Ambiente

Ambiente

No sé si es porque he crecido lo suficiente o es por la partida de mis hermanos, pero desde hace unos meses puedo ver más lejos que antes, y aunque lo que veo no me gusta, en realidad mi mayor preocupación es pensar en cuánto tiempo me tocará partir a mí también.

A decir verdad, mi capacidad de visión crece a medida que se reemplaza el sonido de las aves y el resto de animales que me circundan por esos fuertes sonidos chirriantes que duran semanas.

Anteriormente se veía estos animales de dos patas parecidos a los monos, que antes habitaban por aquí, en grupos pequeños y solamente se acercaban para vernos, en ocasiones, a estudiarnos e, incluso, se les escuchaba hablar con admiración sobre nosotros. A medida que los años han pasado estos grupos han ido creciendo, extrayendo de nuestro bosque cosas muy preciadas, haciendo desaparecer animales, extrayendo nuestros fluidos y haciendo excavaciones en búsqueda de otras cosas que oculta muy celosa la madre tierra en sus entrañas.

¡Oh no! Puedo ver esas raras especies que acompañan al animal de dos patas, esas que emanan sonidos estridentes y vapores insoportables, creo que ha llegado mi hora.

Pero… un momento… veo peleas entre los animales de dos patas, aquellos que nos estudiaban se han parado en frente para evitar otra masacre, ojalá esta vez sea diferente. Hasta ahora, cuando se dan estas disputas aparecen unos señores en nombre de algo que llaman nación y luego de encerrarse por horas en unas cajas grises simplemente pasan de estar de nuestro lado a justificar nuestra muerte.

Los sonidos vuelven llenar la atmósfera de terror, primero caen los más viejos, son los que más valen, según se les oye decir, sus troncos son gruesos y fuertes. Primero los desangran, “su corteza sangrante es muy valiosa como medicina en Asia”, le explica uno que parece ser el alfa a otro más joven. Esta madera es fina y Europa paga muy bien, sigue diciendo, mientras señala a otro y exclama: “Este es basura, mira su tronco, no es una especie valiosa”. Y yo pensaba, sí que era valioso, y mucho, para quienes se posaban en él sus alas y hacían sus casas en su tronco… Y mientras, aún los escuché decir: “igual como leña también se venden, tranquilo, además, eso no es nada para el plutonio que se encuentra debajo, eso es lo que le interesa a la multinacional que compró esto”.

Siento un intenso dolor, me desplomo, siento que la vida se me va, no he vivido tanto, apenas 60 años, pero ¿qué les hicimos? Hasta donde yo sabía, de lo que los más viejos contaban, les damos lo más importante para que vivan, algo llamado oxígeno. Los viejos decían, “no es posible que acaben con nosotros porque sería su fin”. No tiene sentido, no hay otro lugar en el cielo estrellado que tenga oxígeno, sin nosotros no vivirán, sólo espero que su muerte no sea tan dolorosa como la nuestra.

Una de tantas historias incompletas sobre el medioambiente.

Autor: Andrés Acosta

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