Etiqueta: Ana Verónica Andrade

  • Carta a una futura mamá

    Carta a una futura mamá

    Mamá quiero poder elegir… para elegir ser verdugo.

    Que nadie me malinterprete, quiero poder ser verdugo antes que víctima.

    Por cuestiones diversas, siempre nos hemos situado en un escenario de aceptación y resignación. Yo, personalmente, no tengo ninguna historia aterradora que contar, pero si la vida es un juego, he perdido la partida sin haber jugado. 

    Podríamos decir que he sido sujeto de otro, que siente necesidad de afianzar su estatus. A partir de ahí, abundantes historias que contar, si bien, lo que me queda claro es cuándo puedo hablar y qué no puedo decir.

    Asumimos y aceptamos que puedan asaltarlos por la calle, con un simple «que te den» por respuesta, si no te conformas con el miedo, invadiendo nuestro espacio como si fuera propio.  Ahí te das cuenta del lugar que ocupas en «espacio público» y, evidentemente, no tienes el mismo derecho que tu agresor, eso ya te lo deja claro, le perteneces.

    Despentes ya explica en su libro que «las mujeres tenemos que aceptar que ser libres conlleva sus riesgos». Unos riesgos que nadie ha tenido en cuenta cuando nos desarrollamos como humanos y, por lo tanto, define nuestro destino.

    Mamá siempre recalcó: «Ten cuidado», “mantente alerta”, cual cervatillo sobreviviendo atento ante un posible ataque del depredador. Y estos consejos me mantuvieron alerta, evitando riesgos, pero con miedo. Lo que nadie me explicó es que me iban a soltar en mitad de la guerra, porque las mujeres estamos en guerra, constante, y sangramos más de una vez al mes para partirnos la cara.

    Cuando pensamos en guerra imaginamos soldados armados hasta los dientes, pero ¿por qué a nosotras nos mandan a la guerra sin armas?

    Necesitamos con urgencia restablecer conceptos, repensar la realidad, cambiarla.

    Necesitamos aprender a defendernos, a reaccionar ante un ataque, no como víctima ya definida, si no como una soldado más. Pues perpetuar este engranaje siempre nos definirá perdedoras, con un claro ganador, que no es él (persona del sexo masculino).

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autora: Elisa Jiménez Azcona

  • Editorial

    Editorial

    Hace un par de semanas leí en alguna red social un titular: “¿A los hombres también les pasa?”. Era una serie de micro historias que se alimentaba con los comentarios de mujeres contando sus experiencias en situaciones en las cuales se habían sentido violentadas. Predije que era una cosa sensacionalista de esas que se inventan los grupos extremistas que intentan cambiar el mundo con marchas y gritos histéricos. Nunca
    entendí muy bien esa dinámica.

    Decidí continuar leyendo por simple curiosidad y pasé de un comentario a otro sin prestarles mayor atención. De repente, reconocí un nombre. María Gabriela J., mi exnovia del colegio. Una niña inteligentísima con quien tuve las charlas más profundas.
    Nunca más conocí alguien como ella. Recordé su sonrisa y sus pecas enmarcadas por la una larga cabellera castaña, nuestro primer beso a los 14 años en un paseo a la
    montaña… cuantos recuerdos. A los 16 me mudé y me cambié de colegio, no supe más de ella a pesar de jurar llamarla. No cumplí. Volví a la realidad y me concentré nuevamente en la lectura. Podría ser interesante su punto de vista: «Cuando tenía 17, un día martes, esperaba el autobús para ir al colegio. Eran las 6:45 am
    y estaba sola en la cuadra. De repente, apareció trotando un hombre en ropa deportiva, supongo que tendría unos 40 años. Al aproximarse a mí, ralentizó el paso, sacó su miembro y empezó a masturbarse mientras me miraba los pechos. Yo traía puesto mi
    uniforme, no se veía absolutamente nada, no entendía lo que estaba sucediendo. Cuando quiso aproximarse fui presa del pánico. Afortunadamente dobló la esquina el
    transporte escolar, el tipo se cubrió y siguió trotando como si nada. ¿A los hombres también les pasa?”.
    Al terminar su historia sentí una punzada en el corazón. ¿La dulce Gaby había pasado por algo así? Yo iba todos los días a buscarla a su casa para ir juntos a la parada del bus.
    Me sentí miserablemente triste al leer sus palabras y me imaginé a mis hijas
    adolescentes en una situación similar. Y sí, a mí jamás me había pasado. Entonces sí que puse atención a lo que aparecía a continuación. Algunas historias eran abrumadoras:
    Rosario A.: “En mi trabajo un día en que me quedé un par de horas después de mi jornada normal terminando un informe, mi jefe me llamó a su oficina y me pidió que
    cerrara la puerta. De repente lo tenía sobre mí quitándome la ropa y diciendo que él veía como yo le lanzaba miradas lujuriosas, que no fuera tan perra para resistirme en
    ese momento. Me violó y me amenazó con echarme si lo denunciaba. A los pocos días renuncié, aunque necesitaba muchísimo mi empleo, no pude volver a ese lugar. ¿A los
    hombres también les pasa?”.

    Ana L.: “Estaba cursando mi segundo año en la Facultad de Arquitectura. Recuerdo inscribirme en una clase de historia del arte. El profesor era un señor bastante mayor, yo tenía 20. Unas semanas después del inicio del curso me propuso ser su asistente de
    cátedra pues le habían gustado mi desempeño además de mi récord académico. Acepté, era una buena oportunidad para aprender. Al poco tiempo empezó a hacerme invitaciones a salir, las cuales rechacé categóricamente, hasta que un día me lo encontré fuera de la cafetería donde yo trabajaba medio tiempo. Se ofreció a llevarme a casa y al negarme intentó forzarme a entrar en su auto. Afortunadamente salieron varias
    personas y pude escapar. Perdí el semestre, abandoné su clase y nunca más pude volver a salir sola de la universidad ni de mi trabajo, él siempre estaba afuera esperándome.
    ¿A los hombres también les pasa?”.

    Luciana M.: “Yo les voy a resumir mi situación en pocas palabras: me pagan menos que a mis compañeros hombres por hacer el mismo trabajo o más. Y como tengo un cargo alto dicen que tuve que acostarme con alguien para conseguir mi puesto. ¿A los hombres también les pasa?”.

    Raquel R.: “Un día en una fiesta de la universidad mi novio y un amigo suyo me dieron una bebida que contenía escopolamina. Yo no sabía que me estaban drogando. Me violaron entre los dos mientras estaba inconsciente y me dejaron en la calle a la madrugada. Alguien me encontró y me llevó a un hospital público cercano. Resulta que la culpa fue mía por andar con dos hombres. Por favor, ¡eran mi novio y su mejor amigo! Los desgraciados me destrozaron no solo física sino también emocional y psicológicamente. ¿A los hombres también les pasa?».

    Blanca A.: “Subí a un taxi el otro día en la Amazonas y Colón, eran las 10 am. Le pedí al taxista que me llevara al antiguo aeropuerto. Entonces empezó a desviarse y con el
    pretexto de conocer una ruta más rápida me llevó por calles totalmente desoladas. Empecé a desesperar y le pedí que se detuviera, él puso los seguros. Paró y se pasó al asiento de atrás, me empezó a manosear mientras yo gritaba. No sé qué pasó, pero se arrepintió y después de pegarme, me dejó botada en medio de la nada. ¿A los hombres
    también les pasa?”.

    Ungrid M.: “El otro día me subí al transporte público, no cabía un solo alfiler. En eso sentí que un tipo se me acercó demasiado y se restregó contra mi pierna insistentemente. Yo
    intenté zafarme, pero había demasiada gente. Desesperada empecé a gritarle y el hombre se rió de mí antes de bajarse. Cuando me di cuenta tenía semen en mi pantalón.
    ¿A los hombres también les pasa?».

    ¿Cuántas veces cerramos los ojos ante estas atrocidades? Como hombres les debemos una sociedad mejor a ellas y a nosotros mismos. Por eso decidí escribir este editorial y también salir a la marcha de hoy por Gaby, mi madre, mis hijas, mi hermana y mi esposa. Por ustedes compañeras. Desde hoy gritaré con ustedes. Y tienen razón: a los hombres
    no nos pasan estas cosas.

    David Rosemberg
    Editor General

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autor: Ana Verónica Andrade


    Twitter: @anavero1902 /Fb: @anaveronicaandradenarvaez

  • Un diente menos

    Un diente menos

    Esta mañana mi hijo saltó de la cama feliz porque desde ayer uno de sus dientes se estaba sosteniendo en un hilo y, finalmente, se cayó. “Mamá, soy un niño grande”, me dijo, y sonreí. Vinieron entonces a mi mente los recuerdos de todas las horas que pasé con él desde su nacimiento hasta este momento y no pude evitar sentir un amasijo de nostalgia y alegría.

    Anoche llegué a casa, él lloraba porque le dolía y no había comido nada. Yo había tenido un larguísimo día y simplemente lo abracé y me acosté a su lado para leerle su lección sobre la Rosa de los Vientos. Se acurrucó y sentí nuevamente su cabecita junto a mi corazón. ¿Por qué cuando crecemos dejamos de escuchar el corazón de nuestras madres?, me pregunté. Finalmente se durmió y recordé el día en que vi su carita por primera vez, cuando mis brazos se volvieron su cuna y mi pecho su refugio y alimento. Esa primera mirada de sus ojitos negros cuando me lo pasaron después de nacer marcó el resto de mi vida. Entendí al instante que no sabía nada del amor hasta ese momento. En mi ignorancia había perdido el tiempo buscando algo incierto, pero maravillarse en el rostro de un hijo es una sensación sublime e indescriptible. A partir de entonces supe que nunca más volvería a ser la misma mujer pues me había enamorado de verdad por primera vez.

    Se durmió sollozando y lloré, no sé si de felicidad por verlo irse convirtiendo en un hombrecito maravilloso o de melancolía porque sé que cada día necesita menos de mi calor. Es posible que fuese una mezcla de ambas cosas. Creo que sentí ese deseo incontenible de ahorrarle cualquier dolor sin importar su índole para solo descubrir que no podré evitarle que un día sufra por un amor, por una decepción o por una pérdida. ¿Qué haré cuando se enamore y lo dejen por primera vez? ¿Y cuando muera uno de sus seres más cercanos? ¿Cómo podré abrazarlo cuando sienta que ya no puede más? Daría mi vida para que él no sintiera dolor. Sin embargo, sé que ese mismo dolor es uno de los maestros más severos que nos tiempla y depura con rigidez. No habría diamantes sin presión y ese pequeño es una gema en potencia.

    Recordé su primera caída y cómo corrí a consolarlo, su primera mala calificación y cuánto se decepcionó de sí mismo, el divorcio y cómo se siente tan cercano a mí y tan responsable de que yo esté a salvo. Chiquito mío, mi corazón, no tienes que cuidarme, soy yo quien debe protegerte y, a la vez, soltarte para que aprendas a vivir y a convertirte en un maravilloso ser humano. Mi dicha será verte volar con tus propias alas un día y saber que lo hicimos bien tú y yo. Quiero ser cada día la madre que necesitas, aunque a veces las fuerzas me falten.

    El tiempo pasa demasiado rápido. Hoy mi hijo tiene un diente menos, y yo una cana más. Mañana se irá y hará su vida lejos de mí y yo seré feliz por haberle enseñado a abrazar el mundo y sus alrededores. Pero en mi corazón siempre será ese bebé de ojitos negros que me miraba con ternura mientras lo amamantaba y yo sentía que nada en la vida podía importar más.

    Una de tantas historias incompletas sobre infancia. Historia 9/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade

    Cuenta de Twitter: @anavero1902
    Whatsapp: +593 999 958 914
    Web: anavandrade.com

  • Múnich 10:45

    Múnich 10:45

    Martes 2 de noviembre. Después de una larga estadía en África había olvidado lo fría que podía ponerse París en esta época del año. Tantas cosas han cambiado para mí en este tiempo que con dificultad recuerdo la vida antes del voluntariado en Malawi. Reemplacé mis comodidades, un bonito apartamento en el tercer distrito, el trabajo en un reconocido hospital de la ciudad, amistades influyentes y una novia guapa por ir a capacitar a los médicos locales quienes no tienen a veces los insumos ni las instalaciones indispensables para tratar dolencias básicas. Qué pobreza vi, cuánta necesidad de la gente muriendo a veces por no tener acceso a una simple vacuna.  Lo que más recuerdo son las caritas radiantes de los niños cuando les hacía malabares y payasadas en la pequeña clínica donde yo prácticamente vivía mientras ellos reían, incluso con el estómago vacío. Sin embargo, a pesar de tanta desolación, aquellas personas me dieron una cátedra de amor y fe: nunca dejan de sonreír, viven sin esperar nada y son más felices, es la mayor lección que aprendí. Esa y agradecer cada día por todo lo que tengo. Las llevo grabadas en lo más profundo del cerebro y del corazón.

    Mi abrigo negro, una mochila con ropa y mi billete de autobús. No tengo idea de por qué esta vez no compré uno de tren o de avión, simplemente se me ocurrió que podría ser mejor viajar así. Para variar tendré algo más de tiempo para pensar. Mi música cargada en el celular, audífonos que siempre llevo en algún bolsillo de la chaqueta, un sándwich y un café del italiano de la esquina.  “Paris Gallieni 22:00 – Munich Gare Routière Centrale 10:45” ¡vaya viajecito el que me espera! Son las 9pm, iré a comprar un libro, aunque lo más seguro es que duerma una buena parte del trayecto.

    Me ubico en la línea, al parecer no seremos tantos esta noche. Un par de monjas, un chico punk, como siete u ocho alemanes, a todos los reconozco por sus cabezas. Una pareja de chicas de la mano, un papá con sus hijos adolescentes, un grupo de estudiantes y ella. No puedo dejar de seguirla con la mirada mientras recoge su larga melena rizada de color castaño en una cola de caballo. Estamos a varios pasajeros de distancia y la puedo observar disimuladamente mientras finjo leer. Aborda y un par de minutos después lo hago yo también. Está sola, en el puesto número 33, la cabeza apoyada sobre el vidrio de la ventanilla. Yo quería tener vista hacia el exterior, finalmente son muchas horas, pero algo me impulsa a sentarme junto a ella y hacia el pasillo.

    – Bonsoir! ¿Está disponible?
    Afirma con un leve movimiento al tiempo que esboza una ligera sonrisa y se desliza hacia la derecha para dejarme más espacio. Acabo de notar que es extranjera, pero no puedo adivinar de dónde.
    – ¿Habla francés?
    – Sí, hablo francés. ¿Por qué lo pregunta?
    – Puedo intuir que usted no es de por aquí.
    – Soy ecuatoriana, vine a estudiar mi maestría. ¿Usted sí es de por aquí, cierto?
    – Sí, aunque no soy de París sino de Toulouse, ¿ha ido?
    – Aún no, pero tengo muchas ganas.
    Empiezo a buscar mis audífonos y recuerdo al instante que los saqué antes de llevar este preciso abrigo a la tintorería el otro día. Me mira con curiosidad y noto sus ojos verdes, su piel blanca y sus labios delgados y rojos.
    – No encuentro mis audífonos y es un viaje largo.
    – Podemos compartir los míos y turnamos la música, si gusta.
    – Acepto, gracias. Pero ya que vamos a compartir algo tan íntimo como nuestra música, ¿podríamos tutearnos?
    Nuevamente esos ojos llenos de brillo me regalan unos segundos de alegría.

    La charla es un verdadero recorrido por épocas y estilos de la chanson française. Hablamos durante horas de películas, gastronomía y libros que ambos amamos.  No consigo creer que una chica de fuera sepa tanto sobre mi cultura y eso me atrae aún más. Luego me cuenta sobre su país con tanta pasión que me entran súbitamente unas enormes ganas de visitarlo algún día. Podríamos charlar por toda la eternidad, estoy seguro de que nunca me aburriría.

    – Son las 5am, ¿quieres dormir?
    – La verdad es que no tengo sueño, ¿y tú?
    – Tampoco. ¿Tienes frío? Traje una manta. Creo que cabemos ambos.

    – ¿Puedo abrazarte, bonita?
    Nos miramos a los ojos y de repente mi boca está sobre la suya. El sabor de sus labios es tal como lo imaginé y no puedo separarme de ella durante algunas horas, o mejor dicho, no quiero. Aturdidos por el cansancio, por el viaje y por los besos nos reclinamos, la rodeo con mis brazos y caemos juntos en un sueño profundo, los latidos y la respiración en perfecta sincronía.

    El transporte se detiene y despertamos algo desorientados. Nos volvemos a mirar y sonreímos. Le tomo las manos, las acerco a mi rostro. Me da un beso en la mejilla. Cada quien toma sus pertenencias y se coloca en silencio su abrigo para descender. Me dirijo hacia la izquierda y ella hacia la derecha de la estación. Mientras la veo alejarse y me arrepiento de no haberle preguntado su nombre, veo que la espera una chica muy rubia, una amiga para llevarla a conocer la ciudad, quizás.  A mí me recibe mi hermana con un abrazo para asistir al funeral de nuestra madre, aunque quizás mi compañera de asiento suponga que me recoge mi novia o mi esposa. Me quedo con ese sabor dulce, esa voz y esos ojos fugaces que jamás voy a olvidar. Los dos siempre seremos el francés y la ecuatoriana anónimos que se enamoraron en una viaje de algo más de doce horas por tierra, viviendo un día a la vez.

    Última parada, Múnich. Son las 10:45 en punto.

    Una de tantas historias incompletas sobre viajes. Historia 12/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade.

  • La taza de chocolate

    La taza de chocolate

    La casa de Agustín siempre olía a café recién hecho. Era pequeña, sencilla, con paredes blancas de adobe y techo de tejas rojas. Estaba en una zona rural a cuarenta y siete minutos de la ciudad. A la entrada había un jardín poblado de rosas y alcatraces que él mismo cultivaba, y el gran ventanal de la cocina tenía vista al río. Desde hacía siete años era su refugio después de la partida de su esposa. Sus puertas y ventanas habían estado cerradas desde hacía demasiado tiempo. Las de la casa y las de su corazón.

    Cuando Marcela llegaba desde Quito, él salía alegremente a su encuentro a la calle principal del pueblo. La recibía ante la mirada curiosa de los vecinos con un largo abrazo, una sonrisa cálida en sus labios y un “te extrañé mucho” al oído. Ella lo abrazaba de vuelta y acurrucaba su pequeño cuerpo entre los brazos fuertes de ese extranjero alto y robusto de acento dulce, sintiendo que no había nada mejor en el mundo que ese momento, cada vez.

    El piso de madera crujía bajo sus pies, despertando a las dos gatas que a menudo tomaban el sol tumbadas ante las ventanas de la entrada. “Hice café, ¿quieres?” era la pregunta habitual. “Sabes que no tomo café, pero acepto un chocolate si me lo preparas tú”, era la respuesta reglamentaria. Reían, era un ritual, y la taza con dos de azúcar estaba ya servida.

    La parrilla y el horno estaban encendidos de antemano, los ingredientes sobre el mesón, algunos cortados, otros enteros. Las especias y las hierbas desprendían sus jubilosos aromas, que se mezclaban en las ollas y sartenes con la comida. A medida que la alquimia iba transformando los elementos individuales en deliciosos manjares, él tomaba pequeños trozos en sus manos o con una cuchara de palo y los depositaba cuidadosamente en la boca de ella.  Marcela la abría con avidez y sentía un pedacito del alma de Agustín en cada bocado. Ella sabía a través de sus platillos cuando él estaba contento, porque los porotos del locro cantaban y bailaban en el plato. También percibía cuando estaba triste, porque el chocolate le quedaba un poquito más amargo y fuerte. Pero lo que más amaba era verlo mirarla fijamente cuando preparaba algo desconocido aún para ella. Sus ojos cafés se abrían ansiosamente esperando una respuesta tácita de placer o desagrado. “Si te gusta, lo pongo en la nueva carta.” A ella invariablemente le gustaba…

    Luego del postre y un par de copas de vino subían por las estrechas escaleras al dormitorio. Algunas prendas apuradas trazaban en el suelo el camino desde el comedor hasta la cama. Y ellos se entregaban el uno al otro en una promesa que se cocinaba a fuego lento. Marcela amaba a Agustín desde lo más profundo de sus entrañas. Pero Agustín no amaba a Marcela, o al menos eso era lo que él quería creer. Él amaba algo que no podía describir, como el olor de algo que nunca había comido, y ella era demasiado concreta y conocía su sabor de memoria. Ella se derretía como mantequilla con el roce de sus dedos y a él solamente le complacía su eterna compañía. Para ella el amor sabía a ese cálido chocolate que cada martes la esperaba sobre la mesa cuando llegaba; para él, el amor sabía a un ají fuerte que duele y pica en el paladar por unos minutos y luego se va. Y ella no era ají, ella no se iba, ella estaba perennemente en su mente y en su lengua. Ella era su Marcela y él sabía que aunque no le ofreciera nada, no se iría de su lado porque lo amaba. Pero un día se dio por vencida y no volvió jamás. Sabía que él no quería su sabor conocido y su aroma a cítricos y ya no hubo chocolate, ni abrazo, ni “te extraño”. Él la cambió por el ají que tanto había buscado, aunque le duró lo que dura un hervor y ella, eterna como era, se fue a buscar la eternidad. Agustín llora hoy su ausencia aunque no lo cuenta y nunca más ha preparado chocolate con dos de azúcar para nadie.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 8/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade