Categoría: Pandemia

  • El Parte Médico

    El Parte Médico

    Cuando recobré la conciencia, la gente que pasaba se había acumulado formando un amplio círculo a mi alrededor. Me miraban como si se fuese a producir en mí una gran transformación que no quisieran dejar de observar, pero desde lejos, como curiosos impacientes. Fue una enfermera la primera en acercarse “¿Puede respirar?”, me preguntó, buscándome en el pulso los signos vitales. Me resultaba penoso estar a merced de aquella gente a causa de mi debilidad súbita, pero no me sentía peor, sino algo mejor, solo un abandono de la fuerza biológica. La enfermera sacó de su bolsillo un tanque de oxígeno diminuto que limpió con un pañuelo y comenzó a animarme. “No podemos dejarlo aquí, estamos estorbando el paso, hay que subirlo a la ambulancia y llevarlo a la enfermería”. “Ayúdeme, por favor” le supliqué. No quería ir a la enfermería, precisamente eso quería evitar, que me llevaran más lejos; cuanto más lejos me llevaran, más difícil sería para mí volver. Sin embargo, no podía mantenerme en pie. La gente alrededor parecía haberse ido hace tiempo, un hombre de mediana edad apareció en la periferia. “Ayúdeme a levantarlo” dijo la enfermera al hombre de mediana edad. “No entiendo, por qué ayudamos a este señor, evidentemente esto ya no es nuestro asunto, sino de la Fuerza Sanitaria” dijo el hombre de mediana edad, mientras pasaba su mano por debajo de mi brazo y la enfermera por el otro. “Bueno, arriba,” dijo la enfermera. “Se lo agradezco mucho a los dos” dije, ladeando cabeza, aunque la verdad me hubiera hecho mucho bien quedarme ahí. Estaba como mareado, como en un barco a la deriva en medio de una fuerte tormenta. Solo el miedo a terminar en una enfermería, donde los pacientes iban a morir en el más completo abandono, me mantenía luchando, aferrado a la conciencia. Me resultaba incomprensible el lugar a donde me llevaban el hombre y la enfermera, estaba en sus manos, si me soltaban caería como una tabla. Por último me di cuenta de lo que hablaban, oía un rumor que lo llenaba todo, como la de una sirena. “No a la enfermería” murmure lo más alto, aunque ya totalmente de forma incomprensible. Oí decir “Hallado muerto en la mitad de la calle, sexo masculino, presumiblemente problemas respiratorios, muerte súbita, al momento no traía identificación, métanlo en una bolsa, con los otros”

    Autor: René Ávila.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 5/12

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  • Pedro

    Pedro

    Me acabo de despertar. Siento el cuerpo y el corazón calentitos, es más, mientras lo pienso siento que me duelen los cachetes de la sonrisa que tengo. Giro mi mirada hacia la derecha y veo el calendario que hizo mamá con un animal por cada día que llevamos encerrados en casita por esta maravilla del Clovit-9. Ese calendario tiene dos animales importantes seguiditos; uno es el Equidna y el otro un Chancho. ¿Qué era un Equidna? me pregunto; JA JA JA, me estoy riendo mientras se me viene a la mente la forma que mamá lo dibujaba para explicármelo después de darse por vencida cuando lo intentaba con palabras. Tú sabes, como cuando conoces que esa persona está haciendo su mejor esfuerzo en la vida, pero no entiendes nada; aunque siempre digo que si a cada pregunta, pues estoy enamorado de esa sonrisa desde que tengo memoria y sigo esos ojos cafés a cualquier lado, porque hablan a un ritmo tan dulce y pegajoso como las canciones de la ABA. Ella también dice que es “mamá”, pero no se de quién; es que a veces los grandes son bastante difíciles de entender y la ABA es muy grande.

    Me perdí, ¿en qué iba? Ah si, el equidna es importante porque representa el día de la madre y el siguiente día es el del chancho, que coincide con mi súper cumple. Mamá dice que fue como si Santa se retrasará con los regalos de Navidad; la verdad no le entiendo el chiste, pero sé que si sonrío a ella le salen chispitas de alegría, así que lo hago todas las mañanas para practicar y estar preparado en todo momento.

    Antes de bajarme de la cama para ir a buscar a mamá, me siento a rezar y a darle las gracias a Diosito.

    Gracias Diosito por mandarnos el Clovit que tanto te había pedido; desde ese día mamá está conmigo siempre, me da tantos abrazos que ya casi no me acuerdo lo que es estar en la tarde solo con mis juguetes; ella ha aprendido a disfrazarse, jugar fútbol, hacer historias con sombras, dar exhibiciones de magia, cocinar pasteles de limón, coser mis medias rotas y dar CLASES! Siiiiii! es lo mejor de todo, desde ese día también mamá empezó a ser mi profe de…. Bueno de todo; como ella tiene ese don de la “GENIALIDAD” se le hace muy fácil y me tiene más paciencia que los profes del cole. De pronto escucho algo a la derecha, es mamá; no entiendo bien porqué ruedan lágrimas por sus mejillas rosadas pese a que sonríe y mantiene su vista en mí con una expresión de cariño. ¿Mami, me estabas escuchando? Si amor, como nunca lo había hecho en estos cinco años y amo ser tu mami y tu profe; lo primero lo haré toda la vida y lo segundo, hasta que Diosito decida que deba ir a ayudar a otros papás en la oficina, ¿De acuerdo? Le respondí que si con una sonrisa recién entrenada, aunque ella no sabe que Diosito tiene un acuerdo conmigo para que mamá se quede en casa para largo!

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 4/12

    Autor: Miguel Viniegra

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  • ¿Físico o mental?

    ¿Físico o mental?

    1 – ¡Vamos! – ¡Mierda de virus, no aguanto más! ¿Para qué me obligan a quedar en casa sin motivo? Qué gobierno más inútil. 2 No entiendo a la gente, ¿es tan difícil seguir normas y recomendaciones? Ahora resulta que todos son expertos, jueces y ejecutores de leyes. 3 – ¡otra más! – En redes sociales no puedo decir nada sin que alguien me ataque, me amenace, me bloquee o, aún más improbable, esté de acuerdo conmigo. 4 Las noticias solo están llenas de reporteros que sueltan “datos” sin análisis ni reparo de las posibles consecuencias. La mitad alaban al gobierno, la otra mitad lo sataniza. 5 – ¡Vamos solo 6 más! – La economía se desploma. Las empresas apenas pueden mantenerse pagando sueldos sin tener clientes ni ventas en casi dos meses. Será la ruina y millones sin trabajo. 6 Los pocos que mantengan el trabajo, probablemente les pagarán menos y apenas llegarán a fin de mes, peor aún pensar en vacaciones o disfrutar algo. 7 – ¡así! ¡vamos! – ¿Disfrutar qué? No hay como ni reunirse con los amigos a beber una cervecita helada o a un picnic en el parque. 8 – ¡3! – Peor coger mi moto y salir a dar una vuelta porque enseguida cae la multa por saltarse el confinamiento. 9 – ¡2! – Y que mal…justo tenía comprada la entrada al concierto que me costó tanto y fallece el cantante contagiado…10 ¡encima caen los religiosos a decirme que rezando todo mejorará! – ¡listo! –

    – Ufff descanso…1 minuto –

    11 – ¡segundo set, qué cansancio! – Nunca fui una persona religiosa. De todas maneras, ser positivo y tener fe de que todo mejorará no hace daño a nadie ni está de más en absoluto. 12 Entré en Instagram y vi que en todo el mundo están haciendo tributos online gratuitos a aquel cantante que falleció. Qué genial ver como su música y su historia llegó a tanta gente a nivel mundial. 13 – todavía quedan 8… – La verdad escuché que menos tráfico y contaminación le está haciendo bien al planeta, las flores están creciendo en lugares que no pasaba desde hace mucho tiempo, llueve de nuevo y todo está más verde, así que cuando vuelva a montarme en mi moto, seguro que los paseos y los paisajes serán aún más especiales. 14 Ya no me reúno con mis amigos en un bar, pero debo admitir que ahora hablo más con ellos de lo que lo hacía estos últimos tiempos. Me cuentan su día a día y siento que los estoy conociendo nuevamente como cuando teníamos 14 años. Me había olvidado cuánto los extraño. 15 – las últimas con rodilla, ya no jalo – El tema trabajo siempre ha sido complicado, y si logro mantenerlo después de esta pandemia, genial; sino, hay que buscarse la vida, siempre con buen ánimo y siempre feliz por aquellos que si lo lograron. La próxima vez, tal vez la suerte me sonría a mí. 16 las empresas apenas se mantienen…! ¡Pero cómo se mantienen! ¡Qué creatividad, qué proactividad! ¡no se rinden nunca y salen adelante como sea! Son un verdadero ejemplo de lucha y superación. 17 – ¡vamos! – Es verdad que las noticias me agobian, pero también me alegra mucho el día ver las historias sociales de mi comunidad: los policías cantando feliz cumpleaños a los niños, los jóvenes haciendo las compras de los mayores, los voluntarios ayudando a empacar y llevar las mascarillas donde haga falta y los médicos y personal sanitario guerreros a los que trataré con estas repeticiones y ejercicios de no darles trabajo hasta por lo menos dentro de unos 40 años. 18 – ¡3! – Qué genial la tecnología que me permite hablar con mi familia y mis amigos todos los días a pesar de estar tan lejos. Poder ver a mi sobrina crecer y que ella siga riéndose con sus tatos para que no se olvide de nuestros rostros. 19 – ¡2! – Esta gente que le cuesta tanto… pero que entiendo que nunca han pasado por una situación igual y que probablemente estén haciendo lo mejor posible igual que yo para aguantar los días. Podemos mejorar sin duda, pero nunca dejar de intentar. 20 – ¡La última! – Yo primero que nadie debo calmarme, pensar, reflexionar y actuar de la mejor forma posible para ser un ejemplo y ayudar con mi granito de arena a salir de esto y no esperar que solo me den la solución fácil. Sé que puedo hacerlo y no me rendiré.

    – ¡Uffff qué cansancio! Listo pecho y espalda, mañana toca piernas y abdominales… –

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 3/12

    Autor: Diego Méndez.

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  • Miguel

    Miguel

    Miro al reloj de la pared. Llevo seis horas, he terminado. Tengo la certeza de haber hecho un buen trabajo. Mis compañeras me confirman que los parámetros son normales, respiro profundo, relajo un poco los hombros, estiro los dedos y giro ligeramente el cuello de un lado a otro. Y empieza la lectura del protocolo. Me siento sudado, incómodo y no presto mucha atención. Se hace un silencio incómodo, Marta me quiere y se detiene por mi bien. Empieza la lectura de nuevo.

    Voy siguiendo sus instrucciones. Me quito un protector de la cabeza. Tiro de una de las cintas laterales y luego fuertemente del pecho de la bata. Saltan los velcros de la espalda. Después me retiro las mangas y con ellas sale el primer par de guantes. Siento algo de alivio. Vamos por la mitad. Después gel para desinfectarme el segundo par de guantes. Me retiro el primer par de calzas de los pies. Marta no me quita ojo de encima y continúa dando órdenes muy precisas. Me desinfecto nuevamente los guantes. Me retiro la segunda protección de la cabeza, luego las gafas y luego la mascarilla fp3. Me queda colgando un trozo de gasa en la nariz que retiro con cuidado. Mas desinfectante de manos y tercer protector de cabeza y segundas calzas fuera. Más gel y último par de guantes. Gel y gel y gel… esta vez a fondo sobre mis manos libres al fin. Salgo de quirófano y me retiro mi último gorro protector y mi último par de calzas.

    Madre mía. ¿Lo habré hecho todo bien? Voy al baño. Me miro a un espejo. Tengo la cara marcada por la presión ejercida por los elásticos de las gafas durante tanto tiempo. Son unos surcos rojos que me afean y mucho, pero de los que estoy en cierto modo muy orgulloso. Hoy es uno de esos días en los que me puedo mantener la mirada, en los que no me culpo ni me halago, solo me veo a mí mismo y me reconozco.

    Cansado, cierro los ojos, me lavo la cara y siento que algo me molesta. Me he dejado la mascarilla quirúrgica colgada del cuello. Ese primer instante de despiste. Qué error. Me la quito. La sujeto un instante en la mano, suspiro y la tiro con rabia en la papelera. Me lavo nuevamente las manos cabreado conmigo mismo.    

    Salgo con paso firme, con ese gesto mío de no me hables que ahora muerdo, y Marta, como no, que me conoce de sobra, me mira y me suelta, ¿ya será para menos, no? La puta mascarilla quirúrgica, le espeto y sigo: “Parezco bobo. Bueno me voy. Mañana será otro puto día de mierda en este infierno”. Sé que no se merece el tono, sé que mi equipo es titánico, unos jabatos que se han partido el alma, que se están dejando la vida aquí. Sé que mañana será otro día, lo de bueno o malo, ya lo veremos. Este es mi puto trabajo. Llevo 20 años luchando para estar aquí, ahora me toca demostrar de qué pasta estoy hecho…. Demasiado en juego.

    Vivo cerca del hospital, ya está oscuro, pero no hace frío. El aire en la cara me distrae nuevamente. Consigo no pensar en nada. No hay nadie en la calle, no debería, y eso me reconforta. Me da esperanza. Pienso… si la gente se porta bien, igual tenemos un respiro. Voy a cruzar la calle y veo a un corredor. Me hierve la sangre en un segundo. “Hijo de puta”, le grito. El tipo se para me mira desafiante y me dice: “Métete en tus asuntos cabrón. No me hagas ir hasta ahí y partirte la cara”. Le contesto: “reza porque cuando lo necesites sean estas las manos que te toquen miserable”. No sé muy bien por qué se lo he dicho. Me giro sigo mi camino llorando como un niño hasta llegar a mi casa. Abro la puerta, llega corriendo Juan, mi niño de cinco años, la luz de mi vida. “Cariño, no me toques. Espera a que papá haga el ritual de entrar en casa. Ahora te abrazo en un momento”, le digo con la voz ya rota del todo. Se para en seco, me mira, le cambia el semblante, se le oscurece como la noche y corre buscando refugio en su madre. Esta vez ya lo tengo más claro, mañana seguro será otro día de mierda. 

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 2/12

    Autor: Félix Espoz.

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  • La historia de Pocho

    La historia de Pocho

    4:35 am, el mismo calor de siempre, la humedad recorre todo mi cuerpo y no he podido dormir nada. Me levanto con cuidado para no despertar a Meche y Carlitos de la cama, piso con cuidado para que Jully y Janina sigan durmiendo. Por fin salgo de la casa y siento el aire tibio de la mañana de Guayaquil, que me recuerda que estoy vivo en una tierra de muertos; muertos que cada año se aparecen en la misma época por el dengue, chikungunya y los malditos matones de Ronny, que nos hacen ver como normal que cada día mueran dos de nuestros vecinos; mierda, cómo puedo pensar que esto sea normal. No tiene mucho sentido seguir pensando en Ronny, ni el desgraciado está trabajando por el virus, el virus que hoy nos está convirtiendo en una tierra de muertos.

    Necesito lavarme rápido. Cojo el jabón azul y me froto todo el cuerpo, para luego lanzarme a la zanja de agua, que por cierto, hoy se ve limpiecita. Necesito llegar fresco al trabajo, al final de cuentas, gracias a Dios tengo uno y así mantengo a mis cuatro perlas. Regreso lavadito a vestirme a casa con el ánimo arriba. “Meche”, le digo bajito a mi princesa, cuide de los bebes que me voy a trabajar; en la olla está la platita de la quincena que por fin el jefe pudo cancelar esta semana, tarde pero mejor que nunca.

    5:25 am, busco un bus, tricimoto, intento halar dedo y nada, nada y nada maldita sea, no hay en qué moverse. Empiezo una larga caminata a mi trabajo, debo estar ahí a las 7:30 am. Reviso el reloj y me doy cuenta que si alcanzo, pero no me va a servir de nada el haberme bañado. En el camino le pregunto a un policía si me puede acercar, pero me dice entre educado y asustado, ¿qué hago en la calle?, camino a mi trabajo mi jefe, le respondo. Más serio y seguro me pregunta otra vez, ¿En qué trabaja? ¿qué no sabe que no puede caminar por la calle? Están suspendidas las actividades en todo el territorio. Le respondí, SI, con tono serio; y le aclaro, trabajo en la gasolinera “La puntilla”, esta es mi carta y puede ver mi uniforme. “ya dele, dele”, me responde entre una mezcla de autoridad y molestia.

    De camino al trabajo, pienso en todo; Meche, los guaguas, el abuelo Lautaro, Don Jorge de la tienda y solo al final me viene una dosis de tranquilidad, hace tres meses Don Carlos me ascendió de atender en el surtidor al mini market; es una maravilla con aire acondicionado, donde cada cierto tiempo puedo sentarme, me paga casi el doble del mínimo y sobre todo no tengo que coger tanta plata en la mano, que es el principal botín de los últimos meses en la ciudad. La sensación de tener tu primer contrato legal, es indescriptible.

    Por fin llegué; hola Anita!… ¿Qué pasa Anita? Don Carlos dice que te acerques a su oficina por favor, con mascarilla y guantes, así como estás.

    Hola Don Carlos, ¿cómo está?; hola Pocho, triste pero necesitaba decírtelo personalmente. Siento algo helado por mi espalda, las caras de mis perlas cruzan mi cabeza a una velocidad increíble, quiero ponerme a llorar y todavía no me ha dicho nada Don Carlos, pero ya se que me va a decir. Llevas poco tiempo con nosotros, pero es evidente que eres muy bueno y por eso te ascendí tan rápido, pero Pocho, el gobierno nos dice que no podemos atender en el minimarket los próximos 120 días y es el gasto más alto que tengo. Entiende que la inversión que hicimos fue muy alta y sin ingresos ya no puedo resistir si no me quedo con menos personal… si retiro a las personas que menos tiempo tienen puedo cumplir con sus liquidaciones completas. Don Carlos no logra terminar sus últimas palabras sin empezar a llorar. Ya todo está terminado, otra vez volver a mi realidad de mis últimos quince años, vender cualquier cosa para sobrevivir…. creo que María tenía mascarillas o ¿si la meche las cose?.

    Una de tantas historias incompletas de una Pandemia. Historia 1/12

    Autor: Miguel Viniegra

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