Etiqueta: sueño

  • Burbujas de jabón

    Burbujas de jabón

    Peinaba mis cabellos rizados, mientras yo me dormía agotada por el cansancio de un día de rayuela. Cubría mi pequeño cuerpo con la manta, besaba mi frente y, con cuidado, apagaba la lámpara de Blancanieves que reposaba sobre mi mesita de noche. Salía del cuarto caminando lento y cerraba la puerta. Yo entraba en un plácido descanso, que solo era interrumpido por un cálido beso en mi mejilla, cuando la luz del sol atravesaba mi cortina de Cenicienta. Ahí estaba ella, con una sonrisa de cristal y unas manos de eternidad que me abrazaban para darme los buenos días.  

    Me levantaba en sus brazos mientras yo me restregaba los ojos y me quitaba los rizos que en la noche se habían revelado y poblaban mi frente. La mesa estaba limpia, el cereal de colores y la leche me esperaban, y ella llevaba la cuchara a mi boca mientras entonaba mi rondalla favorita.

    El baño era una gran fiesta de espuma y burbujas de jabón, aunque tardaba menos de lo que me hubiera gustado, pues mi uniforme de la escuela y mi lonchera, eran el recordatorio de mis tempranas obligaciones.

    Al salir del colegio ahí estaba ella, siempre ella. Ofreciéndome el abrazo y la sonrisa, tomando mi mano y mi lonchera y queriendo saber los pormenores de mis clases. Cuando hacía calor, me compraba un helado de fresa en el carrito de la plaza, que reproducía la canción de la sirenita una y otra vez.

    De nuevo en casa, en ese paraíso que, aunque pequeño, era mi lugar en el mundo. Ella lo hacía mágico. Me contaba historias de las verduras para convencerme de que si las comía con gusto sería muy grande y fuerte. Me hablaba de la sopa como el elixir del poder y la sabiduría. Al final siempre conseguía que el plato de mi almuerzo quedara vacío y mi pancita llena.

    —¡Woooo!, que bonita infancia tuviste Juanita, ¿no entiendo entonces por qué estás en el orfanato?  

    — No estoy hablando de mi infancia, es el sueño que tengo cada noche, imaginando lo hermoso que hubiera sido tener una mamá.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia 12/12.

    Autora: Cristina Gaviria.

  • El candil y la lata

    El candil y la lata

    • Ya estoy en casa.
    • Ya estoy en casa.

    Como era de esperar, nadie, salvo el eco sordo en su cabeza, contestó al susurro de Ismael. Tras cerrar sigilosamente la puerta de entrada, se aseguró de atrancarla bien por dentro.

    Acostumbrado a moverse con agilidad en la penumbra, localizó y encendió el pequeño candil de aceite que le esperaba en la destartalada mesa del recibidor. En otro tiempo, aquel mueble habría sido del estilo con el que decoraba su casa. Claro, en otro tiempo muy, muy lejano…

    La lánguida y temblorosa sombra de Ismael, se desplazaba silenciosa por el angosto pasillo parpadeando, como hacía la pequeña llama tras el cristal del candil. Un par de metros antes de llegar a la acristalada puerta del salón, dejó en el suelo la mochila que colgaba de su famélico hombro, bajando a continuación la intensidad de la llama hasta hacerla casi imperceptible, volvió a coger la mochila, y se acercó a la puerta del salón, abriéndola cuidadosa y lentamente. Pese a la impenetrable oscuridad que el candil sólo acertaba a arañar tenuemente, el podía ver con nitidez. La oscuridad y el silencio eran dos de las constantes que regían su existencia, y aquello era algo que no le desagradaba y a lo que estaba perfectamente adaptado. La soledad y el miedo, también dominaban su extraño mundo, pero él se movía con destreza, pese a las dificultades por las que pasaba su día a día.

    Ya dentro del salón, se agazapó tras el respaldo del raído sofá que se apostaba en el centro de la estancia. Abrió la mochila y sacó un par de latas de conserva y un bote de cristal vacío. Abrió la primera lata, vaciando su contenido en el recipiente. Los pequeños  granos de maíz fueron cayendo con rapidez, hasta que apenas quedaba un puñado de ellos, momento en el que estos empezaron a caer perezosa y lentamente. Introdujo entonces su dedo en la lata, rebañando hasta el último de ellos y el dulce jarabe que se conformaba en el fondo al enlatarlos. Aquel sabor le supo como el mejor de los manjares. A continuación, cerro el bote de cristal con el maíz, volviendo a guardarlo en la mochila. Después, abrió la segunda lata. Una a una, y con la calma que requería la operación, sacó las sardinas del “ataúd” metálico que las contenía, apurando hasta la última gota del valioso aceite que las conservaba. Ese momento de modesto placer, nada ni nadie podía arrebatárselo.

    Con el estómago falsamente lleno, saboreó esos precisos momentos de calma de sobremesa y, durante unos segundos, y con los ojos entreabiertos, observó frente a sí conformarse la difusa forma del marco de un cuadro que presidía el salón. Una versión de “La última cena” de Da Vinci, en la que un grupo de monos encarnaban a Jesús y a los distintos apóstoles. Una imagen tan poco apropiada (dada su situación) como hortera y blasfema, más aún en esos momentos en los que todavía saboreaba el pastoso sabor de la última de las sardinas. “No entiendo por qué cojones no he descolgado esa mierda todavía…”, pensó para sí observando con detenimiento el cuadro.

    Apagó la luz del candil y el sopor le invadió, sumiéndole en un ligero, pero quebradizo sueño. Encendió la luz azulada de su arañado reloj de pulsera y miró la hora, tras lo que estiró sus brazos tratando de desperezarse. Apenas habían pasado veinte minutos desde que terminó su cena. Se levantó, dirigiéndose a la ventana, tras la que la noche caía a plomo sobre las calles del pequeño pueblo en el que llevaba varios días subsistiendo. Tras esa ventana, la soledad y oscuridad más infinita, empapaba todo lo que le rodeaba, convirtiéndole en la brillante estrella de su propio sistema solar. Más allá de él y su famélico cuerpo, un insondable y aún más oscuro universo en el que él parecía ser lo único que se interponía entre el caos y la nada más absoluta. Alzó la cabeza contemplando la luna, que se asomaba a través de las nubes, del mismo modo que él hacía tras la pesada cortina del salón. A los pies del edificio varias tiendas de lúgubre apariencia y con el aspecto de llevar años cerradas conformaban un paisaje tétrico y fantasmal.

    Ismael, en aquel lugar no dejaba de ser una más de las sombras que deambulaban por esas calles que, mucho tiempo atrás, debieron estar llenas de vida. Ensimismado en sus pensamientos, no reparó en algo que parecía moverse en la oscuridad de las mismas, amparándose en los derruidos muros de las distintas casas que había a uno y otro lado de la calle para ocultarse de la tímida luz que la luna reflejaba. Instantes después, reparó en otro bulto oscuro que repetía los movimientos del primero. Después, un tercero y un cuarto, siguieron a los primeros. A continuación, varios más comenzaron a moverse por distintos lugares de la ruinosa calle. Sin duda, le habían encontrado. Sólo entonces, Ismael, suspiró de alivio. Tanto tiempo escondido entre las sombras, le habían llevado a olvidar la sensación del cazador que acecha a su presa y su verdadera naturaleza, de la que intentaba huir. Una maquiavélica sonrisa se dibujó en su rostro, al sentir crujir dentro de él cada uno de sus huesos cuando comenzó a transformarse. Giró la cabeza en dirección al cuadro, que ahora podía ver con total nitidez y pensó: “Después de todo, quizá aún no he disfrutado aún de mi última cena…” Ismael, casi podía sentir la carne fresca deshaciéndose en su boca…

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 6/12.

    Autores: Manel y Pako.

    https://books.google.es/books/about/Watch_entre_el_cemento_y_el_pasto.html?id=ODlEDwAAQBAJ&redir_esc=y

    https://www.youtube.com/channel/UCVC03nyLtJ4u4bQ9VnCRPSQ?app=desktop

  • Caminando en busca de mi sueño

    Caminando en busca de mi sueño

    A finales del 2012 llegó mi momento de emprender, sentí que era el momento de comenzar a arriesgar y recorrer el camino para cumplir mi sueño, de tener un negocio propio.  Bueno no exactamente mi sueño, pero si una de las metas que me había puesto desde antes de iniciar mi carrera universitaria.  En realidad, mi sueño es tener un negocio propio relacionado con mi pasión, el fútbol.  En fin, esa es otra historia, volvamos al tema anterior. 

    Contar con el apoyo de mis padres y sobre todo con el de mi papá, que me insistía que me lance, fue el empujón que necesitaba para comenzar esta travesía.  A inicios del 2013, me topé con mi primer obstáculo en este viaje de emprender, la muerte de mi papá.  Fue el golpe más duro que he recibido en mi vida, sentí que el mundo se me fue abajo.  Entre mi depresión y la falta de motivación, desorganización, no ser disciplinado para trabajar desde casa creando una rutina y mi falta de experiencia manejando un negocio, estaban haciendo que me desvié del camino para llegar a cumplir mi meta.

    Llegamos a noviembre del 2016, estaba prácticamente decidido a botar la tolla, ya que seguía sin encontrar la motivación suficiente para sacar adelante a Zur2, mi emprendimiento de comercialización de productos para personas zurdas.  Un día, quedamos en encontrarnos en un parque cerca de mi casa con uno de mis mejores amigos (un hermano prácticamente), para hacer Yoga.  Al concluir la sesión de Yoga, fuimos a desayunar y le conté sobre mi falta de motivación, que ya estaba cansado de trabajar desde casa, solo, con paredes a mi alrededor y sin tener con quien cruzar una palabra.  El me preguntó si había escuchado sobre los Coworkings, le contesté que no. “Trabajar con tu emprendimiento desde este tipo de lugares, te va a ayudar mucho”, me dijo mi amigo.  Me comenzó a contar sobre cómo eran estos coworkings, que podías conocer gente, hacer contactos y tener una oficina a la cual ir para cambiar de ambiente.  En ese momento, sin necesidad de pensarlo sabía que efectivamente, un coworking era el lugar que necesitaba.

    Inmediatamente al llegar a mi casa, comencé a investigar sobre los dos Coworkings que mi amigo me había sugerido. Me comuniqué con uno y casi inmediatamente me respondieron, ya tenía agendado mi tour para ir a conocer al día siguiente.  Finalmente, llegó el momento de conocer en vivo, como era un coworking.  Me recibió la persona encargada de la parte comercial, me preguntó si ya tenía un emprendimiento y de que se trataba, mientras seguíamos conociendo el lugar durante el tour, le conté sobre Zur2 y que comercializaba productos para personas zurdas, como lápices, tijeras, sacapuntas, bolígrafos, algunas cosas de cocina, navajas, tijeras corta uñas, entre otras.  Le encantó el emprendimiento y me contó que aún no tenía a ningún coworker con algo similar. Me siguió explicando todo con respecto al lugar, como funcionaba, los beneficios de cada plan de membresía y las actividades que hacían ahí. Definitivamente, “ese es el lugar desde donde quiero seguir luchando por Zur2”, me dije a mí mismo con el pensamiento. La persona del Coworking me dijo que me iba a dar un día de prueba para trabajar ahí y que lo podría usar cuando quisiera. Antes de terminar el tour, me hizo la pregunta obvia, si yo era zurdo.  Cuando le dije que no, su cara fue de asombro como la de todas las personas que me hicieron esta pregunta y la de ustedes también, al leer todo esto.  Le conté que tengo muchos amigos y familiares zurdos y eso me motivo a emprender con Zur2. 

    Al otro día decidí usar mi pase de prueba y el lugar me encantó. Me volví a sentir motivado, todo el personal se comportó increíble conmigo, conocí a personas muy valiosas que me contactaron con otras personas para ayudar a crecer a  Zur2.  Poco a poco mi negocio iba teniendo exposición, hasta el punto de que en el coworking era conocido como Flanders. 

    No puedo negar que cometí muchos errores con Zur2, ahora está en standby, pero entrar al Coworking y trabajar desde ahí me ayudó a aprender mucho, a tener experiencia.  Aunque lo de emprender no fue como yo lo pensé, no me arrepiento, ya que cumplí mi meta de tener algo propio.  Ahora mientras sigo por el camino para encontrar mi sueño y si me vuelvo a cruzar en medio de esta travesía con otro emprendimiento, lo voy hacer mejor que con Zur2, gracias a toda lo que aprendí en todo ese tiempo y después de haber recuperado la motivación nuevamente. El camino sigue siendo largo, pero estoy seguro de que llegaré a la meta final…

    Una de tantas historias incompletas de fracaso. Historia 9/12

    Autor: Juan José Cobo

  • El sueño

    El sueño

    16 de mayo de 2020, hoy es mi cumpleaños vigésimo primero, ¡estoy muy contento! …pero no es por ese motivo; por coincidencias de la vida hoy también es el día de mi audiencia para buscar mi libertad después de dos años de una reclusión abusiva y miserable.

    Como añoro aquellas pequeñas reuniones que mi madre realizaba en este día a pesar de nuestra pobreza en el patio – sala de nuestra pequeña casa, en uno de los cerros de Collique, arriba en donde el frío y la humedad en este tiempo calan no solo los huesos, sino hasta el alma. Nada de golosinas, nada de globos ni piñata, mucho menos un pastel o torta de cumpleaños, solo la música de nuestro viejo y ruinoso radio, mis dos hermanos y cuatro amigos del barrio; pero faltando todo, nos sobraban los momentos de alegría y mucha diversión, éramos felices saltando toda la tarde al ritmo de la cumbia y reggaetón del momento.

    No sirvió de mucho haber asistido a la escuela y ser el mejor del aula todos los años de secundaria, de amanecerme haciendo mis deberes muchas veces bajo la lumbre de una famélica vela, de devorar compulsivamente todos los libros y novelas que pude encontrar en la pequeña biblioteca de mi municipio.

    A pesar del esfuerzo de mi padre Rosendo, hombre hecho y derecho, quien se rompía el lomo como estibador desde las dos de la mañana en el mercado mayorista de frutas, quien llegó a Lima con sus padres en la década de los 80 escapando de la barbarie en Putis* y el de mi madre Fabiola, mujer correcta, de gran carácter y estricta en la crianza de sus hijos, quien dedicaba los fines de semana a lavar ropa en casa ajena, nunca hubo lo suficiente como para que uno de sus hijos pueda postular a la universidad y ser un profesional… mi ¡GRAN SUEÑO!

    Una vez terminado el colegio tuve que ganarme la vida para ayudar a mis padres, primero limpiando autos, luego de datero* en un paradero informal de combis y después de cobrador en una de ellas.

    Siempre soñando en el día que cambiarían las cosas y por fin lograría ahorrar los suficiente para pagar mis estudios; ese era el fin y valía el esfuerzo.

    No quiero recordar el episodio que me trajo a este lugar, la pita siempre se rompe del lado más débil y la autoridad muchas veces abusa del poder y de la mentira. Fueron dos largos años que no solo socavaron mi espíritu y fuerza de voluntad, sino también el de mi madre quien nunca dejó de visitarme todos los sábados. Pero la vida es así, golpea duro para hacernos más fuertes y decididos.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de poder demostrar el error que cometieron.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de poder recuperar mi libertad atropellada.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de que será el inicio del nuevo camino hacia mi ¡GRAN SUEÑO!

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 7/12

    Autor: Boris Mundaca

    https://web.facebook.com/borissegundo.mundacachavez

     Putis: Caserío rural al sur del Perú conocido por haber sido una fosa común de 123 personas durante la década de 1980.

     Datero: Trabajo informal que indica a los chóferes de bus el tiempo transcurrido desde que la última combi pasó por el paradero.