos empiezan a atravesar la pared, lo puedo sentir. Estoy atravesando la pared. Tormenta de emociones internas. No es que la pared se diluyera, no es que mis manos perdieran su composición física, es que mis manos empezaban a ser fría y dura roca. Siento miedo, siento dicha, me cuesta no llorar. Sigo, estrofa 7, 8, 9, paso de los codos, empiezo con el pecho, sin atreverme a meter la cara; 10, 11 y 12, siento el sol en las manos. Parte de mi cuerpo está del otro lado. No lo puedo creer. 13, 14, 15, meto poco a poco la cabeza, digo mentalmente la 16, la 17, y la 18, espero con tantas ganas sentir el sol en la cara, el resultado de tanto esfuerzo, de tanta lucha, de tanta frustración. Le podré demostrar a todos que se equivocaban, que me habían juzgado mal, que no estaba loco. Estoy llorando, 19, y última estrofa, la 20, ¿el viento?, ¿el sol?, ¿dónde están?, ¿lo he logrado?, ¿en qué mundo estoy?, ¿y el aire?, ¿el aire?…

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 7/12.

    Autor: Félix Espoz

  • El Saqra

    El Saqra

    El amor de una madre por su hijo es incomparable.  

    El dolor de una madre por saber que su único hijo está por morir es indescriptible.  

    Sophie Kemp cargaba a su único hijo de ocho años dormido en su regazo. El pelo dorado que llenaba su cabecita como el amanecer, había sido arrancado de su diminuto ser debido a tantas quimioterapias sufridas. Todavía le golpean las palabras del oncólogo como un eco devastador en su cerebro, «su hijo va a morir». Cuando la ciencia y la medicina no son suficientes para seguir viviendo, ¿qué alternativa te queda?  

    El Jeep todo terreno seguía avanzando a paso lento pero firme dentro de la espesa selva. Dentro del transporte se encuentran, el guía al volante, una madre con la cara golpeada por el sufrimiento y por las incontables noches en vela; y en sus faldas, un niño flaco, pálido y sin pelo que duerme profundamente. Su guía es un experimentado nativo del Napo llamado Danilo. Él había conocido al Chamán Hampa muchos años atrás, cuando una serpiente había mordido a su madre. Ese día, el padre de Danilo acostó el cuerpo de su madre en la parte trasera de la camioneta de trabajo y subió a Danilo al frente. Después de media hora, y ya entrada la noche, llegaron a un claro donde se veían luces que provenían del fuego de varias antorchas dispersas alrededor del perímetro de una aldea. En ella, varias chozas erectas sobre el piso, que construidas de madera y cabuya, reflejaban sombras de varios cuerpos moviéndose sobre la noche. En la entrada un par de indígenas los recibieron y fue en este momento que Danilo descubrió algo que no sabía de su papá. El angustiado hombre intercambió un diálogo con los aborígenes en un idioma extraño y nuevo para Danilo, algo que él nunca había escuchado antes.  

    Debido a lo apremiante de la situación, la camioneta quedó prendida y Danilo vio a su padre salir corriendo, alzar a su esposa en los hombros y correr con ella para luego perderse dentro de la choza más grande y central. Danilo se estremeció ante toda la situación, su madre a punto de morir, él rodeado de indígenas extraños que no hablaban español y la oscura noche de la selva rondando sus pesadillas. Salió corriendo detrás de su padre. Cuando llegó a la cabaña donde habían ingresado sus padres, una luz tenue alumbraba una habitación llena de artefactos hechos a mano y de confección rarísima, y un pesado olor a palo santo. Una vez que las pupilas de Danilo se acostumbraron al nivel de luz, vio a su madre desnuda e inconsciente en el piso, pero peor aún, divisó algo que lo marcaría para siempre…  

    Sophie quedó embarazada muy joven, durante su segundo año de arquitectura en la universidad. Ese semestre recibía en una de sus clases, la materia de ética. El profesor de ética era recién egresado, alto, rubio y con un aire a Harrison Ford en el “arca perdida”, que irremediablemente enamoraba a todas las oyentes. A Sophie, hasta se le ocurrió escribir “me gustas” en sus párpados, tal cual escena de Indiana Jones. Sonreía por dentro a tanta ocurrencia. Por eso cuando al terminar una clase, y el profesor se acercó para preguntarle acerca del tema humanístico, ella solo pensaba en lo animalista de su ser. Fue una aventura que tuvo muchas consecuencias, el abandono de su carrera, la pelea con sus padres y el pequeño Philip.  

    Ella no podía creer que ese granito de sol, lleno de promesas y que hasta hace poco era nada más que un bebé, ahora estuviera a punto de desvanecerse. Philip era un niño normal, alegre, aun cuando nunca había conocido a su padre. Y fue su papá, el profesor de ética, quien le contó a Sophie acerca de Hampa. El profesor, en unos de sus viajes a lugares inhóspitos, encontró una aldea de indígenas en lo profundo de la selva ecuatoriana,  que adoraban al Hampa como a un dios. El sanador y dador de vida. Contaban que este Chamán tenía poderes sobrenaturales y que hasta podía regresar a la gente del “otro lado del río”. El papá de Philip lo había visto con sus propios ojos. Y es así, que el último recurso de Sophie para salvar a su hijo ahora recae sobre este brujo.  

    Hampa arrancó a Phillip de los brazos de su madre, lo desnudo y lo acostó en el piso. El resto del ritual fue una escena que puede trastornar hasta al más incrédulo de los seres. Un acontecimiento similar a la que presenció el joven Danilo años atrás. Sophie sentía la presencia, no de un solo ente, sino de varios, cantando en voces y dialectos olvidados por el tiempo. Sombras negras trepando las paredes, rasguñando la madera mientras ejercían su baile demoníaco. Las antorchas de fuego crecían y consumian el oxígeno del cuarto sin piedad. Y como un trueno, un golpe de vida en el pecho de Phillip. Un rayo de energía que atravesaba su minúsculo cuerpo y que le hacían retorcer del dolor. Sophie estaba paralizada.  

    De regreso en el Jeep, Danilo, Sophie y Phillip se reían mientras emprendían el camino de regreso a Quito, donde les espera su vuelo a Boston. Para Sophie, todo esto era un sueño, no podía ser verdad. Tendría que hacerle exámenes para asegurarse que Phillip estaba completamente libre de cáncer, pero el hecho de que caminara y corriera solo minutos después del episodio, y verlo ahora riendo, comiéndose una banana y tan lleno de energía, le llenaban su corazón de seguridad. De repente, el Jeep redujo su velocidad hasta pararse completamente. Otra tribu indígena llenaba el camino con una procesión funeraria obstaculizando el paso. Danilo bajó la ventana y le preguntó en dialecto a uno de los indígenas qué estaba sucediendo. Era un niño de la edad de Phillip que había fallecido hace menos de una hora atrás. Los padres desconsolados gemian, lloraban y gritaban: Saqra, Saqra, Saqra. 

    Danilo sabía que es lo que querían decir. Mientras que hampai quiere decir sanador, el dador de vida, el Saqra es el diablo que se la lleva…   

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 3/12.

    Autor: David Carrillo

  • Una estrella fugaz

    Una estrella fugaz

    Dicen que cuando ves una estrella fugaz, debes pedir un deseo, ¿sabías eso? ¡Yo sí! Y tan afortunada fui que en un viaje de trabajo, bajo un hermoso cielo estrellado en República Dominicana, apareció una, era algo improbable, pero ahí estaba, solo para mí; un deseo, lo tenía clarísimo, no había duda; cerré los ojos e inmediatamente mi alma, mi corazón y mi mente se alinearon para llegar hacia todo el universo… me encontraba extasiada, y, sinceramente, parecía que estuve alucinando, al preguntar a mis colegas nadie más la vio… parecía que solo quería ser vista por mí… Pero, ¿mi deseo se hará realidad?

    De regreso a casa se me había olvidado mi maravilloso encuentro estelar, y mi vida transcurría con aparente normalidad, ese día se celebró un récord de ventas en la empresa e hicieron una maravillosa fiesta; casualmente pude estar en la oficina, ya que por lo general pasaba viajando, mi vida era viajar, amaba mi trabajo. Fue ahí cuando ocurrió… Todavía recuerdo el primer día que te vi, bajando por las escaleras con tu overol blanco, cejas cargadas y ceño fruncido… Serio y casi inaccesible… Una mirada se cruzó entre ambos y fue inevitable sentir magia, a esa magia se sumaron los nervios, la música empezaba a sonar, todos comenzaron a bailar y como si los demás dejaran de existir te veo acercándote a mí, ahora ya no frunces tu ceño, me sonríes y me preguntas: “¿quieres bailar?”. Yo pienso, cómo le digo que sí, ni siquiera lo conozco, pero algo sucede en todo mi ser, ¿qué me pasa? No fue necesario decir nada, simplemente me di cuenta de que bailábamos, o más bien ¡flotábamos! La música parece que deja de sonar y solo te veo a ti y escucho tu voz, una voz grave tipo locutor, que hace que me bombee a mil mi corazón, “¿en qué área trabajas?”.

    Así, empezamos a charlar, en un lugar donde todos te conocían menos yo. Aquí te veo y me encantas, quiero saber más de ti, me doy cuenta que tú también quieres saber más de mí… Los días transcurren, los meses pasan y somos los mejores amigos; amigos platónicos diría yo. Esa magia que surgió debió detenerse, tú estás casado y yo llevo casi 6 años de noviazgo, y, posiblemente, me tenga que casar. Debo confesar que siempre que me toca el tema lo evado porque no quiero lastimarlo, no me quiero casar. Esto no me sucede ahora que te conocí, lo sé desde siempre, pero no tengo las fuerzas para terminar con esta relación enfermiza, me acostumbré a sus infidelidades, a sus celos intensos, al maltrato psicológico que me reparte cada vez que nos vemos.

    Mis jornadas de trabajo son más fáciles ahora que te conocí, y te convertiste en mi mejor amigo; ahora que te puedo contar sin miedo todos mis incontables problemas amorosos, aunque me duela tienes razón, no merezco que me trate de esa manera, me has dicho cosas duras, pero tienes razón y estoy entendiendo. Me dijiste que busque ayuda, “pero soy psicóloga”, te dije enojada, “¡no necesito ayuda!”.  “Estás enferma”, respondiste. He llorado llena de enojo con tus enérgicos consejos; pero sí, tenías razón, mi terapeuta me dijo cosas muy parecidas a las que me dijiste, creo que no eres ingeniero sino psicólogo. Ahora me siento animada y con fuerzas para romper esas cadenas que me atan… Gracias. Nadie me había hablado tan claro y tan amorosamente para decirme, en resumen, que soy una bruta amorosa… ¡Genial! Soy una bruta amorosa, que lo acepta y que ahora sabe qué es lo correcto… Y no, no quiero más cadenas en mi vida, ¡sé que esto debe terminar! Gracias, mejor amigo.

    Mi teléfono suena, eres tú; como si te estuviera llamando con mi pensamiento, nuevos problemas en tu casa, una historia de nunca acabar, parece que ambos tenemos mala suerte en el amor… continúo escuchando, pero, qué más te digo para que arregles tu relación, me pregunto; ya has intentado todo (terapias, salidas, viajes, charlas a profundidad), bueno solo te escucho y te digo, “paciencia sigue intentando, tienes un hijo”. No puedo evitar sentir tu infelicidad, eres un hombre apagado, debes sonreír, mereces ser feliz; ¿cómo te ayudo?, después de todo lo que has hecho por mí, y yo, no puedo ayudarte, y peor, no sé qué más decirte… solo te escucho en silencio y sufro por dentro. “Que descanses, charlamos mañana, gracias por escucharme”, me dices y cierras el teléfono.

    Transcurren 3 días y mi teléfono no suena, me preocupa, pero solo me resta esperar, tras una semana viajando por trabajo y sin saber nada de ti, me quedo pensando en que quizás te molestaste porque no pude darte un consejo, en que quizá ya no quieras ser mi mejor amigo…  la idea me pone triste.  

    Al fin suena mi teléfono; mis nervios y mi preocupación son evidentes, pero trato de controlarlos; “necesito contarte algo, pero no por teléfono,” me dices.  ¿Qué pasaría?, debe ser grave me digo a mí misma.

    Al fin llega el día, ups 5 minutos tarde, pero aquí estoy, lo veo ahí … Dios mío este corazón sí que me palpita, debe ser porque subí las escaleras a mil. “Por favor, qué pasa”, te digo casi enloquecida; estoy que no puedo de la preocupación: “Qué querías contarme, han pasado 9 días, y no he sabido nada de ti”. Sin titubear me contestas: “Me separé y es definitivo, encontré las fuerzas que necesitaba y no tengo dudas”. Un silencio nos invade, y mientras pienso en lo que te voy a decir tus labios tocan los míos. A este capítulo de mi vida lo llamo Felicidad.

    Han pasado más de 10 años desde aquel beso y esa magia que sentí desde ese primer día sigue invadiendo mi alma, mi mente y mi vida entera… ahora te veo bajar las escaleras de nuestra casa junto a nuestros dos hijos, ahora somos una familia. Los Conejos.

    El verdadero amor existe, los príncipes llegan a rescatar a su princesa, la princesa llega a rescatar a su príncipe, el mundo conitos es real, y sí, un beso de amor es la fuerza más poderosa del universo.

    Cuando veas una estrella fugaz pídele un deseo, pero pídele con el alma, ¿sabes por qué? ¡Se hace realidad!

    Dedicada al amor de mi vida, mi conejo

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 8/12

    Autora: Katya Oña

  • Magia

    Magia

    Soy hija de mi madre y ella, a su vez, de una madre que entregó su vida a sus hijos, incluso cuando estuvo al borde de la muerte durante meses, hasta que yo nací. Encuentro difícil plasmar los hechos en orden cronológico, así que esto será como una tormenta de palabras y de varios acontecimientos que hacen que yo crea en magia.  

    Mi abuela Hortensia, a quien no tuve el privilegio de conocer, murió un día después de mi nacimiento, y mi idea de que la magia existe es, en parte, porque pienso que, de alguna manera divina, ella vive en mí. Ella es el ángel de la guarda de toda la familia… me gusta pensar que hay en mí algo especial.  

    En 1987, Gustavo y Laura, mis papás, llevaban algún tiempo juntos y para ese entonces ya habían decidido casarse. La fecha tentativa sería cercana a abril del año siguiente, pero el matrimonio se adelantó, se casaron el 30 de diciembre de ese mismo año.  Yo nací el 23 de julio de 1988, y no, no fui sietemesina.   

    Mi abuela llevaba un buen tiempo con cáncer y había decidido no tener mayor intervención médica, quería vivir sus últimos días tranquila en casa. Esto último, y el hecho de que yo viniera ya en camino, fueron las mayores razones para que mis padres decidieran que su matrimonio fuera en épocas navideñas, así podrían tener a gran parte de la familia reunida. Mi madre tenía vergüenza de contarle a mi abuela que estaba embarazada, pero es bien sabido que las mamás son un poco ‘brujas’, así que, cuando estuvieron hablando del vestido de novia y demás asuntos de la noche de bodas, le dijo: “Mija, cómprese un brasier una talla más grande, a uno le crece el busto cuando se casa”. Ella lo encontró extraño; no se imaginaba que doña Hortensia ya sabía exactamente lo que le pasaba a su niña mimada de 20 años.  

    Había sido la hija consentida y protegida de la casa, pero su proceso de gestación no fue fácil. Nació y ya era tía, sí tía; su hermana mayor y su mamá habían estado embarazadas al mismo tiempo, mi prima había nacido el 2 de diciembre (el mismo día en que cumple años mi hermana menor) y mi mamá nació en abril del año siguiente. Doña Hortensia tenía 42 años y había llorado gran parte de su embarazo, le avergonzaba que su hija mayor también lo estuviera, y el hecho de su avanzada edad.   

    Mi mamá dice que su niñez fue muy tranquila, pero a la vez hubo mucho sufrimiento. Durante su juventud su madre se enfermó, y fue ella, la misma niñita consentida, quien prácticamente tuvo que hacerse cargo de gran parte de la enfermedad. No creo que fuera fácil, con 18 años, la mamá con cáncer, sabiendo que, pese a tener 10 hermanos mayores, sí 10 (la mayoría ya habían salido de casa o estaban formando sus familias), solo le quedaba la opción de ser ella misma la responsable del cuidado.  

    El lazo de mi mamá con mi abuela fue muy fuerte, pero a la vez un tanto lejano. Le he oído anécdotas como la del brasier y, al mismo tiempo, me ha hablado de sentir lejanía en su comunicación o en sentirse amiga de su madre. Asumo que fueron épocas diferentes, y es este uno de los motivos por los que también creo en magia. Tengo la suerte de decir que a mis casi 32 años mi madre es mi amiga de verdad, sin mentir le cuento todo, o prácticamente, y creo que no muchas personas pueden decir eso. Tuvo contracciones en la madrugada del 23 de julio de 1988 y dice que no demoré mucho en llegar, al medio día ya había nacido. También me contó cómo la noche anterior le había dado las buenas noches de una manera especial a mi abuela, o, al menos, ese es su recuerdo.  

    Mis padres vivían en la puerta de enfrente del apartamento de mis abuelos, y mi mamá se había enamorado del vecino al que mi abuelo alguna vez le había prohibido hasta el saludo. Pero para eso también existe la magia, para los amores imposibles, donde los brillitos y las chispitas llegan de donde menos los esperas. El vecino era un joven universitario de 23 años que vivía con otros 3 hombres. Llegó a su vida casi colándose en una relación de 3 años; me encanta cómo él dice que al saludar al guardia del edificio le decía que la chica del segundo piso, la del papá bravo, iba a ser su novia… Magia, ¿no creen? 

    Después de que naciera, mi papá fue a hablar con mi abuela y le contó que yo estaba sana y con salud… a la mañana siguiente descansó… Su hija menor había cumplido el sueño de ser mamá y seguro le había crecido el busto. Mi mamá no pudo ir al entierro de su propia madre por cuidarme a mí; eligió pensar que no vine a reemplazarla, ni que soy su reencarnación ni nada por el estilo; prefirió pensar que, de alguna manera, hice esa partida menos dolorosa, y le tomó años hacer un duelo apropiado, tal vez fue mi abuela quien estuvo ahí presente hasta que lo sintió necesario… Esto también podría ser magia, o serendipia, porque en la vida las cosas pasan en el momento preciso y puede que nos tome años entender por qué o nunca comprendamos la razón o el propósito de los hechos.  

    Mi nombre es Laura Peláez, yo creo en magia y en historias con “brillitos y chispitas”, aunque no siempre sean chispitas de luz, pero creo en magia, tal vez creo más de lo que un adulto debería, pero creo y seguiré creyendo.  

    Descripción:  

    Creo que todos deberíamos grabarnos esa frase del “Principito” que habla de ver con el corazón, sabiendo que lo esencial es invisible a los ojos… Para mí es un principio de vida.  

    Una de tantas historias sobre mujeres. Historia 12/12

    Autora: Laura Peláez