Etiqueta: relato

  • Otro día de una mamá

    Otro día de una mamá

    “¿Cree usted que yo estoy para celebrar el Día de la Madre?”, responde tajante la mujer, a la víspera de esa celebración, cuando huía de su hija, del virus y de la crisis económica que le ha sobrevenido con la pandemia. Nunca sabremos su nombre, y no por descuido o porque no se lo hayamos preguntado. La mujer, que pasaba los 50 años de edad, de tez morena, enflaquecida y algo jorobada, apenas dejaba ver sus ojos detrás de la mascarilla que llevaba.

    “No estoy para celebraciones, vengo de mi casa, huyendo de mi hija que me ha pegado. Está volviéndose loca de tanto beber”, era lo que repetía, con la voz entrecortada, intentado contener un llanto ahogado. Vestía pantalón de lona, playera y mascarilla raídas. Parecía desubicada, como buscando una salida, sin ningún camino o dirección definidos, a escasos metros de la placa que marca el kilómetro cero, en la ciudad de Guatemala, que desde finales de marzo vive con restricción de movilidad por el covid-19.

    No pedía dinero, ni ayuda, ni atención. Se cruzó en nuestro camino cuando hacíamos un reportaje y preguntábamos la banalidad de cómo las mujeres celebrarían un Día de la Madre empañado por una pandemia que acaparaba, y aún lo hace, todas las conversaciones y celebraciones.

    A diferencia de las otras entrevistadas, que contaban que este año valorarían más a sus madres, incluso a aquellas que ya no están entre nosotros, esta mujer se negaba a dar su nombre, y mucho menos el de su hija. Tampoco quería mencionar el lugar donde vivía, ni a lo que se dedicaba. Transmitía una sensación muy extraña, de deambular y de llevar prisa a la vez, prisa de vida o de muerte, quién sabe.

    Aunque solo nos permitió escucharle un par de frases, dejó clara la estela de angustia que la afligía ese día y que, muy probablemente, seguirá siendo su angustia a día de hoy, el vivir sumergida en la violencia intrafamiliar a manos de su propia hija.

    “Por tanto encierro me ha pegado. Ando pensado a dónde me voy a ir a vivir. Estaba en la casa porque también me he quedado sin trabajo. El señor que me contrataba me ha dicho que ya no hay más oportunidad para mí. Estoy sin dinero. ¿Cree usted que así se puede celebrar el Día de la Madre? No niña, no”, fue su última sentencia antes de huir, escabulléndose entre las pocas personas que caminaban esa mañana por la Plaza Central.

    Autora: Vivi Mutz

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  • La familia perfecta

    La familia perfecta

    Era la niña perfecta a los ojos de su abuela, a quien la llamaba Mama, y digo perfecta porque llegó en el momento justo para ella. Lola, de 6 años, así la llamaban de cariño, solía tenerlo todo. Una finca enorme cuyos límites se perdían en el horizonte, con una casa acorde rodeada de jardines hermosos, que tenían flores de todos los colores y plantas curativas para todo tipo de “dolor”.

    Para ella, Mama siempre fue una mujer mayor, trabajadora, con un carácter duro y firme. Ella se encargaba de dar las órdenes a todos los empleados que trabajaban para la familia. Lo raro de estas órdenes era la reacción de los empleados, porque siempre las recibían de buena gana y cabe decir que eran obedecidas al punto. Creo que la veían como una súper mujer de corazón noble.

    Lola, la niña perfecta, iba al mejor colegio de la ciudad y todos los días llegaba con algo que contarle a la abuela. Si bien, la respuesta que obtenía era siempre más o menos la misma: “deja de inventarte tanta historia y ponte a hacer las tareas”. Se metía a su cuarto a quitarse el uniforme, a lavarse las manos para ir a comer y luego se sentaba a hacer la tarea, tal y como Mama le pedía.

    Durante una de estas tardes, Lola se fijó en una señora que pasaba por delante de la casa, se dio cuenta de que la estaba observando y luego se marchó. Le pareció curioso y fue a contarle a su Mama. Esta le pidió que le avisara la próxima vez que la viera. Al día siguiente, la niña corrió a por ella en cuanto vio nuevamente a la señora. Mama se acercó, la miró y dejó de parpadear. Le dijo a Lola: “Ella es tu abuela paterna, pero no te quiso”.

    Lola se fue a su cuarto, cerró la puerta y se metió debajo de las cobijas. En la oscuridad, ella sentía dentro del pecho algo así como un trapo empapado que estaba siendo exprimido para secarse, y la única forma de desaguar el líquido era por las tuberías de los ojos.  Ella no podía explicar este sentimiento. Para ella siempre había existido sólo una abuela. De tanto exprimirlo, las lágrimas se secaron y se quedó dormida.

    La mañana siguiente, un par de dudas la despertaron. ¿Quién era su padre? ¿Por qué esta otra “abuela” no la quería?

    Pasaron algunos años y en un viaje con sus amigos del colegio, llegaron a un pueblo viejo y apartado, de esos donde parece que el tiempo no pasa. En el centro, típico de este tipo de lugares, un parque rodeado de casas coloniales que albergaban varios negocios. Uno de estos establecimientos, una mueblería, en la fachada mostraba un letrero desgastado y, en su interior, estanterías empolvadas y un señor alto, con el ceño fruncido y un bigote mal cuidado. Este hombre llamó a Lola y le hizo un par de preguntas acerca del colegio y de temas superficiales hasta que, con voz dudosa, le dejó saber la verdad. Era su padre. Lola salió corriendo hasta el bus que los había llevado hasta allí. Y una vez dentro, hundió su cabeza entre sus piernas y cerró los ojos. Lola tenía más trapos mojados que necesitaban secarse.

    Ahora, Lola ya es una mujer adulta que vive lejos de esa realidad, pero que aún recuerda esos encuentros con su padre y con su abuela paterna que la dejaron marcada para siempre. Mama fue toda la familia que siempre necesitó. Mama ha partido ya. Por fin está descansando del ajetreo de la finca y de dar órdenes interminables. Sin embargo, dentro del corazón de Lola todavía vive el calor del amor de Mama, que continúa secando todos los trapos mojados que la vida le trae.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 11/12

    Autora: Leda Roth

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  • Las dos caras de la moneda

    Las dos caras de la moneda

    Un día, no hace mucho tiempo atrás, mientras estaba en la oficina, tenía un rato libre y me puse a intercambiar mensajes con Karen, una vieja amiga que ahora vive en el extranjero.

    Karen: “Jenny, ¿cómo te ha ido este tiempo? Digo, con la situación actual en Venezuela”.

    Yo: “La verdad amiga, no me quejo, sigo en el mismo empleo, mi esposo y yo ganamos lo suficiente, y en dólares. La verdad es que nos va muy bien”.

    Karen: “Me alegra saber que todo marcha bien. Mi familia sigue allá, sufriendo los cortes eléctricos, la falta de agua y transporte… tú sabes, como todos”.

    Yo: “Gracias a Dios, en nuestra casa no se va la electricidad, nos llega agua todo el tiempo y nuestro carro sigue en buenas condiciones”.

    Nuestra conversación terminó, nos despedimos y seguí trabajando. Al final de la jornada, Manuel estaba ahí, esperándome delante de mi trabajo, como todos los días. Aunque ese día fue diferente. Le noté cabizbajo y le pregunté qué tal le había ido el día. “No muy bien. Me despidieron”, contestó con cara de decepción y los ojos humedecidos.

    Por un momento entré en pánico. Sin embargo, me calmé y le di ánimo: “Tranquilo mi amor, conseguirás un nuevo trabajo. Además, tenemos ahorros mientras tanto”. Esa noche dormí tranquila.

    Pasados tres meses, Manuel siguió desempleado. Era el último viernes de diciembre y me dieron la peor de las noticias, también me quedé sin trabajo. Estaba un poco más preocupada, aunque todavía teníamos ese colchón. Pero no nos rendimos, de hecho, le dimos vuelta a la situación y emprendimos por nuestra cuenta. Vendíamos y comprábamos dólares en el mercado negro. Además, iniciamos una compraventa de pescado a familiares y amigos cercanos. Sin embargo,  los ingresos comenzaron a ser más bajos que los gastos. La gasolina escaseaba y permanecíamos horas en colas interminables intentando conseguirla.

    Cuando pensaba que la situación podía mejorar, ocurre algo inesperado en el mundo. Un virus de propagación rápida ataca a las súper-potencias: China y EE. UU. Luego le seguirían el resto de países, incluida Venezuela. Obligados a permanecer en cuarentena, se iban acabando nuestros ahorros.

    Pasado un mes, el dinero se había agotado. Nuestros clientes empezaron a sufrir por la crisis y nuestro emprendimiento se diluyó. La escasez de gasolina era real… ¡no había gasolina en un país productor y fundador de la Organización de Países Exportadores de Petróleo!

    “Amor, tenemos que buscar una solución a esto, no podemos continuar así”, le dije con lágrimas en los ojos. Él me contestó despreocupado mientras me abrazaba: “Ten paciencia, esto será temporal, no creo que pueda empeorar. En lo que menos pensemos, estamos de vuelta a la normalidad”.

    ¡Que ingenuos creer que todo podía mejorar!

    Ya mi hogar no era ese centro de paz que solía ser, teníamos 21 días sin agua, sobreviviendo con la que recolectábamos. Y para empeorar la cosa, los cortes de luz se hicieron sentir durante varios días, unas 8 horas de promedio cada jornada. La crisis me estaba afectando… toqué fondo. Me di cuenta de que, así como yo, había quien estaba en situaciones parecidas o hasta mucho peores. ¡He vivido en una burbuja todo este tiempo!, pensé.

    En esos días de desesperación, volvimos a buscar empleo en lo que fuera. Mi esposo, lleno de orgullo, no estaba de acuerdo con pedir ayuda, no podíamos ser una carga para nadie, a pesar de haber llegado a un punto al que jamás creí que llegaríamos. Comíamos solo una vez al día pan con queso, porque era para lo único que nos alcanzaba con los 10 dólares que nos quedaban. Yo revisaba el teléfono constantemente a la espera de una llamada, un timbre que trajera alguna noticia alentadora. Sin embargo, el teléfono seguía mudo.

    Los días parecían semanas y los minutos horas. No podía dormir pensando qué hacer, sin trabajo y sin pedir ayuda. Manuel no quería salir de la casa, hasta que un día me levanté, cansada, envuelta en llanto por la tristeza y le dije: “Si tu no quieres irte, yo sí, no me quedaré aquí a ver cómo nos morimos de hambre”. Con la poca gasolina que tenía salí y fui a la casa de mis padres. No sé por cuántas horas o días dormí, pero cuando desperté, volví a sentirme fuerte y llena de ilusión. Le quería decir a mi esposo que esta tormenta solo nos haría más fuertes, pero un ruido me cortó el habla. Era el timbre de mi teléfono….

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 10/12

    Autora: Yerali Villamizar

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  • Mis momentos más difíciles

    Mis momentos más difíciles

    He decidido escribir sobre los momentos más difíciles para mi negocio desde que lo empecé.  Aprovecho que mis dos pequeños juegan para iniciar.

    Inicios del 2015, mi negocio está por cumplir diez años y después de inicios muy difíciles, hemos tenido cuatro años bastante buenos. Por fin en este año tenemos nuestra agenda prácticamente llena hasta junio, “será un año bendecido”.  Tengo un hijo de un año y cuatro meses y de una u otra forma he logrado ¨acoplar ¨ mi vida de emprendedora con mi vida de mamá; sin duda ha sido desgastante y caótico en muchos aspectos, maravillosamente caótico, pero cada día lo hacemos mejor mi pequeño y yo, pues él también se ha ido adaptando mientras me acompaña a la oficina cuatro veces por semana, pues aún no me atrevo a dejarlo.  Sé que no soy la única mamá a la que le da ese sentimiento de angustia o incluso de culpa por tener que dejarlo, especialmente si es el primero, ventajosamente tengo la fortuna de poder llevarlo conmigo al trabajo.

    Mi esposo y yo trabajamos juntos, funcionamos bien y al mismo tiempo me ha permitido estar más cerca de mi hijo, mientras él (mi esposo) redobla sus esfuerzos en la oficina; y más aún con un calendario lleno para este año 2015.

    Escucho gritos de locura que me despiertan de mi concentración – en seguida pienso, “¿cuál de mis dos hijos se mató esta vez?” –  debo revisarlos y asegurarme de que no sea nada grave; normalmente nos ocurre a las mamás que posponemos varias cosas para asegurarnos que nuestros pequeños estén bien (aplica a varios ámbitos de nuestras vidas).

    He podido retomar lo que escribía después de un par de días…

    recuerdo el año el 2015 con claridad, pues es la primera crisis dramática que sufrió mi negocio. Con un calendario lleno, el mandatario de turno en conjunto con “los canallas que nos roban la ilusión*”, anunciaron medidas drásticas para restringir o prohibir importaciones, en las que lastimosamente se encontraban prácticamente el 90% de los productos que vendíamos a nuestros clientes. Poco a poco empezaron a llegar las llamadas y mails cancelando lo programado para ese año, pues sin productos o con productos más costosos, no podían realizar sus lanzamientos o campañas de forma rentable. Pasó de ser el año en el que más ventas íbamos a tener, al año en el que casi llegamos a la quiebra.  

    Después de la crisis del 2015, decidimos con mi esposo que él debía buscar un trabajo con remuneración fija y lo consiguió fuera de la ciudad, así que pasa poco tiempo en casa. Por otro lado, yo me ocuparía de la oficina para mantenerla a flote y levantarla nuevamente.

    Del 2015 al 2017 fueron dos años realmente difíciles, ya con dos pequeños, a cargo del negocio, mi esposo lejos, hacer de emprendedora y de mamá, hicieron del día a día una operación logística para lograr cumplir con todo y estar pendiente de mis peques. Por momentos sentía que no lo lograba, pero miraba a mi alrededor a miles de mamás que hacían lo mismo en condiciones realmente difíciles, y me inspiraban.

    Inicios del 2020, hace pocos meses pasamos un paro de doce días**, que detuvo nuestro negocio al igual que el de varios emprendedores y empresarios del país.  Sin embargo, logramos cerrar un año aceptable y nos esforzamos para tener nuevamente un calendario prácticamente lleno hasta septiembre del 2020.

    Ahora tengo cuarenta años y dos hijos, el primero tiene seis años y cuatro meses y el segundo está a punto de cumplir cuatro años.  Nuevamente nos espera un gran año, ¡nos levantamos otra vez!, calendario lleno hasta septiembre y con proyectos propios que nos han hecho crecer. ¡Estoy feliz y orgullosa, como emprendedora, como mujer y como mamá!

    De pronto llegó la pandemia y todo se detuvo en nuestro sector; tal y como lo conocíamos prácticamente hasta el 2021 no podremos hacer nada (tal y como lo conocíamos recalco).  

    Aunque me de vergüenza admitirlo, han pasado tres semanas y no he podido reaccionar. He llorado casi todas las noches y he pospuesto el momento de hacer números; que, aunque están claros en mi cabeza, no quiero mostrárselos a mi famoso Excel, pues solo me ratifican lo que ya sabía. No es solo nuestro país, es el mundo entero; empiezo a despabilarme y a buscar alternativas, tal vez no de corto plazo, pero sí de mediano y largo plazo para volver a levantarnos.

    Reviso nuevamente los números y empiezo a planificar como cubrir nuestras deudas. Me quedo dudando especialmente en un rubro en particular, “LOS IMPUESTOS”; siempre los he pagado, puntual o tardíamente, pero siempre los he pagado; pero este año estoy pensando en declararme en rebeldía. Sé que debo pagarlos, como mamá siento la obligación moral además de legal de hacerlo, pues siempre les enseño a mis hijos a obrar bien;  sin embargo,  tengo rabia, asco, frustración y repudio al ver que nuevamente los mismos o los nuevos “canallas que nos roban la ilusión”,  abusan de los impuestos y contribuciones que hacemos trabajando ardua y honestamente, para que los “vivos de siempre” se los roben y repartan en todos los rincones del país; pues se creen ¨vivos***¨,  cuando son unos simples y vulgares ladrones que despilfarran el dinero que muchas emprendedoras y madres como yo, han aportado y pagado cumplidamente con el fruto de nuestro esfuerzo de días y noches de trabajo. ¡Estoy harta de este sistema! y me declaro en rebeldía, al menos por hoy, por esta noche, me reúso a que me sigan viendo la cara. 

    Sé que mañana encontraré la manera de ponerme al día con esos “IMPUESTOS” y los pagaré, de alguna forma, pero hoy me niego rotundamente.

    Risas y gritos me sacan de mi concentración otra vez. Me levanto y veo como mis pequeños llenos de alegría juegan juntos y en complicidad. Esas risas y esa alegría son razones suficientes para continuar para una mamá…una mamá emprendedora.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 7/12

    Autora: Mayra C.

    * Parte de una estrofa de la canción “Yo nací aquí”. Escritor: Juan Fernando Velasco. Ecuador

    **Del 12 al 19 de octubre del 2019 se produjo en Ecuador un paro indígena que representó una pérdida económica para el país de 821 millones de dólares. Fuente: Banco Central del Ecuador.

    *** Palabra coloquial ecuatoriana para describir a un ladrón que se enorgullece de sus actos.

  • Me gusta romperme la cabeza

    Me gusta romperme la cabeza

    Sí, es cierto. Disfruto de romperme la cabeza. No físicamente; pero, sí internamente a un nivel mental y espiritual. Estarán de acuerdo conmigo aquellos a quienes les gusta viajar y conocer nuevas culturas… pero me pregunto si estarán también de acuerdo cuando hablamos de lo que estamos viviendo en este preciso momento a nivel global, en medio de una pandemia y con el foco bien puesto sobre el tema racismo que aún está latente en todo el mundo.

     Empezando en casa. Nací en una familia multi-racial, padre gringo y mamá quiteña. Sus padres, racistas. Los míos, un poco menos, pero también. Mi papá no podía creer que un negro había ganado la presidencia de EE.UU. Mi hermano y yo, en cambio, no podíamos sentir más orgullo por apoyar al primer presidente negro en EE.UU., nos daba esperanza de cambio y de un mundo más compasivo.

    Crecimos en una sociedad que apoyaba la noción de no hablar de política, religión o deportes en la mesa… -y eso que mis papás decían ser “liberales hippies”- Con el tiempo me di cuenta que el mundo se estaba moviendo más rápido que sus propias creencias (para bien), pero todavía hay tanto que nos falta aprender. Y aprender no siempre se siente bien. Todos aprendemos de distintas formas. ¿Qué pasa cuando el mundo se vuelve viral en temas como el racismo? Constantemente nuestra mente y espíritu se encienden y empieza el proceso incómodo de sentir, que en muchos casos evitamos… Cortamos el proceso (bebiendo licor, introduciendo drogas al sistema, etc.) porque no queremos afrontar la realidad, o más bien NUESTRA realidad. ¿Qué significa el racismo para ti? ¿Eres racista? ¿Tus padres son racistas? ¿Cómo te hacen sentir estas preguntas? ¿Qué pasa cuando ves una película o un vídeo racista?

     El proceso puede ser largo y doloroso, porque te das cuenta de cuánto en realidad desconoces, de que tu vivencia es tan distinta, tan privilegiada. ¿Qué haces en ese momento? ¿Te desconectas? ¿No quieres escuchar/leer/ver más? O, como yo, ¿disfrutas romperte la cabeza? Tu niño interior toma la rienda, te vuelves más curioso, decides en ese momento que quieres aprender más, que tienes preguntas, que quieres conversar con tu comunidad acerca de estos temas que te afectan tan profundamente, y que quieres incorporar y dar voz a esas voces que, hasta hace poco, no te dabas ni cuenta que estaban siendo silenciadas por una sociedad poco inclusiva.

     Platón dijo “…la realidad es creada por la mente, pero podemos cambiar nuestra realidad al cambiar nuestra mente.”

     Tienes un cuerpo; pero, TÚ no eres tu cuerpo. El Ser -quién eres/quiénes somos- es eterno, el que de verdad nunca cambia. El amor, la luz. En nuestra ignorancia, vemos al Ser de manera equivocada. Tomamos el cambio de apariencia (por ejemplo, la edad) como si fuese la verdad que nunca cambia. En lugar de decir “estoy vieja”, deberías decir “mi cuerpo está envejeciendo”. Tu cuerpo te pertenece, pero no eres tú.  Lo mismo pasa con los sentimientos. Los sentimientos de la mente vienen y van. Tú en realidad no has cambiado. Por lo tanto, no se dice “estoy triste”, sino más bien “mi mente actualmente tiene pensamientos tristes”. Somos eternos. Y cuando nos podamos identificar con nosotros mismos – el ser que nunca cambia – podremos identificar el verdadero ser en otros seres vivos. Todos estamos conectados, todos somos iguales desde el núcleo. Y aunque debamos mantener distancia física en este momento, ese pensamiento me hace sentir cerca a todos ustedes.

    Una de tantas historias incompletas de Mujeres. Historia 6/12

    Autora: Michelle Smith

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    Instagram: @michellesmithyoga

  • El sueño

    El sueño

    16 de mayo de 2020, hoy es mi cumpleaños vigésimo primero, ¡estoy muy contento! …pero no es por ese motivo; por coincidencias de la vida hoy también es el día de mi audiencia para buscar mi libertad después de dos años de una reclusión abusiva y miserable.

    Como añoro aquellas pequeñas reuniones que mi madre realizaba en este día a pesar de nuestra pobreza en el patio – sala de nuestra pequeña casa, en uno de los cerros de Collique, arriba en donde el frío y la humedad en este tiempo calan no solo los huesos, sino hasta el alma. Nada de golosinas, nada de globos ni piñata, mucho menos un pastel o torta de cumpleaños, solo la música de nuestro viejo y ruinoso radio, mis dos hermanos y cuatro amigos del barrio; pero faltando todo, nos sobraban los momentos de alegría y mucha diversión, éramos felices saltando toda la tarde al ritmo de la cumbia y reggaetón del momento.

    No sirvió de mucho haber asistido a la escuela y ser el mejor del aula todos los años de secundaria, de amanecerme haciendo mis deberes muchas veces bajo la lumbre de una famélica vela, de devorar compulsivamente todos los libros y novelas que pude encontrar en la pequeña biblioteca de mi municipio.

    A pesar del esfuerzo de mi padre Rosendo, hombre hecho y derecho, quien se rompía el lomo como estibador desde las dos de la mañana en el mercado mayorista de frutas, quien llegó a Lima con sus padres en la década de los 80 escapando de la barbarie en Putis* y el de mi madre Fabiola, mujer correcta, de gran carácter y estricta en la crianza de sus hijos, quien dedicaba los fines de semana a lavar ropa en casa ajena, nunca hubo lo suficiente como para que uno de sus hijos pueda postular a la universidad y ser un profesional… mi ¡GRAN SUEÑO!

    Una vez terminado el colegio tuve que ganarme la vida para ayudar a mis padres, primero limpiando autos, luego de datero* en un paradero informal de combis y después de cobrador en una de ellas.

    Siempre soñando en el día que cambiarían las cosas y por fin lograría ahorrar los suficiente para pagar mis estudios; ese era el fin y valía el esfuerzo.

    No quiero recordar el episodio que me trajo a este lugar, la pita siempre se rompe del lado más débil y la autoridad muchas veces abusa del poder y de la mentira. Fueron dos largos años que no solo socavaron mi espíritu y fuerza de voluntad, sino también el de mi madre quien nunca dejó de visitarme todos los sábados. Pero la vida es así, golpea duro para hacernos más fuertes y decididos.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de poder demostrar el error que cometieron.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de poder recuperar mi libertad atropellada.

    ¡Hoy es el día! Estoy seguro de que será el inicio del nuevo camino hacia mi ¡GRAN SUEÑO!

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 7/12

    Autor: Boris Mundaca

    https://web.facebook.com/borissegundo.mundacachavez

     Putis: Caserío rural al sur del Perú conocido por haber sido una fosa común de 123 personas durante la década de 1980.

     Datero: Trabajo informal que indica a los chóferes de bus el tiempo transcurrido desde que la última combi pasó por el paradero.

  • ¿Quién?

    ¿Quién?

    Juancho: ¡Qué pasa Ana!, ¡qué tal to´o!

    Ana: Hola Juancho, muy bien gracias, ¿y tú?

    Juancho: Pues ya sabes, lo de siempre…gobierno inservible, sin trabajo, etc. Pero bueno, entretenido siempre. ¿Pedimos unas cerves, te parece?

    Ana: Claro, con este calor imposible negarse.

    Juancho: Por cierto, ¿viste lo que pasó ayer con Aracelly?

    Ana: ¿Quién?

    Juancho: ¡Aracelly, que ayer era el final de temporada de ´La Que Se Avecina´ y resulta que dejó a Enrique y desapareció! Además, estuvo de invitada Alaska.

     Ana: No, la verdad no lo vi ¿Quién es Alaska?

    Juancho: ¡Alaska, la cantante! La que está casada con Mario Vaquerizo, que también es un cantante súper famoso.

    Ana: ¿Quién es Mario Vaquerizo?

    Juancho: No puedo creer que no sepas quién es Mario Vaquerizo, si sale siempre en esos programas de chismes y farándula. Lo último que hizo fue el anuncio de Pantene en donde también aparece Berta Vázquez.

    Ana: ¿Y quién es Berta Vázquez?

    Juancho: ¡Jo´er tía! ¡La de ´Vis a Vis´! Ahora me dirás que tampoco has visto ´Vis a Vis´, ¿la serie de la cárcel?

    Ana: Pues no, la verdad que no.

    Juancho: ¡Súper serie amiga! Se hizo tan famosa que hasta la compró FOX y sale también Najwa Nimri, que es la poli en la ´La Casa de Papel´.

    Ana: ¿Quién?

    Juancho: ¡No me lo creo que no sabes quién es Najwa Nimri! Entonces, ¿supongo que tampoco sabrás quién es Alba Flores?

    Ana: Pues no ¿Quién es Alba Flores?

    Juancho: ¡Alba Flores! ¡Alba Flores! ¡La nieta de Lola Flores! ¡Tú lo que quieres es que me coma el tigre, que me coma el tigre! ¿no?

    Ana: …

    Juancho: ¡Eso sí que no me lo creo! ¿Bajo qué piedra vives tú? Lola Flores, su hija es jurado en ´Tu Cara Me Suena´ donde justo ayer salió Irene Gil cantando el tema de La Sirenita.

    Ana: No sé quién es Irene Gil…

    Juancho: ¡La ganadora de ´La Voz Kids´! El programa ese de canto donde es juez David Bisbal ¡¿No has escuchado de él tampoco?!

    Ana: Mmm ¿Él no es el que canta 1 2 3 un pasito pa´lante María o algo así?

    Juancho: ¡NO!

    Ana: Pues entonces no sé quién es…

    Juancho: ¡Pero si es famosísimo! Desde que participó en ´Operación Triunfo´, aunque quedó solo en segundo lugar. Es que de verdá tía, no sé qué haces que no te enteras de náa…

    Ana: Pues vaya Juancho. Me has dejado muy sorprendida. No sabía que controlases tanto de estos temas. Tienes tanta información en la cabeza que pareces una enciclopedia. La verdad es que yo con mis libros a veces me desconecto y es cierto que no veo tele ¡Es que pareces el Albert Einstein de la farándula española!

    Juancho: ¿Quién?…

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 5/12

    Autor: Diego Méndez

    La pobreza no es solamente la falta de dinero.

    “Me encanta hablar sobre nada. Es de lo único que sé hablar”- Oscar Wilde

    https://web.facebook.com/boogiemendez


  • Basada en hechos reales

    Basada en hechos reales

    Me ha costado cuatro correos electrónicos, un par de llamadas y mover unos cuantos buenos contactos. Pero al fin voy a poder hablar con él. Me presento, como me han indicado del programa de Cooperación al Desarrollo de la Embajada de Estados Unidos en Ciudad de Guatemala, un lunes a las 8.00 en punto en un edificio de postín de la zona financiera, de esos de oficinas, con portero, personal de seguridad armado en la puerta, arco detector de metales, suelos de mármol y una amable recepcionista a la que le dices quién eres y para qué has venido.

    Luego aparece un señor de origen estadounidense con un torpe español que me conduce por el hall a una zona más tranquila. Ahí me espera mi entrevistado. ¿Cómo estás? ¿Te han comentado de qué va todo esto?, comienzo dándole la mano y mirándole a los ojos. Sí, me responde, apretando un poco, y sin bajar la vista. Nos sentamos y empieza la entrevista.

    Pregunta: ¿Nombre?

    Respuesta: Digamos que Nicolás.

    P: ¿No quieres o no puedes dar tu nombre?

    R: No debo.

    P: ¿Profesión?

    R: Limpiabotas aquí en el edificio. Gracias a estos señores que están a acá.

    P: Antes, ¿a qué te dedicabas?

    R: Usted ya lo sabe. Para eso vino. Era marero. Salvatrucha.

    P: ¿Por qué te metiste a la mara?

    R: Mi papá se fue de la casa. No teníamos nada. Me sentía muy solo. Perdido. Ellos empezaron a protegerme, a ayudar un poco a mi mamá. Me cuidaban. No me acuerdo bien. Sólo recuerdo que empecé a sentir que poco a poco se convertían en mi nueva familia.

    P: ¿Qué edad tenías?

    R: 9 años.

    P: ¿Qué hacías con 9 años en la mara?

    R: Apenas nada. Trabajitos. Luego uno va creciendo; le van dando responsabilidades dentro de la organización y va haciendo más cosas. Trabajos más importantes para ellos, para que consigan la plata.

    P: ¿Has estado en la cárcel por esos trabajos?

    R: 9 veces.

    P: ¿Tienes delitos de sangre? (Siento como la mirada del estadounidense se endurece y se me clava)

    R: 5 muertos, si es lo que está preguntando.

    P: ¿Te arrepientes?

    R: Yo ya pagué mi pena. Estuve en la cárcel, yo tengo mi propia cruz.

    P: ¿Por qué te saliste de la mara?

    R: Me di cuenta que no tenía futuro. Que no había familia. Solo pobreza y muerte. Que solo me quedaba que me mataran por ellos o terminar preso.

    P: Hasta donde yo sé, uno no deja la mara…

    R: Tengo un disparo en el pulmón y el hígado no me funciona bien por culpa de otro. Ya no les debo nada. Sé que pueden venir a por mí, pero estoy por fin en paz.

    P: Si volvieras a tener 9 años, ¿volverías a entrar en la mara?

    R: No se crea que no he pensado en esto varias veces. No creo que hubiera tenido otra opción.

    P: ¿Qué edad tienes ahora?

    R: 33 años.

    Se te acabó el tiempo, quedamos en 5 minutos máximo, me dice el organizador del encuentro.

    Se me interpone entre los dos a modo de escudo protector. Me da tiempo lo justo a darle la mano y decirle adiós.

    Una de tantas historias incompletas sobre Pobreza. Historia 3/12

    Autor: Félix Espoz.

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