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Verguenza - Diego Mendez

Vergüenza

Vergüenza. Vergüenza es la palabra que define mi niñez y adolescencia… 

Claro que hubo muchos momentos interesantes, felices, divertidos. MUY divertidos. Pero la verdad es que desde pequeño siempre fui un niño tímido y me daba vergüenza hacer cosas delante de la gente.  

“A ver mijito cante, cante para la abuelita”. 

“A ver Carlitos sáquese la camiseta que le vea la doctora”. 

“A ver Carlitos sáquele a bailar a la Carlita” (en el quinceaños al frente de 100 personas). 

Recuerdo una vez que “gané” el honor de recitar una historia al frente de todo el colegio por el aniversario del 12 de octubre. Tenía tanto miedo a la vergüenza que iba a pasar que me aprendí las páginas equivocadas del libro y lo que ya de por sí iba a ser una experiencia horrible para mí, terminó siendo una auténtica pesadilla social… casi tanto como la primera vez que tuve que declararme a la chica que me gustaba en el colegio. De los pocos momentos que recuerdo, porque tenía tanto miedo de hacerlo que solo me quedan en la cabeza frases sueltas de lo que dije: “y qué más… pues eso… si ya sabes que me gustas para que tengo decirlo de nuevo… ¿entonces ya?… bueno como quieras, ya te llamo de noche… o no… ya ahí veo”. Cómo esa chica aceptó salir conmigo, jamás lo sabré. 

Adelantemos 15 años. Cumplí los 33. Soltero. Trabajo estable. Tengo varios amigos y la verdad es que no me quejo de la vida que tengo, aunque debo confesar que siempre me ha quedado esa espinita de querer ser más extrovertido y hacer locuras sin pensar en consecuencias. 

Y es exactamente eso lo que decidí hacer. Compré un boleto de avión y me fui a pasear por Europa en verano. Sin lista de países, sin organizar hoteles, ni agendas ni tours ni nada. Solo quise ir y ver qué pasa. Había escuchado que allá la gente es muy abierta y que hasta las playas son “topless” en todos lados y muchas, incluso, nudistas. Así que dije ¡vamos! Nadie me conoce allá y nadie sabrá nada.  

Así fue como llegué a playa Paklina, en Croacia. Una pequeña y hermosa playa ubicada entre rocas y que es famosa por fomentar el “naturismo”. La verdad es que la primera vez que fui empezaron esos antiguos miedos y nervios, pero entonces los vi. Decenas de personas totalmente desnudas, unas acostadas, otras de pie conversando, otras caminando, otras nadando y otras hasta jugando frisbee. Básicamente, igual a una playa en cualquier lugar del mundo, pero sin ropa.  

Llegué a una parte entre rocas en la que no se podía ver hacia adentro si alguien no se acercaba bastante, así que decidí que ahí me iba a instalar y probar mi primera experiencia nudista. Me saqué la ropa, me acosté en la toalla y empecé a broncearme. Empecé a sudar rápidamente, aunque no sé si era por el calor o por los nervios. Después de un par de horas, ¿adivinen qué pasó? Pues, nada. Absolutamente nada. Fue cuando me dije a mí mismo que tal vez todos esos miedos antiguos y sensaciones de vergüenza eran infundados y que lo único que tenía que hacer era hacer las cosas sin pensar tanto, y ya. Así que decidí poner mi nueva valentía en uso y salí de entre las piedras a dar una vuelta por la playa hasta el final de la montaña.  

Había caminado unos 200 metros. Todo iba genial. Me sentía VIVO por primera vez. No hay mejor sentimiento que el viento de la playa, el sol, la arena en los pies y todo al aire libre.  

“¿Disculpe, podría ayudarnos por favor?” Dijo una voz femenina. 

Me di la vuelta y en efecto la voz era de una mujer. Parecía que tenía unos 40 años. Guapísima. Estaba acompañada de dos chicas jóvenes de unos 16 años que asumo eran sus hijas. Guapísimas también. Todas obviamente desnudas. 

“¿Podrías decirnos qué bus tomar de regreso al hotel? No somos de aquí y no conocemos bien el transporte”. 

“Uhm…” 

“Ehh…” 

“mmm…” 

Eran tan guapas las 3 que no solo me seguía sintiendo vivo… sino que mientras trataba de balbucear algo para contestarles que yo también era turista, se me empezaron a avivar partes del cuerpo que cuando quieren te quitan el control absoluto y hacen lo que quieren. 

Las chicas empezaron a murmullar entre ellas, lo cual me hizo concentrarme aún más en el tema y, como todo hombre sabe, mientras más te concentras, menos puedes controlar esas situaciones. 

“Chicas, no se rían. Es algo normal. Deberían tomarlo como un halago. Significa que nos encuentra muy atractivas. Por favor señor, no tiene nada de qué avergonzarse”. 

¿Vergüenza? Después de esa experiencia nada me volvió a avergonzar jamás.  

Una de tantas historias incompletas de Viajes. Historia 4/12

Autor: Diego Méndez

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4 Comments

  1. Miguel Mendez

    Bonita historia que nos enseña que la vergüenza se nos quita cuando hacemos lo correcto. Felicitaciones Diego.

  2. SUSANA

    Susa

  3. SUSANA

    Qué vergüenza jajaja 😂😅😹

  4. Florencia

    Romper esquemas….bien escrito!!

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