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  • Nueva ola

    Nueva ola

    “Creo que me he vuelto toda pro-Alemania”, me escuché diciendo, como entre dientes. Una oración que nunca pensé decirla. ¡Yo!, tan latina, con amor tan profundo a mi tierra y a mi gente.  “Más que eso, creo que son las ganas de ayudar a tu país” me responde Andrea, mi gran amiga. En ese segundo, me doy cuenta que es esa exactamente mi posición. Me lo leyó del alma. ¡Cómo quisiera que, en mi país -y en América Latina en general-, hubiese una política de medio ambiente adecuada y efectiva! Países verdes que se mantengan verdes, sin tener miedo a que sus bellezas y reservas naturales desaparezcan.  No tener que decirme, “debemos ir pronto a Galápagos, no vaya a ser que desaparezca”.

    Alemania es un país complejo, con errores en su historia, pero con muchas ganas y fuerza de mejorar. Una de sus prioridades ahora es tener desarrollo y progreso, al mismo tiempo que se cuida y reconecta con la naturaleza, se la protege y ayuda a recuperarse. El encanto de esto es que ¡de verdad funciona! Funciona a través de una estructura amplia, con concepto y sistema, bien pensada y bien desarrollada. Esto hace que la población quiera y pueda ser parte del cambio, dando ya sea incentivos monetarios o multas. Un ejemplo muy sencillo, es que cuando compras una bebida, se paga un pequeño valor por el envase, éste puede ser más alto o bajo, según el material del envase, teniendo el plástico un mayor costo.  Al devolver el envase de bebida a la tienda, te acreditan el valor a la botella. También en el asunto de separación de la basura. El papel y los empaques son recogidos sin costo alguno, siempre y cuando estén en los contenedores correctos. La basura orgánica tiene un costo mensual bajo, y la general tiene uno mayor. La gente por supuesto no quiere perder su dinero y, por consecuencia, ¡hay menos basura! 

    También hay ayudas financieras importantes por parte del Gobierno para construir casas nuevas que no consuman tanta energía en la calefacción, o para poner paneles solares en los techos de las casas y así producir energía limpia.  Además, se bonifica adquirir autos eléctricos nuevos, tanto como 6.000 euros. Lo sé, pues desde este año tenemos un auto eléctrico. La oficina de mi esposo ofrece parqueaderos con conexión eléctrica gratuita, ¡un gran ahorro!

    Otra medida que va directo al tacañerismo, es que cuando uno va de compras, ya sea al supermercado o a cualquier otra tienda, se te cobra la bolsa en la que vas a llevar tus productos. Consecuencia: la gente se trae consigo su propio canasto o bolsita de tela y allí carga sus cosas. Si no la tiene, que pena… o se lo lleva sin bolsa o le toca pagar. El siguiente paso fue que, dentro del supermercado, se han eliminado casi por completo las bolsas plásticas para poner los alimentos. En algunos son de papel y en otros, como donde yo voy, tienen unas redes con cordón para llevar tus alimentos sin que se ensucien ni se caigan. En lo personal, estoy super contenta, pues con cada visita semanal al supermercado usaba unas 10 a 15 bolsas… ¡son 60 bolsas al mes, que yo solita dejo de utilizar y, por ende, dejo de contaminar!  Todos estos son granos de arena, pero como están bien organizados y aplicados, llegan a ser montañas.

    Claro, en Latinoamérica estamos en países que van lejos de que esto suceda, por cuestiones de política y cultura. Los impuestos no son usados correctamente, y hay otros problemas básicos de educación y salud que tienen que ser resueltos primero. Con la educación viene la conciencia ambiental. Pero, como decía John Kennedy: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tú país”.  El primer paso es un voto responsable. Elegir bien a nuestros representantes marca la diferencia.

    Hay mucha más gente ahora convencida de que se debe hacer un cambio radical a la forma en la que hacemos las cosas, y eso es maravilloso. Pero, ¿cómo podemos lograr que, en vez de tratarse de granos de arena, sean camiones llenos de arena? ¿Cómo podemos lograr un mayor impacto? Creo que la información y el ejemplo son clave. Podemos empezar con actos pequeños, como asegurarse de que tu basura va directo al basurero; o hacer tierra vegetal de los restos en el hogar, mejorando así la calidad de la tierra de tu jardín y disminuyendo la cantidad de basura producida. Se puede separar el papel y botellas junto con los vecinos, para luego llevarlos a centros de reciclaje. Se puede organizar campañas para recolectar basura por el barrio, o durante un paseo. O, quizá, plantar un nuevo árbol y luego cuidarlo.  ¿Cómo sería si nuestros supermercados no te empacaran cada 5 artículos en una bolsa separada? ¿O si cada uno llevara bolsas propias para no usar nuevas?  Cada granito de arena ayuda, y al ver que se puede, otra gente se ‘contagia’ y sigue el ejemplo, especialmente los niños. Esto llevaría a una futura generación más consciente de sus actos. ¡Una ola de cambio!

    ¿Quién más lo va a hacer, si no lo hacemos nosotros?

    Una de tantas historias incompletas sobre medioambiente.

    Autor: Florencia Montengero

  • Un gran Salto

    Un gran Salto

    Nací en Chile y crecí en el Ecuador. Dos países maravillosos, pero con culturas lastimosamente mucho más enfocadas a los hombres. En mi vida vi muchas veces a las mujeres cocinando, mientras los hombres jugaban en el cuarto de al lado, quienes eran luego llamados a una mesa perfectamente adornada y preparada. Luego, al levantarse, agradecían y dejaban todo el trabajo a las mujeres, ya sea sólo a la esposa o también a las hijas. “Mijita, vaya a ayudarle a su mamá”.  Estos comportamientos y comentarios me han molestado por muchos años, y me siguen molestando. ¿Será que a los chicos se les derriten las manos si lavan los platos? ¿O que las chicas no tienen nada más importante que hacer que tener una casa limpia y ordenada?  Las tareas del hogar son importantes, sin duda, pero son de todos.

    Ha habido un cambio positivo en mi generación y, aunque no es suficiente, vamos por buen camino. Hombres que disfrutan cocinando los fines de semana, que se ocupan de sus hijos, juegan con ellos y que participan en las tareas del hogar. Me da gusto ver que tanto chicos y chicas tienen posibilidad de estudiar y de luego trabajar en las carreras que han elegido. Al mismo tiempo, veo con tristeza cómo a las embarazadas no se las protege como lo necesitan, o como a las nuevas madres deben regresar a su trabajo tan solo un par de meses después de dar a luz, luchando con un cuerpo cambiante entre su trabajo y un bebé que las llama y necesita.

    Hoy, vivo en Alemania, un país que no es perfecto, pero es interesante y más desarrollado que aquellos que conozco. Hablando con mis amigas aquí, me he dado cuenta como la posición que tenían mis padres en equidad de derechos y responsabilidades, era la misma que la de sus abuelos. Este país va una generación por delante en estos temas. Una generación con más educación y realización laboral, distribución de tareas del hogar y responsabilidad con la familia.  Aquí se fomenta la protección maternal en el último mes de embarazo, donde la madre recibe su sueldo completo sin ir a trabajar. Después de eso tiene su puesto de trabajo garantizado durante 3 años, y durante el primero de los cuales recibe 60 por ciento de su salario normal. Este beneficio -Elternzeit- es voluntario y tiene gran aceptación en la población. Puede ser dividido entre los dos progenitores, permitiendo al padre ser parte activa de la nueva vida familiar y, al mismo tiempo, a las mujeres volver antes al ámbito laboral. Aparte de esto existe en las empresas un porcentaje, creciente, de ocupación femenina en puestos de liderazgo, y se está luchando por igualdad de sueldos (para hombres y mujeres en el mismo puesto). En la política se ve a muchas mujeres muy capaces, algunas de ellas sin hijos, como Angela Merkel, otras con hasta 7, que es el caso de Ursula von der Leyen, actual presidenta de la Comisión Europea. En estos casos, comentan ellas, que sus esposos toman una parte significativa de las tareas y responsabilidades del hogar, por sus exigencias laborales.

    En este país existen un par de medidas que apoyan y protegen a la familia, y así también a las mujeres. El gobierno reconoce para el seguro social el trabajo de los padres durante los tres primeros años de cada hijo como si fuese trabajo normal. Además, paga una mensualidad a las familias por cada niño, evitando así la pobreza infantil. La educación y salud están cubiertas.  Todo esto está basado en un sistema complejo y completo de impuestos, que no son bajos, pero que funciona.

    Cuando conocí a Michael, hablábamos de cómo íbamos a diseñar nuestra vida. Él, viniendo de Alemania, me pregunta cuando quiero empezar a trabajar, -si mientras o después de los cursos de lenguaje- y si quiero que él reduzca sus horas de trabajo para que yo pueda trabajar también a tiempo completo, realizarme como profesional sin descuidar los niños que vendrán, los que luego se podrán dejar hasta más tarde en el cole.  Yo, que soy latina, no quería que me impusieran nada y quería seguir a mi corazón, ser una gran mamá a tiempo completo. Quería ser yo quien eduque a mis hijos, para moldearlos e inculcarles esos valores que creo son tan importantes. Trabajaré si quiero, pero no quería entrar a la rueda del “tienes que”, si no fuese necesario. Mi vida ha sido producto de mis decisiones, no de alguien que decidiera por mí.

    Así, he decidido cómo debe funcionar mi casa: “El que ensucia, limpia”. Cada uno recoge lo que usa, bota su propia basura. Todos colaboramos, incluyendo a mi esposo, quien adora usar la aspiradora. Cada uno tiene tareas fijas, según su edad. Funciona, aunque no exactamente sin reclamos. También resaltamos los valores y habilidades, tanto en los hijos varones como en las chicas; y ambos reciben reproches en la misma medida. Fomentamos el respeto y la comunicación, así como el amor y la unión familiar. Fomentamos el hacer las cosas de la mejor manera, tanto en lo académico como en lo personal. Lucho por mi individualidad, mi independencia y mi derecho a ser yo misma. Además, junto con mi esposo, hemos decidido formar parte de un programa de padrinaje. Hemos escogido ayudar a dos chicas de escasos recursos: Danmati, en India, y Nerexi, en Ecuador, pues creemos que una niña con más posibilidades va a llegar a formar una mejor familia y, así, una mejor sociedad.

    Feminismo para mí es eso, ser fuerte como mujer, respetarse y hacerse respetar, hacer las cosas de la mejor manera posible, tomar tus propias decisiones y ser dueña de tu propia vida. No dejarse intimidar -y demostrar lo contrario- de lo que otros relacionen con “ser mujer”: lenta, débil, quebradiza, pretensiosa, sumisa, medio esclava. “Pelear como chica” -en todos los idiomas- es una oración como para humillar. Debemos lograr que esa expresión sea reflejo de fuerza y grandeza. Hay que dejar de reírse de esos chistes y comentarios bobos que usan a las mujeres como objeto. Al mismo tiempo, se debe entender que los derechos de una persona llegan hasta donde los de otra persona comienzan, y no por apoyar ciegamente a las mujeres y sus decisiones, esto ocasione que se produzcan más abortos.

    Aún hay mucho trabajo que hacer para vivir en un futuro ideal, donde las mujeres sean protegidas y tengan los mismos derechos que los hombres. Necesitamos mujeres fuertes -mástiles de circo- que sepan su gran valor tanto para la familia como para la sociedad y sepan transmitirlo. Es así como debemos educar a los niños, puesto que algún día serán cabezas de sus propias familias, y lograrán grandes y valiosas cosas.

    Una de tantas historias incompletas de feminismo.

    Autor: Florencia Montenegro

  • Tocayo

    Tocayo

    29 de junio, 1986. Mundial de fútbol. Final. 

    Argentina se enfrenta a Alemania por el título de campeón del mundo de fútbol. Es el evento más televisado en la historia hasta ese momento. Alemania venía de derrotar a Francia y a la anfitriona México, mientras que Argentina había librado verdaderas batallas con Inglaterra (debido a su disputa territorial alrededor de esas épocas por las Islas Malvinas y la ruptura consecuente de la diplomacia entre los dos países) y Bélgica. Contra Inglaterra se notó cómo el liderazgo de un jugador en particular llevó a una nación a creer que se podía conseguir cualquier cosa que se propongan tanto dentro como fuera de la cancha, marcando el gol más controversial del torneo, con la hoy conocida como “mano de dios”, y, a continuación, otro gol, finalmente votado como el mejor de todo el mundial. Este jugador fue Diego Maradona. 

    Bajo este contexto llegaban a la final los dos equipos. Mis padres estaban reunidos con unos amigos para ver la final en su casa. Todos iban con Argentina. ¿Por qué? Simple. En esa época, era prácticamente imposible que Ecuador llegase a un Mundial, por varias razones: falta de presupuesto, cero planificación, poco desarrollo de jugadores, entre muchas otras (o tal vez simplemente no teníamos la misma calidad que otros países). Así que la siguiente mejor opción era apoyar a un equipo sudamericano, y los únicos que generalmente tenían oportunidad de ganar a los grandes equipos europeos eran Brasil y Argentina. Así de fuerte eran las ganas de ganar a los europeos en su propio juego que apoyábamos a cualquier equipo latino que lograra el objetivo. 

    Fin del partido. Argentina 3 – Alemania 2. 

    ¡Ganamos! ¡Ganamos!  

    En casa de mis padres saltaron, gritaron y festejaron. Copas por todos lados. Día de festejo total. 

    3 meses después… consulta del doctor. 

    Dr.: ¡Querida Susana, estás embarazada! 

    Susana: ¡Qué felicidad, qué buenas noticias doctor! ¡¿Y ahora qué debemos hacer?! Tengo tantas preguntas… 

    Miguel: ¡Sí doctor, por favor díganos todo! ¿Es niño? ¿Niña? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? 

    Dr.: A ver chicos tranquilos. Primero que nada, pongamos un tiempo. Con la tecnología de ahora puedo decirles con bastante seguridad la fecha de nacimiento: finales de enero. Incluso, puedo contarles cuando lo concibieron. Fue el 29 de junio. Así que… 

    Miguel: ¡Nooooo! ¡¿En serio?! ¡Es el día de la final del mundial Susi! Por favor doctor, ¡dígame que es niño y le podemos poner Diego! 

    Dr.: Así queeee….como iba diciendo, tenemos que hacer algunas pruebas y ver que todo está en orden. Y sí, Miguel, es un niño. 

    Miguel: Síííí, ¡se va a llamar DIEGO! ¿Verdad, Susi? 

    Susana: Sí, sí, bueno, bueno. Solo si yo puedo poner el nombre a nuestro siguiente hijo. 

    Miguel: OK. OK. Por mi como si le pones el nombre del Rey de España, ¡pero este tiene que llamarse Diego! (el nombre de mi hermano menor es Juan Carlos). 

    Así que ahí está. Esta es la historia de cómo llegué a llamarme Diego. Algunos dirán que la historia no tiene sentido, que cómo es posible que naciera en el 87 si cumpliré 41 en enero del 2021, o que cómo es posible que me conciban el 29 de junio y que nazca el 22 de enero, o peor aún, que cómo es posible que el doctor sepa en qué fecha fui concebido si eso es imposible de saber. Pero, sobre todo esto, que mi papá siempre fue más de Brasil y de Pelé. Pero esta es la historia de mi nombre y moriré con ella. 

    DEP Tocayo.   

    Una de tantas historias incompletas de D10S. Historia 4/4

    Autor: Diego «pelayo» Méndez

  • Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    Siéntate detrás que te llevo a donde quieras

    ˗¡Eh, así no es! ¡Lo estás haciendo mal!

    ˗Pero qué dices.

    ˗¡Que te estás sentando mal! ¡Que es para el otro lado!

    ˗Oye, cada uno se sienta en su coche imaginario como le da la gana ¿Vale?

    Su hermano siempre fue mucho mejor que él en eso (y en otras muchas cosas). Siempre se las ingeniaba para dar con la frase más ocurrente, para acabar saliéndose con la suya con una sentencia que zanjaba de cuajo cualquier discusión, sin posibilidad ninguna de réplica. Siempre fue así y así lo era ya entonces, cuando contaban apenas con ocho años de edad.

    Como el barrio era, en aquella época, tan tranquilo, seguro y familiar (“es como un pueblo”, aseguraba su madre), los niños tenían permitido recorrer las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto. A la vuelta, se detenían todos los días unos minutos en esas dos piedras situadas a la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de su portal, que a ellos se les asemejaban a un coche. Pero cada uno debía tener un coche muy distinto en su cabeza, pues mientras él se sentaba siempre mirando hacia la farmacia de doña Pura, su hermano lo hacía con vistas a la panadería del señor Juan. Alguna vez habían visto a otros niños en esas mismas piedras jugando a que estaban en el mostrador de algún comercio, una oficina, la taquilla de un cine… así que sí, se confirma que nunca ha habido nada más libre que la imaginación de un niño.

    ˗Venga, siéntate detrás que te llevo a donde quieras.

    ˗No sé. No se me ocurre ningún sitio.

    ˗Cualquier sitio al que quieras ir. Una ciudad. Un país. ¡O un continente! Te sientas detrás y yo te llevo.

    -No lo sé… ¿a Alemania?

    ˗Ay, lo siento. A Alemania no puedo llevarte.

    Cada uno parecía tener también, ya por aquel entonces, su propia y muy personal concepción de las reglas del juego.

    No habría un solo día en el que regresara de visita a casa de sus padres, en años y décadas venideras, y no saliera al menos un par de minutos a la terraza de la cocina para observar cómo esas dos piedras, cada vez más gastadas y consumidas por los rastrojos, seguían aguantando impasibles el paso del tiempo. Le gustaba evocar, a pesar del sabor agridulce, los tiempos en los que él y su hermano recorrían a diario, ida y vuelta, las cuatro manzanas que separaban el colegio de su casa solos, sin la tutela de ningún adulto, pero sin separarse ni un solo segundo. “Lo que más me tranquiliza”, repetía una y otra vez su madre, “es saber que estarán siempre juntos, y que siempre se tendrán el uno al otro”. Es posible que el amor que puedan llegar a profesarse dos hermanos como ellos sea difícilmente explicable, tan especial, único e incomparable a cualquier otro amor que se nos ocurra. Lo cierto es que ni siquiera él, que tampoco conoció ningún otro tipo de amor fraternal, se atrevería a confirmarlo. “Estarán siempre juntos y siempre se tendrán el uno al otro”. A él, mucho más maduro y equilibrado que su hermano en el plano emocional desde bien pequeños (en algo le tenía que ganar), nunca dejó de conmoverle ese ideal de su madre de pensar que dos personas, por el simple hecho de haberse hecho compañía desde, literalmente, el momento de su gestación, están predestinadas a permanecer unidas, con un vínculo inquebrantable e irrompible hasta el último de sus días. Siempre fue una mujer buena, y extremadamente inocente.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Esas fueron las últimas palabras que le espetó a su hermano la última vez que se vieron, más de 15 años atrás.

    ˗No me llames más. No quiero volver a verte. No insistas. Lo que les hiciste es imperdonable. Para mí, estás muerto.

    Esa fue la sentencia completa y exacta. Fue también la única vez en toda su vida en la que pudo pronunciar la última frase, la única vez que fue capaz de zanjar una discusión, la única vez que supo dejar a su hermano completamente sin palabras.

    ˗Para mí, estás muerto.

    La frase, no podía ser otra, le ha venido inmediatamente a la mente en cuanto ha atendido esa llamada de teléfono. Él nunca ha creído en las casualidades, así que no le sorprende que le hayan llamado la misma tarde en la que ha vuelto a casa de sus padres, después de meses sin poner un pie en ella, para reunirse con un par de inmobiliarias una vez que por fin se ha decidido a poner la vivienda a la venta.

    La llamada era del Servicio de Guardacostas gallego en Pontevedra.

    ˗Para mí, estás muerto.

    Las palabras resuenan en su cabeza como un martillo. Casi puede notarlas golpeándole insistentemente las sienes. Se acerca a la cocina a por un vaso de agua, se lo bebe de un trago y sale a la terraza a tiempo de ver cómo dos sufridos obreros han empezado a levantar esa misma mañana un pequeño muro de ladrillos en la entrada del aparcamiento, a escasos 20 metros de la puerta del portal. Las dos piedras han desaparecido.

    Una de tantas historias incompletas de Amor. Historia 3/12

    Autor: Rodrigo Martín

    Instagram: @rodrax

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  • Puntos

    Puntos

    -Mami, ¿has visto mi schaufel amarilla, esa que estaba en la sandkiste?”-me dice Sofía, mirándome con sus ojos grandes y luminosos, esperando una respuesta que solucione su problema.

    -No te entiendo si me hablas así todo mezclado… ¡y tanto alemán ME DA PUNTOS!

    -oooookeeeiiii…Mami, ¿has visto mi palita amarilla, la que estaba en el arenero?

    ¡ME DA PUNTOS!

    Ésta es mi arma especial para que en mi casa se hable más español. Al vivir en Alemania ya hace bastantes años, tener amigos alemanes, televisión y radio en alemán, y ser parte activa de la sociedad alemana, el idioma que más escuchamos y hablamos es, obviamente, el alemán.

    Nací en Chile y crecí en mi lindo Ecuador. Soy latina de corazón y sangre. Fui al colegio alemán, en el que no me fue tan bien…es más, me fue bien mal, por el idioma por supuesto. En sexto grado me dieron el pase de año condicional, si cambiaba de colegio. Juré nunca más hablar alemán… ¡nunca más! Pues bien, no resultó. Conocí a mi esposo, un chico alemán, en un intercambio de la universidad en USA. Entre nosotros seguimos hablando en inglés, pues éste fue el idioma en el que nos conocimos (de mi alemán aprendido en el colegio, quedaba la nada misma). Tomé cursos de alemán, desde cero. Al inicio mis clases eran de seis horas diarias, luego aprendí con la tele y conversando con mis nuevas amigas alemanas, con quienes no sólo aprendía a soltar la lengua, sino gramática y frases coloquiales.  Ahora lo entiendo y lo hablo bien, con errores -que no me importan mucho- y mi acento latino bien puesto -por el que me piropean y diferencian-. Me comunico y desenvuelvo perfectamente así.

    Soy mamá a tiempo completo de mis cuatro amores, cada uno distinto y maravilloso. Ser mamá es mi mayor privilegio, mi gran suerte. Cuando mis hijos eran pequeños, pasábamos mucho tiempo juntos y hablábamos solamente en español.  Al entrar al jardín de infantes, lo hicieron con poco o nada de alemán, pues el tiempo que mi esposo pasaba con los niños era mucho menos que yo, por su trabajo. A medida que pasaba el tiempo, entre actividades y amistades, el alemán fue aumentando y ganando terreno…tanto, que a veces me abombaba. Aclaro, no tengo nada en contra del alemán, pero tengo mucho a favor del español.  

    En mi casa se hablan tres idiomas: alemán y español perfectos -de acuerdo a las edades, claro está­- y el inglés, todavía en construcción. Es una gran mezcla, y estamos orgullosos de nuestro logro. Es mucho más trabajo, pero vale la pena. Si mis hijos me hablan a mí, me hablan en español. Si le hablan a papá, en alemán -aunque él también habla español sin mucho problema-. Entre ellos, el idioma que escogen va de acuerdo a la actividad que hacen: cosas aprendidas en casa, en español; mientras que juegos o canciones traídos de afuera, en alemán.  Cuando comemos, se hablan los tres idiomas al mismo tiempo. “Me pasas, por favor, el pan” “Papi, ich möchte gerne ein Brot mit Butter essen” “Would you like some more juice?”. Gracioso es cuando vienen visitas, pues entienden solo partes de lo que pasa y veo sus caras de confusión. Algunos de ellos ya han empezado clases de español. Maravilla. Buena influencia.

    He hablado con muchas personas sobre este tema, especialmente con “familias internacionales”, donde uno de los integrantes habla otro idioma como idioma materno. Muy pocas de estas familias han logrado que se mantenga activo el segundo idioma. Muchas veces los niños prefieren contestar solamente en alemán, aunque entienden todo. Hay muchas razones que he escuchado: el idioma no es lo suficientemente interesante para el niño, mucho trabajo, falta de tiempo, pereza, motivación, entre otros. Al final, pienso yo, es una gran pérdida. Yo estoy convencida que de la mano del idioma va la cultura. Uno se expresa diferente en otros idiomas:  el trato es diferente, el sentido del humor, la música, el baile… ¡hasta el tono de voz cambia!

    Mis hijos son mitad latinos y mitad alemanes, y cada uno se siente y lo siente diferente. Ése es su derecho, es como se identifican. Tienen una mezcla interesante de dos culturas maravillosas y totalmente diferentes, dos formas diferentes de ver la vida. Mis hijos tienen la gran suerte -y la gran ventaja- de saber combinar dos mundos. Con estos tres idiomas tan importantes, se pueden desenvolver sin problemas en la mayoría de países en la parte occidental del mundo. Les ha dado flexibilidad, una mente abierta, y expandido sus horizontes. Todo esto lo utilizarán para convertir este mundo en un lugar mejor. Es uno de los mejores legados que les puedo dejar.

    Mientras tanto, yo sigo mi camino. Mi camino ha dejado de ser MI camino y se ha convertido en un camino conjunto, siempre acompañada de mis satélites, esos que leen los textos que escribo y me los corrigen, con un tono de dulzura y picardía en su voz. “Mami, no es ein sino einen” Nunca lo lograré… Tampoco me hago lío. Uno de mis primeros profesores de alemán hablaba sobre los artículos en alemán… para algunos hay reglas; para los otros, memoria o suerte.  Así me siento…entre memoria y suerte. Y los PUNTOS seguirán viniendo, y yo seguiré luchando con cariño y alegría en su contra, para mantener mi “isla latina” en este extenso y profundo mar.

    Autora: Florencia Montenegro.

    Una de tantas historias incompletas sobre mujeres. Historia 1/12