Etiqueta: Mujeres

  • 8 de marzo

    8 de marzo

    8 de marzo, me levanto, miro el reloj, las seis de la mañana, y el tonito de los mensajes de WhatsApp rompe la paz del día que comienza. El contenido: canciones y frases, unas profundas, otras jocosas y otras de las dos. El Día de la Mujer, celebración de un acontecimiento histórico, pero me digo, vaya, día de la mujer son todos, todos aquellos que amanecen, y son vividos por la hija, por la madre y por la abuela. Por la campesina que se levanta entre penumbras a entregar amor en su vasija de ternura, y que enseguida sale a inundarse de sol, en su campo de puros aromas de naturaleza, que entrega en la sal de su sudor el respeto a la naturaleza, que da gracias con su azadón por la tierra fértil que la alimenta.
    Nos levantamos este día en la ausencia de los miles de acontecimientos que anteceden la celebración del 8 de marzo, fecha impuesta por ese gran organismo de dominación, y, como cada año, nuevamente las recuerdo, hoy más fácil gracias a Internet. Estos acontecimientos poco tienen que ver con el Día, y lo que se pide en emancipación femenina en la actualidad tampoco tiene que ver con las justas luchas de aquellas mujeres, que al igual que muchos hombres, sufrieron opresión, maltrato e injusticias.
    Me imagino entonces a aquellas mujeres de antaño, en su compleja vivencia entre el trabajo, los derechos y ciudadanía, me imagino a aquellas mujeres excluidas, esas mujeres buscando inclusión a través de un trabajo en la industria, en áreas que la sociedad sí considera trabajo. Porque la ardua actividad de hogar, de amor, de entrega, no ha logrado en una sociedad perversa y machista ser considerada trabajo.
    Entonces me imagino y valoro a la mujer, un ser inigualable de mil faenas, faenas activas, productivas, profundas, faenas que engrandecen riquezas materiales, faenas que complacen comodidades, faenas que no tienen precio porque producen el más grande brillo del amor. La mujer siempre persiguiendo lo mejor, lo atrapa, lo hace suyo y lo suyo es universal.
    La sociedad falló, los hombres fallaron y hasta la misma mujer. Se forjó una sociedad machista, si así la queremos llamar, yo la llamaría sociedad del desamor, de la desconsideración, del abuso.
    Una casa impecable, una comida caliente y deliciosa, una parada de ropa lista, suave y perfumada, una bendición llena de luz y dulzura, unos consejos sabios, unas llamadas de atención, un acompañamiento en las tareas de cada miembro de la casa, esa luz constante de la presencia de la mujer… Todo eso y más ha sido desvalorizado. Para la sociedad desatinada en valores, todo eso no es trabajo y no merece ser reconocido, mucho menos remunerado. Por el contrario, es menospreciado. La mujer que ilumina de tal forma la casa, esa mujer no trabaja.
    Me imagino la justa emancipación de las mujeres y agradezco sus luchas, aun sintiendo el vacío que provoca esta sociedad indolente que no valora la construcción del hogar en el amor, los afectos de la mujer, y abogo por las mujeres que dan cuenta de la vida, del amor, de los valores. Hemos de defender sus justas posiciones, poniendo por delante la vida.
    Imagino a aquellas mujeres levantarse cada día entre baños de amor, imagino a esas mujeres mirando indignadas a esas feministas adueñadas de causas que no son suyas para defender la muerte, para divagar en un camino de mediocridad, para poder tomar ellas también esa vida libertina en la que se han sumergido muchos espíritus empobrecidos de hombres.
    Vamos a reconocer que los machos, al igual que las mujeres, son paridos con úteros de mujeres, amamantados con la mejor leche de mujeres, acunados en brazos de mujeres y criados con los mayores privilegios de mujeres, y mientras esto no se convierta en conciencia de mujeres, el feminismo será sólo una batalla contra los hombres.
    Muy emotiva y muy justa la emancipación de las mujeres. Estaremos atentas a toda injusticia y siempre lucharemos, pero que nadie se atreva a dividirnos, ni ellos, ni ellas, las mujeres debemos asumir nuestro compromiso con la historia y con la VIDA, no con la MUERTE.

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autor: Rocío Torres Benavides

  • Historias de una mujer rota

    Historias de una mujer rota

    “Voy a escribir sobre el amor, sobre ti y sobre nosotros. Que todo en paquetito resulta ser más bonito.

    Voy a escribir una historia para que en un futuro nuestros hijos se sienten a leerla y sepan de qué se trata esto, que nuestra pequeña entienda cómo debe ser tratada y nuestro campeón aprenda a querer así, como se debe.

    Les voy a dejar plasmado cómo se cosecha el amor bonito, el que no duele. El que disfrutas y te detienes a preguntarte qué hiciste para merecerte esto.

    Voy a escribir una historia que hable de ti, de cómo nos conocimos y lo mucho que batallamos para llegar hasta aquí, que sepan y entiendan que el amor es blanco y negro… y muchas veces gris.

    Voy a palpar nuestras tantas historias por si un día -ya viejitos y con canas- olvidamos los detalles de aquellos días que queremos contar.

    Voy a escribir una historia donde cuente la vez que me pediste que llorara por todo lo que me dolía porque tú me ibas a abrazar, sobre la primera vez que pisé la casa de tus padres, no voy a olvidar palpar en unas letras las incontables veces que peleamos por los malos ratos.

    Voy a escribir sobre aquel amor en el que ahora nadie cree, del que creen solo existe en aquellos clichés de amor… y es que quiero que lo entiendan, que lo lean de mi puño y letra y al fin lo crean.

    Voy a escribir sobre aquellas personas que no apostaban ni un centavo por nosotros, los que nos llenaron la cabeza de aquella frase trillada:  “Te mereces algo mejor”, sin saber que nosotros podíamos ser mejor, mucho mejor.

    Escribiré una historia que hable de amor, de esos de verdad, donde el rosa a veces se vuelve gris, donde la tempestad no acaba sola sino con paciencia, con dedicación, con interés… con amor.

    Voy a escribir una historia de esas que terminan siempre con aquel ‘continuará’, de esas que ojalá no terminen jamás.”

    Una de tantas historias incompletas de amor. Historia 1/12

    Autora: Ana Burgos  

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  • Reinventarse

    Reinventarse

    La palabra «REINVENTARSE” se ha puesto de moda debido al confinamiento al que nos hemos tenido que acoplar. Algunas lo han logrado de manera armónica y hasta planificada, otras nos hemos tenido que ir acomodando como sacos de papas en un camión: con cada movimiento,  curva o bache seguimos tomando el lugar que más nos calce; tal vez, no necesariamente el que quisiéramos, pero sí en el que nos sentimos menos incómodas.   

    Las empresas quieren reinventarse para enfrentar la crisis;  los gurús de marketing y ventas nos sugieren reinventarnos para aprovechar la cuarentena a la que nos ha sometido este virus, y los asesores espirituales y psicólogos también pronuncian esta palabra como indicándonos que esto nos dará la solución, o al menos disminuirá la ansiedad a toda la incertidumbre que la mayoría sentimos.   

    En resumidas cuentas, debo escribir como mujer algo que quisiera decirle a otra mujer. Inicialmente pensé en este tema de REINVENTARNOS, pero no logro entender a ciencia cierta qué nos quieren decir con esto, o qué ganaríamos al hacerlo. Y es que, sin desmerecer a nadie, las mujeres somos expertas en reinventarnos todo el tiempo,  pasamos de madres a doctoras; de doctoras a maestras (ahora, con las clases virtuales, aprovecho para decir que a los maestros deberían triplicarles el sueldo, aunque soy consciente que en nuestro país eso jamás ocurrirá, pues la educación es lo menos importante); de maestras a plomeras; de plomeras a negociantes; de negociantes a chef; de chef a administradoras, y así… la lista es inmensa. Definitivamente el tema no va por REINVENTARNOS.   

    También pensé en el trillado y venido a menos tema de la defensa de los derechos de las mujeres, en el que un grupo de mujeres quiere defender los derechos de otras mujeres,  y, aunque tal vez, y puede que sea lo más seguro, voy a meterme en problemas por lo que voy a escribir, estimo que es cuestión de RESPETO. En mi caso, y es solo mi punto de vista, creo que por defender teorías propias hemos menoscabado a otros, y pienso que no va por ahí.  Si queremos levantarnos, debemos RESPETAR todas las aristas. Debemos respetar  a aquella  que se prepara para viajar a la luna y se enfoca exclusivamente en eso; debemos respetar a la que quiere estudiar 5 maestrías , tiene hijos y familia, y lo logra magistralmente; debemos respetar a aquella que desde niña quiso ser reina de belleza y ha enfocado sus esfuerzos para conseguirlo;  debemos respetar a aquella que prefiere o debe quedarse en casa y  administra su hogar y familia de manera increíble,  debemos respetar a aquella que se preparó y soñó desde siempre con bailar sobre una tarima, con grupos de baile o acompañando a artistas;  debemos respetar a aquella que logra combinar su tiempo para su negocio con su vida personal y familiar; debemos respetar a aquella que quiere ser modelo y salir en todas las revistas de moda para ser admirada; debemos respetar a aquella que no desea tener familia ni hijos y sí viajar por el mundo… debemos RESPETAR. Pienso que es sencillo, y que solo así lograremos trascender. 

    Así que después de tanto pensar, y aunque suene utópico y cursi, el tema no es REINVENTARSE, sino recordar lo importante:  SER RESPETUOSA, SER AGRADECIDA, SER HONESTA, SER SOLIDARIA, SER HUMANA y SER FELIZ.  Empezando por una misma y después con todo lo que nos rodea, incluido el suelo que pisamos, el aire que respiramos, el planeta en que vivimos.  TENEMOS LA MAGIA PARA TRASNFORMARNOS Y TRANSFORMAR EL MUNDO, solo debemos recordar lo importante.  

    Autora: Mayra C.

  • Mírame por dentro

    Mírame por dentro

    Desde pequeña, a pesar de haber estudiado en una escuela pública de mi ciudad, nada elitista, siempre sentí el rechazo de mis profesoras y mis compañeras por mi apellido, no solo por su procedencia indígena, sino, además, por ser el apellido de un padre ausente.  

    Un día vino a recogerme a la escuela… desde aquel momento se incrementaron las burlas de mis compañeras y las preguntas de mis profesoras. Y es que el hombre que había llegado a verme para nada se parecía a la niña que llevaba su apellido. Él tenía la tez oscura y yo soy blanca como leche, de ojos verdes y con cabello súper claro. Las profesoras me decían: “¿Segura que es tu papá?”, mientras que mis compañeras aseguraban con tono de burla: “!Él no es tu papá! ¡Él no es tu papá!”.  

    Lo que ellos no sabían es que en la casa él también decía: “Yo no soy tu papá, no puedes ser mi hija, no te me pareces en nada”. De esta forma de verme es de donde nace su rechazo hacia mí, desde que nací, por no parecerme a una figura indígena; y el rechazo de la “sociedad mestiza” en la que vivo viene de tener su apellido. 

    Con el pasar de los años decidí que eso no debía afectarme. Y eso que tuve que asimilar el haber sido la hija de una cana al aire de mi papá, que mi madre tuviera que luchar muchos años para que me diera su apellido, el haber sentido el rechazo de mi padre por tener que dármelo y sentir el menosprecio de la sociedad que me rodeaba por llevarlo.  

    Lo más triste es que, a pesar del paso de los años, y de no ser ya ninguna niña, sigo sintiendo que casi nada ha cambiado, solo los nuevos actores que me rechazan: ¡Mi familia política! 

    Una de tantas historias incompletas sobre Mujeres. Historia 3/12

    Autora: Guadalupe Quispe

  • Ulma

    Ulma

    – Empezó como una punzadita. Pero ahora ya me duele, amiga. 

    – ¿Sí? ¿Y ya cuantos días llevas con la punzadita? 

    – Varios días. Va y viene. 

    – Qué raro… 

    – ¿Sabes qué, amiga? Mejor me voy a la clínica a que me vean, por si acaso… 

    – Sí, no te preocupes. Gracias por venir a la reunión, en serio. Te llamo mañana para saber cómo salió todo. 

    – Claro, síguela pasando bonito y de verdad, discúlpame, pero me duele en serio, mejor me voy a que me vean en la clínica. 

    – Hola amiga, ¿cómo te fue ayer? 

    – Amiga, me operan mañana, estamos llenando mil y un papeles. 

    – ¿Ah? – inevitable esconder mi sorpresa mayúscula –, pero, no entiendo, cómo que te operan, de qué… 

    – Llegué a la clínica y me hicieron pruebas para descartar varias cosas. Hasta que en la ecografía salió que tengo cáncer, amiga. Es cáncer. Estoy en Fase III. Ovario… No entiendo nada… 

    Veo a la madre de Ulma, espera en el pasillo, mirando su celular y respondiendo al WhatsApp con evidente desgano. Qué agotada luce… 

    – Hola hija, gracias por venir. 

    – Por nada, señora, por nada. ¿Cómo está Ulma?, ¿le han dicho algo? 

    – Sí, ya salió hace un rato el médico. Le tuvieron que sacar todo el aparato reproductor, el cáncer está muy avanzado. A mi hija. ¡A MI HIJA! Esto es una pesadilla… 

    Ulma. Mi amiga de niñez. De adolescencia. A la que cuando vi por primera vez me cayó mal, y de la que pensé que seguramente estudiaba en un colegio de pitucas, y resultó que estudiaba en mi colegio (¡jajaja!). Con la que salíamos a ir a montar bicicleta de adolescentes, yo en mi bicicleta roja de carreras – ¿qué habrá sido de esa bicicleta? – y ella en su Monark azul, rojo y blanco. En mi retina tengo el recuerdo de ella bailando La Bilirrubina con su padre en su quinceañero, como si al día siguiente se acabara el mundo; ella con su cabello largo y su vestido blanco. Yo tuve que tirarme al suelo para rogarle a mi papá que me diera permiso para ir a su quinceañero porque justo me habían castigado dos semanas cuando se celebraba (mi papá se apiadó a las 10 de la noche y me dejó ir). Ulma, despidiéndome cuando me fui ese verano a París. ¡El coro de la iglesia! Confiarnos que, por más que Bru era nuestra amiga, “déjate de cosas, Bru tiene la madurez de la pepa de los aguacates del mercado, amiga”. ¡Cuando Ulma volvió de Miami! Yo que pensé que jamás la volvería a ver, y ahí estaba, dos años después, en mi casa, contándome que había visto a Timbiriche en concierto y que se regresó porque se dio cuenta que la universidad era muy cara por allá. ¡Los viernes de sangría en caja! Yo preparaba los tequeños y ella compraba la sangría. Ulma ama mis tequeños y mi guacamole. La vez que su mamá se enfadó con ella porque no sabía cocinar y le exigió que ese día, vaya usted a saber cómo, preparara el almuerzo para toda la familia, con entrada y bebida, sí señor. Ulma, que, para freír un bistec, lo aventaba al aceite caliente y se iba corriendo… y en esa época, Google era un sueño digno de Los Supersónicos. “Amiga, tú sí sabes cocinar, qué compro en el mercado, por favor”, me dijo. “No te preocupes, Ulma. Yo ya terminé de preparar el almuerzo en mi casa, vamos al mercado y luego a tu casa a cocinar, le pido permiso a mi mamá, Ulma”. Y así, acompañé a Ulma al mercado, hicimos las compras y terminé yendo a su casa y cocinando para su familia (que jamás se enteró que el almuerzo lo hice yo). La vez que me llamó a la 1 a.m. llorando, “amiga, estoy en el Chulo´s, me he peleado horrible con Hugo, me ha metido una cachetada delante de todo el restaurante y se ha largado; me dijo que no trajera ni dinero ni tarjetas, me he quedado con la cuenta, por favor, no me dejan irme del restaurante, ven con tu tarjeta o efectivo, la cuenta es alta, ven por favor”. Y yo saliendo de la cama y cambiándome el pijama, y mi mamá viéndome buscar mi llave: “¿Vas a salir? ¡Es la 1.30 a.m.! No, no vas a ningún…”. Le interrumpí: “Mamá: no te estoy pidiendo permiso, te estoy INFORMANDO que me voy a buscar a Ulma y llevarla a su casa”. Qué decidida me habrá visto la doña, que solo me dijo: “ten cuidado al tomar el taxi… vas con cuidado”. ¡Cuando me fuiste a visitar a París, Ulma! Hasta nos tomamos un vino en caja en el cuarto de hotel donde te hospedabas. Veo las fotos, éramos unas niñas… Y una niña fue lo que me anunciaste que esperabas 5 meses después. Verla a ella es verte a ti, Ulma, una versión nueva y joven de nosotras. 

    Mientras abro el armario para buscar el vestido blanco que sé me pondré con las sandalias que le combinan, pienso en la fortaleza de tu cuerpo, Ulma. De tus ganas de aferrarte con todo aquí. Por tu hija. Ahora te tocó a ti bailar Carlos Vives con ella en su quinceañero. 5 años aguantó tu cuerpo, Ulma. Me siento abrumada de ver tantas flores y…  

    – ¡¿Pero a quién se le ocurre poner música en un velorio?! 

    – La lista de Spotify la dejó preparada ella. Quería que pusieran música alegre y nada de colores oscuros. Yo acato lo que ella me pidió… 

    Ulma me deja el recordatorio de vivir el día a día, agradecer y ¡joder, la vida, con todas sus cosas, es una, vívela! 

    Tú eres la alegría de las canciones de Carlos Vives. 

    Dedicado a Pau y a P. 

    Autora: Silvia A. Lucho Molina.

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    Twitter: @silvia_alisa

  • Alza la voz por ti

    Alza la voz por ti

    “Yo no te eduqué para que permitas que nadie nunca te falte al respeto. Siempre supe que serías una locomotora que cuestionaría aquello que estuviera mal, que alzaría la voz para cambiar el ‘status quo’ cuando tu libertad y la de otros estuviera en juego”. Es lo que me dijo mi papá cuando le pregunté si hacía bien al decirle a mi ex esposo que no aceptaba sus gritos, ni cuando la comida le sabía mal, ni cuando me había olvidado de hacer la compra en casa por estar distraída con la maestría en negocios que estaba estudiando en ese momento.  

    Me encantaría decir que esta historia que me pasó hace once años es cosa del pasado. Que son pocos los hombres que siguen pensando que tienen derecho de propiedad sobre sus parejas; que las tareas del hogar son responsabilidad de la mujer; que la comida debe estar lista y debe ser rica, nutritiva y abundante; que sus camisas deben estar planchadas y ordenadas en el clóset; que los hijos deben ser educados, tener las mejores calificaciones y ser guapos como su padre, y que, todo eso, es responsabilidad de la mujer de la casa.  

    Lamentablemente debo decir que hay muchas historias como la mía que se siguen repitiendo. Es necesario visibilizarlo para generar conciencia y acabar con el maltrato, el machismo y la inequidad de una vez por todas. Todo esto, en una sociedad que aún presenta una tremenda desigualdad. 

    Estamos ya en el año 2020 y es hora de cambiar la creencia de que las mujeres hemos de encargarnos de la administración del hogar porque es un “deber” que algún ser superior nos ha encomendado. Y que, además, lo ha hecho por haber nacido de género femenino. Si tan solo la sociedad comprendiera que ser un equipo es un mejor negocio para todos…  

    ¿Que es fácil? ¡NO! ¿Que vale la pena? ¡TOTALMENTE! Un hogar en donde hay un equipo es un hogar de personas felices, libres, creativas, seguras y esto se contagia a los hijos que, además, luego construyen hogares igual de saludables. Un hogar de acuerdos, en donde hace la compra el que sale más temprano de la oficina, en el que cocina el que sabe o al que le gusta hacerlo, un hogar en donde la mujer trabaja y el hombre se queda en casa porque así lo han decidido en pareja, es un hogar real, auténtico, que promueve la felicidad y la realización de sus miembros. 

    Y esto es de lado y lado, porque las mujeres tenemos mucho que cambiar si queremos realmente transformar la sociedad y construir una realidad con más equidad para las mujeres que vienen detrás. Mi recomendación: ¡si quieren trabajar, háganlo! Y sean las mejores en lo que elijan ser. Conviértanse en el CEO con el que sus padres querían casarlas; ganen más que sus parejas; llévenlos de vacaciones; paguen las cuentas de la casa, la educación de sus hijos, y, por favor, no se olviden de ser un equipo. 

    La vida nos ha enseñado que estamos de paso y que lo más importante es disfrutar el momento. Construyan relaciones saludables, tengan amor propio; respétense y respeten; cambien su realidad, si la misma no les hace feliz, y recuerden siempre: “La libertad no tiene precio y debe ser su eje en la vida”.  

    Es hora de eliminar los estereotipos, cambiarlos y actualizarlos. Ya no estamos en la época medieval, esto es el siglo XXI, es tiempo de cambiar nuestras creencias y construir un mundo nuevo, sin reglas, porque cada pareja es distinta. Siéntanse en la libertad de crear su realidad y la de su familia, y vivir feliz en libertad.   

    Autora: Cristina Páez.

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