Etiqueta: andres acosta

  • El candidato

    El candidato

    Estamos en la recta final de la campaña, ya quedan unos pocos días. Es importante que ahora no nos equivoquemos. Déjate asesorar, modula un poco el discurso. Tenemos ventaja en las encuestas, lo único que tienes que hacer es seguir repitiendo nuestros tres mensajes clave, disminuir un poco los ataques al de los amarillos, que van segundos, pero con el cambio de su estrategia nos están regalando votos, y, sobre todo, no te metas en ningún tema delicado.

    Recuerda, trabajo, educación y salud. Todo gratis. Todo público. Todo de calidad. No te salgas de ahí.

    Para hoy tienes solo dos cosas, candidato, espero poder llamarte presidente en unos días, entrevista en televisión con ‘el viejito’, ese periodista de medio pelo que no sé por qué te gusta, con el que está ya todo hablado, pero antes, en una hora y media, acto en la barriada que está detrás de la Universidad.

    Ya sé que no quieres ir, pero es justo el target de votantes en el que estamos más flojos. No terminas de conectar con los estratos más bajos de la sociedad. De hecho, la intención de voto de esa gente es una “herencia” que te regala el partido, te van a votar, pese a ser tú. Te ven lejano, como un snob ricachón. Todavía nos estamos recuperando de cuando pediste cubiertos de metal en el puesto de pollo frito de la calle el segundo día de campaña.

    Te van a estar grabando con una cámara todo el rato… mucho dar la mano, mucho acercarte a la gente, haciendo como que cumples con las distancias por el tema de la mascarilla y el covid. Ten siempre en la mano las que tienen el logo del partido, si ves alguien sin mascarilla que se te acerca, le regalas una, y por Dios, esta vez, si ves un niño pequeño le cargas, ves a la cámara y dices bien alto y contento la frase que tenemos preparada. Y, ya por no seguir diciéndote cosas sin que me hagas ni caso, si te vuelvo a ver limpiarte la mano en el pantalón después de dársela a un pobre, por muy sudada que esté, dejo la campaña. Me voy, te juro que me voy. Menos mal que nadie, excepto yo, se dio cuenta, que sino no estaríamos a falta de cinco días con opciones de ganar.

    Yo tengo que ir a la tele a encargarme que las preguntas y las respuestas estén preparadas para que las puedas leer. No se va a salir del guion ‘el viejito’. No debería repreguntar, si ves que se desvía de lo pactado, dices una frase para ganar tiempo y yo te diré por el auricular una respuesta tipo sobre la que puedas improvisar.

    Me han dicho mis espías que has pasado delante de dos niños y no les has hecho ni caso. ¿Qué te pasa? Mejor no me contestes, no quiero saber, empezamos la entrevista en diez minutos. Pautas importantes, cámbiate esa corbata que llevas por esta otra, es un mejor color para la televisión y te alarga la cara, te estiliza. Mientras te voy poniendo esta chapa en la solapa, es un símbolo de la causa feminista, no hemos dicho ni una palabra en la campaña, ni lo vamos a hacer, pero será suficiente con que alguien se dé cuenta. ¿Qué no? Lanzamos un tuit desde una de las cuentas fake.

    Recuerda, tú solo lee. Suerte, casi presidente, ya lo tenemos.

    Chico, chico, ¿Qué pasa? ¿Por qué pone esa cara? ¿No me jodas que la máquina en la que lee no funciona?

    Candidato, me escuchas, giña un ojo, si me escuchas, ¿tampoco funciona el auricular? ¿pero qué mierda es esta?

    No, no, no está improvisando, no, no, no, por qué dice esto, pero quién carajo le dijo a este pendejo que se saliera de los tres mensajes clave. Maldito cabrón, NO IMPROVISES. El muy … Adiós a ocho meses de trabajo.  

    Una de tantas historias incompletas de política.

    Autor: Andrés Acosta

  • 5 segundos de suspenso

    5 segundos de suspenso

    Mmm, que delicia, solo de pensar se me hace agua la boca… Mariscos, les puedo decir que desde pequeño siempre me han fascinado los mariscos y no me puedo imaginar lo que sería no poder comerlos.

    A decir verdad, siempre me pregunté cómo sería ver algo así en el plato de los demás y no poder ni siquiera probarlo. Eso era justamente lo que le pasaba a uno de mis mejores amigos, y, por supuesto, cuando creces te acostumbras a que cosas que no entiendes, por ser habituales, dejan de parecerte extrañas, se vuelven una regla. Para mí esta situación era conveniente, ya que cualquier cosa que llevara tales ingredientes en los almuerzos del cole iba a terminar, sin duda alguna, en mi estómago.

    Con el pasar de los años, todo nuestro grupo de amigos sabía que para Miguel los mariscos constituían algo mortal, sí, sin exagerar, mortal, y como buenos amigos nos importaba; tal vez por eso no hacíamos otra cosa que hacer bromas acerca de su alergia o preguntas absurdas del tipo: “¿Y qué pasaría si una chica te besara luego de haber comido atún?” o “si te metes a nadar al mar, ¿te mueres?”, jajaja. También nos hacíamos bromas sobre quién sacaría la inyección que evitaría su muerte en caso de que por accidente comiera algo prohibido y de cómo se la aplicaríamos, ¿una estaca en el corazón hasta que reviva, como en las películas?, jajaja. Era inevitable reírnos entre nosotros, pero sabiendo que podría llegar a ser en serio.

    Acompañado de su condición, también nos privábamos de hacer cosas tan comunes como comer en cualquier lugar en la playa, de esos que te preparan lo que pidas al instante, y no me refiero precisamente a un hotel 5 estrellas. Nos causaba gracia en pleno malecón andar preguntando si había pollo o algo que no tuviera ni el más mínimo ingrediente mortal, cuando en cada lugar al que entrabamos promocionaba lo mejor de las vacaciones, cualquier cosa que hubiese salido de la pesca fresca del día.

    En uno de aquellos viajes, luego de mucho rebuscar, encontramos un sitio “decente” en el que estuviéramos seguros de que ni tan siquiera se utilizaría un utensilio para la preparación de la comida que hubiese estado en contacto con la ‘comida venenosa’. Así, nos sentamos en una mesa gigante, éramos más de 10 personas, y cada uno fue haciendo su pedido. Al llegar al menú de ensaladas había de dos tipos, ensalada con pollo y ensalada con atún, por supuesto la ensalada con pollo era el plato destinado para Miguel, y, en una suerte de reto al destino, a otro se le antojó la misma ensalada, pero de atún, los dos únicos platos de una carta larguísima que podían confundirse. El pedido incluía ceviches, arroz con camarón, arroz marinero, pescado frito, camarones al ajillo… ninguno más había coincidido.

    Llegó el momento de que llegaran los tan esperados manjares, uno a uno el mesero fue colocando los platos en cada uno de nuestros puestos con pulso firme. Sin embargo, con la cara, su expresión de preocupación decía, si me equivoco me matan, o mejor, si me equivoco, uno se muere. Por cuestiones del azar, o por su propio nerviosismo, coloca al final las dos ensaladas. Seguramente el pobre hombre salió de la cocina repitiendo “derecha pollo, izquierda atún, derecha pollo, izquierda atún…”. A todos nos ha pasado… lo que repetimos cien veces en nuestra mente, por tanta repetición, al llegar el momento de la verdad nos lleva a la duda, ¿me habré equivocado?

    No era el mejor momento ni el mejor lugar para dudar, y menos para una equivocación. Una vez que todos los platos estuvieron en la mesa, en voz alta dijimos “buen provecho” y vino el primer bocado. No sé si la escena era de una película de terror o de una broma de cámara escondida, pero en un instante el mesero se gira bruscamente y mientras iba de camino a la cocina dice en voz lo suficientemente alta: “No, me equivoqué”. El mundo se paralizó para todos en un segundo, seguramente si hubiera habido algún enfermo cardíaco, seguro le daba un síncope en ese mismo instante. Todos, sin excepción, regresamos a ver con cara de terror a Miguel. Nos sorprendió su tranquilidad, que no devolviera la comida de inmediato, esperamos síntomas de la intoxicación y mientras todos pensamos lo peor, el mesero se volvió a pronunciar y dijo esta vez: “No, no, sí le serví bien”. Aún con el susto, preguntamos para asegurarnos: “¿Miguel estás bien?”. Alguien olió las dos ensaladas y confirmó: “Tranquilos, la del Miguel si es la de pollo”. Se vino la carcajada acompañada de “oigaaaaaaa, casi nos mata de un susto, no haga eso”.

    Desde aquella ocasión, es imposible no recordar esta anécdota al disfrutar de una rica comida frente al mar, que más allá de satisfacer nuestro apetito, alimenta también nuestros recuerdos.

    Una de tantas historias incompletas de comida. Historia 12/12.

    Autor: Andrés Acosta.

  • A través de la pantalla…

    A través de la pantalla…

    Actualmente es bastante común que las personas se conozcan y se enamoren a través de una pantalla, la tecnología, que no parece tener límites, nos acerca cada día más a las personas que se encuentran del otro lado, incluso en otra parte del mundo.

    Yo soy uno de los afortunados que cuentan con dicha tecnología. Sin embargo, para mí esto era toda una proeza cuando empezó todo… en la casa era imposible hacerlo, así que tenía que ir al lugar correcto para poder verla, la imagen no era la mejor, pero bastaba para sentirme en las nubes… de hecho, ella ni siquiera podía verme porque yo no tenía una cámara que me permitiera mostrarle mi rostro, para que pudiera ver cuan feliz era cada mes, cuando ese día llegaba. Ella, por otro lado, escuchaba perfectamente mi voz y yo podía ver su sonrisa en la pantalla cada vez que le decía cuánto la quería. 

    Transcurrían los meses y era inevitable irme enamorando más y, aunque nos comunicábamos todos los días, aquel día del mes era el más esperado, el más especial, el que te pone el corazón chiquito, ese instante en que te hace morir de ganas de pasar a través de esa pantalla y comértela a besos sin esperar un minuto más.

    El sentimiento se volvió casi culposo, no entendía cómo me pasó, aún no nos conocíamos, no nos tocábamos, no se mezclaban nuestros olores, no nos podíamos dar ni siquiera un beso y yo ya sentía más amor por ella que el que había sentido por mi propia esposa en su momento, pero así es la vida.

    Al fin, había una fecha y un lugar, todo se había dado a la perfección para planear ese encuentro tan anhelado por ambos. El sentimiento se volvía confuso, incertidumbre, nervios, ansiedad, mariposas en el estómago mientras el día se acercaba cada vez más. En el último mes los encuentros por la pantalla se hicieron más frecuentes, una vez cada semana, confirmando esa ansiedad que teníamos por vernos y reafirmar lo que ya sabíamos, que nos amábamos y no podríamos estar el uno sin el otro nunca más.

    La noche anterior fue casi imposible conciliar el sueño, al fin y al cabo era justamente eso, un sueño a punto de convertirse en realidad, quizá por eso no quería dormir, por el temor de despertar y descubrir que solamente estaba en mi imaginación, pero finalmente terminé rendido por el cansancio que había generado esa tensión sin sentido.

    La alarma hizo su trabajo, me anunciaba que el día había llegado, a mi lado, mi esposa aún dormía y yo me preguntaba que iría a pasar con nosotros después de ese día. Las horas seguían pasando y la ansiedad crecía dentro de mí, no se ha comunicado desde ayer repetía mi cerebro y eso me llevaba a un grado de preocupación, de la alegría al temor. 

    Finalmente y con impaciencia me visto y me preparo para el gran encuentro. Me dirigí al lugar casi en piloto automático, mi mente daba vueltas, me sentía como aturdido, todo se escuchaba distante, las personas pasaban junto a mí y yo seguía mi camino, había reservado de antemano el lugar, así que les di mi nombre en recepción y en seguida me acompañaron a mi lugar. Los minutos pasaban lentamente y mi corazón latía cada vez más fuerte. Saqué una foto que tenía de ella, una que me dieron imprimiendo de una captura de pantalla que le había tomado en uno de nuestros encuentros virtuales, quería recordar bien su cara, sólo por si acaso.

    Se escuchó el teléfono en el fondo y oí mi nombre, al poco rato la chica de la recepción se acerca hacía mí y me dice que hubo un contratiempo y que va a tardar en llegar, que por favor la espere. Pido un café para calmar mis nervios.

    Tardó más de una hora y media en llegar, y no, yo no estaba molesto en absoluto, me sentí aliviado cuando se abrió la puerta y la vi entrar al fin, ya no era un sueño, en ese mismo instante se convertía en una hermosa realidad. Me acerqué, la miré, era idéntica a la fotografía que cargaba, era perfecta, sus ojos plomizos, su cabello rubio, sus labios gruesos, su cuerpo con rollitos que hacían juego con sus mejillas redonditas, la tomé con fuerza, la apreté contra mi pecho y dándole un gran beso le dije sin dubitaciones, “Hola ‘Mi Amor’, no sabes cuánto esperé este día”, y ella tal como en la pantalla me regalaba otra gran sonrisa.

    Después de ese momento entendí por qué se llama hacer el Amor, y es porque justamente de ese acto salieron los amores de mi vida. Sí, esa bella historia de amor se repitió dos veces más, y les puedo asegurar que se puede amar a más de una mujer, por supuesto todas son celosas, así son las mujeres, y yo, muy feliz, podría hasta decir que me gasto toda mi plata en mujeres…

    Dedicada a los amores de mi vida, mis 3 hermosas hijas.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 7/12

    Autor: Andrés Acosta.