Autor: admin

  • Editorial

    Editorial

    Hace un par de semanas leí en alguna red social un titular: “¿A los hombres también les pasa?”. Era una serie de micro historias que se alimentaba con los comentarios de mujeres contando sus experiencias en situaciones en las cuales se habían sentido violentadas. Predije que era una cosa sensacionalista de esas que se inventan los grupos extremistas que intentan cambiar el mundo con marchas y gritos histéricos. Nunca
    entendí muy bien esa dinámica.

    Decidí continuar leyendo por simple curiosidad y pasé de un comentario a otro sin prestarles mayor atención. De repente, reconocí un nombre. María Gabriela J., mi exnovia del colegio. Una niña inteligentísima con quien tuve las charlas más profundas.
    Nunca más conocí alguien como ella. Recordé su sonrisa y sus pecas enmarcadas por la una larga cabellera castaña, nuestro primer beso a los 14 años en un paseo a la
    montaña… cuantos recuerdos. A los 16 me mudé y me cambié de colegio, no supe más de ella a pesar de jurar llamarla. No cumplí. Volví a la realidad y me concentré nuevamente en la lectura. Podría ser interesante su punto de vista: «Cuando tenía 17, un día martes, esperaba el autobús para ir al colegio. Eran las 6:45 am
    y estaba sola en la cuadra. De repente, apareció trotando un hombre en ropa deportiva, supongo que tendría unos 40 años. Al aproximarse a mí, ralentizó el paso, sacó su miembro y empezó a masturbarse mientras me miraba los pechos. Yo traía puesto mi
    uniforme, no se veía absolutamente nada, no entendía lo que estaba sucediendo. Cuando quiso aproximarse fui presa del pánico. Afortunadamente dobló la esquina el
    transporte escolar, el tipo se cubrió y siguió trotando como si nada. ¿A los hombres también les pasa?”.
    Al terminar su historia sentí una punzada en el corazón. ¿La dulce Gaby había pasado por algo así? Yo iba todos los días a buscarla a su casa para ir juntos a la parada del bus.
    Me sentí miserablemente triste al leer sus palabras y me imaginé a mis hijas
    adolescentes en una situación similar. Y sí, a mí jamás me había pasado. Entonces sí que puse atención a lo que aparecía a continuación. Algunas historias eran abrumadoras:
    Rosario A.: “En mi trabajo un día en que me quedé un par de horas después de mi jornada normal terminando un informe, mi jefe me llamó a su oficina y me pidió que
    cerrara la puerta. De repente lo tenía sobre mí quitándome la ropa y diciendo que él veía como yo le lanzaba miradas lujuriosas, que no fuera tan perra para resistirme en
    ese momento. Me violó y me amenazó con echarme si lo denunciaba. A los pocos días renuncié, aunque necesitaba muchísimo mi empleo, no pude volver a ese lugar. ¿A los
    hombres también les pasa?”.

    Ana L.: “Estaba cursando mi segundo año en la Facultad de Arquitectura. Recuerdo inscribirme en una clase de historia del arte. El profesor era un señor bastante mayor, yo tenía 20. Unas semanas después del inicio del curso me propuso ser su asistente de
    cátedra pues le habían gustado mi desempeño además de mi récord académico. Acepté, era una buena oportunidad para aprender. Al poco tiempo empezó a hacerme invitaciones a salir, las cuales rechacé categóricamente, hasta que un día me lo encontré fuera de la cafetería donde yo trabajaba medio tiempo. Se ofreció a llevarme a casa y al negarme intentó forzarme a entrar en su auto. Afortunadamente salieron varias
    personas y pude escapar. Perdí el semestre, abandoné su clase y nunca más pude volver a salir sola de la universidad ni de mi trabajo, él siempre estaba afuera esperándome.
    ¿A los hombres también les pasa?”.

    Luciana M.: “Yo les voy a resumir mi situación en pocas palabras: me pagan menos que a mis compañeros hombres por hacer el mismo trabajo o más. Y como tengo un cargo alto dicen que tuve que acostarme con alguien para conseguir mi puesto. ¿A los hombres también les pasa?”.

    Raquel R.: “Un día en una fiesta de la universidad mi novio y un amigo suyo me dieron una bebida que contenía escopolamina. Yo no sabía que me estaban drogando. Me violaron entre los dos mientras estaba inconsciente y me dejaron en la calle a la madrugada. Alguien me encontró y me llevó a un hospital público cercano. Resulta que la culpa fue mía por andar con dos hombres. Por favor, ¡eran mi novio y su mejor amigo! Los desgraciados me destrozaron no solo física sino también emocional y psicológicamente. ¿A los hombres también les pasa?».

    Blanca A.: “Subí a un taxi el otro día en la Amazonas y Colón, eran las 10 am. Le pedí al taxista que me llevara al antiguo aeropuerto. Entonces empezó a desviarse y con el
    pretexto de conocer una ruta más rápida me llevó por calles totalmente desoladas. Empecé a desesperar y le pedí que se detuviera, él puso los seguros. Paró y se pasó al asiento de atrás, me empezó a manosear mientras yo gritaba. No sé qué pasó, pero se arrepintió y después de pegarme, me dejó botada en medio de la nada. ¿A los hombres
    también les pasa?”.

    Ungrid M.: “El otro día me subí al transporte público, no cabía un solo alfiler. En eso sentí que un tipo se me acercó demasiado y se restregó contra mi pierna insistentemente. Yo
    intenté zafarme, pero había demasiada gente. Desesperada empecé a gritarle y el hombre se rió de mí antes de bajarse. Cuando me di cuenta tenía semen en mi pantalón.
    ¿A los hombres también les pasa?».

    ¿Cuántas veces cerramos los ojos ante estas atrocidades? Como hombres les debemos una sociedad mejor a ellas y a nosotros mismos. Por eso decidí escribir este editorial y también salir a la marcha de hoy por Gaby, mi madre, mis hijas, mi hermana y mi esposa. Por ustedes compañeras. Desde hoy gritaré con ustedes. Y tienen razón: a los hombres
    no nos pasan estas cosas.

    David Rosemberg
    Editor General

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autor: Ana Verónica Andrade


    Twitter: @anavero1902 /Fb: @anaveronicaandradenarvaez

  • Un gran Salto

    Un gran Salto

    Nací en Chile y crecí en el Ecuador. Dos países maravillosos, pero con culturas lastimosamente mucho más enfocadas a los hombres. En mi vida vi muchas veces a las mujeres cocinando, mientras los hombres jugaban en el cuarto de al lado, quienes eran luego llamados a una mesa perfectamente adornada y preparada. Luego, al levantarse, agradecían y dejaban todo el trabajo a las mujeres, ya sea sólo a la esposa o también a las hijas. “Mijita, vaya a ayudarle a su mamá”.  Estos comportamientos y comentarios me han molestado por muchos años, y me siguen molestando. ¿Será que a los chicos se les derriten las manos si lavan los platos? ¿O que las chicas no tienen nada más importante que hacer que tener una casa limpia y ordenada?  Las tareas del hogar son importantes, sin duda, pero son de todos.

    Ha habido un cambio positivo en mi generación y, aunque no es suficiente, vamos por buen camino. Hombres que disfrutan cocinando los fines de semana, que se ocupan de sus hijos, juegan con ellos y que participan en las tareas del hogar. Me da gusto ver que tanto chicos y chicas tienen posibilidad de estudiar y de luego trabajar en las carreras que han elegido. Al mismo tiempo, veo con tristeza cómo a las embarazadas no se las protege como lo necesitan, o como a las nuevas madres deben regresar a su trabajo tan solo un par de meses después de dar a luz, luchando con un cuerpo cambiante entre su trabajo y un bebé que las llama y necesita.

    Hoy, vivo en Alemania, un país que no es perfecto, pero es interesante y más desarrollado que aquellos que conozco. Hablando con mis amigas aquí, me he dado cuenta como la posición que tenían mis padres en equidad de derechos y responsabilidades, era la misma que la de sus abuelos. Este país va una generación por delante en estos temas. Una generación con más educación y realización laboral, distribución de tareas del hogar y responsabilidad con la familia.  Aquí se fomenta la protección maternal en el último mes de embarazo, donde la madre recibe su sueldo completo sin ir a trabajar. Después de eso tiene su puesto de trabajo garantizado durante 3 años, y durante el primero de los cuales recibe 60 por ciento de su salario normal. Este beneficio -Elternzeit- es voluntario y tiene gran aceptación en la población. Puede ser dividido entre los dos progenitores, permitiendo al padre ser parte activa de la nueva vida familiar y, al mismo tiempo, a las mujeres volver antes al ámbito laboral. Aparte de esto existe en las empresas un porcentaje, creciente, de ocupación femenina en puestos de liderazgo, y se está luchando por igualdad de sueldos (para hombres y mujeres en el mismo puesto). En la política se ve a muchas mujeres muy capaces, algunas de ellas sin hijos, como Angela Merkel, otras con hasta 7, que es el caso de Ursula von der Leyen, actual presidenta de la Comisión Europea. En estos casos, comentan ellas, que sus esposos toman una parte significativa de las tareas y responsabilidades del hogar, por sus exigencias laborales.

    En este país existen un par de medidas que apoyan y protegen a la familia, y así también a las mujeres. El gobierno reconoce para el seguro social el trabajo de los padres durante los tres primeros años de cada hijo como si fuese trabajo normal. Además, paga una mensualidad a las familias por cada niño, evitando así la pobreza infantil. La educación y salud están cubiertas.  Todo esto está basado en un sistema complejo y completo de impuestos, que no son bajos, pero que funciona.

    Cuando conocí a Michael, hablábamos de cómo íbamos a diseñar nuestra vida. Él, viniendo de Alemania, me pregunta cuando quiero empezar a trabajar, -si mientras o después de los cursos de lenguaje- y si quiero que él reduzca sus horas de trabajo para que yo pueda trabajar también a tiempo completo, realizarme como profesional sin descuidar los niños que vendrán, los que luego se podrán dejar hasta más tarde en el cole.  Yo, que soy latina, no quería que me impusieran nada y quería seguir a mi corazón, ser una gran mamá a tiempo completo. Quería ser yo quien eduque a mis hijos, para moldearlos e inculcarles esos valores que creo son tan importantes. Trabajaré si quiero, pero no quería entrar a la rueda del “tienes que”, si no fuese necesario. Mi vida ha sido producto de mis decisiones, no de alguien que decidiera por mí.

    Así, he decidido cómo debe funcionar mi casa: “El que ensucia, limpia”. Cada uno recoge lo que usa, bota su propia basura. Todos colaboramos, incluyendo a mi esposo, quien adora usar la aspiradora. Cada uno tiene tareas fijas, según su edad. Funciona, aunque no exactamente sin reclamos. También resaltamos los valores y habilidades, tanto en los hijos varones como en las chicas; y ambos reciben reproches en la misma medida. Fomentamos el respeto y la comunicación, así como el amor y la unión familiar. Fomentamos el hacer las cosas de la mejor manera, tanto en lo académico como en lo personal. Lucho por mi individualidad, mi independencia y mi derecho a ser yo misma. Además, junto con mi esposo, hemos decidido formar parte de un programa de padrinaje. Hemos escogido ayudar a dos chicas de escasos recursos: Danmati, en India, y Nerexi, en Ecuador, pues creemos que una niña con más posibilidades va a llegar a formar una mejor familia y, así, una mejor sociedad.

    Feminismo para mí es eso, ser fuerte como mujer, respetarse y hacerse respetar, hacer las cosas de la mejor manera posible, tomar tus propias decisiones y ser dueña de tu propia vida. No dejarse intimidar -y demostrar lo contrario- de lo que otros relacionen con “ser mujer”: lenta, débil, quebradiza, pretensiosa, sumisa, medio esclava. “Pelear como chica” -en todos los idiomas- es una oración como para humillar. Debemos lograr que esa expresión sea reflejo de fuerza y grandeza. Hay que dejar de reírse de esos chistes y comentarios bobos que usan a las mujeres como objeto. Al mismo tiempo, se debe entender que los derechos de una persona llegan hasta donde los de otra persona comienzan, y no por apoyar ciegamente a las mujeres y sus decisiones, esto ocasione que se produzcan más abortos.

    Aún hay mucho trabajo que hacer para vivir en un futuro ideal, donde las mujeres sean protegidas y tengan los mismos derechos que los hombres. Necesitamos mujeres fuertes -mástiles de circo- que sepan su gran valor tanto para la familia como para la sociedad y sepan transmitirlo. Es así como debemos educar a los niños, puesto que algún día serán cabezas de sus propias familias, y lograrán grandes y valiosas cosas.

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autor: Florencia Montenegro

  • Se ama como se quiere

    Se ama como se quiere

    Amor dolido, amor cansado, amor destructor, amor violento, amor descontrolado, amor enredado, amor podrido, amor confuso, amor frustrado, amor amarrado, amor desamparado, amor grotesco.

    Acostada en el césped de su jardín, mientras miraba el cielo azul, de una manera instintiva cerró los ojos, puso su mano en su pecho y comenzó a respirar profundamente. El aire que entraba, poco a poco, disipaba el dolor que sentía en su interior.

    Escuchó el cantar de los pájaros, el murmullo del viento, las risas lejanas y el ladrar de su perro.

    Ahí, acostada, con su mano en su pecho, sintió que se conectaba con ella misma, y al encontrarse, sonrió.

    Amor desinteresado, amor libre, amor bondadoso, amor compañero, amor caricia, amor susurro, amor desapego, amor silencioso, amor sutil, amor atrevido, amor desbordante, amor entendimiento, amor cobija, amor propio.

    Tenía la sensación que el amor que habitaba en ella salía por cada poro de su cuerpo y  se entrelazaba en todo lo que estaba a su alrededor, en el césped, en lo árboles, en los pájaros, en el cielo, en las risas lejanas y en el ladrar de su perro.

    Amor hermoso, amor que sana, amor que crea.

    El dolor de su pecho se esfumó por completo…

    Una de tantas historias incompletas sobre feminismo.

    Autor: Melanie Cheradame

  • Los juegos del amor

    Los juegos del amor

    Me considero una persona a la que le gusta resolver problemas. Una persona curiosa que quiere aprender más acerca de la vida. Y ahora, a mis treinta y tres años, siento que las piezas del rompecabezas del amor empiezan a tener sentido.

    Los rompecabezas, el Tetris, los juegos de estrategia siempre me han gustado. Mario Bros, Tomb Raider, El señor de los anillos, Candy crush, Catan, entre otros. No importa si son videojuegos, juegos de mesa, o están en mi teléfono. El punto es que cuando empieza el juego, lo vas descifrando, te enojas, te emocionas, y tienes que escoger ese “último” movimiento que decidirá la partida. A veces pierdes, a veces ganas, pero lo que es seguro es que cada acción, cada pieza, si es usada en el momento correcto, crea una cadena y los siguientes movimientos fluyen sin mayor obstáculo.

    Y así mismo funciona el amor. Las relaciones. Amistades, familiares y románticas. A lo largo de nuestras vidas conocemos a alguien, y si fuimos a tal concierto o si teníamos algo/alguien en común, la relación se termina desarrollando más o no. Cada “juego”, cada relación, es distinto y aporta a tu vida nuevas estrategias y conocimiento. Conocimiento propio. Aprendes qué te gusta y por qué te gusta. Qué no te gusta y por qué no. Aprendes también a honrar esas cosas, como también a respetar las cosas que no te gustan. Por ende, cuando alguien llega a tu vida, eres más receptivo, más respetuoso y cuidadoso, porque ya sabes que esa otra persona trae algo nuevo que enseñar, algo nuevo que vivir.

    Ahora, si eso dura o no, es donde entra la fe con la que entras a jugar cualquiera de estos juegos. Quieres ganar y quieres una relación duradera, en la que puedas crecer y pasar a las diferentes fases a las que no has podido llegar aún porque no tenías esa “pieza”. Y, a veces, sientes que esa persona es “LA PIEZA”, pero pasan los días, los meses y hasta los años y te das cuenta que, aunque lo intentaste todo, en ese tiempo la pieza no entra, no cabe, no vas a pasar al siguiente nivel.

    No es que no haya sido amor, lo fue. Sin embargo, no era la pieza correcta en ese momento concreto. Por ende, te mudas, viajas, conoces a otras personas, te conoces más. Te pasa algo similar, pero cada vez consigues más rápido honrar tu verdad y sabes si la pieza es o no es la correcta. Hasta que, de repente, y sin buscarlo, te lanzas a jugar, aunque dolido, más experimentado, y encuentras a esa persona que cumple con los “requisitos de mi lista”…  A esa persona que cada momento te demuestra ser todo lo que tú quieres que sea y viceversa. Tú no complementas su mundo, mas bien aportas al mismo. Y su relación aporta algo a tu mundo. Es ahí que, sin forzar, la pieza toma su sitio y pasas al siguiente nivel.

    Una de tantas historias incompletas de amor y desamor.

    Autor: Michelle Smith

  • De amor, desamor y todo lo del medio.

    De amor, desamor y todo lo del medio.

    Sucedió en un fin de semana, de esos que parecen rutinarios.  Desde que vivo en esta ciudad acostumbro a descubrirla cuando tengo tiempo libre: subir a un bus, ir hasta cierto punto y caminar, es la única manera de conocerla a profundidad.  Ese sábado, me levanté temprano y mientras desayunaba revisaba las actividades que estaban programadas en el centro de la ciudad, marqué las que me interesaban, revisé la localización de cada una e hice mi ruta.

    Estoy lista para salir… bolso con mi botella de agua, ticket de bus y chompa, nunca se sabe cuándo lloverá. Ahora a esperar el bus, llega el 130 que va directo al centro. En el recorrido me esperan unos 45 minutos de mirar a través de la ventana y seguir memorizando las paradas, las calles, seguir descubriendo nuevos lugares que visitaré en una siguiente ocasión.  Miro a lo lejos una estación de tren, en la siguiente parada me bajo para empezar mi recorrido.

    Camino hacia la calle de los locales de arte, hay bastante gente caminando y disfrutando de la feria. La recorro y al mismo tiempo miro a las personas y cómo se comportan, ¿qué pensarán?  ¿Qué les llama la atención de la feria?  Me gusta analizar e imaginarme sus historias; la historia de las parejas y sus niños, o de los adolescentes que van caminando en otra dirección y concentrados en su mundo virtual.  Camino por un par de horas, visitando los lugares que marqué en la mañana, mirando a las personas, las fachadas de los edificios, las calles, las plazas, todo tiene un aire diferente, tranquilo y cotidiano.  Empiezo a sentir hambre, miro en el mapa qué lugar me queda cerca, mientras busco siento un leve empujón, pasa a mi lado y apenas se da cuenta que me ha empujado.

    – ¡Hey! , ¡mira por dónde vas!

    Regresa a ver, entre sorprendido y molesto, y dice: “Mira tú, ¡sal de mi camino!”. En segundos, cambia de gesto y se disculpa: “Lo siento, voy tarde al trabajo”. Me mira y sonríe.

    He conocido a muchas personas desde que estoy aquí y esa fue la primera vez que durante mis paseos de fin de semana sentí que una sonrisa movió algo en mi interior.  Sonreí yo también e intenté recordar qué estaba haciendo antes del incidente… Cierto, la comida, mmm, veamos, puedo caminar un par de cuadras más mientras decido a dónde ir.  Sigo caminando y de esa sonrisa imagino algunas historias, ¿qué hubiese sucedido si reaccionaba de otra manera?  ¿Si hubiese respondido a su sonrisa? ¿Será que trabaja cerca?  Qué va, en esta ciudad es complicado encontrar a una persona dos veces en el mismo lugar.

    Llego hasta un restaurante de comida local, ingreso y busco una mesa cerca de la ventana, miro alrededor y el ambiente es muy cálido, la decoración ayuda a que el local se sienta acogedor, me da la sensación de haberlo visitado antes, se siente muy familiar.  Ordeno un platillo que llama mi atención, mientras espero, miro por la ventana a la gente que pasa por ahí cerca, imagino sus historias, pero son interrumpidas por el recuerdo de esa sonrisa. Me inquieta esa sensación tan peculiar que puede generar una sonrisa.

    Mi pensamiento es interrumpido por el mesero mientras coloca el platillo frente a mi acompañado de una rosa. 

    -Buen provecho, disfrute de nuestra especialidad del día.

    – Muchas gracias-, le respondo. 

    Me pareció un detalle interesante eso de que la comida venga acompañada de una flor, supongo que será una costumbre del restaurante.

    Disfruto de la comida, con cada bocado descubro nuevos sabores, realmente valió la pena entrar a un nuevo lugar. Termino mi platillo y el mesero se acerca con un postre, el cual no había ordenado; me sorprende además que viene acompañada de una nota. “Realmente lo siento por lo ocurrido en la estación. P.D. Disfruta del postre, te espero la siguiente semana a la misma hora, yo invito”. 

    Mientras todo eso ocurría, apenas percibí que alguien salía del local con paso apresurado, misma persona, misma sonrisa.  ¿En realidad estaba sucediendo todo esto? ¿Dos veces la misma persona? Algo que hasta el momento consideraba imposible.  Guardé la nota, terminé el postre y cancelé mi cuenta.  Pregunté al mesero quién era el que me había enviado la nota.  Su respuesta vino acompañada de un comentario: “Es el dueño del restaurante y seguro causó una impresión en él para que haya preparado el platillo que ordenó.  La siguiente semana será mucho mejor.  La esperamos”.

    Salí del local, caminé por varias cuadras tratando de organizar mis pensamientos. ¿En realidad esto estaba sucediendo?  Durante los siguientes días la ansiedad se hacía presente con solo pensar que se acercaba el día de regresar al restaurante y descubrir quién sería esa persona que me había conseguido ilusionarme en un par de segundos.  Jueves en la mañana, todos los noticieros con la misma incertidumbre.  El virus se está esparciendo, se toman las primeras medidas y se las debe cumplir de manera inmediata y obligatoria. Se cancelan eventos, se cierran escuelas y colegios, el trabajo será desde la casa, locales cerrados, sistema de transporte cancelado hasta nuevo aviso.  Nadie puede salir de sus hogares a menos que sea una emergencia o para abastecimiento de víveres.  No sabía qué me impactaba más, toda la incertidumbre generada por el bendito virus o el no poder llegar el sábado a la cita. Las semanas y meses pasaron, aprendimos a vivir bajo las nuevas medidas de bioseguridad, algo de “normalidad” estaba presente.  Decidí salir e ir hacia el centro, tenía que llegar al restaurante, durante todo ese tiempo no dejé de pensar en lo que había sucedido.  Tan pronto bajé del autobús, caminé a paso rápido y casi al llegar al local noté un anuncio en la puerta de entrada: “Gracias por apoyarnos, pero el restaurante no aguantó la cuarentena”.

    Una de tantas historias incompletas de amor y desamor.

    Autor: Soledad Anda

  • El ventanal

    El ventanal

    A través de un gran ventanal, Ana veía el maravilloso jardín repleto de flores de distintos colores y una enorme pileta central que atraía una gran cantidad de pajaritos. En el filo de la pileta se encontraba sentada una chica, aparentemente de unos 17 años. Después de cinco minutos vio acercarse a ella el que parecía ser su enamorado. Llevaba un hermoso ramo de rosas y sorprendió a la chica con aquel detalle. Acto seguido los dos estaban abrazándose y besándose. <<Este lugar sí que es romántico>> (pensó Ana). De repente alguien tocó su hombro por detrás y la sacó de la admiración de aquel momento.

    -¡Carlos… qué manera tan peculiar que tienes de acercarte silenciosamente sin que te noten! (exclamó Ana admirada)

    -Lo siento, ¿te asusté?

    – No, solo me sorprendiste… ¡mira amor, un colibrí!… quién diría que de todas las personas que están viendo a través de este gran ventanal, el colibrí eligió escogernos a nosotros.

    – ¿Escogernos?, ¿a qué te refieres?

    – Pues… esta ventana mide aproximadamente 20 metros de largo y el colibrí está volando justo frente a nosotros. ¿Sabías que el corazón del colibrí bombea sangre a más de 1200 latidos por minuto?

    – ¡Sin duda el mío está a punto de bombear más que eso! (añadió Carlos nervioso)

    – ¿A qué te refieres? (preguntó Ana sonriendo.)

    Carlos se puso de rodillas, sacó un anillo y le preguntó a Ana <<¿quieres casarte conmigo?>>

    Con los ojos llorosos y una leve sonrisa Ana le dijo: << Me temo que te quieras casar conmigo por las razones equivocadas.>>

    -Ana, me quiero casar contigo por la única razón que existe, te amo y quiero hacer de ti, la mujer más feliz por el resto de tu vida.

    – ¿estás seguro?

    -¡Nunca he estado más seguro en la vida!… entonces, ¿cuál es tu respuesta?

    -Siempre sí, mi amor.

    -¡vámonos de aquí, tenemos que celebrar¡. (Respondió Carlos lleno de emoción)

    Han pasado cinco años exactos desde aquella propuesta. Ahora es Carlos el que mira a través de ese gran ventanal. Piensa en todos los momentos buenos y malos vividos con su esposa, pero hay uno en particular que se le viene a la mente; como en una película, puede ver cada detalle con exactitud. Recuerda haber regresado un jueves del trabajo muy cansado, apenas terminó de conversar con Ana sobre su día extenuante y de que no se sentía apreciado en su trabajo a pesar de sus constantes esfuerzos, Ana se levantó del sillón donde estaban hablando y guardó rápidamente en una maleta ropa de ella y de Carlos.  

    -Alístate, nos vamos a la playa (dijo Ana) y lo convenció en cuestión de minutos de subirse al carro. En apenas tres horas, con ella manejando como si hubiera sido poseída por el mismo Schumacher, llegaron a su destino.

    -Estás loca esposa mía, (dijo Carlos, dándole un beso a Ana mientras se bajaban del carro)

    -Estoy loca por ti… si no te sientes recompensado en tu trabajo y no puedes renunciar por pagar las cuentas, yo estaré aquí para recompensarte hasta que logres encontrar lo que te mereces.

    Esa noche decidieron ir a caminar por la playa. Ana dejó su celular y billetera en el hotel y le sugirió a Carlos que hiciera lo mismo en caso de que alguien los asaltara, pero Carlos guardó su celular en el bolsillo temiendo que lo llamaran del trabajo a pesar de haber avisado que estaba enfermo y faltaría ese día.

    Ya en la playa, pasó lo que Ana de alguna manera predijo… dos hombres flacos, no muy altos con cuchillos en sus manos, lograron quitar a Carlos su celular. Carlos esperaba que su esposa lo regañara, pero se quedó atónito al ver que ella empezó a reírse a carcajadas segundos después de pasar el susto.

    -¿No estás enojada? (preguntó Carlos con recelo)

    – No amor, por cada cosa mala, siempre habrá algo bueno esperándonos. La vida siempre será equilibrada. ¡Vamos, desvístete, metámonos al mar! … después de esto te aseguro que nadie va a robar nuestras ropas.

    Eran ellos dos solos, desnudos en el mar, como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Los dos abrazados, envueltos en su desnudez húmeda, no pudieron evitar dejarse llevar por el desenfreno y la adrenalina del momento e hicieron el amor. Cada ola que rozaba sus cuerpos incrementaba más la excitación. Mientras Ana tenía uno de los mejores orgasmos de su vida, Carlos no dejaba de verla… su piel clara, sus labios carmesí y su cabello largo negro que cubría tan solo la parte de arriba de sus senos, hacían que la escena fuera perfecta. El sentía que su esposa era la mujer más bella que había visto. La cara de placer de Ana lo llevó al climax absoluto y sincronizándose en tiempo con ella tuvieron un orgasmo simultáneo que hizo que el mismo Poseidón (Dios del océano) escuchara sus gemidos.

    Recostados en la arena ya vestidos y agarrándose la mano, veían hacia las estrellas sin decir una sola palabra, como si a través del silencio se dijeran todo lo que necesitaban. Ana interrumpió el silencio y con su voz dulce y delicada susurró: “Cuando te sientas triste, mira a tu alrededor y trata de encontrar la belleza en las cosas más simples”. Carlos regresó a ver a su esposa, la besó y le dijo cuanto la amaba.

    Una mano en su hombro lo trajo de vuelta de aquel recuerdo.

    -Carlos, ¡lo siento mucho, la perdimos¡… ¡hicimos todo lo posible pero su corazón estaba muy débil, no pudo resistir más¡

    -Gracias Doctor, entiendo.

    En cuanto el doctor se retiró tras ser el anunciante de tan trágica noticia, Carlos sentía que su vida se desmoronaba… apenas pudo sostener su cuerpo sobre ese gran ventanal del hospital y al subir la mirada vio a un colibrí volando frente a él. Las lágrimas se le escaparon y con dificultad para hablar, susurró: “lograré ver tu belleza en las cosas mas simples de la vida amor mío… Siempre te amaré, Ana”.

    Una de tantas historias incompletas sobre amor y desamor.

    Autor: Cristina Alcázar

  • Renacimiento

    Renacimiento

    Un portazo perturba mi momento de relax en el sofá. Estaba viendo el típico documental que te va dejando somnoliento cuando escuché el enérgico golpe que casi destroza todo el marco de la puerta. Golpes y más golpes, seguido de unas pisadas totalmente desesperadas suenan por toda la casa hasta desaparecer en el cuarto de mi hijo.

    Algo ha pasado.

    Me levanto alarmado con el corazón a mil por hora y me dirijo a su habitación. La puerta está cerrada…Llamo.

    Toc, Toc

     – Erik ¿Estás bien? – pregunto desde detrás de la puerta pero solo escucho un llanto totalmente ahogado como respuesta.

    Preocupado decido invadir la intimidad de mi hijo y abro la puerta lentamente.

    Me da un vuelco el corazón al ver a mi hijo sufrir desconsoladamente tumbado boca abajo en la cama. La habitación está totalmente revuelta como si un tornado hubiese entrado por la ventana y hubiese arrasado con todo. La foto de su pareja que tenía junto a la mesilla está hecha añicos y desperdigada por todo el suelo. No hace falta ser muy listo para saber qué es lo que ha pasado.

    Me acerco lentamente a él y me siento en el borde de la cama mientras mi hijo no para de llorar hasta el punto que en ocasiones le cuesta hasta respirar. Apoyo mi mano en su espalda para que sienta que estoy ahí, que pase lo que pase tiene a su padre para lo que haga falta, aunque solo sea para acompañarle en silencio. Era su primera pareja y han pasado juntos más de diez años, tiene que estar destrozado…

    Por suerte o desgracia casi todo el mundo pasamos por procesos similares, al final no deja de ser un aprendizaje más de la vida…

    Hijo, imagino que es lo que ha pasado y no quiero incomodarte pero solo quiero decirte una cosa. Espero que puedas escucharme en tu estado. Sé que lo que estás pasando duele muchísimo, nadie en la vida te prepara para ello y estarás creyendo que tu vida se ha acabado y que no podrás salir de este agujero. No voy a entrar en detalles ahora, solo quiero que llores, que grites, que saques toda esa pena y esa rabia de dentro y cuando estés más calmado me gustaría que hablásemos– Sin más, le doy un beso en la coronilla seguido de un te quiero y salgo de la habitación.

    Pasó dos días enteros encerrado en su habitación en las que no salió ni para comer hasta que decidí volver a entrar a verle. La imagen fue realmente desoladora, ver a mi hijo con esa cara de sufrimiento y unas ojeras similares a las que se te quedan cuando te dan dos golpes en los ojos me partió el alma. Se encontraba sentado en la silla del ordenador cabizbajo, con la cabeza apoyada en las manos. No lo dude ni un minuto y me lance a darle el más fuerte de los abrazos. Ambos nos fundimos en uno y las lágrimas empezaron a brotar por ambas partes. El lloraba por todo el sufrimiento que llevaba encima, yo por ver a mi hijo en ese estado.

    Erik, me gustaría hablar contigo si te ves preparado – le dije.

    No entiendo nada papa… ¿Por qué me ha hecho esto si la he tratado como a una reina?– contestó entre lágrimas mientras apretaba aún más sus brazos contra mi cuerpo.

    Muchas veces hijo, la gente mantiene las relaciones no por amor si no por costumbre. Aguantamos situaciones y actos por miedo a perder la estabilidad que tenemos. Ven, siéntate en la cama y cuéntame que ha pasado- Le cojo de la mano y le guio como si se tratase de un anciano.

    Nos sentamos en la cama y Erik empezó a contarme absolutamente todo lo sufrido durante estos diez años. No quise entrar en detalles ya que las relaciones son demasiado complejas para tachar a alguna de las partes como culpable. Solo quería el bienestar de mi hijo.

    Erik, por todo lo que me has contado, la relación llevaba rota años lo único que ha cambiado es el desencadenante de la decisión de dejarlo. Comenzasteis muy jóvenes y no habéis conocido a otras personas que os puedan nutrir o hacer madurar en cuestión de pareja. Ambos os habéis hecho mayores pero emocionalmente os habéis quedado anclados en ese inicio de la relación  – cojo su mano y la aprieto con fuerza – Tu error ha sido dejar de quererte a ti mismo. Nunca jamás debes consentir que ninguna persona por mucho que creas que la ames, te obligue a dejar las aficiones o gustos que te hacen sentir vivo. Alguien que de verdad te ama respeta todo lo que eres, tanto tus virtudes y sobre todo tus defectos. Dejando de lado todo lo que te gusta para hacer feliz a la otra persona te olvidas de tu propia felicidad y así jamás podrás llegar a tener una relación sana.

    –  Papa, ¿Que voy a hacer ahora sin ella? ¿Cómo voy a lograr levantarme de esto…?- dijo mientras me miraba con esos ojos inundados en un mar de lágrimas- No voy a encontrar a nadie más en mi vida, me quedaré solo…

    Deje que su llanto se apagase un poco antes de contestarle a sus cuestiones irracionales.

    Mira hijo, lo que estás pasando ahora es totalmente natural y no le voy a quitar la importancia que tiene. Duele muchísimo todo lo que estás pasando y en algunas ocasiones creerás que eres incapaz de salir del agujero pero te juro que todo esto pasará con el tiempo. Me decías que qué harías ahora sin ella y la respuesta la tienes dentro de ti. Tendrás que aprender a ser feliz por ti mismo sin depender de otra persona. Será un proceso de aprendizaje del que acabaras exhausto pero al final del camino te sentirás totalmente orgulloso de haberlo logrado.

     Ahora mismo tu raciocinio está totalmente truncado por tu baja autoestima que se ha ido generando a lo largo de estos años y lo primero que vas a tener que trabajar es el darte cuenta de lo muchísimo que vales, de lo muchísimo que has conseguido tu solo. Cuando esa autoestima se recupere y comiences de nuevo a quererte a ti mismo, comentarios como los que has hecho sobre quedarte solo, no se volverán a cruzar en tu mente jamás. Para empezar a darte cuenta de las cosas piensa si en la relación que tenías has tenido que demandar demostraciones de afecto, si se te ha faltado al respeto, si solo obtenías exigencias y lo más importante, si aun estando con tu pareja, en ocasiones te has sentido solo. Que hayas tenido que volver a casa es solo pasajero, pero recuerda esto…estos diez años no han sido en balde. Te han dado una cantidad de experiencias y aprendizajes tanto para lo bueno como para lo malo que en cuanto te des cuenta de todo ello, no volverás al ser el mismo.

    -Ahora soy incapaz de verlo papa…- respondió más calmado.

    Sé por experiencia propia que por mucho que te digan que estas situaciones son pasajeras no conseguimos procesarlo hasta que va pasando el tiempo. La vida es complicada y cada herida que nos hacen deja una cicatriz, pero una cosa esta clara, jamás volvemos a ser los mismos y eso en cierta forma es bueno.

    Aparecerá una persona maravillosa en tu vida  y te darás cuenta de que lo que hasta ahora sentías no era amor si no miedo a quedarte solo. Por otro lado, por los antecedentes que me cuentas de tu pareja, debido a su educación y experiencias, ha confundido amor con posesión y apego. El ejemplo esta en unas sabias palabras que tengo bien guardadas dentro: Si ves una flor que te encanta en un jardín el instinto nos hace querer cortarla y llevárnosla. Eso se llama apego y posesión, podremos lucir la flor durante un tiempo pero poco a poco se irá marchitando hasta morir. Sin embargo, si realmente amamos esa flor, la dejaremos crecer y la cuidaremos dejándola en su entorno para que año tras año nos pueda deslumbrar con su belleza. Este ejemplo se transmite a todas las situaciones de la vida y en especial a lo referente a la pareja.

    Poco a poco vi como la cara de mi hijo cambiaba, algo le había hecho clic en la cabeza. Pasaron los días y aunque fueron difíciles para ambos, la alegría comenzó a resurgir en él. Retomó sus aficiones y descubrió otras nuevas. Comenzó a conocer nuevas amistades pero el cambio más significativo fue el que tuvo el mismo, su sabiduría de los acontecimientos de la vida creció a la vez que su autoestima. La cicatriz que le había quedado era enorme pero al final, fue una cicatriz que estuvo orgulloso de llevar.

    Una de tantas historias incompletas de amor y desamor.

    Autor: Miguel Ángel Vera

  • Siempre quise ir a L.A.

    Siempre quise ir a L.A.

    «Siempre quise ir a L.A. Dejar un día esta ciudad. Cruzar el mar en tu compañía». Y hasta aquí llegarían todas las similitudes entre la que probablemente fuera nuestra canción favorita, como pareja, y nuestra propia historia de amor. Bueno, corrijo: «Pero ya hace tiempo que me has dejado», ahí también seguirían las coincidencias, aunque ya no, claro está, en lo de «Y probablemente me habrás olvidado». Difícilmente podríamos olvidarnos el uno del otro cuando tenemos dos hijas en común en custodia compartida, una hipoteca conjunta que nos trae por la calle de la amargura, y muchos más conflictos de los que ambos querríamos tener, y aún así somos incapaces de evitar. En verdad, ni siquiera tengo claro que fuera nuestra canción favorita, pero sí una muy especial que a los dos siempre nos recordó a la noche en que nos conocimos. Que ni siquiera nos conocimos entonces, porque al menos yo te había visto antes por el barrio y ya te había echado el ojo. Eras la prima de Alvarito, pero nunca habíamos hablado hasta aquella noche. O a lo mejor no llegamos ni a hablar, porque menuda melopea me agarré. Fue en las Fiestas del PCE del 94, en la Casa de Campo. Javi y yo llegamos el primer día, el viernes, más pronto que el resto para ir calentando motores, antes de que empezaran los conciertos. Nos dedicamos a ir de caseta en caseta recopilando chapas y pegatinas, que nos íbamos poniendo en nuestras camisetas, y minis de kalimotxo y cerveza. Para cuando tú llegaste con Alvarito y los demás, ya no nos quedaba apenas un centímetro libre en nuestras camisetas y llevábamos un pedo demencial. Fíjate que antes de Loquillo tocaba Pablo Milanés, y a Javi y a mí se nos metió en la cabeza que en realidad era Paco Pil, así que nos pasamos todo el concierto pidiéndole a gritos que tocara “Johnny Techno Ska”, para fastidio, imagino, de todos los presentes. Ese podía llegar a ser nuestro nivel de imbecilidad, en aquella época. Luego salió Loquillo, pero tampoco creas que recuerdo gran cosa… salvo que ya en el tramo final, no sé cómo ni por qué, tú y yo acabamos abrazados cantando a voz en grito “Cadillac solitario”. Sí me acuerdo perfectamente de que sentí entonces un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. No sé si fueron los efectos del alcohol, que ya iban remitiendo, nuestro repentino abrazo o la pasión que le puso Loquillo aullando «Nenaaaaaaaaa» al final de la canción. Pero cómo olvidarlo. A la mañana siguiente, o mejor dicho, al mediodía siguiente, me desperté con el temor de haber dicho o hecho algo más inapropiado de la cuenta, la convicción de no volver a beber en mi vida (o el menos ese fin de semana) y la esperanza de que tú también, como yo, hubieras pillado el abono para los tres días y volviéramos a vernos ese sábado en la Casa de Campo. Lo primero, nunca lo supe, lo segundo, nunca lo cumplí, y lo tercero, por suerte para mí, sí sucedió. Y el resto, como se suele decir, es historia. Una historia que nunca nos llevó a L.A. (lo más lejos que llegamos a viajar, cuando la pequeña cumplió 5 años, fue a Cascais, y no hubo que cruzar mar alguno), pero tampoco estuvo tan mal. Tuvimos nuestras cosas bonitas y otras cosas bien chungas, vamos, una historia como cualquier otra. Pero es la nuestra, aunque no dé para escribir ninguna canción, más allá de algunas estrofas. Las cosas como son. Al menos yo ahora mismo no podría subirme en un viejo Cadillac segunda mano a la ladera del Tibidabo, para mirar fumando nostálgicamente a tu barrio, después de haberme cepillado a una rubia en el asiento de atrás. Tengo mi viejo Opel Astra desde hace meses parado averiado en el garaje, sin haber pasado siquiera la última ITV. Ya me he acostumbrado a ir al trabajo, o a buscar o a llevar a las chicas a tu casa, en metro. Y desde que murieron mis padres, ya no me ha dado por volver al pueblo. Yo, además, vivo en Moratalaz, y tú en Usera. Dejé de fumar hace cinco o seis años, y bueno, lo de la rubia ahora mismo sería lo más complicado de todo. La última cita que tuve fue hace… hará ya más de año y medio, igual va para dos años, y ella era pelirroja, aunque seguramente no lo fuera. La cita fue un absoluto desastre. Nada, tampoco suelo ponerme en plan nostálgico a pensar en lo nuestro. Hay días en los que sigue pesando más todo lo bueno que tuvimos y otros en los que, por los motivos que sean, uno se agarra más a los momentos más amargos. Nos quisimos y luego nos dejamos de querer, o nos seguimos queriendo, a nuestra manera, pero de una forma totalmente distinta. Y ya está. Estoy bien. Estamos bien. Los dos lo tenemos más que superado. Creo. Y sin embargo…

    Esta tarde, antes de que Sonia volviera de su clase de inglés, Marina me ha preguntado si podía poner música en el salón mientras preparaba el examen de ciencias, o de física, no me he enterado muy bien. Me ha pedido que le diera las claves de mi cuenta de Spotify y se las he dado. Al rato, no sé si ha sido algo aleatorio o si deliberadamente ha pinchado en una de mis playlists, ha empezado a sonar “Cadillac solitario”. Y por un momento…  

    A los 30 segundos o así ha quitado la canción y ha puesto a todo volumen a uno de esos reguetoneros insufribles. Y me ha preguntado, a gritos, qué pensaba hacer de cenar. En fin…

    Una de tantas historias incompletas sobre amor y desamor.

    Autor: Rodrigo Martin


  • El todopoderoso destino

    El todopoderoso destino

    Por fin, él se despertaba. Tras cientos de noches en vela, miles de horas de reflexión y millones de desvaríos internos que no paraban de inmiscuirse en mi mente con el único propósito de no permitirme razonar, pensar, soñar, ni tan siquiera dormir, allí estaban sus párpados, abriéndose de un modo desesperantemente lento. Los segundos más importantes de mi vida llegarían cuando el paulatino devenir del tic-tac cumpliera con su función. Cuando llegara el momento en el que, al fin, él pudiera reconocerme. O, peor aún, cuando no lo hiciera.

    Había requerido de todas esas noches a falta de sueño para tomar una decisión. En realidad, era la vida la que me estaba obligando a dictaminar en este preciso instante mi futuro, no es que yo lo deseara así. El destino era el que me había traído hasta esta disyuntiva, a este momento de angustia, y yo debía ser consecuente con él. Al fin y al cabo, no había sido la casualidad la que había intervenido en la noche del veintitrés de marzo. Definitivamente, todo esto no podía ser obra del azar, sino del todopoderoso destino.

    Después de un maravilloso noviazgo y de un año de matrimonio no menos especial, mis esperanzas estaban depositadas en un futuro de lo más halagüeño. El amor de mi vida, Fernando, compartiría el resto de su vida conmigo, pues así lo habíamos prometido ante un altar. Y he de decir que la felicidad embriagaba cada rincón de nuestro hogar.

    Pero la noche del veintitrés de marzo trajo consigo un inesperado giro de los acontecimientos, poniendo todo mi universo patas arriba. Sin más motivo, una amarga sonrisa decidió arrancarme el corazón del pecho tras pronunciar las palabras que toda mujer, como yo, felizmente casada, teme escuchar: “quiero el divorcio”.

    Las palabras brotaron de sus labios y llegaron directas hasta mi pecho, que no pudo más que conmocionarse ante la aterradora idea de separarme del hombre de mi vida. ¿Qué había hecho yo mal? No encontraba entre mis recuerdos ni una sola explicación razonable a su petición de separación. Yo había sido la esposa perfecta, ¿y así me lo pagaba?

    Por eso el destino intervino a mi favor cuando aquel perro se cruzó en nuestro camino. El destino quería que estuviéramos juntos, y esa era la única explicación. Cierto es que aquella discusión con las manos al volante de la que yo era totalmente responsable también obró a mi favor, pero eso jamás podría reconocerlo si quería mantenerlo a mi lado.

    El caso es que la fortuna disfrazada de accidente había hecho el resto. Fernando perdió el control del coche y ahora su doctor me decía, con una expresión trágica en su rostro, que probablemente él no recordaría nada de lo que había sucedido durante el último año. ¿Y era yo mala persona por tener la intención de continuar mi matrimonio como si el término “divorcio” jamás hubiera salido de sus labios? ¿Actuaba de forma completamente inmoral por pretender hacerle feliz, por evitarle todo el dolor que supondría una ruptura después de tal dramático accidente?  Ocultarle la verdad, una pequeña parte de la realidad, al final merecería la pena. A fin de cuentas, el destino había tomado la decisión por mí, y era mi deber seguir los pasos que este me había marcado. Por el bien de los dos.

    Una de tantas historias incompletas de amor/desamor y todo lo del medio!

    Autor: Eva Olivares Villafranca

  • El candidato

    El candidato

    Estamos en la recta final de la campaña, ya quedan unos pocos días. Es importante que ahora no nos equivoquemos. Déjate asesorar, modula un poco el discurso. Tenemos ventaja en las encuestas, lo único que tienes que hacer es seguir repitiendo nuestros tres mensajes clave, disminuir un poco los ataques al de los amarillos, que van segundos, pero con el cambio de su estrategia nos están regalando votos, y, sobre todo, no te metas en ningún tema delicado.

    Recuerda, trabajo, educación y salud. Todo gratis. Todo público. Todo de calidad. No te salgas de ahí.

    Para hoy tienes solo dos cosas, candidato, espero poder llamarte presidente en unos días, entrevista en televisión con ‘el viejito’, ese periodista de medio pelo que no sé por qué te gusta, con el que está ya todo hablado, pero antes, en una hora y media, acto en la barriada que está detrás de la Universidad.

    Ya sé que no quieres ir, pero es justo el target de votantes en el que estamos más flojos. No terminas de conectar con los estratos más bajos de la sociedad. De hecho, la intención de voto de esa gente es una “herencia” que te regala el partido, te van a votar, pese a ser tú. Te ven lejano, como un snob ricachón. Todavía nos estamos recuperando de cuando pediste cubiertos de metal en el puesto de pollo frito de la calle el segundo día de campaña.

    Te van a estar grabando con una cámara todo el rato… mucho dar la mano, mucho acercarte a la gente, haciendo como que cumples con las distancias por el tema de la mascarilla y el covid. Ten siempre en la mano las que tienen el logo del partido, si ves alguien sin mascarilla que se te acerca, le regalas una, y por Dios, esta vez, si ves un niño pequeño le cargas, ves a la cámara y dices bien alto y contento la frase que tenemos preparada. Y, ya por no seguir diciéndote cosas sin que me hagas ni caso, si te vuelvo a ver limpiarte la mano en el pantalón después de dársela a un pobre, por muy sudada que esté, dejo la campaña. Me voy, te juro que me voy. Menos mal que nadie, excepto yo, se dio cuenta, que sino no estaríamos a falta de cinco días con opciones de ganar.

    Yo tengo que ir a la tele a encargarme que las preguntas y las respuestas estén preparadas para que las puedas leer. No se va a salir del guion ‘el viejito’. No debería repreguntar, si ves que se desvía de lo pactado, dices una frase para ganar tiempo y yo te diré por el auricular una respuesta tipo sobre la que puedas improvisar.

    Me han dicho mis espías que has pasado delante de dos niños y no les has hecho ni caso. ¿Qué te pasa? Mejor no me contestes, no quiero saber, empezamos la entrevista en diez minutos. Pautas importantes, cámbiate esa corbata que llevas por esta otra, es un mejor color para la televisión y te alarga la cara, te estiliza. Mientras te voy poniendo esta chapa en la solapa, es un símbolo de la causa feminista, no hemos dicho ni una palabra en la campaña, ni lo vamos a hacer, pero será suficiente con que alguien se dé cuenta. ¿Qué no? Lanzamos un tuit desde una de las cuentas fake.

    Recuerda, tú solo lee. Suerte, casi presidente, ya lo tenemos.

    Chico, chico, ¿Qué pasa? ¿Por qué pone esa cara? ¿No me jodas que la máquina en la que lee no funciona?

    Candidato, me escuchas, giña un ojo, si me escuchas, ¿tampoco funciona el auricular? ¿pero qué mierda es esta?

    No, no, no está improvisando, no, no, no, por qué dice esto, pero quién carajo le dijo a este pendejo que se saliera de los tres mensajes clave. Maldito cabrón, NO IMPROVISES. El muy … Adiós a ocho meses de trabajo.  

    Una de tantas historias incompletas de política.

    Autor: Andrés Acosta