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  • Cerrando los ojos.

    Cerrando los ojos.

    – ¡El abuelo fue engañado, nunca hubiera hecho eso en sus cinco sentidos!

    Alicia escucha a uno de sus sobrinos gritar esta frase al estar discutiendo la herencia de su padre… y se pregunta a sí misma: ¿Cómo pueden llegar a afirmar semejante cosa? ¿Hasta dónde puede llegar su ambición?

    Ella puede sentir con mayor dolor la ausencia de sus padres y le decepciona que la codicia corrompa los corazones de la familia.

    – ¡Si no aceptan nuestra propuesta no habrá trato! ¡Preferimos morirnos sin un solo centavo a que ustedes se salgan con la suya! (dice otro sobrino de Alicia)

    Lo único que se escucha en la sala son gritos. Alicia decide cerrar los ojos por un momento… los gritos se desvanecen hasta que son reemplazados por villancicos navideños… ve a sus hijos abrazando a sus abuelos en aquellos tiempos en los que sus padres aún vivían y la Navidad invadía de felicidad a toda la familia. Ve a sus hermanos, hermanastros y sobrinos uniéndose a los villancicos mientras sostienen unas bengalas. Siente tan real el calor de la familia, la felicidad de sus padres y la armonía que todos mostraban frente a ellos en esta época.

    En un pequeño departamento de apenas dos cuartos, Carlos siente una inmensa soledad… el silencio insoportable de las paredes blancas y la ausencia de sus seres queridos perturban su estabilidad emocional. Cierra sus ojos y recuerda la que alguna vez fue su casa… sus grandes y hermosos espacios verdes, su cancha de básquet, en la que tanto disfrutaba jugar con sus amigos y familia, la sauna que le producía gran placer y los gritos de sus nietos que hacían eco en los altos techos de su hogar, cuando se emocionaban al abrir los regalos de navidad.

    Al norte de Quito, Analía llega cansada a casa, después de un extenuante día en el hospital acompañando a su madre, de 88 años, que acaba de salir de una cirugía en la que le removieron un tumor cancerígeno de su lengua. Es la segunda ocasión en la que su madre tiene cáncer. Analía no puede evitar preocuparse. El proceso extenso y complicado que conlleva el acompañamiento a su madre en todo: exámenes, cirugías, tratamientos y trámites burocráticos, le causan un gran agobio y tristeza. Sin embargo, se aferra a la esperanza de que su madre logrará vencer nuevamente esta enfermedad.

    En su cama, Analía cierra los ojos y recuerda aquellos tiempos más sencillos en los que sus padres aún eran jóvenes. Casi saborea con exactitud el delicioso sabor de los buñuelos con miel que preparaba su mamá en Navidad y ese olor trae consigo la imagen de toda su familia reunida en una gran mesa.

    En Oriente Medio, Lili aún no se recupera de una cirugía facial. El lado derecho de su cara se encuentra paralizado y su sonrisa, que tanto le caracteriza, se ve limitada físicamente por su afección. Su esposo ha pedido permiso en su trabajo para ayudarla en su recuperación, ya que ellos están lejos de su familia y amigos. Lili, a pesar de su dolor y angustia, no puede evitar sentir la preocupación de sus cuatro hijos y, con gran esfuerzo, finge no sentir sufrimiento. Intenta escapar un momento de su realidad y cierra sus ojos… sus memorias la llevan a aquellos días en que estaba en su país natal, disfrutando de ser la anfitriona de unas maravillosas fiestas navideñas. Se ve rodeada de su familia: sus hijos, esposo, padres, suegros, hermanos, abuelos, tíos, primos, sobrinos y cuñadas. Sí que eran concurridas sus fiestas. Ella puede sentir con plenitud el regocijo de tener a su familia cerca. Siente como su piel se eriza con el contacto físico de todos sus seres queridos, con cada beso y cada abrazo. ¡Ella no puede dejar de sonreír!

    Hago una pausa y observo mi departamento lleno de decoraciones navideñas… siento un gran vacío interior. No dejo de pensar en que las cosas materiales han ido reemplazando los verdaderos momentos de felicidad. Siento el divorcio de mis padres con más fuerza en estas fechas. Sé que ellos han encontrado paz al estar separados, pero hay una parte de mí un poco egoísta que quisiera verlos juntos nuevamente. Miro a mis hijos y me abruma la incapacidad de impresionarse fácilmente con la simpleza de la vida, a diferencia de como lo hacía yo en mi infancia.

    Los abrazos, los besos y las celebraciones familiares se han visto reducidos a causa del virus. Ahora todo es mucho más complicado y me cuesta lograr encontrar momentos de regocijo.

    Una rápida reflexión me lleva a concluir que mis problemas son pequeños comparados a los de mis personajes. Me obligo a cerrar los ojos como ellos y sin esfuerzo puedo ver a Alicia recibiendo finalmente la herencia merecida de su padre después de 20 años de su muerte. Ahora puedo verla redescubriendo el mundo a su manera, viajando con sus seres queridos en Navidad, con el convencimiento de que las fiestas están donde exista gozo y amor, sin importar el lugar del mundo donde estés.

    Veo a Carlos viviendo en una nueva versión de su casa anhelada, saliendo del turco en su baño master y riendo a carcajadas al ver a sus hijos y nietos metidos en su cama, esperando por él para ver una película de Navidad.

    Puedo ver a Analía con su familia y sus padres gozando de una gran salud. Todos sentados en una mesa hermosamente decorada, endulzando su velada con unos deliciosos buñuelos hechos por ella con la receta que su madre le enseñó.

    Alcanzo a divisar a Lili, visitando a su familia en su país natal, esta vez en la casa de su tía, disfrutando de aquellos abrazos y besos que tanto le hacían falta. Su sonrisa deslumbra con mayor fuerza que antes.

    Finalmente me veo a mí, en una realidad lejos de ser perfecta, pero con vientos de satisfacción. Intentando enseñar a mis hijos manualidades navideñas, compartiendo las fiestas con mis diferentes seres queridos… abrazándolos en grupos pequeños y disfrutándolos en distintos tiempos, pero con la misma intensidad.

    El primer paso es cerrar los ojos…

    Una de tantas historias sobre Navidad.

    Autora: Cristina Alcázar

  • La taza de chocolate

    La taza de chocolate

    La casa de Agustín siempre olía a café recién hecho. Era pequeña, sencilla, con paredes blancas de adobe y techo de tejas rojas. Estaba en una zona rural a cuarenta y siete minutos de la ciudad. A la entrada había un jardín poblado de rosas y alcatraces que él mismo cultivaba, y el gran ventanal de la cocina tenía vista al río. Desde hacía siete años era su refugio después de la partida de su esposa. Sus puertas y ventanas habían estado cerradas desde hacía demasiado tiempo. Las de la casa y las de su corazón.

    Cuando Marcela llegaba desde Quito, él salía alegremente a su encuentro a la calle principal del pueblo. La recibía ante la mirada curiosa de los vecinos con un largo abrazo, una sonrisa cálida en sus labios y un “te extrañé mucho” al oído. Ella lo abrazaba de vuelta y acurrucaba su pequeño cuerpo entre los brazos fuertes de ese extranjero alto y robusto de acento dulce, sintiendo que no había nada mejor en el mundo que ese momento, cada vez.

    El piso de madera crujía bajo sus pies, despertando a las dos gatas que a menudo tomaban el sol tumbadas ante las ventanas de la entrada. “Hice café, ¿quieres?” era la pregunta habitual. “Sabes que no tomo café, pero acepto un chocolate si me lo preparas tú”, era la respuesta reglamentaria. Reían, era un ritual, y la taza con dos de azúcar estaba ya servida.

    La parrilla y el horno estaban encendidos de antemano, los ingredientes sobre el mesón, algunos cortados, otros enteros. Las especias y las hierbas desprendían sus jubilosos aromas, que se mezclaban en las ollas y sartenes con la comida. A medida que la alquimia iba transformando los elementos individuales en deliciosos manjares, él tomaba pequeños trozos en sus manos o con una cuchara de palo y los depositaba cuidadosamente en la boca de ella.  Marcela la abría con avidez y sentía un pedacito del alma de Agustín en cada bocado. Ella sabía a través de sus platillos cuando él estaba contento, porque los porotos del locro cantaban y bailaban en el plato. También percibía cuando estaba triste, porque el chocolate le quedaba un poquito más amargo y fuerte. Pero lo que más amaba era verlo mirarla fijamente cuando preparaba algo desconocido aún para ella. Sus ojos cafés se abrían ansiosamente esperando una respuesta tácita de placer o desagrado. “Si te gusta, lo pongo en la nueva carta.” A ella invariablemente le gustaba…

    Luego del postre y un par de copas de vino subían por las estrechas escaleras al dormitorio. Algunas prendas apuradas trazaban en el suelo el camino desde el comedor hasta la cama. Y ellos se entregaban el uno al otro en una promesa que se cocinaba a fuego lento. Marcela amaba a Agustín desde lo más profundo de sus entrañas. Pero Agustín no amaba a Marcela, o al menos eso era lo que él quería creer. Él amaba algo que no podía describir, como el olor de algo que nunca había comido, y ella era demasiado concreta y conocía su sabor de memoria. Ella se derretía como mantequilla con el roce de sus dedos y a él solamente le complacía su eterna compañía. Para ella el amor sabía a ese cálido chocolate que cada martes la esperaba sobre la mesa cuando llegaba; para él, el amor sabía a un ají fuerte que duele y pica en el paladar por unos minutos y luego se va. Y ella no era ají, ella no se iba, ella estaba perennemente en su mente y en su lengua. Ella era su Marcela y él sabía que aunque no le ofreciera nada, no se iría de su lado porque lo amaba. Pero un día se dio por vencida y no volvió jamás. Sabía que él no quería su sabor conocido y su aroma a cítricos y ya no hubo chocolate, ni abrazo, ni “te extraño”. Él la cambió por el ají que tanto había buscado, aunque le duró lo que dura un hervor y ella, eterna como era, se fue a buscar la eternidad. Agustín llora hoy su ausencia aunque no lo cuenta y nunca más ha preparado chocolate con dos de azúcar para nadie.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 8/12.

    Autora: Ana Verónica Andrade

  • 4 (++++)

    4 (++++)

    Hoy tuve un muy buen día en mi oficina, pero ya son las 18:30 de la tarde y es momento de emprender el camino a casa. Mi oficina principal está en Ambato, pero vivo en Quito, capital del Ecuador. La distancia entre estas dos ciudades, es de 127 km, si tomamos con referencia la distancia exacta entre mi casa y la fábrica.  Este recorrido lo hago prácticamente todos los días. Cada trayecto me toma entre una hora y media, y dos horas con quince minutos. Así, me paso básicamente entre tres y cuatro horas al día sentado en un vehículo. A menudo, la gente me interroga sobre mi ritmo de trabajo, ya que entre el tiempo que paso en la oficina y los viajes, suman no menos de 15 horas completamente ocupadas. Pero, aunque suene extraño, no me incomoda, pues me gusta mi trabajo y amo manejar.

    Retomando mi relato… es la hora de salir a casa, tengo dos horas por delante y espero llegar a las 20:30 para ver a mi esposa, darle un beso en la frente, un abrazo y sentarnos a cenar. Amo esta rutina en la noche, es como si el mundo se detuviese… la sonrisa de mi esposa, su hermoso cabello rojo, su risa sin maldad y su enorme preocupación porque esté bien, hacen de mi hogar, un lugar al que siempre quiero volver, sin importar la hora a la que termine de trabajar y pese a que tenga la opción que me ofrece la empresa de quedarme en un muy buen hotel para que evite viajar tanto. Como siempre, a esta hora ya está oscureciendo y hace frío, pero la carretera está tranquila y los paisajes de las provincias de Tungurahua y Cotopaxi al anochecer son algo que disfruto por la enorme calma que me dan.

    Después de dos horas exactas llego a casa, abro la puerta y me encuentro con mi esposa y un gran amigo, que también es vecino. Su esposo está Miami, así que usualmente se pasa por nuestra casa a saludarnos y siempre que lo hace entablamos una entretenida conversación, pese a su carácter peculiar, entre tosco y bondadoso. Diría que es una persona que demuestra un cariño inmenso por las personas que siente que lo cuidan y lo respetan, pero resulta arisco cuando se siente incómodo o considera que no es tratado como debería. En casa lo llamamos  cariñosamente “el Gordo”, él nos llama, “la colorada” a mi esposa, y a mi “el socio”.

    Hola socio, ¿qué tal el viaje? ¿qué tal la vida por Ambato? ¿Ya vendiste todos los zapatos de la planta?

    No gordo, todavía nos quedan muchos pares por vender, así que mañana tocará volver y seguir trabajando.

    Oye socio, ¿no tienen ganas de salir a cenar hoy de noche?

    Veo la cara de mi esposa con las mismas ganas de salir que tengo yo, nos cruzamos un par de miradas y le decimos en coro… ¡Nos vamos a cenar gordo! Anda a coger una chompa y te esperamos en el parqueo, nos vamos en un solo carro, en el nuestro. 

    Pese a conocernos ya hace más de un año, el gordo no conoce de mi severa alergia a los mariscos y pescados. Es por eso que debo explicarle lo que siempre repito a las personas que salen a comer conmigo la primera vez. A ver, no te asustes, pero tengo una alergia conocida como “4++++”, que su nombre permite de forma numérica explicar el nivel de sensibilidad que tiene una persona a ciertos alimentos y que el organismo ataca de forma agresiva para eliminarlos, pero generando un efecto adverso. Las reacciones alérgicas se miden de acuerdo al test de Prick, en una escala del 1 al 4, y cuando llegas al número 4, se agregan entre uno y cuatro signos “+” a la derecha.  Así que una persona con una alergia como la mía, básicamente se ganó la lotería de la mala suerte. En ese momento la cara del gordo era una mezcla entre entretenimiento por un aprendizaje médico y el miedo de salir a comer con alguien que realmente podría morir.

    Oye socio, y si comes mariscos o pescados, ¿qué tienes que hacer?

    A ver, básicamente tengo que seguir mi protocolo de forma estricta y consiste en: Sacar mi inyección de epinefrina de la maleta, que siempre me acompaña a cualquier lugar a donde voy. Después, debo sacar mi bolsa de pastillas de emergencia, que contiene dos pastillas de DEGLALER PLUS, una de SINGULAIR y dos de AZAFLACORT. El protocolo arranca, debo tomarme las pastillas en el mismo orden que te lo he dicho. A medida que me tomo cada una, debo registrar mi pulso poniendo los dedos sobre mi cuello en un intervalo de 15 segundos, luego los multiplico por cuatro y verifico si este se incrementa de forma agresiva. Sé claramente que cuando el ritmo va a 110 pulsaciones estando sentado, es porque estoy teniendo un ataque de pánico; y un ataque de pánico es una muy mala noticia para alguien que tiene una reacción alérgica conocida como shock anafiláctico. A medida que avanzo, mi último recurso es la inyección de epinefrina, que es un dispositivo bastante simple que tiene la enorme ventaja de contar con un botón en la parte superior, que, si lo aplastas atraviesa la ropa, la piel e ingresa al torrente sanguíneo en pocos segundos. Sé que voy a perder el conocimiento por unos segundos, por eso siempre tiene que estar alguien cerca de mí. Una vez que está en la sangre, el pulso se dispara a un nivel supremamente alto, como si tuviese un infarto, para luego caer a un nivel de relajación profundo que desaparece después de cinco o seis minutos. A partir de ahí, debo poner mi reloj en cuenta regresiva en dos horas y si por alguna razón no tengo la inyección, tan solo en 15 minutos para llegar a un hospital.

    ¡Ah no! ¡Qué ofertón socio! por suerte le dan dos horas…déjame ver esa inyección de epinefrina que me dices.

    Está atrás en la maleta.

    Socio… dejó la maleta en la casa cuando me saludaste.

    ¡Mierda! Pues esa es mi única inyección de epinefrina, porque la otra está en el carro de mi esposa… Ni modo gordo, seguro que hoy no pasa nada.

    Esa misma noche tuve que ingresar de emergencia a un hospital en la ciudad de Quito por un shock anafiláctico. Por desgracia, no pude programar mi reloj en cuenta regresiva en dos horas, sólo pude colocarlo en 15 minutos. Durante ese tiempo pude mantener relativamente la calma y decirle a mi esposa cuánto la quería, sin que ella tampoco tenga un ataque de estrés, pero consciente de que muy probablemente fuese nuestra última noche juntos.

    Hoy puedo escribir esta historia gracias a un milagro que me amplió el tiempo de estadía en la tierra, pese a que un mesero consideró que mi explicación era una exageración que no requería ser tomada en cuenta y que mi tiempo ya había sido suficiente.

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 3/12.

    Autor: Miguel Viniegra

  • Liberium

    Liberium

    Durante los últimos cinco años, el liberium se ha convertido en el combustible más deseado del mundo. Hasta el momento, únicamente se conocen trece países que cuentan con este mineral, tan escaso como los diamantes en el siglo XXI. Después de varias investigaciones realizadas por los expertos más reconocidos del mundo, se pudo descubrir que el Liberium es un mineral que permite mantener la inclinación del eje de la Tierra sobre el plano de su órbita, también llamada “oblicuidad de la eclíptica” y es de 23,43°. Además, hemos descubierto que posee una capacidad casi infinita de generar energía. Extrañamente, este mineral solo se encuentra alrededor de la línea Ecuatorial, y ésto ha generado que varios países que antes no tenían mayor importancia a nivel global, ahora se hayan convertido en jugadores críticos, que decidirán el próximo siglo económico o las próximas guerras mundiales. Mientras más cerca del centro de la tierra estás, el mineral es más abundante, y mientras más te alejas de éste, fuera de la línea ecuatorial, simplemente no existe; por lo tanto, en este nuevo orden mundial, las nuevas potencias, aunque ellos todavía no lo sepan, son Ecuador, Colombia, Brasil, Santo Tomé y Príncipe, Gabón y el Congo. Si bien la línea ecuatorial también atraviesa por otros seis países más, como el Congo democrático, Uganda, Kenia, Somalia, Indonesia y Kiribatí, estos países como es habitual en todas sus épocas democráticas, cada vez que encuentran algo que los pueda llevar a la riqueza económica y social, siempre encuentran la forma de transformarlo en alguna sangrienta guerra civil, que no se sabe con exactitud cuándo comenzó, ni cuándo terminará. Por esto Jhon, creo es imprescindible hacerse con el mando de América latina, cuanto antes.

    Michael, entiendo la importancia de someter a América Latina, de hecho, éste es el encargo más fácil que hemos tenido en nuestra historia. ¿qué tan difícil puede ser convertir un montón de políticos y presidentes corruptos, en firmantes de un contrato que les permitirá convertir a sus ciudadanos en los nuevos Jeques del siglo XXII?

    Que el plan parezca fácil, no significa que podamos cumplirlo Jhon; no es la primera vez que China se entromete en nuestro camino, o que Rusia intenta persuadirnos con una hipotética guerra mundial. La gran ventaja que tenemos, es que ahora sabemos dónde está el liberium y qué país nos interesa manejar primero; y ahí está la lotería y solamente nosotros sabemos el número ganador.     

    Ya recibí el informe del doctor Stevens, y es increíble la capacidad que tiene el liberium para generar energía de acuerdo con el cuadro de potencia del informe siete. De acuerdo a la información que acabo de leer, únicamente necesitamos diez gramos de liberium para dar energía a toda Nueva York durante un año, y solo en Quito, la capital de Ecuador, acabamos de descubrir que hay más de nueve mil billones de toneladas del más puro Liberium debajo de una horrible bola de cemento, a la que llaman “La mitad del mundo”. Jhon, si bien podría ser complicado convencer a todos los gobiernos de América Latina de cedernos sus territorios, sobre todo Brasil y Colombia, debido a la extensión de sus territorios y la cantidad de políticos que deberíamos sobornar, creo que el país ideal que debemos “comprar” es Ecuador. Es la fuente más pura del mundo y de acuerdo al mismo informe del doctor Stevens, sus reservas son iguales a la del resto de países de la línea ecuatorial en su conjunto. Me queda claro Michael, y sé lo que hay que hacer, solo tengo una consulta, ¿Cuánto liberium podemos extraer sin afectar a la oblicuidad de la eclíptica?, y ¿Qué impacto tendría si nos pasamos de la cantidad y cómo lo corregiríamos?, todavía no tengo las conclusiones del informe Jhon, así que vamos a tener que pasar a la operación “Condamine” sin ellas.

    «Muy buenas tardes a todos, es un gusto para el Gobierno Americano y en especial, para nuestro presidente Jhon Benjamin O’Connor, oficializar formalmente la mayor inversión privada en el Ecuador de toda su historia. Durante los próximos cinco años, Estados Unidos y sus empresas de investigación y explotación de minerales, invertirán en el país no menos de setenta mil millones de dólares por año y generarán al menos doscientos treinta mil nuevos puestos de trabajo para los ecuatorianos, mejorando su calidad de vida de forma considerable. También, debemos reconocer el enorme esfuerzo que ha realizado el Ecuador por medio de su presidente José Joaquín Flores y todo su equipo de trabajo, para lograr este acuerdo histórico, que permitirá llevar al país a ser uno de los más prósperos de la región, y seguramente del mundo, si su administración continúa siendo tan acertada como la de los últimos cinco años. Como acto simbólico, a continuación, tanto el presidente O’Connor, como el presidente Flores, realizarán una extracción de liberium de la mina “Mitad del mundo”, con el fin de demostrar a la ciudadanía la facilidad de su extracción, y al mismo tiempo, el nulo impacto ecológico con la que se realiza».

    Por favor señores presidentes, procedan con el evento simbólico.

    ¡Michael, Michael!

    ¿Sí?, ¿Doctor Stevens?

    Sí, soy el Doctor Stevens, tienes 8 minutos para sacar al presidente de ahí, la inclinación de la tierra se movió 1,2° solo con la extracción que acaban de hacer, la mayor parte de Sudamérica quedará bajo el océano pacífico en media hora; es necesario que saques al presidente hasta que encontremos cómo corregir el ángulo con una extracción al otro extremo de la línea ecuatorial…

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 4/12.

    Autor: Miguel Viniegra Delgado

  • Dylan

    Dylan

    —¿Qué tal amiguito?, ¿cómo estás?

    Bien.

    ­—¿Y cómo te llamas?

    Dylan.

    —Mucho gusto Dylan ¿Puedes decirnos dónde vives?

    En la Bota.

    —Ah muy bien ¿Y sabes por qué estamos aquí?

    No. Solo me dijeron que venían unos señores a ayudarme a hacerme famoso.

    Esa fue la primera vez que hablamos con Dylan. Y es que mi hermano y yo habíamos creado un proyecto dedicaDO a ayudar a niños que viven en situación de precariedad ayudándoles a desarrollar habilidades extracurriculares que no aprendían ni en la escuela ni en su casa; en este caso: Música.

    Habíamos REvisado muchos perfiles y Dylan cumplía con todos los requisitos que buscábamos. Así que, una vez que tomamos nuestra decisión, hablamos con su madre (Dylan no tenía padre, como todos los niños de este centro, todos provenían de casas monoparentales e incluso a veces sin ninguno de los dos padres) y le comunicamos que Dylan había sido elegido: ¡Sería el primer alumno becado del Musican Project!

    MI primer viaje con él me abriría los ojos para siempre.

    Nuestra escuela era pequeña, así que yo mismo iba hasta La Bota a recogerlo para ir al proyecto y luego de vuelta a su casa. Una vez en el carro no hablaba mucho. Estaba serio y sólo miraba por la ventana cómo salíamos de su barrio. Habíamos llegado a un redondel, cuando me dice:

    Es a la derecha, ¿por qué se va para allá?

    —¿Por qué piensas que vamos a la derecha?

    No sé. Siempre voy para allá. NUNCA he ido a la izquierda.

    Resulta que él nunca salía de su barrio y cuando lo hacía era en un bus que giraba a la derecha justamente en ese redondel camino al pueblo donde iba a visitar a su familia de vez en cuando.

    —Nos vamos hacia el centro norte de Quito—le dije.

    —Nunca he estado ahí.

    —¿Sabes qué hay ahí?

    Mi hermana trabaja por ahí para unos gringos. Me dijo que hay un parque grandote y unas casas altotas.

    Seguimos un tramo hasta que noté algo muy particular. Su mirada había cambiado. Veía todo con más atención. Tenía una media sonrisa dibujada en la cara. Estaba viendo cosas nuevas. Parecía sorprendido por la cantidad de carros. Sacó la cabeza por la ventana para ver los edificios altos de la avenida Eloy Alfaro. Podía casi escuchar como su cerebro estaba procesando tantas cosas al mismo tiempo.

    FAltaban como 5 minutos para llegar, cuando Dylan pega un grito:

    —¡Vea Diegoooo!— Me pone la mano en la cara y me gira la cabeza a la izquierda bruscamente.

    Mi primera reacción fue regañarle porque casi nos chocamos, pero cuando me di cuenta de lo que veía, lo entendí. Había visto el Estadio Olímpico Atahualpa, el lugar donde juega la selección de fútbol de Ecuador. Un lugar que él solo había visto en la tele. Muchos no lo entenderán, pero para la gran mayoría de estos niños (adultos también) el fútbol es una de las pocas alegrías que tienen en su día a día, así que cuando reconoció el lugar, no pudo contener su emoción.

    En este punto estaba tan contento que empezó a hablarme de todos y de todo. Sus amigos y sus enemigos en el cole y en la fundación donde pasaba las tardes mientras regresaba su madre de trabajar, su piano de plástico a pilas de 15 teclas que le había regalado la jefa de su hermana y hasta de cosas como qué quería ser cuando sea grande.

    Quiero ser pianista.

    La escuela estaba en un co-working space, así que había gente de otras empresas ahí y todos sabían que Dylan iba a su primera clase ese día. Le saludaron, le felicitaron, le preguntaron cosas. SOLo faltó que le pidiesen un autógrafo. Cuando llegamos al cuarto de los instrumentos dijo:

    —¡¿Por qué todos saben quién soy?!

    —¿No querías ser famoso? —le respondí.

    Les decía que mi primer viaje con él me abrió los ojos, y así fue. Todo el tiempo que mi hermano y yo analizamos y planificamos el cómo, el dónde, el cuándo y el porqué de la escuela, jamás podía habernos dado LA masterclass para crear el proyecto como lo hizo ese primer viaje con Dylan. Nos dimos cuenta que las verdaderas “clases” no serían las clases de piano que iba a recibir cada semana. La verdadera oportunidad que le brindaríamos sería la de vivir estas nuevas experiencias, conocer nuevos lugares, nuevas personas, las conversaciones abiertas y honestas en el carro, los nuevos sentimientos que estaba teniendo. Las clases de piano se convertirían en un plus. Los conocimientos que sacaría de todo esto eran infinitamente mayores que de cualquier clase de piano que yo podría darle. SI tan solo Dylan supiera que gracias a él el proyecto será aún mejor.

    —¡DO! Ves Dylan, primera clase y ya te sabes todas las notas…

    Una de tantas historias sobre Pobreza. Historia 12/12

    Dedicado a nuestro querido Dylan, quien todavía no se acostumbra a ir hacia la izquierda.

    Autor: Diego Méndez

    https://www.instagram.com/p/Bf9x0Xrl1PF/?igshid=oaengpu4vlki (vean una clase de Dylan)

    Glosario

    ñaño: expresión ecuatoriana que significa hermano

    redondel: glorieta, rotonda

    coworking space: lugar en donde se reúnen empresas de distintas disciplinas y trabajan utilizando espacios comunes.

    Foto: Dylan estudiando sus notas mientras espera a sus compañeros que también están en clase.

    https://www.facebook.com/boogiemendez