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  • DESAYUNO ESPECIAL

    DESAYUNO ESPECIAL

    Tortitas. A eso olía la cocina. A tortitas. Pude sentir su aroma desde el pasillo, mientras mis pies me llevaban hacia ellas sin siquiera pedírselo. Ella estaba justo al lado de la mesa, sirviéndolas. Sabía cómo hacer que cada mañana fuera perfecta, tan sólo añadiéndoles un toque de miel, el chocolate y las frambuesas… Y todo listo para empezar bien el día. Nadie preparaba las tortitas como mi madre, algo que siempre permanecerá en mis recuerdos.

    Pude encontrarme con su dulce sonrisa mientras las ponía en mi plato. Ella no solía comerlas, porque era una maniática con las calorías. Jamás pude creer que alguien como mi madre pudiera renunciar a comer tanto como solía, degustaba cada plato como si fuera el último que fuese a deleitar, y eso antes de la cena, ¡era increíble!

    Me acercaba a la mesa observando esas tortitas, esas que me darían suerte el resto del día, las que transformarían una mañana aburrida en algo más excitante. Cada bocado era como estar en el cielo, tenían el toque perfecto, los diferentes sabores te acariciaban el paladar y, cuando las terminabas, tan solo tenías ganas de saltar al día siguiente para comer más.

    No sabía entonces que las echaría tanto de menos. Absolutamente todo. Jamás hubiera renunciado a ellas por voluntad propia, tan solo pude permitir que se fuesen por la puerta con su enfado y las ganas de tirar la casa por la ventana. Nuestra última discusión fue horrible, la peor de todas, diría que la mujer más importante de mi vida había dejado que me olvidara de cómo era, de su cara, sus ojos, sus labios, su cuerpo, sus vestidos de marca y su cabello castaño ondulado y perfecto, de su voz y su perfume a rosas. Pero, tras un trabajo bien hecho con aquellas tortitas matutinas, dejó que fuese lo único que recordase tras haberse marchado de casa, ofendida y molesta.

    Han pasado dos años y ahora, sentada en la cocina miro aquel bol de leche con cereales de maíz. A simple vista, parece una combinación aburrida, decadente, una idea estúpida, un montón de ideas de comida calórica para empezar bien el día echadas a la basura, resulta frustrante. Es como si ella me estuviera mirando, mofándose por haberle gritado, por haberle dicho lo que sentía en aquel momento crítico y observando mi resultado estuviera donde estuviese: un nuevo día sin mis tortitas. Ni una receta. Ni siquiera una postal con un recordatorio. Tampoco una nota en su cuaderno de ideas. Nada. Todo se ha esfumado.

    No espero su vuelta. Ni siquiera que acuda a mi boda con el granjero, como ella lo llamaba. Sé que jamás volveré a deleitar mi paladar con la sutilidad de aquel desayuno especial, pero lo disfruté mientras duró. Empezar algo nuevo tenía sentido, elegir a alguien en contra de la voluntad de tu familia con el que compartir tu vida, eso también tenía su peso, aunque no le pareciera bien. No me gusta que lo único que terminara recordando de ella, tras estos dos años sin hablarnos, fuese aquella discusión y las tortitas, es ridículo… y triste. Pero, así son las cosas, ¿verdad?

    Una de tantas historias incompletas sobre comida. Historia 2/12.

    Autora: Laura Perelló

  • La fricción

    La fricción

    No volví a ser el mismo. Dejé de mirarme al espejo, de asearme. Ya no prestaba atención a mi alrededor, tan solo me inspiraba escribir sobre ella. Recordarla. Estar presente en momentos que compartimos, que sentimos propios, que dejamos que nos cautivaran. No podía evitar entrar en casa y oler su perfume, tampoco el gritar su nombre para que mi mente asumiera que Sarah seguía allí, en nuestra casa, cerca del lago, aquel lugar elegido para envejecer juntos, dejando nuestro pasado atrás, cuidando el uno del otro.

    Tan solo quedo yo. Su cáncer fue avanzando tan rápido que, cuando quise hacer algo, ya era tarde. Un último beso en su suave frente fue la única respuesta a la noticia del doctor en cuanto falleció en el hospital, un sitio que aborreció y al que no quería pertenecer, el lugar que más la había paralizado. Empecé a oírla mientras cocinaba, a reír mientras estaba en la ducha, a verla detrás de mí mientras me miraba al espejo tras vestirme o peinarme, a escuchar sus canciones cuando llegaba a casa sin yo haber encendido el tocadiscos antiguo que compramos en París como regalo de aniversario. Era víctima de su voz y su risa, de sus susurros y su música, estaba confuso, algo aterrado, pero era mi zona de confort y no pensaba alejarme.

    Me sentía más cansado, agotado. Mi jefe me permitió unos meses más de excedencia por la pérdida de un ser querido, así que, mis días no eran muy activos o enérgicos. Sollozaba más de lo que comía, había perdido el apetito y no podía dejar de ver nuestros vídeos de boda, de picnics en el botánico, nuestras comidas cerca del lago y ese día en el que decidí instalar las placas solares, cuando me caí y casi me rompí una pierna mientras reíamos y contábamos historias de la extraña forma en la que nos conocimos, en aquel supermercado comprando tomates, una casualidad estúpida pero cercana y preciosa, jamás había visto una mirada tan compasiva y dulce como la suya.

    Sí, me compadecía de mí mismo, de mi deseo de estar junto a ella otra vez. Supongo que esto me llevó a todo lo demás, a la espiral de circunstancias que empezaron a cautivarme, a hacerme preso de otra realidad. Mientras escribía, me solía quedar dormido encima del ordenador y todos los borradores que tenía sobre la mesa, pero lo inusual esta vez fue el encontrarme con Sarah en una visión tan real de acontecimientos. No era un recuerdo, tampoco algo que quisiera que sucediera, tan solo estábamos sentados uno al lado del otro en un banco, vislumbrando unas vistas preciosas de una ciudad que desconocía. Ella sonreía mientras la miraba anonadado, podía tocarla…

    “Estás sorprendido” afirmó, como si leyera mis pensamientos, “No te preocupes, es normal.”

    ¿Normal? ¿Es que ha pasado antes? le pregunté, más sorprendido todavía.

    “Fui a ver a mi hermana y no se lo podía creer, fue un momento agradable”, su voz tan dulce me relajaba, como solía pasar cuando estábamos juntos, “Quería verte, es todo.”

    Estoy soñando, ¿verdad?

    “Ni siquiera estás cerca de lo que realmente ocurre”, esta vez, sí me miró con una sonrisa amplia y de absoluta satisfacción.  “Hay una fricción entre la realidad y el otro lado, he aprovechado esa brecha para meterme justo aquí y saludarte”, tocó mi frente con su dedo índice, mientras seguía sonriendo.

    Entonces… ¿realmente estás aquí? Su asentimiento con la cabeza, me llevó a abrazarla en ese mismo momento sin pensarlo dos veces.

    Estuvimos hablando durante largo rato, parecieron días, pero en cuanto me desperté, me di cuenta de que habían pasado tan solo un par de horas. Los sueños empezaron a ser cada vez más recurrentes durante semanas y era lo único que me hacía levantarme por la mañana, me sentía feliz al poder verla, aunque fuera en esa situación tan extraña. Reíamos, bromeábamos, recordábamos viejos tiempos y no dejábamos de abrazarnos, besarnos tan apasionadamente como antes y no podía olvidarlo.

    Aquella noche, me acosté más pronto de lo habitual porque estaba ansioso, quería volver a verla, no podía resistirme a esa tentación, no podía dejar de pensar en ello, pero no soñé. Dejó de aparecer de repente. No me dijo nada la noche anterior sobre esto… Estaba confuso. Traté de revisar todo lo que nos dijimos y encontré esa precisa y dulce voz que repetía en mi cabeza “siempre estaré contigo, me llevarás a todas partes, aunque no me veas”, seguido de un beso y una mirada intensa.

    Fue una despedida, aunque no me diese cuenta. Fue nuestra despedida. Una luz que se había apagado dejando una noche oscura atrás…

    Una de tantas historias incompletas de SCI-FI. Historia 5/12.

    Autora: Laura Perelló.

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