Categoría: Historias de mujeres por mujeres 2

Relatos de ellas segunda parte

  • Ulma

    Ulma

    – Empezó como una punzadita. Pero ahora ya me duele, amiga. 

    – ¿Sí? ¿Y ya cuantos días llevas con la punzadita? 

    – Varios días. Va y viene. 

    – Qué raro… 

    – ¿Sabes qué, amiga? Mejor me voy a la clínica a que me vean, por si acaso… 

    – Sí, no te preocupes. Gracias por venir a la reunión, en serio. Te llamo mañana para saber cómo salió todo. 

    – Claro, síguela pasando bonito y de verdad, discúlpame, pero me duele en serio, mejor me voy a que me vean en la clínica. 

    – Hola amiga, ¿cómo te fue ayer? 

    – Amiga, me operan mañana, estamos llenando mil y un papeles. 

    – ¿Ah? – inevitable esconder mi sorpresa mayúscula –, pero, no entiendo, cómo que te operan, de qué… 

    – Llegué a la clínica y me hicieron pruebas para descartar varias cosas. Hasta que en la ecografía salió que tengo cáncer, amiga. Es cáncer. Estoy en Fase III. Ovario… No entiendo nada… 

    Veo a la madre de Ulma, espera en el pasillo, mirando su celular y respondiendo al WhatsApp con evidente desgano. Qué agotada luce… 

    – Hola hija, gracias por venir. 

    – Por nada, señora, por nada. ¿Cómo está Ulma?, ¿le han dicho algo? 

    – Sí, ya salió hace un rato el médico. Le tuvieron que sacar todo el aparato reproductor, el cáncer está muy avanzado. A mi hija. ¡A MI HIJA! Esto es una pesadilla… 

    Ulma. Mi amiga de niñez. De adolescencia. A la que cuando vi por primera vez me cayó mal, y de la que pensé que seguramente estudiaba en un colegio de pitucas, y resultó que estudiaba en mi colegio (¡jajaja!). Con la que salíamos a ir a montar bicicleta de adolescentes, yo en mi bicicleta roja de carreras – ¿qué habrá sido de esa bicicleta? – y ella en su Monark azul, rojo y blanco. En mi retina tengo el recuerdo de ella bailando La Bilirrubina con su padre en su quinceañero, como si al día siguiente se acabara el mundo; ella con su cabello largo y su vestido blanco. Yo tuve que tirarme al suelo para rogarle a mi papá que me diera permiso para ir a su quinceañero porque justo me habían castigado dos semanas cuando se celebraba (mi papá se apiadó a las 10 de la noche y me dejó ir). Ulma, despidiéndome cuando me fui ese verano a París. ¡El coro de la iglesia! Confiarnos que, por más que Bru era nuestra amiga, “déjate de cosas, Bru tiene la madurez de la pepa de los aguacates del mercado, amiga”. ¡Cuando Ulma volvió de Miami! Yo que pensé que jamás la volvería a ver, y ahí estaba, dos años después, en mi casa, contándome que había visto a Timbiriche en concierto y que se regresó porque se dio cuenta que la universidad era muy cara por allá. ¡Los viernes de sangría en caja! Yo preparaba los tequeños y ella compraba la sangría. Ulma ama mis tequeños y mi guacamole. La vez que su mamá se enfadó con ella porque no sabía cocinar y le exigió que ese día, vaya usted a saber cómo, preparara el almuerzo para toda la familia, con entrada y bebida, sí señor. Ulma, que, para freír un bistec, lo aventaba al aceite caliente y se iba corriendo… y en esa época, Google era un sueño digno de Los Supersónicos. “Amiga, tú sí sabes cocinar, qué compro en el mercado, por favor”, me dijo. “No te preocupes, Ulma. Yo ya terminé de preparar el almuerzo en mi casa, vamos al mercado y luego a tu casa a cocinar, le pido permiso a mi mamá, Ulma”. Y así, acompañé a Ulma al mercado, hicimos las compras y terminé yendo a su casa y cocinando para su familia (que jamás se enteró que el almuerzo lo hice yo). La vez que me llamó a la 1 a.m. llorando, “amiga, estoy en el Chulo´s, me he peleado horrible con Hugo, me ha metido una cachetada delante de todo el restaurante y se ha largado; me dijo que no trajera ni dinero ni tarjetas, me he quedado con la cuenta, por favor, no me dejan irme del restaurante, ven con tu tarjeta o efectivo, la cuenta es alta, ven por favor”. Y yo saliendo de la cama y cambiándome el pijama, y mi mamá viéndome buscar mi llave: “¿Vas a salir? ¡Es la 1.30 a.m.! No, no vas a ningún…”. Le interrumpí: “Mamá: no te estoy pidiendo permiso, te estoy INFORMANDO que me voy a buscar a Ulma y llevarla a su casa”. Qué decidida me habrá visto la doña, que solo me dijo: “ten cuidado al tomar el taxi… vas con cuidado”. ¡Cuando me fuiste a visitar a París, Ulma! Hasta nos tomamos un vino en caja en el cuarto de hotel donde te hospedabas. Veo las fotos, éramos unas niñas… Y una niña fue lo que me anunciaste que esperabas 5 meses después. Verla a ella es verte a ti, Ulma, una versión nueva y joven de nosotras. 

    Mientras abro el armario para buscar el vestido blanco que sé me pondré con las sandalias que le combinan, pienso en la fortaleza de tu cuerpo, Ulma. De tus ganas de aferrarte con todo aquí. Por tu hija. Ahora te tocó a ti bailar Carlos Vives con ella en su quinceañero. 5 años aguantó tu cuerpo, Ulma. Me siento abrumada de ver tantas flores y…  

    – ¡¿Pero a quién se le ocurre poner música en un velorio?! 

    – La lista de Spotify la dejó preparada ella. Quería que pusieran música alegre y nada de colores oscuros. Yo acato lo que ella me pidió… 

    Ulma me deja el recordatorio de vivir el día a día, agradecer y ¡joder, la vida, con todas sus cosas, es una, vívela! 

    Tú eres la alegría de las canciones de Carlos Vives. 

    Dedicado a Pau y a P. 

    Autora: Silvia A. Lucho Molina.

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    Twitter: @silvia_alisa

  • Alza la voz por ti

    Alza la voz por ti

    “Yo no te eduqué para que permitas que nadie nunca te falte al respeto. Siempre supe que serías una locomotora que cuestionaría aquello que estuviera mal, que alzaría la voz para cambiar el ‘status quo’ cuando tu libertad y la de otros estuviera en juego”. Es lo que me dijo mi papá cuando le pregunté si hacía bien al decirle a mi ex esposo que no aceptaba sus gritos, ni cuando la comida le sabía mal, ni cuando me había olvidado de hacer la compra en casa por estar distraída con la maestría en negocios que estaba estudiando en ese momento.  

    Me encantaría decir que esta historia que me pasó hace once años es cosa del pasado. Que son pocos los hombres que siguen pensando que tienen derecho de propiedad sobre sus parejas; que las tareas del hogar son responsabilidad de la mujer; que la comida debe estar lista y debe ser rica, nutritiva y abundante; que sus camisas deben estar planchadas y ordenadas en el clóset; que los hijos deben ser educados, tener las mejores calificaciones y ser guapos como su padre, y que, todo eso, es responsabilidad de la mujer de la casa.  

    Lamentablemente debo decir que hay muchas historias como la mía que se siguen repitiendo. Es necesario visibilizarlo para generar conciencia y acabar con el maltrato, el machismo y la inequidad de una vez por todas. Todo esto, en una sociedad que aún presenta una tremenda desigualdad. 

    Estamos ya en el año 2020 y es hora de cambiar la creencia de que las mujeres hemos de encargarnos de la administración del hogar porque es un “deber” que algún ser superior nos ha encomendado. Y que, además, lo ha hecho por haber nacido de género femenino. Si tan solo la sociedad comprendiera que ser un equipo es un mejor negocio para todos…  

    ¿Que es fácil? ¡NO! ¿Que vale la pena? ¡TOTALMENTE! Un hogar en donde hay un equipo es un hogar de personas felices, libres, creativas, seguras y esto se contagia a los hijos que, además, luego construyen hogares igual de saludables. Un hogar de acuerdos, en donde hace la compra el que sale más temprano de la oficina, en el que cocina el que sabe o al que le gusta hacerlo, un hogar en donde la mujer trabaja y el hombre se queda en casa porque así lo han decidido en pareja, es un hogar real, auténtico, que promueve la felicidad y la realización de sus miembros. 

    Y esto es de lado y lado, porque las mujeres tenemos mucho que cambiar si queremos realmente transformar la sociedad y construir una realidad con más equidad para las mujeres que vienen detrás. Mi recomendación: ¡si quieren trabajar, háganlo! Y sean las mejores en lo que elijan ser. Conviértanse en el CEO con el que sus padres querían casarlas; ganen más que sus parejas; llévenlos de vacaciones; paguen las cuentas de la casa, la educación de sus hijos, y, por favor, no se olviden de ser un equipo. 

    La vida nos ha enseñado que estamos de paso y que lo más importante es disfrutar el momento. Construyan relaciones saludables, tengan amor propio; respétense y respeten; cambien su realidad, si la misma no les hace feliz, y recuerden siempre: “La libertad no tiene precio y debe ser su eje en la vida”.  

    Es hora de eliminar los estereotipos, cambiarlos y actualizarlos. Ya no estamos en la época medieval, esto es el siglo XXI, es tiempo de cambiar nuestras creencias y construir un mundo nuevo, sin reglas, porque cada pareja es distinta. Siéntanse en la libertad de crear su realidad y la de su familia, y vivir feliz en libertad.   

    Autora: Cristina Páez.

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