Autor: admin

  • Nueva ola

    Nueva ola

    “Creo que me he vuelto toda pro-Alemania”, me escuché diciendo, como entre dientes. Una oración que nunca pensé decirla. ¡Yo!, tan latina, con amor tan profundo a mi tierra y a mi gente.  “Más que eso, creo que son las ganas de ayudar a tu país” me responde Andrea, mi gran amiga. En ese segundo, me doy cuenta que es esa exactamente mi posición. Me lo leyó del alma. ¡Cómo quisiera que, en mi país -y en América Latina en general-, hubiese una política de medio ambiente adecuada y efectiva! Países verdes que se mantengan verdes, sin tener miedo a que sus bellezas y reservas naturales desaparezcan.  No tener que decirme, “debemos ir pronto a Galápagos, no vaya a ser que desaparezca”.

    Alemania es un país complejo, con errores en su historia, pero con muchas ganas y fuerza de mejorar. Una de sus prioridades ahora es tener desarrollo y progreso, al mismo tiempo que se cuida y reconecta con la naturaleza, se la protege y ayuda a recuperarse. El encanto de esto es que ¡de verdad funciona! Funciona a través de una estructura amplia, con concepto y sistema, bien pensada y bien desarrollada. Esto hace que la población quiera y pueda ser parte del cambio, dando ya sea incentivos monetarios o multas. Un ejemplo muy sencillo, es que cuando compras una bebida, se paga un pequeño valor por el envase, éste puede ser más alto o bajo, según el material del envase, teniendo el plástico un mayor costo.  Al devolver el envase de bebida a la tienda, te acreditan el valor a la botella. También en el asunto de separación de la basura. El papel y los empaques son recogidos sin costo alguno, siempre y cuando estén en los contenedores correctos. La basura orgánica tiene un costo mensual bajo, y la general tiene uno mayor. La gente por supuesto no quiere perder su dinero y, por consecuencia, ¡hay menos basura! 

    También hay ayudas financieras importantes por parte del Gobierno para construir casas nuevas que no consuman tanta energía en la calefacción, o para poner paneles solares en los techos de las casas y así producir energía limpia.  Además, se bonifica adquirir autos eléctricos nuevos, tanto como 6.000 euros. Lo sé, pues desde este año tenemos un auto eléctrico. La oficina de mi esposo ofrece parqueaderos con conexión eléctrica gratuita, ¡un gran ahorro!

    Otra medida que va directo al tacañerismo, es que cuando uno va de compras, ya sea al supermercado o a cualquier otra tienda, se te cobra la bolsa en la que vas a llevar tus productos. Consecuencia: la gente se trae consigo su propio canasto o bolsita de tela y allí carga sus cosas. Si no la tiene, que pena… o se lo lleva sin bolsa o le toca pagar. El siguiente paso fue que, dentro del supermercado, se han eliminado casi por completo las bolsas plásticas para poner los alimentos. En algunos son de papel y en otros, como donde yo voy, tienen unas redes con cordón para llevar tus alimentos sin que se ensucien ni se caigan. En lo personal, estoy super contenta, pues con cada visita semanal al supermercado usaba unas 10 a 15 bolsas… ¡son 60 bolsas al mes, que yo solita dejo de utilizar y, por ende, dejo de contaminar!  Todos estos son granos de arena, pero como están bien organizados y aplicados, llegan a ser montañas.

    Claro, en Latinoamérica estamos en países que van lejos de que esto suceda, por cuestiones de política y cultura. Los impuestos no son usados correctamente, y hay otros problemas básicos de educación y salud que tienen que ser resueltos primero. Con la educación viene la conciencia ambiental. Pero, como decía John Kennedy: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tú país”.  El primer paso es un voto responsable. Elegir bien a nuestros representantes marca la diferencia.

    Hay mucha más gente ahora convencida de que se debe hacer un cambio radical a la forma en la que hacemos las cosas, y eso es maravilloso. Pero, ¿cómo podemos lograr que, en vez de tratarse de granos de arena, sean camiones llenos de arena? ¿Cómo podemos lograr un mayor impacto? Creo que la información y el ejemplo son clave. Podemos empezar con actos pequeños, como asegurarse de que tu basura va directo al basurero; o hacer tierra vegetal de los restos en el hogar, mejorando así la calidad de la tierra de tu jardín y disminuyendo la cantidad de basura producida. Se puede separar el papel y botellas junto con los vecinos, para luego llevarlos a centros de reciclaje. Se puede organizar campañas para recolectar basura por el barrio, o durante un paseo. O, quizá, plantar un nuevo árbol y luego cuidarlo.  ¿Cómo sería si nuestros supermercados no te empacaran cada 5 artículos en una bolsa separada? ¿O si cada uno llevara bolsas propias para no usar nuevas?  Cada granito de arena ayuda, y al ver que se puede, otra gente se ‘contagia’ y sigue el ejemplo, especialmente los niños. Esto llevaría a una futura generación más consciente de sus actos. ¡Una ola de cambio!

    ¿Quién más lo va a hacer, si no lo hacemos nosotros?

    Una de tantas historias incompletas sobre medioambiente.

    Autor: Florencia Montengero

  • Soberanía alimentaria

    Soberanía alimentaria

    Una misión inesperada, sin preparación, un tema que abordar, y que, para mi opinión, no necesitaba planificar contenidos, más que horarios y rutas a seguir.  Los destinos: Palma Real, Tambillo y la mágica Santa Rosa, islas del Norte de la Provincia de Esmeraldas, islas en las entrañas de un recóndito bosque húmedo de raíces aéreas, los manglares. 

    Primer día de visita, hacia Palma Real, cruzamos en bote la majestuosa Reserva de Manglares Cayapas Mataje REMACAM, reserva gracias a la lucha de organizaciones de base que lograron que áreas de manglar fueran concesionadas a las comunidades ancestrales, cuya supervivencia dependía de ese ecosistema.

    Aproximadamente al mediodía, llegamos a Palma Real, caminamos por la isla sintiendo el calor, no sólo del clima, sino el que provoca la alegría de la raza negra, niños, adolescentes y adultos, todos de algún modo vibrando felices, correteando, haciendo caso omiso de las huellas que había dejado en su piel una reciente viruela. 

    Paisaje rodeado de agua, puentes de madera sobre el fango, en el que se podía mirar una especie de criaderos de chanchos. El pescado salado a los costados de ese interminable camino, adornado a cada lado de mangle, ya transformado en construcciones modestas que albergan hogares, hogares de pescadores, concheras, cangrejeros.  

    Esperábamos la llegada de las concheras, habían salido a las dos de la mañana a su faena en el manglar, a recoger la concha, enterrando sus piernas hasta las rodillas, fumando unos puros y quemando carbón para ahuyentar a los insectos, y, sobre todo, pidiendo a los espíritus del bosque que no aparezca entre el lodo, ‘la podridora’, la temible serpiente, enemiga de aquellas duras faenas. 

    Cuando daban las dos de la tarde, sus pequeñas canoas arribaban a la playita del estero y desembarcaban con sus canastas llenas de concha prieta. La hora de la misión comenzaba. Las concheras enseguida se habían bañado y nos invitaron a pasar a la cocina, tenían listos todos los ingredientes para demostrarnos su gastronomía, prepararon infinidad de platos. Las ollas y sartenes me dieron la impresión que me encontraba, o en un almacén de accesorios de cocina, o en un espacio de chefs de alta cocina. No, no eran nuevos, y tampoco era una elegante cocina, todo muy humilde, pero en esa humildad todo era orden y resplandecía.

    La preparación fue acompañada de una elocuente explicación. Quedé absorta ante tal desenvoltura. Mi mensaje se volvió ausente, la soberanía alimentaria… un cuento. ¿Qué clase de salvadores y maestros nos creemos ante esta ancestral sabiduría? Todo natural, la chillangua, chirarán, orégano, ajo, cebollas… todo saludable, en un ambiente sano y limpio.

    Sólo me quedó felicitarlas, y morir de pena por estos absurdos intentos fallidos de ONGs pretenciosas que se arrogan la lucha robada a los pueblos, peor aún, parece que actuábamos adormeciendo luchas en lugar de despertarlas. Y hubiese querido pedir perdón, porque en lugar de una visible y verdadera lucha por los derechos que el Estado niega a estos pueblos, habíamos llegado con un proyectito light, para justificar donaciones y sueldos de intelectuales que se creen inventores de rebuscados términos: “soberanía alimentaria”. 

    Al día siguiente partimos para Tambillo, nuevamente, atravesando la REMACAM.  Hicimos un desvío para el Majahual, los manglares más altos del mundo. Acceder a ellos es entrar en un enigmático bosque que nos insta a un respeto tan grande que nos inunda de miedo. Un miedo que pronto se pasa, es sólo conectarse a él y se transforma en emoción, en poder, en un despertar al sentimiento profundo y consiente de ser hijos de un Dios… una conexión que nos hace sentir parte viva de esa naturaleza. 

    Imaginé a esas concheras, sumergidas en el lodo de ese manglar, esas hijas de la fuente del amor, conectadas con el bosque, con el fango, con los recursos. Imaginé esos manglares entregando sus frutos a las hijas del creador, imaginé a esas mujeres llorando por la ausencia de esos gigantes mangles que habían caído, que habían muerto por la perversa intromisión de una industria extractivista, egoísta, ambiciosa, irrespetuosa de la vida, irrespetuosa de esta mágica conexión. 

    Llegamos a Tambillo, el muelle estaba lleno de chiquillos desnudos que entre infinitas alegrías se lanzaban al agua. Se respiraba felicidad entre tanta sonrisa.  Avanzamos por pequeñas calles cubiertas de conchas hasta la casa del profesor Alfredo, un joven muy respetado en la Isla.

    Nuevamente, una amena situación mientras se preparaba la gastronomía con puros recursos del manglar y los aliños cultivados en las casas de los habitantes de la Isla. Mi discurso no cabía, sólo quedaba tomar notas de tan rico y abundante aprendizaje, tomar fotos y pensar en que al llegar a la ciudad haría un informe, el trabajo de rigor.  

    En seguida partimos a Santa Rosa, antes de que la marea bajara. Vivía un sueño, un pequeño canal entre manglares, colorido de especies, cangrejos rojos, moluscos, flores, aves y los rayos del sol atravesando el bosque. Y al llegar… el sueño continuaba, parecía estar en una encantada isla de mujeres, en la que habían escondido a todos los hombres. Todas sus mujeres reunidas, los platos con abundantes recursos del manglar estaban listos. Probamos de todo mientras escuchábamos sus historias y reíamos, y luego queríamos llorar cuando las mujeres adultas contaban sus problemas de reumatismo por tantos años de sumergirse en el manglar. 

    En estas mágicas tierras, no hay Estado, no hay conciencia de cómo llegan los mejores manjares a nuestras mesas, no hay conciencia por parte de una industria depredadora que ha talado miles de hectáreas de manglar para expandir su actividad, perjudicado a un ecosistema tan productivo. 

    No, no son las comunidades del manglar quienes han depredado este valioso ecosistema. Muchos se han atrevido a culparlos de una tala indiscriminada para la construcción de sus viviendas, para la producción de carbón. Han sido acusadas de una indiscriminada explotación de los recursos… puras falacias. Es la industria la que ha talado, ha matado un ecosistema tan importante. Es la industria la que ha dejado sin recursos y sin trabajo a miles de familias que dependen de este ecosistema. Es la industria la que ha contaminado este mágico bosque, zona de protección de las costas, zona de desove de numerosas especies marinas, zona de una divina conexión, en la que confluye todo un ecosistema, el ser humano, hijo de Dios, y el mismo padre creador.

    Una de tantas historias incompletas sobre medioambiente.

    Autora: Rocío Torres

  • Ambiente

    Ambiente

    No sé si es porque he crecido lo suficiente o es por la partida de mis hermanos, pero desde hace unos meses puedo ver más lejos que antes, y aunque lo que veo no me gusta, en realidad mi mayor preocupación es pensar en cuánto tiempo me tocará partir a mí también.

    A decir verdad, mi capacidad de visión crece a medida que se reemplaza el sonido de las aves y el resto de animales que me circundan por esos fuertes sonidos chirriantes que duran semanas.

    Anteriormente se veía estos animales de dos patas parecidos a los monos, que antes habitaban por aquí, en grupos pequeños y solamente se acercaban para vernos, en ocasiones, a estudiarnos e, incluso, se les escuchaba hablar con admiración sobre nosotros. A medida que los años han pasado estos grupos han ido creciendo, extrayendo de nuestro bosque cosas muy preciadas, haciendo desaparecer animales, extrayendo nuestros fluidos y haciendo excavaciones en búsqueda de otras cosas que oculta muy celosa la madre tierra en sus entrañas.

    ¡Oh no! Puedo ver esas raras especies que acompañan al animal de dos patas, esas que emanan sonidos estridentes y vapores insoportables, creo que ha llegado mi hora.

    Pero… un momento… veo peleas entre los animales de dos patas, aquellos que nos estudiaban se han parado en frente para evitar otra masacre, ojalá esta vez sea diferente. Hasta ahora, cuando se dan estas disputas aparecen unos señores en nombre de algo que llaman nación y luego de encerrarse por horas en unas cajas grises simplemente pasan de estar de nuestro lado a justificar nuestra muerte.

    Los sonidos vuelven llenar la atmósfera de terror, primero caen los más viejos, son los que más valen, según se les oye decir, sus troncos son gruesos y fuertes. Primero los desangran, “su corteza sangrante es muy valiosa como medicina en Asia”, le explica uno que parece ser el alfa a otro más joven. Esta madera es fina y Europa paga muy bien, sigue diciendo, mientras señala a otro y exclama: “Este es basura, mira su tronco, no es una especie valiosa”. Y yo pensaba, sí que era valioso, y mucho, para quienes se posaban en él sus alas y hacían sus casas en su tronco… Y mientras, aún los escuché decir: “igual como leña también se venden, tranquilo, además, eso no es nada para el plutonio que se encuentra debajo, eso es lo que le interesa a la multinacional que compró esto”.

    Siento un intenso dolor, me desplomo, siento que la vida se me va, no he vivido tanto, apenas 60 años, pero ¿qué les hicimos? Hasta donde yo sabía, de lo que los más viejos contaban, les damos lo más importante para que vivan, algo llamado oxígeno. Los viejos decían, “no es posible que acaben con nosotros porque sería su fin”. No tiene sentido, no hay otro lugar en el cielo estrellado que tenga oxígeno, sin nosotros no vivirán, sólo espero que su muerte no sea tan dolorosa como la nuestra.

    Una de tantas historias incompletas sobre el medioambiente.

    Autor: Andrés Acosta

  • ¿Es bueno plantar árboles?

    ¿Es bueno plantar árboles?

    Dr. Pablo F. Jaramillo-López, Ph.D.

    Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad

    Universidad Nacional Autónoma de México

    Si tu le haces esta pregunta a cualquier persona, la respuesta va a ser “claro que si”. En realidad, el resultado de una reforestación mal hecha puede ser peor que dejar que la naturaleza se regenere por si sola. Cada año, se plantan millones de árboles con la justificación de que se está reforestando y que le estamos “ayudando” a la naturaleza. Sin embargo, estos esfuerzos económicos y de logística casi nunca son monitoreados ni evaluados. En la mayoría de los países, estos esfuerzos de reforestación se llevan a cabo con fines políticos o de publicidad y son diseñados para mejorar la imagen o hacerle quedar bien a alguien.

    Cuando empieza la temporada de reforestaciones, se puede ver a los empresarios y políticos plantando árboles como una “photo op” y no haciéndolo porque realmente tienen un compromiso. Recientemente, en el fondo económico mundial de Davos en Suiza, se anunció con bombos y platillos que se van a plantar 1 trillón de árboles en todo el mundo y que grandes empresarios iban a solventar esta iniciativa.

    Lo triste de esto es que se pretende hacer estas reforestaciones de la manera convencional y eso significa que se “planta” alguna especie de árbol, de preferencia alguna que sobreviva al trasplante, y ya. Una vez plantados, nadie los vuelve a ver y nunca se reporta cuántos arbolitos sobrevivieron al trasplante ni la temporada de sequía.

    En un estudio reciente publicado en la revista Science, se mencionó que plantar 1 trillón de árboles podría capturar aproximadamente un tercio de los gases de efecto invernadero generados por los humanos. Lo que no se mencionó fueron los detalles a considerar cuando se hicieran esas plantaciones. Lo ideal es que antes de hacer una reforestación, se debe tomar en cuenta las características de cada sitio a reforestar y definir la superficie, evaluar el estado de salud del suelo, determinar la especie idónea para plantar y planificar adecuadamente el momento para plantar los árboles. Casi siempre se hacen las plantaciones en suelos deteriorados y erosionados y se espera que sobreviva la mayor cantidad de árboles. No se planifica el trabajo y casi siempre se lo hace fuera de temporada. Para hacer una reforestación adecuadamente se debe definir los objetivos. Estos pueden ser:

    – Económicos.– Estos están definidos por un ingreso monetario a corto, mediano y largo plazo. En muchos casos los ingresos pueden ser el resultado de pagos por servicios ambientales en donde organizaciones buscan pagar a comuneros que conserven su bosque. En otros casos los ingresos económicos estarán dados por los productos maderables y no maderables que puedan ser extraídos de un bosque saludable. Otra fuente de ingreso estará relacionada con el turismo que se genera en bosques saludables. Todos estos beneficios económicos pueden ser una fuente estable de ingreso para los habitantes de los bosques y que deberán ser considerados en caso de empezar un proceso de reforestación.

    – Ambientales.– Estos están definidos por los servicios que los sitios naturales proveen a los demás seres vivos. Con relación a esto, los bosques actúan como una esponja y captan grandes cantidades de agua que luego se filtra y llega a los mantos acuíferos para luego convertirse en manantiales. Esto pasa siempre y cuando la reforestación se haga con las especies arbóreas nativas del territorio.

    Una vez definidos los objetivos se debe planificar el proceso cuidadosamente, y para ello se debe:

    1. Seleccionar la especie forestal adecuada. Se debe conocer el territorio y seleccionar la especie nativa al ecosistema en cuestión. Muchas veces esto implica recolectar semillas ya que pueden ser especies que no estén disponibles en viveros forestales. Es importante conocer la especie para poder producir plántulas suficientes para ser reforestadas. Esto implica conocer los ciclos fenológicos de las especies a propagar y permitirles estar listas para el trasplante. Cada arbolito debe estar lo suficientemente apto para ser llevado a campo y esto puede significar que debe estar en el vivero por algunos meses. El arbolito debe tener su tallo lignificado para que pueda resistir al shock del trasplante. Como ejemplo, si se pretende reforestar algún lugar en los meses de lluvia, entonces se tiene que preparar los arbolitos con suficiente tiempo para que estén listos en el momento adecuado.
    2. Determinar la superficie a reforestar. Se debe recorrer la superficie a reforestar y determinar la densidad de plantación. Para definir la densidad, es muy importante pensar a futuro y tratar de simular una distribución natural de los árboles en el ecosistema. Si se quiere hacer una restauración ecosistémica, es importante hacer una mezcla de especies forestales que simulen el ecosistema original. Para ello, será muy importante conocer la historia ecológica del territorio y para ello puede ser beneficioso hablar con las personas de la localidad. Durante este recorrido es importante tomar muestras de suelo para determinar el estado de salud edáfica y decidir si es necesario incorporar materia orgánica o algún abono al suelo. Una vez hecha la plantación, será necesario cercar el terreno para evitar que ganado suelto pueda pisotear o inclusive comerse los arbolitos.
    3. Capacitar a los reforestadores. Todas las personas pueden tener la buena voluntad de plantar un árbol, pero eso no significa que sepan hacerlo. Es muy importante que las personas que van a llevar a cabo la reforestación sepan hacerlo de la mejor manera. Hay que preparar el hoyo donde se va a plantar y es importante que tenga alto contenido de materia orgánica ya que será lo que retenga la humedad en la temporada de sequía. Una vez que se prepare el hoyo, el árbol deberá ser plantado con suficiente tierra para que cubra el mismo nivel que tenía cuando estaba en el vivero. Si se pone demasiada tierra, el árbol se puede ahogar y si es que se pone muy poca, es posible que el árbol se desprenda y se sequen las raíces. Es muy importante apisonar muy bien el suelo luego de plantar el árbol ya que así se eliminan espacios de aire que pueden afectar a las raíces. Es importante que quede muy compacto el suelo donde se plantó el arbolito.
    4. Planificar la reforestación. Es muy importante que el momento de la plantación coincida con la temporada de lluvias. Para ello se debe consultar con el servicio meteorológico nacional y definir cuándo empieza y cuánto dura la temporada de lluvias. Sólo así se podrá planificar adecuadamente la reforestación y anticipar adecuadamente la producción de los arbolitos como se mencionó en el punto 1.
    5. ¿Qué pasa al final? Una vez concluida la reforestación, es muy importante monitorear la supervivencia de los árboles. Esto se debe hacer un año luego de la plantación y posteriormente 3, 5 y 7 años después. Usualmente, luego de 5 años de ser plantado, se considera que el arbolito está bien establecido. Cada vez que se hace el monitoreo, se determina la tasa de supervivencia y también la tasa de crecimiento. Estos datos se deben almacenar en una base de datos con el fin de compartirla con otros grupos que estén reforestando.

    ¿Se puede poner en práctica todo esto?

    Justamente tomando en cuenta todos estos puntos, se llevó a cabo una reforestación comunitaria en una zona icónica del eje neovolcánico de México, la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca. El proyecto se llevó a cabo bajo el esquema de una investigación científica y por ello se tomaron en cuenta todas las consideraciones técnicas que se mencionan en este artículo. El trabajo inició con una restauración de suelo a través de una enmienda orgánica fermentada por la acción de microorganismos eficientes. La restauración de suelo se hizo en el momento de la plantación de los árboles para poder aprovechar el trabajo de miembros de la comunidad indígena de El Rincón. Los comuneros se convirtieron en científicos y fueron ellos quienes monitorearon a los arbolitos durante todo el proceso. La reforestación tuvo tres objetivos: 1) reducir la presión sobre los bosques que albergan a las mariposas monarca, 2) llevar a cabo una restauración ecológica para recuperar los servicios ecosistémicos que brindan esos bosques, y 3) brindar una fuente de recursos maderables a los miembros de la comunidad.

    El trabajo fue publicado en la revista internacional Journal of Environmental Management y también fue premiado por el Pollinator Partnership de los Estados Unidos de América por promover la recuperación de los bosques que albergan a las mariposas monarca durante su hibernación en México (Fig 1).

    Entonces si se puede hacer bien una reforestación, sólo es importante planificar adecuadamente el proceso y tomar en cuenta todos estos puntos. En respuesta a la iniciativa mundial de plantar un trillón de árboles, es muy importante que se considere lo que se ha mencionado en este artículo. Sólo así se podrá garantizar que los efectos serán positivos y no negativos. Sólo así se podrá mostrar que plantar un árbol es bueno y no algo que parece ser bueno.

    Fig. 1. Proceso de restauración forestal llevado a cabo en el ecosistema de la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca mediante la restauración de suelo y la reforestación comunitaria. Jaramillo-López, P. F., Ramírez, M.I., and Pérez-Salicrup D.R. (2015). Impacts of Bokashi on survival and growth rates of Pinus pseudostrobus in community reforestation projects. Journal of Environmental Management, 150: 48-56. https://doi.org/10.1016/j.jenvman.2014.11.003

  • Silencio, luz, acción

    Silencio, luz, acción

    En el balcón con vistas al lago, María tomaba una infusión de ramitas de tomillo que ella misma recolectó esa mañana. Era el comienzo de la primavera, las abejas salían de parranda, los pájaros preparaban sus coreografías, los borregos vagonetas tomaban el sol, el viento soplaba suavecito y el cielo tenía un tono azul eléctrico.

    María se sentía con mucha suerte de poder estar en ese lugar, lugar de pura vida.


    Hace apenas un año, todo era tan diferente. Apenas hace unos meses, María se sentía muy enojada, se sentía desconectada de ella misma y desconectada de la Pachamama. Se recordó conduciendo en medio del tráfico de aquella ciudad caótica, entre asfalto, entre ruido, entre gritos, entre nubes negras de humo, entre calores insoportables, entre caos.
    Sentía ira, mucha ira, ira por el presidente, ira por los políticos, ira por los activistas, ira por los ecologistas, ira por los ciudadanos del mundo que no hacían lo suficiente y que vivían sesgados, caminando a paso firme por un camino de desolación y destrucción.

    María sentía que estaba en un túnel negro, profundo, repleto de ira. Ella luchaba con todas sus fuerzas para salir de ahí, pero cuanto más luchaba, más se enredaba, era como estar entre arenas movedizas. Sus fuerzas no le alcanzaron, la ira la invadía, así que María dejó de luchar. Se dejó sumergir en el túnel negro, tocó fondo, y ahí vio la luz, la siguió y salió.
    Al salir del túnel se dio cuenta que la ira estaba ahí para hacerla reaccionar, y su voz interior le susurró: el cambio empieza en una misma.

    Se llenó de fuerza, se miró al espejo y supo que estaba lista para un cambio. La energía que gastaba culpando a los demás la consumía. Estaba lista para transformar esa energía en algo positivo, estaba lista para construir el mundo que quería para ella misma y para los demás.

    Pasito a pasito dejó de fumar, dejó de comer carne (de vez en cuando pescadito y por ahí un camarón), hacía sus compras en el mercado, acolitando así a los campesinos y comerciantes locales, dejó de beber esa gaseosa tan deliciosa, dejó de comer esa hamburguesa con tanta grasa de esa cadena que anda por todo el mundo, compartía el auto con otras personas y lo sacaba solo cuando era necesario, hizo temazcalitos, hizo grupos de canto, hizo masajes shiatsu, se fue a vivir al campo, aprendió un poquito a trabajar la tierra, se curó el alma y el corazón con plantitas, se rodeó de una tribu hermosa que cada vez se hace más grande. Por ahí conoció a una curandera, por ahí conoció a un chamán, por ahí conoció a un payaso, por ahí conoció a un psicólogo, por ahí conoció a un profesor ecologista que enseña a niños a plantar plantitas, por ahí conoció a un asambleísta que lucha por el cambio climático, por ahí conoció a un especialista sobre las monedas complementarias, por ahí conoció a una actriz que trabaja en un nuevo método llamado teatro fórum interior, que hace que a través de la interpretación las personas conecten con su interior… por ahí conoció a mucha gente comprometida, sonriente, fuerte y solidaria.

    Terminó el último sorbo de su agüita de tomillo, se fue a dar una vuelta al borde del lago, respiro, sintió y supo que todo estaba en orden y que la esperanza y el amor son infinitos. Creía en ella, y creía en la humanidad.

    Una de tantas historias incompletas sobre el medioambiente.

    Autora: Melanie Cheradame

  • Asesinato ambiental

    Asesinato ambiental

    La escalofriante información que se entregó por parte del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), sobre el asesinato de Asdrúbal José Chávez Jiménez, presidente de la enorme compañía petrolera venezolana PDSA, levantó una enorme operación policial por todo el país y dio paso a una infinidad de arrestos de políticos opositores al Gobierno del régimen chavista. 

     Durante las 48 horas posteriores al asesinato de Asdrúbal, el gobierno de Nicolás Maduro atribuyó la autoría intelectual, por todos los medios de comunicación posibles, a su oposición política, siempre utilizando la frase: “Prisión para los fascistas neoliberales asesinos”. La crudeza de la descripción del asesinato hacía muy difícil entender hasta dónde puede llegar el odio de una persona para tomar venganza o, simplemente, por ambicionar algo.  

    El SEBIN indicó en rueda de prensa que, junto a una de las partes del cuerpo encontrado, había una carta del autor del crimen con una sola frase: “Es hora de que me devuelvas lo que me has robado”. Además, informaron que pegada a la misiva venía una hoja de araguaney, que es considerado el árbol nacional del país. 

    Dos meses después, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), de México, convocó en una masiva rueda de prensa a todos los medios de comunicación nacionales y extranjeros para informar sobre el secuestro y fallecimiento de Octavio Romero Oropeza, presidente de la enorme empresa petrolera mexicana PEMEX.  

    La descripción del asesinato parecía de una película de ciencia ficción. Los secuestradores habían encerrado a Octavio en una especie de invernadero completamente lleno de plantas, que en su mayoría eran venenosas. El recinto estaba completamente sellado, por lo que no existía la posibilidad del ingreso o salida de aire. Los investigadores indicaron que tomando en cuenta las medidas de esta “infraestructura de tortura”, Octavio debió pasar dentro de ella entre dos y tres días antes de perder la vida.  

    En la misma rueda de prensa se indicó que tanto el CNI como el SEBIN, coincidían en que los autores intelectuales de este crimen atroz, nuevamente eran los grupos de extrema derecha de ese país, los cuales no veían con buenos ojos el “cambio liberador” que se estaba dando en la región.  Al igual que en el caso de Venezuela, en México también se encontró una carta con la misma frase que en el primer asesinato: “Es hora de que me devuelvas lo que me has robado”, a la que también venía pegada una hoja de su árbol nacional, el ahuehuete. 

    A partir de la rueda de prensa, desde México hasta Argentina, América se convirtió en una gigantesca guerra civil en la que se buscaba encarcelar a la mayor cantidad posible de políticos rivales por parte de los gobiernos del socialismo del siglo XXI. Las batallas en las calles fueron sangrientas, el miedo a decir algo era evidente. Unos pensaban que podían ser asesinados por sus ideas y otros que podían ser encarcelados. 

    Un año después, cuando la mayor parte de Latinoamérica ya se encontraba absolutamente en cenizas, entre el miedo y la ausencia total de actividades productivas, nadie esperaba escuchar al director del MI6, el servicio de inteligencia británico, esa fría tarde del mes de enero. “Buenas tardes a todos, lamento informarles, que el presidente de la Royal Dutch Shell, Andrew Mackenzie, ha sido asesinado de una forma brutalmente aterradora”.  

    El relato espeluznante de saber que Andrew había sido colocado dentro de un barril de petróleo, al cual se le había puesto una fuente de calor en la parte inferior y sometido hasta su fallecimiento a un incremento paulatino de la temperatura, me generaba escalofríos.  

    Además, el director del MI6 puso sobre la mesa una teoría completamente diferente a la que habían recurrido los gobiernos de México y Venezuela. Primero empezó aclarando que se podría tratar de un asesino en serie y que nada tenía que ver con la visión política indicada por la “teoría latinoamericana” y que destruyó buena parte del continente. Indicó que había que considerar el motivo de venganza por un “crimen ambiental”, representado por los presidentes de las empresas más contaminantes del planeta y en el que el asesino busca que sus víctimas devuelvan lo que ellos le han hecho a la naturaleza.  

    Al terminar esta declaración el silencio en la sala de conferencias, al igual que en mi casa, era evidente, hasta que John Ready (famoso reportero británico) hizo la pregunta, una que todos teníamos en la cabeza: ¿Señor director, usted cree que es posible que existan más intentos de secuestro y asesinato? La respuesta fue contundente: “Sí, Sr. Ready, estamos totalmente convencidos, y aprovechamos esta rueda de prensa para indicar a todas las empresas cuyo fin comercial sea de carácter extractivo y contaminante en el mundo, que su personal puede ser atacado en cualquier momento”.   

    Todo se paró de golpe en el planeta.  Cada día miles de empleados renunciaban a sus trabajos en empresas con un alto impacto ambiental, pese a que muchas de ellas entregaban dentro de sus beneficios laborales protección personal para ellos y sus familias. Después de atribuirse once asesinatos en apenas seis años y sin que ningún gobierno lograse ninguna pista, el “Jardinero del petróleo”, nombre sensacionalista que le dio el tabloide “Daily Mirror”, había logrado la mayor transformación del planeta en la búsqueda de energías renovables.  

    Casi la totalidad de las empresas habían apurado todos sus planes en la búsqueda de nuevas fuentes de energías renovables y la mayor parte de los gobiernos de países en desarrollo no se habían atrevido a iniciar nuevos proyectos, debido a la amenaza que se dejó en una de las cartas. 

    Hoy, mientras me afeito, escucho en la radio que la carta del “Jardinero del petróleo”, es la noticia más importante para la prensa de todo el mundo, y esto me lleva a cuestionarme: ¿Por qué estas empresas no pararon antes, cuando sabían que estaban matando a miles?, y sí lo hicieron cuando maté solo a once…. Creo que éxito es saber a quién matas y no a cuántos.    

    Una de tantas historias incompletas sobre medio ambiente.

    Autor: Miguel Viniegra

  • La noche del cielo rojo

    La noche del cielo rojo

    –Entonces, ¿el invasor las secuestró en su propia granja?

    –No. No nos secuestró. Nos rescató. Nos salvó de los otros… invasores, como les ha llamado.

    –Entonces era uno de ellos.

    –Era como ellos. Pero no era uno de ellos. Los otros querían hacernos daño. Él quería protegernos.

    –¿Y eso cuándo sucedió?

    –A la mañana siguiente a la noche del cielo rojo. Al amanecer.

    –¿Por qué confiaron en él? ¿Cómo supieron que no quería hacerles daño también?

    –No lo sé. Lo supe. Mi hija también. De algún modo, lo supimos.

    –¿Sabe por qué fueron a por unos niños muy concretos, y no a por otros?

    –Les necesitaban. Mi hija… y otros como ella, son distintos. La primera generación. Así les llamó.

    –¿Para qué les necesitaban?

    –No lo sé.

    –Vamos. Estuvieron con él casi una semana. Las cuidó y las protegió todo ese tiempo. Sé que hablaron… y sabe mucho más de lo que nos está contando.

    –Es curioso. Al principio yo pensaba que él nos hablaba, hasta que a los pocos días me di cuenta de que no emitía sonido alguno. Sus… mensajes llegaban directamente a mi cabeza. Ahora ni siquiera estoy segura de que fueran palabras. Simplemente entendía lo que quería decirme.

    –¿Se comunicaban telepáticamente?

    –Oh, no, yo necesitaba hablar. Creo. Ni siquiera lo había pensado hasta ahora. ¿Me estuvo leyendo la mente todo ese tiempo? Pero mi hija y él sí se comunicaban de la misma forma.

    –¿Quiénes son? ¿Qué son? Usted es la persona, que sepamos, que ha estado más en contacto con uno de ellos. ¿De dónde vinieron?

    –No vinieron de otro planeta, como muchos dicen. Ni de otro mundo.

    –¿De dónde, entonces?

    –Vinieron… de aquí mismo. Ellos son… nosotros. O lo que seremos dentro de muchos, muchos años.

    –¿Son humanos? ¿Humanos del futuro?

    –Mejores que nosotros, en muchos aspectos. Más débiles, en otros. Por eso necesitaban cubrirse de esa forma. Por eso los respiradores.

    –¿Viajaron en el tiempo, entonces? ¿Fue eso lo que provocó que los cielos de todo el planeta se tiñeran de rojo?

    –Sí. Debió ser eso.

    –¿Y vinieron aquí, desde el futuro, con qué intención? ¿Para raptar y llevarse a un montón de niños? ¿O buscaban algo más?

    –Su planeta… Nuestro planeta, dentro de muchísimos años, estará al borde de la aniquilación total. Habremos arrasado de tal forma el medio ambiente que cualquier cosa que viva sobre su superficie estará abocada irremediablemente a su desaparición. Entre ellos el ser humano. Sobre todo el ser humano. No el ser humano que conocemos ahora. Un ser humano extraordinario, evolucionado hasta extremos que ahora somos incapaces de concebir. Un ser humano que podría, debería estar en su plenitud más absoluta, capaz de trascender hacia nuevos niveles de la existencia… condenado sin embargo a la extinción por culpa del propio ser humano.

    –Pero, en ese futuro tan… espléndido para el ser humano, ¿no encontrará la forma de salir de una Tierra moribunda para asentarse en otros planetas? Porque ahora no estamos tan evolucionados y ya se está hablando de eso.

    –Eso no funcionó. No funcionará, quiero decir.

    –Entonces, ¿para qué vinieron? ¿Cuál era su objetivo?

    –Eliminarnos de la faz de la Tierra. Erradicar una especie nociva y funesta, convertida en el mayor de los peligros para su planeta y para sí misma, y quedarse para ellos una Tierra a la que aún podrían salvar y sabrían cómo proteger.

    –Pero… No lo entiendo. ¿Erradicarnos de la faz de la Tierra no supondría condenarles, de alguna forma? Si somos su pasado, sin nosotros ellos no podrían llegar a existir.

    –No sé cómo funciona. Creo que para eso necesitaban a los niños. A la primera generación. Además, una vez que nosotros ya no estuviéramos, ellos mismos se asentarían aquí y ahora. Y aquí y ahora podrían sanar y recuperarse, a la vez que el propio planeta sanaría y se recuperaría. Y el futuro del ser humano, en esas condiciones, podría ser ya… ilimitado.

    –Un tanto radical, ¿no le parece? ¿Realmente necesitan eliminarnos? ¿No pueden… explicarnos las cosas, enseñarnos y coexistir? ¿Compartir recursos? No sé. ¿Evolucionar juntos?

    –Eso tampoco funcionaría.

    –¿Lo saben? ¿Tan seguros están de ello?

    –Lo saben. Están seguros.

    –¿Y por qué ahora? ¿Por qué no viajar más atrás en el tiempo, a un planeta más virgen, sin apenas humanos a los que exterminar, mucha menos resistencia?

    –También lo intentaron. Y tampoco funcionó. Además, necesitan a la primera generación. Y estamos muy cerca del punto de no retorno. El momento en el que traspasaremos la línea entre cuando aún estamos a tiempo de salvar el planeta y cuando ya no habrá nada que podamos hacer para salvarlo. Es lo más ético, según su punto de vista. Dejarnos existir todo el tiempo que sea posible, hasta que ya no quede más remedio que eliminarnos.

    – ¿Lo más ético? Perdone, pero a mí no me parece ético en absoluto. Estamos hablando de un exterminio… ¿Qué puede haber de ético ahí?

    –Por eso no todos están de acuerdo. Por eso él nos salvó y nos protegió. Y por lo que sé, consiguieron salvar y proteger a otros niños. Para evitar que los otros pudieran llevar a cabo sus planes. Hay facciones. Discrepancias.

    –¿Quiere decir que su amigo, y otros como él, se oponían a todo eso de erradicarnos y quedarse con el planeta?

    –Sí y no.

    –Vaya.

    –Él no pensaba que no fuera una solución viable o apropiada. Es más, estaba convencido de que era la única solución posible. Pero consideraba que no era una decisión que debieran tomar ellos.

    –¿Y quién debía tomarla, entonces?

    –Nosotros.

    –Ah, bueno, genial. ¿Lo sometemos a referéndum, entonces? Creo que puedo avanzarle cuál sería el resultado.

    –No todos nosotros. Uno de nosotros bastaría. En representación de todos los demás.

    –Perdone, pero sigue sin parecerme justo.

    –Alguien que pudiera llegar a comprender las dimensiones reales del conflicto. Alguien que tuviera tiempo para procesarlo y examinarlo desde todas las perspectivas posibles. Alguien capaz de ver más allá de la insignificancia de su propia existencia para pensar en el bien común.

    –Demasiada responsabilidad sobre una única persona, ¿no cree? Además, sería tan injusta cualquiera de las dos decisiones que pudiera tomar que… No, lo siento. Es imposible.

    –Matar a la raza humana para salvarla, o salvar a la raza humana para matarla. Complejo, sí. Injusto, seguro. ¿Imposible? No lo creo.

    –¿Y quién podría ser esa persona que…?

    –Yo.

    –¿Cómo dice?

    –Yo. Yo soy esa persona. Él me eligió. Ellos me eligieron, aunque yo al principio no lo sabía. Y llegado el momento, cuando supieron que estaba en condiciones de poder tomar una decisión… me dejaron tomarla.

    –Vaya. Estoy totalmente sin palabras.

    –Es comprensible.

    –No… No lo entiendo. La historia que me está contando es una completa chifladura y sin embargo la creo. No sé por qué, pero la creo.

    –¿Verdad? Es extraño al principio.

    –Y fue entonces cuando usted decidió salvarnos de la extinción y ellos se retiraron. ¿Así, sin más?

    –Bueno. Ellos se retiraron. Eso es cierto. Pero… yo aún no le he contado cuál fue mi decisión.

    Una de tantas historias sobre el medio ambiente.

    Autor: Rodrigo Martín

  • Vuelta a casa

    Vuelta a casa

    Mi nombre es Marjorie, tengo 28 años, soy de Quito. Quito es una ciudad un poco peculiar; muy pequeña y muy grande a la vez, aburrida a veces, convulsionada, a ratos parece que no viviera nadie pero no porque falte gente, más bien porque pocas veces te miran a los ojos. Seguramente no pasa solo en Quito, pero es la única ciudad que conozco, así que sólo puedo hablar de eso.

    Nunca fui buena para estudiar, pero no porque sea ninguna vaga, no se confunda, simplemente no sabría qué estudiar, así que decidí dedicarme algo que me mantenga ocupada y me permita pagar el arriendo del cuartito de La Tola dónde vivo con mi perrita Lola.

    Mi primo era el chofer de bus profesional y él me consiguió el puesto de “controladora”, poco después se chocó por ir haciendo carreras con otro de la cooperativa y le despidieron, pero yo me quedo en mi bus. Lo mejor de mi trabajo es ver cada día gente distinta, hay de todo: los oficinistas de 6:00 a 7:30, los guaguas de las escuelas que siempre llegan tarde a la parada y corren atrás del bus hasta el primer semáforo, a mí las que me dan pena son las viejitas que ya ni pueden subir las gradas del bus, y a veces les toca el vuelo.
    Sí me gusta ser “controladora”, conozco gente, me ubico en la ciudad y a veces pasan cosas que le cambian a una; un día, como a las 4:00 o 5:00 de la tarde unos niños se subieron en la parada de “la colmena”.

    Era un día un poco raro, estaba lloviendo y el bus estaba a medio llenar. Los niños no eran grandes, tendrían unos 9 o 10 años, parecían amiguitos o hermanos; eran un niño y una niña. Yo no sé qué pasaba ese día que se sentía que algo malo iba pasar. Los guaguas estaban mojados y nerviosos, se sentaron cerca del chofer y pude oír lo que decían: ella estaba temblando, la mamá no le daba permiso para coger el bus sola, él le decía que estaba todo bien y que pronto llegarían a casa.

    Como llovía y el día estaba bien oscuro parecía ya de noche, apenas eran las 6:00 p.m. Yo me dí cuenta de las miradas de los demás pasajeros: más de uno regresaba cada rato a ver a la niña, ella tenía la blusa blanca y la falda plisada mojadas, habían salido recién de la escuela porque llevaban las mochilas y el uniforme. A mí me da rabia que los hombres les queden viendo así a una niña, ¡una niña!

    Parece nomás que no pasara nada, nadie se mueve del asiento, por suerte nadie se acercó. Pero para mí es muy evidente que más de un tipo le miraba las piernas, algunos se fijaban en el topcito que llevaba de color blanco debajo de la blusa, yo a veces si me imagino esos babosos en sus casas, cómo serán con sus esposas, con sus hijas. Algunos hasta se ponen nerviosos, se les agita la respiración, a mí me dan asco.

    Ella también notaba las miradas, estaba incómoda, él no tanto.
    Llegaron hasta Carcelén, ahí se levantaron del asiento y tambaleándose por el movimiento del bus fueron hasta la puerta, la falda de ella se levantaba un poco con el vaivén, el viento, la mochila y el tope de los asientos. Esos morbosos no le quitaban los ojos de encima.
    Al rato se bajaron y caminaron hacia el extremo de la cuadra. Se perdieron en la clara oscuridad de las 7:00 p.m. Por un momento pensé que yo podía haber sido una de las últimas personas en verla bien, con vida digamos, esas cosas pasan… Las niñas desaparecen.

    Sólo espero que haya llegado bien a su casa, bueno ambos, claro. Pero todos sabemos que ella corre más peligro.

    Una de tantas historias incompletas sobre feminismo.

    Autor: Karina Barragán

  • 8 de marzo

    8 de marzo

    8 de marzo, me levanto, miro el reloj, las seis de la mañana, y el tonito de los mensajes de WhatsApp rompe la paz del día que comienza. El contenido: canciones y frases, unas profundas, otras jocosas y otras de las dos. El Día de la Mujer, celebración de un acontecimiento histórico, pero me digo, vaya, día de la mujer son todos, todos aquellos que amanecen, y son vividos por la hija, por la madre y por la abuela. Por la campesina que se levanta entre penumbras a entregar amor en su vasija de ternura, y que enseguida sale a inundarse de sol, en su campo de puros aromas de naturaleza, que entrega en la sal de su sudor el respeto a la naturaleza, que da gracias con su azadón por la tierra fértil que la alimenta.
    Nos levantamos este día en la ausencia de los miles de acontecimientos que anteceden la celebración del 8 de marzo, fecha impuesta por ese gran organismo de dominación, y, como cada año, nuevamente las recuerdo, hoy más fácil gracias a Internet. Estos acontecimientos poco tienen que ver con el Día, y lo que se pide en emancipación femenina en la actualidad tampoco tiene que ver con las justas luchas de aquellas mujeres, que al igual que muchos hombres, sufrieron opresión, maltrato e injusticias.
    Me imagino entonces a aquellas mujeres de antaño, en su compleja vivencia entre el trabajo, los derechos y ciudadanía, me imagino a aquellas mujeres excluidas, esas mujeres buscando inclusión a través de un trabajo en la industria, en áreas que la sociedad sí considera trabajo. Porque la ardua actividad de hogar, de amor, de entrega, no ha logrado en una sociedad perversa y machista ser considerada trabajo.
    Entonces me imagino y valoro a la mujer, un ser inigualable de mil faenas, faenas activas, productivas, profundas, faenas que engrandecen riquezas materiales, faenas que complacen comodidades, faenas que no tienen precio porque producen el más grande brillo del amor. La mujer siempre persiguiendo lo mejor, lo atrapa, lo hace suyo y lo suyo es universal.
    La sociedad falló, los hombres fallaron y hasta la misma mujer. Se forjó una sociedad machista, si así la queremos llamar, yo la llamaría sociedad del desamor, de la desconsideración, del abuso.
    Una casa impecable, una comida caliente y deliciosa, una parada de ropa lista, suave y perfumada, una bendición llena de luz y dulzura, unos consejos sabios, unas llamadas de atención, un acompañamiento en las tareas de cada miembro de la casa, esa luz constante de la presencia de la mujer… Todo eso y más ha sido desvalorizado. Para la sociedad desatinada en valores, todo eso no es trabajo y no merece ser reconocido, mucho menos remunerado. Por el contrario, es menospreciado. La mujer que ilumina de tal forma la casa, esa mujer no trabaja.
    Me imagino la justa emancipación de las mujeres y agradezco sus luchas, aun sintiendo el vacío que provoca esta sociedad indolente que no valora la construcción del hogar en el amor, los afectos de la mujer, y abogo por las mujeres que dan cuenta de la vida, del amor, de los valores. Hemos de defender sus justas posiciones, poniendo por delante la vida.
    Imagino a aquellas mujeres levantarse cada día entre baños de amor, imagino a esas mujeres mirando indignadas a esas feministas adueñadas de causas que no son suyas para defender la muerte, para divagar en un camino de mediocridad, para poder tomar ellas también esa vida libertina en la que se han sumergido muchos espíritus empobrecidos de hombres.
    Vamos a reconocer que los machos, al igual que las mujeres, son paridos con úteros de mujeres, amamantados con la mejor leche de mujeres, acunados en brazos de mujeres y criados con los mayores privilegios de mujeres, y mientras esto no se convierta en conciencia de mujeres, el feminismo será sólo una batalla contra los hombres.
    Muy emotiva y muy justa la emancipación de las mujeres. Estaremos atentas a toda injusticia y siempre lucharemos, pero que nadie se atreva a dividirnos, ni ellos, ni ellas, las mujeres debemos asumir nuestro compromiso con la historia y con la VIDA, no con la MUERTE.

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autor: Rocío Torres Benavides

  • Carta a una futura mamá

    Carta a una futura mamá

    Mamá quiero poder elegir… para elegir ser verdugo.

    Que nadie me malinterprete, quiero poder ser verdugo antes que víctima.

    Por cuestiones diversas, siempre nos hemos situado en un escenario de aceptación y resignación. Yo, personalmente, no tengo ninguna historia aterradora que contar, pero si la vida es un juego, he perdido la partida sin haber jugado. 

    Podríamos decir que he sido sujeto de otro, que siente necesidad de afianzar su estatus. A partir de ahí, abundantes historias que contar, si bien, lo que me queda claro es cuándo puedo hablar y qué no puedo decir.

    Asumimos y aceptamos que puedan asaltarlos por la calle, con un simple «que te den» por respuesta, si no te conformas con el miedo, invadiendo nuestro espacio como si fuera propio.  Ahí te das cuenta del lugar que ocupas en «espacio público» y, evidentemente, no tienes el mismo derecho que tu agresor, eso ya te lo deja claro, le perteneces.

    Despentes ya explica en su libro que «las mujeres tenemos que aceptar que ser libres conlleva sus riesgos». Unos riesgos que nadie ha tenido en cuenta cuando nos desarrollamos como humanos y, por lo tanto, define nuestro destino.

    Mamá siempre recalcó: «Ten cuidado», “mantente alerta”, cual cervatillo sobreviviendo atento ante un posible ataque del depredador. Y estos consejos me mantuvieron alerta, evitando riesgos, pero con miedo. Lo que nadie me explicó es que me iban a soltar en mitad de la guerra, porque las mujeres estamos en guerra, constante, y sangramos más de una vez al mes para partirnos la cara.

    Cuando pensamos en guerra imaginamos soldados armados hasta los dientes, pero ¿por qué a nosotras nos mandan a la guerra sin armas?

    Necesitamos con urgencia restablecer conceptos, repensar la realidad, cambiarla.

    Necesitamos aprender a defendernos, a reaccionar ante un ataque, no como víctima ya definida, si no como una soldado más. Pues perpetuar este engranaje siempre nos definirá perdedoras, con un claro ganador, que no es él (persona del sexo masculino).

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autora: Elisa Jiménez Azcona