Diciembre del 2011, suena mi despertador, 4 AM, debo alistarme pronto para llegar a tiempo al aeropuerto. Menos mal viajo con mi amiga para realizar este estudio de mercado. Los investigadores dirán ¿en diciembre? Pues sí, temas ajenos a nuestra voluntad hicieron que fijemos esa fecha. Un viaje que realmente no nos entusiasmaba por la realidad política del país. Sin embargo, allá íbamos, con actitud positiva y dispuestas a realizar nuestro mejor trabajo.
El dueño de la empresa en la que trabajábamos era gran amigo de un cantante ex integrante de la banda hispana más famosa de los 80, que, por razones que no conocíamos, sin ser oriundo de Caracas, tenía un apartamento en uno de los lugares más exclusivos, Altamira…
Con la llave en la mano nos dirigimos al lugar luego de un viaje tranquilo y sin contratiempos…
Al llegar, las cosas no pintaban bien, parecía abandonado por fuera, y nuestra sensación de seguridad y tranquilidad de hospedarnos allí se desvaneció por completo cuando abrimos la puerta… Telarañas, polvo y un olor indescriptible a olvido, abandono y soledad invadían todo el ambiente. Al revisar cada habitación se veían cosas sin arreglar, daba la sensación de que los últimos inquilinos salieron por una emergencia y nunca más volvieron.
Ante tremenda sorpresa no podíamos instalarnos, de hecho, mientras pensábamos qué hacer, nos sentamos en la sala y tuvimos que levantarnos inmediatamente pues el polvo nos dio la bienvenida con una ola blanca y alta, que, en lugar de alegrarnos, nos hizo salir en estampida… Ya en el taxi, con las llaves de la fortuna, prendimos nuestros celulares y pudimos llamar al dueño de la empresa para contarle que no nos íbamos a hospedar en el apartamento que muy amablemente le ofreció su amigo… Todo apenado y sin poder explicar lo ocurrido terminó la conversación.
Lo que teníamos que hacer de inmediato era buscar un buen hotel para poder desayunar (a la 1 PM) y así continuar nuestra agenda de trabajo. Fuimos buscando hoteles a lo largo del trayecto. Luego de 10, sin habitaciones disponibles, nos dimos cuenta de que la fecha no solo era mala para hacer estudio de mercado sino para viajar a Caracas, una cumbre de la CELAC tendría lugar al día siguiente, delegaciones de todos los países invadían la ciudad. Sin aguantar más el dolor de cabeza, fruto de no haber probado un buen bocado desde muy temprano, realizamos una parada… Maletas y dólares en mano, menos mal el taxista y muchos lugares aceptaban es moneda, fuimos a desayunar junto a nuestro ‘mejor amigo’ en ese momento: “Google”. Mientras comíamos se aliviaba nuestro dolor de cabeza y nuestra lucidez para planear salidas… Tras llamar a un sin número de hoteles no encontramos habitaciones, ni tan siquiera en los resorts ubicados a 1 hora de la ciudad…. Nuestra búsqueda desesperada no daba resultados.
Nuevamente en el taxi emprendimos una búsqueda de lugares con menos estrellas, que tampoco fructificaba, sin darnos cuenta que estaba ya oscureciendo. Llevábamos 6 horas dando vueltas sin rumbo, hasta que la taxista (una bella mujer) nos sugirió quedarnos en un Motel… Cansadas, desesperadas y con ansias de darnos un baño, nos miramos y dijimos: “Por favor, que sea el mejor que conoce”.
Llegamos al lugar jalando las maletas, solo el ruido de las ruedas hablaba mientras nos guiaban hacia la mejor habitación. En realidad, luego de lo que habíamos visto por la mañana, era deslumbrante: una cama inmensa de agua color rojo nos esperaba; espejos en todos lados nos recibían; y tenía un jacuzzi. Algunas sillas raras nos servían para colocar las maletas. Necesitábamos una ducha urgente… ¡Dios mío! ¿Cómo me baño si no hay puerta? Fue lo primero que pensé.
Amanecimos ambas en la cama de agua, con ojeras y meditabundas, sin saber si en este nuevo día que empezábamos nuestra búsqueda interminable daría sus frutos. Apresuradas en salir, nuevamente el sonido de las ruedas de nuestras maletas era lo único que se escuchaba. El taxi nos esperaba para llevarnos a desayunar al mejor lugar de arepas, que sin duda nos aliviaría las penas, y, además, al fin podríamos encontrarnos con el dueño de la empresa que organizaba la logística del estudio de mercado. No esperamos ni que se presentara para darle un abrazo y contarle nuestra indescriptible odisea… Se convirtió en nuestro guía y ocupó el puesto de ‘mejor amigo’ a partir de ese momento…
La cumbre estaba en su apogeo; siendo el primer día no teníamos esperanza de encontrar habitación y psicológicamente nos estábamos preparando para regresar y dormir en nuestra inmensa cama roja de agua. Al terminar la jornada de trabajo, luego de un delicioso almuerzo con nuestro mejor amigo, nos dice que fue muy difícil conseguir habitaciones, pero luego de la participación de un delegado, un par de asistentes dejaron 2 libres en un hotel de la ciudad. ¡Lo logró! Teníamos reservas, pero debíamos llegar de inmediato.
Llegamos al hotel llamado ‘Presidente’. Mientras nos guiaban a las habitaciones, nuevamente se escuchaba el sonido de las ruedas de las maletas, pero esta vez, con seguridad, mi habitación no tendría la inmensa cama roja de agua, ni espejos en el techo.
Una de tantas historias sobre viajes. Historia 7/12
Autora: Katya Oña

