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  • ¿Es bueno plantar árboles?

    ¿Es bueno plantar árboles?

    Dr. Pablo F. Jaramillo-López, Ph.D.

    Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad

    Universidad Nacional Autónoma de México

    Si tu le haces esta pregunta a cualquier persona, la respuesta va a ser “claro que si”. En realidad, el resultado de una reforestación mal hecha puede ser peor que dejar que la naturaleza se regenere por si sola. Cada año, se plantan millones de árboles con la justificación de que se está reforestando y que le estamos “ayudando” a la naturaleza. Sin embargo, estos esfuerzos económicos y de logística casi nunca son monitoreados ni evaluados. En la mayoría de los países, estos esfuerzos de reforestación se llevan a cabo con fines políticos o de publicidad y son diseñados para mejorar la imagen o hacerle quedar bien a alguien.

    Cuando empieza la temporada de reforestaciones, se puede ver a los empresarios y políticos plantando árboles como una “photo op” y no haciéndolo porque realmente tienen un compromiso. Recientemente, en el fondo económico mundial de Davos en Suiza, se anunció con bombos y platillos que se van a plantar 1 trillón de árboles en todo el mundo y que grandes empresarios iban a solventar esta iniciativa.

    Lo triste de esto es que se pretende hacer estas reforestaciones de la manera convencional y eso significa que se “planta” alguna especie de árbol, de preferencia alguna que sobreviva al trasplante, y ya. Una vez plantados, nadie los vuelve a ver y nunca se reporta cuántos arbolitos sobrevivieron al trasplante ni la temporada de sequía.

    En un estudio reciente publicado en la revista Science, se mencionó que plantar 1 trillón de árboles podría capturar aproximadamente un tercio de los gases de efecto invernadero generados por los humanos. Lo que no se mencionó fueron los detalles a considerar cuando se hicieran esas plantaciones. Lo ideal es que antes de hacer una reforestación, se debe tomar en cuenta las características de cada sitio a reforestar y definir la superficie, evaluar el estado de salud del suelo, determinar la especie idónea para plantar y planificar adecuadamente el momento para plantar los árboles. Casi siempre se hacen las plantaciones en suelos deteriorados y erosionados y se espera que sobreviva la mayor cantidad de árboles. No se planifica el trabajo y casi siempre se lo hace fuera de temporada. Para hacer una reforestación adecuadamente se debe definir los objetivos. Estos pueden ser:

    – Económicos.– Estos están definidos por un ingreso monetario a corto, mediano y largo plazo. En muchos casos los ingresos pueden ser el resultado de pagos por servicios ambientales en donde organizaciones buscan pagar a comuneros que conserven su bosque. En otros casos los ingresos económicos estarán dados por los productos maderables y no maderables que puedan ser extraídos de un bosque saludable. Otra fuente de ingreso estará relacionada con el turismo que se genera en bosques saludables. Todos estos beneficios económicos pueden ser una fuente estable de ingreso para los habitantes de los bosques y que deberán ser considerados en caso de empezar un proceso de reforestación.

    – Ambientales.– Estos están definidos por los servicios que los sitios naturales proveen a los demás seres vivos. Con relación a esto, los bosques actúan como una esponja y captan grandes cantidades de agua que luego se filtra y llega a los mantos acuíferos para luego convertirse en manantiales. Esto pasa siempre y cuando la reforestación se haga con las especies arbóreas nativas del territorio.

    Una vez definidos los objetivos se debe planificar el proceso cuidadosamente, y para ello se debe:

    1. Seleccionar la especie forestal adecuada. Se debe conocer el territorio y seleccionar la especie nativa al ecosistema en cuestión. Muchas veces esto implica recolectar semillas ya que pueden ser especies que no estén disponibles en viveros forestales. Es importante conocer la especie para poder producir plántulas suficientes para ser reforestadas. Esto implica conocer los ciclos fenológicos de las especies a propagar y permitirles estar listas para el trasplante. Cada arbolito debe estar lo suficientemente apto para ser llevado a campo y esto puede significar que debe estar en el vivero por algunos meses. El arbolito debe tener su tallo lignificado para que pueda resistir al shock del trasplante. Como ejemplo, si se pretende reforestar algún lugar en los meses de lluvia, entonces se tiene que preparar los arbolitos con suficiente tiempo para que estén listos en el momento adecuado.
    2. Determinar la superficie a reforestar. Se debe recorrer la superficie a reforestar y determinar la densidad de plantación. Para definir la densidad, es muy importante pensar a futuro y tratar de simular una distribución natural de los árboles en el ecosistema. Si se quiere hacer una restauración ecosistémica, es importante hacer una mezcla de especies forestales que simulen el ecosistema original. Para ello, será muy importante conocer la historia ecológica del territorio y para ello puede ser beneficioso hablar con las personas de la localidad. Durante este recorrido es importante tomar muestras de suelo para determinar el estado de salud edáfica y decidir si es necesario incorporar materia orgánica o algún abono al suelo. Una vez hecha la plantación, será necesario cercar el terreno para evitar que ganado suelto pueda pisotear o inclusive comerse los arbolitos.
    3. Capacitar a los reforestadores. Todas las personas pueden tener la buena voluntad de plantar un árbol, pero eso no significa que sepan hacerlo. Es muy importante que las personas que van a llevar a cabo la reforestación sepan hacerlo de la mejor manera. Hay que preparar el hoyo donde se va a plantar y es importante que tenga alto contenido de materia orgánica ya que será lo que retenga la humedad en la temporada de sequía. Una vez que se prepare el hoyo, el árbol deberá ser plantado con suficiente tierra para que cubra el mismo nivel que tenía cuando estaba en el vivero. Si se pone demasiada tierra, el árbol se puede ahogar y si es que se pone muy poca, es posible que el árbol se desprenda y se sequen las raíces. Es muy importante apisonar muy bien el suelo luego de plantar el árbol ya que así se eliminan espacios de aire que pueden afectar a las raíces. Es importante que quede muy compacto el suelo donde se plantó el arbolito.
    4. Planificar la reforestación. Es muy importante que el momento de la plantación coincida con la temporada de lluvias. Para ello se debe consultar con el servicio meteorológico nacional y definir cuándo empieza y cuánto dura la temporada de lluvias. Sólo así se podrá planificar adecuadamente la reforestación y anticipar adecuadamente la producción de los arbolitos como se mencionó en el punto 1.
    5. ¿Qué pasa al final? Una vez concluida la reforestación, es muy importante monitorear la supervivencia de los árboles. Esto se debe hacer un año luego de la plantación y posteriormente 3, 5 y 7 años después. Usualmente, luego de 5 años de ser plantado, se considera que el arbolito está bien establecido. Cada vez que se hace el monitoreo, se determina la tasa de supervivencia y también la tasa de crecimiento. Estos datos se deben almacenar en una base de datos con el fin de compartirla con otros grupos que estén reforestando.

    ¿Se puede poner en práctica todo esto?

    Justamente tomando en cuenta todos estos puntos, se llevó a cabo una reforestación comunitaria en una zona icónica del eje neovolcánico de México, la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca. El proyecto se llevó a cabo bajo el esquema de una investigación científica y por ello se tomaron en cuenta todas las consideraciones técnicas que se mencionan en este artículo. El trabajo inició con una restauración de suelo a través de una enmienda orgánica fermentada por la acción de microorganismos eficientes. La restauración de suelo se hizo en el momento de la plantación de los árboles para poder aprovechar el trabajo de miembros de la comunidad indígena de El Rincón. Los comuneros se convirtieron en científicos y fueron ellos quienes monitorearon a los arbolitos durante todo el proceso. La reforestación tuvo tres objetivos: 1) reducir la presión sobre los bosques que albergan a las mariposas monarca, 2) llevar a cabo una restauración ecológica para recuperar los servicios ecosistémicos que brindan esos bosques, y 3) brindar una fuente de recursos maderables a los miembros de la comunidad.

    El trabajo fue publicado en la revista internacional Journal of Environmental Management y también fue premiado por el Pollinator Partnership de los Estados Unidos de América por promover la recuperación de los bosques que albergan a las mariposas monarca durante su hibernación en México (Fig 1).

    Entonces si se puede hacer bien una reforestación, sólo es importante planificar adecuadamente el proceso y tomar en cuenta todos estos puntos. En respuesta a la iniciativa mundial de plantar un trillón de árboles, es muy importante que se considere lo que se ha mencionado en este artículo. Sólo así se podrá garantizar que los efectos serán positivos y no negativos. Sólo así se podrá mostrar que plantar un árbol es bueno y no algo que parece ser bueno.

    Fig. 1. Proceso de restauración forestal llevado a cabo en el ecosistema de la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca mediante la restauración de suelo y la reforestación comunitaria. Jaramillo-López, P. F., Ramírez, M.I., and Pérez-Salicrup D.R. (2015). Impacts of Bokashi on survival and growth rates of Pinus pseudostrobus in community reforestation projects. Journal of Environmental Management, 150: 48-56. https://doi.org/10.1016/j.jenvman.2014.11.003

  • Política también es mirar a los ojos

    Política también es mirar a los ojos

    Migrante. Dícese de aquel que migra. Y migrar es trasladarse del lugar en el que se habita a otro diferente. Todo esto según los diccionarios. Y sí, hay muchos tipos de inmigrantes y de razones para migrar. Migraciones internas dentro de un país, y las más duras, las exteriores, las que te enfrentan a una nueva realidad, una nueva cultura, tal vez, incluso, a un nuevo idioma, a incertidumbre legal, a persecución policial. También te puedes sentir migrante, aunque no lo seas, cuando parte de la sociedad que acogió a tus padres te llama latin, aunque hayas nacido y crecido en Estados Unidos.

    Muchos de nosotros sabemos de frio, de desierto, de frontera, de coyotes y de patrullas. A muchos las políticas nos frenaban el paso, nos condenaban a trabajos duros, mal pagados, a escondidas, pero algunas también nos han dejado estudiar, optar a becas, a una carrera universitaria, nos han permitido aportar valor al país al que vinimos.

    Hoy me nombran vicecónsul de New Jersey. Soy un joven afortunado. Estoy nervioso, siento que una etapa de mi vida concluye y se abre otra fascinante por delante. ¿Seré capaz? Cuando la finalice, ¿podré sentirme igual de orgulloso que hoy?

    Si cierro un poco los ojos puedo recordar con claridad escenas de los momentos más duros, de las miradas frías, retadoras, las que me juzgaban sin darme oportunidad alguna, las que me condenaban por mi aspecto. Pero también recuerdo las cálidas, atentas, reparadoras, las que tenían propiedades de caricia. Las de gente buena que me tendió la mano y me impulsó a llegar hasta aquí.

    Que alguien se siente contigo a llenar una solicitud que no entiendes, es política migratoria, un abogado de una ONG acudiendo a una comisaría por un menor detenido, también es política migratoria. Ayudar a jóvenes como yo a que empiecen programas universitarios, desde luego lo es. Mi mente está en ebullición.

    Bueno. Esto empieza. Suena el himno. La sala está llena. Está mi bandera. Parece brillar. El ambiente es solemne. Hay una mesa antigua y fuerte como la democracia de este país. He de firmar unos documentos oficiales y ya está. Aprieto un bolígrafo y lo hago recorrer la parte inferior de la página, subiendo y bajando con fluidez. Lo he conseguido. No hay vuelta atrás. Ya nada volverá a ser igual.  

    Eso viví y sentí cuando acepté ser vicecónsul.

    Una de tantas historias incompletas sobre política.

    Autor: Bladimir Quito

  • La casa azul

    La casa azul

    Nada de lo siguiente es ficción. Solo son los recuerdos de estos últimos años. 

    Mi hijo estaría por cumplir los 3 años cuando comenzaron a suceder los “acontecimientos”. Todavía recuerdo la primera vez que pasó. Mi esposa y yo estábamos jugando en la sala con él. Desde pequeño nos decía “mama” y “papa”, con acento en las primeras sílabas, cuando se referiría a nosotros. Esa tarde, sentados alrededor de carritos, trencitos y figuritas, nos dijo, ustedes no son mis papis. Tú eres mi papa, pero no mi papi.  

    Nosotros vivimos en una ciudad pequeña en el oeste medio de los Estados Unidos. Un pueblo semirrural donde todavía se pueden visitar granjas lecheras dentro del perímetro residencial. Nuestra casa, en ese entonces, era casi nueva, apenas tenía unos años de haber sido construida. Nunca conocimos a los residentes anteriores. Después de esa tarde de juegos, ese incidente no se volvió a repetir hasta la semana siguiente. Mi esposa y yo trabajamos tiempo completo, pero era yo quien lo recogía de la guardería después de la jornada laboral. “¿Cómo te fue mi amor?”, le pregunté. Me dijo, “bien papa, hoy vino mi mami a visitarme”. Asombrado, nuestros trabajos están lejos de ahí, le cuestioné: “¿tu mamá vino a la guardería?”, a lo que me contestó: “No papa, no mi mama, sino mi mami. Me dijo que otro día vendría con mi papi y jugarían más tiempo conmigo, hasta, tal vez, me llevarán a mi casa azul”. Esa noche, cuando llegó mi esposa a la casa, le conté lo que había dicho el gordo esa tarde. Los dos pensamos que, tal vez, fuera un recuerdo de otra vida.  

    Conforme pasaron los días, nuestro hijo de casi 3 años o, tal vez, ya tendría más de 3 para ese entonces, nos dio más detalles de su vida pasada. Nos dijo que vivía en una casa azul con blanco, que tenía dos hermanos (en realidad tiene 3 hermanas) y que había fallecido en un accidente de carro. Cuando entró a al preescolar, la profesora nos cuestionó en una de las reuniones de padres de familia acerca de sus “hermanos”, y le aclaramos que solo tiene hermanas, pero una imaginación enorme. Entonces comenzaron a suceder “eventos” más extraños en casa.  

    Una noche, mientras mirábamos la televisión, sentados en la sala, nuestro hijo nos tapó la boca y en su carita se podía ver el miedo, sus ojos grandes sin parpadear y su respiración agitada. Le quité su mano de mi boca y le reclamé algo molesto: “¿qué te pasa?” Nuevamente me tapó la boca y nos susurró: “ssshhh. ¿Escuchan?” Entonces bajé el volumen del televisor hasta el cero. Pero nada. Luego en tono de súplica pidió, “no hablen”.  

    Este evento se volvió a repetir en una noche posterior, pero esta vez mi esposa sí se asustó. Le dijo, “papi me asustas”. A lo que nuestro hijo me miró fijamente, con sus manos en nuestras bocas y suplicó nuevamente: “Papa no abras la puerta. Hay alguien afuera, quiere entrar. pero no lo dejes papa”. A lo que algo molesto levanté la voz, afuera no hay nadie. Me paré, fui hacia la puerta y la abrí. En lo negro de la noche, en la soledad de la entrada, el viento frío del otoño sacudía las hojas del árbol del frente. Sin embargo, ninguna figura humana o animal, o creatura de otro mundo estaba ahí afuera esa noche. “Mira amor, no hay nadie afuera”. Nuestro hijo seguía con sus manitas sobre su cara, cerrando sus ojos para no ver el vacío de la entrada.  

    Cabe aclarar que duerme como un oso y en su cuarto, solo. No se despierta con pesadillas ni tampoco tiene miedo a otras situaciones, como entrar a un cuarto oscuro o quedarse solo en su cuarto por tiempos. Es a veces, de vez en cuando, que de un momento a otro reacciona con pavor. Como una noche que mi esposa se encontraba fuera, y a la hora de ponerlo a dormir, me preguntó si esta era nuestra casa. “Claro que lo es”, le recordé extrañado. “Pues una niña que viene a veces, me dice que no. Que es la casa de ellos”. Y cuando iba a salir de su habitación, nuevamente vi su cara de miedo, sus ojos redondos y su respiración intranquila. “Papa no salgas, un hombre malo está afuera y nos quiere hacer daño”. Abrí la puerta de su cuarto y, en efecto, no había nadie. Estas experiencias “inusuales” fueron pasando con menos frecuencia. A veces en el carro comprando comida, a veces en la casa o a veces en la escuela. Pero mientras seguía creciendo, estas “imaginaciones” se fueron desvaneciendo.  

    Ahora tiene casi 9 años y esas situaciones ya son parte del pasado. Ahora le encanta ver las películas de fantasía y de magia. Es más, recientemente fui a revisarlo en su cuarto porque se encontraba viendo una película de un mago adolescente que estudiaba en un castillo. Hace años que yo no volvía a pensar en esos episodios. “¿Como esta la película, gordo?”, le dije.  “Ssshhh papa, no interrumpas”, me recriminó. “Ooooook”. Me salí de su cuarto. Entonces, recordé que también debía darle agua a su mascota, que vive en una jaula en su cuarto, y me regresé a medio camino. Antes de la entrada de su cuarto, en el pasillo, algo me paró en seco. Una voz extraña, de una niña pequeña venía de adentro. “Te dije que tu papa iba a subir”. Él le respondió tranquilamente: “Sí, pero ya se fue”.  

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 9/12.

    Autor: David Carrillo

    La habitación, mi hijo y su «amiga»…

  • Monika

    Monika

    Monika yacía en el suelo. El frío de los tablones de roble le helaba la cara. Su casa, una vivienda de dos plantas, se encontraba a las orillas del río Havel, cerca al muro. Monika se encontraba postrada, sin fuerzas para levantarse y un solo pensamiento corría por su cabeza: “Voy a morir aquí”.

    El 22 de junio de 1948 fue un tibio martes de verano. En la empedrada calle frente a su casa, Monika, de 10 años, y su hermano Paul, de 8, jugaban con los restos y las piedras que quedaron de la cruenta guerra, sin imaginarse que su vía crucis personal aún no había terminado. Su madre, Ulta, cocinaba el plato favorito de Monika, mientras los vigilaba a través de la ventana que daba a la calle. El Maultasche puede ser descrito como la versión alemana de un ravioli. Una cubierta de pasta que envuelve carne en trocitos, migajas de pan, espinaca y cebollas. Sin embargo, la versión que más le gustaba a Monika, en la que era experta su madre, tenía bratwurst en pedacitos en vez de carne.

    En soledad, sobre el frío suelo de madera, Monika pensaba que nunca más volvería a probar el Maultasche de su mamá… 

    El jueves 24 de junio, la Unión Soviética decide embestir en contra del capitalismo, cobijada bajo las ásperas nociones del Das Kapital de Marx. Los soviéticos impiden cualquier tipo de acceso a Berlín del Oeste, cortando cualquier suministro de comida para los habitantes del pueblo libre. El presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, declara que el tiempo de negociación con la antigua Rusia ha llegado a su fin. Los siguientes días fueron llenos de caos y desesperación. Una nueva guerra comenzaba, pero esta vez mucho más fría que el rígido suelo de roble de la habitación de Monika.

    La comida en la casa de Monika duró unos días más, al principio Ulta decidió dosificar las porciones. Luego, solo comían dos veces al día, luego solo una. La última lata de comida fue repartida entre los tres habitantes de ese hogar 4 días atrás. No había nada más que comer.

    Aunque Monika recordaba con ansias su amado Maultasche, otro pensamiento más preocupante cruzaba su mente. Si ella se sentía sin energía y desamparada, su hermanito que ahora estaba encerrado en el cuarto de su mamá, estaría mucho peor. Espero morir antes de ver morir a mi hermano, pensaba ella. Una idea demasiado cruel para una niña que tiene el mundo por delante.

    Una explosión aérea rompió los cielos y sus pensamientos moribundos. Levantó su mirada hacia las nubes, a través de la ventana de su cuarto y a lo lejos solo pudo ver cajas sostenidas por diminutos paracaídas que descendían lentamente sobre las calles de Berlín. Monika logró dibujar una media sonrisa, ya casi olvidada por lo estragos del hambre.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 4/12.

    Autor: David Carillo

  • 11 lecciones de mis peores días

    11 lecciones de mis peores días

    La sangre salía como agua de una manguera. Después del golpe, recuerdo pedirle a mi primo, el conductor, que se detuviese. “¡Para Nando! ¡Mi pierna! ¡Me duele la pierna!”

    Tenía un dolor muy fuerte desde la rodilla hasta el tobillo. Cuando regresé a ver lo que había sucedido, mi pie derecho estaba destruido. Varios dedos amputados. Algunos huesos visibles. Mi novia, ahora mi esposa, y algunos amigos, heridos.

    Recuerdo ver bastante algodón (de un pequeño colchón que teníamos en el carro) volando por todas partes. Recuerdo pensar que tendría que perder el pie, el pie que había hecho tantos goles, el pie que me había conseguido varias ofertas de becas en universidades de los Estados Unidos.

    Pero esa no era mi mayor preocupación en aquel momento.

    Lo que me preocupaba era cómo llegaríamos al hospital más cercano. Estábamos posiblemente a una hora de algún centro de salud rural, pero a siete horas de la capital. Me desangraba tan rápido que ni el mejor de nuestros torniquetes, combinado a una toalla y funda de plástico, podían disminuir mi prematura palidez.

    En retrospectiva, no sé si ese día, a los 18 años, fue el peor día de mi vida, o cuando me extirparon el testículo izquierdo, a los 16, y tuve que dejar de hacer, por un tiempo, lo que los chicos de 16 años disfrutan haciendo.

    O cuando mi esposa en Navidad me reveló un secreto y me dijo que no estaba segura de si me amaba o si quería seguir conmigo después de 15 años de casados, dos hermosas hijas y toda mi familia invitada a cenar.

    O cuando mi mejor amigo murió trágicamente justo antes de su 30 cumpleaños (tal vez el día que más he llorado).

    O cuando recibí la llamada en que me decían de que mi hermano había sido atropellado y estaba en coma, con 20% de probabilidades de sobrevivir (una pesadilla que yo había tenido 3 décadas atrás). 

    O cuando mi esposa y yo decidimos regresar a Ecuador, después de haber vivido feliz y legalmente en Estados Unidos por 8 años, para invertir todos nuestros ahorros en una empresa que formamos en sociedad con mis padres. Estábamos llenos de ilusiones y expectativas. Pero éstas se destruyeron mucho más rápido de lo que nos costó construirlas, cuando nuestro primer cargamento se volcó en el trayecto a la bodega. En un instante perdimos miles de dólares, nuestros, de mis padres y de inversionistas. 

    ¿Mala suerte?

    Mientras me recuperaba del trágico accidente de tránsito que dejó como secuela, entre otras cosas, dedos del pie amputados y la planta y empeine deformados, así como la pérdida (temporal) de poder estudiar en el exterior con una beca, mi madre me abrazó, me dio un beso en la frente y me dijo: “algo debes estar haciendo mal”. 

    En ese momento estaba molesto. No podía creer que mi propia madre me culpara por algo que claramente no había sido mi culpa.

    No sólo eso. Jamás me había considerado alguien malo, mal educado, tramposo, corrupto, egoísta, o cualquier otra cosa que sea tan mala que merezca ese karma.

    Muchos años han pasado de esos días difíciles. Muchos libros. Muchas tazas de café. Muchas horas de meditación. Mucha escritura y reflexión. Y me he preguntado: ¿qué tal si en verdad todo es mi culpa? ¿qué tal si algo estaba haciendo mal?

    Es mágico cuando asumimos responsabilidad de nuestras vidas. Nos hacemos más grandes y más maduros cuando dejamos de culpar a otras personas o situaciones por lo que nos pasa.

    Si esos fueron los peores días de mi vida, en verdad soy extremadamente afortunado. Estos días han sido una bendición, cada uno con nuevas enseñanzas, cada uno con nuevos regalos y oportunidades que hoy resumo en 11 lecciones de vida, que me gustaría pasarlas a los lectores y a mis propias hijas:

    1. Seamos conscientes: cada acción tiene repercusiones más grandes de las que podemos imaginar. Recordemos que cada acción es una semilla que tiene la promesa de miles de bosques.
    2. Seamos agradecidos: la gratitud nos permite valorar los regalos de la vida. De la existencia e inexistencia, de lo difícil y lo fácil, de lo blanco y lo negro, aprendemos que siempre estamos llenos de bendiciones.
    3. Seamos de valor: cuando ayudamos a alguien, ayudamos al mundo y a nosotros mismos. Agreguemos valor ayudando a otros como si la ayuda fuese para nosotros. 
    4. Seamos proactivos: cada día podría ser el último. Vivamos plenamente, sin dejar para mañana lo que podemos hacer hoy.
    5. Seamos íntegros: en nuestro interior sabemos lo que es correcto. No hay excusas. Hagamos siempre lo correcto. Vivamos nuestras vidas de tal forma que, si todo el mundo se enterará de todo, no tendríamos nada de qué avergonzarnos.
    6. Seamos resilientes: las caídas son inevitables. Son lecciones. Son oportunidades. Así que nunca nos rindamos en la búsqueda de nuestros sueños.  
    7. Seamos mejores cada día: la vida es un crecimiento continuo y la mejor forma de aprovecharla es dando nuestro mejor esfuerzo en todo lo que hagamos.
    8. Seamos tolerantes: una mente radicalmente abierta y un corazón empático nos permitirán entender mejor al universo y a la humanidad. Todos cometemos errores. Recordemos perdonar.
    9. Seamos impecables con nuestras palabras: lo que sale de nuestra boca es una representación de quienes somos. Nuestras palabras son tan poderosas que pueden hacer realidad lo que decimos. Usemos siempre palabras de amor, cariño, aliento y sanación.
    10. Sean nosotros mismos: cada persona es única. Usemos nuestros dones y talentos especiales para brillar y alumbrar el camino de los demás.
    11. Seamos personas de fé inquebrantable: no importan las creencias o religiones, recordemos que todos somos parte del universo y su milagrosa evolución. Permitámonos creer que lo que parece imposible es posible.

    Mientras recuerdo al algodón del colchón volando dentro del vehículo en el que nos accidentamos, creo ver un pequeño arco iris. Tal vez todo pasa por algo y para algo. De todas formas, poco perdura. Como dijo Virgina Woolf, “todo es efímero como el aro iris”.

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 7/12

    Autor: Santiago Carrillo