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  • Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente

    Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Así, tal cual. Como lo oís. Vale, igual lo he soltado muy de sopetón, tendría que darle algo de contexto y matizar para que me creáis. La cosa en realidad fue así. El fantasma de Frank Zappa me vendió un perrito caliente. Con la salchicha quemada. En el centro comercial de La Vaguada. Después de ver en el cine la peli de «El especialista«. La de Sharon Stone y Sylvester Stallone. Y es curioso porque por aquel entonces conocía a Frank Zappa de nombre y poco más, no creo que hubiera oído todavía una sola canción suya.

    Yo con 13 años ya era un apasionado de la música, pero estaba tan metido en el rock duro y el metal que aún me costaba salir de ahí. También estaba aprendiendo a tocar la guitarra. Compraba revistas como la Kerrang, la Heavy Rock o la Metal Hammer, y de vez en cuando me agenciaba alguna Guitar Player. Frank Zappa había muerto unos meses antes, a finales del 93, y yo estaba suficientemente informado como para, al menos, poder ponerle cara. Tenía idea de que su música era rara de narices, pero no sería hasta años después cuando me diera por sumergirme un poco, tampoco demasiado, en aquella obra absolutamente inabarcable.

    Lo de peli y perrito caliente en La Vaguada era un clásico de nuestra adolescencia que mi amigo Fede y yo nos podíamos permitir, con suerte, cada dos o tres meses. Después del perrito igual echábamos alguna partida en los recreativos, siempre dependiendo de cómo anduviéramos de pasta, y dábamos una vuelta por el centro comercial. Aquel día elegimos la de «El especialista» por motivos obvios. Una de acción con escenas eróticas protagonizada por Stone y Stallone. Qué podía salir mal. Ahora no recuerdo absolutamente nada de esa peli, aparte de que echaban un polvo en la ducha, pero lo que no olvidaré jamás es el episodio posterior.

    Cuando llegamos al puesto de perritos nos llamó la atención que tras el mostrador estuviera un señor de unos cincuenta y tantos años. Y encima era la viva imagen de Frank Zappa. Como dos gotas de agua. Pelo ligeramente canoso que no conseguía mantener por completo dentro de un ridículo gorrito blanco de cocinero, rostro afilado, nariz de cuervo, su característico mostachón y su aún más característica barba de chivo.

    «Mira, es Frank Zappa», le susurré a Fede, y éste se rió. De todos mis amigos, Fede no sólo era el más cercano, sino también el único capaz de haber entendido aquel chiste. Compartíamos la misma pasión por la música y nuestros gustos eran muy similares. Él fue, de hecho, el motivo por el que comencé a tocar la guitarra y el motivo por el que luego la acabaría abandonando. Empezamos tocando juntos en interminables tardes en su casa, con nuestras eléctricas enchufadas a un par amplis de 10 vatios y el «Live» de AC/DC sonando a toda pastilla, intentando sacarnos todas las canciones. Al poco tiempo él empezó a tomar ventaja hasta que acabó destapándose como un absoluto virtuoso. Yo no pude seguirle el ritmo y no tardaría en desanimarme.

    Bueno, la cuestión es que ambos nos reímos de aquella coña. Pedimos, Frank Zappa nos sirvió, y nos marchamos con nuestros perritos a la terraza del centro comercial, en donde siempre había más ambiente, o sea, más chicas paseando por ahí. Allí nos dimos cuenta de que las salchichas de nuestros perritos estaban prácticamente calcinadas. «Qué cabrón, el Frank Zappa», espetó Fede, pero por no andar volviendo, y también porque en el fondo éramos unos cagones, nos los acabamos comiendo.

    Fede y yo tendríamos la suerte en años venideros de poder ver a muchos de nuestros ídolos en conciertos inolvidables. Van Halen en el Palacio, AC/DC en Las Ventas, los Maiden en el Pabellón del Real Madrid, Deep Purple en la Cubierta… Pero con el tiempo nos fuimos distanciando. Nunca nos peleamos ni tuvimos bronca alguna, simplemente nuestros caminos fueron divergiendo hasta tomar direcciones totalmente distintas. Un día, leyendo una revista cualquiera, me topé con la breve reseña de un libro, cuyo autor y título no recuerdo, que recogía los peculiares gustos culinarios de varias celebridades, y ponía como ejemplo que una de las comidas favoritas de Frank Zappa eran las salchichas quemadas. Os lo juro. Tal cual. Me quedé a cuadros. Aquélla era la prueba definitiva e inequívoca de que no nos habíamos topado con un doble de Frank Zappa, sino con el mismísimo Frank Zappa. O mejor dicho, su fantasma. Quise llamar a Fede de inmediato para contárselo, pero me di cuenta de que para entonces ya no nos hablábamos.

    Retomamos el contacto más de dos décadas después, a comienzos de 2020, a través de Facebook. Fue un breve pero emotivo intercambio de mensajes en el que pudimos ponernos al día. Él vivía en Móstoles con su novia y su niña pequeña. Se ganaba la vida como profe de guitarra y músico de sesión. Pensé en contarle lo de Frank Zappa pero sentí que igual no venía a cuento. Ya tendría oportunidad de hacerlo más adelante, pues quedamos en vernos en el concierto de Aerosmith en el Wanda, en julio de ese mismo año, ya que coincidía que ambos habíamos pillado entradas. «Así rememoramos los viejos tiempos», escribió él. Luego vino el maldito covid y, entre otros muchos desastres, aquel concierto se aplazaría para julio de 2021. Y hace un par de semanas volvieron a posponerlo para julio de 2022. Ni siquiera tengo claro si se celebrará algún día o no, pero ya me da igual, porque acabo de enterarme de que pase lo que pase ya no volveré a ver nunca más a mi amigo Fede.

    Y yo no sé por qué no dejo de pensar en lo de Frank Zappa y los perritos calientes. Porque aquello no pudo suceder así sin más. Tuvo que significar algo, ¿verdad?

    Demonios, ¡si a mí ni siquiera me gusta Frank Zappa!

    Una de tantas historias incompletas sobre música.

    Autor: Rodrigo Martín

     

  • La noche del cielo rojo

    La noche del cielo rojo

    –Entonces, ¿el invasor las secuestró en su propia granja?

    –No. No nos secuestró. Nos rescató. Nos salvó de los otros… invasores, como les ha llamado.

    –Entonces era uno de ellos.

    –Era como ellos. Pero no era uno de ellos. Los otros querían hacernos daño. Él quería protegernos.

    –¿Y eso cuándo sucedió?

    –A la mañana siguiente a la noche del cielo rojo. Al amanecer.

    –¿Por qué confiaron en él? ¿Cómo supieron que no quería hacerles daño también?

    –No lo sé. Lo supe. Mi hija también. De algún modo, lo supimos.

    –¿Sabe por qué fueron a por unos niños muy concretos, y no a por otros?

    –Les necesitaban. Mi hija… y otros como ella, son distintos. La primera generación. Así les llamó.

    –¿Para qué les necesitaban?

    –No lo sé.

    –Vamos. Estuvieron con él casi una semana. Las cuidó y las protegió todo ese tiempo. Sé que hablaron… y sabe mucho más de lo que nos está contando.

    –Es curioso. Al principio yo pensaba que él nos hablaba, hasta que a los pocos días me di cuenta de que no emitía sonido alguno. Sus… mensajes llegaban directamente a mi cabeza. Ahora ni siquiera estoy segura de que fueran palabras. Simplemente entendía lo que quería decirme.

    –¿Se comunicaban telepáticamente?

    –Oh, no, yo necesitaba hablar. Creo. Ni siquiera lo había pensado hasta ahora. ¿Me estuvo leyendo la mente todo ese tiempo? Pero mi hija y él sí se comunicaban de la misma forma.

    –¿Quiénes son? ¿Qué son? Usted es la persona, que sepamos, que ha estado más en contacto con uno de ellos. ¿De dónde vinieron?

    –No vinieron de otro planeta, como muchos dicen. Ni de otro mundo.

    –¿De dónde, entonces?

    –Vinieron… de aquí mismo. Ellos son… nosotros. O lo que seremos dentro de muchos, muchos años.

    –¿Son humanos? ¿Humanos del futuro?

    –Mejores que nosotros, en muchos aspectos. Más débiles, en otros. Por eso necesitaban cubrirse de esa forma. Por eso los respiradores.

    –¿Viajaron en el tiempo, entonces? ¿Fue eso lo que provocó que los cielos de todo el planeta se tiñeran de rojo?

    –Sí. Debió ser eso.

    –¿Y vinieron aquí, desde el futuro, con qué intención? ¿Para raptar y llevarse a un montón de niños? ¿O buscaban algo más?

    –Su planeta… Nuestro planeta, dentro de muchísimos años, estará al borde de la aniquilación total. Habremos arrasado de tal forma el medio ambiente que cualquier cosa que viva sobre su superficie estará abocada irremediablemente a su desaparición. Entre ellos el ser humano. Sobre todo el ser humano. No el ser humano que conocemos ahora. Un ser humano extraordinario, evolucionado hasta extremos que ahora somos incapaces de concebir. Un ser humano que podría, debería estar en su plenitud más absoluta, capaz de trascender hacia nuevos niveles de la existencia… condenado sin embargo a la extinción por culpa del propio ser humano.

    –Pero, en ese futuro tan… espléndido para el ser humano, ¿no encontrará la forma de salir de una Tierra moribunda para asentarse en otros planetas? Porque ahora no estamos tan evolucionados y ya se está hablando de eso.

    –Eso no funcionó. No funcionará, quiero decir.

    –Entonces, ¿para qué vinieron? ¿Cuál era su objetivo?

    –Eliminarnos de la faz de la Tierra. Erradicar una especie nociva y funesta, convertida en el mayor de los peligros para su planeta y para sí misma, y quedarse para ellos una Tierra a la que aún podrían salvar y sabrían cómo proteger.

    –Pero… No lo entiendo. ¿Erradicarnos de la faz de la Tierra no supondría condenarles, de alguna forma? Si somos su pasado, sin nosotros ellos no podrían llegar a existir.

    –No sé cómo funciona. Creo que para eso necesitaban a los niños. A la primera generación. Además, una vez que nosotros ya no estuviéramos, ellos mismos se asentarían aquí y ahora. Y aquí y ahora podrían sanar y recuperarse, a la vez que el propio planeta sanaría y se recuperaría. Y el futuro del ser humano, en esas condiciones, podría ser ya… ilimitado.

    –Un tanto radical, ¿no le parece? ¿Realmente necesitan eliminarnos? ¿No pueden… explicarnos las cosas, enseñarnos y coexistir? ¿Compartir recursos? No sé. ¿Evolucionar juntos?

    –Eso tampoco funcionaría.

    –¿Lo saben? ¿Tan seguros están de ello?

    –Lo saben. Están seguros.

    –¿Y por qué ahora? ¿Por qué no viajar más atrás en el tiempo, a un planeta más virgen, sin apenas humanos a los que exterminar, mucha menos resistencia?

    –También lo intentaron. Y tampoco funcionó. Además, necesitan a la primera generación. Y estamos muy cerca del punto de no retorno. El momento en el que traspasaremos la línea entre cuando aún estamos a tiempo de salvar el planeta y cuando ya no habrá nada que podamos hacer para salvarlo. Es lo más ético, según su punto de vista. Dejarnos existir todo el tiempo que sea posible, hasta que ya no quede más remedio que eliminarnos.

    – ¿Lo más ético? Perdone, pero a mí no me parece ético en absoluto. Estamos hablando de un exterminio… ¿Qué puede haber de ético ahí?

    –Por eso no todos están de acuerdo. Por eso él nos salvó y nos protegió. Y por lo que sé, consiguieron salvar y proteger a otros niños. Para evitar que los otros pudieran llevar a cabo sus planes. Hay facciones. Discrepancias.

    –¿Quiere decir que su amigo, y otros como él, se oponían a todo eso de erradicarnos y quedarse con el planeta?

    –Sí y no.

    –Vaya.

    –Él no pensaba que no fuera una solución viable o apropiada. Es más, estaba convencido de que era la única solución posible. Pero consideraba que no era una decisión que debieran tomar ellos.

    –¿Y quién debía tomarla, entonces?

    –Nosotros.

    –Ah, bueno, genial. ¿Lo sometemos a referéndum, entonces? Creo que puedo avanzarle cuál sería el resultado.

    –No todos nosotros. Uno de nosotros bastaría. En representación de todos los demás.

    –Perdone, pero sigue sin parecerme justo.

    –Alguien que pudiera llegar a comprender las dimensiones reales del conflicto. Alguien que tuviera tiempo para procesarlo y examinarlo desde todas las perspectivas posibles. Alguien capaz de ver más allá de la insignificancia de su propia existencia para pensar en el bien común.

    –Demasiada responsabilidad sobre una única persona, ¿no cree? Además, sería tan injusta cualquiera de las dos decisiones que pudiera tomar que… No, lo siento. Es imposible.

    –Matar a la raza humana para salvarla, o salvar a la raza humana para matarla. Complejo, sí. Injusto, seguro. ¿Imposible? No lo creo.

    –¿Y quién podría ser esa persona que…?

    –Yo.

    –¿Cómo dice?

    –Yo. Yo soy esa persona. Él me eligió. Ellos me eligieron, aunque yo al principio no lo sabía. Y llegado el momento, cuando supieron que estaba en condiciones de poder tomar una decisión… me dejaron tomarla.

    –Vaya. Estoy totalmente sin palabras.

    –Es comprensible.

    –No… No lo entiendo. La historia que me está contando es una completa chifladura y sin embargo la creo. No sé por qué, pero la creo.

    –¿Verdad? Es extraño al principio.

    –Y fue entonces cuando usted decidió salvarnos de la extinción y ellos se retiraron. ¿Así, sin más?

    –Bueno. Ellos se retiraron. Eso es cierto. Pero… yo aún no le he contado cuál fue mi decisión.

    Una de tantas historias sobre el medio ambiente.

    Autor: Rodrigo Martín

  • Siempre quise ir a L.A.

    Siempre quise ir a L.A.

    «Siempre quise ir a L.A. Dejar un día esta ciudad. Cruzar el mar en tu compañía». Y hasta aquí llegarían todas las similitudes entre la que probablemente fuera nuestra canción favorita, como pareja, y nuestra propia historia de amor. Bueno, corrijo: «Pero ya hace tiempo que me has dejado», ahí también seguirían las coincidencias, aunque ya no, claro está, en lo de «Y probablemente me habrás olvidado». Difícilmente podríamos olvidarnos el uno del otro cuando tenemos dos hijas en común en custodia compartida, una hipoteca conjunta que nos trae por la calle de la amargura, y muchos más conflictos de los que ambos querríamos tener, y aún así somos incapaces de evitar. En verdad, ni siquiera tengo claro que fuera nuestra canción favorita, pero sí una muy especial que a los dos siempre nos recordó a la noche en que nos conocimos. Que ni siquiera nos conocimos entonces, porque al menos yo te había visto antes por el barrio y ya te había echado el ojo. Eras la prima de Alvarito, pero nunca habíamos hablado hasta aquella noche. O a lo mejor no llegamos ni a hablar, porque menuda melopea me agarré. Fue en las Fiestas del PCE del 94, en la Casa de Campo. Javi y yo llegamos el primer día, el viernes, más pronto que el resto para ir calentando motores, antes de que empezaran los conciertos. Nos dedicamos a ir de caseta en caseta recopilando chapas y pegatinas, que nos íbamos poniendo en nuestras camisetas, y minis de kalimotxo y cerveza. Para cuando tú llegaste con Alvarito y los demás, ya no nos quedaba apenas un centímetro libre en nuestras camisetas y llevábamos un pedo demencial. Fíjate que antes de Loquillo tocaba Pablo Milanés, y a Javi y a mí se nos metió en la cabeza que en realidad era Paco Pil, así que nos pasamos todo el concierto pidiéndole a gritos que tocara “Johnny Techno Ska”, para fastidio, imagino, de todos los presentes. Ese podía llegar a ser nuestro nivel de imbecilidad, en aquella época. Luego salió Loquillo, pero tampoco creas que recuerdo gran cosa… salvo que ya en el tramo final, no sé cómo ni por qué, tú y yo acabamos abrazados cantando a voz en grito “Cadillac solitario”. Sí me acuerdo perfectamente de que sentí entonces un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. No sé si fueron los efectos del alcohol, que ya iban remitiendo, nuestro repentino abrazo o la pasión que le puso Loquillo aullando «Nenaaaaaaaaa» al final de la canción. Pero cómo olvidarlo. A la mañana siguiente, o mejor dicho, al mediodía siguiente, me desperté con el temor de haber dicho o hecho algo más inapropiado de la cuenta, la convicción de no volver a beber en mi vida (o el menos ese fin de semana) y la esperanza de que tú también, como yo, hubieras pillado el abono para los tres días y volviéramos a vernos ese sábado en la Casa de Campo. Lo primero, nunca lo supe, lo segundo, nunca lo cumplí, y lo tercero, por suerte para mí, sí sucedió. Y el resto, como se suele decir, es historia. Una historia que nunca nos llevó a L.A. (lo más lejos que llegamos a viajar, cuando la pequeña cumplió 5 años, fue a Cascais, y no hubo que cruzar mar alguno), pero tampoco estuvo tan mal. Tuvimos nuestras cosas bonitas y otras cosas bien chungas, vamos, una historia como cualquier otra. Pero es la nuestra, aunque no dé para escribir ninguna canción, más allá de algunas estrofas. Las cosas como son. Al menos yo ahora mismo no podría subirme en un viejo Cadillac segunda mano a la ladera del Tibidabo, para mirar fumando nostálgicamente a tu barrio, después de haberme cepillado a una rubia en el asiento de atrás. Tengo mi viejo Opel Astra desde hace meses parado averiado en el garaje, sin haber pasado siquiera la última ITV. Ya me he acostumbrado a ir al trabajo, o a buscar o a llevar a las chicas a tu casa, en metro. Y desde que murieron mis padres, ya no me ha dado por volver al pueblo. Yo, además, vivo en Moratalaz, y tú en Usera. Dejé de fumar hace cinco o seis años, y bueno, lo de la rubia ahora mismo sería lo más complicado de todo. La última cita que tuve fue hace… hará ya más de año y medio, igual va para dos años, y ella era pelirroja, aunque seguramente no lo fuera. La cita fue un absoluto desastre. Nada, tampoco suelo ponerme en plan nostálgico a pensar en lo nuestro. Hay días en los que sigue pesando más todo lo bueno que tuvimos y otros en los que, por los motivos que sean, uno se agarra más a los momentos más amargos. Nos quisimos y luego nos dejamos de querer, o nos seguimos queriendo, a nuestra manera, pero de una forma totalmente distinta. Y ya está. Estoy bien. Estamos bien. Los dos lo tenemos más que superado. Creo. Y sin embargo…

    Esta tarde, antes de que Sonia volviera de su clase de inglés, Marina me ha preguntado si podía poner música en el salón mientras preparaba el examen de ciencias, o de física, no me he enterado muy bien. Me ha pedido que le diera las claves de mi cuenta de Spotify y se las he dado. Al rato, no sé si ha sido algo aleatorio o si deliberadamente ha pinchado en una de mis playlists, ha empezado a sonar “Cadillac solitario”. Y por un momento…  

    A los 30 segundos o así ha quitado la canción y ha puesto a todo volumen a uno de esos reguetoneros insufribles. Y me ha preguntado, a gritos, qué pensaba hacer de cenar. En fin…

    Una de tantas historias incompletas sobre amor y desamor.

    Autor: Rodrigo Martin


  • 437 metros

    437 metros

    Unos años atrás se habría visto obligado a recorrer los 437 metros que separaban la tienda de su casa sorteando a cientos, miles de personas que a esa hora abarrotarían las calles del centro de la ciudad, intensamente iluminadas por los flamantes escaparates, los llamativos anuncios de las marquesinas y el vistoso alumbrado instalado por el ayuntamiento. Iría abrigado hasta las cejas para combatir el penetrante frío tan propio de aquella época del año, y sin embargo ahora, a pesar de que ya era noche cerrada, el calor era sofocante, casi insoportable. Y las calles estaban completamente desiertas y sumidas en una oscuridad absoluta, sólo rota por esos breves instantes en los que la luna conseguía asomarse por algún resquicio de las nubes. Pero ese era el motivo por el que se había atrevido a salir entonces. Si aquella expedición, de la que ya regresaba, era poco más o menos que una locura con la noche como aliada, habría sido un suicidio seguro a plena luz del día. 

    Faltaban un par de manzanas para que llegara a su calle, en donde empezaría a sentirse ya algo más seguro. Al menos hasta entonces todo había ido bien, sin sobresaltos. Se acurrucó durante un par de minutos en el suelo, entre dos contenedores de basura, para recuperar un poco el aire y comprobar el interior de su mochila. Todo seguía en orden. Escuchó con detenimiento antes de ponerse de nuevo en marcha. Tranquilidad absoluta. Se incorporó despacio y, manteniéndose encorvado, reanudó la marcha.  

    Cuando vio las luces por el rabillo del ojo se lanzó contra la pared más cercana, con el tiempo justo para pegarse a la puerta de un antiguo comercio. Empezó a percibir entonces aquel horrible silbido, al principio más sutil, pero cada vez más evidente y molesto según iba acercándose en su dirección. Podía sentirlo, punzante y machacón, tanto en los oídos como en la piel. Tan paralizado estaba por esa sensación tan desagradable que tardó en darse cuenta de que la puerta se abría a su espalda y unos brazos tiraban de él metiéndole en el edificio. Unas manos, cubiertas por unos guantes de lana, le cubrieron la boca.  

    -Ssssssh. No te muevas. No digas nada. Ni siquiera respires -le susurró una voz femenina en el oído.  

    Las ventanas del local estaban tapiadas y no podía ver prácticamente nada salvo por la tenue claridad que se colaba por debajo de la puerta. Las luces no tardaron en pasar por delante del local, acompañadas siempre por ese repugnante silbido, tan cercano y potente que estuvo a punto de provocarle el vómito, y cuando se filtraron por aquella fina rendija iluminaron por unos segundos la estancia, lo suficiente como para que pudiera deducir que estaba en una antigua mercería. Las luces se fueron poco a poco alejando y la sensación de desazón y ahogo fue también mitigándose.  

    -¿Adónde te diriges? 

    La regla número 1 en aquellos días era no revelarle jamás a un extraño, bajo ninguna circunstancia, la ubicación de tu refugio. Uno ya no podía fiarse de nadie. Podían estar con ellos y entregarte, o no estar con ellos y ser igualmente peligrosos por mil millones de razones distintas. Por eso le sorprendió tanto la pregunta, pues estaba prácticamente prohibida y podía levantar demasiadas sospechas, cuando no una reacción hostil y violenta por parte del interrogado. Pero aún le sorprendió más que él mismo no tardara ni un segundo en confesarle la verdad, desvelándole la dirección de su casa. No sabía por qué, pero se fiaba de aquella mujer que no era más que unas manos y una voz susurrante en su espalda.  

    -Muy bien. Esto es lo que vamos a hacer. Seguirán ahí fuera durante 20 o 30 minutos más. Después se marcharán. Nosotros esperaremos una hora, para estar aún más seguros, y entonces podrás salir por la puerta trasera. Da directamente a un patio. Si consigues saltar el muro, y creo que no tendrás problemas, estarás a sólo una calle de tu casa.  

    -Está bien. Muchas gracias -pudo por fin responder él, volviéndose lentamente. Para entonces la mujer estaba ya sentada en la otra punta de la estancia. Apenas podía distinguirla, pero calculó por la voz que tendría unos 50 o 60 años.  

    -Hay que estar como una cabra o muy necesitado para salir ahí fuera en estos días.  

    -Un poco de ambas cosas -admitió él. 

    -Espero al menos que haya merecido la pena.  

    -Es posible -contestó, tras meditar unos segundos la respuesta. Sí. Si consigo llegar a casa, definitivamente habrá merecido la pena.  

    Una hora más tarde, en la que apenas intercambiaron unas pocas palabras más, la mujer le acompañó a la parte trasera del local y le abrió la puerta. Salió al patio y escuchó por última vez la voz de su salvadora a su espalda: 

    -Feliz Navidad. 

    -Feliz Navidad -respondió él, girándose, pero sus palabras chocaron ya contra una puerta cerrada.  

    Tardó más de lo habitual, aún en esas circunstancias, en llegar a su casa, extremando al máximo las precauciones. Una vez allí, retiró los tablones que cubrían la ventana que había dejado entreabierta y se coló hacia el interior. Volvió a colocar los tablones, de forma provisional. Ya los aseguraría a conciencia unas horas más tarde. Entonces estaba tan agotado que se desplomó sobre la cama. Se durmió enseguida.  

    A la mañana siguiente le despertaron unos gritos. 

    -¡Papá! ¡Papá! 

    Abrió los ojos y vio a su esposa, observándole fijamente desde el marco de la puerta. Sólo ella era capaz de lanzarle esa mirada cargada a la vez de reproche y agradecimiento, a partes iguales. Intentó decir algo, pero le interrumpió su hija saltando sobre su cama, agitando emocionada un oso panda de peluche. 

    -¡Mira, papá! ¡Lo ha conseguido! ¡Santa ha descubierto dónde vivimos! ¡Y sí! ¡Se ha atrevido a venir! 

    -Sí, hija -dijo la mujer, regalándoles ya una flamante sonrisa-. Santa nos quiere mucho. Y nunca, jamás, va a abandonarnos.  

    Autor: Rodrigo Martín

  • Una idea brillante

    Una idea brillante

    -¿Te atreves con una historia de terror para dentro de 20 días?

    -¿Terror? No sé, tío. Nunca he escrito terror antes.

    -Si alguien puede, ese eres tú.

    Era cierto. Nunca antes había escrito nada de terror. Pero no era menos cierto que siempre he agradecido un buen reto a la hora de sentarme a escribir. Aunque si algo he agradecido toda mi vida, por encima de cualquier cosa, han sido los halagos. Ya había escrito antes algunos relatos para su web y la verdad es que habían funcionado bien. Muy bien. Así que me hice de rogar un poquito más, lo justo, y acepté.

    Estaba convencido de que, como siempre, no tardaría en dar con una buena idea, pero admito que no esperaba que fuera esa misma noche. Y la idea no sólo era buena. Era una idea brillante. Me asaltó cuando estaba a punto de meterme en la cama, así que tomé unas pocas notas en un papel y me acosté, decidido a empezar a escribir en cuanto me levantara. Con un poquito de suerte, podría entregarle el relato con 19 días de antelación. Esa noche, al final, apenas pegué ojo, dándole vueltas y más vueltas a esa idea que cada vez se me antojaba más prometedora.

    Cuando me senté delante del ordenador, después del primer café de la mañana, empecé a teclear como un loco y enseguida supe que aquel relato no sólo iba a ser bueno. Probablemente sería lo mejor que había escrito nunca. Tenía una limitación de mil palabras, esas eran las condiciones de la web, pero ese día dejé que la inspiración fluyera libremente. Ya tendría tiempo de ajustarlo.

    Me pasé el resto del día releyendo, acortando, reescribiendo y retocando el borrador inicial. Estaba bien, pero la idea era tan magnífica que el resultado final tenía que ser perfecto. Hasta la última coma. No hice otra cosa ese día. Ni al día siguiente. Ni el siguiente. Ni esa semana. Sabía que había otros encargos que estaba descuidando, pero esos me ilusionaban y me exigían muchísimo menos, así que ya tendría tiempo de volver a ellos cuando fuera. No me preocupaba. ¿Cuándo le había fallado yo a alguien?

    No sé cuántos días faltaban para la fecha de entrega cuando mi amigo volvió a llamarme:

    -¿Cómo llevas lo del relato?

    -Muy bien. Mejor que muy bien. He tenido una idea brillante y me está llevando más tiempo del que imaginaba, pero estará terminado a tiempo.

    -Genial. Sabía que podía confiar en ti.

    Y volví a la tarea. El relato ya había pasado entonces a ocupar cada hora de mi existencia. Sus personajes, con los que ya me había acostumbrado a convivir durante el día, empezaron a visitarme también por las noches. Teníamos largas discusiones sobre sus motivaciones, el por qué de sus actos, lo confesable y lo inconfesable, y pronto surgieron la primeras discrepancias. Sólo había una cosa en la que estábamos de acuerdo: el relato tenía que ser soberbio de principio a fin. Ellos no se merecían menos y yo no podía conformarme tampoco con menos.

    Cuando se fue acercando la fecha límite, mi amigo empezó a llamarme con más insistencia. No le cogí el teléfono, pues llegado a ese punto hasta eso me suponía una distracción la mar de fastidiosa. Intentó contactar conmigo por WhatsApp, y se puso tan pesado que acabé bloqueándole. Ya volvería a tener noticias mías cuando le entregara el relato, y estaría tan fascinado que cualquier mal rollo que pudiera haber entre nosotros se olvidaría rápido.

    Mientras, por mi parte y lejos de desanimarme o darme por vencido, cada día que pasaba estaba más motivado y entusiasmado con el mundo que había creado. Bueno, con el mundo que yo y ellos, mis queridísimos personajes, habíamos creado. Juntos. Pero no era fácil. Las discusiones entre nosotros eran cada vez más intensas y acaloradas, y las discrepancias fueron dando paso a las rencillas. El anciano de la cara quemada y la señora que sólo se comunicaba por señas, qué cosas, eran los que tendían a montar más alboroto y a debatir con mayor vehemencia, pero nada podía igualarse con la autoridad y el respeto que imponían el niño pálido de los tres dientes y su peluche descabezado. Si alguna vez fue un oso o un conejo, nunca llegamos a averiguarlo.

    Con el tiempo, me vi obligado a bloquear e ignorar a todo el mundo de mi entorno. Clientes, amigos, familia, en aquel momento ya era incapaz de verles nada más que como un obstáculo, un estorbo en mi vida. Perdón, en nuestras vidas. Y era consciente de que la fecha de entrega había expirado hacía mucho tiempo, pero sabía que una vez entregara mi relato no importaría lo más mínimo y le reservarían un lugar privilegiado en la web.

    Mentiría si dijera que no hubo momentos de dudas. Y momentos de confusión, en los que llegué a pensar que había pasado a vivir dentro de mi propio relato, y que ya nada ni nadie existía fuera de él. Se me ocurrió, incluso, que ni siquiera era mi relato y que yo mismo era una mera creación dentro de aquél mundo, que antes yo no era nada. ¿Y toda mi vida anterior? ¿Todo aquello había sucedido? ¿Eran recuerdos reales, o los simples caprichos argumentales de algún creador superior?

    Todo llegó a su fin un día, de forma inesperada. Para mí y para todos. Ya está. Lo tenía. Estaba terminado. Y hubo un consenso abrumador en que era rematadamente perfecto.

    Llamé a mi amigo. Tardó en cogerlo. Tuve que insistir. Normal. Pero acabó contestando.

    -¡Lo tengo, tío! ¡El relato! ¡Lo he acabado!

    -Perdona, ¿quién eres?

    -Soy yo. ¡Rodrigo! Tengo el relato de terror que me pediste, y déjame que te diga que…

    -¿Rodrigo? ¿Me estás hablando en serio?

    -Sí, tío, tengo el relato y te juro que…

    -¿El relato? No lo puedo creer… ¿El relato que te pedí HACE NUEVE AÑOS? Hazme un favor. No vuelvas a llamarme. Nunca. Maldito chiflado.

    Y me colgó.

    Una de tantas historias incompletas sobre terror. Historia 5/12.

    Autor: Rodrigo Martín.

  • Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    ˗¡Eh, así no es! ¡Lo estás haciendo mal!

    ˗Pero qué dices.

    ˗¡Que te estás sentando mal! ¡Que es para el otro lado!

    ˗Oye, cada uno se sienta en su coche imaginario como le da la gana ¿Vale?

    Su hermano siempre fue mucho mejor que él en eso (y en otras muchas cosas). Siempre se las ingeniaba para dar con la frase más ocurrente, para acabar saliéndose con la suya con una sentencia que zanjaba de cuajo cualquier discusión, sin posibilidad ninguna de réplica. Siempre fue así y así lo era ya entonces, cuando contaban apenas con ocho años de edad.

    Como el barrio era, en aquella época, tan tranquilo, seguro y familiar (“es como un pueblo”, aseguraba su madre), los niños tenían permitido recorrer las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto. A la vuelta, se detenían todos los días unos minutos en esas dos piedras situadas a la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de su portal, que a ellos se les asemejaban a un coche. Pero cada uno debía tener un coche muy distinto en su cabeza, pues mientras él se sentaba siempre mirando hacia la farmacia de doña Pura, su hermano lo hacía con vistas a la panadería del señor Juan. Alguna vez habían visto a otros niños en esas mismas piedras jugando a que estaban en el mostrador de algún comercio, una oficina, la taquilla de un cine… así que sí, se confirma que nunca ha habido nada más libre que la imaginación de un niño.

    ˗Venga, siéntate detrás que te llevo a donde quieras.

    ˗No sé. No se me ocurre ningún sitio.

    ˗Cualquier sitio al que quieras ir. Una ciudad. Un país. ¡O un continente! Te sientas detrás y yo te llevo.

    -No lo sé… ¿a Alemania?

    ˗Ay, lo siento. A Alemania no puedo llevarte.

    Cada uno parecía tener también, ya por aquel entonces, su propia y muy personal concepción de las reglas del juego.

    No habría un solo día en el que regresara de visita a casa de sus padres, en años y décadas venideras, y no saliera al menos un par de minutos a la terraza de la cocina para observar cómo esas dos piedras, cada vez más gastadas y consumidas por los rastrojos, seguían aguantando impasibles el paso del tiempo. Le gustaba evocar, a pesar del sabor agridulce, los tiempos en los que él y su hermano recorrían a diario, ida y vuelta, las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto, pero sin separarse ni un solo segundo. “Lo que más me tranquiliza”, repetía una y otra vez su madre, “es saber que estarán siempre juntos, y que siempre se tendrán el uno al otro”. Es posible que el amor que puedan llegar a profesarse dos hermanos como ellos sea difícilmente explicable, tan especial, único e incomparable a cualquier otro amor que se nos ocurra. Lo cierto es que ni siquiera él, que tampoco conoció ningún otro tipo de amor fraternal, se atrevería a confirmarlo. “Estarán siempre juntos y siempre se tendrán el uno al otro”. A él, mucho más maduro y equilibrado que su hermano en el plano emocional desde bien pequeños (en algo le tenía que ganar), nunca dejó de conmoverle ese ideal de su madre de pensar que dos personas, por el simple hecho de haberse hecho compañía desde, literalmente, el momento de su gestación, están predestinadas a permanecer unidas, con un vínculo inquebrantable e irrompible hasta el último de sus días. Siempre fue una mujer buena, y extremadamente inocente.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Esas fueron las últimas palabras que le espetó a su hermano la última vez que se vieron, más de 15 años atrás.

    ˗No me llames más. No quiero volver a verte. No insistas. Lo que les hiciste es imperdonable. Para mí, estás muerto.

    Esa fue la sentencia completa y exacta. Fue también la única vez en toda su vida en la que pudo pronunciar la última frase, la única vez que fue capaz de zanjar una discusión, la única vez que supo dejar a su hermano completamente sin palabras.

    ˗Para mí, estás muerto.

    La frase, no podía ser otra, le ha venido inmediatamente a la mente en cuanto ha atendido esa llamada de teléfono. Él nunca ha creído en las casualidades, así que no le sorprende que le hayan llamado la misma tarde en la que ha vuelto a casa de sus padres, después de meses sin poner un pie en ella, para reunirse con un par de inmobiliarias una vez que por fin se ha decidido a poner la vivienda a la venta.

    La llamada era del Servicio de Guardacostas gallego en Pontevedra.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Las palabras resuenan en su cabeza como un martillo. Casi puede notarlas golpeándole insistentemente las sienes. Se acerca a la cocina a por un vaso de agua, se lo bebe de un trago y sale a la terraza a tiempo de ver cómo dos sufridos obreros han empezado a levantar esa misma mañana un pequeño muro de ladrillos en la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de la puerta del portal. Las dos piedras han desaparecido.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 3/12

    Autor: Rodrigo Martín

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